Andrés Ferrari  

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POR QUÉ KEYNES EN EL 2000

“No pretendo que comprendas, después de que causaste tanto sufrimiento; pero, por otro lado, no se te debe culpar.

Sólo sos un humano, una víctima de la insensatez”.  (John Lennon, ‘Isolation’).

La confrontación original.

Parecería que el keynesianismo ha sido derrotado por la Teoría del Mercado. Pero es sólo apariencia: “Para tener razón, es mejor tener el apoyo de los hechos, que el de la alta intelectualidad”. (J. K. Galbraith).

Ya  en 1922 Keynes sentenció la verdadera inutilidad de los economistas: “El largo plazo  es una guía confusa para la coyuntura. En el largo plazo estamos todos muertos. Los economistas se plantean una tarea demasiado fácil, y demasiado inútil, si en cada tormenta lo único que nos dicen es que cuando pasa el temporal el océano otra vez está tranquilo”.

El objetivo de Keynes fue simple: elaborar una teoría económica que pueda explicar los hechos económicos reales, en lugar de pretender que los hechos se ajusten a la teoría. Por eso, en la teoría keynesiana, el libre mercado hace que el alto desempleo sea un hecho frecuente; y para la cual más mercado sólo puede agravarlo. Queda claro Keynes tiene varias diferencias insalvables con la teoría “ortodoxa”.

En primer lugar, Keynes habla de Capitalismo; del Capitalismo como un sistema social. Los economistas hablan de la Economía, como algo genérico, para después pasar a describir el sistema económico actual. Keynes, al tomar al capitalismo como un sistema social, acepta que hubo, que había (en su época) y que tal vez habrá otros: para él, el capitalismo no tenía por qué ser eterno.

Keynes analizaba a las sociedades en términos de clases; aceptaba la existencia de distintos intereses, y la posibilidad de conflictos. En cambio, la teoría ortodoxa analiza la situación en términos de agentes económicos perfectamente racionales maximizadores de sus ingresos; por lo que no habría, en esencia, ninguna distinción significativa entre un magnate y un desempleado.

Para los ortodoxos, el mercado no tiene fallas: la política sobra. Para Keynes, los políticos no son, necesariamente, déspotas macabros o monumentales incompetentes. Para Keynes, el capitalismo tiene algunas fallas, y son los políticos - con un poco de racionalidad, algo de sentido común y libres de la neurosis del amor al dinero - los que pueden evitar que se transformen en catástrofes sociales.

La pseudo victoria; la pseudo derrota.

La hora de Keynes fue la postguerra. El Estado de Bienestar, utilizando políticas ‘keynesianas’, aseguró, en el mundo capitalista desarrollado, crecimiento continuo, pleno empleo y baja inflación por tres décadas: lo que se llama ‘la edad de oro del capitalismo’.

Pero la teoría keynesiana fue ‘bastardeada’, vaciada de sus contenidos teóricos que la oponían a la teoría ortodoxa: políticas keynesianas sí, porque se imponían como una necesidad social insoslayable; pero teoría keynesiana no. La teoría dominante, que surgió de esta desnaturalización de Keynes, fue sólo una versión de la teoría del mercado. Como consecuencia, el keynesianismo fue vulgarizado como el accionar de un Estado burocrático, ineficiente, inmenso y omnipresente – un Leviatán - que condujo finalmente al estancamiento y al desempleo. Esta desvirtuación permitió la súbita reaparición del mito de la economía clásica, el retorno neoliberal. Volvió la teoría cuyo único objetivo consiste en negar el poder que tienen los poderosos: «la estrategia más antigua y seguramente más inteligente para ejercer el poder es negar que se lo posee” (J. K. Galbraith).

En Keynes el poder no lo tiene el mercado, como en el modelo ortodoxo, y por lo tanto, no hay que entregarse al mercado. Para Keynes, poder es el del rentista, que puede o no aceptar facilitar crédito para la producción y la inversión; poder es el del empresario, porque pone en marcha la maquinaria productiva, y decide cuántos, cuándo y a qué salario se ofrecen los puestos de trabajo.

Keynes habla de distribución de la riqueza. Para la economía ortodoxa la distribución de la riqueza es determinada por el mercado. Además, el mito clásico sostiene que una distribución concentrada de la riqueza favorece, en realidad, el crecimiento económico porque, como el acaudalado gasta proporcionalmente menos de su ingresos que el pobre, se produce mayor ahorro para transformarse en inversión productiva y más puestos de trabajo; el ahorro determina la inversión. De esta manera, se acentúa la noción de la mano invisible: cada acto egoísta termina en beneficio de la comunidad. Pero en Keynes, es al revés: el ahorro no genera inversión, sino desempleo:

“De este modo nuestro razonamiento lleva a la conclusión de que, en las condiciones contemporáneas, el crecimiento de la  riqueza, lejos de depender de la abstinencia de los ricos, como generalmente se supone, tiene más probabilidades de encontrar en ella un impedimento. Queda, pues, eliminada una de las principales justificaciones sociales de la gran desigualdad de la riqueza.... Por mi parte creo que hay justificación social y psicológica de grandes desigualdades en los ingresos y en la riqueza, pero no para tan grandes disparidades como existen en la actualidad” (J. M. Keynes, Teoría General).

La riqueza concentrada disminuye la demanda total de consumo de la economía, anulando las perspectivas de una inversión productiva para un empresario. Cuanto más concentrada la riqueza, menor el consumo total en la economía; a menor consumo total, mayor necesidad de inversión productiva. Pero la inversión productiva es producir para vender; si la riqueza está concentrada, hay menos consumidores. Así, la inversión puede fracasar en su objetivo, el dinero invertido puede perderse. Es decir, como la inversión es muy riesgosa, para el empresario puede ser racional no hacerla directamente. Y así, no crear puestos de trabajo.

En Keynes, esperar “al mercado” no tiene sentido; esto es, que el ‘libre juego de la oferta y la demanda lleguen a su punto de equilibrio’. En consecuencia, “haciendo imposible continuar creyendo en una reconciliación automática de interés en conflicto en un todo armonioso, (Keynes) hizo resurgir el problema de la elección y del juicio de valor que los neoclásicos (ortodoxos) habían logrado aplacar. La ideología para terminar con las ideologías se rompió. ‘Economía’ una vez más volvió a ser ‘Política Económica” (J. Robinson).

El 2000 que se viene.

Los factores que Keynes señaló en su época como los causantes del alto desempleo, hoy son más imponentes que nunca: la riqueza y la especulación financiera; la concentración de la riqueza; los oligopolios y las ideas de los economistas del mercado. Todos estos factores sólo pueden generar la profundización de los conflictos sociales. En especial, la política de priorizar altas tasas de interés:

 “Vivimos en el mundo real. La restricción monetaria no impide que la gente que ha escapado la disciplina del mercado y tiene control sobre sus precios e ingresos incremente esos precios e ingresos. Sólo son detenidos cuando hay mucho desempleo. Mientras tanto si funciona, de una manera bastante dura, para aquellos aún sujetos al mercado” ....(Hay un) curioso mito que la política monetaria es socialmente neutral, una proposición curiosamente en conflicto con la tendencia de la gente que presta dinero de tener más que aquellos que toman prestado dinero. Una activa política monetaria restrictiva es afirmativamente dañina para la eficiencia económica, la productividad y el crecimiento. Y esto ya no es una cuestión de fe teórica. Es largamente la práctica lección del experimento monetarista de los últimos años en Estados Unidos y Gran Bretaña” (J. K. Galbraith).

Mientras la teoría de mercado niega esta influencia, por otra parte responsabiliza de sus consecuencias a “los políticos”. Así, su “lógica económica” sólo conduce a mayores conflictos sociales. Keynes los llamó “los verdaderos padres de las revoluciones”. Por eso, elaboró una teoría económica que explica el funcionamiento del sistema capitalista; y, así, permitió encontrar mecanismos para controlar los males que el sistema capitalista produce. Está teoría aún es válida; aquellas soluciones no lo son. Es preciso buscar otras. La vigencia de la teoría keynesiana lo permite. Sin embargo, “los economistas” ni quieren escuchar hablar de Keynes, como que así sin saberlo, sólo teorizan en función del poder dominante. La razón la encontró la gran discípula de Keynes, Joan Robinson: “’en el largo plazo estamos todos muertos, pero no al mismo tiempo”. Los pobres viven menos que los ricos.

“Keynes tenía una solución sin revolución. Nuestro mundo agradable permanecería; el desempleo y el sufrimiento se acabarían. Parecía un milagro” (Galbraith, 1981: 185).

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N°02."En el largo plazo estamos todos muertos...pero no al mismo tiempo".
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N°05."Argentina 1989-1999: El suicido de un país".
N°06."Mercado del bien y mal estar".
N°07."Por qué Keynes en el 2000".
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