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de Solari Natalia Leonor
Gatunaria
Dos gatos. Uno de tierra, otro de aire. El de tierra se yergue y despega sus brazos pretendiendo transformarlos en ramas. A través de ellas acaricia la posibilidad de la abstracta concreción de su libertad, cercenada por raíces duras de corroer. El de aire se esfuerza en concretar su abstracción y así percibir más que viento y no menos que la suave aspereza de las piedras.
Uno y otro se desconocen, pero se intuyen. Tierra y aire se complementan; gatos, en fin, se asemejan por sus diferencias. No pueden comprender el significado de uno sobre el otro; entre ellos, no impera más que el uno junto al otro. Y si el aire envuelve a la tierra, la tierra es el sostén del aire. Uno junto al otro viven para realizarse en el presente ajeno sin dejar de ser deseo propio.
Dos gatos. Uno, búsqueda de lo intangible; otro, persecución de lo sólido. Concreción acabada de un abstracto sentimiento: amor o, tal vez, solidaridad. Y, también, aceptación comunitaria de la preeminencia de la individualidad. Abolidas las representaciones, sólo los sentidos los integra a un cosmos de igualitarias condiciones, pequeño y sutil.
Dos gatos, uno de tierra, otro de aire, no constituyen más que una promesa de perfectas utopías, pero, sin duda, convierten en verdadera la belleza de este mundo.

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