El Hornero

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EL HORNERO

MATERIAL DE DIFUSIÓN DE LA
EMISORA EDUCATIVA "El HORNERO"
Nº XVIII - 2000

Esta revista ha sido preparada especialmente para ser remitida por E Mail a los interesados en el trabajo de nuestra emisora u obtenerla en las siguientes páginas web: www.interdia.org/hornero  ó  www.RADIOHORNERO.itgo.com  


ORDEN COMO ESTÁN PRESENTADOS LOS TEMAS
PRIMERA PARTE DE LA REVISTA

NOTA DE LA REDACCIÓN
Si Ud. está interesado en leer con más comodidad, recomendamos copiar con ampliación los artículos que desee. Lea los artículos con las pausas, tiempos y circunstancias características de los buenos lectores.
Si desea hacer comentarios, ampliar los temas o tiene inquietud de brindar otros conocimientos, lo invitamos a que nos escriba. Si lo hace manuscrito, hágalo con letra de imprenta o reconocible.
Agradecemos a quienes han remitido notas por las distintas vías. Todas han sido respondidas en el orden que fueron llegando. Los pedidos de ampliación y nuevos artículos han quedado en estudio de factibilidad. 
LA DIRECCIÓN
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BREVE RESEÑA DE LA EMISORA:
Inició sus transmisiones el 27 de noviembre de 1983 con objetivos tendientes a "EDUCAR AL NÚCLEO FAMILIAR" siendo la familia la célula básica y orientadora de las nuevas generaciones. Fue distinguida en distintas oportunidades, como también sus componentes, con Diploma de Honor en los Congresos Nacionales e Internacionales "El Niño y la Televisión" y la "Liga Pro Comportamiento Humano", por aportar sana comunicación para el niño y la familia, y Mención de Honor "Premio Rosa de Plata 1998" -Inscripta en el Comité Federal de Radiodifusión con los Nos. 232/89 - 1212/94 y en CNC Nº 447/97 S.C. - 
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CULTURA

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EL RABADÁN
Autor: Francisco Vázquez - Ediciones OCRUXAVES - Xª parte


Por la noche gente del bronce convidó al Rabadán a una cuchipanda en una finca del lugar. Acudió, y bebió vino en demasía.
--Ved cómo empina el codo el Rabadán.
- ¡ El Rabadán no bebe vino!
-De su bota ¡Ved cómo tercia la ajena!
-Hoy, en la oración de la Vega de Enciso, rechazó el odre y al agua de un bucarillo se atuvo.
-No le apetecería.

Aquella noche el Rabadán se embriagó, fornicó y riñó por cuatro. Al despuntar el alba, yacía como muerto, sucio, tirado en un rincón. Levantóse trastabillando, y se encaró, desgreñado y balbuceante, con la concurrencia; con voz tonante les espetó:
- ¡Son los encantadores, los malditos encantadores, que me persiguen como antaño persiguieron al malhadado don Quijote! í Ellos, ellos transforman mi agua en vino, ellos me perderán a mí, ellos perderán a mi Ciudad!

Fue a caer pesadamente en una zanja de agua sucia, a seguir durmiendo la mona.
La directora del Colegio de Señoritas había convocado en la dirección al cuerpo de profesoras.
-Hay que averiguar qué ocurrió con Paula. Alguien tiene que ir a la casa del Mayoral.
- ¿La casa del árbol?
-Ya se ve.

Nadie quería. Finalmente, ejerciendo su autoridad, la directora, que en conciencia debía haber ido ella, o designado a una de las mayores, designó a Camila, porque las mayores eran amigas suyas, y Camila no. Camila era delgada, bella, dulce, digna, sumisa o imperiosa, según los casos, profesora nueva, exalumna de la Escuela, soltera y soñadora
-Ve tú, Camila.
- ¿Yo?

Tuvo que ir, sola. Llegó al pie del árbol asustada; arriba no se veía al morador, ni se oía ruido. Un comedido que pasaba le informó, malicioso. Suba, que está. Ella, venciendo el miedo y la timidez, con voz llena, comenzó a vocear: í Señor, señor!
Nadie se asomó. Empezó a juntarse gente, que miraba maliciosamente. Ella irguió la cabeza, digna, y continuó voceando: ¡Señor señor!
Como viera que nadie se asomaba, se llegó a la escalera de mano y comenzó a treparla, de espaldas a los mirones, de frente a los peldaños, para regocijo de los de abajo que amaitinaban sus piernas largas y delgadas. Latiéndole fuerte el corazón, entró en el cubículo; el Rabadán dormía.
- ¡Señor, despierte! ¡Despierte, señor!
- ¿Qué quieres?
-Vengo a saber qué pasó con Paula, la alumna del Colegio.
El Rabadán entreabrió los ojos, y la estudió indolente.
-Alcánzame un vaso de agua.
Tras titubear, la moza cogió de la mesa un vaso y una redoma con agua; se dispuso a escanciar.
- ¡Lava el vaso antes!

Lo lavó lo secó, y le sirvió. La mano le temblaba en tal manera que la mayor parte del contenido se derramó. ¡No en vano estaba frente a aquél que sus colegas del Colegio habían pintado como monstruo lascivo y salvaje! Bebió el Rabadán, dejó el vaso en el suelo, se secó los labios con la sábana, y la interrogó de mala gana, con brusquedad:
-¿Qué quieres?
La moza, con voz entrecortada, repitió:
-Vengo a saber qué pasó con Paula, la alumna del Colegio.

El Mayoral la miró primero como divertido; puso después semblante de loco, en lo que tantas trazas se daba, y se levantó de la cama. Estaba desnudo; la doncella, aterrada, empezó a retroceder.
-Ahora te voy a violar ¿Sabes a cuántas mujeres he violado ya? Más de setenta y cinco, todas más fuertes que tú, algunas armadas de palos, otras de dagas, otras de pistolas. A todas las forcé.

La pobre moza seguía reculando. Calzaba zapatos altos; uno de los tacones se le enganchó en una ranura del piso, y se le quebró. Parecía garza coja caminando así. Pálida y ojerosa, velase bellísima, atrozmente aterrada y desamparada.
- ¡Ven, que te haré vibrar!

La pobre logró hallar la puerta, y despavorida comenzó a bajar la escala. El Rabadán, asomado, reía. Los que de abajo miraban, reían también, y gritaban cuchufletas. A la moza se le rasgaron las medías-, llegó al suelo hecha una lástima Comenzó a renquear alejándose lo más deprisa posible del árbol. De arriba el Mayoral le gritó: ¡FIacuchita!
La moza, al oírle, se detuvo en seco, y se volvió, llorosa, a mirarle ¿Cómo sabía aquella persona ese sobrenombre que en la escuela le daban cuando no era tan garrida y bien torneada como ahora? ¿Había acertado por casualidad? ¿Era mago? -Eres divina- le dijo, dulce, El Mayoral; y era sincero. Ella, gimoteando, se alejó del sitio.
-Averigua dónde vive. -le ordenó el Rabadán a uno de sus secuaces,
Con primorosa letra, en fino papel celeste en que lucía su monograma y con tinta negra (única manera en que escribía epístolas), aquella misma tarde el Mayoral envió una esquela a la pobre chica. Decía: "Flacuchita (ni el nombre te conozco):" "Te asustaste, pobrecilla. Yo no violo mujeres. No tengo necesidad: Se me ofrecen. Quiero que te cases conmigo; necesito" "de ti angustiosamente. Haberte visto esta mañana tan breve" "tiempo y en tan apretado trance me basta para saber quién" eres y cuánto vales. Te amo con toda mí alma, y sé que tú me" amas a mí. Mándame a llamar cuando te pluguiere, siempre que no pase del día de hoy; al punto acudiré: Soy tu esclavo" "(es un modo de decir). El Mayoral".
La esquela del Mayoral pilló en la cama a Camila; tras su desventurada visita a la casa del árbol, a la pobre chica le asaltó la duda de a dónde ir con tan lastimera facha: volver a la escuela, o refugiarse en su casa; para llegar a entrambos sitios tenía que caminar por el centro de la villa. Tal, vez por no asustar a los padres prefirió la escuela.
- ¿Te quiso violar? -demandaba Valentina, divorciada, mayor, áspera, de lengua aceda para la honra ajena, pero no tan santa en su propia cama.
-¡¿Desnudo?! -preguntaba la vicedirectora, otra que tiraba piedras al tejado del vecino a pesar de tener el propio de vidrio.
- ¿El te rasgó las medias?

Y la agobiaron a preguntas, demandando pormenores sobre qué hizo y qué dejó de hacer el salvaje monstruo, el aborrecible vestigio en cuyas fieras manos todas, o casi todas las que se quedaron en casa sólo por el qué dirán, hubieran querido sucumbir aquella mañana, y hasta le pidieron pormenores de las vergüenzas del endriago. ¡Pobre Flacuchita, de bien torneadas piernas de garza y carita ojerosa! (Una vez vi a un mecánico atacar con un soplete un muñeco de nieve).
La lavaron y compusieron lo mejor que pudieron, y la peinaron. Cuatro la acompañaron a la casa, Alegaron que había tenido un vahído, y la metieron en cama.
A mediodía, al ver que su novia no lo había llamado, el Mayoral mandó otra carta, y por la tarde otra; pero a las siete, aún la chica no había respondido.

Se lavó, se peinó, se aromó y se vistió; pero no con el sombrero de copa y la chaqueta cárdena y los guantes amarillos; se puso la nueva túnica blanca, talar y fina, que se había mandado hacer, y sandalias de cuero. Cogió el báculo y se puso en camino.
Llegó el Rabadán frente a la casa de su novia, y golpeó. Acudió al llamado un rapacejo.
-Dile a la Flacuchita que soy llegado.
-¿A quién?
-A la blanca garza de fuscas ojeras, a la ovejuela desvalida de la mirada recelosa; dila, dila que llegué.
- ¡Madre, a la puerta hay un loco que demanda no sé por quién!
Salió a ver la madre.
- ¡Señor Rabadán, pase, pase usted! ¡Qué honor para nosotros!
Le recibió en sala fresca y limpia, cuando ya los estertores del día teñían de cárdeno la tarde.
- ¡Ginés, ven, mira quién nos honra con su presencia!
El marido del ama acudió a la llamada de su mujer.
- ¡ Señor Mayoral, tanto bueno!

Le agasajaron; hiciéronle sentar en una dormilona tapizada de velludo verde; el ama mandó arrimar colación y tres criadas llevaron al estrado alcorzas y ramilletes vistosos y colineta y leve azucarillo y torcidos alfeñiques y brinquiños menudos y primorosos, todo en vajilla limpia y rica, y de beber chocolate caliente en jícaras de porcelana, manzanilla fresca, y jarras con masagrán y leche de canela y místela y chacolí. Mas el Rabadán repartió los dulces a los niños que en cantidad habían acudido al saber que en la casa había un loco, y los mandó a jugar; sólo aceptó un vaso de jarope que bebió a sorbitos cortos, como para no repetir. Y dijo a marido y mujer:
-He venido a casarme con vuestra hija.
Sonrieron los esposos, divertidos.
-¿Con cuál de ella s? Tenemos seis.
-Con la más hermosa.
-Todas son bellas, mejorando lo presente,
-Es Ojerosa, de piernas y dedos largos; la boca tirando a grande, gruesos los labios, las sortijas de pelo castaño caen sobre sus hombros; la voz, gruesa para su sexo, pero no demasiado; es dulce, voluntariosa a la de veces; mira como pidiendo auxilio; esta mañana rasgó un par de medias en mí casa del árbol.
-Mire, señor -replicóle el marido: -Mejor las voy llamando una a una, y Ud. ve con cuál de ellas se casa. Eximiremos por ahora a la menor, que sólo tiene doce años.

Y fueron pasando una a una, hasta cuatro; pero ninguna era.
-Queda sólo Camila sin venir; está en cama: hoy tuvo un vahído.
-Dile que se levante y venga -ordenó el Rabadán al padre. Obedeció. Poco después Camila entraba.
-Esta es mí mujer -sentenció el Mayoral. -Idos todos y dejadme a solas con ella.
Le obedecieron. Camila, delante de él, desvaída, temblaba como azogada.
-Por mis cartas sabrás que te amo y que he dispuesto seas mi mujer. He venido a hacerte mía.
Ella le miraba ansiosa, asustada. Dudó por largo rato. Finalmente se arrojó en brazos del Rabadán, sollozando: ¡Tuya, sí, tuya, tuya!

El Mayoral la recibió amoroso, como a un polluelo desvalido en la palma de la mano. U doncella se estremecía y tiritaba; no cesaba de repetir ¡tuya, tuya! Hubieron de llevarla al lecho nuevamente, y arroparla. El Rabadán consideró cumplido su designio, y se retiró de la casa. La moza, corno delirando, seguió repitiendo ¡tuya, tuya! por tres días arreo Así nació un amor, tan grande como el mar océano, que había de arder perennemente en la vida de esos dos seres hasta el último suspiro; pero nadie sospechó cuando a la anochecida el Rabadán se retiró de la casa, que aquélla sería la última vez que los amantes se habían de ver en la vida.
Mediodía; el Rabadán va cansado, con hambre y sediento; es domingo. Ha aportado a un paraje poblado de coches donde multitud de gente de la ciudad acampa para pasar el día. Los excursionistas han tendido manteles en el suelo, y comen y beben copiosamente. Se oye la música de docenas de radios y grabadores, algunos hasta sus televisores han llevado, que conectados a las baterías de los autos, funcionan sin dificultad. Todos visten y calzan bien; grandes y chicos se ven bien alimentados; demasiado bien alimentados. Hasta en las muñecas de los pequeños que juegan en el barro lucen caros relojes digitales. Los chicos, más que a correr y saltar, se dedican a trebejar con juegos mecánicos de mucho valor.

Pero el sitio no es agradable: el suelo está cubierto de suciedad, no la limpia suciedad de la tierra del campo, la que nos sustenta y algún día será nuestro último lecho, sino inmundicia de ciudad, la que solemos ver en las calles mal barridas, suciedad nauseabunda y maloliente. Y el arroyo que cerca corre y donde (clama al cielo!) algunos niños con cañas pretenden pescar, hiede. Para colmo los concurrentes riñen entre sí de continuo guerras minúsculas y encarnizadas, disputándose el sitio para aparcar el coche, y la sombra del árbol, y todos se miran como extraños, y aún con odio de enemigos. Corno coadyuvando a la suciedad general todo el mundo arroja los desperdicios por todas partes. A mojicones se lían varios por un roce de guardabarros; otros, porque un balón les cayó en el mantel.
Una enorme cruz, a un costado, preside el lugar. Está armada con planchas de acero ajustadas con remaches grandes y redondos; toda una obra de ingeniería metálica, fría, como una rosa fabricada por un herrero. La corona de espinas ha sido sustituida por alambre de púas de la mejor calidad. Las manos y pies de Cristo se hallan sólidamente clavados a la cruz mediante pernos que pasan la estructura de lado a lado y se ajustan con tuercas por detrás. El costado izquierdo del Salvador luce el orificio redondo y pequeño de un disparo de arma de fuego, Sangrando copiosamente, agoniza. De rato en rato, trepando por una escalera apoyada en la cruz, un policía vuelca en las semiabiertas fauces del moribundo, el contenido de una gaseosa, que escurre en su mayor parte por barbas y cuerpo, y atrae después a multitud de moscas.

El Rabadán, que nunca deja escapar la ocasión de arengar sobre sus Fundaciones a quienes topa al paso, piensa: De esta gente ¿qué puedo esperar? Y a despecho de su hambre y de su sed, sigue de largo. De lejos se oye la voz del moribundo: ¡Dios mío Dios mío!, ¿por qué me has desamparado?

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VEINTE MIL LEGUAS DE VIAJE SUBMARINO

CAPITULO XVI (continuación de la revista Nº 13)

UN BOSQUE SUBMARINO
Por fin habíamos llegado al límite de ese bosque sin duda uno de los más bellos del inmenso dominio del capitán Nemo, Este lo consideraba como suyo Y se atribuía sobre él los mismos derechos que tuvieron los hombres primitivos en los primeros días del mundo, ¿Quién Podía disputarle la posesión de esa propiedad submarina? ¿Quién vendría, hacha en mano, a abrirse Paso en sus sombrías espesuras?.
Ese bosque componíase de grandes plantas arborescentes, y apenas penetramos bajo sus vastas arcadas mis miradas fueron atraías por la singular disposición del ramaje.
Ninguna de las hierbas que tapizaban el suelo, ninguna de las ramas que erizaban los arbustos, arrastrábase, curvábase o extendíase en plano horizontal Todas se erguían hacia la superficie del océano, No había filamentos ni tallos por más delgados que fuesen, que no se mantuvieran tiesos como varillas de hierro. Los fucos y las lianas desarrollábanse siguiendo una línea recta y perpendicular impuesta por 1,9 densidad del elemento que los había originado. Por otra parte, permanecían inmóviles y cuando las aparté con la mano, esas plantas volvieron a tomar de inmediato su anterior posición. Era ése el reino de lo vertical.
Bien pronto me habitué a esa extraña conformación, así corro a la oscuridad que nos envolvía. El suelo del bosque estaba sembrado de agudos guijarros, difíciles de evitar, La flora me pareció allí más exuberante que en las zonas árticas o tropicales, donde sus productos son menos numerosos. Pero, durante algunos minutos, confundí vergonzosamente los reinos entre sí, tornando a los zoófitos por hidrófitas, a los animales por las plantas. Pero ¿quién no se hubiera equivocado? ¡La fauna y la flora se tocan de tan cerca en ese mundo submarino! ... ...
Observé que todas esas producciones vegetales se mantenían adheridas al suelo de un modo superficial Desprovistas de raíces, indiferentes al cuerpo sólido que las sostiene, ya sea arena o conchas, limo o guijarro, no les demandan vitalidad sino un punto de apoyo.
Esas plantas no proceden sino de sí mismas y el principio de su existencia se halla en esa agua que las mantiene, que las nutre. 
La mayor parte de ellas, en lugar de hojas mostraban laminillas de aspecto variado, circunscritas a una gama restringida de colores, que no comprendía más que el rosa, el carmín, el verde, el leonado, el aceituna y el castaño. Allí volví a ver, pero no secas como en las colecciones del Nautilus, padinas-pavo real, despIegadas en abanico; ceramias escarlatas; laminarias, alargando sus jóvenes brotes; nereocistis filiformes, que se extendían a quince metros de altura; ramilletes de acetábulas, cuyos tallos se ensanchaban en la cima, y numerosas plantas pelágicas, completamente desprovistas de flores. "¡Qué falta de lógica la de este singular elemento -ha dicho un naturalista-, donde el reino animal florece y donde el reino vegetal no florece!"
Entre aquellos diversos arbustos, tan grandes como los árboles de las zonas templadas, y bajo su sombra, crecían verdaderos matorrales de flores vivientes, setos de zoófitos, sobre los cuales se desarrollaban meandrinas cebradas de sinuosas franjas, cariófilas amarillentas de tentáculos transparentes, compactos céspedes de zoantarios, y, para completar la ilusión, los peces moscas volaban de rama en rama, como un enjambre de colibríes, mientras que amarillentos lepisacantos, de erizadas mandíbulas y agudas escamas, dactilópteros y monocentros, se levantaban a nuestro paso, semejantes a bandadas de becasinas.
Aproximadamente a la una de la tarde, el capitán Nemo dio, con gran satisfacción mía, la señal de alto, y nos extendimos bajo un toldo de alarias, en el que largas correhuelas se erguían, desafiantes.
Ese instante de descanso fue inolvidable. Sólo deseaba comentar el maravilloso paseo; pero era imposible hablar o responder. Aproximé entonces mi gran cabeza de cobre a la de Consejo y vi cómo brillaban de contento 'los ojos del muchacho, que, en señal de satisfacción, se agitó en su escafandra con el aire más cómico del mundo.
Después de esas cuatro horas de paseo, me sorprendí al no sentir un gran deseo de comer. A qué se debía esa falta de apetito, no sabría decirlo; pero, en compensación, experimenté un profundo deseo de dormir, corno sucede a todos los buzos. Fue así que mis ojos se cerraron, y caí en una invencible somnolencia, que el ejercicio de la marcha había podido combatir hasta entonces, El capitán Nemo y su robusto compañero, extendidos en ese límpido cristal, nos daban el ejemplo.
¿Cuánto tiempo permanecí sumido en ese sopor? No puedo calcularlo; pero cuando desperté, me pareció que el sol se hundía en el horizonte. El capitán -Nemo habíase ya levantado y comenzaba a desperezarme, cuando una aparición inesperada me hizo poner bruscamente de pie.
A algunos pasos, una monstruosa araña de mar, de un metro de altura me observaba con sus ojos oblicuos, pronta a lanzarse sobre mí. Aunque mi traje de buzo era lo bastante grueso corno para defenderme de las mordeduras de ese animal, no pude contener un estremecimiento de horror. Consejo y el marinero del Nautilus se despertaron en el mismo instante. El capitán Nemo mostró a su compañero el repugnante crustáceo, que un culatazo abatió enseguida, y vi las brillantes patas del monstruo retorciéndose en convulsiones.
Este encuentro me hizo pensar que otros animales más temibles debían morar en aquellos fondos oscuros y que mi escafandra quizá no me protegiera contra sus ataques. No había pensado en ello hasta entonces, y resolví mantenerme sobre aviso. Además, supuse que ese alta señalaba el término de nuestro paseo; pero me equivocaba, y en lugar de regresar al Nautilus el capitán Nemo continuó su audaz excursión.
El suelo seguía en declive y su pendiente, cada vez más señalada, nos conducía a mayores profundidades. Debían ser alrededor de las tres cuando llegamos a un estrecho valle, situado entre altas paredes, cortadas a pico a ciento cincuenta metros de profundidad. Gracias a la perfección de nuestros aparatos rebasamos en noventa metros el límite que la naturaleza parecía imponer hasta entonces a Las excursiones submarinas del hombre.
Digo ciento cincuenta metros, a pesar de que no he calculado con ningún instrumento dicha distancia. Pero en un mar tan límpido los rayos solares no podían tener mayor fuerza de penetración. Y. precisamente, la oscuridad se había hecho profunda. Ningún, objeto era visible a diez pasos de distancia. Marchaba va a tientas, cuando vi de pronto el brillo de una fuerte luz blanca. P-1 capitán Nemo había encendido su aparato eléctrico. Su compañero lo imitó entonces y nosotros seguimos su ejemplo. Establecí, dando vuelta una tuerca, la comunicación entre la bobina y la serpentina de vidrio, y el mar, alumbrado por nuestras cuatro linternas, se iluminó en un radio de veinticinco metros.
El capitán Nemo continuó hundiéndose en las oscuras profundidades del bosque, cuyos arbustos se hacían cada vez más raros. Observé que la vida vegetal desaparecía más rápidamente que la animal. Las plantas pelágicas abandonaban ya el suelo convertido en árido y un número prodigioso de animales, zoófitos, articulados, moluscos y peces, pululaban allí.
Siempre avanzando, pensé que la luz de nuestros aparatos Ruhmkorff debía atraer a algunos de los habitantes de esas sombrías capas. Y se aproximaron, pero manteniéndose a distancia respetable de los cazadores. Varias veces vi detenerse al capitán Nemo para disparar con su fusil pero después de algunos instantes de observación, reiniciaba la marcha.
Por fin, aproximadamente a las cuatro, esa maravillosa excursión se terminó. Un muro de rocas soberbias y una masa imponente erguíase ante nosotros, amontonamiento de bloques gigantescos, enorme escarpada de granito, perforada de grutas oscuras, pero que no presentaba ninguna rampa practicable.
Eran los acantilados de la isla Crespo. ¡Era la tierra!
El capitán Nemo se detuvo de pronto, Un gesto suyo suspendió el avance y por más deseos que sentía de cruzar esa muralla, debí obedecer la orden. Aquí terminaban los dominios del capitán Nemo y no quería traspasarlos, Más allá estaba esa porción del globo en la que no debía posarse el pie.
Emprendimos el regreso. El capitán Nemo volvió a encabezar el grupo, guiándonos sin vacilar. Me pareció que no volvíamos al Nautilus por el mismo camino. Esa nueva ruta, muy áspera y, en consecuencia, muy penosa, nos aproximó mucho a la superficie del mar. Sin embargo, ese retorno a las capas superiores se realizó con grandes precauciones, para evitar que la falta de compresión no se verificara demasiado rápidamente, lo que podría ocasionar a nuestro organismo desórdenes graves y hasta esas lesiones internas fatales a los buzos. Bien Pronto la luz reapareció, alcanzó mayor intensidad, y a* pesar de que el sol se iba ocultando en el horizonte, la refracción adornó de nuevo los diversos objetos con un anillo espectral.
A diez metros de profundidad, marchábamos en medio de un enjambre de pececillos de toda especie, más numerosos que los pájaros en el aire, más ágiles también, pero ninguna caza acuática, digna de un disparo de fusil, se había ofrecido hasta entonces a nuestras miradas.
En ese momento, el arma del capitán seguía entre la espesura un a objeto 
El disparo partió escuché un débil silbido, y un animal cayó, como fulminado, a algunos pasos.

Tratábase de una magnífica nutria de mar, un enhidro, el único cuadrúpedo que es exclusivamente marino. Esa nutria, de un metro y medio de largo, debía valer mucho. Su piel, de un color castaño oscuro en el lomo y argentado en el vientre, prometía tino de esos admirables tapados tan buscados por los comerciantes rusos y chinos. La finura y el lustre -de su pelo le aseguraban un valor mínimo de dos mil francos. No pude dejar de admirar a ese curioso mamífero de cabeza redonda adornada de orejas cortas, ojos redondos, bigotes blancos y parecidos a los del gato, pies palmeados y unguiculados y cola tupida. Ese magnífico carnicero mermado y perseguido por los cazadores, se ha hecho muy raro, y se ha refugiado en las regiones boreales del Pacífico, donde, por desgracia, su especie no tardará en extinguirse.
El compañero del capitán Nemo fue a recoger la bestia la cargó sobre su hombro y nos pusimos de nuevo en camino.
Durante una hora, una planicie de arena se presentó ante nosotros. A menudo ascendía a menos de dos metros de la superficie de las aguas. Veía entonces nuestras imágenes reflejarse con nitidez, dibujarse en sentido inverso, y por encima de nosotros aparecía un grupo idéntico, reproduciendo todos nuestros movimientos; un grupo semejante en todo, pero con la diferencia de que marchaban con la cabeza hacia abajo Y los pies en el aire.
Otro efecto digno de destacar era el paso de espesas nubes que se formaban y desaparecían rápidamente. Pero, al reflexionar, comprendí que esas pretendidas nubes sólo eran debidas al espesor variable de las oleadas del fondo, -N, hasta llegué a distinguir los carneros espumosos que sus quebradas crestas multiplicaban en las aguas. No había sombra que no advirtiera; hasta notaba las de los grandes pájaros que pasaban encima de nuestras cabezas, rozando la superficie del mar.
En esa ocasión, fui testigo de uno de los más certeros disparos de fusil que ha-ya podido' presenciar un cazador. Un pájaro de gran tamaño se aproximaba. El compañero del capitán Nemo apuntó y disparó cuando el animal se hallaba a sólo unos metros de la superficie de las olas.
Cuando cayó, las Olas lo trajeron hasta el alcance del cazador, que así pudo apoderarse de él Era un albatros, un admirable espécimen de lo-, pájaros pelágicos.
Nuestra marcha -no había sido interrumpida por este incidente. Durante dos horas recorrimos planicies arenosas y praderas de fucos, muy difíciles de atravesar, El cansancio me invadía, cuando advertí un vago resplandor, interrumpiendo, a media milla, la oscuridad de las aguas. Era el fanal del, _Nautilus. Antes de veinte minutos nos hallaríamos a bordo, Y entonces podría respirar mejor porque mi Compartimiento de reserva para el aire parecía suministrárselo muy pobre en oxígeno. Pero no contaba con un encuentro que iba a retardar nuestra llegada.
Me había retrasado una veintena de pasos, cuando vi que el capitán Nemo volvía bruscamente a mi encuentro, Con mano vigorosa me arrojó a tierra, mientras su compañero hacía lo mismo con Consejo. Al principio, no supe qué pensar de este brusco ataque, pero luego me tranquilicé 21 observar que el capitán se acostaba cerca de mí y permanecía inmóvil.
Me hallaba, pues, extendido sobre el suelo, oculto por un matorral de fucos, cuando al levantar la cabeza advertí que enormes masas pasaban, arrojando -resplandores fosforescentes. -
La sangre se helé en mis venas. Había reconocido los formidables escualos que nos amenazaban: eran nada menos que una pareja de tintoreras, terribles tiburones, de cola enorme, mirada velada y vidriosa, que destilaban una materia, luminosa por unos orificios -situados alrededor de sus hocicos ¡Monstruosas luciérnagas que pulverizan el cuerpo entero de un hombre en sus maxilares de hierro! No sé si Consejo se hallaba ocupado en clasificarlos, pero, por lo que a mí respecta, observé sus vientres plateados y sus formidables fauces erizadas de dientes, no desde un punto de vista científico sino más como víctima que corno naturalista.
Afortunadamente, esos voraces animales veían muy mal allí. Pasaron sin advertirnos, rozándonos con sus aletas pardas, y nos escapamos por milagro de ese peligro, mucho más grande en verdad que el encuentro con un tigre en plena selva.
Medía hora después, guiados por la estela eléctrica, llegamos al Nautilus. La puerta exterior había permanecido abierta, y el capitán Nemo la cerró apenas entramos todos en -la primera celda, Después apretó un botón. Escuché el ruido que hacían al maniobrar las bombas dentro del navío, sentí cómo el agua bajaba a mi alrededor y, en algunos instantes, la celda quedó por completo desocupada. La puerta inferior se abrió y pasamos al vestuario.
Allí nos fueron quitadas las escafandras con algún trabajo y, molesto por la fatiga, cayéndome de inanición y de sueño, me dirigí a mi cuarto, maravillado de esa sorprendente excursión al fondo de los mares.

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