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Cuando Sergio tenía unos 12 años, pasaba las noches con la vista fija en la pantalla del cine al aire libre de su tío Iván, donde él era proyeccionista. Y en esas cálidas oscuridades de Masatepe, a unos 40 minutos de Managua, en Nicaragua, manteniendo los ojos puestos en los cuadros de la película, fue donde aprendió a gozar de las imágenes de tal modo que, cuando grande, eso marcó su |
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literatura. Y también su corazón. Imágenes una y otra vez: para contar historias, para entender la historia. Si hasta mucho antes de empezar a leer libros, Sergio leía historietas cómicas. Y es más: el piso del negocio de venta de alimentos que tenía su padre, estaba lleno de los dibujos en los que, tiza en mano, Sergio esgrimía sus primeros cuentos en forma de muñequitos.
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Ahora Sergio Ramírez tiene 60 años y la vida lo ha vuelto el escritor vivo más reconocido de Nicaragua, donde, además, en 1977 encabezó el grupo de lucha contra el régimen dictatorial del último Somoza y en 1984 fue electo Vicepresidente de la Nación. Publicó su primer libro a los 20 años y a esa edad ya se sentía escritor. Pero su padre no estaba de acuerdo con que ese fuera el camino que siguiera su hijo, quería un abogado en la familia. Sin embargo, el día que Sergio le llevó su primer libro de cuentos, el padre lo miro fijo y le dijo: ahora tienes que escribir una novela. Y el joven Sergio cumplió. Ramírez acaba de sacar a la venta Catalina y Catalina (ver recuadro) su libro número 29. Y los libros, siempre son una buena excusa para conversar. Dijo que le daba terror novelar hechos que hubiera vivido o estuviera viviendo. ¿Por qué? Me pasa sobre todo con la política. Esos hechos en los que uno esta involucrado tienen una desventaja: uno no los percibe con imparcialidad. Por lo menos con la imparcialidad que necesita un escritor para tomar distancia de los acontecimientos y de los personajes. Y en eso se diferencia la política de los hechos personales. Éstos últimos siempre son novelables. Y cuánto más en carne viva estén, mejor. Quizá, esto que digo acerca de los acontecimientos políticos, se aplica en mi más que en nadie, porque yo he sido un personaje político. Y estuve involucrado en todo un proceso revolucionario. De eso hablo, de la revolución en Nicaragua. ¿Qué es una revolución? Un proyecto para cambiar el mundo desde la raíz, en el cual uno se mete con pasión y con juventud. La revoluciones nunca las hacen los viejos. En esos casos uno piensa ciegamente que todo va a resultar muy bien. Pero en este mundo presente, muchos tienen la sensación de que una revolución es un hecho más literario que político y social. Es que las revoluciones necesitan de su atmósfera. Y en este momento no existe la atmósfera adecuada. Aunque
haga falta. Sí, pero las revoluciones están en el aire, son una suma de sentimientos, de necesidades, de convicciones. Y en los años 70, la empresa de derrotar a Somoza en Nicaragua era un emprendimiento compartido por distintos sectores en los que había toda clase de gente. Había fervor, había entusiasmo y gente dispuesta a dejarlo todo: bienes, familia y hasta la vida. Y ese, créeme, no era un hecho literario. Era muy real. Pero ahora, ya te dije, no existe la atmósfera. ¿Cómo se consigue? No lo sé. Son momentos que se presentan en la historia de la humanidad... es como cuando se forman las tormentas. Es más, creo que la ola de protestas en contra de la globalización, son muy frías, muy abstractas. Son protestas en contra de cifras. Y es muy difícil hacer que la imaginación despierte ante los números: programas de ajustes monetarios, privatizaciones, el orden económico y financiero mundial, etc. Ahora las revoluciones, e incluso los movimientos guerrilleros, ya no tienen la transparencia necesaria para despertar ese fervor romántico vital. A mi no me despierta ningún fervor Tiro Fijo, en Colombia... aunque fuera yo joven... ¿Y el sub comandante zapatista Marcos? Sí. Él es la última figura romántica. Pero, volvamos a este presente y a la revolución necesaria pero imposible. ¿Qué debe hacerse, cuál es la fórmula? Hay que esperar. Ya vendrá un momento en el que haya este cielo de tormenta del que yo hablo. Pero no sé cuándo llegará. Porque no me siento Nostradamus, aunque esté tan de moda. Llegaran las causas que enhebren la imaginación de los jóvenes, igual que en los gloriosos años 60. Se creía que cambiar el mundo era posible. ¿Qué cambió desde entonces? Que en algún momento la gente dejó de pensar en los demás para empezar a pensar en uno mismo. ¿Y qué va a pasar con América Latina ahora? Mira, yo no lo pondría todo en negro. Si uno piensa en las dictaduras militares que nos azotaron en los 70... vaya, hemos crecido y mejorado mucho. Claro que si uno piensa que este crecimiento sirvió para darle poder a Menem en Argentina o Fujimori en Perú, todo se vuelve terrible. Es verdad que hay debilidades en el sistema democrático. Pero no hay que aceptar salir de este sistema para confiarle el poder a un Mesías que no fue electo. En ese sentido, es muy peligroso el poder. ¿Qué es el poder? Ah... es una herramienta. El problema es cómo se usa. Porque el poder no llega a tus manos con un manual de uso. Hay una tesis muy interesante que dice que en la evolución social del hombre desde hace miles de años, lo que ha cambiado es el cerebro, pero no el corazón. Entonces, lo que ocurre es que el cerebro se dio cuenta de que el entorno no es lo mismo que en la época de los Sumerios, pero el corazón no. Y trata de manejar el poder de la misma manera que entonces, porque en el corazón es donde se alberga el poder, el deseo de dominar a otros. Esa es la más terrible de las definiciones que había escuchado jamás. Poder igual a dominar a los otros. Sí, es la más terrible. Pero, afortunadamente, no todos los gobernantes del mundo lo conciben de esa manera. (Sergio Ramírez vive en Managua, donde tiene un estudio silencioso en el que hay una pantalla de cine y donde se encierra a trabajar. Del otro lado del patio está su casa... ahí la muchacha que se encarga de los quehaceres siempre que atiende el teléfono dice que “el señor no está”.) (Antes, cuando las computadoras no existían al alcance de los mortales, Sergio conservaba la manía de tener un gran mazo de papel impecable junto a la maquina de escribir. Y no le gustaban las infinitas correcciones sobre una misma hoja. Así es que cuando los borrones en un papel eran muchos, simplemente, volvía a empezar) (Para octubre próximo estará publicado su siguiente libro, Sombras Nada Más. Una novela basada en hechos reales de 1979, la época que muchos llaman La Penumbra, porque Somoza todavía no se iba del poder pero tampoco entraba la guerrilla todavía) (El borrador está listo, pero ahora hay que empezar a quitar. “Porque Franz Kafka decía que el arte de escribir es el arte de suprimir —recuerda—. Y una vez que haya terminado de hacer la ultima revisión, lo dejaré reposar unos tres meses. Un libro es como la masa de un pan, hay que dejarla descansar”) ¿Hablamos de literatura? Sííí (se ríe), de una vez. Ha publicado casi 30 libros. ¿cómo consigue el tiempo necesario para escribirlos? Y eso que me pasé 10 años sin escribir ni una letra (lanza una carcajada caudalosa). Pero muchos de ellos son compendios de artículos periodísticos o ensayos políticos. Mis libros literarios serán unos 15 o 20. Lo cierto es que cuando dejé la política comencé a sentirme muy feliz. Todas las mañanas me siento a trabajar como un mecanógrafo cualquiera, como un oficinista, desde las 8 hasta las 2 de la tarde. Tengo mucha disciplina. Pero, además, de esto vivo. Entonces no hago otra cosa mas que escribir. No tengo la limitación de otros escritores que tienen que hacer otra cosa para poder vivir y, aún así, escriben. Esa gente me parece muy respetable, porque es una gran muestra de voluntad. Y otra cosa, como vivo de lo que escribo, en la literatura y en el periodismo, no dependo de ninguna empresa que me condiciones. Ahora ni siquiera estoy alineado con ningún partido político. Y, ¿te digo una cosa? ¿Qué? Siento una maravillosa libertad. - 2001- LIBROS PUBLICADOS
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