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de Marcote Jorge
La mujer de
cuarenta
Ella tenía más de
cuarenta. Todas las mañanas al levantarse, su mirada se perdía en el comienzo rutinario del día.
Nada cambiaba de lunes a lunes. Caminó lentamente desde su dormitorio hasta el baño. Pensó un instante en el amor de su vida, y se desplomó pesadamente contra la mampara de la bañera.
Ana era una niña de carácter introvertido pero de una terrible
personalidad. Apegada a su padre por incompatibilidad de caracteres con su madre, permanecía la mayor parte del día, observando las distintas pinceladas de color y vida, que él, durante ocho horas diarias, volcaba sobre distintas
telas. Su despertar fue un cúmulo de imágenes desordenadas, le dolía mucho la cabeza, por un momento llegó a pensar que estaba muerta. En realidad... se preguntó si no estaba
muerta. En muchas oportunidades había pintado en viejos cartones, mientras él dormía, imágenes que le venían a la mente, y que luego escondía en un viejo ropero cargado de historia, y olvidado en un rincón.
En ellos estaba siempre reflejada la figura oscura de su madre, siempre sin rostro y en un segundo
plano. Escuchó el silencio, su entorno había desaparecido, la invadieron los miedos... los eternos miedos que venían condicionando su
vida. Los eternos miedos que habían limitado sus sensaciones, sus sentimientos, y que la convirtieron en todo este tiempo en un ser
normal. Era consciente de que la sociedad la consideraba normal. Era solidaria, no transgredía las reglas, buena madre, buena esposa, y su vida circulaba por carriles estructurados como los correctos y adecuados para una persona de su
edad. Por las noches, se dormía siempre en las faldas de su padre, mirando y poniéndole nombres imaginarios a las estrellas. Recordaba su propio refunfuñar cada vez que él se levantaba para llevarla a la cama, y el repetido monólogo de siempre... No papá, no... si no estoy
dormida. Un flash de sus veinte años interrumpió sus pensamientos, se vio joven, atractiva,
deseada. Sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral y el calor de una lágrima deslizarse por su
mejilla. Después de mucho tiempo, creyó recuperar la capacidad de emocionarse. Recordó con una forzada sonrisa, qué distinta era su vida antes de... y pensó que aún no podía superar todo
aquello. El tiempo se había convertido en tirano y no le permitió que sus heridas
cerrasen. En temporada de vacaciones escolares, se levantaba muy temprano para disfrutar de los frescos olores matinales, y luego con una inmensa sonrisa, después de que su madre se iba a trabajar, se adueñaba de la cocina y se esmeraba en preparar un buen desayuno para su
padre. Una leve brisa la trajo a la realidad, sus ideas no lograban acomodarse, no recordaba qué había ocurrido, ¿por qué estaba en esa cama que no era la suya? ¿ Por qué estaba
sola? Los miedos regresaron, la soledad la torturaba, siempre necesitó estar rodeada, para poder sobrevivir. No importaba de quién, ni por qué, sólo necesitaba una imagen a su
alrededor .En su cabeza retumbaba siempre, el sonido de aquel cachetazo que le dio su madre, cuando sin querer rompió una taza de porcelana china de su
abuela. Odiaba a su madre, no por ese incidente, la odiaba por la indiferencia y menosprecio con que trataba a su
padre. Intentó mover las manos, fue imposible, estaban atadas a los costados de la
cama. Atadas como cada instancia de su vida.Pero esa inmovilidad le permitió darse cuenta de que llevaba más de cuarenta años, recorriendo distintos senderos de los cuales no había recogido
nada. Una tarde lluviosa, su padre se levantó de la siesta con un fuerte dolor de cabeza. Decidió entonces no ir al taller y concurrir al dispensario para hacerse un pequeño chequeo. Ana no quiso acompañarlo, le dio mucho miedo ver la cara de su padre desencajada por el
dolor. Esperó hasta tarde, sentada en el umbral. Su madre entró y la ignoró.
Pensó en el verde de las hojas, en diferentes olores, en el calor del sol recorriendo su espalda, o el dolor que le provocaba el viento frío en su
nariz. Cosas simples y sencillas que pasaba permanentemente por alto, tan cotidianas y llenas de valores para poder entender y disfrutar la
vida. El doctor observaba a través del vidrio sus movimientos y reacciones. Un gesto adusto fue el resumen de su corta visita y se limitó a garabatear una firma al pie de la historia clínica.
Ana beso a su padre, escuchó el comentario del descanso que le había recomendado el médico, de los análisis recetados, de su orina oscura, y se fue a
dormir. Cuando despertó, estaba sola. Se durmió. El peso de sus párpados era superior al deseo de ver y pensar. No supo cuánto tiempo pasó, pero al despertar se sintió más libre, sin tanta opresión, pero aún con un poco de
miedo. Le pareció reconocer a lo lejos un rostro familiar. Su hijo Nicolás la saludó y apoyo la mano en el vidrio, ella pudo hacer, a pesar de la distancia, lo mismo. Nuevamente se había permitido emocionarse...Recordó con placer, el año entero que su madre había ido a vivir de una tía en un pueblo lejano del sur. Tanto disfrutó la exclusividad con él que intensificó su odio, cuando aquella tía murió y su madre regresó.
Una turbulenta congoja invadió su pecho, comenzó a llorar con desesperación, pero al instante se dio cuenta de que era
feliz. Su corazón identificó sensaciones y sus ideas se ordenaron inmediatamente. El fuego de la sangre recorrió su cuerpo. Se sintió
viva. Sus manos estaban libres nuevamente, sus miedos habían desaparecido... sus latidos retumbaban con fuerza dentro de su pecho y un inmenso temblor que la llenó de plenitud, la expulsó de su
letargo. No creía lo que veía. Un dibujo de sus cartones, posaba con elegancia sobre el atril de su
padre. Ana comenzó a llorar, no entendía por qué. Sus pequeñas manos se deslizaban lentamente sobre el óleo, como absorbiendo cada trazo y color de aquel
cuadro. Lloró y lloró, imaginando a su padre pintar tan precarios trazos con el detalle que sus manitos habían delineado. Pensó en abrazarlo eternamente, pero no podía imaginar qué le diría.
Apoyó ahora sí la mano contra el vidrio, el frío la hizo temblar, besó interminablemente el rostro de su hijo, sintió que su cuerpo se desgarraba por él.
Vio a través de sus ojos, el significado de la vida, vio que no había límites para imaginar lo que vendría, percibió mucho más allá de todo ese contexto, que el camino no tenía fin y que cada paso encontraría algo nuevo de lo cual absorbería
vida. Esa vida de la cual a partir de este momento disfrutaría a pleno hasta el final indefinido y desconocido del...Qué hay más allá.
Todos los cartones que Ana había pintado, fueron cuidadosamente copiados por su padre, el taller con el correr de los días se fue transformando en una extensa galería de arte. Ana no comprendía el porqué, pero su corazón saltaba de su cuerpo cuando en cada despertar encontraba una nueva obra. Habían adoptado un silencio tácito, el cual encerraba la sana actitud de ambos de no preguntar, cuestionar o
discutir. Ahora, hoy, ya, eran palabras nuevas que no dejaría de
interpretar. Todo estaba tan claro y se preguntó por qué necesitó tanto tiempo para comprender el simple hecho de vivir. Ahora, hoy, ya, fue la respuesta... y no tuvo necesidad de más.
Asumió sus culpas, liberó su corazón, transformó todos sus recuerdos en imágenes de vida y comprendió que todo había sido parte de la misma, tan útiles y necesarias como aquellas cosas que había
olvidado. Ana pensó que su padre regresaría pronto, un análisis no podría demorarlo
mucho. Recorrió con su vista cada uno de los cuadros que él cuidadosamente había acomodado cronológicamente, y cuando sus ojos llegaron al último, la sensación de tristeza que la invadió, le provocó
miedo. Recién después de mucho tiempo, había identificado a esa sombra... como la de su
madre. Atrás quedaron el odio y la indiferencia, y sintió la imperiosa necesidad de correr hacia ella para abrazarla. Las líneas de la sombra, en todos los cuadros, develaban la imagen de una mujer triste y
agobiada. El último recuerdo que la invadió y no pudo superar, fue la imagen de su primer marido, subiendo a aquel tren, girando la cabeza y esbozando una tenue sonrisa de
conformidad. Ana se durmió... cuando despertó, la escenografía habitual ya no la rodeaba. Reconoció como tal el cuarto de la casa de su
prima. No pudo entender jamás por qué su padre se había ido, sin
llevarla. No pudo entender jamás, por qué su madre la había dejado con su tía.
El último recuerdo se extendió, al triste diálogo que había mantenido con él, cuando le explicó que Ana no era su
hija. La autopsia dictaminó... Infarto de miocardio. Murió feliz...pero no alcanzó a
vivir. El certificado de defunción rezaba...Magdalena Ramírez, edad 41 años, estado civil viuda, 2 hijos, Ana y Nicolás.

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