C o r r e O
E x t r e m a f i c c i o N

mensual de ficciones/aparece el día 5 de cada mes

Beer-Sheva/Israel/
Nro. 4 del tomo II 
de mayo del 2001


Volver a textos

.

Sumario

______________________________________
............................................................................

1/Gustavo Nielsen: Marvin (última entrega)    

______________________________________


Yo pensé que iba a llorar en cuanto la dejara a oscuras. El cerró la
puerta. Los chicos abrieron muy grandes los ojos. Podía oírse la
respiración de los pequeños pulmones. Me paré.
-- ¿Te sentís bien, Anita? -- le dije. El mago me hizo una seña. Levanté la voz.
-- Sí --dijo ella. Su afirmación surgía como desde adentro de un pozo.
Me volví a sentar. Estaba muy nerviosa, y lo que pasó después me sorprendió
tanto que no supe nunca, en ninguno de los momentos del acto, qué hacer. El
mago fue el dueño de la atención de todos cuando comenzó a girar la caja de
más arriba sobre las de abajo. Utilizaba ambas manos, y hacía suponer que
estaba desenroscando la cabeza de Anita con mucho trabajo. El labio se le
plegaba al medio, a causa del esfuerzo. De algún lado sacó una chapa negra
y la metió por donde ella tendría el cuello. Separó la caja de arriba y la
llevó hasta el escritorio. Las miradas de los chicos y la mía también se
posaron ahí. Sobre el piso había quedado un pilar más pequeño. Los chicos
empezaron a pararse. Marvin dio unos golpecitos en la tapa de la caja que
estaba sobre el escritorio. Preguntó:
-- ¿Todavía estás ahí?
Nadie le contestó.
-- Te estoy preguntando a vos, Anita: ¿estás bien, linda?
-- Sí --dijo su voz, desde adentro. El mago hizo unos pases de puntero.
Cuando abrió la tapa, los chicos que estaban de pie retrocedieron un paso.
-- Hola --dijo Anita.
Aunque no era Anita, sino la cabeza de Anita, separada de su cuerpo e
increíblemente ubicada arriba de mi escritorio.
-- ¿Te duele?
-- Nada.
-- ¿Tu cuerpo está bien?
-- Mnnnnn --dijo ella.
-- ¿Eso es sí?
-- Sí.
-- ¿Querés algo?
-- ¿De qué?
-- Alguna cosa; si querés saber algo...
-- No.
-- Entonces no te muevas --dijo él, y volvió a cerrar la puerta. Buscó las
tres cajas vacías que había dejado en el suelo, al principio del acto. Puso
una a la derecha y dos arriba, formando un prisma mayor. El silencio del
aula podía cortarse con un abrecartas. Se paró delante de las puertas.
Abrió la de antes. Anita seguía ahí. Abrió la del costado y las dos de
arriba.
Cuatro cabezas.
-- Uau... --dijeron las bocas de los catorce chicos.
-- Hola --repitió Anita, ahora por cuatriplicado.
Crucé los dedos más fuerte para evitar que la madre entrara a avisar "el
almuerzo está servido" y viera a su hija decapitada, multiplicada,
inexplicablemente sonriente.
-- Esto no es magia --dijo Marvin--, es lo que había dentro de Anita. Yo no
hice otra cosa que sacarlo afuera, para que ustedes también lo pudieran
ver. Aunque existe un problema.
-- ¿Cuál? --pregunté. Los chicos me miraron.
-- El desorden --me contestó--. El problema de Anita es el desorden. Las
cabezas en Anita no están puestas como verdaderamente deben estar. Por
causas ajenas a ella extraviaron sus caminos y rotaron entre sí en sus
posiciones. Es igual que si él, ¿cómo te llamabas?
-- Gastón.
-- Es como si Gastón se sentara en el asiento de Anita, y ella en el de él.
-- No podría tirarle más tizas --dijo Gastón.
-- A lo mejor ella te tiraría tizas a vos --argumentó el mago. Anita oía
las explicaciones sin hacer un gesto. Miré el reloj. Eran las doce menos
cinco. A las doce entraría la mamá por esa puerta, y la pobre era tan
bruta. Le avisé al mago con un sacudón de mano, para que se apurara.
-- Supongamos, Gastón, que todas las cosas estuvieran cambiadas... Las
tizas, en lugar de estar en el pizarrón, estarían en la caja de primeros
auxilios, y las curitas en el pizarrón.
-- ¡No se podría escribir! --gritó el del pelo engominado.
-- ¡Ni curar! --completó la de las colitas.
-- No tendríamos más remedio que ordenar todo --dijo el mago--. O aprender
a curar con tizas y a dibujar con tela adhesiva y gasas.
Algunos se rieron. Él cerró las cuatro puertas de las cajas, una por una. Y
agregó:
-- Por eso voy a mezclar las cajas, para que todo vuelva a estar en orden.
Las curitas en el botiquín y las tizas en su lata. Y a cada cabeza su lugar
preciso.
Sacó la de arriba, la puso abajo, la de la izquierda a la derecha; dudó,
volvió a cambiar las de arriba.
-- Ya está --dijo.
Yo había seguido con atención los movimientos. Por algo él no había movido
la primera de todas, la de abajo a la derecha. Abrió esa puerta. Anita
seguía allí.
-- ¿Notan alguna diferencia?
-- No --dijimos.
-- ¿Vos? --le preguntó.
-- No --contestó Anita.
El mago otra vez le cerró la puerta en la cara, bajó las otras tres cajas
al piso y volvió la primera sobre las dos que contenían el cuerpo de Anita.

Quitó la chapa negra. Simuló nuevamente el esfuerzo desmesurado de volver a
atornillarla.
-- Nadie lo notó --dijo--, pero ya lo van a notar. Anita tiene las cabezas
conectadas de nuevo. Eso es tan importante que, si no lo advierten, es
porque las de ustedes están mezcladas, y tal vez sean imposibles de
reparar.
En la de ella se terminó la confusión.
Abrió las puertas de las cajas simultáneamente, como si fueran un solo paño.
La nena salió caminando. La mamá se asomó al grado, miró al mago y a sus
objetos con desprecio y dijo:
-- A comer, polenta con tuco sin cebollas.
Los chicos se levantaron, empujándose. Salieron hacia el comedor. Anita se
sentó en su pupitre. Me acerqué a Marvin, que ya estaba desarmando todo.
-- ¿Cómo lo hizo?
-- Espejos --dijo él, inclinado sobre las cajas. Desplegó un cartón en dos;
el lado de adentro era pura superficie reflectante. Salió del aula con el
equipo completo para acomodarlo en el trailer. Cambió la galera por el
casco.
-- ¿No se queda a comer? --lo invité.
-- No creo que quiera la cocinera. Además, me esperan a las cuatro en Olavarría.
-- El puntero es mío.
--Ah, sí.
--Estuvo excelente --lo felicité. Tenía la mano helada--. La verdad es que
fue asombroso.
--Gracias.
--¿Va a volver?
--¿Para qué si ya lo vieron?
--¿Es el único truco que sabe?
--No, sé otros. Pero el gobierno me paga para que haga éste. Cuando me
pague por los otros, a lo mejor...
Se subió a la moto. Dio tres patadas a un pedal para poder arrancarla.
--Gracias otra vez.
--A usted --dijo.
Giró ayudándose con los pies antes de salir por la carretera de tierra.
Entré al aula y cerré la puerta. Anita seguía sentada en su pupitre.
--¿No tenés hambre? --le pregunté.
Hizo que no con la cabeza. Con las cuatro cabezas en una. Me arrodillé a su
lado.
--¿Y, qué te pareció?
--Extraño, pero formidable --dijo.

Las novedades se fueron descubriendo de a poco, a lo largo del tiempo. Yo
no pude explicarme cómo, pero aquella nena un tanto deficiente, había
recobrado la capacidad de relacionarse y aprender. Comenzó a leer de
corrido y a escribir sin faltas. Le presté los libros que tenía. Si alguno
de los otros chicos iba mal en los deberes, ella lo ayudaba. Estaba en
cuarto y resolvía los problemas de séptimo. Le dictaba una oración y Anita
marcaba sujeto y predicado, verbo, objeto directo. Era la única que había
memorizado el total de las tablas. Los compañeros empezaron a respetarla.
Sólo la madre se quejó.
--Le está enseñando mucho a la Anita, así se hace viva y no me va a
trabajar del patrón. Así se me va a ir.
De eso se trataba. Yo misma la recomendé a una de las inspectoras para que
le consiguiera una beca en el secundario de Necochea. Anita entró con el
mayor de los puntajes al Instituto que quedaba frente a la plaza. Después,
por un tiempo, le perdí el rastro.
Las cosas en la escuela no volvieron a ser lo que eran. Los chicos cada vez
me daban más trabajo, y yo extrañaba a Anita. La mamá se volvió contra mí
de un humor tan malo que tuve que despedirla. Tiraba cenizas y hasta
colillas de cigarrillos en la comida. La vi irse desde la misma ventana por
la que vi llegar al mago. Siempre esperé que él volviera a aparecer.
Pasaron cinco años y la que volvió fue ella. Estaba arrepentida por lo de
los cigarrillos y necesitaba trabajar otra vez, porque no tenía plata.
Había adelgazado mucho y estaba llena de arrugas. Le dije que iban a darme
un pase al sur, a una primaria que, de tan chica, no tenía comedor. Los
alumnos tendrían que comer en el grado. Imaginé los cuadernos con los
lamparones de tuco. Ella me dio la razón. Le hice prometer que no haría más
desmanes, antes de recomendarla con la maestra nueva.
Le pregunté si tenía noticias de Anita y me mostró tres sobres. Abrí el
primero que me indicó y leí la carta delante de ella, en voz baja. Anita se
había recibido con medalla de oro y estaba por partir hacia la Capital, a
estudiar abogacía. "Estará orgullosa", le dije. "Espere a ver", dijo ella,
seria. Me dio la segunda, a la que le había sacado el sobre. Anita se había
puesto de novia con un aspirante a ingeniero agrónomo.
--El campo tira, ¿eh? --le dije, cómplice.
--Me ilusioné igualito que usté... No se ponga contenta antes de leer la
tercera. En la última carta el amor no había resultado. Los estudios iban
bien. Abogacía era una carrera interesante y sencilla para Anita.
--Me salió descocada --dijo la mujer.
Solamente había saludos para su madre y preguntaba cómo seguían las cosechas.
--Bien, gracias --dije, bajito. Ensobré los papeles.
La tarde de mi último día en la escuela el sol se puso más rojo que nunca
sobre las espigas de trigo. La mujer guardó las cartas en un bolsillo de su
batón.

Envejecí, es cierto, pero eso porque me pasaron a Inspectora General. De
una escuela fui a otra, a otra, a otra y finalmente a La Plata, donde
decidieron mi conversión. Yo no quería. Volví a ir a todas las escuelas,
pero ahora permanezco sólo un día en cada una. Cada vez que veo a una
maestra de veinte, veinticinco años, me veo a mí misma antes de las arrugas
y las patas de gallo. Pensar que yo también levantaba la pechera del
guardapolvos cuando erguía la espalda frente a la clase. Hoy lleno
planillas, reviso notas, hago preguntas fáciles al alumnado.
Aquel mediodía me habían invitado a almorzar, lo que no pasaba muy seguido.
Era una escuela de Tandil, con un patio cuadrado con estandarte y bandera y
una kitchinette donde trabajaba una empleada china. Hacía calor.
--¿Le gustan las endivias? --preguntó la china.
--Mucho --le dije.
Me apoyé en la ventana que daba hacia afuera. El paisaje no era el mismo de
siempre: además de los girasoles, trigales y cielo había sierras; había una
moto. Un trailer. La moto con el trailer con ruedas de bicicleta, cargado
de cartones. Estaba casi igual; sólo le había agregado un cartel de chapa
brillante por encima del faro que decía "El Maravilloso Marvin". O sea que
ahora, además, era maravilloso. Volví la cabeza hacia la puerta. Los chicos
estaban en recreo. La maestra conversaba con alguien que, desde allí, yo no
alcanzaba a ver.
--¿Y el ajo, señora? ¿Le gustan los ajos bien picados?
--Shhh.
Me asomé. El hombrecito se sacó el casco. Tenía algunas canas, el pelo más
crecido y estaba despeinado. No alcancé a oír de qué hablaban, porque la
maestra entornó un poco la cabeza al sentirse observada y me tuve que
ocultar. Una de las ollas reflejaba mi cara vieja, un mapa de todos estos
años. De tanto pararse sobre la tierra, con el tiempo a una se le pone la
cara de la tierra. Volví a acercarme a la ventana. Esa maestra tenía que
decidirlo por su cuenta, estaba claro. Me acordé de Anita. La imaginé
recibida de abogada con el mejor promedio, en su estudio de la Capital,
defendiendo a la gente de la intolerancia de la gente. Crucé los dedos. No
me había fijado si conservaba aún el defecto del labio. Él hizo un amago de
bajar los equipos, de espaldas a la ventana. Eran las mismas cajas doradas
y rojas. Colgó el casco en el manubrio y volvió a entrar al aula con las
manos vacías, respondiendo a un llamado de la maestra. Tenía puesta una
mano sobre la cara, por lo que tampoco pude verle la cicatriz. No se oía
nada por el ruido de los chicos que, desde el patio, jugaban a gritar.
--¿Y chorizo colorado, le pongo?
--¿A ver?
Me arrimé a la olla. Las verduras flotaban en una tinta roja. La campana
sonó. Los chicos bajaron el volumen de sus juegos. Se ordenaron uno detrás
del otro, en fila india. La maestra tomó al primero de la mano, que era
albino. El siguiente en la fila le pegaba con una regla de plástico en la
cabeza. Me apuré para meterme en el aula cuando escuché el ronroneo del
caño de escape.
--¿Y el hombre? --le pregunté.
La fila india se interpuso entre la pregunta y mi camino; entre la
señoritaque dijo "bueno, como estábamos en clase..." y un gesto raro hecho
con el índice y el pulgar de la mano derecha en el que se pinzó el labio
superior casi en el centro; entre los deseos de esa veinteañera que hubiera
preferido presenciar la función y la severa presencia de la Inspectora
General. Salí corriendo hasta la ruta. El casco del hombrecito se alejaba y
se hundía, cuesta abajo, en el horizonte del pavimento gris.


______________________________________
............................................................................

2/Sebastián Bianchi: Dubuffet arrugó a Mondrian
  
______________________________________


Peggy parloteó todo el viaje hasta el motel. Inesperadamente el petiso
Brandán Caraffa me propuso la fundación de una revista. Por radio ya había
algún imbécil que habla pavadas sin parar. Entonces, como quien dice --dijo
Petit Pouce--, ¿rondas a la hija del superpatrón? Había redactado "La moda"
de 1839, y en medio de un juego de provocaciones, quimeras y ocultamientos
arrastraba consigo infatigables remiendos de revisación. Yo lo recubro cada
día con pomada de antibióticos. Tenía un tiovivo, con caballos de madera,
para niños, que había heredado de mi padre; nada del otro mundo, se lo
aseguro: el Sena seguía fluyendo, hermoso y cubierto de residuos. En la
noche se escuchaban cada vez más lejos los cuan-cuan que adornaban el
manubrio de su velocípedo. ¿Dónde pudo haber ido a meterse la roñosa?, dijo
Pradonet. Esto suscitó grandes aplausos aunque resultaría ser, en el
prolongado litigio que sucedió al incidente, una exhortación a una entidad
ficticia. El mar se extendía frente a la costa como un lienzo de pintura
sin orillas. Según el coronel Pozzi el discurso de Lugones dejó en los
muchachos alguna inquietud. ¡Es por las otras dos putas!, exclamó Pradonet.
Pero sólo en apariencia era suntuosa; la dulzura se le crisparía, se
replegaría una y otra vez sobre sí misma para formar un terrible resorte.
Así, por medio de la instrucción, el receptor ampliaba su almacén lexical
correspondiente al área. En el auto Peggy y Tito llegaban hasta el río. La
escritura de sus cartas no se detenía allí, su programa proliferaba y por
momentos no había comas ni párrafos, sólo un continuo donde repetía "La
Vida de Lincoln que estoy imprimiendo y te envían en cantidades suficientes
para satisfacer el poco hambre de leer de tus jentes". Eso somos, con la
nitidez de un círculo nosotros, un pensar la corteza gris en ella misma.
Peggy parloteaba, ante todo por el placer de hacerlo, y luego por colmar
los silencio, pues Yvonne no parecía dispuesta aún a relatar la historia
del faquir. A ti que te gustan los espinos, mira un poco este espino rosa.
¡Es precioso! Los artistas salían a nuestro encuentro tropezando con sus
cuadros. Yo le dije. ¿Encontraré la sencillez donde las enfermeras hacen
shhh? En el cubismo de superficie frívola. Por ahora los piqueteros parecen
pensar distinto. ¡Mira que precioso el espino rosa! Mientras las
exportaciones del país no lleguen a representar ni el 1 por ciento del
total mundial, en la primera mitad del 2000 los bonos de la deuda pública
serán el 11 por ciento de todo lo emitido. Otro malestar público causó la
comitiva de 500 miembros. Por un 20 % de descuento en piletas. El faquir
había llegado a la ciudad esa misma noche, ya que estaba contratado para
realizar dos funciones simultáneas en el motel de Pradonet. Tito detuvo el
auto y las dos mujeres bajaron con las maletas y el bolsito de viaje. Se
dirigieron a la conserjería, un pequeño hall de madera, en tonos pastel,
con tres ventanales que daban al río, al mar y al estacionamiento. El
conserje los recibió muy amable. Era un hombre alto, en mangas de camisa y
algo corpulento. Les indicó los cuartos, disculpó la ausencia momentánea de
Pradonet, les dijo que éste los esperaba a las 7 en el bar para tomar una
copa antes de la cena y el show. Bajaron puntualmente a la cita. Un
Pradonet exultante los recibió con los brazos abiertos. Qué bonita estaba
Peggy, Tito simpático y ocurrente como desde el primer día e Yvonne, a ella
le miraba la gorra de baskebolista que llevaba en forma invertida y desde
la cual caían mansamente dos trenzas amarillas. Charlaron acerca del viaje,
entre copa y copa el parloteo de Peggy luchaba por asomar sobre el tono
estándar de las palabras. Tito hacía caso omiso de su novia, buscando en
los enunciados una imagen que se ajustara a los hechos o que si un
desajuste había en ellos, lo usara para compensar el plus de acción que
tantas ganas le daban para su vida. Pradonet fingía que escuchaba, sólo
retenía lo último de cada párrafo y a partir ahí sumaba con conectores
alguna tenue ocurrencia, simpática y en lo posible, halagadora de Yvonne.
Ella miraba el ventanal del mar, azul, encrespado en cada ola, indomable
por ser parte de la naturaleza; claro, porque el mar es el músculo de la
naturaleza, dijo Yvonne. Pradonet casó la expresión al vuelo y agregó algo
de su propia cosecha. Escuché que Neptuno es su dios, digamos, que es el
jefe de todo cuanto se mueve en el mar. Y si es verdad que las sirenas
existen, esa sería vos, Yvonne, tan ansioso estoy de escuchar tu canto.
Peggy estalló en una carcajada que puso en alerta a las mesas vecinas. Tito
lo palmeó a Pradonet haciéndose cómplice de su ocurrencia. La pobre Yvonne,
indefensa, estaba roja como un tomate. Pradonet era un diletante y para
descomprimir la situación llamó al mozo y ordenó una ronda de Martinis con
aceitunas. Cenaron esa noche cazuelas de cerezas con tortillas y empanadas,
ensalada rusa y sufflé de durazno. A eso de las 10 las luces se apagaron y
al mismo tiempo se iluminó un pequeño escenario, sobre el que apareció el
conductor del evento. Su nombre era Bob. En cortas palabras anunció el
programa. Hizo dos bromas bastantes festejadas y cerró su intervención
contando un chiste sobre el presidente. El presidente de los Estados Unidos
va a un cajero a sacar plata. Mete la tarjeta en la máquina y ésta lo
saluda muy cortésmente: ¡Oh, oh, oh, el presidente de los Estados Unidos!
¿Qué lo trae por aquí, señor? Necesito plata, le dice el presidente. Yo
también, responde la máquina. Risas del público. ¿Y por qué no manda a su
secretario o a un granadero, si se puede saber? ¡Porque me roban! ¡Todos me
roban! ¡Todo el mundo se apropia de mi maldito dinero! ¡Mi hija me roba, mi
tía y mi mucama me roban! En fin, no puedo confiar en nadie, dice el
presidente de los Estados Unidos. Bueno, bribón, ya conoces el dicho, el
que roba a un ladrón... Grandes risas del público y aplauso a discreción.
Se encienden luces rojas, música de fondo, humo sobre el escenario, y
cuando la nube se disipa, aparece en escena el faquir como producto de su
magia. Este primer número lo tiene en posición de ladrillo, rectangular,
inmóvil durante algunos minutos. La música, lentamente, lo va sacando del
letargo; se anuda, luego es una hoja, ahora una daga lo atraviesa, después
se come un palo de béisbol y de las orejas le asoman perros; humo y nuevo
ladrillo del faquir. El público, exaltado y como en transporte frente a una
ley antinatural que desconocía, aplaude y pide otra. Bob luce su mejor
sonrisa. El humo ya se ha disipado y la claridad de un farol blanco revela
pespuntes de plata en su solapa. Bob anuncia el próximo número. Ahora el
faquir se balancea en un trapecio a unos metros del piso. Debajo dos
asistentes sostienen un pantalón de bañista, en el que el faquir debe
entrar después de girar en el aire y caer parado. Allí va el faquir,
completa una, dos vueltas, no para e inicia una tercera, ahora la curva
cede, el faquir apunta con las piernas al pantalón, ya casi lo ha logrado,
ya se siente vestido por la prenda y... ¡Sí! Consigue el objetivo. Muy
bien, dice Bob y guiña el ojo a las mujeres del público. Es sensacional, no
te parece Yvonne. Peggy no paraba de hablar. Tito pidió un whisky. Pradonet
dijo que iba a invitar al faquir a la mesa. Al rato cayó, de sport, con un
saco claro y un cuello de camisa que le cubría las dos mitades del pecho.
De cerca parecía otra persona, al menos una diferente de aquella que había
actuado en el escenario. Se mostró muy amable con todos, especialmente con
las dos chicas y aceptó beber una copa que le ofreciera Pradonet. Me
encantó lo que hiciste ahí arriba, ¿cómo lo consigues?, preguntó Yvonne.
Disciplina, contestó el faquir. Concentración, gimnasio, una dieta
equilibrada... Peggy contaba una anécdota de la primaria, dijo que de chica
la hacían estudiar mucho y que ella siempre se portaba mal. Que incluso de
grande se portaba mal. Tito hizo una mueca y tragó whisky. Pidió otro. No,
dijo, que sean tres, y señaló al faquir y a Pradonet. Las chicas pidieron
anís con margarita. La charla, de a poco, se fue haciendo más surtida, como
si ahora se deslizara sobre un plano oblicuo de elocuencia y facilidad. Las
historias menudeaban entre copa y copa y el golpeteo de las palabras
asimilaba la mente con un tambor. Pero tranquilo, nada estruendoso, más
bien un golpeteo sincrónico sobre un tambor alfombrado. El nuevo, el
faquir, había recuperado con unos tragos el terreno de más que le llevaban
los cuatro amigos, lo que permitía que avanzaran parejos hacia un objetivo
todavía no dicho. En eso Bob se sumó al grupo; llegaron Bob, su camisa y
sus chistes. No en vano Pradonet hizo una pausa, como tendiendo una hoja en
blanco a la que Bob llenaría poniendo algo gracioso. Y lo hizo. ¿Conocen el
cuento de la hormiga y el elefante? Una hormiga llega a una gran ciudad, a
Chicago. Busca donde hospedarse pero los hoteles están todos ocupados. No
hay pieza. En eso ve a un elefante que está parado en una plaza. Lo encara.
Elefante, ¿no sabes de un sitio donde pasar la noche? El elefante la invita
a su casa. Llegan, se desvisten, la hormiga se da una ducha, se pone el
pijama y se acuesta. El elefante mira para todos lados como señal de
interrogación. ¿Y...?, le pregunta. Y qué, dice la hormiga. Yo pensé que...
Bueno, bueno, dice la hormiga, como tú quieras. Se pasa a la cama del
elefante y, desovillando del slip un pene enorme, incrusta al elefante. La
hormiguita le dice: ahora me toca a mí. Se da vuelta. El elefante saca un
pitito gris. Intenta penetrar a la hormiga pero no puede. Prueba una, dos,
tres veces. No hay caso. No puedo. Prueba con la trompa, sugiere la
hormiga. El elefante mete la trompa en el ano de la hormiga. Esta se infla
y se retuerce. ¡Sopla, sopla!, grita la hormiga. El elefante descarga el
aire y la hormiguita casi a punto de estallar, le dice: No boludo, que me
soples el culo que arde mucho. El mozo que traía más tragos se río juntos
con ellos. Yvonne le dijo al faquir si no sabía un cuento y el faquir contó
la historia del camello y el motociclista. Peggy de éste no se rió y contó
uno muy conocido de Blancanieves y un enano que se hace pasar por ardilla.
Nueva ronda de tragos. Whisky + Fernet con Coca + Séptimo Regimiento. Al
faquir algo le pasa. De a poco retoma la posición de ladrillo. Bob pide que
le traigan un escenario. El faquir hace de nuevo el nudo, al que ata y
estrecha en el centro de la mesa. Ahora, en posición de cuclillas, gatea
por la sala sin encontrar rumbo fijo, y después de apoyar la cabeza en el
regazo de Yvonne, cae al suelo y vomita. Las chicas comenzaron a dar gritos
de indignación. Enseguida vino el mozo con un trapo de piso y un balde. Los
asistentes se llevaron al faquir colgando de los brazos. En poco minutos,
la escena quedó rehecha como si nada hubiese ocurrido. Tu faquir mostró la
hilacha, le dijo Tito a Pradonet. ¡La hilacha y la lana del pullover! Las
chicas sonrieron, ya la crisis había pasado. Qué raro, dijo Yvonne, parecía
tan controlado, tan dueño de sus actos. Era como esos cuadros de Mondrian,
hechos de líneas duras sobre un horizonte ingrávido, todo blanco. Y de
golpe, ¡zas!, la arruga, la caída, la mueca. Como si un loco se hubiese
puesto a arrugar y tachar esos cuadros. ¡Como si de pronto Dubuffet se
hubiese puesto a arrugar a Mondrian!, dijo Peggy. Esta vez Tito estuvo de
acuerdo. Pidió otra ronda de Martinis y todos brindaron a la salud del
faquir.



______________________________________
............................................................................

3/Nueva junta de animales (nueva luz bantú)    

______________________________________

La cebra

Estaba una cebra enganchada a un alambre o remedo tosco de trampa. Se lo
había tendido un bantú, quien al ver a al animal atrapado, se esmeró en
fabricar una flecha, que habría de acabar con la vida del pariente africano
del asno. El bantú, desarraigado de su tribu, de la que estaba ausente por
expulsión, creaba sus utensilios en la medida que los necesitase. El exilio
en la jungla, y el poco contacto con la cultura humana, lo habían reducido
a una condición de pionero negado de memoria, que inventaba las cosas mal.
Nunca coincidían su inteligencia con su instinto, y la cebra se dio cuenta
de esto. Porque no es tonta la cebra. Pero no es hábil para desatar nudos.



El antílope

Afila sus cuernos el antílope para amenazar al león quien, advertido del
peligro, persigue al cornado por detrás. Hay diferencia de cómo los
rumiantes construyen su pensamiento, y cómo se las arregla el felino. Va la
idea y viene, va y viene hasta que es brillante, digna de un hombre. Pero
es, justamente cuando llega a este estado, que al león se le hace agua al
boca. El gran depredador no necesita más que este estímulo para dar el
salto que decide la muerte de esa gran inteligencia de cuernos como dagas.



El papión

No le dicen "cara de perro", porque suele morder más que otros monos, pero
este dato es cierto. Tuvo problemas con todos sus vecinos, pero lo que más
le indignó fue cuando alguien le dijo "sub-mandril". ¿Hay racismo en el
mundo animal? En todo caso, aquél que profirió el insulto tuvo pasado de
convivencia con personas en una vivienda en donde había poco espacio y
todos vivían hacinados. No se puede revelar la identidad del ofensor, para
evitarle más problemas de los que tiene. El papión, mientras tanto, todavía
no dio respuesta, pero le pidió su padre, que aún está activo, que le
cuente de nuevo el cuento de cómo perdió los colores el papión, y de cómo
se alegró, porque algunos colores lastiman.



El elefante

Se han dicho tantas cosas del elefante, y el elefante ha dicho tantas cosas
de sí mismo, pero no por ello hay que callar el accidente que tuvo uno de
ellos, cerca de la ruta a Dahomey, hace aproximadamente unos años. El
elefante piensa en secuencia espiral, y a veces se lo confunde con un
borracho. Cuando un elefante arranca un arbol de raíz, es porque cree que
el único arraigo es el aire. Y si suelta el arbol y este cae, es porque
piensa que un tronco es un lastre. Y si fuere que el tronco cae sobre el
lomo de otro elefante más pequeño, es que el elefante fracasó como agente
de la historia.



El guepardo

"¿Es rengo el chita que corre tanto?" Este chiste bantú, que es excelente,
expresa cierta duda que pervive sobre su velocidad tan sobreactuada. "El
chita finge que corre, y al final lo logra", dice otra broma del mismo
tenor, y que puede conseguirse en la antología oral. El guepardo hace caso
omiso a todo este palabrerío, que, en definitiva, no le corresponde. Hasta
el día de hoy lleva cazados setecientos venados.



El búfalo cafre


Le contaron al cafre que parece que hay un loco dando vueltas. El cafre
dijo que el no era ningún loco. ¿Y quién habló de vos?, reaccionaron los
que le hablaban al cafre. El cafre se quedó callado, para no complicar más
su situación. En algunas fábulas, los cafres hablan como personas. Se
expresan con fluidez y hasta superan a los humanos en ingenio. Tan sólo les
falta superar el problema de sus cuernos, que son largos y agudos, y se
lastiman cada vez que se alisan la melena.



La hiena

La hiena también muere, pero nunca piensa en eso. Y tampoco puede pensar en
nada más que en lo que tiene en el entrecejo, pura obcesión. En la obcesión
de la hiena hay siempre algo que se desintegra y se vuelve a integrar para
repetir su degradación. Al revez de otros animales, la hiena s´lo considera
el pasado como sujeto constante. El pasado es el único presente que existe,
y es por eso que vive intoxicada. La intoxicación es la responsable de sus
alucinaciones, y ¡de allí a creerse que todo lo que se pudre es regresado!

............................................................................

4/Ana Camusso: Antianimales: Cuakis-Cuakis  

______________________________________

Cuakis-Cuakis: ave de los pantanos, sólo cuando llueve a cántaros. Se hace
oir antes del trueno, y alguno que ha sido atravesado por un rayo, lo ha
visto cruzar por sus pupilas.

______________________________________


<----- <----- <-----
F i n d e E n v í o 1
________________
I r a E n v í o 2
-----> -----> ----->


______________________________________

C o r r e O
E x t r e m a f i c c i o N

Es un envío mensual de ficciones

Idea y dirección:
David Wapner

Equipo:
Israel: David Wapner, Ana Camusso, Chiflón. Argentina: Ezequiel Alemian,
Sebastián Bianchi.
Colaboran en este número: Gustavo Nielsen, Mario Arteca, Ricardo Villar
(Argentina).

Usuarios de Windows: Correo Extremaficción está generado en un ordenador
Mac de nueva manufactura; aún así, es probable que en lugar de caracteres
acentuados con tilde, letras "ñ" y signos de expresión, se visualicen
signos o combinaciones curiosas. En época de vigencia del antiguo Mac, no
hubo quejas al respecto; aún así, consideramos conducente la advertencia.

Correspondencia, enviar a:

 vafner@shani.net 
basty72@hotmail.com 

Números atrasados:

http://www.paginadigital.com.ar/index/lectura.html 
(Cliquear "CorreoExtremaficción" en el menú principal)





Volver a textos



© Copyright 1999-2010 Paginadigital®. - Hecho el depósito que marca la Ley 11723 - Derechos reservados  




|Pon a paginadigital en tu sitio | Sugiere esta página a un amigo | Responsabilidad |
info@paginadigital.com.ar
   |  Ayuda |

Web diseñado y producido por paginadigital®, Copyright 1999 - 2011, todos los derechos reservados. Los nombres e íconos de: paginadigital, Kids, art, pinturas, grabados, dibujos, objetos. Todos los derechos reservados. Hecho el depósito que marca la Ley 11723 - Derechos reservados | Términos y condiciones

| Home | Cursos y talleres | Servicios de Internet |Agenda de Ferias y Exposiciones | Exposiciones de arte y galerías | Becas, maestrias y posgrados | Programación de teatro, cartelera | Centros culturales | Concursos de pintura, literatura, arte, video, television, tv, teatro, casting | | Conferencias, seminarios, jornadas | cartelera de cine, tv, fotografía | Música, recitales, bandas, música clásica | Libreria, venta de textos y libros | Museos | Coros, operas, conciertos | Noticias, notas y artículos | Música de tango, cena show | Textos, poesía, prosa, cuentos, poemas | Solidaridad | Tarot, astrología | Mapa del sitio | Foro | Not | Cart | Salas | Tel | Taller | Taller literario | Enlaces útiles