Andrés Ferrari  

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Bases analíticas para determinar una propuesta progresista.

Pareciera ser que desde comienzo de la década de los noventa ha sido decretada la victoria del discurso neoliberal; y que, por lo tanto, cualquier intento de implementar algo diferente a lo dictaminado por «las leyes de mercado» sería, en el mejor de los casos, voluntarista.

Pero para quien quiera ser, verdaderamente, progresista, tal derrota nunca podría ser realmente consumada. Simplemente debido a que el tipo de sociedad en vista a realizar nunca coincide con la sociedad que resulta de un proyecto neoliberal. Así, un proyecto progresista tiene que sistemáticamente rechazar los efectos de las medidas neoliberales. Pero este rechazo no debe basarse en una actitud dogmática sino racional, en base a una interpretación y análisis crítico de la realidad diferente, y que así pueda establecer planes de acción política. 

Una concepción progresista de la actividad política, de esta manera, tiene que tener, en primer lugar, como base lo siguiente: la historia la hacen los hombres. Es decir, todo lo que sucede, sucedió y sucederá en la historia del hombre, nuestra historia, es por causa del comportamiento de todos y de cada uno de los hombres.

Si bien esto, así colocado, parece una obviedad, está, no obstante, en directa e irreconciliable posición con la manera en que cotidianamente se tratan los acontecimientos políticos, sociales y económicos. En el trato de las noticias a través de los medios de comunicación, «la gente» es separada de «los protagonistas», los políticos y demás «poderosos». «La gente» es colocada como «buena» y se le da «la razón», y se defiende sus sentimientos y sus quejas. Son «víctimas»de las patologías de las personas con poder. Los políticos aparecen disputando entre ellos «el poder» en una dimensión distinta en la cual se encuentra «la gente», que es simple espectadora. En general, estas disputas son tratadas como si respondiesen a intereses individuales de los políticos, o, incluso, como simples cuestiones personales entre los «protagonistas». Rara vez, se acepta que en una discusión política pueda llegar a encontrarse distintas ideas, distintos proyectos sociales.

Sin embargo, no es esa la manera en que suceden, en realidad, las cosas. En primer lugar, toda persona es activa siempre. Nadie es jamás «espectador». Pero la palabra «activa» debe ser entendida en su significado más mundano y realista: activa significando que cada día tiene que comportarse de cierta manera, en su casa, en su trabajo, o ante hechos políticos que lo afectan. Si bien mucha gente puede sentir que este comportamiento diario, cotidiano, es «normal» o «natural», de hecho no lo es. Por un lado, no debe olvidarse que a uno se lo educa para comportarse de cierta manera: en la casa, en la escuela, a través de los medios de comunicación. Por otro lado, las distintas culturas, así como lenguas, que hay en el mundo demuestran claramente que no existe una forma «natural» de comportamiento. Por lo tanto, la elección explícita o implícita que hace cada hombre al actuar cotidianamente es esencial para determinar los hechos que suceden en una sociedad. En este sentido, la ‘pasividad’ sólo puede ser una forma de ser «activo».

Esto lleva a afirmar la segunda proposición fundamental de todo pensamiento progresista, o una profundización de lo dicho: todo lo que sucede es siempre responsabilidad de «la gente», es decir de la sociedad, con participación de cada uno, en diversos grados, en el resultado final. Una persona que ante un acontecimiento «negativo» crítica únicamente a funcionarios públicos o responsables, sin mencionar que «la gente», al elegir a ese político, es también responsable, no puede ser progresista, más allá de sus sinceras intenciones, o no está actuando como progresista. No aceptar que esto es así, lleva a subrepticiamente aceptar, y transmitir, que «este» o «aquel» es prácticamente un «superhombre», un hombre todo poderoso, que con su accionar puede determinar los hechos de la historia, a despecho de la voluntad de la mayoría. Frente a tal visión, frente a un todopoderoso, la resignación y la pasividad de la mayoría es la lógica consecuencia.

Así se llega a una tercera proposición fundamental de un pensamiento progresista: la actividad política y la propia palabra política no pueden quedar restringidas o limitadas a la actividad parlamentaria y partidaria. Política es toda actividad destinada a modificar la visión de los otros de la realidad. Por eso mismo, en realidad, la actividad parlamentaria es menos importante que la discusión ideológica. Limitar la política a la acción legislativa es aceptar la derrota ideológica porque la elección parlamentaria es previa, y realizada por la visión de mundo que se han formado los votantes. En realidad, son mucho más «políticos» periodistas y académicos que frecuentemente aparecen en los medios opinando, que mucho parlamentarios que sancionan leyes pero que prácticamente no son conocidos por la sociedad. Si no, ¿con qué sentido, por ejemplo, cotidianamente escriben artículos economistas académicos en los diarios? Para influir en cómo «la gente» interpreta los hechos, y cómo se deberían afrontar, o para resolver alguna discusión de alta complejidad académica? Si «la gente sabe», ¿qué necesidad de ‘explicarle’?

Entonces, «la política no es el arte de lo posible»; más bien, es «el arte de hacer posible lo que parece imposible». Porque si fuese el arte de lo posible, «lo posible» no necesita convencimiento. Es por eso, que la actitud progresista tiene que ser básicamente elevar el nivel de discusión. Progresista es quien apela, no a la «sabiduría natural de la gente», sino en la «sabiduría potencial» que otorga una formación superior. «La realidad es la única verdad», se dice, pero la educación modifica cómo se interpreta la realidad, modificando «la verdad».

Elevar el nivel de discusión implica tener una actitud crítica sobre comportamientos y consecuencias. Es decir, poner siempre el acento sobre el comportamiento de cada uno. Esto no quiere decir que las responsabilidades son las mismas para todos. Evidentemente, hay ciertas personas que asumen responsabilidades mayores explícitamente. Pero no debe esto negar que nunca una responsabilidad individual puede superar la responsabilidad colectiva.

En realidad, una actitud progresista sería revertir este razonamiento. El hecho de que se hace necesario que se «le explique a la gente» qué es lo que está sucediendo, qué es lo que se debería hacer, qué es lo posible, etc., es prueba de varias cosas. Primero, toda persona en su comportamiento cotidiano necesita tener algún tipo de explicación racional, de razonamiento. Éste puede ser simplón, superficial, místico, o falaz; pero siempre tiene que haber uno. Por ejemplo, cuando se «explica» la inflación por la presencia del déficit fiscal, no es que «la gente sepa economía» sino que ha adoptado una «explicación», un «razonamiento» que durante años se le ha enseñado como «causa». Por eso mismo, es que «la gente» no puede profundizar la explicación de la inflación más allá de que «el déficit fiscal genera inflación».

De esta manera, la necesidad de toda actividad política, en sentido amplio, de procurar algún tipo de razonamiento demuestra que todo hombre se caracteriza por poseer una capacidad intelectual, por primitiva que sea, por lo que, cuando el dicho popular justifica una reacción intempestiva debido a que «uno también es humano», en realidad, está invirtiendo las cosas: debería decir porque «uno también es animal», ya que es el intelecto que diferencia al hombre del animal, y no las reacciones instintivas. Sin embargo, el hecho de que el sentido común invierta esta frase muestra, a su vez, la educación «no progresista» que recibe la gente, básicamente a través de los medios de comunicación, influyen en su perjuicio mediante la enseñanza de comportamientos cotidianos destinados a aceptar pasivamente «la realidad». Es decir, haciendo aparentar como racional  el comportamiento de aceptar perjudicarse. Por eso, la reacción intempestiva aparece como «irracional» pero, a la vez, humana: llega un momento en que son los sentimientos de angustia y sufrimiento que llevan a rebelarse contra «lo racional», sin explicación aparente. 

Es esa capacidad intelectual de todo hombre que el progresismo debe procurar realzar, mostrando, en base a una actitud crítica y educativa, la complejidad de la realidad, y la participación de cada uno en ella. Es decir, lo contrario de las cotidianas «explicaciones» de intelectuales, políticos o periodistas que intentan simplificar los hechos. En general, tales explicaciones se basan en «leyes» abstractas que limitarían cualquier otra posibilidad. Son las leyes de la economía, sociales, humanas, e, incluso, jurídicas. Pero estas leyes sólo lo son, si y sólo si, de la gente se comporta de cierta manera, que es la que ellos inducen al declarar la supremacía de estas leyes. Incluso, el propio análisis en base «a la gente» es parte de la declaración de leyes supremas, porque para una individualidad, «la gente» es un dato objetivo, un escollo insuperable. Una individuo no pueden cambiar a «la gente»; pero todos los individuos, si quieren lo mismo, sí.

Finalmente, una actitud progresista es precisar y definir los términos y los conceptos que se utilizan. No tiene que aceptar las abstracciones, sino las concreciones de las palabras. No basta con querer una sociedad «justa», «libre», «ética» o con respeto a los «derechos humanos»; hay que determinar qué implica que haya «justicia», «libertad», «ética» o respeto a los «derechos humanos». Hay que llenar las palabras vacías, abstractas de contenido concreto. De esta manera, se está determinando una propuesta de acción concreta, un programa político concreto que se torna realizable en la medida que es voluntad de la mayoría, y se manifiesta en ‘propuestas concretas’ en la medida en que se basa en comportamientos realizables, posibles, por parte de los individuos, tanto intelectual como materialmente. Así, al optar la mayoría  hoy  por estas propuestas seguimos haciendo historia, pero progresista.

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