Venturi Edgardo Martín

                     Argentina

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de Venturi Edgardo Martín

Crónica de un coleccionista de mujeres solitarias

" En realidad, uno no sabe que pensar de la gente. Si son idiotas en serio, o si se toman a pecho la burda comedia que representan en todas las horas de sus días y sus noches ".
Roberto Arlt

La fuente del siguiente relato es Manolo, único dueño del bar "Manolo´s", en Congreso. Como habrán advertido, el poco ingenio del hombre sugiere la veracidad del relato que compartiré con ustedes algunas líneas abajo y de las que no pretendo ser juez ni parte. Manolo carece de la creatividad del mentiroso, suficiente motivo para creer todas y cada una de sus palabras.
Para situarlos espacialmente sólo diré que el interior del bar es de estructura adusta, casi vulgar; típica construcción de los noventa, una década sin identidad. Híbrida. El ingreso, puro vidrio cubierto por cartulinas que publicitan las ofertas del día. El piso es de mosaicos blancos veteados tímidamente por líneas grises, iluminado desde una hilera de tubos fluorescente bajo consumo que laceran sin piedad los ojos de los parroquianos. Sobre las paredes laterales color durazno cuelga algunas macetas rojas con helechos y dos pequeños espejos que violan cualquier ley de simetría y buen gusto. Un televisor veinte pulgadas elevase sobre una heladera azul que publicita a la multinacional Pénsil. Principal consumo del lugar: café, cervezas y maníes; también durante el invierno. Tres estufas a gas y el hedor de las frituras entibian el ambiente. El rojo y blanco predomina con exceso; sillas, manteles, portalámparas, macetas y hasta la barra de bebidas combinan esos colores. Las mozas cambian por estación, simpáticas cuarentonas con poca ropa que todavía arrancan suspiros a sus clientes. Para entrar al baño, fondo a la derecha según la tradición nacional, hay que solicitar las llaves a Manolo.
Procurando evitar el aburrimiento del lector, sólo narraré los sucesos de los últimos dos viernes; aunque Manolo relató treinta y cinco, todos y cada uno con abundantes detalles.

- TRIGÉSIMO CUARTO VIERNES.

Acodado sobre la barra, Manolo aguardaba el ingreso de los miembros del grupo de los viernes, sus parroquianos preferidos, legítimos ocupantes de la mesa próxima al televisor en las alturas siempre sintonizado en Crónica TV. o en el canal de fútbol. Llegarían de uno en uno pasadas las once de la noche.
Mitra, la moza del lugar, sabía que no debían llevar la Quilmes tres cuartos hasta que el grupo estuviese completo; también sabía de sobra que su trabajo incluía tolerar piropos subidos de tono y alguna que otra mano de Manolo en su trasero. Uniformada con zapatos taco alto, minifalda negra y exceso de revoque, Mitra sonreía a cada parroquiano, especialmente a los jóvenes. Estos eran sus preferidos y de tanto en tanto alguno era recompensado con generosidad por la mujer; dos horas de sexo sin límites en el Hotel Bahía era el premio mayor. Tener menos de treinta años, originalidad en el levante y ojos claros eran los únicos requisitos exigidos por Mirta
Poco a poco ocupaban se las mesas del bar Manolos. La mayoría, solterones con miradas nostálgicas en busca de compañía femenina que pocas veces encontraban o parejas de amantes circunstanciales apurando la cerveza previa a una noche que prometía terminar en algún otee lucho del barrio; de vez en cuando aparecían grupos de jóvenes prestos a entonarse antes del boliche.
Aquella gélida noche invernal, Unión venció a Vélez dos a cero. Carbol fue el mejor entre los veintidós jugadores.
El primero del grupo en llegar fue Pedro. Morocho y enjuto por demás, cargaba con medio siglo mirando pasar la vida más allá de su nariz y una aburrida rutina de vendedor en una buhonería de Flores. Trajinando entre las mesas, el hombre saludó a todos con un rígido movimiento de cabeza. Al dar con la mesa reservada al grupo, esbozó un gesto que en otro hombre podrías definir como "chancero"; pero en Pedro no fue más que otro fútil intento por disimular su timidez. Detrás de él, con algunos minutos de diferencia, arribó Sheila; prostituta salteña radicada en Buenos Aires e inscripta en el Registro Civil cuarenta años atrás como Susana Beatriz Juarez. Mujer de carnes abundantes y cara redonda exagerada por el pelo corto, jamás vestía polleras que llegasen más allá de sus nalgas generosas. Manolo sonrió al descubrirla sentada, sus pequeños pechos confúndanse con el acordeón abdominal que los sostenía.
Pero faltaba al grupo su líder natural, el Turco, hombre al que tanto Sheila como Pedro admiraban incondicionalmente y no tenían empacho alguno en demostrarlo.
Al ingresar en el bar, el Turco montó su pequeño número teatral. Con el mismo traje de siempre, color durazno como las paredes, camisa blanca y corbata al tono, saludó a cada parroquiano con un suave movimiento de cabeza; sabías centro de todas las miradas y eso le agradaba. Caminó hacia la mesa con las manos en los bolsillos del pantalón y un cigarrillo hiperkinético entre sus labios trémulos. Personaje singular, considarábase a sí mismo un intelectual por haber leído veintisiete veces "Los lanzallamas", de Roberto Arlt. El Turco había memorizado con suma fruición algunas frases del escritor para seducir a las mujeres solitarias que engrosaban su colección. Según Manolo, aquel hombre bien podría haber sido Erdosain. 
Al caminar, el Turco observaba cada rincón del bar simulando especial interés, el ojo derecho semicerrado. Frunció el ceño cual gesto cinematográfico y avanzó echando el torso hacia atrás, al estilo compadrito de los años treinta.
Al dar con la mesa del grupo, saludó.
- ¡Salud, la barra!
- Qué tal, Turco - correspondió Pedro.
- ¿ Cómo anda mi coleccionista de mujeres preferido? - preguntó Sheyla, despertando una mueca de agrado en el rostro del Turco, hombre necesitado de elogios.
Manolo saludó alzando su mano desde la barra y Mirta depositó una Quilmes fría, tres vasos y un plato con maníes sin cáscara sobre la mesa.
Siempre sucedía lo mismo. Con el arribo del Turco estallaban carcajadas en la mesa; anécdotas, imprecaciones y sobre todo mentiras compartía el recién llegado con sus amigos. Ellos lo creían un poeta, un intelectual de buen vivir gracias a sus doscientas cuarenta hectáreas de tierra fértil en Venado Tuerto. El Turco ocultaba su vida rutinaria como vendedor de pochoclos en Plaza Francia construyendo el personaje que sus compañeros deseaban que fuera.
Después de liquidar la segunda cerveza, con casi todas las mesas del bar ocupadas y las noticias de medianoche en el televisor, comenzaba lo que todos esperaban. Manolo prestaba atención a cada movimiento del Turco. Mirta deambulaba entre las mesas bajo la irritante luz de los fluorescentes bajo consumo sin apartar la vista del grupo.
- Bueno, chicos, yo me tengo que ir a laburar - interrumpió Sheyla - pero antes quiero saber cual es la elegida para esta noche. ¿Cuál es, Turco?
- Eso, Turco. ¿Cuál es? - sumose ansioso Pedro.
- La ansiedad mata al hombre, y en este caso también a la mujer. Tranquilos, compañeros. El porvenir es triunfalmente nuestro - apuró el Turco citando a Roberto Arlt.
- Sos un filósofo, no hay dudas; pero yo me tengo que ir a laburar. El viernes que viene quiero detalles, ¿eh, turquito? Como aquella vez con la suboficial de policía, ¿te acordás? Esa que te pidió que usaras la macana. Qué chanchita, che. Yuta y degenerada. Bueno, me voy, el viernes me contás.
Pedro observó al Turco boquiabierto, no ocultaba su admiración por el coleccionista de mujeres solitarias.
- Y a vos, Pedrito ¿Qué carajo te pasa conmigo? No serás medio marica, ¿no?
- No, Turco, que ocurrencia. Me acordaba de algunas chicas de tu colección. ¿Te acordás, Turco? La bizca, la viudita, el travesti, la manquita. ¿Te acordás de la manquita, Turco? Qué mal dejaste a esa pibita, mirá que te las buscas raras, vos.
- De eso se trata, Pedro. De eso se trata. Lo mío es un estudio científico. Llevo un registro con las características y las reacciones de cada una. Soy sólo otro hombre al servicio de la ciencia.
- No digas, con razón. Sheyla dice que las buscas fáciles porque sos un cagón y vas a lo seguro, directo a las desesperadas; pero para mi que Sheyla está caliente con vos y no sabe lo que dice.
- Sheyla no entiende un carajo, Pedrito. Mal que le pese, a la final ella también es mujer y jamás entenderá este estudio científico basado en una teoría alemana; Materialismo dialéctico, se llama.
- Que inteligente sos, Turco. Siempre leyendo libros extranjeros.
- Además no le voy a dar el gusto de incluirla en mi colección. No le voy a dar un solo mango a esa gorda putarraca.
- Pero mirá si te va a cobrar a vos, justamente a vos.
- Da lo mismo. No reúne las mínimas condiciones técnicas que requiere el proyecto.
- Y por qué tienen que ser tan...especiales.
- Pedro, Pedrito. En las únicas que creo es en las que no tienen nada que perder. Hay que tocar fondo, revolcarse un buen rato en el fango, para entregar el corazón a un desconocido sin pedir nada a cambio.
Mientras el Turco introducía a Pedro en su proyecto científico, pasó junto a ellos una mujer que procuraba sin éxito ocultar su renguera con un vestido amplio y un andar pausado. El Turco la miró de soslayo. Era harto evidente lo acomplejada que estaba por esa pierna rígida que la sometía a un andar pendular. Pedro sonrió al descubrir el conejillo de indias que elevaría el nivel teórico-práctico del curioso proyecto científico de su compañero.
La mujer de unos cuarenta años, la misma edad del Turco, sentose en una mesa lindera. Mirta trajo la tercer Quilmes tres cuartos y palmeó la espalda del coleccionista de mujeres solitarias. "Trátela bien, Turco. Mire que es cliente de la casa". Luego se marchó moviendo exageradamente sus caderas hacia la barra y cuchicheó algo con Manolo.
El Turco volvió a utilizar la novela de Arlt para inventar una vieja historia de amor con una mujer coja. Pedro escuchaba con atención y envidiaba la experiencia que la calle y las mujeres habían dado a su compañero.
Después, todo sucedió como era costumbre. Antes de que La Coja (así bautizada por el Turco) hiciera el pedido, Mirta llegó con una botella de Federico de Alvear extra brut para la mujer solitaria. "Invita el señor de traje claro". El Turco saludó con gesto galante de culebrón venezolano. La Coja se entusiasmó. El Turco caminó hacia ella.
- Disculpame, ¿te puedo acompañar?
- Por supuesto, y gracias por el champán.
Pedro, Manolo y Mirta seguían la conversación con interés acodados sobre la barra. Apostaron. Los dos primeros fueron por el Turco; Mirta dudó y se jugó por el primer NO de los viernes, más lo hizo sólo por histeria corporativista.
La pareja conversaba animadamente, cada vez más. Antes de terminar el champán, la mujer reía a carcajadas ante las ocurrencias del Turco y Mirta presentía una derrota cercana. Manolo encomendó a su empleada la arriesgada misión de traer información cabal sobre lo que pasaba en la mesa. La moza iba y venía; escuchaba, memorizaba y repetía frases. "Cada hombre lleva en sí mismo una distinta cantidad de voluntad de vivir"..."¿Crees en el amor a primera vista? Yo si, totalmente"..."El porvenir es triunfalmente nuestro"/"Qué dulce sos, Turco"/"Te voy a decir algo que no debes olvidar, mi Dulcinea del Toboso. A los otros hombres los mueve alguna ilusión. Unos creen que tener dinero los hará felices, y trabajan como bestias para acumular oro. Y así los sorprende la muerte. Yo, en cambio, le doy una importancia igual a cero a lo material. Claro, dirás vos, es fácil hablar así cuando se tienen doscientas cuarenta hectáreas de tierras fértiles en Venado Tuerto; pero nada de eso influye en mi idealismo"..."Créeme, Dulcinea, soy sólo un mal tipo con buen corazón"/"Podría hablar días, meses, años con vos Turco, y el resto del mundo no tendría importancia para mí"
Otra botella con champán, invitación de la casa. Era evidente que el hombre se manejaba bien con frases ajenas; las hacía suyas y cada mujer solitaria caía rendida a sus pies.
De repente, el Turco acarició con suavidad los cabellos cobrizos de La Coja y los apostadores advirtieron el trigésimo cuarto triunfo consecutivo del hombre de la casa. Ella lo observaba en silencio con ojos encendidos. Otra mujer para la colección.
Una hora después marcharon hacia el Hotel Bahía, sobre la calle Rivadavia. Abandonaron el bar abrazados, la mujer ya no procuraba ocultar su renguera y el Turco certificó el éxito definitivo ocultando la mano derecha detrás de su espalda, pulgar hacia arriba en señal de triunfo. Pedro aplaudió desde la barra.
Caminaron sin prisa hacia el hotel. El Turco alborotaba los cabellos de La Coja, que no dejaba de reír. Mordisqueaba el pálido cuello desnudo y musitaba frases cortas al oído de la mujer que repetía una y otra vez "Que loco sos. Turquito mío, como me gustas".
Hotel Bahía. Quince pesos por dos horas flexibles. Escalera chillona. Habitación veintiséis. Puerta de madera con cerradura que se hace rogar. Cama de dos plazas. Baño privado. Ventana con vista a la calle Rivadavia transitada por autos, motos y colectivos con rumbo este-oeste. En penumbras, para no incomodar a la dama.
El Turco desvistió con parsimonia a la mujer. Cada prenda menos era una caricia y un beso más. Después se desvistió él, al tiempo que La Coja acomodábase con movimientos pendulares sobre la cama. El Turco gateó hacia ella y besó centímetro a centímetro la cicatriz que recorría la pierna inútil de la mujer trémula. La experiencia de alcoba sugería la necesidad de un coito lento y afectuoso, con frases románticas musitadas al oído y manos con dedos entrelazados. El arriba, marcando el ritmo; ella ciñendo la cintura de su macho con la pierna útil, apartando aquel rostro moreno del suyo para admirarlo en penumbras y soñar entre jadeos con un futuro compartido.
Final conjunto, excelente sincronización corporal. Cigarrillos con la mirada extraviada en el techo tiznado por la humedad, jugando a encontrar similitudes entre objetos cotidianos y aquellas manchas oscuras.
Cuatro colillas en el cenicero. Bromas y caricias por parte de La Coja, seriedad e incomodidad en el Turco; había cumplido su cometido y deseaba terminar la noche solo, allá lejos, en el departamento de pasillo en Mataderos que heredó de sus padres.
Media hora interminable. El aliento de La Coja tornose rancio, sus ocurrencias triviales, las caricias toscas. Entonces llegó el momento de pasar las cosas en limpio. "Bueno, será mejor que esto quede acá nomás; para no confundirnos"..." Yo nunca prometí otra cosa. Siempre dejé todo bien clarito"/"Si, pero..." y vuelta a Roberto Arlt para zafar. "No puedo creer en el coraje. Creo en la traición"..."Así soy yo. Bueno, mujer, te acompaño hasta la parada del cinco".
La Coja ahogó el llanto sincero, pero fue cediendo de a poco. Desnuda, derramada sobre la cama, dejose vencer. Primero tenues convulsiones, después algunas lágrimas silenciosas y por último el llanto entrecortado, asmático, insoportable para los oídos del Turco que deseaba cerrar los ojos y al abrirlos encontrarse en su tibia cama de Mataderos.
La mujer fue cediendo de a poco y arropose entre sollozos. En silencio. Mirando de soslayo al hombre que en cuestión de segundos habíase transformado en una bestia trabajando para acumular oro. Ahora comprendía. Se odió a sí misma por haber vuelto a fallar, otra vez el hombre inadecuado en el momento equivocado. La historia de su miserable vida trajinada sobre una pierna y media que la aleja del mundo, recordándole su invalidez ante cada fracaso.
Caminaron distantes, encogiendo sus cuerpos por el frío. Sin palabras. Llegó el colectivo. " Bueno, la pasé muy bien; tal vez nos encontremos..."/"No, Turco. Nunca más. Vos tenes razón"/ "Como quieras. Hasta siempre, Dulcinea".
El Turco esperó hasta perder de vista el colectivo y caminó silbando "Balada para un loco" con el torso hacia atrás y las manos en los bolsillos, con la satisfacción de otra misión cumplida.

-TRIGÉSIMO QUINTO VIERNES.

Otra gélida noche de invierno. Once y treinta minutos. Tres estufas a gas y el hedor de las frituras entibiaban el ambiente en el bar Manolo´s. Pocos parroquianos para una noche de viernes. En una mesa próxima al televisor conversaban el Turco y Sheyla.
- Bueno, ya te conté lo de La Coja. Cumplí, como siempre. 
- Así que terminó con llanto la cosa. Ay, Turco, mirá que somos boludas las mujeres. Soñar despiertas con granujas como vos. No tenemos cura.
- ¿Pero, qué le pasa a este infeliz? ¿Por qué carajo no llega?
- Fue a una manifestación frente a la Embajada yanqui. Contra el imperialismo, el F.M.I. y no sé contra que otras cosas más. 
- Pero qué bicho le picó. Perder tiempo en boludeces como esas, que estupidez. Bué, digno de Pedro.
- Para mi no son boludeces, Turco. Hay que respetar a Pedro. Yo misma lo acompañé a varias marchas en el Congreso y en Plaza de Mayo. No te contamos porque sabíamos cual sería tu reacción.
- Eso de las marchas es para cagones, Sheyla, me extraña. Gente sin coraje, cobardes que se ocultan en el anonimato de la multitud.
- Me parece que estás pifiado, Turco. Hay que encontrarle un sentido a esta vida de mierda, pensar en los demás; sino estamos fritos.
- Je, je. Mirá quien habla. Mujer y puta, como para dar consejos estás vos. Lo que faltaba.
El arribo de Pedro logró calmar los ánimos. Esa noche a Sheyla le faltó conocimiento sobre el pasado y el verdadero presente del Turco para derrotarlo. No ha de ser difícil vencer en un debate al hombre que debe vender pochoclos en Plaza Francia desde el noventa y cuatro, entonces cerró la fábrica en la que trabajaba, y sin embargo un mes atrás había votado por Cavallo en las elecciones porteñas. La vida del coleccionista de mujeres solitarias estaba minada de contradicciones; claro que sus amigos desconocían su pasado y su presente oculto entre una maraña de mentiras, y en cuanto a su voto, fue silencioso y negado como cada voto de un pobre a la derecha liberal.
No hablaron sobre la movilización, Sheyla sacó de la galera un chimento sobre la situación sentimental de Susana Gimenez y el Turco retrucó con otro sobre Marcelo Tinelli, su ídolo mediático. La charla derivó en discusiones banales sobre la intimidad de los modelos de éxito que bajan desde el televisor y hacen carne en mujeres y hombres solitarios.
- Bueno, chicos, la calle me llama. El viernes me contás, Turco. Quiero detalles, como los de la viudita que te encontraba parecido a su difunto marido. Qué chanchita, la nona.
- Si, turco, yo también me voy. Hoy no tengo ganas de admirarte.
- Y a vos que te pasa, perejil. Tus amigotes zurdos volvieron a llenarte la cabeza de mierda roja.
- No jodas, Turco. Estoy cansado, nada más. Dejá que hoy pago yo; a propósito, acabo de descubrir tu víctima número treinta y cinco. Chau, galán.
Manolo, siempre acodado sobre la barra, observaba en silencio. El Turco sintiose abandonado por sus compañeros. Sheyla antes se quedaba hasta ver el triunfo, pero desde los últimos cuatro o cinco viernes se excusaba por compromisos laborales, conformándose con el relato del Turco una semana después. Y ahora Pedro. Poco a poco, el tiempo debilitaba el liderazgo natural del coleccionista de mujeres solitarias.
Manos escondidas entre las piernas, hombros encogidos por el fracaso y mirada perdida en los vasos vacíos sobre la mesa, el Turco era un paradigma de la derrota. Levantó su vista en busca de Mirta, pero ésta ya estaba a su lado. Federico de Alvear extra brut sobre la mesa.
- Gracias, Mirta. Leíste mis pensamientos. Ya va siendo hora de buscar algún oscuro objeto del deseo.
- No, Turco. Estás equivocado. No fui yo quien leyó tus pensamientos, fue ella - sentenció Mirta, acompañando con su brazo a una mujer hasta situarla junto al Turco.
- ¿Me permitís acompañarte? - preguntó la mujer que invitaba el extra brut.
- Si, como no. Gracias por el champusito.
Mirta se despidió y la mujer de anteojos opacos sentose frente al Turco. Sus movimientos eran lentos y lacónicos, siempre guiada por sus manos con dedos hábiles y enjutos. Ya sobre la silla, plegó el bastón blanco y lo colocó sobre la mesa. El Turco observaba boquiabierto.
Para la segunda botella con champán habíase distendido el ambiente. Manolo seguía la conversación sorprendido. Mirta apostó todas sus fichas a la mujer, él también.
En la mesa, el Turco y la mujer reíanse a carcajadas. Ella narraba insólitas anécdotas sobre problemas cotidianos ocasionados por la ceguera y el Turco admiraba en silencio la fortaleza espiritual de su compañera, que buscaba la copa burbujeante con sus manos entrenadas. Bajo los anteojos opacos destacábase un rostro angular de singular belleza; cabellos recogidos en cola de caballo, nariz pequeña, pómulos rosados, labios delgados y dientes blancos y prolijos siempre al descubierto por carcajadas sostenidas en el tiempo.
Entonces el Turco utilizó el rosario de frases ajenas, su principal arma de seducción. "Cada hombre lleva una distinta cantidad de voluntad de vivir"..."Sólo soy un mal tipo con buen corazón"..."A los otros hombres los mueve alguna ilusión. Unos creen que el dinero los hará felices, y trabajan como bestias para acumular oro. Claro, dirás vos, es fácil hablar bajo el paraguas de doscientas cuarenta hectáreas de tierra fértil en Venado Tuerto"..."El porvenir es triunfalmente nuestro" / "Veo, Turco, que has memorizado frases de Arlt para seducir mujeres crédulas; pero conmigo no van a ser necesarias. Ya soy tuya".
El Turco observaba azorado a la mujer que narraba detalladamente los recuerdos de las últimas imágenes que guardaron sus ojos infantiles antes de la ceguera. Bosques con alerces, lagos azules, nubes musitando secretos a las montañas en plena Patagonia andina, casitas de madera en los arrabales de Esquel. "Después llegó la oscuridad involuntaria, el temor constante, la obligación de soportar en silencio los hipócritas diminutivos pobrecita, señorita le ayudo a cruzar, tengo un primito que sufre de lo mismo Bastardos todos, simulan compasión para purificar sus almas contaminadas por el odio y la indiferencia".
- Te entiendo. Juro que te entiendo.
- No, Turco. No entendés un carajo; pero gracias por intentarlo - interrumpió ella. De pronto tomó el bastón entre sus manos y se paró. - Bueno, Turco, no demos más vueltas. Quiero que vayamos a un hotel y me hagas el amor toda la noche.
Caminaron uno junto al otro bajo la gélida noche que bajaba sobre Buenos Aires. El Turco ceñía con su mano izquierda el enjuto brazo de la mujer de anteojos opacos, quien marcaba el paso y evitaba golpes con el bastón blanco que los aventajaba por medio metro.
Hotel Bahía. Quince pesos por dos horas flexibles. Escalera chillona. Habitación veintiséis. Puerta de madera con cerradura que se hace rogar. Cama de dos plazas. Baño privado. Luz encendida. Sábanas y frazada arrojadas al piso.
Arrodillados sobre la cama, descubrieron sus cuerpos desnudos. El Turco observó fascinado a la mujer. Caderas anchas, busto generoso, estomago plano, matorral oscuro y tupido presto a ser penetrado por la virilidad masculina. Ella recorrió el rostro del hombre con sus manos, mirando a través de ellas; después el torso cubierto por un colchón capilar. Lo abrazó con firmeza, arrojándolo sobre la cama. Guiada por sus manos ubicase sobre él y cabalgó con desesperación. Cada vez que el Turco procuraba dominar, la mujer dejaba en claro que allí mandaba ella, cual amazona en celo. El Turco aceptó. Aceptó y gozó como en el mejor de sus masturbados sueños.
Una hora después, el hombre encendió un cigarrillo y otro para ella. Describió para su hembra los dibujos que la humedad formó en el techo, las paredes cubiertas por un empapelado ramplón, el espejo del ropero retratándolos cansados y sonrientes sobre la cama. Soñó con futuros encuentros, por fin una mujer que valga la pena. El grupo del bar formaba parte del pasado, igual moría poco a poco. Cerró sus ojos pretendiendo experimentar nuevas sensaciones desde la ceguera y recorrió con sus dedos toscos el rostro de la mujer recostada boca arriba, descubriendo una belleza sobre toda ponderación. Después los pechos derramados hacia ambos lados, enormes y tibios, con pezones aún erguidos. "Estalagmitas de una caverna sin tiempo" dijo ella y ambos echaron a reír, besándose como dos adolescentes.
El aliento de su hembra jamás olería rancio para él, ni las caricias torna ríanse toscas, mucho menos las ocurrencias triviales. A su manera, el Turco creyó haber encontrado el amor. "El porvenir es triunfalmente nuestro" gritó. "Otra vez Roberto Arlt entre nosotros" retrucó ella y los dos volvieron a reír.
Entonces, algo sumamente extraño ocurrió. Algo jamás esperado por el coleccionista de mujeres solitarias. Sentada sobre la cama, su compañera suspiró y recogió sus cabellos en cola de caballo. Miró de soslayo su reloj de pulsera y después recorrió con sus ojos el cuerpo desnudo del Turco. Sonrió, meneó la cabeza de lado a lado mordiendo su labio inferior y sentenció:
- Bueno, amor, hasta aquí llegó lo nuestro. No será fácil olvidar esta noche de buen sexo.
Sin más, la mujer se vistió en silencio, encontrando sin dificultad las prendas dispersas sobre el piso. Caminó hacia una silla y guardó el bastón plegado y los anteojos opacos en su cartera. Parada frente al espejo del ropero que la retrataba de cuerpo entero emprolijó los pliegues de su pollera, pintó sus labios con rouge y volvió a sonreír ante otra misión cumplida. Caminó parpadeando exageradamente hacia el hombre que la observaba desnudo y confundido sobre la cama. Lo besó con indiferencia en la frente. 
- No te preocupes, Turquito. Es sólo otra historia de un cazador cazado. Somos muchos, tal vez millones, los que gozamos coleccionando personas. Estamos en cada esquina de Buenos Aires; nunca hay que bajar la guardia, machote. Pero estate tranquilo, mañana tendrás tu revancha. En esta puta ciudad sobran las mujeres tristes y solitarias.
Después caminó con gracia hasta la puerta, saludó al Turco con un gélido beso a la distancia y se marchó cavilando en su futura víctima.




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