C o r r e O
E x t r e m a f i c c i o N

mensual de ficciones/aparece el día 5 de cada mes

Beer-Sheva/Israel/Nro. 6 / 5 de julio del 2000


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Sumario
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1/David Wapner: Perrupagia de Barnes y Bunfeld (fragmento)
2/Fulvio Franchi: El aburrimiento (Primera entrega)
3/Sebastián Bianchi: El trazado Luro-Matanza (Primera entrega) 
4/De una pared en proceso de demolición
5/Adela Basch: Un llamado de atención
6/Edna Gur: Memorias
7/Ana Camusso: Tres chinos parecidos
8/Marcelo Tomé: Pequeños retratos trágicos

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1/David Wapner: Perrupagia de Barnes y Bunfeld
(fragmento)
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--¿Cuáles son sus tierras.
El hombre interrogado deja la bolsa que carga en el suelo; extiende un
brazo y describe un semicírculo mientras señala con el dedo índice. --¿Qué
es lo que usted me dice? ¿Usted no habla o no quiere contar? El hombre
recoje la bolsa y amaga marcharse. --¿Oiga, adónde va? --le pone la mano en
el pecho y lo frena. El hombre vuelve a descargar su bolsa. Indica un
dirección, con un gesto de la cabeza, a espaldas del interrogador, que es
Barnes --¿De qué se la da usted? --le grita Barnes, al tiempo en que lo
toma del hombro, haciendo tenaza con el pulgar y el índice. El hombre toma
su bolsa y trata de esquivarlo a Barnes; no lo consigue porque Barnes le
corta el paso.

Es un acto de violencia.
¿Quién lo va a detener?
En la ciudad de Carmelo todos los días alguien es acuchillado. Cada tanto
la víctima muere.
"Qué muera el pendenciero", es el pensamiento más popular. A veces sucede,
pero mucho más muere el agredido. La bolsa o la vida.

Barnes todavía no sabe qué es lo que quiere del hombre. Un hombre
corriente, si brindar más datos. Un hombre, a lo mejor, fuerte, porque
carga y descarga su bolsa sin esfuerzo. La bolsa es pesada, sin duda. A lo
mejor contiene papas. Kilos de papas. Y el la alza como si fuesen
goma espuma. ¿Fingirá para amedrentar a Barnes? ¿Esmirriado Barnes?

La pendencia causa el peor malestar.
Se van a las manos, alguien debe intervenir. Hay que frenar la violencia.
Barnes dice que "tiene" la inquina perrupagia. La inquina perrupagia le
quema el vientre, "seguidores del tao tienen la culpa". La inquina
perrupagia le ulcera. ¡La leche no calma tal inquina! ¡El vodka la
enfurece!

--¿Taoista? --le pregunta Barnes, sobrador, a la espera de la respuesta,
que supone de antemano. El hombre suelta la bolsa. Dirige la mirada hacia
arriba y señala al sol. A Barnes esta respuesta lo confunde y turba,
porque, si bien su barro mental, herido por el cardo de la inquina
perrupagia, concluye de que se trata de un signo, una señal inequívoca de
confabulación sino-taoísta, en realidad no entiende bien por qué. "¿Por qué
me eligió, justo a mí, para iniciar su conjura?" --¿No había, no vio a
nadie más en el camino, antes de cruzarse conmigo? --agrega Barnes,
tratando de sonsacarle su secreto, si es que guarda uno. el hombre toma la
bolsa y hace una mueca que al principio se interpreta como "sí", pero que
en realidad es un gesto de cansancio.

No tirar de la cuerda, es el nudo-inquina perrupagia el que ahorca. Ver, si
no, los ojos hacia fuera de Barnes: no es bocio, es asfixia. ¿Vale la pena,
por unos segundos de alucinaciones, apretarse el cuello con ayuda de esa
cuerda, so peligro de pasmarse para siempre? Es brutal, Barnes, la
perrupagia que lo hizo rodar.

El hombre, con su bolsa, gira sobre sí y, en un aparente cambio de planes,
camina en dirección de regreso. Se aleja unos diez metros de Barnes, hasta
que siente el sarpazo de dos manos sobre sus hombros que lo derriban. En la
caída suelta la bolsa, que cae, rebota una vez y se congela. Barnes sobre
él, trata de sujetarle el cabello, pero el hombre reacciona y ruedan.
Giran, hasta que quedan embarrados. Pero es Bunfeld quien queda de
espaldas, ¿qué otra cosa esperaba? El hombre se incorpora, recoje la bolsa
y se va, ahora, en apariencia, sin molestias causadas por Barnes.

¿Qué es esto? ¿Una metáfora? ¿El barro representa a la inquina, la marga
perrupagia? ¿Barnes que gira en el barro y queda semihundido, de espaldas,
en clara derrota, eso es una alegoría? ¿Para enseñarle a quién? ¿Quiere
este relato trazar la figura de alguien escondido, el cuál, por rodeo,
queda al descubierto, como el negativo de un molde? Sepan que Barnes ha
causado buen efecto y que tiene su grupo de acólitos. Para los cuales,
cuando más se hunda su ídolo en el barro, de gloria extra se cubrirá.
¿Entonces, no hay esperanzas? ¿O es que todos quieren que Barnes perezca
quebrantado por la inquina? ¡Quieren muerto a Barnes, el malvado! ¡Por eso
es que lo adulan! Porque, de este modo, ponen en marcha el mecanismo que
libera al veneno. Y para cubrirse: que no se vuelva contra ellos.


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2/Fulvio Franchi: El aburrimiento
(Primera entrega)
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En el plato, un helado tricolor se derrite olvidado. Es el momento de la
tarde en que los pájaros han dejado de cantar y el silencio ha secuestrado
a la realidad, ahogándola en su vacío. Junto al plato, en un pocillo de
café de vidrio oscuro, un resto de whisky disuelto por el cubito de hielo
hecho agua refleja en su superficie quieta ese mismo silencio. El silencio
es una luz de color que se impregna en todas las superficies de la casa. El
universo es un silencio congelado. El mundo, sinónimo de sonido, ha dejado
de existir. El tiempo se resiste a progresar. Cualquier mínima fuerza, un
sonido, un chasquido, pueden hacer resucitar la tarde. Pero nada ocurre, y
hasta el sopor sería preferible, hasta el sueño, Los objetos animan la
resistencia contra el olvido y arriesgan movimientos. Impacta la luz
directamente contra el pocillo de café, quebrándose en la curva despareja
que un labio grasiento dejó de impronta. Y el pocillo sepia proyecta una
sombra extraña sobre la fórmica celeste de la mesa. El líquido, cuya zona
de contacto con el aire atraviesa la sombra con una delgada línea, también
en su reflejo está inmóvil. Hay una miga, cerca de una feta de pan que se
endurece lentamente, que pierde el equilibrio y se tumba sin producir el
menor estruendo. Casi sin hacer sombra. Imperceptible a los ojos, el polvo
se muda de cuerpo. Una partícula abandona el extremo de la mesa que no se
usa, ese sobre el que se han ido acumulando cosas inútiles como diarios y
libros, y trata de alcanzar el modular suspendida en la calma. Por unos
segundos, se muestra a la luz de un rayo de sol que penetra en el cuarto,
para volver a confundirse con las sombras en dirección a su destino. Se
posa sobre el marco de una fotografía y se desliza sobre ella, hasta que su
descenso es interrumpido por el filo del vidrio roto que, parcialmente,
cubre el retrato. En la línea curva en que el vidrio está partido, un
sinfín de partículas como ésta se ha ido acumulando hasta llenar los
milímetros de espacio que allí separan el vidrio de la foto. Mientras el
marrón del helado de chocolate comienza a invadir el blanco de la vainilla
en circulares vetas, la partícula de polvo se instala y es probable que ya
no vuelva a moverse. No pasa mucho tiempo antes de que otra se apoye sobre
su dorso. De todos modos, el mundo está suspendido en un presente que
amenaza con ser eterno. Como si la Tierra hubiese dejado de girar. Sobre la
cara convexa de la cucharita metálica, apoyada sobre el borde del plato, se
refleja el helado. Desde cierto ángulo, se distingue el límite rectilíneo
del blanco con el rosado. Desde otro, se alcanza a ver la línea marrón
partiendo la superficie blanca. El chocolate es el gusto que menos ha
resistido al calor. Por fin, un zumbido divide al tiempo. La mosca
sobrevuela en círculo sobre el plato en que se derrite el helado, se aleja,
pero en seguida regresa para posarse directamente sobre el borde del
pocillo. Mueve sus patas delanteras como si se estuviera lavando las manos,
y luego se queda quieta. Vuelve a dominar el silencio, pero ahora es un
silencio tenso, un silencio que en cualquier momento puede ser quebrado.
Puede partirse como una tormenta.


El hombre se incorpora de golpe y las patas de la silla rasguñan el suelo.
Lentos, pesados, sus pasos lo conducen a lo largo de la pared sobre la que
pega de lleno el sol. Torbellinos de tierra seca se arremolinan bajo sus
alpargatas y, al levantar los pies, el polvo se eleva hasta donde lo
permite la fuerza de gravedad. Allí queda suspendido en una espesa capa que
marca el límite con las sombras. El polvo no se anima a ingresar en los
dominios de la sombra. Sí el hombre, que ahora pasa por delante de la reja
que da a la calle. Los dominios de la sombra son los dominios de los
eucaliptos. Combaten el bochorno con el sosiego de su aroma. Atraviesa la
cortina formada por tiras de plásticos de colores que cubre el orificio de
la puerta de entrada, alborotando las sombras, los hilos de luz que
atravesaban la cortina y que ahora se reflejan locamente sobre el suelo de
la carpeta sin revestir. Ingresa en la casa. Se dirige directamente a la
mesa, toma el plato donde el helado ha formado una isla chirla en medio de
un líquido de un color indefinido, y vuelca parte del líquido dentro del
pocillo después de dejar la cucharita sobre la mesa. La mosca ha despegado
de golpe, se ha elevado hasta el techo, y ahora gira dando grandes círculos
que abarcan todo el espacio aéreo del ambiente. El hombre vuelve a apoyar
el plato sobre la mesa y se dirige, empuñando el pocillito, al modular. El
jugo del helado se ha mezclado con el resto aguachento de whisky y hielo
derretido. Destapa la botella de whisky y se sirve casi hasta el borde. Los
líquidos se mezclan lentamente, resistiéndose, librando una celosa batalla
de colores y consistencias. Las moscas se ha detenido sobre una de las
paletas del ventilador de techo apagado, que ya no funciona, y se friega
las patas delanteras. Una gruesa capa de suciedad negra, grasienta, se
acumula sobre las tres paletas del ventilador, que ya no conoce otro
movimiento que el que ocasionalmente le impulsa alguna brisa que entra por
la puerta. El hombre vuelve a salir a través de la cortina multicolor y las
líneas de luz y de sombra, que aún no han terminado de estabilizarse,
vuelven a agitarse locamente durante un rato. El helado aún se derrite. Del
costado por donde fue vertido el líquido el plato gotea lentamente. Apenas
un par de gotitas claras han formado un diminuto charco sobre la mesa.
Donde había estado apoyado el pocillo quedó un circulito discontinuo de
humedad. La mosca ha planeado nuevamente, vacilando en el aire durante unos
instantes, hasta posarse. Esta vez, sobre la superficie de la mesa. Camina
entre las migas, mientras en el fondo el hombre se ha sentado y el polvo
que se había desprendido del suelo cae en silencio. Nuevamente se ha
instalado el silencio. La tarde continúa, cansina, su camino hacia la
noche.


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3/Sebastián Bianchi: El trazado Luro-Matanza (Primera entrega)
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Los marcianos venían con sus pitos de plástico a hacer destrozos en el
narrador, que inmutable proseguía con el relato de la chica dientuda.
Estaba en esa edad bisagra que a la muchacha se le escapa la mujer de la
niña y la deja solitaria con el recuerdo de Oscar. Otros habían intentado
sintonizar en paralelo con el corazón de la dama, pero a fuerza de trotar
un ritmo que les era ajeno, quedaban tirados en la banquina de aspecto
desolado. Esas carcazas con los años, casita de qué juegos no serían, si el
municipio no hubiese tomado los recaudos necesarios para que los hijos de
nuestros hijos levantaran, como Hamlet, la estúpida calavera.

Los primeros pueblos que hoy forman el cordón urbano que rodea a la capital
y se extiende hacia la frontera de las provincias Entre Ríos, Santa Fé,
Córdoba, La Pampa y Río Negro han sido el resultado de un largo proceso que
hace tiempo se inició a orillas del Río de la Plata y tendió una línea de
fortines antes y después del río Salado, para dejar vacante alguna pampa
con la siembra y el pastoreo de los animales.

Sobre las ruinas de la primera fundación Garay, en 1580, levantó la segunda
fortaleza llamada Juan Baltasar de Austria, en la Ciudad de la Trinidad y
Puerto de Santa María de los Buenos Aires. Unos años después, en 1615,
durante el gobierno de Hernandarias, Fray Luis Bolaños fundó a orillas del
Paraná la reducción Santiago Apóstol, núcleo primigenio de la actual Ciudad
de Baradero, por ley sancionada el 21 de julio de 1939.

En sucesivas expediciones, bordeando la línea costera de la Bahía de
Samborombón, los españoles iniciaron el reconocimiento de las tierras
aledañas, llegando a mediados de 1581 a la Ciudad de Mar del Plata. Allí
los padres jesuitas José Cardiel y Tomás Falkner levantaron, a pedido del
Superior de la Compañía, la reducción de Nuestra Señora del Pilar. De
similares condiciones se han hecho poblados los vacíos de la pampa, ganados
al indio según el rato que mediara de los malones la reconquista de su
territorio.

La reducción del Pilar funcionó a partir de 1746 durante cinco años y fue
abandonada por la amenaza que suponía allí cerca la tribu de Cangapol. No
fue sobre ésta que descargaron todo el rigor de sus lanzas, sino a unos
pocos kilómetros, en la reducción que llamaron Nuestra Señora de los
Desamparados.

Al año siguiente, y conforme a la resolución del Cabildo de fecha 17 de
mayo, se destinaron compañías de Blandengues a los parajes Laguna Brava, en
la localidad de Luján, y a San Pedro de Lobos, desde donde se protegerían
los pagos de La Matanza y Magdalena. Pero el proyecto no prosperó, y fue
así que a partir de 1760 se formaron partidas volantes que, saliendo desde
El Zanjón, Samborombón y Lobos, cubrirían el tramo Wilde-Arroyo Morón.

Daniel Pirelli, en su "Historia de Mar del Plata", describe la forestación
del Cantero Central Luro-Matanza para la consolidación del modelo romántico
por la red del texto en La Argentina, agosto de 1792. Otros autores
prefieren hablar del proyecto anterior a la fecha, porque toman como
referencia la instalación en tierra del primero de los módulos y no el
visto bueno que dieron a la maqueta las autoridades. Esta disparidad de
criterio fue la que llevó a elogiar en el libro de Pirelli su amplitud de
análisis, aunque hubo quien por lo bajo dijo la polisemia y la vaguedad.

Lo cierto es que al tiempo de arribar las máquinas las tribus de la zona
emigraron sin oponer resistencia. Hubo, sí, algunos focos rebeldes que al
ver sus armas endebles por comparación, complicaron un poco el argumento de
la ideología. Si el mundo era uno y plural, a cada cual correspondía su
fragmento en la huerta. El efecto de democracia hizo de esta consigna un
barrio seguro donde habitar. Exagerando. O cargando las tintas de la
expresión. Como diría luego Platón: el que no lucha no es real, simplemente
se recluye cómodo en alguno de mis arquetipos.

Los querandíes habían ocupado la parte media de la circunferencia trazada
con un compás en Mar del Plata. Eran nómadas brillantes, diestros en el
manejo del arco y las boleadoras. Cazaban el mísero ñandú, el avestruz, la
hiena. Hacían los toldos con unos palos largos con ramas, agrupados en
pequeñas aldeas. Su jefe, el temible Cangapol, asoló las regiones
comprendidas entre el río Luján hasta Chapadmalal, adversas al modelo
cosmológico querandí. Unas esferas redondas, con varios puntos emisores de
vitalidad, actuaban por analogía sobre el objeto ahí. Pero el objeto ahí,
desmantelado por los españoles, reveló poco a poco una estructura a partir
de la cual la naturaleza sería una felicidad donde habitar, siempre y
cuando el sujeto conociera el diagrama del recorrido. Cangapol prefería
avanzar a su antojo, aun sobre aquellas zonas que la epistemología había
marcado con la fibra roja de la excepción.

El 15 de noviembre de 1770, en las inmediaciones de Laguna de los Padres,
tuvo lugar una de las batallas que sellaría la suerte de los naturales. Las
tropas al mando del capitán Manuel de Pinazo esquivaron un estero o bañado
pantanoso que no se podía romper con los caballos. Pasaron a nado un arroyo
y avanzaron una legua, hasta reconocer a los indios que iban perdidos por
una gran niebla. El capitán dispuso desparramar los cristianos para dar
impresión de mayor fuerza. El plan dio buen resultado. Los indios pensaron
que habían sido alcanzados por un ejército superior y abandonaron con apuro
el campo de batalla.

Para las estrategias de mercado el indio venía devaluado porque
decodificaba las cosas como fenómeno de la naturaleza. En Inglaterra, por
ejemplo, ésta era subsidiaria de la estética, es decir, un problema de lo
que el hombre hacía con el buen gusto. La forestación del Cantero Central
vino a suplir esa dicotomía, procurando integrar al indio en un paisaje de
belleza: en un paisaje lindo para el indio con la manufactura de Platón.

La gran distancia que separaba los puntos fortificados demostró ser endeble
frente a la acometida sostenida de las tribus, y por largo tiempo el suelo
quedó librado al impacto de las incursiones con mayor o menor suerte de
cada lado. El 20 de noviembre de 1777 el sargento mayor Lalinde, por
expreso pedido del virrey Ceballos, relevó las tropas apostadas en la
Guardia de San Pedro de Lobos con las partidas sobrantes de San Miguel del
Monte. Dos años después, en marzo de 1779, el teniente coronel Betbezé de
Ducos inició el reconocimiento de los fuertes de frontera, y comunicó a la
metrópoli que el de Lobos se encontraba sobre una lomada bastante elevada,
teniendo al sudoeste una laguna, algo salobre, pero bebible. El estado del
mortero era defectuoso, pero contaba con materiales suficientes para
mejorarlo. Aconsejaba, a su vez, el traslado de la Guardia del Zanjón a las
lagunas del Vitel. Su propósito era impedir que los indios aprovecharan las
aguadas como abrevadero de sus caballos, obligándolos a dar un gran rodeo
para atacar Magdalena.

Las obras del Fuerte San Juan Bautista de Chascomús finalizaron en mayo de
1779. El capitán Escribano, comisionado para tal fin, informaba al virrey
Vértiz en carta fechada el 30 del mismo mes que estaba terminada la
construcción del foso y algunas edificaciones de adobe y paja, pero que la
falta de albañiles demoraba las construcciones de ladrillo del depósito y
la capilla. El nombre del fuerte le fue dado por el capitán en homenaje a
San Juan Bautista y por la laguna a cuyo lado se construyó.

Aquellos que sabían tener una página en la historia qué acciones indignas
no cometieron para abultar con su permanencia en la memoria de los hombres
los peores ejemplos o desprestigiar al bueno cuando los hechos no
confirmaban la decisión de ocupar la llanura. En una suave lomada, a 63
metros sobre el nivel del mar y bordeada por el río Las Conchas y el Arroyo
Morón, Hernando Arias de Saavedra dispuso hacia 1618 la construcción de un
fortín que con el tiempo sería cabecera de municipio. A su lado se
instalaron los ranchos del incipiente poblado al cual se agregarían la
posta de camino y el convento.

Los documentos eclesiásticos del año 1776 mencionan a la Parroquia de
Nuestra Señora del Buen Viaje como punto de reunión de carretas, charques y
cuanto viajero se atraviese a caminar el desierto. Las postas comenzaron a
multiplicarse a fines del siglo XVIII y unieron correos terrestres fijos
entre Buenos Aires, Chile y Perú, a través de los circuitos: Cañada de
Morón, Cañada de Escobar, Cañada de la Cruz, Areco, Chacras de Ayala,
Arrecifes, Fontezuelas, Arroyo de Ramallo y Arroyo del Medio; y Cañada de
Morón, Pilar, Cañada de la Cruz, Areco, Cañada Honda, Arroyo del Arrecife,
San Pedro, Tres Hermanas y Arroyo del Medio.

A todo el cuadrilátero comprendido entre los ríos La Matanza y Las Conchas
por un lado, y la franja exterior a la Capital en su parte Oeste, que se
extendía indefinidamente hasta las orillas del río Salado por el otro, se
lo conoció como Zona de Morón alrededor de 1700. Para esta época, una
importante familia de hacendados con asiento en la Capital, compró una
suerte de tierras para estancia en la Cañada que dicen de Juan Ruiz, con
media legua de frente y una legua de largo hacia la parte de la ciudad.
Años más tarde, a partir de 1776, la zona ganaría el predominio que hoy se
le reconoce al ser inaugurado el templo parroquial, como lo indica el
historiador Juan A. Presas en su libro homónimo.

La época que hacía de América un dato de especialistas a Buenos Aires la
dejaba al amparo de la lecto-escritura oficial. El oficio de ser ley a los
querandíes perjudicaba el esquema promisorio de la excepción y confinaba su
praxis al capricho contenido por el Estado. De aquello han hecho súplica a
la virgen y petición a los estrados correspondientes; luego el diente sin
patrón, irracional y desgajado del poder. Según el padre Presas fue en esta
región donde tuvo lugar uno de los más cruentos combates de que se tenga
memoria, cuando el cacique Telém, heredero de Cangapol, desbastó los
poblados de Morón, La Matanza y Quilmes, en respuesta a la derrota que el
maestre Juan de San Martín infringiera a la tribu de su padre en las
cercanías de Luján.

De lejos, y como si mirásemos la escena con el helicóptero de la huelga,
hoy que hemos decidido trabajar para reconstruir la batalla. Está a mi lado
la maestra normal y gentilmente me ha cedido su butaca frente a la
ventanilla de la cápsula. En el campo se ven los bandos enemigos,
avanzando, hacia una línea de encuentro imaginaria. Si ésta estuviese
efectivamente trazada sobre el asfalto blanco de cal, veríamos una línea
blanca separada por dos bandos.

Se han organizado en grupos disciplinados de destrucción, han abierto una
brecha en el campo privado del sentido común y regocijado a sus reclutas
con el torso limpio de alguna muchacha en las revistas. Han estacionado en
el barrio las máquinas dibujadas con el logotipo de clase de los edificios
y agitado luego el gigante sonajero de la infancia, que no era otra cosa
que una chapa ausente de comida. A este estímulo la respuesta se hizo
magnífica de adherentes y casi todos llegaron a las puertas, para
derribarlas y después entrar, o mirar desde la vereda si el miedo hacía
parecidos a los hombres en algo.

Han contestado con la retórica de toda una indignación en red y la
legislación de derechos mal interpretados, porque la acción, al igual que
el diálogo, desmantela el referente cuando es obvia la veracidad de los
argumentos. Pero aquí no se trataba de señalar en el silogismo los pasos
falsos, sino de instituir una verdad de la cual pudiesen los vencedores
alimentar su descendencia. A esto añadieron la jactancia de pintar la ruina
multicolor y elevar su orfebrería al pedestal de la historia. Estaba hecho
con el hilo tejido de la discusión. Suponía un tiempo para desarrollarse y
el espacio en el cual las tramas configuraban un garabato incomprensible.
Un edificio, un habitáculo que se llenaba con el resto de vida que aún
insistiría por devolver la especie.


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4/De una pared en proceso de demolición
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¿Cómo estás?
¡Cantale a mamá!

¿Es de día o de noche?
¡Correte el mantel!

¿Suena bien tu trompeta?
¡Lavate los pies!

¿Te picaron los mosquitos?
¡Cosete el pantalón!

¿Te duele una muela?
¡Lavate con jabón!

¿Te cansa la vida?
¡Pizza con jamón!


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5/Adela Basch: Un llamado de atención
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Personajes

JUAN
MARIA:


(LA ESCENA TRANSCURRE EN UNA PLAZA. MARIA: ESTA SENTADA EN UN BANCO. LLEGA
JUAN, LA MIRA UN MOMENTO Y SE SIENTA A SU LADO.)

JUAN: Disculpe, señora, quisiera hacerle una pregunta. MARIA: Sí, cómo no.
JUAN: Sabe, me llama la atención...
MARIA: ¿Lo llama la atención? Vaya, entonces, si la atención lo llama,
vaya, hombre, ¿qué espera? JUAN: ¿Qué es pera? ¿Usted quiere saber qué es
pera? Pera es una fruta, como la banana, la naranja, la manzana, la
sandía... MARIA: Claro, uva, ciruela, durazno, mandarina... JUAN: ¿Qué?
MARIA: Mandarina. Mandarina.
JUAN: ¿Mandá harina? ¿A quién tengo que mandar harina? MARIA: ¿Y qué sé yo?
Mándele a quien quiera, a su prima, a su tía, a su cuñado, a su abuela. A
quien quiera. JUAN: Es que yo quiero a tanta gente, que no sé si me va a
alcanzar la harina. MARIA: Entonces, mande otra cosa.
JUAN: ¿Y qué mando?
MARIA: Y, mande fruta. Siempre viene bien. La fruta es algo que se
disfruta. JUAN: Tiene razón. ¿Y qué fruta mando?
MARIA: Y, podría ser mandarina.
JUAN: Ah, claro, si se trata de mandar, lo mejor es mandarina. Bueno,
después la mando. MARIA: ¿Cómo que después la mando? A mí no, a mí no me
manda nadie. JUAN: A mí tampoco. No me gusta que me manden ni que me
ordenen. Yo soy muy ordenado y no necesito que venga alguien a ordenar mis
cosas. Pero, mire, yo quería hacerle una pregunta. MARIA: Cómo no, pregunte
lo que quiera.
JUAN: Sabe, me llama la atención...
MARIA: Pero, hombre, ya le dije, si la atención lo llama, vaya, vaya de una
vez. Lo que pasa es que usted no escucha. JUAN: Claro que no soy cucha. Yo
soy Juan. MARIA: Y yo soy María. Pero me parece que usted no escucha. JUAN:
Ya le dije, yo no soy cucha, soy Juan. Cucha es donde duerme mi perro.
MARIA: No sabía que tenía un perro.
JUAN: Bueno, en realidad no tengo un perro. MARIA: ¿Ah, no?
JUAN: No, no tengo un perro. Tengo dos.
MARIA: ¡Dos perros! Y, dígame, ¿muerden? JUAN: Claro, todos los días
muerden la comida. ¿Cómo quiere que se alimenten si no? MARIA: ¿Les da
alimento balanceado?
JUAN: Sí, se los pongo en un hamaca y se los balanceo bien. MARIA: Dígame,
¿es rico?
JUAN: ¿Yo? Más o menos. Pero me arreglo bien con las cuentas. MARIA: ¿Qué
cuentas?
JUAN: Y, podría contar un cuento, total si no sé ninguno en seguida se lo
invento. MARIA: ¿Qué inventa?
JUAN: Cualquier cosa que se cuenta. Puedo inventar cuentos o cuentas.
MARIA: ¿Qué cuentas?
JUAN: Ya le dije, si quiere le cuento un cuento. Total, si no lo sé, lo
invento. Lo invento en cualquier momento. MARIA: A mí también me gusta
inventar, pero cuando yo invento, no invento en cualquier momento. Me gusta
inventar cuando veo una puesta de sol. JUAN: No sabía que el sol hacía
apuestas. MARIA: Todos los días se aprende algo nuevo. JUAN: Y a veces
también se prende algo.
MARIA: ¿Qué se prende?
JUAN: Y, algo que estaba apagado.
MARIA: ¿Algo que estaba pagado?
JUAN: ¿Qué es lo que estaba pagado?
MARIA: Y, las cuentas. Yo tengo todas mis cuentas pagas. JUAN: ¿Usted las
cuentas las paga?
MARIA: Claro, por supuesto.
JUAN: Yo las cuentas las sumo o las resto. Y a veces las multiplico o las
divido. Si es que me acuerdo y no me olvido. MARIA: ¿Si no se olvida de
qué?
JUAN: De las cuentas.
MARIA: ¿Qué cuentas?
JUAN: Y, puedo contar un cuento.
MARIA: Yo cuentos no cuento, prefiero contar números nomás. JUAN: ¿Sabe
contar números enteros?
MARIA: Claro, no me gustar hacer cosas a medias. JUAN: Yo a veces a las
medias las zurzo y las coso. MARIA: Yo las remiendo.
JUAN: Yo, cuando están arrugadas las plancho. MARIA: Yo, cuando están
sucias me pongo a lavarlas. JUAN: ¿Se pone a alabarlas?
MARIA: Me pongo a lavarlas.
JUAN: ¿Y por qué las alaba?
MARIA: Las alabo por lo limpias que quedan después de lavarlas. JUAN: Ah,
claro, por eso después de lavarlas se pone a alabarlas. MARIA: No, después
de lavarlas me las pongo en los pies. JUAN: Y, ¿dígame, se las pone al
derecho o al revés? MARIA: Bueno, una media se la pongo al pie derecho y la
otra al izquierdo. Si es que no me olvido y me acuerdo. JUAN: ¿De qué se
acuerda?
MARIA: Por ejemplo, me acuerdo de sacarlas de la cuerda. JUAN: ¿Usted la
ropa la cuelga en una cuerda? MARIA: Claro. ¿Usted no?
JUAN: Yo prefiero colgar la ropa en perchas. MARIA: ¿Y no usa la cuerda?
JUAN: Sí, tengo un despertador a cuerda. MARIA: ¿Y se acuerda?
JUAN: ¿De qué?
MARIA: ¿Se acuerda de darle cuerda?
JUAN: Sí, si no me olvido me acuerdo.
MARIA: ¿De qué se acuerda?
JUAN: Me acuerdo de darle cuerda.
MARIA: Ah, a mí me gusta saltar a la cuerda. JUAN: A mí lo que me gusta
saltar es la espinaca. La pongo en una olla con un diente de ajo. MARIA:
Cuando yo era chica tenía dientes de leche, pero dientes de ajo nunca tuve.
JUAN: Yo siempre tengo en la cocina algún diente de ajo y lo uso para
saltar la espinaca. MARIA: ¿También la salta con cebolla?
JUAN: No, porque una vez la salté con cebolla y se me abolló la olla.
MARIA: Claro, por eso yo prefiero saltar a la cuerda. JUAN: Pero la
espinaca es muy buena, tiene muchas vitaminas y mucho hierro. MARIA: Yo
tengo una olla de hierro.
JUAN: Yo también, pero a veces se abolla cuando le pongo cebolla. Sabe,
quería preguntarle algo. MARIA: Adelante, pregunte nomás.
JUAN: Mire, me llama la atención...
MARIA: Pero, hombre, si la atención lo llama, no la haga esperar. Vaya,
vaya de una vez. JUAN: (SE PONE DE PIE.) Tiene razón. Si la atención me
llama, mejor voy a ver qué quiere. Enseguida vuelvo. ¿No quiere que veamos
juntos la puesta del sol? MARIA: Cómo no, con mucho gusto. Me encantaría
ver la apuesta del sol. JUAN: ¿Me va a esperar? Vuelvo antes de que se
ponga el sol. MARIA: Sí, pero no tarde... Y si quiere que me ponga el sol,
traiga bronceador, por favor...


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6/Edna Gur: Memorias
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* Camino

Le dijo que si, entonces empezó a recorrer el camino. Las pequeñas señales
dibujadas sobre la corteza de los árboles la alentaron: no había pierde.
Las contaba con la minuciosidad de un niño que juega, y luego, al terminar,
las volvía a contar. Después se despidió del día, llegó la noche y entonces
escuchó la voz, "lo hiciste muy bien, lo hiciste muy bien, ahora puedes
irte". Y así se le acabó el camino.


* Luz de ángeles

Se arrastró hasta mis pies, y desde allí, el pequeño animal herido alzó sus
ojitos redondos hacia los míos y suplicó: --¿No sientes misericordia por
mí? ¡Ayúdame! Un segundo después una luz se instaló bajo mis ojos y de mi
boca emergieron palabras divinas dictadas por ángeles. La pequeña bestia
murió en paz.


(Traducción del hebreo: Sharona Avidor)


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7/Ana Camusso: Tres chinos parecidos
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¿Son hermanos? ¿Son más que hermanos?


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8/Marcelo Tomé: Pequeños retratos trágicos
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Mirándonos



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C o r r e O
E x t r e m a f i c c i o N

Es un envío mensual de ficciones

Idea y dirección:
David Wapner

Equipo:
Israel: David Wapner, Ana Camusso, Chiflón. Argentina: Ezequiel Alemián,
Sebastián Bianchi. Colaboran en este número: Adela Basch, Fulvio Franchi,
Marcelo Tomé (Argentina); Edna Gur (Israel).

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Mac de vieja manufactura, por lo tanto, es probable que en lugar de
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© 2000 David Wapner



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