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Sumario
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1/Advertencia
2/Gabriel Yeannoteguy: Siete señoritas en el biógrafo,
o sentadas en el biógrafo
3/Advertencia
4/Fulvio Franchi: El aburrimiento (Segunda y última entrega)
5/Sebastián Bianchi: El trazado Luro-Matanza (Segunda entrega)
6/Advertencia
7/Ana Camusso: Chino mareo pop
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1/Advertencia
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"Valesospirín", del 100 y 200 mg, ha sido sustituído por "Colatrix", droga
de nueva generación que viene en presentación de 20 y 40 comprimidos en
idéntico miligramaje. "Valesospirín" ha sido considerada droga peligrosa,
por lo cuál se la ha retirado del mercado. Si bien es muy difícil de
constatar, se ha atribuído al "Velesospirín" la desarticulación de los
miembros en cientos de pacientes quienes habían sido medicados a causa de
procesos inflamatorios en las articulaciones. Aún no se sabe, por tratarse
de un medicamento nuevo, que derivaciones podría tener el uso del
"Colatrix", por lo que se recomienda un consumo prudente y guiado.
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2/Gabriel Yeannoteguy: Siete señoritas en el biógrafo,
o sentadas en el biógrafo
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Presentación (de) esquema
el ABC
Vamos, las imágenes bonitas,
hechas -aunque mis ojos ya no los miren-
para los perros y sus señoritas,
que siempre nos miran y nos sonríen.
Los perros son siete,
y tales sus señoritas,
¿Cuál será tuya?
¿Cuál mía?
Si acaso nueve,
si acaso veinte,
pero las señoritas
son sólo siete.
Que siempre nos miran y nos sonríen.
Siete señoritas sentadas en el biógrafo, o en el biógrafo.
(O viceversa.)
(Nadie versa sobre ellas,
sólo el biógrafo.)
(biógrafo.)
(biógr.)
(bió.)
(vió?)
(nadie versa.)
(vió?)
1 - Tratado sobre Sofía
Donde se cuentan las aventuras que agobian al relato al relator al lector
del relato
Latoso:
imágenes robadas
bostezos gritos de cuerpos
que me esperan
o sólo es el mío
y la natural prestancia
se pierde para ejecutar
los actos concernientes
dirigidos a enmascararse
-cómo ajusta esta celda,
estoy perdiendo la línea-
(o la costumbre, dijo)
2 - Julia oye, luego sale.
feos teos & toses
Julia
en la barandilla del balcón
mira a los pálidos transeúntes
monoteístas et poliateos
viviendo en orientes & occidentes
oye
los sus gemidos
blandos et fríos
mas son baldíos
los sus esfuerzos
por quedar prenda
en la danza lenta,
luego
Julia licencia
despabilando
e iluminando
se en su martirio
vuelve creyendo
e interfiriendo
se en su camino
sale
a la desvaída noche
de la ciudad.
3 - Sola y tus piernas.
Discurso sobre Leitmotiv el Discurso de sobre Ley motiva un Discurso
Y a Sabrina le hablaron de tú, algo así como:
Bailando mareas,
te alejas,
nos dejas.
Seguirás sola
bailando,
sola y tus piernas.
Y algo así como en un bolero (o en un pasodoble dicen otros):
Estarás
sola bailando,
estarás
sola y tus piernas,
estarás
apenas viviendo,
estarás
en silencio. (uh, uh.)
(danza sola)
(es
una) (danza sola)
(ella)
Ella se ha reído de esto y de algo más también, pero de noche todos nos
parecemos, dijo. Aún así:
Seguirás
sola bailando,
sola y tus piernas.
Alejándote. (bye)
(¡y pega la vuelta!)
(cómo pega)
(Sabrina sonríe, suspira resignada. Continúan el canto. Es cierto, piensa,
pero yo los seguiré observando desde acá.)
4 - La tarde.
cae cae en el jardín de Medusa cae cae
Blanca, en una habitación blanca. /
Todo lo
alquila al más ignorante de los seres y al final ella se sienta y toma del
vaso más cercano. / Y fuma el cigarrillo de ayer, pone un disco. El sol
enrojece el edificio de enfrente. Todo está quieto, frío, exacto: los
muebles, las paredes, los libros. / Y ahí en el centro de su mente la
esperanza de que la puerta se abra o de que algo se mueva para dejarla
respirar e incorporarse.
/ Es en ese momento cuando el teléfono suena solo, allá, en la otra
punta de la habitación. No puede ir a contestar, la tarde la tomó
desprevenida.
/ Se quedó sentada.
5 - Quinta señorita.
En lánguida posición no extrema posición de quinta ni huerta posición
Sonia
de miedo.
Que camina delgada silenciosa.
Sonia
lóbrega.
Que estremece pálida, blanca.
Sonia
de oro.
Que ríe con permiso y muerte.
Sonia
déspota.
Que venga a sus palabras y desgaja.
Sonia
de ahora.
Que me mira y carraspea.
Sonia
estúpida.
Que mastica la verdad en su discurso.
Sonia
de miedo.
Que camina delgada de silencio.
6 - Penúltima.
Advertencia: Se supone demasiado
{[(Y Celia que se desenreda y me deja pasar.)] calor allá afuera eh (Los
colectivos explotan rugen.) niñamujer qué esperás de la ciudad que te ame
(No tan niña, resuelta, se encierra en el cuarto.) golpear no es preciso a
esta altura celia faltan muebles celia? [(Se los llevó, o se los llevaron.)
Afuera irrumpe la semana en un estruendo. Pero eso está muy afuera. Ella no
lo alcanza a oír.] soy sola [Ya no habrá viaje a Praga, a Budapest, no
habrá viajes (nunca los hubo), habrá uno solo,] y por qué no apresurarlo
[decís. Abrís la puerta con un crujido (¿o fueron tus huesos?) y me mirás]
eh chau niñanciana [y otra vez en la vereda (yo). Me aparto de la entrada,
te comunico, te grito.]}
{[Mi omnisciencia me profetiza el llanto repentino y repentino arrojo
hacia la calle, el suelo (la ciudad), de tu parte.] oh [No hago más que
mirarte caer. No hago más que eso.]}
{[Y todavía sonreís, cándida, (aplastada).] celia celia [(Como en la foto
esa que me gusta tanto.)]}
{[(
7 - Siete epitafios para la tumba de la señorita Alicia.
Tachá el FIN psicótico vos el FIN vos tachá
I
Volviendo como siempre
al truco de creer que estaré bien
aquí. (volviendo
como siempre
al
truco de creer que estaré bien
aquí)
VOLVIENDO
II
El rencor / óxido vital. Invita a la danza.
Ella (se) invitó.
III
Servidle a quien os sirva / ya no hay de mí lugar donde ir.
IV
grita grita
pero las estatuas no gritan
no si están muertas no
grita n o
V
BrevedaD
LanguideZ
RetóricA
barata/
VI
Dirán ustedes: se ha equivocado.
Cierto.
En creer estar viva. No ahora -claro- sino siempre.
VII
y la Verdad (?) es que parecía una estúpida, ella, la autocrítica, la
circular, ella que las mira a las demás con desprecio, ella, tan alicia que
no es menos que alicia (ni más que sonia o cualquier otra -otra cualquiera,
una cualquiera-)
Epílogo
Último juego última parada estación terminal para la fuga YA
En la pantalla del biógrafo, dicen:
Eran las imágenes bonitas
para los perros y sus señoritas,
que tal vez nos miran y nos sonríen.
[Plano aéreo (verde mucho verde árbol)
y funde en negro.]
(negro.)
(ngro.)
(nro.)
(número negro nueve veinte
SIETE.)
Que tal vez nos miran y nos sonríen.
(Siete)
(señoritas)
(en)
[[[[EL BIÓGRAFO]]]]
o viceversa /
nadie versa sobre ellas
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3/Advertencia
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Advertimos a los usuarios de "Colatrix" que se ha detectado una falla en el
proceso de elaboración de la droga, por lo cual se sugiere suspender su uso
hasta que la comunidad farmacológica determine si este medicamento es
viable o no. Quienes hayan consumido entre 200 y 400 miligramos diarios no
deberían preocuparse; quienes, en cambio, lo consumen en dosis altas (800 a
1600 miligramos por día), se les sugiere anotar cada hora en una libreta
una descripción lo más exacta posible de su estado general.
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4/Fulvio Franchi: El aburrimiento
(Segunda y última entrega)
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El hombre dormita en su silla. El sol le pega en la cara, conjurándose con
el whisky para abatirlo. Su cabeza se reclina sobre el pecho, tocándolo con
la barbilla mal afeitada. Las piernas, estiradas, se apoyan en los talones
sobre las alpargatas descalzadas. Viste sólo un pantalón blanco de trabajo.
El sol se refleja en las gotas de sudor que se acumulan sobre el cuello y
caen sobre el pecho. Para dormir, se ha cruzado de brazos después de dejar
el vaso de whisky, que tomó por la mitad, junto a la pata de la silla. Su
sombra, reflejada en el muro blanco, va creciendo lentamente. Pronto el sol
se esconderá detrás de los altos eucaliptos y todo el fondo de la casa
quedará en sombras. Pero el tiempo no pasa tan velozmente. El hombre no
consigue dormirse y se remueve en la silla. Sin variar de posición, mueve
las articulaciones buscando una mejor ubicación, pero una vez que la
encuentra no dura mucho. No pasa mucho tiempo hasta que vuelve a
inquietarse.
Si me acuesto en la cama me quedo dormido. Si me quedo dormido a la noche
no puedo pegar los ojos y la noche se hace interminable, aunque su silencio
tenga una belleza que la tarde no tiene. El silencio de la noche es limpio,
nítido, casi se lo puede ver. En cambio, el silencio de la tarde parece el
silencio que antecede a las tormentas. El silencio de la noche es un
silencio de pájaros dormidos. El silencio de la tarde es un silencio de
pájaros muertos. Es un silencio siniestro.
De noche, el hombre que no duerme piensa. Hace planes, y el arte cosquillea
a la mente para que ésta haga mover las manos. Sin embargo, uno desea
dormir y hasta que no lo consigue se siente incómodo. A la tarde, uno no
quiere dormir, pero el cansancio lo vence. Y nada nace de estos silencios,
sólo una angustia por la soledad y el indeseado descanso.
El hombre se resigna y lentamente abre los ojos. Observa entre las sombras
de los árboles y los troncos superpuestos que el bulto blanco de una
persona pasa por delante de la casa. Enseguida desaparece. Los pensamientos
fluyen discontinuos, el ritmo del aburrimiento. El sudor recorre sus
miembros, a la vez que se ha hecho la imagen del comedor, del libro que
hace semanas ha comenzado a leer, a la vez que la intención de levantarse
ha atravesado, con la velocidad de un rayo y con su calidad de efímero, sus
músculos. Pero no se ha levantado, y esa intención, junto con esa imagen,
junto con esa imperceptible corriente de sudor, ruedan eternamente en el
espacio muerto de las intenciones humanas. Tan rico es el pensamiento
humano, que describir un hecho suyo tan infinitesimal resulta tan difícil y
requiere de tantas abstracciones. Y tan pobre es a la vez que puede ser
incapaz de generar un movimiento, de producir un menor cambio en el
universo.
El libro descansa, abierto hace días en la misma página, en el tope de una
fila de objetos que juntan polvo sobre sus superficies: diarios, papeles
sueltos, sobres, bolsas de supermercado que a la menor corriente de aires
crujen, sugiriendo la presencia de algo vivo. Junto a la pila de objetos,
un puñado de monedas de mínimo valor desperdigadas refleja la luz vacilante
que logra atravesar las tiras plásticas de la cortina y penetrar en el
cuarto penumbroso. Resulta fácil imaginar qué poco actúan las fuerzas
externas sobre esta geografía.
Sin variar en demasiado su posición, el hombre levanta el pocillo de
whisky. Bebe un sorbo, pero el sol, que pegaba de lleno sobre él, ha
convertido al trago en un líquido viscoso y caliente. La tibieza, en
extremo dulce, le repugna. Escupe sobre la tierra el resto que tenía en la
boca, pero otro tanto ha pasado por su garganta y extiende su asco por el
organismo.
El hombre se levanta y camina hacia la canilla que gotea desde el muro de
la casa. Abre el grifo y un torrente de agua invade con su estruendo el
pasmo de la tarde. Deja correr el agua unos segundos para que se enfríe. El
agua desciende directamente por un caño, se agolpe en el interior de la
canilla plástica y cae en un chorro abombado, desprolijo. Luego, tras
formar un charco de barro junto a la pared, se dispersa en innumerables
canales hacia el resto del jardín, siguiendo la dirección de la pendiente.
Se pierden los canales de agua entre la resaca gris de los pinos y la
tierra. Poca es el agua que llega hasta los dos naranjos y el limonero, más
allá de los pinos.
El hombre enjuaga la tacita y luego se agacha para beber directamente de la
canilla. Debe abrir sus piernas e inclinarse trabajosamente, flexionando
las rodillas. Forma un cuenco con su mano libre para beber. Lo hace
largamente. El paso del agua por su garganta se refleja en la oscilación
de la nuez del cuello, que sube y baja rítmicamente. Una máquina de beber.
El vientre se abulta sobre el pantalón, y las gotas de agua salpican sus
costillas marcadas. Satisfecha su sed, interrumpe el caudal y se incorpora,
aprovechando el agua que salpicó su rostro para echar el cabello hacia
atrás con la palma húmeda de su mano libre.
El perro color canela, que dormitaba en el fondo, a la sombra del techo de
chapa del galpón, y que se había sobresaltado, irguiendo sus orejas y
estirando el cuello al oír el estruendo producido por el agua, se incorpora
lentamente, estirando sus miembros entumecidos. Levanta la cola y echa el
peso de su cuerpo sobre las patas delanteras, que se estiran temblando
levemente. Advierte que el hombre se dirige hacia el interior de la casa y
atraviesa el jardín en esa dirección. Sus pasos, ensordinados por el
contacto de sus plantas muelles sobre la muelle tierra, no hacen ruido.
No obstante, el estruendo del agua ha agitado la vida latente de la casa.
Algunos pájaros se arremolinaron en las altas copas de los pinos y los
eucaliptos, y descendieron hasta el charco de agua, donde ahora beben y
agitan sus alas refrescándose. Batieron sus alas durante algunos instantes,
mientras el hombre se refrescaba, y alguno hasta trinó. A pesar del
alboroto, el hombre hubiera jurado que, con la excepción del chorro de
agua, la casa permaneció en silencio durante todo ese tiempo. Cuando el
perro pase, salpicando con sus patas torpes, dirigiéndose hacia la casa
tras los pasos del hombre, sobre el charco, los pájaros se dispersarán
volando hacia las copas de los árboles. Se elevarán hacia las ramas más
oscuras, las más frescas, a esperar una nueva ocasión de bajar.
Si hablase, el perro también hubiera jurado que, con la excepción del
chorro de agua, la casa permaneció en silencio durante todo ese tiempo.
Apenas advirtió la presencia de los pájaros.
Pero el perro no habla. Y además, poco se interesa por los pájaros. Un
canino propósito lo impulsa, desconocido, inaccesible para los seres
humanos. A sus costados, como desplazándose por las pantallas de un juego
de computadora, se cierran y se abren las perspectivas de su camino. Se
desplaza por las geografías como por una sucesión de dibujos lineales y
sensaciones perrunas equivalentes a nuestras ¡hambre!, ¡frío!, ¡sueño!,
¡cansancio!, ¡deseo!, ¡alegría!. El perro se mueve con dignidad por los
paisajes del aburrimiento. Con impensada decisión, ocupa su centro. El
centro es siempre él mismo. Sólo cambian las sensaciones. Así, el animal
cree que obtendrá algo del hombre: comida, caricias... pero apenas ingresa
en la fresca oscuridad del interior de la casa, advierte la vanidad de sus
expectativas: lejos de la luminosa ¡pantalla! de la cocina, de su
territorio de la saciedad, el hombre ha realizado un acto absurdo,
incomprensible: se ha detenido junto a la mesa de la ¡pantalla! oscura y,
de pie, en una posición que no hace más que demostrar su infinita
superioridad de homo-erectus, tiene la mirada fija en un objeto plano,
rectangular, cuyo volumen varía a medida que lo manipula. El hombre no
parece tener ojos para él, el perro; por lo tanto, al no haber nada que
esperar, se hecha junto a la mesa, no sin antes expresar su disconformidad
con un breve pero lastimoso quejido. El perro advierte gestos y reacciones
en los hombres que para los demás hombres pasan completamente
desapercibidos. Al emitir su quejido, el hombre se paralizó durante un
instante, como haciendo un esfuerzo por no acudir a su llamado. Ese pasmo
dura un segundo, después del cual el hombre sigue con la atención fija en
su extraño objeto.
El perro me llama. Hago de cuenta que no lo escucho, quiero seguir leyendo,
empezaba a meterme en esto, querrá comer... si comió a la mañana. ¿Es que
no tiene otra cosa en que pensar? A ver, dónde fue que creí entender...
Sin mover la cabeza, desde su posición yacente, medio cuerpo bajo la mesa,
el ojo del perro sigue el vuelo circular, de destino vacilante pero de
impulso seguro, de una mosca. Quizás la misma mosca que, un rato antes,
rompió el silencio de la tarde. Quizás, otra. Finalmente, el hombre se
decide, y, sin dejar el libro, arrastra una silla hasta su posición y se
sienta. Sin premeditación, su posición es estratégica: es la zona del
cuarto donde llega mayor claridad y, además, su posición cerca del modular
lo mantiene cerca de la botella de whisky. Estira el brazo, como si se
hubiera sentado allí a propósito, como si conociera de memoria las
coordenadas del whisky, y alcanza la botella. Bebe un trago directamente
del pico y deja la botella sobre la mesa. Promedia la botella, el líquido
amarillo llega a la mitad. Con dificultad ingiere el whisky, que le produce
una ligera sensación de asco, pero cuando llega al estómago se siente bien.
Es rico, no hace falta el helado. Un whisky bueno. Un whisky de regalo. A
punto de abandonar el libro, su pensamiento se dirige nuevamente a la
botella de whisky. La empezó esa mañana y ya desapareció la mitad. Debe
estar haciéndole efecto el alcohol. Quizás sea por eso que no puede
concentrar la atención en lo que trata de leer. ¡Pero ayer no tomé!,
recuerda. ¡Y tampoco fui capaz de leer una página!. La mosca pasa delante
de sus ojos. Trata de seguirla con la mirada, pero se pierde en el fondo.
De golpe, la ve posarse en el borde del plato donde el helado ha terminado
de derretirse. Camina lentamente. ¡Anteayer, tampoco!
La espanta con un movimiento de la mano. La mosca vuelve a ganar el espacio
aéreo y da unas vueltas, floreándose con su pericia. ¡... y no leí!. Vuelve
a posarse sobre el plato. Sólo puede ver a la mosca suspendida contra el
fondo celeste de la mesa. Una vez que cambia de fondo, se guía por el tenue
zumbido para adivinar su ubicación. Repite el experimento un par de veces
más, hasta que comienza a sentirse un imbécil. Fija sus ojos, decidido, en
las líneas del libro. Se propone leer un párrafo completo, y, para cobrar
coraje, bebe un sorbo de whisky. El gusto fuerte descompone su expresión,
como si barajase los músculos de su rostro y los desparramase sobre una
mesa. Sacude la cabeza, y piensa cuándo se va a acostumbrar al gusto del
whisky. En cuanto la sensación de asco desaparece, dejando sobre las
paredes de la gruta de su boca un bienestar balsámico como una canción de
cuna, el hombre toma el libro con decisión, vuelve hacia atrás las páginas
leídas hasta la primera, la del título, y empieza a leer extremando su
atención. Silabeando como un escolar lee el título.
A continuación, después de dar vuelta la página, comienza la
¡Introducción!, que resuelve saltear. La mosca ha desaparecido, y siente
que la oscuridad ha crecido. Deben ser las seis, piensa, pero se queda
sentado. Cruza las piernas, o mejor dicho, pasa su pierna izquierda sobre
la pierna derecha, y la pierna derecha por debajo de la izquierda,
realizando ambos movimientos a la vez, para quedar sentado ¡como las
mujeres!, según su abuelo. El le había explicado, cuando era un niño, que
las mujeres cruzan las piernas de esa manera, en tanto los hombres lo hacen
apoyando el tobillo o la parte de la pierna adyacente al tobillo sobre la
rodilla de la pierna opuesta, ¡formando un cuarto!. Cada vez que, sin poder
resistir la tentación, se sentaba en la cómoda posición ¡femenina!, el
hombre recordaba las palabras de su abuelo.
Los ruidos habían ido en aumento mientras el hombre se debatía contra los
fantasmas de la abulia. Observa que, a fuerza de salvar títulos,
introducciones, acápites y dedicatorias, va por la página 7, donde comienza
el capítulo 1, pero todavía no ha leído prácticamente nada. Vuelve a la
Introducción que había decidido saltear, mientras escucha el ruido que hace
el motor de un auto, que acelera hasta perderse. Se detiene en un acápite
que, realizando un esfuerzo de concentración, consigue terminar de leer.
¡La culpa, querido Bruto, no está en las estrellas, sino en nosotros, que
somos infieles!. No lo entiende, pero le gusta. Lo lee en voz alta.
La culpa, querido Bruto, no está en las estrellas, sino en nosotros, que
somos infieles.
Fue su voz. Su voz, que ha sonado ajena, importada, en ese contexto de
silencio. El perro para las orejas y lo mira. Por fin. Por primera vez en
la tarde la mirada del hombre y la mirada del perro se encuentran. La
coincidencia los pone felices a ambos, y cada uno lo celebra a su manera.
El perro levanta la cola, y la hace oscilar, una o dos veces. El hombre lo
mira, deliberadamente, y le dice:
La culpa, querido Bruto, no está en las estrellas, sino en nosotros, que no
somos fieles.
Al oír la voz del hombre dirigida a él, el perro empieza a mover la cola
con celeridad. La cola del perro transmite su alegría.
En el otro cuarto de la casa, de golpe, un estallido resuena como un cucú
que, con puntualidad, parte al medio el tiempo. Es el ruido del televisor,
encendido de golpe, con vehemencia digna de otros territorios. Pero nunca
de esa casa ahogada en el silencio.
Por fin, el hombre se levanta. Arrastra un poco la silla contra el suelo al
realizar el movimiento, y se encamina, lentamente hacia la cocina. De
pasada, abandona el libro sobre la mesa celeste. De repente, siente un poco
de frío sobre la piel, y el vello de sus brazos y de su pecho se eriza.
Como un dios que se despierta de su letargo, decidido a repartir premios y
castigos, repite su máxima a medida que su cuerpo desaparece del cuarto.
La culpa, querido Bruto, no está en las estrellas, sino en nosotros, que
somos infieles.
El perro se despereza a la vez que se levanta. Bosteza largamente y, ya en
pie, sigue los pasos del hombre hacia la cocina.
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5/Sebastián Bianchi: El trazado Luro-Matanza
(Segunda entrega)
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Antes de que los marcianos construyeran las naves para invadir en el
planeta, debíamos pensar las estrategias para desbaratar ese artificio. La
arquitectura es una forma de administrar el tiempo adentro del espacio de
la obra. Se habita en el sintagma, del paradigma sólo se infiere el estilo
del escritor. Si el arte clásico remite al arquetipo de simetría, el
romántico lo rechaza y avanza por pasillos de coherencia inventada después.
A partir de la escuela racional la función trazó la directriz del proyecto.
El edificio surgió despojado de cualquier ornamento, era nada más que un
tabique cuadrado para vivir. En el reverso y el resto hallaba el dueño la
naturaleza y avanzaba sobre ella.
Acá la Provincia de Buenos Aires fomentó el trabajo de un arquitecto
importante y para nada conocido. Mejor dicho, ahora lo es, porque el Centro
Cultural Borges ha organizado una exposición en su honor que lo desnuda
frente al público. Francisco Salamone nació en Catania, Sicilia, en 1897.
Se radicó en nuestro país y a partir de la década del treinta empezó a
trabajar bajo las órdenes del entonces gobernador, Manuel Fresco. Sus
edificios públicos están diseminados en varios pueblos de la provincia.
Algunas municipalidades y cementerios cumplen aún con la función que les
dio origen, pero otros no. En Balcarce el matadero es una capilla y en
Azul, un hogar para perros.
En el ejercicio de la imaginación muchos artistas han dejado la vida allí
colgada, para que con el viento el capricho imprima algún contraste. La
piedra resiste más, pero no es el tiempo el que desgasta, sino el sentido
de quien mira sobre ella. A lo mejor el arquitecto lo sabía y al dar forma
a la consigna del gobernador optó por el camino más sencillo, el de la
denotación. La desproporción y el gesto decó que se atribuye a los
edificios denunciarían, no su estética, sino la ideología del cliente. La
pampa es chata pero el edificio puntiagudo, sobresale del paisaje y se
eleva hacia el sol.
El transcurrir del sentido o el recurrir a las palabras habían llenado de
ladrillos la narración. Los ñandúes y los pájaros ya eran tema del paisaje.
Apenas se movían, las cuadrillas de lectura desbarataban sus mecanismos y
luego lucraban con el significado de sus movimientos. Así fue como el
gaucho entendió al animal y después pudo atraparlo sin esfuerzo. Con los
años la cacería se tornó virtual. El signo salió en persecución del signo,
y luego de alcanzarlo desmontó, haciendo público, el símbolo que con su
poesía levantaban.
George Eliot, la gran novelista inglesa, había escrito alguna de las
páginas que leímos con el placer del niño que inventa una sintaxis y la
comenta en el barrio. Era ordenada de los pastos la verde e inconclusa
pradera. Había empezado del saqueo y guerra con los enemigos. Estábamos
vivos a su lado según la suerte dispusiera para quién tenía su dueño la
tierra grande. Nuestro jefe nos pedía silencio y en lo posible mimesis con
el paisaje. Tan parecidos quedamos que éramos los juncos, las torcazas y
las nubes risueñas.
El cariño, mientras tanto, había levantado un dique, una pared que me
sentía segura al apoyar. Un cuerpo ignorante de su peso es el síntoma
inmediato del amor. Lo descubrimos juntos, me levantó por el aire y salí
volando. Las personas, desde arriba, eran como puntos chicos entusiasmados.
De dos que se juntaron, Joaquín y Maggie, aprendí que aquello, la unión,
era posible. Los imité y me junté con quien ustedes ya saben, Juan Cruz
Beretta. Fue algo nuevo y diferente. No había como despertar a su lado,
contarnos cosas y morir estremecida al mínimo contacto. Él se reía de mí
toda desgreñada, con el olor de la almohada y el temor arriba de algún
sueño peligroso. Enseguida lo disipaba al miedo con la sonrisa que le movía
media parte de la cara, la otra quedaba firme pensando en otra cosa. O era
que le quedaba libre, digamos, de toda connotación de requerirlo un miedo
mayúsculo.
Con los fantasmas, con el enano y con el albañil uruguayo usó Juan Cruz la
cara entera el día que le conté. Una señora había dejado la hija para que
la cuidara. Las recomendaciones de la madre ocuparon buena parte de la
mañana, sino toda. El resto lo aprovechamos para conocernos la niña y yo.
Gustaba mucho de interpretar la música en el piano. Improvisábamos todo el
tiempo. Cantábamos y golpeábamos contra el piso. Era de verse en ella la
sonrisa y en mí la fiebre de semejante momento. Creo que de haberlo
imaginado me habría quedado corta, digamos, un poco tonta en mi ambición.
Pero a su lado lo cotidiano se volvía mágico y ensordecedor. No tenía un
instante para poder reflexionar las consecuencias de lo que allí estaba
ocurriendo.
¿Qué diría a su madre cuando volviese por la niña? Se la robaría, eso haría
definitivamente. La evidencia de una mútua felicidad sería mi respuesta a
toda súplica de su parte. El ataque no se hizo esperar, tomó el camino de
lo obvio: exijo, como madre, que la niña me sea devuelta. Mi negativa cerró
lugar a toda argumentación, no sería con razones que recuperaría a la hija.
Por eso, acto seguido, echó mano a la compasión. Por mi intermedio el
cinismo redobló su apuesta. Debía adularme aun a riesgo de salir derrotada.
El amor puede más que el orgullo, si es la maternidad la que se juega en
ese embate. Su lisonja, conmovedora, hacía bella la realidad con su
imaginación. En ese entorno de rica fantasía yo era el ser que la
naturaleza había designado para vestir sus alas. Puso agua en una fuente y
a través de ella mi silueta se perdió. Una ola, que creí inmerecida en un
principio, cayó sobre mi lomo y surgieron del impacto cristales duros,
transparentes, que valían mucha plata.
Nos vestimos con los trapos nuevos que la fortuna había regalado y salimos
de compras por la avenida principal. La carita de la niña resplandecía,
envuelta en un lino de franjas estridentes. Yo tenía puesto un spencer
mediano que llegaba por lo alto hasta los hombros. La de cosas que nos
dijeron en el subte y colectivo. Maggie me miraba pícara y asentía con el
rostro. En el mío el rojo pudor no sabía disimular y consentía, cada tanto,
con una risa angosta de mujer.
Entramos llenas de paquetes a una confitería del centro de la ciudad.
Quienes llaman a Buenos Aires la Reina del Plata ven en estos tristes
potreros algún pasado remoto de esplendor. Lo fue hace tiempo al
desembarcar Solís en la costa ignorada de un nuevo continente. Su misión no
era incorporar tierra para la corona, sino encontrar un paso que comunicara
el océano Atlántico con el Pacífico, recientemente descubierto por Balboa.
Pero a oídos de los conquistadores llegó la noticia de una fabulosa zona de
riquezas, hacia la cual dirigieron la expedición. Los detalles de este
trabajo pueden leerse en el informe que elevamos a la Dirección General de
Escuelas, en el que desarrollamos los puntos salientes para los talleres de
lectura municipal, y que lleva por título "George Eliot o de donde se
escapa El Pespir".
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6/Advertencia
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A los adoloridos que encontraban alivio a su padecimiento en el
"Velesopirín" y su sustituto "Colatrix", se les pide una cuota de valor y
estoicismo, o auto-control, al menos. A quien estas disciplinas no les
resultare suficiente y desespera ya, y está por matar a alguien, no será
posible contenerlo y solo queda esperar que haga el menor daño posible.
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7/Ana Camusso: Chino mareo pop
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Un chino advierte a través de sus anteojos un fenómeno espiral.
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C o r r e O
E x t r e m a f i c c i o N
Es un envío mensual de ficciones
Idea y dirección:
David Wapner
Equipo:
Israel: David Wapner, Ana Camusso, Chiflón.
Argentina: Ezequiel Alemián, Sebastián Bianchi.
Colaboran en este número: Fulvio Franchi, Gabriel Yeannoteguy (Argentina).
Usuarios de Windows: Correo Extremaficción está generado en un procesador
Mac de vieja manufactura, por lo tanto, es probable que en lugar de
caracteres acentuados con tilde, letras "ñ" y signos de expresión, se
visualicen signos o combinaciones curiosas. Si esta transformación les
resultare molesta, háganoslo saber y veremos, veremos.
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vafner@shani.net basty72@hotmail.com
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© 2000 David Wapner
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