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POR QUÉ KEYNES EN EL 2000
“No
pretendo que comprendas, después de que causaste tanto sufrimiento;
pero, por otro lado, no se te debe culpar.
Sólo sos
un humano, una víctima de la insensatez”. (John Lennon,
‘Isolation’).
La confrontación original.
Parecería
que el keynesianismo ha sido derrotado por la Teoría del
Mercado. Pero es sólo apariencia: “Para
tener razón, es mejor tener el apoyo de los hechos, que
el de la alta intelectualidad”.
(J. K. Galbraith).
Ya
en 1922 Keynes sentenció la verdadera inutilidad de los
economistas: “El largo plazo es una guía confusa
para la coyuntura. En el largo plazo estamos todos muertos.
Los economistas se plantean una tarea demasiado fácil, y
demasiado inútil, si en cada tormenta lo único que nos dicen
es que cuando pasa el temporal el océano otra vez está tranquilo”.
El
objetivo de Keynes fue simple: elaborar una teoría económica
que pueda explicar los hechos económicos reales, en lugar
de pretender que los hechos se ajusten a la teoría. Por
eso, en la teoría keynesiana, el libre mercado hace que
el alto desempleo sea un hecho frecuente; y para la cual
más mercado sólo puede agravarlo. Queda claro Keynes tiene
varias diferencias insalvables con la teoría “ortodoxa”.
En
primer lugar, Keynes habla de Capitalismo; del Capitalismo
como un sistema social. Los economistas hablan de la Economía,
como algo genérico, para después pasar a describir el sistema
económico actual. Keynes, al tomar al capitalismo como un
sistema social, acepta que hubo, que había (en su época)
y que tal vez habrá otros: para él, el capitalismo no tenía
por qué ser eterno.
Keynes
analizaba a las sociedades en términos de clases; aceptaba
la existencia de distintos intereses, y la posibilidad de
conflictos. En cambio, la teoría ortodoxa analiza la situación
en términos de agentes económicos perfectamente
racionales maximizadores de sus ingresos; por lo que no
habría, en esencia, ninguna distinción significativa entre
un magnate y un desempleado.
Para
los ortodoxos, el mercado no tiene fallas: la política sobra.
Para Keynes, los políticos no son, necesariamente, déspotas
macabros o monumentales incompetentes. Para Keynes, el capitalismo
tiene algunas fallas, y son los políticos - con un
poco de racionalidad, algo de sentido común y libres de
la neurosis del amor al dinero - los que pueden evitar que
se transformen en catástrofes sociales.
La pseudo victoria; la pseudo derrota.
La
hora de Keynes fue la postguerra. El Estado de Bienestar,
utilizando políticas ‘keynesianas’, aseguró, en el mundo
capitalista desarrollado, crecimiento continuo, pleno empleo
y baja inflación por tres décadas: lo que se llama ‘la edad
de oro del capitalismo’.
Pero
la teoría keynesiana fue ‘bastardeada’, vaciada de
sus contenidos teóricos que la oponían a la teoría ortodoxa:
políticas keynesianas sí, porque se imponían como una necesidad
social insoslayable; pero teoría keynesiana no. La teoría
dominante, que surgió de esta desnaturalización de Keynes,
fue sólo una versión de la teoría del mercado. Como consecuencia,
el keynesianismo fue vulgarizado como el accionar de un
Estado burocrático, ineficiente, inmenso y omnipresente
– un Leviatán - que condujo finalmente al estancamiento
y al desempleo. Esta desvirtuación permitió la súbita reaparición
del mito de la economía clásica, el retorno neoliberal.
Volvió la teoría cuyo único objetivo consiste en negar el
poder que tienen los poderosos: «la estrategia más antigua
y seguramente más inteligente para ejercer el poder es negar
que se lo posee” (J. K. Galbraith).
En
Keynes el poder no lo tiene el mercado, como en el modelo
ortodoxo, y por lo tanto, no hay que entregarse al mercado.
Para Keynes, poder es el del rentista, que puede o no aceptar
facilitar crédito para la producción y la inversión; poder
es el del empresario, porque pone en marcha la maquinaria
productiva, y decide cuántos, cuándo y a qué salario se
ofrecen los puestos de trabajo.
Keynes
habla de distribución de la riqueza. Para la economía ortodoxa
la distribución de la riqueza es determinada por el mercado.
Además, el mito clásico sostiene que una distribución concentrada
de la riqueza favorece, en realidad, el crecimiento económico
porque, como el acaudalado gasta proporcionalmente menos
de su ingresos que el pobre, se produce mayor ahorro para
transformarse en inversión productiva y más puestos de trabajo;
el ahorro determina la inversión. De esta manera, se acentúa
la noción de la mano invisible: cada acto egoísta termina
en beneficio de la comunidad. Pero en Keynes, es al revés:
el ahorro no genera inversión, sino desempleo:
“De
este modo nuestro razonamiento lleva a la conclusión de
que, en las condiciones contemporáneas, el crecimiento de
la riqueza, lejos de depender de la abstinencia de
los ricos, como generalmente se supone, tiene más probabilidades
de encontrar en ella un impedimento. Queda, pues, eliminada
una de las principales justificaciones sociales de la gran
desigualdad de la riqueza.... Por mi parte creo que hay
justificación social y psicológica de grandes desigualdades
en los ingresos y en la riqueza, pero no para tan grandes
disparidades como existen en la actualidad”
(J. M. Keynes, Teoría General).
La
riqueza concentrada disminuye la demanda total de consumo
de la economía, anulando las perspectivas de una inversión
productiva para un empresario. Cuanto más concentrada la
riqueza, menor el consumo total en la economía; a menor
consumo total, mayor necesidad de inversión productiva.
Pero la inversión productiva es producir para vender; si
la riqueza está concentrada, hay menos consumidores. Así,
la inversión puede fracasar en su objetivo, el dinero invertido
puede perderse. Es decir, como la inversión es muy riesgosa,
para el empresario puede ser racional no hacerla directamente.
Y así, no crear puestos de trabajo.
En
Keynes, esperar “al mercado” no tiene sentido; esto es,
que el ‘libre juego de la oferta y la demanda lleguen a
su punto de equilibrio’. En consecuencia, “haciendo imposible
continuar creyendo en una reconciliación automática de interés
en conflicto en un todo armonioso, (Keynes) hizo resurgir
el problema de la elección y del juicio de valor que los
neoclásicos (ortodoxos) habían logrado aplacar. La ideología
para terminar con las ideologías se rompió. ‘Economía’ una
vez más volvió a ser ‘Política Económica” (J. Robinson).
El 2000 que se viene.
Los
factores que Keynes señaló en su época como los causantes
del alto desempleo, hoy son más imponentes que nunca: la
riqueza y la especulación financiera; la concentración de
la riqueza; los oligopolios y las ideas de los economistas
del mercado. Todos estos factores sólo pueden generar la
profundización de los conflictos sociales. En especial,
la política de priorizar altas tasas de interés:
“Vivimos
en el mundo real. La restricción monetaria no impide que
la gente que ha escapado la disciplina del mercado y tiene
control sobre sus precios e ingresos incremente esos precios
e ingresos. Sólo son detenidos cuando hay mucho desempleo.
Mientras tanto si funciona, de una manera bastante dura,
para aquellos aún sujetos al mercado” ....(Hay un) curioso
mito que la política monetaria es socialmente neutral, una
proposición curiosamente en conflicto con la tendencia de
la gente que presta dinero de tener más que aquellos que
toman prestado dinero. Una activa política monetaria restrictiva
es afirmativamente dañina para la eficiencia económica,
la productividad y el crecimiento. Y esto ya no es una cuestión
de fe teórica. Es largamente la práctica lección del experimento
monetarista de los últimos años en Estados Unidos y Gran
Bretaña” (J. K. Galbraith).
Mientras
la teoría de mercado niega esta influencia, por otra parte
responsabiliza de sus consecuencias a “los políticos”. Así,
su “lógica económica” sólo conduce a mayores conflictos
sociales. Keynes los llamó “los verdaderos padres de las
revoluciones”. Por eso, elaboró una teoría económica que
explica el funcionamiento del sistema capitalista; y, así,
permitió encontrar mecanismos para controlar los males que
el sistema capitalista produce. Está teoría aún es válida;
aquellas soluciones no lo son. Es preciso buscar otras.
La vigencia de la teoría keynesiana lo permite. Sin embargo,
“los economistas” ni quieren escuchar hablar de Keynes,
como que así sin saberlo, sólo teorizan en función del poder
dominante. La razón la encontró la gran discípula de Keynes,
Joan Robinson: “’en el largo plazo estamos todos muertos,
pero no al mismo tiempo”. Los pobres viven menos que
los ricos.
“Keynes
tenía una solución sin revolución. Nuestro mundo agradable
permanecería; el desempleo y el sufrimiento se acabarían.
Parecía un milagro” (Galbraith, 1981: 185).
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N°01."Dolarización = Calavera no chilla"
N°02."En el largo plazo estamos todos muertos...pero no
al mismo tiempo".
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próceres en nuestros billetes".
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N°05."Argentina 1989-1999: El suicido de un país".
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