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Bases
analíticas para determinar una propuesta progresista.
Pareciera
ser que desde comienzo de la década de los noventa ha sido
decretada la victoria del discurso neoliberal; y que, por
lo tanto, cualquier intento de implementar algo diferente
a lo dictaminado por «las leyes de mercado» sería, en el
mejor de los casos, voluntarista.
Pero para
quien quiera ser, verdaderamente, progresista, tal derrota
nunca podría ser realmente consumada. Simplemente debido
a que el tipo de sociedad en vista a realizar nunca coincide
con la sociedad que resulta de un proyecto neoliberal. Así,
un proyecto progresista tiene que sistemáticamente rechazar
los efectos de las medidas neoliberales. Pero este rechazo
no debe basarse en una actitud dogmática sino racional,
en base a una interpretación y análisis crítico de la realidad
diferente, y que así pueda establecer planes de acción política.
Una concepción
progresista de la actividad política, de esta manera, tiene
que tener, en primer lugar, como base lo siguiente: la historia
la hacen los hombres. Es decir, todo lo que sucede, sucedió
y sucederá en la historia del hombre, nuestra historia,
es por causa del comportamiento de todos y de cada uno de
los hombres.
Si bien
esto, así colocado, parece una obviedad, está, no obstante,
en directa e irreconciliable posición con la manera en que
cotidianamente se tratan los acontecimientos políticos,
sociales y económicos. En el trato de las noticias a través
de los medios de comunicación, «la gente» es separada de
«los protagonistas», los políticos y demás «poderosos».
«La gente» es colocada como «buena» y se le da «la razón»,
y se defiende sus sentimientos y sus quejas. Son «víctimas»de
las patologías de las personas con poder. Los políticos
aparecen disputando entre ellos «el poder» en una dimensión
distinta en la cual se encuentra «la gente», que es simple
espectadora. En general, estas disputas son tratadas como
si respondiesen a intereses individuales de los políticos,
o, incluso, como simples cuestiones personales entre los
«protagonistas». Rara vez, se acepta que en una discusión
política pueda llegar a encontrarse distintas ideas, distintos
proyectos sociales.
Sin embargo,
no es esa la manera en que suceden, en realidad, las cosas.
En primer lugar, toda persona es activa siempre. Nadie es
jamás «espectador». Pero la palabra «activa» debe ser entendida
en su significado más mundano y realista: activa significando
que cada día tiene que comportarse de cierta manera, en
su casa, en su trabajo, o ante hechos políticos que lo afectan.
Si bien mucha gente puede sentir que este comportamiento
diario, cotidiano, es «normal» o «natural», de hecho no
lo es. Por un lado, no debe olvidarse que a uno se lo educa
para comportarse de cierta manera: en la casa, en la escuela,
a través de los medios de comunicación. Por otro lado, las
distintas culturas, así como lenguas, que hay en el mundo
demuestran claramente que no existe una forma «natural»
de comportamiento. Por lo tanto, la elección explícita o
implícita que hace cada hombre al actuar cotidianamente
es esencial para determinar los hechos que suceden en una
sociedad. En este sentido, la pasividad sólo puede ser
una forma de ser «activo».
Esto lleva
a afirmar la segunda proposición fundamental de todo pensamiento
progresista, o una profundización de lo dicho: todo lo que
sucede es siempre responsabilidad de «la gente», es decir
de la sociedad, con participación de cada uno, en diversos
grados, en el resultado final. Una persona que ante un acontecimiento
«negativo» crítica únicamente a funcionarios públicos o
responsables, sin mencionar que «la gente», al elegir a
ese político, es también responsable, no puede ser progresista,
más allá de sus sinceras intenciones, o no está actuando
como progresista. No aceptar que esto es así, lleva a subrepticiamente
aceptar, y transmitir, que «este» o «aquel» es prácticamente
un «superhombre», un hombre todo poderoso, que con su accionar
puede determinar los hechos de la historia, a despecho de
la voluntad de la mayoría. Frente a tal visión, frente a
un todopoderoso, la resignación y la pasividad de la mayoría
es la lógica consecuencia.
Así se
llega a una tercera proposición fundamental de un pensamiento
progresista: la actividad política y la propia palabra política
no pueden quedar restringidas o limitadas a la actividad
parlamentaria y partidaria. Política es toda actividad destinada
a modificar la visión de los otros de la realidad. Por eso
mismo, en realidad, la actividad parlamentaria es menos
importante que la discusión ideológica. Limitar la política
a la acción legislativa es aceptar la derrota ideológica
porque la elección parlamentaria es previa, y realizada
por la visión de mundo que se han formado los votantes.
En realidad, son mucho más «políticos» periodistas y académicos
que frecuentemente aparecen en los medios opinando, que
mucho parlamentarios que sancionan leyes pero que prácticamente
no son conocidos por la sociedad. Si no, ¿con qué sentido,
por ejemplo, cotidianamente escriben artículos economistas
académicos en los diarios? Para influir en cómo «la gente»
interpreta los hechos, y cómo se deberían afrontar, o para
resolver alguna discusión de alta complejidad académica?
Si «la gente sabe», ¿qué necesidad de explicarle?
Entonces,
«la política no es el arte de lo posible»; más bien, es
«el arte de hacer posible lo que parece imposible». Porque
si fuese el arte de lo posible, «lo posible» no necesita
convencimiento. Es por eso, que la actitud progresista tiene
que ser básicamente elevar el nivel de discusión. Progresista
es quien apela, no a la «sabiduría natural de la gente»,
sino en la «sabiduría potencial» que otorga una formación
superior. «La realidad es la única verdad», se dice, pero
la educación modifica cómo se interpreta la realidad, modificando
«la verdad».
Elevar
el nivel de discusión implica tener una actitud crítica
sobre comportamientos y consecuencias. Es decir, poner siempre
el acento sobre el comportamiento de cada uno. Esto no quiere
decir que las responsabilidades son las mismas para todos.
Evidentemente, hay ciertas personas que asumen responsabilidades
mayores explícitamente. Pero no debe esto negar que nunca
una responsabilidad individual puede superar la responsabilidad
colectiva.
En realidad,
una actitud progresista sería revertir este razonamiento.
El hecho de que se hace necesario que se «le explique a
la gente» qué es lo que está sucediendo, qué es lo que se
debería hacer, qué es lo posible, etc., es prueba de varias
cosas. Primero, toda persona en su comportamiento cotidiano
necesita tener algún tipo de explicación racional, de razonamiento.
Éste puede ser simplón, superficial, místico, o falaz; pero
siempre tiene que haber uno. Por ejemplo, cuando se «explica»
la inflación por la presencia del déficit fiscal, no es
que «la gente sepa economía» sino que ha adoptado una «explicación»,
un «razonamiento» que durante años se le ha enseñado como
«causa». Por eso mismo, es que «la gente» no puede profundizar
la explicación de la inflación más allá de que «el déficit
fiscal genera inflación».
De esta
manera, la necesidad de toda actividad política, en sentido
amplio, de procurar algún tipo de razonamiento demuestra
que todo hombre se caracteriza por poseer una capacidad
intelectual, por primitiva que sea, por lo que, cuando el
dicho popular justifica una reacción intempestiva debido
a que «uno también es humano», en realidad, está invirtiendo
las cosas: debería decir porque «uno también es animal»,
ya que es el intelecto que diferencia al hombre del animal,
y no las reacciones instintivas. Sin embargo, el hecho de
que el sentido común invierta esta frase muestra, a su vez,
la educación «no progresista» que recibe la gente, básicamente
a través de los medios de comunicación, influyen en su perjuicio
mediante la enseñanza de comportamientos cotidianos destinados
a aceptar pasivamente «la realidad». Es decir, haciendo
aparentar como racional el comportamiento de aceptar
perjudicarse. Por eso, la reacción intempestiva aparece
como «irracional» pero, a la vez, humana: llega un momento
en que son los sentimientos de angustia y sufrimiento que
llevan a rebelarse contra «lo racional», sin explicación
aparente.
Es esa
capacidad intelectual de todo hombre que el progresismo
debe procurar realzar, mostrando, en base a una actitud
crítica y educativa, la complejidad de la realidad, y la
participación de cada uno en ella. Es decir, lo contrario
de las cotidianas «explicaciones» de intelectuales, políticos
o periodistas que intentan simplificar los hechos. En general,
tales explicaciones se basan en «leyes» abstractas que limitarían
cualquier otra posibilidad. Son las leyes de la economía,
sociales, humanas, e, incluso, jurídicas. Pero estas leyes
sólo lo son, si y sólo si, de la gente se comporta de cierta
manera, que es la que ellos inducen al declarar la supremacía
de estas leyes. Incluso, el propio análisis en base «a la
gente» es parte de la declaración de leyes supremas, porque
para una individualidad, «la gente» es un dato objetivo,
un escollo insuperable. Una individuo no pueden cambiar
a «la gente»; pero todos los individuos, si quieren lo mismo,
sí.
Finalmente,
una actitud progresista es precisar y definir los términos
y los conceptos que se utilizan. No tiene que aceptar las
abstracciones, sino las concreciones de las palabras. No
basta con querer una sociedad «justa», «libre», «ética»
o con respeto a los «derechos humanos»; hay que determinar
qué implica que haya «justicia», «libertad», «ética» o respeto
a los «derechos humanos». Hay que llenar las palabras vacías,
abstractas de contenido concreto. De esta manera, se está
determinando una propuesta de acción concreta, un programa
político concreto que se torna realizable en la medida que
es voluntad de la mayoría, y se manifiesta en propuestas
concretas en la medida en que se basa en comportamientos
realizables, posibles, por parte de los individuos, tanto
intelectual como materialmente. Así, al optar la mayoría
hoy por estas propuestas seguimos haciendo historia,
pero progresista.
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