Paulo Coelho      | volver |

Sentado en medio de un grupo de periodistas, el escritor brasileño Paulo Coelho parece un gurú con sus discípulos. Vestido del negro que se ha vuelto su uniforme y haciendo alarde de unos jeans y unas botas tejanas que nada tienen ver con su saco y su corbata, Coelho dice algunas cosas, por si los presentes no las saben: “escribí muchos libros... han sido traducidos a 47 idiomas... soy uno de los cinco escritores más vendidos del mundo”

Y todo eso es cierto. Como lo es que se convirtió en el segundo escritor más vendido de Latinoamérica, que nació en una familia económicamente acomodada y que ha recibido unos cuantos premios internacionales por su trabajo.

A partir de que empezó a publicar novelas, Paulo Coelho cargó con dos estigmas: ser considerado un autor de autoayuda y haber dejado que crezca la fama de su mal humor.

Desde 1985, cuando se salió del camino del periodismo primero y del teatro después, ha publicado un libro cada dos años. Y se ha tomado la costumbre de hablar casi sin pudor de algunas cosas: su fortuna; su abandono del catolicismo para internarse en muchas disciplinas religiosas —incluso la magia negra—; para después retomar su camino inicial; sus años de preso político y también su pasada adicción a las drogas. Sin embargo hay un tema que Paulo no oculta, pero tampoco es un asunto sobre el que le guste demasiado hablar: los períodos que estuvo internado en hospitales psiquiátricos, manicomios, pues. Se dice, incluso, que su padre ingeniero tuvo mucho que ver en la decisión de que su hijo, entonces muy joven, fuera internado ahí.

Pero, salvo algunos arranques de ira, no parece haber ningún rastro de aquella época en la personalidad de don Coelho.  Un sujeto amable y gustoso de compartir conversaciones. Un tipo de esos con los que puede encontrarse uno en la vida... y sentarse a conversar.

En mayo del 2000 viajó a Irán. Y fue el primer escritor no musulmán invitado a visitar Teherán. Ahora, a mediados de marzo, hará una gira por el medio oriente.  El objetivo: hablar sobre religión. Hablar sobre Dios.  “Y las razones son muy claras —dice—. Todos los pueblos tienen que aceptar que Dios no puede ser globalizado. Aunque le idea de Dios sea más o menos única. Cada uno tiene su camino hacia Dios, su religión. Yo, por ejemplo, soy católico. Aunque, para ser franco, he pasado por muchos caminos, muchas religiones. Y he vuelto al sendero del que salí.”

 ¿Cómo si hubiera muchos Dioses. Uno para cada religión y uno para cada persona?

Básicamente. La religión es la manera colectiva de adorar a Dios, pero la búsqueda  espiritual será siempre solitaria e individual. Y mi Dios es un verbo, ni sujeto, ni objeto. No puedo definirlo

 Entonces... no hay un único sentido para la vida.

Eso es muy simple. Para eso hay que acordarse de (Carlos) Castaneda. O de los maestros de Castaneda. Y resumir en que cada uno debe vivir “su propio intento”. Vamos, por eso estamos como estamos. Porque intentamos asignarle un sentido único a la vida. Y tomamos eso como la insuperable razón válida. Entonces, cualquiera que no piense igual que nosotros... está equivocado.

 ¿Y por eso hay guerras?

Más o menos. Pero sí, es por que mucha gente cree que “su” camino, es el verdadero. Y no acepta a los demás.

 ¿Esa gente lee sus libros?

No lo sé. Pero no creo. Porque yo digo todo el tiempo que es muy importante probar diferentes rutas. Perder y volver a intentar por otro lado. Así es que... no creo.

 Debe ser agotador ser responsable de responder los cuestionamientos espirituales de la gente.

No, la gente no busca eso en mi.

 Eso parece. ¿Esta harto?

No. Esas son cuestiones más filosóficas que espirituales. El sentido de la vida es algo que, tarde o temprano, todos los hombres y mujeres se cuestionan. No, no estoy harto, de ninguna manera. Además, la gente no se me acerca con preguntas como éstas. Lo que existen son discusiones filosóficas.  Pero no esa filosofía estéril, alejada del hombre. Hablo de una filosofía viva. Esa que me mueve a mi  para salir a caminar por Chapultepec, para cargarme de energías.

 A ver, explíquese, por favor.

Lo que quiero decir es que internarse en la filosofía no es encerrarse a leer libros, aunque muchos libros están muy bien. Esa es una carrera por el saber. Yo hablo de los actos que nos sumergen en un pensamiento filosófico. Caminar por un parque y pensar en uno mismo.

Hablando de pensar en uno mismo. ¿Qué pensará el Coelho hippie del pasado, acerca del millonario escritor de hoy?

No hay ninguna contradicción entre una cosa y la otra. Digamos que, en todo caso, son dos facetas distintas de la misma personalidad. Yo vivo de mi arte. Y trabajo como trabaja cualquier otra persona que puedes cruzarte en la calle. Yo no vendí mis ideales de ayer.  Aunque ahora, cada vez que salga un libro mío yo viaje por muchos países haciendo promoción y durmiendo en hoteles de cinco estrellas. Pero, para llegar hasta aquí, tuve que trabajar muy duro... y fue gracias a los lectores.

Nada de eso significa que usted siga siendo un rebelde, ¿o sí?

Tengo mis ideas. Y esas ideas se formaron cuando yo tenía 22 o 23 años, esa es la época en la que a uno se le forja el alma. Es cierto que he cambiado de estrategia, mil veces, desde luego. Para esos cambios uno debe encontrar su fuente de poder. Y muchas veces esa fuente es la soledad.

Cuando uno está en soledad hace balances.

Sí. Y yo tengo mucho tiempo para eso. Existe el mito de que alguien como yo está muy ocupado. Y no es verdad. Tengo varias personas que hacen todo para mi. Entonces yo tengo muuucho tiempo libre. Viajo mucho, es cierto, pero no lo hago para vender libros. Los libros, a esta altura, se venden casi solos. Viajo porque me encanta estar con la gente.

Bien. Eso es la alegría, Paulo. ¿Cuál es el dolor?

El dolor... bueno, hay dolor, desde luego.

Claro, de otra forma no sería normal.

El dolor se manifiesta cuando me siento impotente. Yo sé que suena gastado hablar de la miseria que padece mucha gente, pero eso, si lo piensas seriamente durante unos minutos, te causa una impotencia horrible. Cuatro o cinco días después del atentado en las Torres Gemelas de Nueva York, yo estaba en Europa, en una suite maravillosa de un hotel cinco estrellas. Y estaba deprimido. Pensaba: soy uno de los cinco escritores más vendidos del mundo... y no puedo hacer nada. Y ese es también un tipo de dolor. Tengo mucho éxito. Pero no podía hacer nada... También hay otro dolor, más creativo, que es el momento de escribir. Quizá, por eso, no lo hago durante mucho tiempo. Maduro la idea durantes largos meses, pero, después, para escribir un libro, me tardo sólo dos o tres semanas. Estoy hablando del dolor que provoca escribir lo que está ahí, dentro tuyo. Que no precisamente es lo que tú quieres escribir, sino lo que sale, lo que quiere manifestarse. Dolor y más dolor. En fin... la vida también es eso.

 Sí... y también intimidad y recogimiento. ¿Cómo es usted de entre casa?

Hay dos maneras de contestar a tu pregunta.

 ¿Ah sí? ¿Cuáles?

Bueno, una es que ahora mismo estoy en mi casa.

 No estoy de acuerdo. Pero me refiero al espacio donde guarda sus objetos cotidianos.

Yo no soy un extranjero en ningún sitio, gracias a mis libros. Estar en tu casa es estar en un entorno agradable, un ambiente en el que te sientes a gusto. Y aquí yo me siento así.  Claro que también estoy en mi casa cuando estoy en Río de Janeiro.

 Y seguro ahí no usa saco y corbata, como ahora.

No, es cierto. Pero nunca uso esta ropa. Ahora, porque el presidente Fox me va a recibir. Y como es un presidente, entiendo que hay cierto protocolo que seguir. Pero, bueno, cuando estoy en Río... me despierto a las 9, camino, navego en internet. Esos son mis momentos de introspección. Alquilo no sé cuántos videos y me pongo a verlos. No voy al cine. Y vivo una vida como todo el mundo. Tengo una esposa con la que aprendimos a respetar los espacios individuales. Ahora mismo vengo de su exposición de pintura en París. Acaba de cumplir cincuenta años.  Cada uno tiene su camino de realización personal, aunque tengamos sueños en común.

 ¿Con qué sueña?

Qué pregunta difícil.

Vamos Coelho, esa no es precisamente una pregunta difícil.

Es que no sé con qué sueño. No siempre recuerdo los sueños. Sin embargo, me gusta mucho una tradición que aprendí hace años. Y es que cuando vas a dormir por primera vez en una ciudad, tienes que prestar mucha atención a lo que sueñes esa noche, porque se supone que ese sueño, será premonitorio. Es una tradición Eslava.

¿Y cuando está despierto?

Ah... esa es otra historia. Se supone que lo humanos somos un sueño de Dios.

Eso es peligroso, porque si Dios se despierta... ¿nosotros desaparecemos?

Bueno, lo que tenemos que tener muy claro es qué tipo de vida llevamos. Básicamente, para no transformarnos en una pesadilla de Dios.

 

-(2001)-

 


¿Quién es Coelho?

Un sujeto que desde hace tres años es Consejero Especial de la UNESCO para el Programa de Convergencia Espiritual y Diálogos Interculturales.

Un devoto que reza cuando se levanta, por la tarde y cuando se va a dormir. Y que estando de paseo en México suele ir a la basílica de la Virgen de Guadalupe, para agradecer.

Un escritor que suele ser atacado por la critica, por “simplista”

El hombre que le vendió por 540 mil dólares a la compañía estadounidense Warner los derechos cinematográficos sobre su libro “El Alquimista”, pero que, algunos años después, se arrepintió y quiso recomprarlos por el doble de su valor, pero no lo consiguió.

El dueño de una casa en Copacabana y otra en los Pirineos Franceses.

El promotor de una fundación que mantiene a 310 niños desamparados.

Un admirador de Jorge Luis Borges, Henry Miller y William Blake.


 

El libro más reciente de Paulo Coelho, “El Demonio y la señorita Prym”, es menos obvio y está mejor escrito de lo de que muchos esperaban. Se trata de una historia pueblerina, donde el bien y el mal juegan su lucha, tomando como presas a los 281 habitantes de un pueblo en decadencia (el escritor tiene cábalas y una de esas es tener presente al número 11, porque en el tarot tiene que ver con el rigor de la intuición femenina. Hay que ver que 2 + 8 + 1, suma 11)

La codicia, el miedo, la cobardía y “el qué dirán”, son amasados durante los siete días en los que transcurre la trama.

No hay allí grandes giros literarios, pero hay algunos golpes de efecto que vuelven a la pieza entretenida y fácil de leer. Y hay siempre una tensión y un “cuasi” suspenso.

Es el octavo libro de este escritor que lleva vendidos millones. La tirada inicial, echa por editorial Grjalbo en México, es de 210 mil ejemplares.

Desde luego, aquí Coelho sigue fiel a su narración simple y a su estilo “del más allá”: sueños premonitorios, almas de personas muertas y muchos, muchos símbolos (como oro para la codicia y un lobo para la maldad) que ayudan al escritor a contar su parábola y que le sirven para plantear la gran pregunta del libro: ¿los seres humanos son buenos o malos en tu totalidad?

 


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