MIGUEL BOSE      | volver |


   

El alto señor de barba crecida, cabello largo y pantalones rasgados, camina sobre sus pasos de hombre resuelto y sobre el glamour con que se acostumbró a presentarse ante los demás. Porque si hay algo en este mundo que parece atrapar irresistiblemente a Miguel Bosé, es gustar a los otros. Casi podría decirse que ha hecho de eso el camino de su existencia; aunque juegue muy seguido a resultar un poco pedante y algo enojón.

Quién sabe por qué Miguel Bosé necesita gustarle a los demás... Quizá sea por esa infancia campestre y solitaria en España, cuando luchaba por conseguir una identidad y por ser aceptado, aun con sus costumbres de niño sensible, emocional. Quizá por haber sido el único hijo varón de la actriz italiana Lucía Bosé y del torero Luis Miguel Dominguín. Quizá porque desde pequeño, dice, se peleaba consigo mismo por resultar aceptable para ese padre tan estricto. Quizá porque a Miguel, simplemente, le encanta agradar.

Ahora, en su nuevo disco (ver recuadro) Bosé habla un poco más de sí. Quizá para  liberar con eso la tensión que, es evidente, le provoca hablar una infancia de soledad e incomprensión.

¿Por qué hace por primera vez un disco que habla en primera persona?

Pues, no sé... no tengo la menor idea, es lo que yo me pregunto... (sonríe). Creo que se me escapó.

¿Es un error, entonces?

No. La verdad es que las cosas te llegan cuando es tu momento justo y no hay que resistirse demasiado a eso. Sobre todo cuando llegan sin conflicto. Sin trauma a pesar de estar tocando temas que, durante toda tu vida, fueron problemáticos. No sé si tabúes, pero seguro pudores, o excentricidades, cosas muy personales. Se trata de cuestiones que llegan y salen y se escriben solas.

Decir que se escribieron solas es no hacerse cargo de todo lo que ahí dice.

No, no, no... ese disco lo escribí yo, aunque no me haya dado cuenta de eso en las primeras canciones. Aterricé cuando estaba escribiendo “El hijo del capitán trueno”, un tema que habla de un momento muy especial de la relación entre mi padre y yo.

Esa canción dice algo muy fuerte.

¿A qué te refieres? Todas las cosas que dice son muy fuertes.

¿Se lo tengo que explicar?

“(canturrea) El hijo del capitán trueno/ nunca fue digno hijo del padre / salió poeta y no una fiera / hijo de su madre”. Mira, cuando leo esa canción me doy cuenta que no soy el único hijo del capitán trueno, en el sentido figurado de que muchos hijos deben sentirse así. Y eso es tranquilizante.

No ser un hijo digno de su padre. Eso es lo fuerte. ¿Así se sentía?

Así me hacía sentir él (dice como si abriera una válvula de escape). Él no entendía cómo yo era. Él quería un hijo cazador, un hijo torero, que montase a caballo, que pescase, y que a los seis años...

Dejara embarazadas a las niñas...

Sí, a las de siete (se ríe, como festejando el recuerdo, a pesar del dolor). Y etcétera, etcétera. Claro... yo tenía otros ritmos y otra visión. Tenía otro mundo completamente distinto. Sólo. Porque tenía dos hermanas que jugaban entre ellas. Yo era un niño...

¿Un niño raro?

Un niño que se buscaba su vida. Y gracias a Dios descubrí los atlas y los diccionarios.  Entonces empecé a viajar. Había una mesa enorme donde colocaba los mapas, me ponía encima y...

Y era un pirata.

Sí (sonríe), claro que sí. Pero otras veces era Marco Polo. Así es que vivía en un mundo de literatura y de cuentos. Buscaba palabras raras en el diccionario y me las aprendía, aunque algunos días después ya no las recordara.

¿Todo eso para escapar de la realidad y de su padre?

Quién sabe. Por eso creo que haber escrito este disco es... (busca las palabras y... parece no encontrarlas)

¿Como un exorcismo?

Mas bien, como una sentada psiquiátrica o psicológica.

Eso suena mejor, porque fue gratis.

¡No sólo eso!. Además me van a pagar mucho dinero por ello.

¿Cuál es el pasado que limpia con esto?

Mira, cuando mi padre se fue (hace una pausa, se traga la imagen de la muerte)... los últimos años teníamos una relación extraordinaria. Nadie podía comprenderlo. Sobre todo porque nosotros éramos dos seres que no nos habíamos hablado ni visto durante años.  Fueron varias etapas, en realidad, pero el período más largo fueron como siete años.

Son muchos.

Sí. Pero, ¿sabes por qué todos nuestros conflictos eran tan terribles? Porque teníamos el mismo carácter.  Los polos similares se repelen. Al final de la vida, teníamos esa relación es-pec-ta-cu-lar, envidiable para todo el mundo. Todos los que conocían al torero no podían creer esos abrazos, esas demostraciones de afecto. Pero... cuando se fue... me di cuenta de que no habíamos hablado nunca. Habíamos pasado de no vernos ni dirigirnos la palabra a estar pegoteados, pero jamás nos reconciliamos con una buena conversación en donde dejáramos claras un montón de cosas. No nos habíamos cuestionado nada, finalmente.

Y, desde luego, ha de haber sufrido mucho por eso.

Al principio. Pero, enseguida me encabroné como una fiera. ¡Me enojé tanto! Cuando se murió, estando delante de él, me reconocí como su hijo. “¡Coño! ¡Qué mal gusto! ¡Cómo te atreves a morirte ahora! —le decía— ¡Es que no te das cuenta de que todavía no hemos hablado!.  Pero, claro... cuando pasaron los días pude comprender que él podía haber vivido sesenta años más y... tampoco hubiéramos hablado.

Quizá porque ninguno tenía la valentía de hacerlo. No hablar puede ser muy angustiante. ¿Cómo lo vivía de pequeño?

Maaal (lo dice con una mueca de dolor viejo, gastado. Dolor pero no rencor)... muy mal. Yo tuve que sobrevivir como puede, porque era el único hijo varón, el heredero. Era rubio, lombardo. Muy ordenado.

O sea, a los ojos de su padre, ¡un desastre!

Peor que eso: no era digno de él. Hasta que fui un poco más grande y aprendí a montar a caballo él dijo: ¡Por fin voy a tener un hijo!. Pero, claro, yo montaba tres horas y me perdía por el campo. Regresaba a pié, con el caballo detrás de mi, me metía a la cuadra y le lavaba durante cinco horas. Mi padre decía: Por Dios, ya estamos mal otra vez. Él preferiría que yo volviera con el caballo lleno de sangre y de baba. Que lo soltara con el cuidador y me fuera cagándome en los muertos del caballo. Y, la verdad, es que eso nunca se me ocurrió. Las personas que hacían eso a mi me parecían primitivas.

Uno de los temas del nuevo disco dice “nunca fui Gulliver”. ¿Qué quiere decir?

Más que de mi habla de un último hombre sobre la tierra. Habla de la situación de soledad en la que ese hombre se encuentra. ¿Y qué tiene que ver entonces con este disco tan personal? Ahora te lo voy a contar. Resulta que estaba yo trabajando en las canciones de este disco, encerrado en mi habitación y llegó un amigo. Y me dijo: “pareces Gulliver, el último hombre sobre la tierra. Estas sin salir, traes la barba crecida y casi no comes, como si estuvieras en una angustia total”. Pero, definitivamente, no ser Gulliver quiere decir  no ser un gigante, no ser un poderoso. Yo nunca lo fui.

Dice “tan inútil, pequeño y perdido. Tan grande solitario y vencido”

Sí, porque así son todos los gritos de desesperación. Y porque, desde luego, alguna vez así me he sentido yo.

Miguel, en ese período de reencuentro con su padre, ¿pudo decirle “te quiero”?

Claro (lleva la mirada al rincón donde almacena su vida), sí, siete veces al día se lo dije. Pero no sentía que se lo decía yo a mi padre, sino a un maestro, a un amigo al que quería muchísimo, a un gurú. Me daba unos consejos increíbles. Pero verdaderamente ¡increíbles!. Y los que yo le daba le resultaban incomprensibles. Entonces nos divertíamos muchísimo.  Eso pasaba cuando hablábamos del campo o de la vida en general. Era un hombre que tenía una inteligencia que había aprendido en el  camino, porque casi no sabía leer.  Es más, creo que no debe haber leído un libro en toda su vida.

Ahora que habló del campo, me preguntó por qué se enojó usted tanto con una periodista que en una entrevista le dijo que era usted ganadero.

No me enojé porque dijo eso. Me enojé porque estaba hurgando en mis intimidades e intentaba hacer un racconto de mis bienes. Yo tenía un campo, que era mi refugio, durante mucho tiempo en el que nadie sabía que yo era el dueño de ese lugar. Hasta que un toro de mi propiedad ganó un premio y ya todo el mundo lo supo. Ella insistía en saber por qué yo tenía eso. Vamos, soy hijo de torero. Y si de algo entiendo yo, es de ganadería.  Pero no me enojo por lo que me preguntan, sino por la actitud que tiene la gente al hacerlo. Lo que no soporto es el morbo. Yo a ti te puedo contestar lo que quieras.  Claro que es cierto que tengo una pésima fama, de pedante, de gruñón. Y es una fama que debo mantener (sonríe) para que no deje de haber titulares sobre mí en los periódicos.

¿Para no defraudar a la gente?

Exacto (se ríe todavía más). Vamos, cuando yo digo que quiero hablar del disco es porque busco gente que sea capaz de tirar del hilo. Cuando tú sacas un nuevo trabajo, has estado meses haciéndolo. Entonces, si tiras del hilo, sale la vida. Es cierto que con esa mujer me puse histérico  y le dije: “¿a ti qué carajo te importa?”.

Dijo que iba a contestarme cualquier cosa.

Sí, eso dije.

Desde hace por lo menos diez años, en cada entrevista que le hacen preguntan sobre un tema o, por lo menos, luego hacen mención a eso cuando escriben. Ese tema es su ambigüedad, incluso sexual.

Sí. Y no creo que sea una tontería. Tengo la suerte de haber nacido con la capacidad de provocar deseo. ¡Y ojalá me dure toda la vida!. Provoco deseo en los hombres, en las mujeres, en los niños y hasta en los animales. Claro que ese es un juego muy grande y...

¿Y?

Y también muy vil.

Pero usted nunca habló claramente de “ambigüedad”.

¿Y por qué voy a dejar de tener titulares?

¿Está bien alimentar un mito?

Da igual si soy, si he sido, si puedo ser, si soy nada más que por momentos. El problema real son las taras morales de la gente. Esto, hoy en día, no debería preguntarlo nadie. No se debería hacer hincapié en las diferencias.

Justamente, para que la diferencia no sea un tabú, mucha gente habla abiertamente de su vida sexual y se declara gay.

Mira, de la misma manera que este es mi momento de regurgitar toda mi relación con mi padre, hay gente que tiene necesidad de hablar de con quien se acuesta. Y mi momento ha estado siempre, aunque no de nombres. Por lo menos desde hace 25 o 30 años, cuando descubrí cómo soy.

Una canción de este disco dice “somos tres en tu cama, el cuarto está por llegar”. ¿Eso es una orgía?

Si lo quieres más claro, échale agua. Ya vez cómo no tengo problemas para hablar de mi vida. Hace unos días, cuando estaba yo en España, dando una entrevista para una revista gay, les decía que tampoco puede uno ser agresivo con los demás. Porque a muchas personas puede resultarle insoportable que salga un tío en la tele hablando de su vida sexual. Ellos —los de la revista— me dijeron que sabían perfectamente quienes eran y quienes no. “¿Y a mí qué?”, les contesté. Ellos son los más maricas de todos. Hay que tener cuidado. ¿Sabes la cantidad de gente que puede perder su familia y su trabajo por salir a decir “yo soy”? El mundo no está preparado. Y todo puede volverse una locura.

Hablando de eso, ¿por qué le tiene tanto miedo a la locura?

No (pausa), no lo sé. Es una palabra que me aterra. Muchas veces, como creativo llegas al borde de la locura. Y cuando aterrizas en el lado de los cuerdos, es espantosa la sensación de haber cruzado la línea.  Recuerdo una vez que estaba en Londres, viendo una muestra del fotógrafo de Richard Avedon, era una retrospectiva. Y cuando llegué a la sala en la que estaban las imágenes del período en que este hombre se había dedicado a fotografiar manicomios, me tuve que salir. Soporté sólo la primera foto. Los ojos de la locura.  Eso es la cosa que más me aterra. No sé si ya lo he vivido o está a la vuelta de la esquina, o la locura es la verdadera muerte... no sé, no sé. Es una palabra que casi no puedo pronunciar. Pero la escribo.

Sin embargo le gusta emborracharse... y perder el control.

Eso es estar loco, pero jugando... y nada más.

 


El Nuevo Disco

 

“Sereno”, el nuevo disco de Miguel Bosé, editado por Warner Music, acaba de salir a la venta. Y, por primera vez, el cantante español, elabora un trabajo en el que habla en primera persona de sí mismo. O, por lo menos, cuenta experiencias personales. Se trata de un material “escrito desde la ironía de un hombre de 45 años, que trata de respetar el corazón del niño que fue”, dice Bosé.

Once canciones escritas para develar  el mapa de los deseos y frustraciones de Miguel, que en su madurez, habla de su vida con más claridad que antes.

Este disco llega después de “Lo mejor de Bosé”, un  CD que en 1999 compiló los éxitos del cantante y vendió un millón de placas.

Lanzado simultáneamente en distintas partes del mundo, el disco ha comenzado a escucharse en el radio con su corte de promoción “Morena Mía” a partir de los últimos días de octubre del 2001.

 


 

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