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Sumario
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Envío 2
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11/Ezequiel Alemián/Los leones matan mucha gente
(Segunda parte)
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El cielo
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Nuestro Traidor es piel que se quema, Lector generoso que quitas tiempo y
atención a menesteres familiares que seguramente te serán más urgentes y
necesarios, para acompañarnos en la aventura del descubrimiento de nuevas
sensaciones. Nuestro Traidor existe, no en la medida en que tal vez estés
acostumbrado a imaginártelo, culposo, eufórico e inasible, frío, reservado,
ingenuo y seductor, ni en el aquí y ahora de una lectura que deseamos sea
como una gota de agua fresca sobre la piedra caliza de tu curiosidad.
Nuestro Traidor es papel blanco que se aja, tinta tibia que se derrama,
sudor que se acumula en los pliegues del cuerpo.
Siempre le es necesario recomenzar.
El entorno en que ha macerado la decisión de continuar alcanza entonces su
punto de equilibrio: líquido insípido, amenaza con tragarse no una reacción
básica, sino la posibilidad entera de reaccionar. En una situación como
ésta, un Traidor se manifiesta de modo casi instintivo.
Dice: ¡La verdad de ellos no es la mía. Sé callar, sé ignorar. Sé ocultar
las manos en una serie de compromisos cotidianos y desplegar mi deseo sobre
los deseos de los otros. Sin embargo, como nunca he sido con una idea
ajena, nadie será testigo de mi razón. Y sin embargo, como esto es lo
primero que quiero, terminaré por disolverme en el rencor.!
Es tiempo de que lo conozcas: en algún momento fue un púber jugando al
concurso de los vasos. Osamentas de vaca colgaban de las paredes de
ladrillo como manchones de cal, el techo era bajo y una ameba de agua se
abría camino hacia las patas de las sillas. Iban descalzos y los más chicos
de los chicos apoyaban las rodillas sobre los bancos para ampliar su
dominio sobre la mesa. También iban descalzos los grandes, que conversaban
cerca de la mesada de piedra verde y mármol mientras tomaban vino tinto y
calentaban agua en una cacerolita enclenque. Ellos tenían su lugar afuera,
debajo de unos arbustos silvestres y alrededor de un tronco. Ya se irían.
Ya volverían para dejar sus marcas.
Adentro el aire se distribuía por capas, envolviendo a los cuerpos en
constelaciones de partículas, como si fuese vapor. Es cierto que hacía
mucho calor, también: uno de los perros del lugar se había echado sobre la
mancha de agua y ni siquiera así, con las patas, las ancas, el pecho y la
cola completamente mojados, había podido morigerar la agitación sofocante
que le producía el estar rodeado de cada vez más gente. Las fauces
abiertas, la lengua cayéndole a un lado, había entrecerrado los ojos y con
ese gesto parecía haberse retirado a un ámbito más íntimo y satisfactorio.
Cada tanto, un ruido inesperado o algún mecanismo fisiológico que de pronto
se veía concluido lo expulsaban nuevamente al interior del ambiente, un
quincho cerrado que tenía una puerta estrecha y el pulmón de una chimenea
por toda ventilación. Entonces el perro cambiaba de posición: o se erguía
sobre las patas delanteras como una esfinge o se tiraba de lado, o se
ovillaba.
La mancha líquida sobre la que se había recostado el animal empezaba en un
hilo de gotitas que caía de la canilla de la pileta, donde los chicos
limpiaban y llenaban de agua viejas botellas de gaseosa, de plástico
transparente, y de cerveza, de un vidrio marrón opaco. En la mesa ya habían
puesto tres damajuanas y una jarra con cuerpo de ping¸ino, que en otra
oportunidad se habría usado para servir el vino. Los vasos eran envases de
yogurt; alguno hasta conservaba en la boca pedazos del plateado de la tapa,
y los habían elegido porque tenían todos el mismo tamaño, y de vidrio no
había los suficientes. El que propuso el concurso fue uno de los mellizos
orejudos, que dijo que había que calcular un promedio de tres litros por
persona. Empezarían todos a la vez, con la idea de ir avanzando por
desafíos, como si fueran manos de un juego de cartas. Cualquiera podía
lanzar un desafío en el momento en que quisiera. El que rehuyera, o no
llegara al final de su vaso de un solo intento, quedaba eliminado.
El hecho de que fuera agua, agua de la canilla, agua que se había calentado
en el tanque a lo largo del día, agua de pozo, de la segunda napa, a menos
de 12 metros de profundidad, lo que ellos habían elegido para desafiarse...
el elemento contra el cual medirían su resistencia al cambio...
¡Abramos, entonces, y que sea la primera!, dijo el mismo mellizo orejudo
que había tenido la idea, maniobrando dificultosamente con una de las
damajuanas para poder servir los nueve vasos de la vuelta inicial sin que
se le volcaran. Nuestro Traidor fue el último en agarrar el suyo. El
mellizo orejudo, que se mantenía de pie al lado de la mesa, con una mano en
el cuello de la damajuana, la frente perlada de sudor y una sonrisa ansiosa
que no dejaba ver sus dientes, levantó su vaso y bebió, y los demás lo
imitaron.
Era un líquido pesado y chato lo que tragaban con ansiedad, un agua que se
distribuía por el cuerpo como una tela de celofán muy delgada y que
sedimentaba por capas con cada trago, engrosando su presencia. Así,
acabaría teniendo una suerte de psicología propia: si bien por el momento
podía permitirse la gentileza de continuar siendo simplemente una
manifestación en potencia, jamás dejaría de hacer notar a quien pudiera
desafiarla que contaba con más recursos que los expuestos. En alguna
oportunidad decidiría revelarse, liberada de la culpa, volcando el azar a
su favor en la reconciliación con el desorden de todas las cosas.
Como un péndulo, esta sensación de inminencia animada marca los momentos en
que un Traidor se enfrenta consigo mismo y vuelve a decidir. Si ha hecho
del sentido una disciplina, puede que la oscilación se estreche evitando la
euforia y la depresión, pero si no, si de alguna manera su elección ha
recaído en la subjetividad y en el rencor, en la configuración de una
escena sensible, deberá asimilar y exponerse a lo que pasa.
Lo que pasa es aquello que podría evitarse pero debe ser vivido.
Hubo una ambición, una falta de habilidad mortal, algo vago que en cierto
lugar continuó parpadeando. No es el deseo de un Traidor terminar de
aniquilarlo. Si lo pisase, si fuese un montículo de tierra suelta o de
hojas y cortezas húmedas, a medio carcomer por los insectos del bosque, y
lo pisase, no vería salir de bajo su zapato, en estampida en todas las
direcciones, ninguna colonia de cucarachas de campo. Es un cuadro que forma
parte de la imaginación, de la fantasía triunfante de la lealtad. Y para
aquellos que han vivido sus días entregados, no hay retorno posible.
¿Entregados a qué? ¿A la desarmonía? ¿A la aplicación de un siglo de
cálculos? ¿Al humor de los perros? ¿A la comunión de los fisonomistas y a
sus herramientas? ¿O a las devociones?
La recuperación por sí mismo no existe, y un Traidor lo sabe: si lo
ignorara sería otra cosa, tal vez un justiciero, y si no quisiera
reconocerlo seguramente se confundiría con algo peor, como por ejemplo con
un ser religioso.
Por otra parte, debemos ser francos desde un comienzo y admitir que la
historia particular de este Traidor, su vida indivisible, que utilizaremos
libremente para tantear algunos momentos en el teatro de la duplicaciones,
no la conocemos sino episódicamente.
Adrián y Edgardo, hijos del mismo padre albañil y de madres hermanas,
Gerwin, todavía virgen pero ya un operario cabal de turno completo, los
mellizos orejudos de la leñera y su hermano Diego, vaciaron los vasos
primero. Después lo hizo él. Hernán y Guillermo, vendedor de arena el
primero, fanático de las túnicas y de los disfraces de reyes y jeques el
otro, fueron los últimos.
Dijo Hernán: ¡Si tomás más rápido es peor. No podés pasar todo el líquido
que quieras como si eso no importara; no podés forzar los ritmos naturales
del organismo. Eso lleva todo un acostumbramiento. Más despacio sí podés
tomar, y a lo mejor hasta te agarra cierta ansiedad que te ayuda a beber
más, pero más rápido no!.
Y Diego: ¡Es agua, y el agua tiene la propiedad de no tener forma y poder
acomodarse en cualquier recipiente que la contenga!.
Y Hernán: ¡No, porque el agua tiene volumen. Y no es lo mismo llenar un
globo con medio litro que con dos litros. Si llenás un globo cinco litros
de agua, el globo revienta, y sigue siendo el mismo recipiente que usaste
para meterle medio!.
Y Diego: ¡Un globo no es un recipiente!.
Y Hernán: ¡Con más razón. ¿O vos te crees que vas a poder meter en una
botella el contenido de una damajuana?!
Y uno de los mellizos orejudos: ¡¿Y eso qué tiene que ver con tomar más
rápido o más despacio?!
Y Hernán: ¡Que cuanto más rápido tomés, más entra!.
Y el mismo mellizo orejudo: ¡Pero vos empezaste diciendo que cuanto más
rápido tomás es peor... ¿Cómo es la cosa?!
Y Hernán: ¡Es peor para el cuerpo!.
Y Diego: ¡¿Quién te dijo?!
Y Hernán: ¡Es así!.
Y el mismo mellizo orejudo: ¡Vos sos un versero. ¿Qué nos vas a decir? ¿Qué
cuanto más nos llenemos de agua, peor nos vamos a sentir?!
Y nuestro Traidor: ¡No me parece que sea eso lo que esté diciendo Hernán...!
Y el otro mellizo orejudo: ¡Hernán es un maricón que tiene miedo de perder.
°Bebamos!!
Levantó la damajuana y la ofreció a la vista de los demás como si exhibiera
una presa: la cabeza degollada de un enemigo ancestral, de una casual y
desprevenida víctima de sus caprichos, de alguien que no había sabido medir
el alcance de sus intenciones. Ahora se había convertido en la fría e
indiferente demostración de los hechos. Le arrimaron los vasos para que los
llenara. Después hizo lo propio con el suyo, dejó la damajuana con los
otros envases y botellas, y bebió. Todos lo siguieron.
Exclamó Hernán, al cabo: ¡¡Ah!!
Y Guillermo: ¡¿Qué pasa, ya estás lleno?!
Y Hernán, descolocado, después de un instante: ¡¿Por qué? ¿Vos de dónde te
caíste?!
Guillermo no respondió, pero mantuvo la expresión sobradora.
Y Hernán: ¡Si uno toma despacio puede hacer que con el agua vaya pasando
aire, también. El aire es como un embrague. El agua va pasando por tandas,
los conductos se dilatan y absorben, después se contraen y expulsan. Porque
no somos un sistema de cañerías!.
Y Adrián: ¡Somos como chicos que toman la teta, ¿no?!
Y el mellizo orejudo que estuvo sirviendo: ¡¡La teta de tu vieja, tomamos, gil!!
Y Adrián: ¡¿Estás nervioso?!
Y el mellizo orejudo: ¡¿Quién, yo?!
Y Hernán: ¡Somos una máquina de absorber. No es que el agua caiga en
nuestra boca como si fuera un embudo y después vaya bajando mientras se
convierte en pis. No!.
Por tercera vez, el mismo mellizo orejudo levantó la damajuana, ahora para
mirarla a contraluz. Como no distinguía bien, la sacudió un poco, para que
el agua que hubiera adentro se moviera.
Su hermano mellizo: ¡¿Queda?!
El otro no parecía capaz de dar una respuesta segura.
Y Diego: ¡Probemos!.
Y nuestro Traidor: ¡Tomemos de otra, si no. ¿Cuál es el problema? Si agua
es lo que sobra...!
Gerwin asintió e hizo sonar la base de su vaso contra la mesa.
Dijo el mellizo orejudo: ¡¡Bueno!!
Y llenó el vaso de Gerwin. Siguió con el de sus hermanos y con el de
Adrián, y cuando empezó a llenar el de Guillermo se le acabó el agua.
Mientras Edgardo decía que en esos vasos cabía menos de un cuarto de litro,
o a lo mejor menos de un quinto, el mellizo llevó el envase vacío hasta la
pileta, abrió la canilla y lo puso debajo del chorro. Enseguida tomó otra
de las damajuanas por el cuello y sirvió a los que le faltaban.
Dijo Edgardo: ¡¿No dicen cuánto tienen? ¿Son todos iguales?!
Y Adrián: ¡Sí, son todos iguales!.
Y Hernán: ¡¡Doscientos veinticinco mililitros!!
Y Edgardo: ¡¿Dónde está?!
Y el mellizo orejudo que había servido: ¡¿Bueno, bebemos, che? Por el final
de la primera damajuana...!
Y el otro mellizo orejudo: ¡Dale, vaciemos!.
En ese momento estaba entrando al quincho Don Juan, el más viejo de los
mayores, chueco, mal afeitado, con una camisa clara cerrada hasta el último
botón y los pantalones bermudas atados a la cintura con una soga de hilo
sisal. Se apoyó contra el marco de la puerta para que el desnivel que había
entre el patio de tierra apisonada y el interior del quincho no le hiciera
perder el equilibrio, y aprovechó la pausa para recuperar el aliento. El
perro levantó la cabeza y paró las orejas instintivamente; los ojos los
mantuvo entrecerrados, ausentes, dominados por el cansancio y el sopor.
Le dijo Don Juan: ¡¿Qué pasa, Abo? ¿Ya no me conocés?!
El perro sacudió la cola contra el agua del piso dos, tres veces, y después
recostó la cabeza y volvió a deslizarse en el semisueño. En la mesa
terminaron la tanda. Don Juan caminó hasta la pileta. Quería enjuagarse las
manos, pero no supo qué hacer con la canilla que el mellizo orejudo
prácticamente había metido dentro de la boca de la damajuana. Hernán les
preguntaba a los demás si acaso no sabían lo que pasaba cuando uno daba
vuelta una botella, poniéndola con el pico hacia abajo, y de afuera
llegaban deshilachados los comentarios finales de una discusión.
Alguien repetía: ¡¡Vos fuiste el primero... vos fuiste el primero... vos
fuiste el primero...!!, aún cuando los demás parecían haber dejado de
prestarle atención, o le chiflaban.
Don Juan quiso correr la canilla hacia uno de los costados, pero al moverla
tapó la salida con el borde de la damajuana. El agua hizo presión durante
un instante brevísimo y después salió disparada como un fogonazo. El viejo
retrocedió de golpe, sorprendido por la velocidad del agua, pero no pudo
evitar que el chorro lo empapara.
Exclamó: ¡¡Me cago en...!!, pero no terminó la frase.
Las burlas de los chicos le hicieron notar que era mejor no dejarse llevar
por las reacciones. Murmuró algo más, de todas formas, mientras se revisaba
la ropa. Nuestro Traidor se levantó entonces de la mesa y se arrimó a la
mesada.
Siempre fue una persona extremadamente tímida; tímida pero valiente.
Incapaz, por irresponsable, de generar un campo de tensiones que se
desplazara según sus movimientos, se arrojaba en cambio, completamente
decidido, en la encrucijada de las pulsiones ajenas. Ese era su goce, el
momento de la entrega y el instante previo al arrepentimiento.
Después sobrevenía la culpa.
Es casi un axioma: un Traidor es alguien sometido.
Si no hay culpa, no hay traición.
Si lograba dar con el punto justo, que era aquel en que las fuerzas
convergentes descargaban sobre su presencia la potencia del momento, su
piel se transformaba en un tatuaje, y no había poro que no quedase ligado a
otro por el trazo de algún diseño. El entonces no lo sabía, y quizá no lo
supiese nunca porque no era cierto, pero puede que en cada momento las
fuerzas en acto convergieran en puntos diferentes. Quizá tampoco lo supiese
porque el dato no le serviría de nada. Su deseo era sumergirse en el teatro
de la vida ahí donde pudiese, de una vez y para siempre. El tatuaje era su
línea de flotación: su naturaleza mohosa, sus atardeceres de meditación y
soltería, su orientalismo, lo mantenían erguido y a salvo de las
duplicaciones. Sus tejidos encerraban mientras tanto la carne marcada en la
prisión de una escena, y ya no importaba si después lograba liberarse o
hacía de su muerte la última voluta de uno de los ornamentos.
Entendámonos: ninguna aguja entintada se había ejercido sobre su piel, él
que siempre había sido tan suficiente como para no permitirse la idea de
fantasear con un escorpión en cada antebrazo, pequeños, del tamaño de un
dado, que se vieran únicamente cuando usara una remera, o tuviera que
arremangarse las mangas de la camisa, o estuviera desnudo... Ninguna aguja
copió en sus nudillos el nombre de un hermano muerto. Ninguna. Pero en su
arrojo estaba la oportunidad de integrarse. No es que fuera alguien
inorgánico. Y una marca ha sido siempre una señal de pertenencia.
Los tres vasos de agua tibia empezaban todavía no a repetirle, pero sí a
dejarle un sedimento rancio sobre la lengua y en todo el paladar.
Dijo: ¡Esta damajuana ya está llena. Se rebalsó!.
La sacó de la pileta y la puso sobre la mesada. Don Juan aprovechó para
apropiarse de la canilla y meter las manos bajo el chorro.
Preguntó nuestro Traidor: ¡¿Se mojó mucho?!
Don Juan se corrió un poco, mostrándole las aureolas que le habían quedado
en la camisa.
Dijo nuestro Traidor: ¡Casi ni se notan...!
Y Don Juan: ¡No, ¿no?!.
Y nuestro Traidor: ¡Fue más la sorpresa que otra cosa...!
Y Don Juan: ¡Sí!.
El viejo cerró el paso del agua y empezó a sacudirse las manos mientras
buscaba con la vista un repasador con el que pudiera secarse. Nuestro
Traidor le alcanzó uno que agarró primero, pero que ya Don Juan había
visto. El viejo le agradeció el gesto y mientras se pasaba el trapo,
primero por una mano, después por la otra, con especial cuidado sobre los
dedos, como si estuviese limpiando el filo de un cuchillo, con la cabeza
inclinada hacia abajo y la cara oculta por la pose, le preguntó si se había
enterado de lo que había pasado en Suárez.
Preguntó nuestro Traidor: ¡¿Con quién?!.
Y Don Juan: ¡No, en Suárez!.
Y Diego: ¡No es que el aire entre. El aire sale. Entra la misma cantidad de
agua que el aire que sale. Si salen dos vasos de aire pueden entrar dos
vasos de agua. Pero si no sale más aire tampoco entra más agua!.
Don Juan pareció prestar atención al comentario.
Y Hernán: ¡El aire sale en forma de burbujas que tienen el tamaño de una
bombita, en tandas!.
Y nuestro Traidor, en voz baja: ¡¿En Suárez?!
Don Juan asintió.
Tristán Suárez...
Dijo Don Juan: ¡A uno lo encararon cuando estaba cruzando las vías. ¿Vio el
paso a nivel que hay frente al Trébol, donde la gente ha hecho un agujero
en el alambrado para poder cruzar?!
Nuestro Traidor no conocía el lugar con tanta precisión, pero igual asintió.
Dijo Don Juan: ¡Se había bajado del colectivo, venía de trabajar. Debía ser
tarde y estaría un poco oscurecido, ya. Lo encararon cuando estaba
cruzando, cuando se agachó para pasar por el agujero...!
Y nuestro Traidor: ¡¿Quiénes?!
Y Don Juan: ¡Dos muchachos. Dos desconocidos. No los había visto nunca y no
parecían del lugar!.
Y nuestro Traidor: ¡¿No?!
Y Don Juan: ¡Eran jóvenes y hablaban muy bien, parece!.
Y nuestro Traidor: ¡¿Iban armados?!
Don Juan echó la cabeza hacia atrás.
Dijo nuestro Traidor: ¡No entiendo!.
Y Don Juan: ¡No sé!.
Y nuestro Traidor: ¡¿No lo amenazaron?!
Y Don Juan, otra vez: ¡No sé, no sé!.
Entonces el viejo pareció comenzar a sospechar que había algo en lo que
estaba contando que él mismo no había comprendido bien. Sin embargo, apenas
empezaba. ¿Debía seguir?
Dijo Don Juan: ¡Actuaron a cara despejada. Se pusieron uno a su lado y otro
detrás suyo, y lo acompañaron hasta la casa. Los vio mucha gente; gente que
había viajado con él en el colectivo, gente que también volvía del trabajo
y vivía cerca, y se los cruzaba por el camino, o gente que tomaba un poco
de fresco debajo de un árbol, distrayéndose de las tensiones del día, o
gente que iba al almacén, o a la panadería, o a comentar algo con algún
vecino. A él lo conocían, pienso. Lo debían ver seguido haciendo el mismo
camino. Pero a nadie le sorprendió...!
¡Estaban atrás de la planta de pollos, pero no en uno de los barrios... no
en uno de los barrios de las prefabricadas. Estaban cerca del club de
Vialidad. Cuando entraron el otro estaba mirando la tele y preparándose un
mate...!
¡Tal vez usted lo conozca: era el hijo mayor del diariero...!
¡Alejandro, ¿puede ser?!
Pero entonces nuestro Traidor escuchó a sus espaldas el desafío de Diego,
advirtiéndole que se iba a largar la cuarta vuelta, y que si no se acercaba
a llenar su vaso iba a ser el primer eliminado.
Lo fue, claro.
No es algo que entonces alguien pudiera haber previsto, ni una conducta que
fuera a repetirse. Cada escena tenía vida propia y exigía sus decisiones
particulares. ¿Qué significa esto? Contra lo que puede llegar a pensarse,
no que nuestro Traidor fue eliminado porque prefirió quedarse escuchando
las anécdotas sobre terceros que contaba Don Juan. Ensayando una sonrisa de
disculpas, el viejo retrocedió un paso, se dio vuelta y dejó el quincho
antes de que él contestara al desafío de Diego, y sin que intentara algún
gesto para retenerlo.
Detrás de Don Juan salió el perro, que se sacudió el agua que tenía encima
justo antes de cruzar la puerta.
Que, de alguna manera, nuestro Traidor se haya dejado ganar, poniendo en
evidencia no su inferioridad en determinado aspecto, sino el hecho de que
ni siquiera parecía haber aceptado simular de ciertas reglas básicas,
tampoco debería pensarse como un desprecio. O sí.
Si quisiéramos enumerar con los dedos la cantidad de amigos que dejó, nos
alcanzaría menos de la mitad de una mano, aunque suponer que la situación
se dio así porque él subestimaba a quienes lo rodeaban sería prejuzgarlo. Y
prejuzgarlo erróneamente, como la realidad terminará por demostrarnos.
¿Por qué sí, entonces?
Porque si hubo un desprecio, éste fue siempre posterior a la violencia,
consecuencia de una actitud vejatoria y pasivo, en la medida en que se
manifestó como reacción. Ciertamente, podría haber reaccionado de otra
manera. Podría haber vuelto a la mesa con una guarangada en los labios, o
cebado en su incomodidad y dispuesto a vencer a sus vecinos, u oculto en
una indiferencia forzada. ¿O no?
Era joven, muy joven. Su maqueta del porvenir carecía de orientación y de
relieves, y los días de mucha humedad sentía una aspereza en la yema de los
dedos y le aparecía en las palmas una constelación de ardientes puntitos
rosados. Era algo que temblaba en el ambiente, una electricidad etérea, un
eco de la transparencia, de la energía de los trenes, del polvo, del
instante previo al comienzo del derrumbe.
*
El quincho se llenó de burlas y de risotadas: la estrechez de la única
puerta que había y la falta de ventanas contuvieron los sonidos de la sorna
general, que de un murmullo tímido se fue convirtiendo en una expresión
abierta, aguda y expansiva. Las paredes del quincho se abombaron, hinchadas
como un globo, y el techo de paja pareció flotar, suspendido sobre el
colchón de aire excitado.
*
Más de una vez se ha señalado ¡la conveniencia! de ampliar los alcances que
la cuestión ancestral puede llegar a tener en la configuración de algunos
enigmas. También nosotros hemos recibido esta sugerencia, al respecto del
tema que nos ocupa. No tenemos por qué ocultarlo. Se nos ha preguntado, por
ejemplo, de qué material está hecha una esfinge. Y aunque en vano, hemos
intentado dar respuesta al planteo.
Ahora lo sabemos: una esfinge está hecha de arena vieja.
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F i n d e E n v í o 3
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C o r r e O
E x t r e m a f i c c i o N
Es un envío mensual de ficciones
Idea y dirección:
David Wapner
Equipo:
Israel: David Wapner, Ana Camusso, Chiflón.
Argentina: Ezequiel Alemián, Sebastián Bianchi.
Colaboran en este número: Maxi Pedernera, Marcelo Tomé (Argentina); Edna
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