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Carabello Marisa

 

ALAS DE INGENUIDAD

 

 

   Se despertó cuando el sol le hurgó el ojo izquierdo con tanta saña  que aún a pesar de la sabana blanca dibujada de jeroglíficos negros cubriendo su cabeza, podía opacar ya, aquella insistente aguja amarilla. Sin embargo, debió convencerse de que el trabajo del día se prolongaría mas allá de la media noche, sino optaba por desmartirizar a su pobre ojo.

  Fue incorporándose mientras su mirada buscaba el espejo-puerta que se le imponía hacia su espalda. Contemplaba su propia imagen en la ropa magníficamente arrugada, impecablemente sucia y aliñadamente desarreglada. Aunque sintió que pese a la especial belleza que la engalanaba (belleza que muchas veces vio envidiada en los gestos deformes y punitivos, en las miradas esquivas, y en las narices, narizotas, naricitas estreñidas de contracciones repulsivamente codiciosas, de mujeres estúpidamente estilizadas, asquerosamente pulcras, desliñadamente bien compuestas que aborrecerían cualquier mínimo instinto masculino hacia ellas), sintió que más allá de todo eso, todavía un poco más acá, le faltaba aquel toque que alguna vez su tía, hacia ya mas de treinta años la había cuchicheado como una suerte de secreto femenino, o como alguna especie de talismán casero. “Una gota de perfume, Clara... Si, así, detrás de las muñecas, bajo los lóbulos de ambas orejas..., Sí Clara, de las dos, SIEMPRE... Entre las piernas Clara también”. Y se le fue estampando en la cara aquella misma sonrisa, somnolientamente lujuriosa de la tía. Y el destello en los mismos ojos azules, pronunciándole un recuerdo impronunciable. Un recuerdo que tal vez fuese de ella misma, o de aquella tía. O que tal vez fuese producto de una memoria más lejana de un tiempo ya pasado. O más bien de un tiempo imaginario, o que ya de tanto el uno y el otro se mimetizaron sin saberse a ciencia cierta de cual se recordara en realidad.

Se volvió buscando la posibilidad de algún liquido efímero, de entre los que la rodeaban. Atropelló contenta contra las escalinatas desteñidas de exquisitas pigmentaciones nauseabundas. Se apostó en el cordón de la vereda, a cuyo filo costillero se deslizaba una estancada corriente de agua añeja ,concentrada en olores inverosímiles, que Clara, inhalo hipnóticamente.

   Eran las seis y media de la madrugada cundo en plena Avenida Chacabuco, cumplió aquel ritual bermelloso, de mito ordinario.

  En su bolsita destejida rebusco con paciencia, con la paciencia que le daba la inconciencia de un tiempo para ella inexistente, su amarilloso plano remarcado de colores ampliamente diversos, e ingenuamente saturados. Tomó también un enorme crayón azul, con el cual trazo delicadas líneas oblicuas sobre el sector del viejo parque. Cuando se encontró en ese mismo lugar, extendió una mirada impasible sobre treinta y cinco árboles, para después dibujársele una sonrisa que se le fue escapando hacia los ojos, adonde le habían nacido o emergido sendas esferas de blanquecina luz transparente, de transparente luz incorpórea.

  Aún era demasiada avenida la mañana como para causar algún desconcierto en ocasionales paseantes. Si estos se hubieran hallado en esos momentos, uno que otro hubiera permanecido estancado allí, aprisionado a la imagen con miradas incomprensivas y al mismo tiempo, captantes de esa maravillosidad, en la que Clara, cortaba hojas de diferentes clases de árboles, para luego cocerlas con aguja e hilo, a otros árboles infortunados de la diversidad. Cada hoja extrañada se iría amoldando mágicamente a la presencia de un robusto árbol, o al de arbustos que parecían emerger de la tierra recientemente, dejándose mecer con sigilosa ternura bajo el amparo de aquellos brazos adoptivos.

  Y más tarde debía cambiar las chapas de los autos estacionados sobre la Belgrano, para que el orden de la fila se correspondiera con un orden creciente de los números, allí reencontrados. No importaba que luego vinieran a echarla, a que algún puntapié la empujara sobre las rotas baldosas, o hacia el interior de barrosos canteros. No importaban los gritos de los enfurecidos, ni los chillidos de las indignadas. Sabia que el circulo se completaba con una vuelta a lo inicial, que lo momentáneo se cumplía allí, sobre la calle, y que el viaje de cada auto imponía nuevamente su nombre, su número, su vuelta al sí mismo, como sucedía en todas las cosas.

   Lo importante en todo caso, era conseguir el intercambio, la armonía de tiempos fútiles de momentos concéntricos. Pero de cualquier forma, el TIEMPO ya no lo era, así que cualquier preocupación relacionada con aquel, no tendría cabida en los pensamientos  de Clara.

  Salió corriendo hacia la esquina, frente a una de sus tantas iglesias, adonde la esperarían Tito y Raúl. Y allí estaban. Un niño como de doce años, sucio, desganado de simpatías, que le entregó a la mujer su “pequeña bolsita de mierda”, que era su hermanito, una criatura de cinco años.

 Clara ingresó a la iglesia con el niño en brazos, como si este fuese un instrumento delicado. Se apostaron junto a la tinilla de agua santificada a donde Tito debía vaciar gotitas de pis incoloro. Pero Tito no lloraba, tampoco sonreía maldades inocentes. Por lo menos no desde aquel día, cuando saliendo de la séptima iglesia, sintiendo tal vez la premonición del número, le preguntara él porque de aquello. Y Clara, volviéndose a mirarlo, mirando los ojitos gorditos, como inflados de tanta expectación, entendía en una respuesta que ni ella misma se había cuestionado, nunca. Entendía allí, y así, como nunca hubiera podido entenderlo de otra manera. Y Tito guardó entonces, en su memoria más primitiva, una frase dicha al oído. Una frase que le transfiguró el espíritu como una sabiduría nueva, y alertó también al imperceptible mismo fulgor del tiempo inconsciente. Frase a la que solo muchos años después podría comprender.

Comprender además, como también él era y SERIA parte de aquellas palabras.

  Y sin embargo en su realidad, Clara no creía en la necesidad de un sentido, aunque infinidad de veces, espiando correr a las gentes, con sus pequeños maletines oscuros o bolsas de plástico colorido, carteras aprisionadas de cuero bajo el cuero sudoroso de amas de casa avejentadas y gordas, o encerrados en cartuchos vidriados donde intercambiarían con los otros extraños y risibles objetos, se pregunto sobre la rareza de aquellos seres sus inexplicables ceremonias. No pudiendo dejar de asomarle alguna vez, la duda de un posible SENTIDO de todo aquello, de esos de los que ella también podía percibir en sus miradas la misma puntiaguda, incertera duda, acerca de ella misma. Esos pocos que terminaron convirtiéndose en los únicos amigos que poseyera, esos pocos, los que se quedaban mirándola, mirando el acto mismo, pero ya sin tratar de explicarse mas allá de lo que los sentidos le ofrecían. Y algún día, finalizaban saludándola en cualquier parte, acercándose bajo cualquier pretexto, o ayudándole otras veces.

   Cuando el atardecer comenzó a descuajarse bajo el paso de la noche, hacia rato que Tito se había marchado junto a su hermano. Entonces Clara se sentaba en su banco, completamente iluminado bajo los neoninos de la plazoleta, adonde siempre le chirriaba el estomago un cantito revoltoso, del cual ya atisbaba que no podía acallar.

  Hundió su mano dentro de la abertura de su destejida lanera para extraer un cuadradito espejado.

   Contemplabase durante infinidad de minutos, de tal forma de ya no poder olvidarse de su rostro, para que el día siguiente no la sorprendiera esa otra imagen, reflejada de los ventanales en los negocios, o de espejos enormes y estratégicos ocultos tras recovecos tramposos. Solo su espejo-puerta de la Avenida, y aquel cuadradito, parecían mostrarle la realidad tal cual era ella. No esa mujer despojada, avejentada, como caída siempre dentro de algún limo acuoso e impúdico. Sino esta otra que vigilara detrás de sus ojos mundos excéntricos, inteligencias bellísimas, como emergidas de óleos puros y espesos.

Luego vendrían los encuentros en disimulados escondrijos situados en recónditas terrazas, donde algunos buscaban encontrar una respuesta al sobrevenir a una nueva vida. Aquellos que ahondaban en la misma coexistencia de un sufrir, la entristecida y pesada vida cotidiana, bajo la asfixiante presión del sentido común. Clara los asia a un mismo eje, a una misma sintonía existencial, que no les implicaría deglutidas respuestas, sino la sensualidad de encontrarse en propias deducciones.

Y las almas agradecían una inmensa paz, una delicada esperanza que enrarecía todo, en un místico manto.

  Fue una tarde, cuando cayó a uno de los acobijantes encuentros, el primer golpe a posteriores pequeñas disoluciones. Cuando dos hombres, de inaudita similitud e inefable inexpresión, provenientes quizás de oscuras bibliotecas, asestaron un quiebre, el miedo, la represión. Alguien escondido detrás de cualquier puerta o ventana los había visto y decidido opacarles la probabilidad de otra subsistencia, difuminarlos en el aire de la absoluta negatividad. Se ausentó la ingenuidad ante las palabras de supuestos colaboradores sociales, que desacreditaron cualquier intención de lo otro. Hasta el impredecible día en que Clara comenzó a desaparecer hacia alguna lejanía, que a nadie se permitió decir. Sin embargo los pequeños aconteceres mágicos que Clara recreaba, no dejaron de mostrarse en las calles, se sucedieron indefectiblemente. 

 El día que Tito cumplió catorce años, luego de dejar a Clara frente a la iglesia, el muchachito había percibido el impulso, más bien el propio impulso lo había presentido a él, ( lo había esperado a él), punzándolo a que se volviera a buscar a Clara. Y La encontró en su banco, en el momento en aquellos dos hombres de hacia tantos años, se alejaban tranquilamente de ella.

  Tito se allegó junto a Clara que tenía recostada la cabeza sobre el respaldo, el brazo perdido en la extensión del mismo, los ojos cerrados durmiéndose sobre los tablones blancos y descascarados. Tito se acercó sentándose a su lado, enderezándole a aquélla mujer su delgadísimo cuerpo, cubriéndolo con el mismo sacón negro de lana añeja, ya destejida, con el que hubo de cubrirlo a él alguna noche de invierno en los friolentos mausoleos religiosos.

  Tomó las pertenencias, la bolsita de lana desecha, como si fuera una mochila, y la apoyó sobre sus espaldas a donde descansarían desde ese preciso y único momento nuevos viajes. Caminó un trecho recordando, ahora aquella frase entonces ininteligible. Aquellas palabras que recién hoy pudo escuchar, bajo el sonido olvidado e incomprensible de los años: ¨ SIEMPRE Tito, TIEMPO SERÁS DEL SENTIDO.

  Y por primera vez desde aquel día, él lloró. Lloró lágrimas de sus ojos, ahora azules, adonde le habían nacido o emergido sendas esferas de blanquecina luz transparente, de transparente luz incorpórea.

 

 

 

 

 

Espejos del tiempo

 

No sé si decir que solo era una noche helada porque la ventisca fresca que se descentraba del pasillo ubicado frente a ella, afilaba los huesos mas descubiertos del cuerpo. O bien decir que era una noche helada porque simplemente hacia frío como hace frío una noche cualquiera de invierno.

  Adriana se encontró sola, hacia la entrada de un pasillo de piedra roja, del que la negra humedad le soplaba olores putrefactos. Ella miró hacia ambos lados de la calle y esperó incómodamente hasta que el automóvil pasara. Cuando vio al destartalado autito, voltear la esquina, y observó hacia delante suyo, hacia el camino que se le erigía pulmoneándole la brisa nauseabunda, que parecía quererla convencer de perseguir su origen, se pregunto si era atinado embarcarse por la desconocida ruta con el pretexto de llegar mas prontamente a casa.

Porque si debemos ser sinceros ella, tanto como yo, sabíamos que no buscaba un atajo para su supuesta finalidad de apurar encuentros en su desolado departamento de Arturo M. Bass y que en todo caso buscaba algo que proviniera de ese rojo-anegrado, algo que bajo ninguna posibilidad habría podido desentrañar en sesiones de terapia.

El caminar se inicio pausado, tan apagado de movimientos y de ruidos como se pudiera. Algo le latía bajo los signos del cuerpo, algo que no era el corazón, o que no solo era el corazón. Sin embargo le pareció extraño que las piernas no le latieran como el resto de sí misma. Parecían estar metafísicamente distantes de sus otras partes, como si estas tuvieran un alma propia, que la condujera, hipnótica.

Doblo a través de los estrechos pasillos  dejándose acariciar el cuerpo por las paredes que se le adherían al pullover. En algún momento de su recorrido pensó en Aleph borgiano, presintiendo la llegada de cualquier enemigo dispuesto a burlarse de su cansado derrotero. Pero en esos momentos al doblar el esquinero derruido de pared, se volvió a encontrar con la presencia de la ciudad en los aletargados bombeos de viejos caños de escapes, que parecían ser agitados cansadamente, vibrados como si fueran pequeñas cocteleras metálicas.

Al salir sintió, sobre las comisuras de los ojos, el caluriento gas de aquella combustión que le raspaba sigilosamente la garganta, por lo que desistió de fumarse el cigarrillo que había comenzado a extraer de la manoseada etiqueta, unos pasos atrás, antes de llegar a la calle.

Entonces se dio cuenta de que el atajo que pese a todo ella creía en buscar, la había alejado aun más de su destino. Porque ahora se encontraba mucho mas lejos de casa que antes de ingresar por aquel impredecible corredor.

Se volvió nuevamente hacia este. Miro a los sendos edificios que se alargaban como flacos porteros hacia los lados del pasillo. Miro la esquina de las calles. Leyó los nombres en los señaladores vigilantes, y creyó hacer un calculo cuando recordó que alguna vez, en un punto de su recorrido debió elegir entre dos corredores, en una bifurcación de aquella andanza. Seguramente, allí me debí equivocar... En fin, no tengo que sorprenderme, cuando sé que siempre, como en todas las cosas, me equivoco en el primer intento. Pensó, adentrándose nuevamente para buscarlo.

Había reiniciado ya algunos pasos sobre las chamuscadas baldosas, cuando volvía a su tarea de desempaquetar el cigarrillo, que había vuelto a guardar y sacar un par de veces esa noche. Se detuvo por unos segundos y lo prendió.

El cabello castaño, cortísimo, apenas si le llegaba a la nuca. Y fue por esto que seguramente pudo sentir sobre aquella, una brisa suave que al tiempo era cálida, pero como fisurada de soplos fríos. Al tiempo parecían envolverle el cuello en una bufanda y formarle alrededor también, un entretejido de caña fina  por el que el soplo mas friolento, le buscaba entrar.

No quiso en ningún momento volverse a mirar de donde provenía aquel misógino suspiro. Suspiro..., pensó, porque sintió como si estuviera en la boca de algún monstruo mitológico. Y ahora que retomaba el camino que anteriormente había descartado, pudo imaginarse estar sobre la punta de la lengua  de aquel animal, que ella presentía, dispuesto a catapultarla en cualquier instante. Adriana elevo su mirada, después de dejarla deambular sobre las paredes de ladrillos rojizos y piedras, ahora extrañamente azules. Había algo en el color, de un tono indescifrable, siendo además que durante todo su recorrido estas se habían mutado entre un rojo y un anaranjado sucio, únicamente, ahora metamorfoseadas a un azul-celeste más puro.

Volteo sigilosa, hacia su derecha, mientras su mano se apoyaba irresoluta sobre un nuevo esquinero derruido, como golpeteado por innumerables manos durante otros tantos innumerables años.

El lugar se asemejaba al patio inferior de una vieja pensión dotoievskiana.

Apoyada en la esquina de la pared, como si se precaviera de ser sorprendida por alguien,  elevo sus almendrados ojos, más almendrados aun por la escasa luz que se le interponía en la mirada coartada. Pero aun así, pudo encontrar desdibujado en el perfil sombreado de la noche, una única ventana tenuemente alumbrada. Una escalera de hierro oxidada se paraba sobre la puerta de aquella pieza, como un viejo celador, que ignorándole la mirada le permitiera así ingresar.

Ella se fue acercando por entre las baldosas de tonos puros pero repelidos entre sí. La asombro darse cuenta, que al pasar por el centro mismo, una luz como de luna, caída sobre aquel preciso lugar, le contorneaba sobre el suelo una apariencia diminuta. Sin embargo, el cielo parecía solo una gruesa sabana azul, de igual forma que si las constelaciones y astros hubieran sido desdibujados en algún momento inverso del tiempo.

La realidad seria que ella no sabia, ni nadie sabría explicarse, de donde provenía esa blanquecina que parecía infinitamente lejana, pero también incomprensiblemente próxima.

La mujer subió por la escalera. Al llegar al tercer peldaño, los ojos le hicieron crepitar las venas tal que si se desgarraran retazos de cintas de algún trapo viejo. Dos sombras se proyectaban desde el interior hacia la ventana. Estas parecían levitar perdidas. Aleatoriamente se cruzaban, entrecortándose entre sí. Se volvió unos pasos, hacia atrás, pero sin dejar de mantener su mirada fija en la ventana. Paulatinamente las sombras se fueron relajando, decayendo en una levitación carente de caóticos movimientos, las que desaparecieron en el justo momento en que ella, apoyaba sus pies sobre las friísimas baldosas del patio. Se quedo unos segundos así, calmándose lentamente, atando ferozmente la desenfrenada búsqueda por la cual su mente giraba en busca de alguna respuesta. Sin capturar ninguna que la ayudara a descifrar el acongojo, por la cual esta situación le producía una inefable sofocación ahogante.

Lo único que parecía claro o seguro dentro de ella era que debía conocer a los dueños de aquellas negras siluetas. Y esto no era algo que solo pensara. Lo sentía desde algún rincón entre el estomago y el alma.

Inspecciono de una meticulosa, pero ágil mirada, el resto de las ventanas y puertas que seguían invisibles de presencias humanas. Desde la oscuridad estas parecían espectar el trayecto tembloroso de sus pasos.

Retomo el pasamanos ascendiendo por los peldaños nuevamente. Entonces, volvieron las sombras a deslizarse pesadamente a través de las ventanas empañadas. Se agrandaban, agitaban, giraban, volvían a caer raidamente, y reaparecían con ímpetu de nuevo. Tornabanse más histéricas, ansiosas e irascibles en su deambular, a medida que ella avanzaba.

Se acerco a la ventana.

Sobre el vidrio empañado, solo un pequeño círculo, en un esquinero de la misma, se desnudaba del vapor. Adriana asomo el ojo negro sobre este. Y fue en ese momento, cuando todavía no podía mirar lo que veía, en que sintió como un presentimiento agitado, acompañado por un lejano cimbroneo que emanaba de la misma escalera en que se apoyaba el balconcito, donde se encontraba ahora parada.

Algo le decía que alguna situación era metamorfosis hacia algo que había sido, pero todavía, y en realidad no era, y que en todo caso tal vez seria.

Una niña de ojos negros, cabellos castaños trenzados, caído sobre el pecho, manos asiéndose entre sí, se encontraba sobre una vieja cama. Su cuerpo desvanecido en el cansancio de un miedo ya extinto, parecía expresar la espera de alguna condena. La cabeza agotada sobre el pecho, se volvía de vez en cuando a mirar al hombre que caminaba iracundamente frente a ella. Y del cual solo podían verse sus escuálidas piernas.

La niña elevó su rostro nuevamente, con la seguridad de saber, sin saber en realidad, donde terminaría su mirada. Vio entonces el ojo que se agitaba engrandeciéndose por su propio descubrimiento. Y se incorporo con la desesperación de una ultima esperanza.

Corrió hasta la ventana de la cual solo tuvo la intención de abrir, porque el hombre llegó hasta ella, junto a ella, arrancándola de un tirón y alejándola de la misma.

Mientras se debatía por alcanzar nuevamente la ventana, en un ultimo intento, la manga de su pullover raspa un orificio mayor de humedad. Adriana posesiono su ojo en aquel, y quedo allí, irrazonablemente petrificada.

Hubiera querido hacer algo, pero la impotencia de intuir que nada de lo que hiciera, podría ayudarla la inmovilizaba aún más.

La mujer se aferró a la ventana. Buscaba clavar en esta sus uñas, cuando el hombre del cual su rostro permanecía oculto bajo el vapor adherido al vidrio de la ventana, tomó desde el bolsillo anterior de su pantalón una navaja que en un único movimiento, deslizo como una línea afilada sobre la garganta de la niña.

La sangra lloraba sobre la piel muy blanca y el hombre la dejó caer.

La niña se fue arrodillando en la caída desalentada. Y a medida que lo hacia, sus ojos volvieron a ver los otros ojos que la miraban desde el contorno negro-azulado del patio, a través del resquicio libre de humedad.

Sus ojos se dormían. Parecían despedir las últimas palabras que jamás iban a ser pronunciadas. Y sin embargo la voz se escucho en el interior mismo de la mujer, que en ese momento, observaba su muerte.

Adriana creyó que la llamaba, era esto lo único que podía asegurar.

Pero le golpeo el hueso del alma la forma en que parecía llamarla”mamá”, creyó escuchar; o era “ayuda” la palabra, o ambas. O tal vez la niña hubiera querido gritar: “ayúdeme mamá”.

Cuando la niña quedo finalmente tendida sobre el suelo Adriana pudo despegar su cuerpo de la ventana que se fue adhiriendo a medida que el cuepecito de la niña iba despidiendo su vida. Se recostó sobre la pared, bajo la ventana, con la desesperación emanada de violencias propias. Se llevo las manos hacia los pechos, de los que ansió amputárselos, arrancárselos para deshacer así el dolor que parecían destilarle.

Se incorporo. Se fue acercando a la puerta que se abrió con rapidez.

La figura negra, negruzca de anocheceres desesperados y diablunos se abalanzó por la escalera, sin mirarla siquiera, con la altanería o la borrachera de negarle cualquier presencia. Su mano quiso asirlo, pero se traspasaba en aquella etérea imagen que ahora corría por el patio hacia la oscuridad del pasadizo.

Adriana se apostó en el marco de la puerta, con el cansancio de lo que ya se sabe, de lo que terriblemente ya se sabe.

El cuerpo de la mujercita se aniquilaba en el lineamiento nauseabundo, allí se dibujaba.

El tiempo pareció detenerse en una progresión eterna, infinita, que por lo mismo podía haber sido también ínfima. Entonces, fue entendiendo que en realidad aquel lugar le había brindado otra clase de oportunidad de apurar encuentros. De presenciar la extraña representación de algún futuro. Quizás, tal vez saber lo que pasaría con una aún no concebida niñecita, que fuera mía. Pensó Adriana como si se tratara de una reflexión ajena. Y esto, porque la niña que había visto morir en el interior de esa habitación, ahora, desaparecía bajo la inasibilidad de sus ojos, como la otra sombra había sido imposible apresar.

Cuando quiso rememorar la escena ocurrida, en el momento en que la silueta de la niña desaparecía del piso gris oscuro, dio cuenta que el lugar que hasta ese momento la rodeaba, había transfigurado en otro.

Estaba otra vez en la calle. A la primera salida a la que aquel laberinto la hubo expulsado. Miro hacia el interior del pasillo, que se ennegrecía alejándose de ella.

Bajo la aun eterna vigilancia de sendos edificios que la observaban como porteros con el poder para juzgarla, si así quisieran, sus ojos se afilaron sobre aquella oscuridad  de la que el sonido de pasos formaban ecos que transportaban le presencia de la negra silueta.

En al boca del pasillo, la luz de la calle iluminó un rostro flaco, huesudamente marcado. Adriana quiso acercársele con la intención de impedirle huir. Con la intención de obligarlo a desistir del crimen que algún día iba a cometer. Pero aquel hombre la atropelló, sin verla. Se encamino sin siquiera trastabillar por la demanda de algún esfuerzo. Y en la vereda de enfrente, se apostó junto a dos hombres, de idéntica apariencia, con los que comenzó una conversación tranquila.

Adriana volteo su mirada hacia el interior del pasillo, del cual fluían ahora extraños sollozos.

La luz de la calle iluminó entonces la presencia difusa de la niña, que emergía de la muerte, que se devolvía del pasado, que le regresaba Adriana la imagen de su inconciencia, la mentira que el alma se había inventado, desafiando ilusoriamente a la muerte.

Entonces Adriana comprendió. Comprendió en el recuerdo de ese acto, de esa imposibilidad de asir o de siquiera tocar, que lo inasible e intocable tenían continencia real, mientras su mano, su cuerpo entero... y que entonces, en realidad, aquella supuesta visión que ahora mismo se acercaba a ella y que había emergido también de la densa negritud de aquel laberinto, y que ahora le destilaba una mirada insoportable y fantásticamente lastimera no había sido de su aú no-hija y su asesino, sino que la visión en realidad había sido ella misma. Ella era quien había sido evocada por la niña que alguna vez había sido como el anhelo de salvación de un propio futuro imposible, y era ella quien igualmente deambulaba por aquel pasadizo en donde en una pensión de paredes azules, hacia ya veinte años, aquel mismo hombre nos había abierto la garganta como una sola línea afilada.  .

 

 

 

 

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