Pero qué bonito. Y, sobre todo, qué democrático.
Es de noche. Todavía es de noche en la Ciudad de México, porque el invierno hace que el amanecer se retrace. Pero vamos en un coche grande, mi amiga Rocío, sus tres hijas y yo, rumbo a una escuela de monjas, como todas las mañanas, a dejar a sus niñas, para que sean educadas bajo la ley de Dios. Y ellas —las cuatro— rezan. Le piden a ese mismo Dios que las proteja, que no les falte nada y que cure los males del mundo. Bueno, eso es lo que creo que le piden, porque, en realidad, repiten como cotorras las oraciones que ya todos conocemos.
Y nos paramos en un semáforo. Entonces una mujer indígena, con los pies descalzos y un bulto en la espalda que suponemos es un niño dormido o aletargado, se acerca a la ventanilla blindada del coche para vender unos caramelos, o para pedir una limosna, quién sabe. Mi amiga Rocío entra en acción:
—¡Piiiiiinches indios!. —explota—. Tendrían que haberlos matado a todos. Porque por su culpa estamos como estamos. Booola de huevooones.
Pongo cara de terror, supongo. De esas caras que uno pone cuando está viendo la televisión y se entera de que el vecino amable y bondadoso de la casa de enfrente es el narcotraficante Arellano Felix.
—No me veas con esos ojos —me dice—, porque lo que digo es la verdad. Y no soy la única que piensa de este modo. Pero a lo mejor tiene más razón el refrán: la culpa no es del indio, sino del que lo hace compadre.
Hace pocos días, en los periódicos se leía (pequeña, desde luego) la formidable (y formidable quiere decir horrible, pavoroso, tremendo) noticia de que el Departamento de Estado norteamericano informaba acerca de la esterilización forzada de indígenas en México. ¡Alarma! ¡Alarma!... Entonces la Comisión Nacional de Derechos Humanos del Senado mexicano, dijo que abriría una investigación al respecto. El presidente de esa comisión —Miguel Sadot Sánchez Carreño— se lamentó de que los informes presentados en Washington “sean más detallados” que los que puede aportar el Ejecutivo nacional al Congreso.
Es cierto. Mi amiga Rocío no es la única que piensa así. Y si no me creen, déjenme contarles que según parece, el mismo Departamento de Estado que ahora simula espantarse por las esterilizaciones forzadas a indígenas en México, es el mismo que le dice al gobierno argentino que —entre otras cosas— debe pensar seriamente en un gran programa de control de natalidad en las clases más bajas, entre la gente más pobre que, desde luego, incluiría esterilizaciones. Claro, todo eso si es que quiere recibir un nuevo apoyo financiero. Qué bonito, ¿no?
Si somos una monada. Si la ética y la solidaridad se compra en frasco grande en la farmacia... y se deja bien guardada en el botiquín de la casa. Son drogas raras que se usan en caso de emergencia. Pero, ¿qué emergencia?
Ah, ya sé: debe ser cuando uno recibe una noticia terrible, como la comunicada por la Comisión Civil Internacional de Observación por los Derechos Humanos. Porque —que quede claro— los derechos humanos son una cosa que se “observa”. Esa comisión dijo que aún es grave la violación de las garantías individuales en México y que el supuesto fortalecimiento de los organismos no gubernamentales “queda en entredicho después del asesinato de algunos de sus miembros más destacados, como es el caso Digna Ochoa”.
En fin. Rocío no ya no es mi amiga. Porque, ustedes sabrán disculpar mi moral de mercado, pero todavía no consigo ser amigo de alguien que insulta a otra persona por el simple hecho de intentar venderle unos caramelos a través de un vidrio blindado y por pertenecer a una raza diferente de la suya. Ni tan diferente, porque permítanme confesarles algo: Rocío no es tan rubia como parece. Y no es que yo esté en contra de la gente que se tiñe el cabello. Estoy en contra de los hipócritas, más bien.
Yo supongo que Rocío sigue llevando a sus hijas a la escuela e insultando a la señora que le ofrece caramelos. Pero de algo estoy seguro: antes, se echa una rezadita, eso sí.
(México marzo de 2002)
“Pasen, vean qué bonita ciudad tenemos, construida con mucho esfuerzo y dedicación. ¡Esta es Monterrey!”. Eso es lo que les gustará decir a los gobernantes de esa región cuando entre el 18 y el 22 de marzo próximos, una gran comitiva de mandatarios internacionales visite el norte del país, para reunirse en la Conferencia Internacional para la Financiación del Desarrollo, organizada por Naciones Unidas.
Lo que seguro no dirán a George W. Bush (de Estados Unidos) o a José María Aznar (de España) —ambos presidentes confirmaron ya su asistencia— es que ese implacable y recién construido muro de dos metros de alto por dos kilómetros de largo, que se levanta a un lado de la avenida Morones Prieto, en la Colonia Caracol, fue edificado con premura para esconder a cientos de familias vergonzosamente pobres. Pero, cuidado con esa palabrita, ya que ser pobre no es motivo de vergüenza. Esconderlos, eso es lo que quieren hacer. No vaya a ser que un funcionario extranjero vea un niño descalzo y con los mocos colgando. No vaya a ser que en el mundo se enteren de que en México hay muchas deudas internas por resolver.
Es increíble la magnífica coherencia y unidad que alcanzan algunos pueblos latinoamericanos. Qué sincronización intelectual, qué maravilla. Si al final de cuentas, esta historia es igual a la sucedida en 1978, en Argentina, cuando el Papa Juan Pablo iba a visitar ese país y entonces, había que esconder los barrios muy pobres que se encontraban a la salida de aeropuerto internacional. ¿Qué hicieron los militares que gobernaban entonces? Acertó: ¡Construyeron un paredón!
Sí, hacen bien. Los pobres no tienen nada que ver con nosotros, los que somos “gente bien”. Cómo nos gustan esas palabras. Sobre todo nos gustan, porque vaya uno a saber cómo, pero hemos entendido que ser “gente bien” es tener unos padres divinos que nos mantengan y nosotros dedicarnos a pasear con amigos y, desde luego, no trabajar.
Eso somos, “gente bien” que no tiene por qué enterarse de lo que le pasa a los 50 millones de mexicanos que viven por debajo de la línea de pobreza. Al fin y al cabo, son nada más que la mitad del país.
Además, si hasta la televisión nos lo dice, todo el tiempo, con lo que se supone es ficción —como las telenovelas— y con lo que se supone es verdad —como el Big Brother que empezó a transmitirse el domingo 3—. En las telenovelas los pobres son brutos y morenos. Y en Big Brother, parece que también. O a lo mejor es que Televisa no consiguió encontrar entre los 100 millones de mexicanos o las 150 mil personas que se interesaron en formar parte de ese programa, un vendedor de tortas, un albañil, una empleada doméstica, una secretaria, un limpiador de alcantarillas, un trabajador cualquiera con los sueños rotos. Los doce participantes son prototipos deseables: cineastas, cantantes, modelos, médicos, empresarios... pero ninguno de ellos representa a los 50 millones de pobres. De eso ni hablar.
Porque nosotros somos los que usamos playeras y gorras de los Chicago Bulls y de Tommy Hillfiger (que proclama su racismo en televisión, como si eso fuera un orgullo). Somos los que vamos de Shopping al Palacio de Hierro o compramos un traje de Armani, los que vacacionamos en Nueva York, tenemos estudios, andamos en coche, tomamos coca cola diet, tenemos una secretaria con buen trasero y hablamos inglés. ¡Nosotros somos gente bien!
Y, desde luego, no tenemos nada que ver con familias como las Peña o Ríos Arriaga, que viven sobre la avenida Morones Prieto —ahí en Monterrey, frente al Centro Internacional de Negocios, donde se llevará a cabo la Conferencia— y a las que, como sus casas no serán cubiertas por el “muro de la pobreza”, el Ayuntamiento les está remodelando las fachadas, porque, aunque sus hogares sean muy modestos, también deben ofrecer una “buena cara”. Qué descaro.
Ahora sí que: ¡qué regios!. Porque “regio” —permítanme la aclaración— quiere decir suntuoso, ostentoso, majestuoso, o sea relativo al rey.
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