C o r r e O
E x t r e m a f i c c i o N

mensual de ficciones/aparece el día 5 de cada mes

Beer-Sheva/Israel/
Nro. 8 /5 de septiembre del 2000


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Sumario
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1/Sebastián Bianchi: El trazado Luro-Matanza (Ultima entrega)
2/Pablo Cruz Aguirre: Perro negro siempre malo/Cajas
3/Tomás Astelarra: Un viaje por los anagramas de Mario Cacarulo (Primera
entrega)
4/David Wapner: Marmoroso
5/Ana Camusso: Chino con autogestión

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1/Sebastián Bianchi: El trazado Luro-Matanza
(Ultima entrega)
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Había días en que, sobre la superficie de Marte, se reflejaba la provincia
de Buenos Aires. Los marcianos acudían alardeando del fenómeno y movían
allí sus carcazas batientes de felicidad. El astronauta los observaba
enternecido, pasaba el tiempo y eran grandes amigos. Claro que un día uno
le preguntó. Tú qué harías de ver la nave reparada y volver con ella. Con
Isabel Márquez. La rubia, esbelta, orgullosa de tener un novio astronauta
de los Estados Unidos. Cursaba el tercer año en la preparatoria Berkeley, a
orillas del famoso río Tennessee. Allí parece que Lincoln concibió la idea
de una gran nación, con sede en los principales puntos de nuestra galaxia.
Pero al mismo tiempo, en otro no menos famoso río, el zar Alejandro soñó
una idea similar a la que luego sus compatriotas emprenderían con el
Sputnik.

Si las dos potencias instalaron las banderas en aquellos planetas que mayor
riqueza presentaban, a las naciones emergentes tocó la suerte de conformar
con lo que quedaba. El nuestro era un asteroide muy grande, tenía dos veces
y media el tamaño de la tierra, pero en su superficie no había los queridos
chimango y tero que tantas satisfacciones nos dieran antaño con su
conversación. En su lugar los científicos habían diseñado aparatos
complejos de mimética; básicamente, unas redes tabulares que transportaban
el sonido para registrar polifonía en sus intersecciones. Cada nodo era
desmantelado de la trama y colocado en postura estratégica sobre el
paisaje. Pero si al flujo natural se oponían unos censores de tecnología
nueva, la respuesta recibida sonaría en sordina o como disfrazada de un
sentido diferente.

Algunos fenómenos de la naturaleza activan en el hombre el flujo de la
melancolía y la información que ésta envía hacia los centros nerviosos
opera los síntomas en sus extremidades. El interrogante al que hacían
frente los científicos era dónde ubicamos las máquinas de imitación, o si
el entorno es agregado al hombre o nace a partir de él. Parecido al
argumento aunque no el mismo había dado la fama precoz de Bioy Casares. Un
aristócrata encargaba una máquina que proyectaba indefinidamente el volumen
de los seres queridos
Espesor, juego de luz y sombra, diferencia en las facciones de los seres
humanos. No sé si por error de fabricación o por tratarse de un modelo
limitado los espectros representaban la misma escena de siempre. El
aristócrata buscaba identidad en la repetición o una marca cualquiera que
lo hiciera diferente. A ésta, que era la marca de la vida, los espectros se
aferraban con desesperación y luchaban contra el aristócrata poniendo todo
tipo de trabas en su camino.

El recuerdo, acto seguido, debía ser analizado y separado en partes. Al
principio los espectros corrieron desesperados para hablarlo con la gente y
anular así el mecanismo de la máquina; pero luego retrocedieron cuando el
aristócrata proyectó con la cámara los paisajes de la niñez. Con esto hacía
suya la felicidad que acaba con la muerte, confirma en el presente una
actuación y asegura el sitio desde el cual se mira.

Mientras tanto en Buenos Aires los animalitos se despertaban contentos como
cada mañana. Los chimangos estaban hermosos, el tero mejor que todos,
enorme, femenino, como con ganas de estallar. De su habitual melancolía
había caído la tela en uso y una parte de su cuerpo se agrandaba más y más.
Los marcianos monitoreaban el proceso trasladado en números. Las tropas
esperaban en formación de batalla atrás de un monte. Si desandaran el
camino señalado por sus fuerzas las mujeres y las hijas a lo mejor serían
nuestras. Pero a los indios no convencía la situación y oponían frente al
invasor la realidad con la guerra.

De pronto uno de los teros se hizo mierda. Recrudeció el tamaño de los
soldados y las naves marcianas dispararon con rayos. Por el oeste se
escuchó el trac-trac de los helicópteros de la huelga, que venían para
darnos ayuda. Las naves se pusieron rojas, azules y verdes. Los indios
enseguida empezaron a tirar, pero la cresta del combate también cayó sobre
ellos y se hicieron mierda.

La muerte, reflexionó el coronel, convida por igual a sus criaturas. No es
la tecnología lo que preocupa a su reinado, sino más bien el descaro con
que los marcianos pretenden ignorarla. En la punta de la a, cuando la letra
dejaba de ser sonido y en mi mente el concepto yo guardaba, un ovni cayó en
la laguna.

Hacía tiempo que la realidad había dejado de ser el territorio para ganar
al enemigo y la estrategia consistía en narrar el territorio que debíamos
ocupar. Yo tenía la pierna intacta, un anhelo de chica me pedía que le
diese bolilla. Había cadáveres que por plata venderían su último estertor.
Pagué y me abracé a uno de ellos.

Me llamo Mari Paula, me dijo. Soy una mujer que se despide de la vida. Tu
dinero me ha enseñado que todavía algo de mí tiene valor. Hoy los pechos
están morados y son testigos del suplicio. Pero si los vieras antaño con
qué ilusión corrían para atrapar al varón en el instante en que caía sobre
mí.

Su voz se desvaneció junto con mi cuerpo. Por un momento creí que abrazaba
un proyecto de vida; pero la realidad, que tiene brazos, me cacheteó. Por
qué, le pregunté al coronel, el cuerpo intruso me enseñó el amor, si era
para dejarme más solo que ayer. El coronel me respondió con un cuento.

Han perecido alegres los tero-teros al ver irremediable el amanecer de un
nuevo día. Luego, los cuerpos muertos de los tero-teros han perecido
deprimidos por la evidencia intacta del Sr. Muerte, en cada uno de los
teros conocidos y amigos. La vaca, pordiosera, a la piedra amarilla le pasa
la lengua otra vez. Un pescado salta despeinado de la charca de chatarra de
agua. La salpicadura en el marciano dormido le da brillo al pantalón de
tela. A su lado está la esposa de la rana, con la cortina floreada
arrebatada del pendón.

Gutiérrez ingresó al club de natación por el agua de la laguna deportiva de
Lobos. Los ingenieros a los botes los habían pintado con guiones amarillos
que significaban la aurora en la bandera argentina y racional. El telón
marciano de abstracción en el cielo tenía una arruga que con el tiempo se
hizo un manchón y una tormenta. Lo corrigieron las madres voluntarias del
ayuntamiento y colgaron la tela nuevamente junto al stand de los indios.

Maggie, como siempre, quería repetir el paseo en el simpático pony que el
municipio alquilaba a los asistentes. Dejamos con la madre que la niña
disfrutase del momento, mientras yo aprovechaba la ocasión para ir en busca
de los muchachos. Atravesé todo lo ancho del balneario y doblé por una
callecita en penumbra. Entré al bar. Sobre la puerta decía bufet. Allí mis
amigos, Roberto, Casullo y Andrés Diporto, estaban congregados alrededor de
la sencilla mesa de café. Saludé, con un guiño al dueño indiqué un vaso, un
sifón de soda, un plato blanco de losa, queso, salame y vino. El Gordo
repartió las cartas españolas. Me recorrió un escalofrío intenso. Pensar
que nuestro ocio era divertido por las muecas del invasor, me crispaba.
Bebí, y luego volví a hacerlo. Miré las cifras incrustadas sobre la
cartulina; formaban una moneda, con todo el espesor de oro. Ah, pensé, si
la vida fuese solamente un cuento y yo nada más que un pobre diablo,
enfermo y sin trabajo, qué haría con esta moneda de oro, en qué negocio la
haría fructífera. Lo consulté con mis amigos. Les dije, hagamos de cuenta,
muchachos, que hoy la vida es un cuento. ¿En qué gastamos esta moneda de
dinero? Diporto se desternilló de risa y dijo en minas, la gastamos en
minas. Yo asentía, Roberto y Casullo también. Sí, usaríamos la moneda de
oro en minas, pero en cuáles y en cuántas era la pregunta que quedó sonando
como una máquina de fabricar la duda y el misterio.

Ahora sé, por intermedio del adulto que soy, que la dicha deja una
frustración pasajera cuando la emoción se retira y nos abandona a solas con
nuestro cuerpo. Más aún, aquéllos que han evaluado su frustración por la
cantidad de dinero que debieron invertir a diario, sienten que un castillo
de arena se derrumba sobre sus más gratas emociones. Pero al joven no le
vengan con el cuento, dejen que haga a su antojo y despilfarre y le saque
provecho a la cantidad.

Así hablaba por aquellos años con Andrés Diporto, El Gordo, como le decían
las chicas del comercial. Resulta que Andrés se había enamorado de la
empleada Denís, una muchacha croata que emigró a Buenos Aires escapando de
los horrores de la última guerra.

Denís y El Gordo sellaron su relación bajo los tilos del patio cubierto.
Llovía y la muchacha le pidió permiso para encontrar resguardo entre sus
brazos. A la maestra le vinieron con el cuento dos días después. Masticó la
frustración que en el docente hace plan de venganza, hasta que el rencor
diagrama su estrategia. El Gordo fue llamado al pizarrón con la tiza blanca
en la mano, entera y sin usar, una de las tizas nuevas del gobierno.

Enfrente los compañeros se morían de ganas por usar el bombo del partido.
La maestra autorizó a sonar los instrumento, mientras El Gordo declamaba
alejándose cada vez más el referente en cada gesto de la muchacha. El
tigre, asesino, nos vino a conmover. Abrió un manto cocido con el cuero de
sus víctimas. En cada una se podían reconocer las especies que ilustraba
una tele. Si el oso tenía miedo disimulaba y se comía luego a algunas de
las aves más confiadas. No ocurría lo mismo con el león, era tan evidente
que se moría de hambre en un rincón de la selva.

Bajo el agua el pez comenzó por explicarnos su vida de subsistencia, nunca
el temblor que acusaba la gacela al ver cansado al carnívoro de atrás. Los
pastos no querían hablar, pero la margarita le dijo algo a la rosa china.
Fue algo feo, algo fulero, algo que a la rosa china le quedó como una
costra en la cual pensó toda la noche. La acusaban sus vecinas de acumular
el agua para sí, le decían amarreta que no nos dejas el agua que guardas.
La verdad, generalmente, es lo que más nos duele al saberse una amarreta la
rosa china del jardín.

El silencio, que era una de las formas de la solemnidad, a la planta le
pareció el último de sus recursos, y allí encontró el refugio que la
protegería de sus vecinas. Luego la euforia se hizo actividad de familia y
patrón de la especie sin más argumento. Pero Diporto quería vivir aun a
costa de las ingenuidades propias de su sexo. Una chica que corriese parejo
a sus ambiciones, con la cual compartir amor y felicidad.

Quizás piense el lector que antigua bronca escribe sobre esta letra y que,
agazapado detrás de la felicidad de mi amigo, hay un frustrado amante de
Denís personificado por la planta. Puede ser. También puede ser que la
planta no haya dicho todo lo que sabía; o que Denís lo haya dicho en otra
lengua, y ni siquiera nadie, El Gordo y yo, lo hayamos entendido.


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2/Pablo Cruz Aguirre: Perro negro siempre malo/Cajas
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a. Perro negro siempre malo


I. Salvo ésto
...y como yo soy aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las
calles...(Quijote, IX)


Nada de lo que leen aquí
y que lleva mi nombre
he escrito
la verdad es que lo encontré todo tirado
Era una bolsa que reventaba
de tan llena de papeles y cuadernos
escritos hasta en las tapas y en los márgenes
Yo la junté
porque me gusta revisar la basura
y me gusta leer lo que otros escriben
y ahora transcribo los versos
y modifico nombres y lugares
y digo que son míos
porque son míos
porque yo mismo los junté de la calle
porque yo los salvé del basurero
porque me gustan
porque me gustaría escribir así
porque yo no podría escribir mejor que esto.


II. Gatos de ralo pelaje

Uno de ellos
se lame las manitas prolijo
el otro
más pequeño
lo mira atento
ambos subidos
a donde no sé cómo
han llegado.


III. De mi gran novela espacial inédita

Eso
se comía
ante televisores
que pasaban anuncios
de eso comido ante televisores.


IV. Pintaron sobre sus escudos...

Pintaron
sobre sus escudos
el rostro del rey enemigo.


V. Gato arisco
Para Pedro

Mientras saltaba la cuneta
alejándose de mí
el agua estancada
reflejaba su vientre
curvándose sombrío
entre las nubes.


VI. Viernes 23 de octubre de 1998

Una enorme uña,
una medialuna de calcio
blanca, creciente, perfecta,
ha reemplazado esta noche
a la ordinaria luna redonda.


VII. Ante la sinagoga

La mujer policía tiene
un perro policía
echado a sus pies
que cava
cuando ella no lo ve
la tierra bajo una baldosa rajada.


VIII. El terreno baldío

De chico
pensaba que los fondos de las casas no llegaban
hasta el centro de la manzana
--mi casa era un buen ejemplo--
y que por eso
quedaba un terreno baldío
en el centro de la manzana
que yo me imaginaba
cubierto de césped corto
rodeado por paredes sin revocar
y con un árbol

En el fondo de la casa de Carlitos Cabrera
un primo suyo mató una gallineta hermosa, enorme
un ave con plumaje de sombreros antiguos
de un certero hondazo
No supimos de dónde había salido
--no hay gallinetas en Los Troncos--
y yo agregué gallinetas a mis terrenos baldíos:
una gallineta sobre cada árbol
un árbol en cada baldío
un baldío en el corazón de cada manzana.


IX. Lacroze

Sobre la "O"
de la palabra "ESTACION"
la paloma
acentúa.


X. El inventario

Realizar un nuevo inventario de los bienes del palacio es trabajo
complicado
ya que el rey compra mandriles salvajes y mata a sus favoritas
destruye sillas con su voluminoso trasero
y es obsequiado con cosas como "sombras de niñas
desnudas"
Le está vedado al contador emplear el ábaco:
el rey se queja de que el rumor de las cuentas le quita el sueño
y asegura que su caballo enano murió en el mismo instante de ser sumado por
el difunto
contador Ch
No le está permitido al contador indagar
sobre cuáles son las cosas
que el rey considera parte de sus riquezas
No puede el contador registrar el inventario sobre ningún papel, puesto
que la pérdida, robo o destrucción de dicho papel
podría perjudicar de algún modo la suerte de los bienes,
y por consiguiente la suerte del rey. Es la madrugada del último día del año:
W, contador real, sentado ante la puerta de su casa de papel, cuenta en
silencio los
versos del inventario
que ha de recitar ante el rey.


XI. Cuando llueve

En los tejados, las gotas brotan y reptan
qué bellos los gatos mojados
enojadísimos o tristes
Los corazones arden y transpiran
envueltos en telas impermeables
El calor de los cuerpos
se eleva en vapor al cielo
y se une a las nubes
y me moja la cara.

b. Cajas

I. Caja de fósforos


II. Caja Monstruo


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3/Tomás Astelarra: Un viaje por los anagramas
de Mario Cacarulo (Primera entrega)
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En el principio fue Cacarulo. Y aquel argentino egocéntrico (valga la
redundancia) de barbas que al final se quedó con todo el mérito de la
creación y que sólo sirvió para que un juez tunecino mirara al costado
mientras el Diego (su encarnación en lo que a fútbol se refiere) empujaba
con la mano la pelota a la red y daba por hecho lo que todo el mundo ya iba
a dar por descontado en poco tiempo: que su segundo gol a los ingleses
valía por dos. Quizás el buen hombre no hizo la vista gorda sino que
decidió tomar la justicia por sus propias manos, esquivar los reglamentos
de la FIFA, y jugar a ser Cacarulo (sobre todo por la premonición o
anticipación temporal a los hechos (manual de derecho del Dr. Pablo
Laratescu 2x).

No podría decir ni decidir a ciencia cierta cual fue el momento exacto en
que aquel ser mítico llegó por primera vez a mis desgastados oídos. Parecía
estar en todas partes, inundarlo todo como la marea de mis pies descalzos
en aquella tarde en que la que Diosa Manuela, pastora de las vacas
sagradas, me enseñó la poesía del cannabis. Su voz dulce y gentil no dejaba
de seducirme con la fuerza del rocío murmurando en las ramas de los árboles
de mañana. Ni a mí ni a es grupo de niños psicodélicos, agentes del
recontraespionaje, controladores del kaos. Un grupo digno de Don Juan (el
de Castañeda, el de Zorrilla prefería las mujeres a las drogas). Todo
dirigido y encabezado por Pini, el cazador de zarigüeyas moscadas, la
chancha las veinte y la máquina de hacer chorizos y la higuera de Leznor.
Entre ácidos y aminoácidos jugaban a adivinar películas apócrifas en un bar
de mala muerte del sur de México. Cerca de allí, apenas unos pasos, unas
hamacas paraguayas sostenían a Carmen, Larrus y Caín, los tres filósofos
panameños que en esos exactos momentos discutían sobre cierta sentencia
aristotélica (aún desconozco de cual se trataba) aplicada al País Vasco.

--Tempus fugit --bramó Larrus.

--No se trata de algo tan radical --intentó calmarlo Caín-- Yo diría más
bien que hay un missconception (ese era Caín, siempre tratando de mezclar
palabras de otros idiomas en su discurso, preferentemente idiomas olvidados
como el inglés. Algunos dirían que era el nuevo Esperanto. En realidad era
una forma más de desfigurar su discurso con los académicos fines de
encubrir su vacío intelectual).

--Decía, si el relator no me interrumpe, que hay una missconception sobre
la palabra ciudadano en el sentido más griego del término.

-- Para la mayoría de la gente todo parecer formar parte del paisaje-
seguía bramando Larrus.

--No way- seguía aquietándolo Caín con su barba rala y su deseos de un
mundo peor. "Sólo en el más profundo barro se encuentran las soluciones a
la diadema postelectoral" decía con frecuencia.

--¿Ha terminado mi querido? Retomo. No way. Es mucho lo que puede hacerse
tomando partido por el common sense.

Mientras tanto Carmen fumaba en paz su porrito calamaresco. Pero insistía
una y otra vez cada tanto, entre pitada y pitada: "La sentencia
aristotélica es totalmente desconocida en el País Vasco". Para Carmen,
Larrus y Caín era como el caballo blanco y el caballo negro de Platón (no
confundir con el caballo Blanco de San Martín). Con algunas diferencias. En
este caso los dos tenían el mismo color de cabello (cabello de caballo) y
no tiraban en forma opuesta. Uno tiraba hacia el lado del otro. Y el otro
se alejaba. Pero no lo suficiente. A modo de malentendida utopía.

De manera que el caballo de abajo (socialmente hablando) Sefedona o Jorn
(Carmen solía llamarlo de una u otra forma según la fase del ciclo
atracción-rechazo en el que se encontrara) iba y venía en torno a Roreyel
o RH (según la fase del siglo atracción negativa-positiva), que iba y venía
en torno a Sefedona o Jorn (según la fase del ciclo atracción-rechazo) que
variaba en su marcha hacia o fuera de a Roreyel o RH (según la fase del
siglo atracción negativa-positiva). Aún había ciertas cosas a resolver para
encuadrar la teoría dentro de los paradigmas de la filosofía postgatesiana,
pero no podía decirse que no fuera igual de absurda y complicada que las
del buen Bill. Hasta incluso que las del buen P. Lo que era mucho decir.

--La sumisión es palmaria en la mayoría de la población --volvió a bramar
Larrus.

--Noesasílosprocesosinsaculatoriosdanespaciosampliosalazar --insistió de un
tirón Caín que comenzaba a perder la quietud y a impacientarse no sólo con
el ímpetu de Larrus, sino también con las intervenciones totalmente
irreverentes del relator.

Antes de ser agredido, entonces, vuelvo al tema que nos acontece, nos
ejerce, digamos, nos interesa. Debo admitir que la obsesión de la historia
de Mario Cacarulo, su leyenda, su imagen, el susurro de los niños
balbuceando su nombre, todo lo que envuelve o envolvía al mítico personaje
caló hondo en mi embebido cuerpo.

Como todos los mortales, arrastré al santo redentor hacia mis propias
aguas, hacia los vericuetos de mi profesión, lo hice imagen y semejanza,
reencarnación de mi ideas, muñeco voodo (Chile), barbie y ken a la vez,
Topolino con sorpresa, huevito kinder, promoción de desodorante y
suavizante para lavarropas Garlopa, anuncio de navidades de perfume o
champagne. Toda una obsesión.

Se que no es racional ni justo dejarlos sin los detalles preliminares, pero
mentiría si no confieso que escuché hablar por primera vez de Cacarulo
entre los ruidos-vientre de mi madre. Junto con las canciones de Burt
Bacharach y Art Garfunkel, la marcha peronista y los goles de la selección
argentina.

Pero si quieren precisiones, si quieren un vano dato histórico, podría
admitir que la historia llegó por primera vez a mis manos gracias a Eulario
D.D. Torral, aquel excéntrico productor de cine proclive a toda clase de
excesos desde las inyecciones de mostaza rebajada a las fiestas con
aborígenes de las Islas Caimanes. Un petit burgués de esos que ya no
quedan.

Lo conocí gracias a mi amigo (su amigo) Onetti. El ambiente no era el
propicio pero los licores fomentaron el vago recuerdo de las discusiones
teológicas del club de la Rancia Le Decce II, aquella trashumante vaga y
descarada que había reunido a su alrededor a cierto séquito de leguleyos
trasnochados y ociosos que le enseñaron las tretas del último arte (no
recuerdo bien cuantos hay).

No se si voy a ser exacto, pero si mal no recuerdo los acontecimientos,
creo que mis peripecias en búsqueda del verdadero intríngulis sobre el mito
de Mario Cacarulo terminarán por describir detalladamente a los ocho
integrantes de aquellas noches fatigadas. Dos de ellos montarían aquella
empresa productora que filmaría su primera epopeya cinematográfica en el
astillero de Onetti, sobre la costa del río Uruguay.

Un antro de contrabandistas y mercachifles, traficantes de tostadas,
balseros perdidos del Tigre y esporádicos lustrabotas.

Además de Onetti y Torral, estaban el segundo socio, Nacho San Juan
(zoólogo arrepentido y científico frustrado) y el contador Ortega, un
zurdito neoliberalizado y tendiente a la pedofilia.

Las altas horas de la noche permitían no sólo medir las cantidad de
botellas de licor de guayaba consumidas sino también la concurrencia al
astillero (que por amortizado, despreciado, post-industrializado y no
monopolizado (además de diabético) funcionaba ahora como bar (sala de
ensayos, teatro y set de filmación de la productora Ana Grama 2x). Sólo
quedaban los mencionados y el borracho de turno que entre murmullos
canturreaba su canción preferida, cuyo estribillo repetía: la cultura no
vende Florentino, la cultura no vende cha cha cha.

En realidad la discusión comenzó en torno a la canción. Nacho San Juan
mencionó al pasar que ese tema de Tzisa Varela sonaba en sus tímpanos como
la rompiente de un mar de efervescente y digestiva nostalgia. El elogio
poético a la diva de la canción guatemalteca levantó la sonrisa de Onetti y
Torral. Ambas de curso antagónico. Onetti sonreía porque era su costumbre,
su vicio y su fórmula de ventas al por mayor. Torral en cambio lo hizo de
manera socarrona, displicente y agrandada.

--Le traerá muchos recuerdos la melodía Dr., pero la canción es de Alina
Iván y las Tartas de Chocolate --le corrigió Torral a San Juan.

Onetti y yo nos reímos a carcajadas ante la mención de la máxima estrella
del tango rumano. Con esa intuición y conexión actoral que nos había
vinculado desde el año 78, los dos mentimos adrede otorgándole la autoría
del tema a Arrevalo Sierra, el cantautor cubano cuyo único pecado había
sido exagerar la pronunciación de las erres. Una maldita costumbre que
nunca le dejó superar la popularidad de Silvio Rodríguez, ni de sus ídolos
occidentales Bob Dylan, Van Morrison y Elliot Murphy . Hubo un ying y un
yang en esta actitud por parte mía y de Onetti. El ying: Con un tercero en
discordia, la pelea pasaría de un duelo frontal a una arena romana: todos
contra todos. De esta manera evitaríamos un enfrentamiento entre Torral y
San Juan y salvaríamos a la productora Ana Grama de la muerte por disección
y su consecuente defecación en las finanzas del astillero. El yang: Nada
más delicioso que aquel par efervorizándose con vanas dialécticas y con un
paquete de pastillas de menta en el bolsillo.

De todas maneras no esperábamos la reacción en cadena, el efecto colateral,
la cuarta bandeja de empanadillas de atún:

--No podría decir a ciencia cierta quien compuso la canción pero a mi me
parece una tonada de Joe A y los Cinco Bascos Fresa -opino con las humildad
y parquedad que lo caracterizaba el contador Ortega mientras se pasaba por
la cabeza su loción para la caída de cabello. Entre el grupo de heavy metal
europeo, la diva guatemalteca, el ignoto cantautor (luego tenista) cubano y
la dama del tango rumano, las cosas se estaban poniendo de un complicado
claroscuro intransigente.

El gallego González rascó la corteza más densa del conflicto y con un
chiflido profundo, de esos que sólo un barman puede dar a la peña
alcoholizada, le preguntó al borracho que se escapaba por la puerta ante la
inminencia de la contienda:

--¿Que estabas cacareando huevón?

--Cacaruleando dirá- esgrimió ofendido San Juan

--Señores --se despertó Onetti asustado de la borrachera-- No es lugar ni
momento para hablar de ciertas cosas. Mejor no hablar de ciertas cosas. La
mosca en la sopa rasga la oreja y nos desgarra como maullido de fiesta de
cumpleaños, como casamiento de torta bisiesta, como moco de pavo, como
desgranado y descarnado ímpetu de juventud. Ni las siestas ni las resacas
vividas permiten semejante descaro.

--Sabrá usted disculpar- se excusó San Juan

--Miré que invocar a Mario Cacarulo en semejante antro de perdición --se
quejó Torral.

Paso seguido, esgrimió una cara de ofensa que podría haber sido merecedora
del Oscar (al fin y al cabo todos somos actuaciones) si no fuera porque un
español no ganaba la dorada estatuilla desde que Grecia había invadido
Mauritania y Almodovar se había casado con el príncipe Felipe. Eleno "Lucy
in the Sky with Diamonds" Zaragoza (h) (de hijo) no cuenta, porque para el
año en que ganó el premio de la academia, Santutxu ya era independiente y
contaba con el apoyo diplomático de ochenta y siente países de la NONU.

¿Quién diría que Ortega con esa parsimonia capitalista había sido militante
(y hasta dicen que importante líder (según mis fuentes 2x) del ejército dos
gudaris do Santutxu xeibe. Un vital miembro de aquel ímpetu revolucionario
que le dio al pueblo vasco un poco de su propia medicina. En realidad no se
que fue primero, si la independencia de Santutxu, del País Vasco o de
Vizcaya. De todas maneras aún tengo pendiente la investigación sobre la
vida de Boliña Gogain, independentista checoperuano, terrorista entrenado
en la guerra de Taiwan, guerrillero a sueldo y principal responsable de la
independencia (no se bien de cual de las tres). Eso y el reportajillo sobre
el gran pelotari vasco, el zurdo Belen Annef, o el excelso basquetbolista
Gregor Jacia casi que justificaría una visita al País Vasco para tomar unos
mates con mi amiga Gurende Atzam Arizni, taza de recuerdos del mundo antes
de la debacle financiera del 48 y directora del V Ace Town delle Socorro en
su versión en euskera. Creo que podemos citar eso como una de las ventajas
del monopolio periodístico del Ace Town (abreviatura entre empleados para
citar al primer periódico en tirada mundial, algo así como el
DeustchBBVATelefónicaPatagon.com, pero en su versión de imprenta): no
importa en que callejón del mundo uno se encontrara uno siempre estaba en
casa y acompañado por colegas de trabajo.

Deudas informativas al margen, lo cierto es que la disculpas de San Juan no
sirvieron para que dejara de volver a resonar en mi aquella pregunta
existencial, neurálgica, neurológica e implacable que me perseguía desde la
infancia: ¿Como marca Cruyff los goles?. Me acorde del pobre periodista de
Citizen Kane y su guía telefónica de segunda mano. La cuestión de
convertiría entonces en una obsesión periodística para mí. Desentramar el
mito de Mario Cacarulo. Eso o la vida.


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4/David Wapner: Marmoroso
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a. Marmoroso

Orgullo de las olas, sustento de medusas: marmoroso del centro hacia afuera.
Deposito de sal, asesino de arterias: marmoroso de los barcos de madera.
Habla sólo cuando está solo: que mar tan raro que nunca habla, marmoroso.
Ya llegaron todos de la mano: abre tus fauces, ponte los dientes, trágalos
si puedes.
(Marmoroso)



b. Bambolón

Bien esperado, hombre que se pierde, parte que se encuentra, sin vida.
Refrán del que piensa, semejante a un pie, quemado tan pie.
Ay de los lamentos. ay del gran timpán, ay del bambolón:


(Bambolón se lamenta
en la calle que cruzó,
llegado al cordón
con el barro hasta el cuello,
cogote bambolero,
también la lengua afuera,
qué cuadro perfecto.

Bambolón la boca abierta,
nuevo diente por caer.
Bambolón al mar,
no nada porque quiere nadar.

Justo el agua entra,
canción del Bambolón:

"Ay de los lamentos,
ay del gran timpán,
ay del bambolón:")



c. Rafalón

¿Eran sus horas
más largas que años
y todas sus horas
caían del reloj?



Del reloj que sobra en su mano
y gira porque cumple
con lo que exige la pila
y nada más.


Qué saben del que reza
con la barbilla hundida en el barro
y luego levanta los ojos al cielo
y pregunta si alguien
reza por él



Quien sabe qué respira
aquel que siempre se ahoga:
quizás exista algo
que él confunde con aire



¿Y el que abraza al otro
porque no mide distancia
y el que es abrazado
porque no tiene medida?



Quien se jacta de erecto
nunca dirá "padezco un suplicio"
y nadie le dirá
"pobre erecto,
quién por dónde te trinchó"



Por mútuo acuerdo
el uno es garante del otro:
no avances, no retrocedas.



Hay quien cree todo esto.


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5/Ana Camusso: Chino con autogestión
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Chino exhala mucho más de lo que inhala y crea chinos fuera de control.
(Abrir archivo adjunto)


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C o r r e O
E x t r e m a f i c c i o N

Es un envío mensual de ficciones

Idea y dirección:
David Wapner

Equipo:
Israel: David Wapner, Ana Camusso, Chiflón. Argentina: Ezequiel Alemian,
Sebastián Bianchi.
Colaboran en este número: Tomás Astelarra (España); Pablo Cruz Aguirre
(Argentina).

Usuarios de Windows: Correo Extremaficción está generado en un procesador Mac de vieja manufactura, por lo tanto, es probable que en lugar de caracteres acentuados con tilde, letras "ñ" y signos de expresión, se visualicen signos o combinaciones curiosas. Si esta transformación les resultare molesta, háganoslo saber y veremos, veremos.

Colaboraciones, enviar a:

vafner@shani.net 
basty72@hotmail.com 

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© 2000 David Wapner






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