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EL HORNERO
MATERIAL DE DIFUSIÓN DE LA
EMISORA EDUCATIVA "El HORNERO"
Nº XVIII - 2000
Esta revista ha sido preparada especialmente para ser remitida por E Mail a los interesados en el trabajo de nuestra emisora u obtenerla en las siguientes páginas web:
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ORDEN COMO ESTÁN PRESENTADOS LOS TEMAS
PRIMERA PARTE DE LA REVISTA
NOTA DE LA REDACCIÓN
Si Ud. está interesado en leer con más comodidad, recomendamos copiar con ampliación los artículos que desee. Lea los artículos con las pausas, tiempos y circunstancias características de los buenos lectores.
Si desea hacer comentarios, ampliar los temas o tiene inquietud de brindar otros conocimientos, lo invitamos a que nos escriba. Si lo hace manuscrito, hágalo con letra de imprenta o reconocible.
Agradecemos a quienes han remitido notas por las distintas vías. Todas han sido respondidas en el orden que fueron llegando. Los pedidos de ampliación y nuevos artículos han quedado en estudio de factibilidad.
LA DIRECCIÓN
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BREVE RESEÑA DE LA EMISORA:
Inició sus transmisiones el 27 de noviembre de 1983 con objetivos tendientes a "EDUCAR AL NÚCLEO FAMILIAR" siendo la familia la célula básica y orientadora de las nuevas generaciones. Fue distinguida en distintas oportunidades, como también sus componentes, con Diploma de Honor en los Congresos Nacionales e Internacionales "El Niño y la Televisión" y la "Liga Pro Comportamiento Humano", por aportar sana comunicación para el niño y la familia, y Mención de Honor "Premio Rosa de Plata 1998" -Inscripta en el Comité Federal de Radiodifusión con los Nos. 232/89 - 1212/94 y en CNC Nº 447/97 S.C. -
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CULTURA
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¿Y es a eso - se me dirá - a lo que se reduce la reformación de la lengua española? Principio quieren las cosas - respondo -; no hay causa chica cuando es continua, que un céntimo a interés compuesto acaba, con el tiempo, por dar millones. Pero no; no se reduce a eso ni a semejante acción reflexiva, sino aprovechar la natural diferenciación dialéctica.
Derrámase hoy la lengua castellana por muy dilatadas tierras, bajo muy diferentes zonas, entre gentes de muy diversas procedencias y que viven en distintos grados y condiciones de vida social; natural es que en tales circunstancias se diversifique el habla. ¿Y por qué ha de pretender una de esas tierras ser la que dé la norma y tono al lenguaje de todas ellas? ¿Con qué derecho se ha de arrogar Castilla o España el cacicato lingüístico? El rápido entrecambio que a la vida moderna distingue impedirá la partición del castellano en distintas lenguas, pues habrán de influirse mutuamente las distintas maneras nacionales, yendo la integración al paso mismo a que la diferenciación vaya. Un francés, el doctor Abeille, nos salió en la Argentina con eso del idioma nacional, prediciendo la formación allí de un nuevo idioma, predicción que acogieron con regocijo en España misma algunos tan esquinados contra el espíritu castellano como ignorantes del proceso lingüístico, y lo bueno del caso es que los más de los dichos, modismos y peculiaridades del habla popular argentina lo son también de hablas populares de España. Verbenean el Martín Fierro, el Santos Vega y otras composiciones por el estilo en giros, decires y vocablos que se oyen aquí al pueblo, aunque nunca se los vea escrito. Ocurre que semejante caudal de voces fluye soterradamente, como en parte su curso el Guadiana, y cuando salta en escritos acá o allá, al parecer aisladamente, no hace más que mostrarse a flor de tierra la oculta corriente. El "sos", por ejemplo, que tan típico de aquellas pampas parece, lo usan por acá.
Mas lo hondo de las diferencias estriba, más que en las voces mismas, en la traza de construirlas. Así como así, la manera genuinamente castellana de decir se vierte en una sintaxis que se compadece por lo común, bastante mal con la viveza y soltura del inquieto pensamiento moderno; es un decir en carreta, cuando va el idear en locomotora. Una construcción sintáctica de garfios, corchetas, lañas y ensambladuras, tan pesada como ese nuestro verso tradicional, tamborilesco y machacón, en que ahoga el compás al ritmo en un verso más cadencioso que melódico.
La frase -¿por qué no tallarla a otro corte que el reglamentario y como más a filo venga? Esos enchufes y envolvimientos que la hacen tan pesadota, -¿a qué? Camina a marcha castellana, como entre roderas de camino vecinal, hala, hala, siempre adelante, sin esguinces, ni quiebros, ni arredros, ni saltos, itinerariamente; que pueda el caballero descabezar su siesta al compás de la andadura; nada de marcha suelta y libre, de peón que de paseo se recrea a ratos, bien despierto, con la visión paisaje que domina. Es una pesadez; la cosa es no tener que fijarse dónde pisa, dejarse cunar y... ¡qué bien suena!, sí, el murmullo arrullador del regato, sobre todo porque no dice nada y adormece. Así ese decir anquilosado, con hinchazones de artritis a las veces, de la sintaxis que pasa por castiza, séalo o no, -¿es realmente tal manera la genuinamente castellana?
Curiosa es la evolución de nuestra sintaxis desde aquella principalmente de coordinación, narrativa y épica del viejo poema del Mío Cid, en que desfilan los sucesos en hilera, uno tras otro, con sus verbos en personal casi siempre, hasta la sintaxis involutiva u oratoria de subordinación. El pueblo rehuye la construcción indirecta, y para esquivarla se vale del tan típico dice digo o dije digo. Asegura un procesalista que los testigos que son veraces cuentan las cosas derechamente, en orden de tiempo, "y fue, y dijo, y se vino, y volvió a irse", etc., mientras las ordenan por gradación jerárquica de suces los que mienten.
Si es así, atestiguamos, casi siempre con mentira los españoles. Y esta sintaxis oratoria, de amplios períodos de subordinación, ¿es genuina, y castizamente castellana de la tierra de Pero Mudo? Me parece que no, que viene de más abajo, de tierras de labia, y es una de las operaciones que más necesita nuestra lengua, y con ella tantas otras de nuestras cosas, para europeizarse: desmeridionalizarla.
¡Bueno! - vuelven a interrumpirme aquí-, ¿y esa nueva parla? ¿Nueva? Nueva no, que nada hay nuevo bajo el sol; renovada... Esa lengua.. -¡paciencia!, todo se andará, que ella misma ha de ir haciéndose. Eso de desaforarse con la lengua, que ha hecho nuestro pensamiento... ¿Y qué? ¿El pensamiento, a su vez, no ha de plegarse su lengua? Y si yo no pienso en castizo castellano, ¿a ley de qué he de aprisionar mi pensamiento en esa camisa de fuerza, y no cortarme con ello un traje, quitándole lo que le sobre, añadiéndole lo que le falte y cambiándole lo que sea menester? Pues bueno fuera.
¿Oye cómo se hace eso? A la buena de Dios, cada cual como mejor se las componga, salga lo que saliere, cada uno con su cada unada, y luego..., ello dirá. Ello, ello es lo que ha de decir; hay que remachar en esto: ello dirá y no nosotros, ni vosotros, ni lo de más allá; ello y sólo ello dirá. Así como así será lo que haya de ser, por lo cual, ¡viva la libertad!, la libertad, que es la conciencia de la necesidad. ESCRIBE COMO TE DE LA REAL GANA, Y SI DICES ALGO DE GUSTO O DE PROVECHO Y TE LO ENTIENDEN Y CON ELLO NO CANSAS, BIEN ESCRITO ESTA COMO ESTE;
¿PERO SI NO DICES COSA QUE LO VALGA O ABURRES? POR CASTIZO QUE SE TE REPUTE, ESCRIBES MUY MAL, Y NO SIRVE DARLA VUELTAS, QUE ES TIEMPO PERDIDO. Y en cuanto a lo de aburrir, no olvides que más pesada que un galápago es una ardilla dando vueltas en su jaula.
En las lenguas, como en otras manifestaciones humanas, adviértese un fuerte tiro a la polarización; universalízanse más cuanto más se individualizan; se integran a medida que se diferencian. El ideal es que hablemos todos los hombres una sola y misma lengua, pero que la hable cada cual a su modo; y el ideal en España, que sólo se hable el español, pero empleándolo cada uno a su manera. El instrumento arranca de Castilla; pero ¿ha de ser por eso el castellano quien sepa manejarlo mejor? Y si con el uso se altera, bien alterado está.
Piensa cada hombre dentro del común pensar; pero debe hacerlo por sí, y ha de hablar, en consonancia, dentro del habla común, pero con arte propio. Más aquí parece que piensan todos lo mismo, de la misma manera y en la misma forma; tan desesperantes son la uniformidad y monotonía. ¿No influirá en este pernicioso fenómeno la lengua? Claro está que un pensamiento individual, poderoso y fuerte, se hará su lengua siempre; pero ¿no cabrá que la lengua constituida ahogue en brote a un pensar que pudo luego ser poderoso?
Lo individual produce el progreso, la sucesión de distintos individuos es su casa motora; un individuo que viviese mil años acabaría hablando como a los treinta de su edad; la muerte, que hace lugar a la nueva vida, es la condición ineludible de todo progreso; y ¿cómo vamos a progresar lingüísticamente con esa presión de la masa y ese gobierno de los muertos?
¿Y cómo será la lengua que de una vivificación así brote? ¿Lo sé yo acaso? Ello dirá. La cuestión es que no nos acontezca lo que a un amigo mío catalán, que escribió un libro en castellano muy claro y le dijeron que no estaba bien escrito, y él se lo creyó al muy encogido y se acoquinó y volvió a su catalán - para los casticistas catalanes malo -lamentándose de que jamás podrá dominar el castellano. Debió decirse otra cosa y persistir y luchar. Y, en general, aquellos de los catalanes o de mis paisanos vascos que se vuelven a su lengua por no atinar a servirse castizamente del castellano, deben defender su manera de usarlo y trabajar en ésta.
Cuando empecé yo a escribir se me reprochaba que eran mis escritos enrevesados y confusos, y mi lengua una especie de monsergueño galimatías. Seguí haciéndome mi habla y me callé; pero era para decirme a solas: "No es que no entiendan tu lenguaje; es que no comprenden a primeras tu pensamiento, y como no tienes aún derecho a que se te relea, te declaran infundioso. `Paciencia', que ellos entrarán". Y han entrado, ¡vaya que si han entrado! Y seguro estoy de que si muchos de los que han cambiado de parecer respecto a mi lengua volviesen a leer mis primeras cosas, confesarían la verdad. No digo que no me haya modificado yo, que al fin y al cabo no soy un berrueco; pero es que he logrado que se me lea con atención. EL DERECHO A LA ATENCION ES LO QUE HAY QUE CONQUISTAR.
Y otra cosa me sucedió, y fue que un amigo vino a decirme que no acababa de entender cierto artículo que por entonces publiqué. Cogí el artículo, le rogué me advirtiese en cuanto llegara algo oscuro, y empecé a leérselo. Se lo leí entero, y él sin chistar. "¿Y bien?", le dije al concluir. "Pues hombre - contestó, no sé en qué consiste, porque ahora lo he entendido muy bien." "Yo sí sé en qué consiste - le repliqué -, y es que no sabes leer. Porque está hecho a leer lengua escrita, no más que con los ojos, lengua en que se sustituye el tono, las pausas, los calderones, la modulación, por artificios sintácticos; necesitaríamos algunos entre línea y línea un pentagrama con algo de notación, porque, aunque te sorprenda, yo me dicto lo que escribo".
No faltará quien diga que quijoteo metiéndome con molinos de viento y que soy muy dueño de escribir como se me antoje. Desde luego; mas de lo que trato es de despertar antojos ajenos, de animar a otros que se sientan como yo a este respecto y no se atreven a levantar su voz frente a los casticistas para proclamar, no ya su derecho a hablar y a escribir como les cuadre, que tal derecho nadie les disputa, sino a sostener, sin aborregarse, que no acatan las censuras que se les dirigen, ni las dan por valederas. Trato de alentar a los jóvenes a que se dejen de cepilleos y barnizados de la superficie del lenguaje y se preocupen de decir las cosas de sustancia o de gracia; a que no pierdan el tiempo en si tal voz es o no genuina y, sobre todo, a que se metan con el idioma más de lo que algunos hacen, y lo descoyunten y disloquen si es preciso - si es preciso, entiéndase bien -, antes de alterar su pensamiento para que quepa en el lenguaje hecho. Y para hacerlo bien, estudiar científica, no gramaticalmente, el idioma.
Pocos movimientos más fecundos en España que el del Krausismo; nos trajo acervo de novedades, y entre ellas vivificó -averiguó habríase dicho en su tiempo- el idioma, colando con él buena porción de vocablos y de giros que hoy todos acogemos. Lo que ayer fue neologismo sería arcaísmo mañana, y viceversa, sentencia, Pero Grullo. Lo importante es darnos cuenta del habla en que encarnamos nuestra ideación, hacérnosla consciente y reflexiva. Porque tal debe ser el intento de quien escriba: convertir el vocablo, mediante reflexión, en algo de que tengamos plena conciencia, sacándolo de ser lo que en el lenguaje hablado y automático es: un mero reflejo. Hay que convertir en reflexión el instinto si se quiere que llegue a ser instintiva la reflexión. Y a tal propósito, nada mejor que examinar el lenguaje de que nos servimos y no otro.
Escritor hay, en efecto, que se prepara a su tarea mediante el ejercicio de leerse en alta voz textos de nuestros antiguos y clásicos autores, con lo cual logrará un decir reminiscencial, fofo, sin fuerte sello propio y mortecino siempre. Lo que encaja es someter a revisar nuestra propia lengua, la que hablamos, y preguntarnos a cada paso: "¿Por qué así y no de otro modo?" A un amigo que escribió esta frase tan trillada: "Recreábase el espíritu con la contemplación de aquella belleza", hube de llamarle la atención hacia la fuerza del sentido de "recrearse", volverse a crear el espíritu.
Voy al decir que de un lado ha de estimarse el genuino instinto lingüístico del pueblo: la naturaleza, y de otro lado, la ciencia que investiga y analiza el proceso de tal instinto, y que entre estos dos polos, la espontaneidad libre y la reflexión científica, apenas hace más que perturbar toda sana noción ese arte de hablar y escribir correctamente y con propiedad, que ni es naturaleza ni es ciencia. Hay que hacerse la lengua estudiándola a ciencia y conciencia en el pueblo que nos rodea, más que tomándola hecha, y a gramática y arte, en los viejos escritores, reflexionando la que al natural nos brote, y no recitando la que otros en sus libros depositaron. La ciencia nos acercará a la Naturaleza más aún que el arte. El conocimiento del proceso vital de nuestro idioma castellano y de cómo éste se ha ido constituyendo a partir del latín vulgar, ha de ayudarnos para renovarlo y vivificarlo mucho más que la pesada rumia de los viejos autores consagrados.
He aquí lo que por lo pronto, y mientras preparo materiales para una más amplia mostración del problema, se me ocurre decir del porvenir de la lengua castellana.
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LOS DESTINOS HUMILDES
EL PAJARERO
autor: Leonidas Barletta (*)
- ¡Pájaros, lindos pájaros! -pregona el pajarero -. Sobre sus hombros, en los extremos de una cana tacuara, se balancean las rústicas jaulas. Tordos, calandrias, cardenales, falsos canarios, cimarrones, cotorras y hasta una urraca tristona, hacen saltar la cáscara de unos granos de alpiste.
- ¡Pájaros lindos pájaros!
Una vez en la semana el pajarero sale a cazar con su red de arco y sus trampas. El tren, en un voltear vertiginoso de postes de telégrafos, huye de la ciudad, y los pájaros, los lindos pájaros nada saben de este hombre que viaja despreocupado en un vagón de segunda, con su pérfida red de arco
El pajarero bordea un arroyuelo y no sabe que pisa sobre un mundo tan milagroso que contiene desde el escarabajo de tórax tornasolado hasta la pristina gota de rocío, en cuya mórbida comba también está el arco iris.
El pajarero abre las puertecitas de las trampas y cuando -prepara la red y el pobrecito señuelo \salta, chilla y revolotea hasta donde alcanza el hilo casi invisible que le ata, con el aspecto de uno que busca el reposo, el hombre se tiende sobre la hierba muelle, ciego y sordo para todo lo que no ha de reportarle dinero, y en la mano dura esta la cuerda que ha de cerrar la trampa sobre el Imprudente que atolondrado no advirtió el triste y falso piar del hermano preso.
Pero el pájaro, después del primer estremecimiento de pavor, cuando la _ni no monstruosa del hombre se ahueca para no dañarlo, tímidamente al principio, con ardiente nostalgia después, canta nuevamente, entre las paredes de su Jaula.
Por unas cuantas monedas, el pajarero pondrá esa cosita de plumas, que es un pájaro en las manos del primero que pase. Y otra desgarrada vocecita pasara a esperar el sordo murmullo que levantan al cielo los que han perdido la libertad,
- ¡Pájaros, lindos pájaros!
Al pajarero nada le importa, él da esa cosita de plumas, tibia viva cantante, por unas monedas sucias Es su oficio.
--No ha pensado que la naturaleza, lo que vi-Ve y aún lo que aparentemente no vive, juzga al hombre.
El pajarero en vez de mirar al cielo y ensayar su primer vuelo, fija su codiciosa y, atenta mirada de cazador en el círculo de la red, donde revolotea el señuelo y no sabe que cada vez que voltea la redada, apresa en ella su propia alma.
El pajarero no ha conmovido su corazón, ni conoce siquiera la vida de los pájaros que apresa.
Ignora la existencia del ruiseñor, con su trajecito desteñido y su flauta de miel, canijo y triste y tan romántico que prefiere la noche y el pino para cantar. Y cuando la cría rompe la cáscara de los huevecitos verdosos, el ruiseñor cesa su amorosa trova y se convierte en un padre satisfecho y gruñón. No conoce la vida del pájaro-sastre, que fabrica hilo retorciendo algodón y cose su nido en anchas hojas con puntadas tan hábiles como las de una costurera. Ni al gárrulo gorrión, atrevido, pendenciero, trotamundos; ni a la urraca ladrona a quien llamar, también pica-pica -, ni al desollador, egoísta y previsor que provee' su despensa, clasificando y clavando su presa en las espinas; ; ni al hornero, tan inteligente albañil, ni al martín pescador con su ojo avizor y su pico certero; ni al baya, fastuoso, que ilumina su nido con luciérnagas; ni a los pájaros chupadores de néctar ni al bienteveo, tan seguro en su exclamación - ni al cuco, que hurta un huevo de cada nido vecino y pone el suyo para criar sin fatigas, ni al colibrí, que tiene tantos nombres poéticos cuantos lugares frecuenta, pues se le llama -'mejilla de cielo", '-gotas de rocío'!, -rayos de sol", "bucle de la cabellera de la estrella de la mañana"... .
- ¡Pájaros, lindos pájaros! ...
Curioso destino el de este hombre, que lleva pájaros a la ciudad lóbrega, y no sabe llevarlos a su, propio corazón.
LÉXICO
Pérfida desleal - Pristina. - primitiva; original - Mórbida comba: delicada curva.- Señuelo: objeto que sirve para atraer las aves. -Canijo: enfermizo Gárrulo: ave que canta mucho - Lóbrego: oscuro;
(*) LEONIDAS BARLETTA.- Escritor, cuentista y pensador argentino - Sus colaboraciones en los diarios y revistas más importantes sus cuentos, novelas y páginas literarias subyuga por su estilo personal, elegante y sobrio. Barletta es un escritor admirable y un artista inconfundible
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LA GUERRA DEL MALÓN
Autor: Comandante Manuel Prado Editorial: Kapeluz
CAPITULO 11
Una mañana se tuvo conocimiento de que una gruesa columna de salvajes que había penetrado por la frontera sur de Santa Fe, se retiraba con bastante arreo, en dirección a la comandancia la Madrid, extrema derecha de nuestra línea de fortines.
Inmediatamente se arrimaron las caballadas, y un par de horas después de llegado el chasqui (8), portador del anuncio, estaba en marcha el Regimiento 30 de Caballería en busca del malón.
Había que andar, para situarnos a la altura de la Madrid, un trayecto de quince o veinte leguas, y antes de amanecer el día siguiente nos hallábamos acampados en el punto elegido por el coronel Villegas para operar de acuerdo con las circunstancias. Se desprendieron descubiertas en todas direcciones con la consigna de alejarse hasta cuatro o cinco leguas del campamento, y una vez que se hubo establecido el más completo servicio de seguridad, se soltaron los caballos de marcha para que, pastaran, dejando solamente atados aquéllos que podrían necesitarse en un caso de alarma o de apuro.
Transcurrió el día sin observarse novedad. La pampa se extendía en torno nuestro, dilatada y silenciosa, sin que de su seno gigante se escapara otro rumor que el del viento al filtrarse a través de los altos pajonales.
Cerca de las cuatro de la tarde regresaron las descubiertas sin haber observado indicio alguno que les llamara la atención, Era evidente que los indios habían cambiado de rumbo, o acaso las noticias que se transmitieron a Trenque Lauquen no fueron exactas. Sin embargo, era preciso esperar a que se rectificaran los primeros partes, sin perjuicio de extender lo más lejos posible nuestra observación.
Al entrarse el sol, uno de los vigías creyó distinguir en el confín del horizonte algo así como un ligero celaje que bien podía ser polvareda levantada por algún jinete, o vapor desprendido de cualquier laguna o pantano. El cabo de servicio, experimentado hombre de campo, observó lo que el centinela descubriera, y apenas fijó la vista un momento en el campo exclamó:
-Eso es humo.
Y seguro de no alarmar en falso, transmitió el dato a sus superiores.
Momentos después estábamos a caballo y en marcha hacia la quemazón.
Ya no había duda. Las descubiertas de los indios señalaban, como de costumbre, a sus compañeros, la dirección que debían seguir para atravesar la línea.
Al cerrar la noche recibimos orden de trabar las anillas de los sables para que no hicieran ruido, se prohibieron las conversaciones y se nos previno que sería severamente castigado el individuo que se permitiera fumar o encender fósforos.
Y mudos, atentos, hundida la mirada en las tinieblas desfilábamos con los caballos de reserva de tiro, listos para saltar en ellos a la primera señal.
Nuestra vanguardia se había adelantado lo suficiente para evitarnos toda sorpresa, y los flanqueadores se alejaban hacia los costados envolviendo a la columna dentro de una malla sutil, pero segura e impenetrable.
Así anduvimos hasta pasada medianoche. Nos habíamos acercado bastante a la quemazón que corría en nuestro rumbo impulsada por ligero vientecillo, y aprovechando el abrigo de una cañada hicimos alto, Con el caballo de la rienda nos tiramos en el suelo, ávidos de aprovechar aquellos momentos de descanso, despuntando un poco el sueño que habría sido largo y profundo, de tal manera estábamos todos rendidos de fatiga, si de pronto, no se mandara ensillar los de reserva. Una de las avanzadas había sentido a lo lejos el relincho de un caballo, y era seguro que teníamos encima a la indiada. El baile iba a empezar. Una vez listo el regimiento, el mayor Sosa organizó tres partidas, que debían operar independientes, designando un cuarto grupo para el cuidado de las caballadas de marcha. En este grupo, que si no estaba llamado a ser el más glorioso, era el indicado para servir de punto de reunión a los demás, me hicieron quedar a mí. Por lo visto, no era tenido en cuenta para las grandes empresas, o mejor dicho, para las empresas arriesgadas, y sí algo pudo consolarme fue el recuerdo de una célebre frase del sargento Acevedo:---Por haber disparado en Cepeda, lo ascendieron, y por hacer la pata ancha en Pavón no lo hicieron nada". ¡Quién sabe si por quedarme yo en un puesto pasivo y de casi absoluta inutilidad no conseguía el galón de alférez sobre el campo de batalla!
Pero, sigamos.
Las partidas de combate, se separaron en diferentes fracciones, y nosotros, sin descuidar el servicio de vigilancia que las circunstancias imponían, continuamos el sueño interrumpido.
Empezaba a aclarar. En el oriente, un resplandor rojizo anunciaba el despertar M sol. Todo revivía y se alegraba en el campo a medida que la noche recogía sus negros crespones para dar paso a la radiante claridad que iba bañando la pampa.
Los centinelas que teníamos encima de los médanos señalaron hacia la derecha una gruesa nube de polvo. ¿Era aquello señal del paso de tropas nuestras, o acaso el malón que venía en marcha?
De todas maneras, la nube engrosaba y se acercaba rápidamente en dirección adonde estábamos. El sargento, a cuyo cargo habíamos quedado, nos hizo levantar y prepararnos. Aquello era la indiada y por lo visto, el camino sobre el cual estábamos era el que había elegido para retirarse. Se agruparon los caballos; en el centro del cañadón, se destinaron diez hombres para impedir que se desparramaran y los veinte restantes nos adelantamos a esperar la invasión.
-¿Cuántos eran los indios?
Se lo pregunté al sargento Duarte -nuestro jefe en aquella emergencia pero el muy bruto, rajándome con la mirada, me dijo:
-Sepa, cadete, que esa pregunta se contesta con un hachazo. Sí no fuera usted lo que es, no quedaría para preguntar dos veces.
Y agregó:
-Póngase aquí a mi lado, y mucho ojo. Los indios se destacaban ya claramente. Me pareció que teníamos al frente todo un bosque de lanzas: de tal manera veía multiplicadas las relucientes moharras que chispeaban al quebrarse en ellas los rayos del sol.
Nos separaría de los indios una distancia no mayor de quinientos metros, cuando los vimos hacer alto y desprenderse del grupo a dos jinetes que se adelantaron a descubrir el cañadón en que nos ocultábamos con nuestros caballos. Venían al galope, quizá confiados en que no hallarían novedad, cuando de pronto sujetaron los caballos cual si una mano misteriosa los hubiese transformado en estatuas de mármol.
Habían visto la silueta mal oculta de uno de nuestros soldados, y sospechado la presencia de mucha gente. Entonces se retiraron, revolearon los ponchos avisando a los compañeros, y abriéndose campo afuera intentaron rodear los médanos para descubrir mejor.
El sargento Duarte comprendió la maniobra, y, resuelto a llevar el ataque con sus veinte individuos, gritó:
- ¡Firmes!... ¡Apunten!... ¡Fuego! ....
Sonó una descarga, y aún no se había disipado el humo de los disparos que ya estábamos a caballo cargando al enemigo.
Los indios eran pocos por fortuna. Un grupo de cincuenta mocetones con cuatrocientas yeguas de arreo.
No esperaron el choque, Dieron media vuelta y sin, ocuparse del robo, huyeron a toda brida(9) atronando el espacio con sus alaridos.
La partida nuestra se dispersó en la carga, siguiendo a los fugitivos grupos aislados de milicos algunos de los cuales no habían de volver.
Los que estábamos peor montados o que éramos peores jinetes perdimos bien pronto de vista a perseguidores y perseguidos, y reuniéndonos con el sargento Duarte, después de un par de horas de galopes y de carreras en busca de rumbo, volvimos al lugar en que habían quedado nuestros caballos. En el momento dé cargar éramos veinte. Regresamos sólo catorce. Los seis soldados restantes no tardarían en juntársenos; acaso ya vendrían en retirada convencidos de que era imposible dar alcance a ur enemigo ágil, dueño de soberbios caballos y que, cuando lo convenía, se diluía más que se dispersaba en el desierto.
La correría detrás de los indios, y sobre todo, la circunstancia de estar en ayunas hacía más de doce horas, nos había despertado un apetito feroz.
Nos hallábamos, era cierto, en contacto con el enemigo; pero esto no era causa bastante para castigar el estómago. Desgraciadamente nadie tenía, en materia de provisiones, conque mata el hambre de un chingolo.
-Si usted te propusiera al sargento Duarte -me dijo el cabo Garay- que carneásemos una de las yeguas que acabamos d quitar, la mejor achura sería para usted.
Y como era yo mismo tan interesado en la propuesta, sin temerle al responso o al plantón que podía ganarme en la de, manda, me dirigí a la cumbre del médano desde la cual e sargento escudriñaba el campo en todas direcciones.
Tan abstraído se hallaba el viejo veterano en su observación, que pude estar a su lado un buen rato sin que notara mi presencia.
De pronto, al darse vuelta y viéndome allí, sin haberme llamado, me preguntó con aspereza:
-¿Qué se le ofrece, cadete?
-Nada, sargento -contesté, reservando mi pedido para mejor ocasión. Venía a preguntarle si tiene algo que ordenar.
-Llame al cabo Garay -me dijo, y hundió de nuevo su mirada, penetrante y dura, en el abismo insondable del desierto.
Cumplí la orden rápidamente, sin hacer caso, por el momento, a los toques agudos de fajina que daba el hambre en mi estómago y, como volviera con el cabo Garay, pude escuchar, quedándome a prudencial distancia, lo que Duarte quería manifestarle a su inferior.
-Vea, cabo --dijo señalando el lejano horizonte-, fíjese en aquellos puntos que parecen como que se movieran a lo lejos. ¿No se le hace que son jinetes?
Garay, que tenía reputación de poseer una, vista incomparable, miró hacia donde el sargento le indicaba y después de un largo rato de observación repuso:
-Son animales sueltos, sargento.
-Caballos, ¿verdad?
-Sin duda... De ser avestruces no se distinguirían por la distancia, y, además, no estarían tan quietos cuando hace tan poco que han debido pasar por ahí los indios en la disparada. Tal vez sean mancarrones aplastados que va dejando el malón.
- O quien sabe, repuso el sargento, si no son los milicos nuestros que vienen rumbeando al campamento...
En ese instante, el cabo Garay, que no dejaba de mirar hacia los bultos sospechosos, se dio vuelta y dijo al sargento:
-Aquello es novedad... Algo pasa... ¿No ve el humito que se levanta como si empezara a quemarse el campo? Y vea, mire cómo aparecen jinetes en la loma y cómo arrean los caballos.que estaban sueltos. No sea el diablo que hayan cortado a los compañeros.
No pudo seguir el cabo manifestando sus impresiones. Duarte saltó como si lo hubiera picado una serpiente y rugió:
-¡Eso no más es, cabo! ¡Los indios se han juntado y han muerto a los milicos que faltan!
Y gritó:
-¡Arrimen la caballada!
Pocos minutos después el sargento Duarte, acompañado de cinco soldados, se dirigía a rienda suelta en dirección al humo,
Antes de salir dijo al cabo Garay:
-Usted se queda con la gente; los indios no han de volver; pero, si vuelven, defiéndase como pueda y como Dios le ayude. Yo voy a ver si llego a tiempo. En todo caso avíseme haciendo humo si algo ocurre.
La distancia que nos separaba de la loma en que se vieron los jinetes no era menor de una legua. En menos de un cuarto de hora habría llegado el sargento. Nosotros quedamos, con las armas en la mano, agrupados sobre el médano, siguiendo con emoción y con interés aquel puñado de valientes que, sin pensar en la propia conservación, acudían en defensa de unos cuantos camaradas. Vimos cómo el pequeño grupo se achicaba por la distancia, cómo se confundían los jinetes con las cortaderas que el viento agitaba blandamente. Se vieron repechar una loma, ya reducidos a un punto oscuro y sin forma apreciable, a lo menos para mí; y luego... nada.
Las horas transcurrían entretanto, y con ellas la ansiedad intensa nos invadía.
¿Qué era del sargento Duarte?
¿Cómo no se le veía aparecer, sobre todo cuando no debía estar lejos?
¿Qué haríamos nosotros si el sargento no regresaba?
Ya nadie pensaba en el almuerzo. La situación era grave y no se prestaba a distracciones.
Cerca del mediodía divisamos hacia el lado de Santa Fe una gruesa nube de polvo, y poco después el cabo Garay constataba la llegada del regimiento.
En efecto. El coronel Villegas, después de haber batido a un grupo de indios y obligándoles a dejar alrededor de ochocientos animales vacunos y un centenar de caballos, venía en busca nuestra.
El cabo Garay se adelantó a recibir al jefe, le dio cuenta de lo ocurrido; y momentos más tarde la tropa se hallaba acampada en el mismo punto de donde saliera a la madrugada.
El coronel desprendió una fuerte partida a órdenes del teniente Alba en busca del sargento Duarte, se carnearon dos vacas de las tomadas a los indios y en un instante viéronse arder treinta o cuarenta fogones, en torno de los cuales la mílicada se había reunido alegre y bulliciosa para el comentario del día.
Se comió, se durmió la siesta; y ya la tarde declinaba cuando los centinelas se dieron cuenta de que regresaba la comisión del teniente Alba.
Este oficial, apenas se hubo separado de nosotros, buscó la rastrillada (9) del sargento Duarte y marchó sobre ella. A las cuatro o cinco leguas, al descender a un, cañadón, encontró a los que iba buscando. Volvían éstos despacio, al tranco lerdo y cansado de sus cabalgaduras, trayendo seis cadáveres horriblemente mutilados.
Los seis individuos que se habían cortado(10) por la mañana, persiguiendo a los salvajes, habían perecido.
-Se conoce -dijo el sargento Duarte al dar cuenta de su comisión- que después que se alejaron de nosotros, los indios, al ver que sólo eran seguidos por medía docena de soldados, se reunieron y los atacaron. Había -agregó- en el paraje, donde murieron los pobres compañeros, huellas de un combate encarnizado y terrible, pero hemos llegado tarde.
Por la noche velamos los restos de aquellos abnegados camaradas, víctimas del deber, y al día siguiente, después de darles sepultura, emprendimos la marcha de regreso a Trenque Lauquen. Allí quedó esa tumba, apenas señalada por una cruz hecha con dos pedazos de lanza, que el viento derribaría apenas soplase con fuerza, y en cuanto a los muertos todo quedaría liquidado, así que se hicieran las listas de revista del mes próximo. Mas triste que el desierto en que los abandonábamos, fue la nota con que los despedimos del regimiento, al pie de las planillas, con los mismos términos que se empleaban para dar de baja al ganado que arrebataba la epizootia, los eliminamos de la revista:---Con esta fecha se da de baja a los soldados fulano y zutano, muertos por los indios".
Nos había llamado la atención que antes de salir Duarte en busca de los desgraciados compañeros que faltaban hubiésemos visto a los salvajes tan cerca de nosotros, mientras los cadáveres de aquellos se encontraron a más de seis leguas. Seguramente la indiada, después de la matanza que acababa de hacer, y suponiendo que éramos pocos, regresaba con el propósito de darnos un golpe, o de provocar una persecución que podría facilitarles nuevas víctimas.
¿Por qué vaciló en atacarnos o por qué no esperó al pequeño grupo de Duarte?
No sería fácil que sus bomberos hubiesen descubierto la fuerza de Villegas que volvía, y entonces lo más práctico era escapar con tiempo. Además, -esta partida de salvajes debía sentirse inquieta ignorando la suerte de los demás compañeros, que supondría batidos, o en salvo fuera de la zanja.*
CAPITULO 12
Era inútil que los comandantes de frontera multiplicasen las órdenes generales recomendando a la tropa que no se dispersara en las persecuciones; más inútil era todavía amenazar a los infractores con el más severo castigo.
Los primeros en olvidar la recomendación eran los mismos jefes que la hacían. Así murió el temerario Undabarrena; y así hubo demorir poco después el general Villegas.
Aquellos hombres, desde el primero hasta él último --desde el coronel hasta el más infeliz de los milicos- habían perdido el instinto de conservación El campo se les hacía orégano, y pensaban que no había en el mundo nada capaz de resistir al empuje de sus brazos ni al filo de sus sables.
Era raro el combate con los indios en que no se registrara alguna víctima por temeridad; y esto, en lugar de valer corno ejemplo, servía antes bien, al parecer, de estímulo.
A principios del año 1877 fue desprendido desde Italó el teniente coronel Saturnino Undabarrena, al mando de una fuerte partida, en busca de una invasión cuya salida era esperada.
El heroico oficial descubrió a la indiada en momentos de cruzar la línea y se le fue encima. Los indios huyeron llevándose el arreo, y el comandante Undabarrena, sin mirar si era o no seguido por su tropa en orden, se lanzó en persecución del enemigo. Éste siguió en masa largo trecho y, más previsor que su adversario, al apercibirse de que las tropas, mal montadas, iban desgranándose y quedando rezagadas, se dispersó para que los soldados, a su vez, hicieran lo propio.
Y así ocurrió. La pequeña tropa que seguía a la par del comandante se fraccionó en débiles grupos, que se fueron alejando unos de otros hasta perderse de vista.
Los indios, que esperaban esta ocasión, abandonaron parte del arreo, se distanciaron de sus perseguidores y concentrándose cayeron sobre el jefe de la fuerza a quien sólo seguían dos oficiales y seis o siete soldados.
El resultado del combate no era dudoso.
Undabarrena, y sus compañeros se batieron como leones; pero, vencidos por el número no tardaron en sucumbir. Cuando llegó la columna de los rezagados que había reunido el capitán Reguera, sólo encontraron un montón de cadáveres hechos pedazos.
Con motivo de esta sangrienta tragedia el ministro de Guerra ordenó a los jefes de frontera, nuevamente, que prohibieran y castigasen del modo más severo las acciones temerarias que conducían, sin provecho alguno, a la pérdida de vidas preciosas; pero eso era predicar en desierto.
El que no era heroico en grado extraordinario, el que no hacía alarde de bravura en esa guerra, no merecía llevar galones.
Y así rivalizaban en locura de valor Villegas, Maldonado, Freyre, Godoy, Victoriano Rodríguez... infinidad de jefes y oficiales cuyos nombres necesitarían un libro entero para ser consignados sin omisión.
Y así como los jefes eran valientes hasta lo fantástico, así los oficiales y la tropa los imitaban.
El año 1878 se dieron a los cuerpos de caballería, a título de ensayo---o, como lo decía la nota ministerial, para batirse con ventaja - unas corazas de cuero que, realmente, eran impenetrables a la moharra de las lanzas.
Los milicos recibieron con desgano la famosa armadura; pero obligados a usarla, no tuvieron más que hacer.
Por esos días realizamos una expedición a los toldos de Píncen,* (11) y después de arrebatar algunos prisioneros y de tomar algún ganado, acampamos en Malal para que descansaran las cabalgaduras.
Estando allí fuimos atacados por los indios y obligados a desprender guerrillas que protegieran nuestra columna.
En una de esas guerrillas iba un soldado que había manifestado a sus compañeros el deseo de probar la coraza haciéndose lancear en la primera ocasión. Y corno ésta se le presentaba en Malal no quiso desperdiciarla
Diciendo a gritos que el caballo mordía el freno, se apartó de las filas, a media tienda, en dirección a un grupo de indios, encima de los cuales consiguió dar vuelta a su mancarrón. Los salvajes, al ver a este individuo tan cerca de ellos, lo corrieron y lo alcanzaron. El soldado, que llevaba el sable en la mano, ni siquiera hacía ademán de parar las lanzadas que, afortunadamente, no conseguían atravesar la coraza.
De pronto uno de los indios, viendo que ese hombre era invulnerable en el cuerpo desató las boleadoras y aplicándole con ellas un golpe feroz en la cabeza lo derribó. Y lo hubieran ultimado allí mismo si en ese momento no acudiese, en su protección, la guerrilla de que formaba parte y que mandaba el capitán Morosíni.
Supo esa misma noche el coronel Villegas que la disparada del caballo fuera un pretexto del soldado para hacer lo que hizo y mandó que lo castigaran poniéndolo, cuando acampásemos, media hora en el cepo de campaña; pero tres días después en Trenque Lauquen lo ascendió a cabo primero.
NOTAS
(8) a toda brida. Se repite esta expresión que significa a toda velocidad, con empuje.
(9) la rastrillada. Huellas que dejan los animales o carruajes sobre el terreno y constituyen una pista para el rastreador. Por extensión, marcas que quedan sobre el piso después de una lucha.
(10) ... se habían cortado. Expresión vulgar por separarse, alejarse del conjunto
(11) Por esos días... a los toldos de. Pincen. Se trata de la campaña de noviembre de 1878 sobre Malal, ordenada por el ministro Roca.
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