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El
poder de la palabra creadora: Oratoria
para los nuevos líderes
No prólogo ni prefacio, "urdir
la tela". El exordio lleva implícito
la metáfora de la telaraña lingüística.
La elocuencia, en la Grecia clásica,
fue un instrumento de lucha y poder.
Con ella en las asambleas políticas y
judiciales se conseguía la adhesión,
o no, de un auditorio difícil; se
rechazaba una acusación o se imponía
una condena. Para el ateniense era
fundamental dominar la palabra pública.
Existió, por los años 350 antes de
Cristo, un orador llamado León de
Bizancio a quien se le suplicó que
hablase a los atenienses para que se
reconciliaran.
El célebre sofista, hombre de enorme
barriga, subió al estrado, confiado
en su verbo, y dispuesto a exhortar a
los ciudadanos a la concordia. El
pueblo al observarlo comenzó a reír
debido a su figura grotesca.
León, sin acusar el impacto, con voz
segura, dijo:
"Atenienses, ¿a qué vienen esas
risas? ¿Qué harían si viesen a mi
mujer, que es mucho más barrigona que
yo? Con todo eso, les advierto que
cuando reina entre nosotros la unión
nos basta una sola cama para ser
felices. En cambio, cuando estamos
desavenidos, apenas entramos en toda
la casa, que les aseguro es muy, pero
muy grande."
Con esta oratoria simple, los
atenienses comprendieron
inmediatamente y en profunda reflexión,
desistieron de sus rencillas domésticas.
Se dieron cuenta que si la casa está
desunida no puede sobrevivir.
"Hogar" es el lugar donde
uno se siente recibido, bien tratado,
comprendido, donde se puede hablar y
escuchar. Hagamos del planeta nuestro
hogar. Limpiemos todos los días la
vereda que nos corresponde.
Argentina se encuentra desavenida,
entre otros hechos por mucha basura
verbal. Pareciera que el país
necesita más espacio geográfico para
ser, y contener a su gente, agolpada
en enormes ciudades dentro de un
territorio despoblado por siglos.
El planeta global está fragmentado en
crueles estancos de miseria, explotación
y guerras. Cada hombre, escindido en sí
mismo, entre las propias urgencias
vitales no resueltas y sus
aspiraciones de realización, ingresa
violento y confuso a la Torre de Babel
del nuevo milenio.
Antiguas tradiciones afirman que la
palabra "seca", es voz
indiferenciada, sin conciencia. La
"húmeda" es como un huevo cósmico,
germen de vida. La oreja opera como
otro sexo femenino, espiralado, recibe
la palabra-simiente, fecundante, y
genera universos de sentidos.
Existe un poder extraordinario en la
palabra creadora. Es un acto inaugural
de terrible potencia. El decreto
verbalizado, invoca a Dios para el
buen hacer, o al Tótem implacable que
corta el flujo de vida y ahoga al
damnificado en la maldición.
La palabra, elemento constructivo por
excelencia es el símbolo más puro de
la manifestación del ser que se
piensa y expresa a sí mismo.
Son numerosos los cursos de oratoria
que se promueven actualmente para
mejorar la dicción, superar el miedo
a hablar ante público, tan frecuente,
y dominar la "estrategia" en
el combate verbal.
Si bien estos propósitos pueden
colaborar para conseguir una
presentación eficaz, no alcanzan a
despertar en el orador luz propia, síntesis,
entusiasmo, que transforme a la
palabra vana y abusiva, en verbo magnético
y cordial, fluyente desde el corazón.
En Egipto la palabra del faraón era
adorada. Cuando éste hablaba,
ministros y cortesanos la escuchaban
postrados sobre la tierra.
Para ellos el término "makhrú"
equivalía a "verdadero de voz,
"justo de palabra, sin verbo
falso, ni negocio escondido, en este
mundo ni en el de los muertos.
Al avanzar por el laberinto que
conduce a la morada de Osiris, el
difunto sólo podía alcanzar su meta
liberadora recitando el ritual con la
entonación exacta.
Para los egipcios lo esencial era
siempre lo mismo: Ra abre la boca y
los dioses salen de ella para realizar
su obra.
Sabemos desde Salustio que la mitología
es algo que nunca ocurrió. Y, sin
embargo, siempre es. El símbolo nos
abre los ojos y también cierra la
boca ofensiva y falaz. El dios que
adoramos es el dios que merecemos.
"Así como la lluvia y la nieve
descienden del cielo y no vuelven a él
sin haber empapado la tierra, sin
haberla fecundado y hecho germinar,
para que dé la semilla al sembrador y
el pan al que come, así sucede con la
palabra que sale de mi boca: ella no
vuelve a mí estéril, sino que
realiza todo lo que quiero y cumple la
misión que le encomendé." Is.
55.10-11.
Los problemas que sufre la humanidad
se convierten en conflictos de
palabras.
Contribuir, en alguna medida, al poder
de la inofensividad verbal, al "makhrú"
inspirador olvidado en nuestros
tiempos y a la solidaridad sagrada que
define alnuevo liderazgo vacante alentó
a los autores a la entrega de este
libro, gestado en las postrimerías de
un siglo bélico, que estalla de dolor
y miseria teniendo inmensos recursos
acumulados, y no compartidos.
Fragmento
de "El poder de la palabra
creadora: Oratoria para los nuevos líderes"
de Enrique Mariscal
e Ines Mariscal
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