Kryskowski Emanuel

                     Argentina

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de Kryskowski Emanuel

Una pequeña Cuestión

Ahora que sabemos que hablar o escribir acerca de lo sucedido durante los últimos veinte años ya no pone en riesgo nuestras vidas, ahora que nos llegan noticias bienvenidas, puedo sentarme a recordar sobre el papel. Estas hojas serán, es mi esperanza, el grano de arena que me permita ayudar a que no haya olvido.
Porque, ¿cuantos habrá dispersos que, como yo, se acuerden de como empezó todo?. Dudo que se necesite mas que los dedos de los pies para contarlos. Hablo del principio-principio; no de la aparición de Pavelevic. Pero de eso, por supuesto, también hablaré.
Yo trabajaba en una empresa de ventas por teléfono. Almorzaba con mis compañeros de oficina en un bar de la calle Florida, que era una de las famosas peatonales -la otra era Lavalle, y en un punto se cruzaban- de Buenos Aires, la gran ciudad en la que vivíamos. Buenos Aires era la capital de este país, y ya no existe; tal como nosotros la conocimos, ambos dejaron de ser hace mucho. 
Fue en esa peatonal -que siempre recorría mucha gente, y mas en las horas pico, las de salidas de los trabajos, las de atención al público- que un día, después de almorzar, vimos a cinco enanos que caminaban juntos en dirección a Corrientes (Corrientes era una de las calles mas famosas; en el cruce con la 9 de Julio, que se decía era la avenida mas ancha del mundo, estaba el Obelisco, un monumento que era el símbolo de la ciudad y aparecía en todas las postales que los turistas se llevaban). No era común ver a cinco enanos juntos; mas raro fue ver a siete, a diez, a quince en los mediodías siguientes. Recuerdo que discutíamos, a las risas, si habría una convención en algún edificio de la zona o estarían concentrados en algún hotel para un campeonato de fútbol especial.
Dejamos de reírnos cuando, con el paso de las semanas, nos dimos cuenta de que mirando bien se notaba que una de cada cinco o seis personas de las que hormigueaban por el microcentro eran así. Por supuesto no fuimos los únicos en advertirlo; si, quizás, de los primeros.
La cuestión dejó de ser un rumor inquietante cuando el diario de mayor tirada publicó un informe en el suplemento de los domingos, doble página central. Había relevamientos de diversos barrios (los barrios eran las partes en las que estaba dividida la ciudad: algunos tenían nombres que hoy suenan extraños -pero ¿qué no lo parece, desde aquí y después de tanto desastre y tiempo?- como La Paternal, o La Boca), encuestas, un par de fotos que documentaban lo innegable: la cantidad de enanos había crecido espectacularmente en Buenos Aires. El censo de ese mismo año -el 2010- corroboró que el incremento era extensivo a todo el país: aproximadamente el 10% de los mayores de edad medía menos de 1,20 de estatura.
Se expusieron teorías diversas que intentaban explicar el fenómeno; pero ni siquiera los científicos dieron posibles razones que resultaran satisfactorias. Hubo que acostumbrarse, como a tantas cosas a las que nos habíamos acostumbrado sin entenderlas del todo (y, después de todo, ésta era una cuestión inofensiva -mas allá de los chistes de argentinos enanos que empezaban a venir de afuera- en comparación con otras situaciones realmente terribles que habíamos vivido y aceptado, pasivos y resignados).
-It's a little question. Un fenómeno pasajero. No hay que hacer alharaca- recomendó el ministro del Interior, un tipo proclive a demostrar sus conocimientos bilingües.
Ahí comenzaron los roces. A la mañana siguiente, en todos los diarios fue publicada una solicitada sin firma cuyo título era
NO SOMOS UNA CUESTION PEQUEÑA
Hemos sido despreciados por siglos. Nosotros decimos basta. Somos mas de dos millones en el país, y seremos mas. Exigimos se nos respete como cualquier argentino merece- eran algunas de las frases de aquella página.
El ministro se disculpó por el exabrupto. Dijo que no había querido decir lo que dijo, y que se trataba de una lamentable confusión (muletilla muy utilizada). No alcanzó para calmar la indignación.
NOSOTROS PEDIMOS -destacaba la segunda solicitada- la renuncia del señor ministro del Interior. El tipo no hizo caso; pero cometió la imprudencia de decir ante oídos que no pensaban respetar el off the record (término que designaba lo que los periodistas podían escuchar pero no publicar): 
-A mi no me va a sacar ningún amigo de Blancanieves.
La frase salió en tapa, y el bocón, dejado en el vacío por el presidente, no tuvo mas remedio, ahora si, que abandonar su lugar.
No hubo mas solicitadas; sí un video cassette emitido por el programa de televisión mas popular de la época, y repetido rápidamente por el resto de los canales (la televisión era el medio de comunicación mas importante. Mirar era fácil; leer no tanto. Ergo: no todos leían, pero todos miraban).
-Hemos dicho, y lo repetimos, que no somos una cuestión pequeña. Que somos muchos, y mas seremos. Y nos haremos respetar. Hoy se ríen, mañana no lo harán. Tenemos un plan, y vamos a cumplirlo -se turnaron para decir a millones de hogares los encapuchados sentados a una mesa bajo la que colgaban cuatro pares de piernas que no tocaban el piso. 
Las averiguaciones no dieron resultado: no se supo quienes habían lanzado el desafío. Aquella aparición fue tema de serias charlas durante cierto lapso. Después volvieron las risas y el estrellato de los encapuchados, debatido hasta el hartazgo (y repudiado, al menos en público, por los enanos a cara descubierta) no tardó en apagarse.
Al fracaso en la reelección de Da Nunzio siguió el boom inmigratorio. Llegaron fineses a Neuquén, sudafricanos a Córdoba, franceses a Mendoza, etc. Además, la mitad de los recién venidos eran enanos. Porque vinieron éstos, no lo dudo: debían saber lo que se gestaba. Porque vinieron aquellos es para mi un misterio. Salvo que se tenga en cuenta la vieja frase que hablaba de la tierra de las oportunidades para todos menos para los que nacimos acá. Fueron tres millones los que llegaron en la primera etapa. Imaginen: tres millones, y que la mitad fuera así. Me acuerdo de haber visto en la TV contingentes enteros de enanos bajando de aviones y barcos.
Hubo visionarios que apelaron a Migraciones para que pusiera un freno al asunto. Lamentablemente no hallaron eco, y ellos mismos tuvieron que darles la razón a los sordos: el país estaba siendo claramente beneficiado. Se instalaron cantidad de nuevas empresas, y el desempleo, entre los mas altos del continente hasta entonces, empezó a descender en forma admirable. Yo mismo, debo confesar, conseguí un nuevo trabajo a las órdenes de uno de ellos. Cierto que organizaban sus propias fiestas, y tenían sus clubes, pero eran pacíficos, y renegaban abiertamente de las antiguas amenazas. Cierto que afuera se reían diciendo que Argentina era el país de los enanos. Pero a nosotros, ¿qué nos importaba?. Si estábamos mejor que nunca. 
Entonces apareció Gora Pavelevic, que se hacía llamar el zar, y al que mas de un humorista llamó el pequeño emperador. Dueño de una inmensa cadena hotelera de lujo, cinco estrellas, repartida por el mundo, decidió que nuestro país se prestaba para extender sus inversiones.
A diferencia de lo que había hecho en otros países, acá no se limitó a levantar sucursales de los Pavelevic Palace. Ganó la concesión del manejo de las redes telefónicas y del correo; sacó al aire dos nuevos canales y varias radios; apoyó al candidato con mayores posibilidades de reemplazar al sucesor de Da Nunzio, Pravin. En plena campaña electoral ofreció una conferencia de prensa para dar a conocer su nueva idea.
-Hoteles- dijo, sembrando el desconcierto -Pero éstos serán distintos.
Tenían todo el lujo y el confort de los otros. Pero a escala: para enanos, como él. Se rumoreaba que su mansión patagónica era así, y que contaba con una guardia privada e infranqueable a partir de cuarenta kilómetros a la redonda, por aire y por tierra.
A los nuevos hoteles siguieron las casas y los edificios de departamentos y de oficinas. El zar petiso (otro de sus apodos) compró cuadras enteras en el microcentro de Buenos Aires, demolió las viejas construcciones y erigió otras a medida. Y cuando su delfín (metro setenta y cinco, joven para el cargo, perfecta sonrisa: yo lo voté) recibió la banda y el bastón presidenciales, hizo jurar con él sobre la Biblia a dos ministros y al titular de la Cámara de Diputados que -por primera y última vez en la historia- eran enanos.
La suerte estaba echada. Vino la segunda tanda de inmigrantes, 25% medianos y altos y 75% diminutos. Pero ya no había quejas. La economía andaba cada vez mejor. Imagino que un día Pavelevic se despertó y le dijo a su esposa (que en las fotos le llegaba al hombro) con ese inconfundible acento de europeo del este nacionalizado argentino:
-Se acabó la farsa.
Hubo un plebiscito (nunca antes se hizo uno para elegir presidente, aunque algunas elecciones lo parecieron. La del 28', la del 51', la del 73'...), y el resultado se sabía de antemano. Una mañana de verano, Gora Pavelevic fue ungido primer mandatario.
Y lanzó la ofensiva: achicó los autos, los colectivos, los vagones de trenes y subterráneos, el ancho de las avenidas. Mandó destruir todo edificio y monumento que superase los treinta pisos en un caso y los treinta metros en el otro, y a reformar todo techo que estuviera a mas de dos del suelo. Los que aún éramos mayoría fuimos obligados a caminar encorvados. Enfermamos de claustrofobia colectiva. Nos sentimos cercados y humillados. Cuando quisimos reaccionar, y reparar lo que nosotros mismos habíamos permitido, como siempre, fue tarde.
La rebelión cayó antes de empezar. A una razzia multitudinaria siguieron juicios sumarísimos, fusilamientos, y el destierro en masa. Los enanos venían y venían y se hicieron mayoría. El resto debió huir a otros países o (como mi mujer y yo) esconderse en sitios lo suficientemente apartados para no tentar a los vencedores. 
-Ahora- dijo el Midas de los bajos- nosotros somos los normales. Ellos son los otros. Ellos son los deformes.
Después de tres años de estar aquí, en la Puna, sobreviviendo como se podía, la Navidad pasada supimos por la radio del ataque relámpago a la Banda Oriental. El motivo esgrimido fue que era hora de corregir la injusticia histórica de que hubiese dejado de ser parte de la República Argentina. Como Uruguay poco y nada representa a los poderes al norte del Ecuador, para Año Nuevo Pavelevic se autotituló Virrey del Río de la Plata.
Hace unos días -porque los boletines oficiales obviamente no lo decían- nos enteramos de los hechos siguientes: cuando el ejército pigmeo quiso invadir Brasil, los yanquis y sus laderos decidieron que era demasiado; los aplastaron como a lo que eran -un ejército de pigmeos-, avanzaron hacia el sur y retornaron la cosa a la situación previa a Navidad.
Es seguro que, de no haber sido por lo que ocurrió el 10 de enero, los aliados hubiesen precisado solo un par de días para adueñarse de Nuevos Aires. Pero la naturaleza, siempre sabia, se les adelantó.
Pavelevic y sus fieles habían cometido el error de establecer la gran mayoría de sus poblaciones, las reformadas y las nuevas, a lo largo de la costa atlántica. Claro que, ¿cómo podían saber la que se les venia? (Y ahora que lo pienso: ¿cómo hubiéramos podido nosotros saberlo?. Los yanquis y los otros ¿ya lo sabían ?.Seguro).
El 10 de enero las olas gigantescas de un maremoto arrasaron con lo que hasta esa noche fue la costa del mar argentino. En esa única, inimaginable noche, millones de enanos perecieron ahogados, y un centenar de ciudades se convirtieron en enormes cementerios subacuáticos recorridos por peces y diminutos, futuros esqueletos. Festejamos cuando...

E ncontré este manuscrito entre las muchas cosas que mi padre guardaba en la pieza del fondo y casi nunca revisaban ni él ni nadie. Hay datos que yo ya conocía y otros que no. No está fechado, aunque es fácil notar que los escribió muy poco después de haber sido encontrados (él, mi madre, los que entonces vivían con ellos) por los que les dieron la noticia del maremoto.
Es evidente, además, que no es, o no era todo lo escrito. Ese "festejamos cuando" es la ultima frase que puedo leer, interrumpida por el final de la hoja. Lo que falta, tengo que armarlo con el resto de lo que se por haberlo escuchado de boca suya y de mi madre, y, para no dejarlo de todas maneras inconcluso, con lo que yo mismo viví hasta hoy.
Se que Pavelevic sobrevivió a la catástrofe. Se supone que regresó a su país natal, que si no me equivoco se llamaba o llama Serbia, y que siguió disfrutando de su fortuna. Porque no lo atraparon, o no quisieron hacerlo, es algo que se me escapa. Ya debe haber muerto. O por ahí no. Tipos como ese, a veces, viven cien años.
Me gustaría conocer lugares mas fecundos. Pero no podemos salir de acá. Mi hijo ve el desierto como yo lo veo, y como lo vieron mis padres desde que tuvieron que huir. En ese sentido la situación es la misma que después del maremoto: seguimos bajo la tutela de los invasores. Los soldados repiten, del otro lado de las alambradas, que somos iguales a los que los obligaron a tomar cartas en el asunto. Mi padre se fue con la amargura ( tenía muchas, inevitables, irremediables) de ver que su nieto, como no pocos chicos que ya cumplieron los dieciocho, ni saltando toca las escasas lámparas que aún cuelgan de los techos.



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