INTERESANTE REPORTAJE AL MINISTRO DE ECONOMÍA CUBANO
REVISTA " CONTRACORRIENTE" - JUNIO 2001
 

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GENTILEZA DE PABLO KILBERG 
INTERESANTE REPORTAJE AL MINISTRO DE ECONOMÍA CUBANO
REVISTA " CONTRACORRIENTE" - JUNIO 2001 


JOSE LUIS RODRIGUEZ
Ministro de Economía y Finanzas

Los grados de libertad entre la economía y la política
Por Rubén Zardoya Loureda

No le entusiasman las entrevistas. Prefiere escribir, revisar cuidadosamente las ideas y su forma de expresión, indicar el nombre de pila de los autores a los que hace referencia, precisar las páginas de las citas. 

El ritmo de su conversación es reposado, salvo cuando se le aguijonea con una pregunta insistente, o su propio discurso lo conduce a lugares ariscos, y sus ideas se apresuran, y la forma se vigoriza. Siempre hay un libro inacabado, imágenes que inquietan y se agitan en conferencias o en apuntes dispersos, que regresan desde las polémicas universitarias, desde la insatisfacción de un libro leído o desde las contingencias y los riesgos de las decisiones económicas y políticas. 

Tiene conciencia de que todo discurso presupone un discurso dispar y de que en la ciencia revolucionaria no hay caminos trillados, ni dogmas sempiternos. Pero no hace concesiones al pensamiento blando, ni utiliza palabrejas sustitutivas de las categorías y los conceptos recios del marxismo. Marxismo leninismo dice, ajeno a rubores intelectualoides, seguro de que, con Marx, Engels y Lenin, las ciencias sociales ‹incluida la económica, y la política‹ se adentraron con paso firme en las calzadas reales de la historia. 

Desde esta perspectiva, responde a la interro-gantes de Contracorriente sobre la actualidad del marxismo y el leninismo en el mundo de las transnacionales y la llamada globalización capitalista, sobre la relación entre la teoría revolucionaria y la práctica revolucionaria y entre la economía y la política en la transición socialista, y se adentra, entre otros temas, en las peculiaridades del capitalismo contemporáneo, en la experiencia histórica del socialismo y del pensamiento marxista, en las relaciones monetario-mercantiles y la planificación centralizada de la economía en el socialismo. 

Contracorriente: A muchos asombró que, en una encuesta realizada a través de INTERNET para seleccionar al «cerebro del milenio», la personalidad elegida fuera Carlos Marx. Esto puede verse, al menos, desde dos ángulos: por una parte, es un reconocimiento a la impronta que ha dejado Marx en toda una época; por otra parte, pudiera sugerir la idea de que él fue exclusivamente un hombre del milenio que cierra, o, tal vez, de la era del capitalismo de la libre concurrencia. ¿Qué piensa usted sobre esto? ¿Cuáles son las potencialidades efectivas del modo de pensamiento inaugurado por Marx para dar cuenta del mundo contemporáneo, con sus colosales y vertiginosas transformaciones? 

José Luis Rodríguez: Pienso que la influencia de Carlos Marx sobre el pensamiento y el desarrollo de la humanidad lo ubica entre los grandes hombres de la historia. Tomo en consideración que Marx no sólo estudió el capitalismo, sino que creó una escuela de pensamiento que fue más allá de esta sociedad y nos dotó, por primera vez, de un método para encauzar una investigación científica del desarrollo humano desde el punto de vista económico, político y social. 

Soy de los que piensa que el marxismo mantiene plena vigencia. El valor del método marxista para el análisis de la sociedad no solamente demostró sus potencialidades en las condiciones del capitalismo. En este sentido, son muy significativos los trabajos que se publican actualmente revalorizando el pensamiento de Marx; la propia revista Contracorriente reprodujo el artículo de John Cassidy, «El regreso de Carlos Marx», que se publicó por The New Yorker en octubre de 1997. Eso no ocurre por casualidad; creo que hay un aporte metodológico y científico que trasciende el capitalismo clásico y tiene vigencia para el estudio del capitalismo de hoy y para la transformación de ese capitalismo en socialismo. 

En la misma medida en que uno se remite a los estudios iniciales de Marx, Engels y Lenin, se da cuenta de que muchos de los conceptos fundamentales elaborados por ellos, independientemente de que hayan sido aplicados a realidades históricas concretas de la época que les tocó vivir ­pues siempre emplearon la teoría como un arma de combate, ya que ante todo eran revolucionarios y se dedicaron a transformar la sociedad­, esos conceptos conservan su valor como punto de referencia para orientar el estudio de la realidad en el presente. 

No es de extrañar, pues, que se le conceda esa importancia a Marx y su obra, ya que los estudios sobre la historia, la sociedad y la economía tienen un antes y un después del marxismo muy bien definidos. Y eso, repito, va más allá de los trabajos escritos por Marx o por Engels en el siglo pasado, cuyo valor intrínseco está dado por el método que les es consustancial. 

Otro asunto es cómo los principios del marxismo-leninismo fueron aplicados al estudio de la realidad concreta en cada momento histórico y a la teoría de la Revolución. Sin embargo, si se examina con detenimiento la obra de Marx, de Engels y de Lenin, se encontrarán elementos explicativos de situaciones muy contemporáneas del capitalismo y del socialismo, incluidos sus avatares históricos más recientes. 

Cc: Pero se ha insistido mucho, desde diversas posiciones teóricas e, incluso, políticas, en las profundas transformaciones que ha sufrido la sociedad contemporánea desde la época en que vio la luz el Manifiesto del Partido Comunista. Incluso se puede reconocer un valor a los trabajos de Marx y Engels e impugnar su actualidad con el argumento de que aquélla era la obra de una época histórica pasada, que ahora habría de ser superada por otras concepciones... 

J.L.R.: No podemos pedir a Marx que escribiera sobre el imperialismo cuando éste no existía, ni le podemos pedir que escribiera en profundidad sobre el socialismo, porque él se negó a especular sobre el futuro, y no trató este tema sino de forma muy puntual y precisa, en trabajos como la conocida «Crítica al Programa de Gotha». Pero, si se estudia a Marx, se encontrarán determinados conceptos que mantienen su vigencia más allá de las obras o circunstancias concretas en que fueron expresados. 

Tomemos dos ejemplos. En la propia «Crítica al Programa de Gotha», hay una serie de consideraciones sobre el período de transición del capitalismo al socialismo que fueron expresadas en una situación en la cual el desarrollo de este sistema no había alcanzado todavía un nivel de diferenciación suficiente por países como para hablar de la posibilidad de una transición parcial, y no en sistema, como la veían Marx y Engels en ese momento. 

Esta visión se modifica posteriormente en el enfoque de Lenin, cuando, en «La consigna de los Estados Unidos de Europa», analiza la posibilidad de que la ruptura se produzca en un eslabón de sistema y no en todo el sistema en su conjunto; es decir, la posibilidad de que la transición no se verifique en todos los países al mismo tiempo, porque se ha producido un desarrollo desigual que, en la etapa del imperialismo, distingue el sistema con mucho mayor nitidez que en la etapa del capitalismo analizada por Marx. 

Esta circunstancia, considerada desde el punto de vista de la transición al socialismo, no invalida lo expuesto por Marx en «Crítica al Programa de Gotha». En este escrito, por una parte, Marx plantea que debe existir una transición, que esa transición ha de caracterizarse por una serie de rasgos que la hacen diferente de las transiciones en los regímenes sociales anteriores, porque intervendría un factor nuevo, que es la acción consciente del hombre en la construcción de las relaciones sociales de producción; y, por otra parte, esboza algunos elementos esenciales de esas relaciones. 

Me refiero, por ejemplo, al principio que indica, si se me permite la simplificación, que la diferenciación de los hombres en la etapa socialista se tiene que dar a partir del aporte que cada uno haga a la sociedad con su trabajo. ¿Conserva o no vigencia este principio en países socialistas como Cuba? Nosotros no buscamos una diferenciación dentro de la sociedad a partir de las formas de apropiación de los objetos, es decir, de las relaciones propiedad, sino a partir del trabajo, del aporte de cada uno en los marcos de la propiedad social. 

Aprecio la plena vigencia de ese planteamiento de Carlos Marx, al igual que su idea de que es posible alcanzar un desarrollo superior en este sentido cuando las necesidades puedan ser satisfechas plenamente y el trabajo deje de ser un medio de ganarse la vida y se transforme en una necesidad para la realización plena del hombre. 

De manera general, podemos afirmar que la sociedad cubana aplica esos principios. Allí donde la base de desarrollo lo ha permitido, se han aplicado formas de distribución que van más allá del aporte de cada uno a la sociedad, formas de distribución solidarias, que se encuentran por encima de la posición que ocupa cada uno en la organización de la producción social. 

Es el caso de la educación y la salud pública gratuitas, por ejemplo. No vamos a decir que se trata de una forma de distribución comunista, pero, sin dudas, tiene elementos de esa forma de distribución, que corresponderían a un nivel mayor de satisfacción de las necesidades del hombre, cuando los recursos estén disponibles para ello. En igual sentido, podría afirmarse que el trabajo de médicos y maestros que se entregan sin limitaciones al ejercicio de su profesión más allá de lo que la sociedad pueda retribuirles, es un buen ejemplo de la realización más plena de su esencia humana. 

Si tomamos la obra de Lenin, digamos, su obra más conocida, «El imperialismo, fase superior del capitalismo», entre los rasgos del imperialismo que él identifica se encuentra la concentración del capital. Hoy día, la concentración del capital es uno de los fenómenos fundamentales que constituye una base imprescindible para explicar la dinámica de la globalización e, incluso, permitiría lanzar la hipótesis de que la teoría del ciclo del capital puede verse modificada de forma significativa en la misma medida en que se producen las megafusiones que estamos presenciando en estos momentos. 

¿Por qué? Porque, gracias a esas mega-fusiones, el capitalismo ha alcanzado un nivel tan alto de concentración de recursos financieros que le permite movilizar, en función de las circunstancias, un volumen tal de esos recursos que logra ­por lo menos, de forma coyuntural­ impedir el estallido de la crisis, a diferencia de lo que hubiera ocurrido en épocas anteriores en condiciones análogas. 

Una compañía dedicada a la especulación, la Long Term Capital Management, que estuvo a punto de hacer estallar completamente el sistema financiero en Wall Street en octubre del año pasado, logró movilizar en un solo día 3500 millones de dólares para su salvación. 

¿Cómo se logra eso? Hoy día se producen movimientos de capital a una velocidad y unos volúmenes tales que sólo son explicables a partir de las peculiaridades que tiene la concentración del capital. La forma en que se expresa este fenómeno es novedosa, pero, si se hurga, se descubre que ese es un rasgo del imperialismo descrito esencialmente por Lenin hace ya 83 años. 

Lo mismo ocurre con la teoría de la internacionalización del capital elaborada por Marx en el siglo pasado, en la cual se prefiguran fenómenos que hoy han asumido rasgos cualitativa y cuantitativamente superiores que se expresan en la llamada globalización. 

¿Qué es la globalización en esencia? En mi opinión, es una forma superior de internacionalización del capital, con los rasgos propios de la época, con las peculiaridades que le confieren los cambios cualitativos y cuantitativos de la acumulación del capital, la acumulación de fuerzas productivas existente en el mundo de hoy. Pero, esencialmente, no es más que la forma contemporánea de desarrollo de un fenómeno descrito por Marx como tendencia natural del capitalismo en su fase superior de desarrollo. 

El no alcanzó a ver el imperialismo, o alcanzó a verlo en una etapa todavía muy incipiente, pero el espacio conquistado hoy por el fenómeno de la internacionalización del capital no anula el hecho de que, como tal, el fenómeno estaba descrito ya en sus obras clásicas. Estos son apenas ejemplos, que pueden multiplicarse, lo cual no quiere decir que hoy puedan encontrarse manifestaciones concretas de todo lo que dijeron los clásicos. 

Insisto en la cuestión del método. Hay fenómenos nuevos que han aparecido, y precisamente uno de los mayores aportes del marxismo es que nos permite encontrar con su método de análisis una categorización, una conceptualización de esos fenómenos nuevos y hallar el hilo lógico que nos confiere la posibilidad de movernos, con una explicación científica válida, desde la forma clásica de acumulación, característica de una determinada etapa primaria de su desarrollo, hasta su forma actual, y explicar la continuidad del devenir histórico de este sistema a partir de determinados conceptos básicos claves que posibilitan identificar lo esencial y discernir las formas particulares de su expresión histórica. 

Cc: Llama la atención el hecho de que, a diferencia de lo que ocurre en el caso de Marx, cuya obra de alguna manera se ha ido revalorizando, incluso por parte del pensamiento burgués, con Lenin ocurre todo lo contrario, y si, de alguna manera, algunas categorías elaboradas por Marx se han incorporado al análisis del mundo contemporáneo, ello se aprecia muy rara vez con las categorías leninistas. ¿A qué se puede atribuir esto? 

J.L.R.: Es muy sencillo. Con el derrumbe del campo socialista se impone la necesidad de borrar de la memoria histórica de la humanidad la existencia de aquél socialismo real (y no estoy empleando el término «socialismo real» para designar los países socialistas europeos, sino la existencia histórica concreta y real de un sistema superior de producción y de relaciones sociales) que Lenin demostró que era factible llevar a la práctica. Eso lo hace especialmente peligroso, a diferencia de Marx, al cual se trata de incorporar incluso al acervo cultural del propio pensamiento burgués como un teórico que, según se ha pretendido demostrar, tenía muchos enfoques virtuosos en su diagnóstico del capitalismo, no así, supuestamente, en sus ideas acerca de cómo iba a evolucionar ese sistema. 

En el caso de Lenin, la explicación de por qué se ignora su obra es más que evidente: él demostró que el socialismo era posible, que la Revolución era un hecho, confirmando el pronóstico de Marx y Engels. Esa Revolución, con los errores y los defectos que, como toda obra humana, tuvo posteriormente en la Unión Soviética y en otros países socialistas, fue ­sin dudas­ una experiencia positiva para el desarrollo de la humanidad; que hoy se intenta presentar como un accidente de la historia, como un fenómeno totalmente al margen de la lógica. Es por ello que a Lenin se le desacredita, y son constantes las campañas que lo presentan hasta como un vulgar delincuente. Todo eso se ha tratado de utilizar para disminuir el valor y la verdadera identidad histórica de Lenin. 

El pensamiento de Lenin es el pensamiento de un coloso. Lenin fue capaz de tomar lo necesario e imperecedero del marxismo, incorporándole lo propio de las condiciones en que le tocó luchar, y hacer triunfar una revolución en un país en el que, según la teoría, parecía imposible que fuera factible siquiera llegar al poder. Y no sólo llegó al poder, sino que ese poder se conservó a lo largo de décadas, con sus errores, reitero, pero con inconmensurables beneficios para el pueblo soviético. La Revolución de Octubre cambió la historia no sólo de Rusia; cambió la historia del mundo. Eso siempre se trató de negar por burgueses y traidores. Pero estoy seguro de que, por más que se empeñen, los pueblos y los oprimidos saben e incluso intuyen lo positivo de la experiencia socialista, aunque no la conozcan con profundidad. 

Para mí está claro que Lenin es ignorado hoy día, no porque su obra no tenga valor. Creo que caeríamos nosotros mismos en una trampa si pensáramos que su pensamiento no es incorporable al marxismo y negáramos la existencia del marxismo-leninismo. Y yo siempre utilizo ese término, nunca he hablado sólo de marxismo. Creo que el marxismo es marxismo-leninismo; y digo más: no sólo es marxismo-leninismo, es todo lo que después de la muerte de Lenin se ha incorporado al pensamiento marxista, incluyendo los aportes de Cuba, los aportes de los revolucionarios cubanos, que no pueden ignorarse, so pena de empobrecer al propio marxismo. 

En nuestro caso, también por razones obvias, se niega la validez histórica de la Revolución. Esa misma tesis del accidente histórico que se trata de estructurar con relación a la Revolución rusa ­muy vieja, por cierto­, se ha tratado de demostrar con respecto a la Revolución cubana desde su mismo surgimiento. Hay libros dedicados a ese tema en el ámbito de la llamada cubanología. 

También creo que por ignorancia ­incluso desde posiciones supuestamente de izquierda­, hay quienes se muestran renuentes a aceptar que en Cuba se hayan hecho aportes al marxismo. Se pretende además separar los elementos de marxismo dentro del pensamiento revolucionario cubano, tratando de contraponerlo al pensamiento nacionalista, al pensamiento patriótico, como si fueran dos cosas que no pueden conjugarse. 

Pienso que la vida ha demostrado que uno de los aportes de la Revolución cubana a la interpretación marxista de la transformación de la sociedad, es haber demostrado que es posible desarrollar el marxismo en las condiciones de un país subdesarrollado, en las condiciones de la lucha por la liberación nacional, de una lucha anticolonial primero, y antimperialista después. 

El hecho de que hoy nosotros hagamos énfasis en nuestras raíces históricas martianas, en el conocimiento de nuestra propia historia revolucionaria, no niega en lo más mínimo el método marxista, ni el aporte al desarrollo de la sociedad cubana contemporánea que ha hecho el conocimiento del marxismo y de la obra de Marx, Engels y Lenin. 

En fin, esta negación consciente de la obra de Lenin no es nueva, existió incluso en tiempos de la Unión Soviética y formó parte de la guerra ideológica contra el socialismo durante muchos años, al igual que las contraposiciones que se han intentado hacer entre el Marx joven y el Marx maduro; entre la obra de Marx y la obra de Engels, especialmente en la época posterior a la muerte de aquél; entre la obra de Lenin y el pensamiento de Marx; entre la obra de otros marxistas contemporáneos y el pensamiento de los clásicos, y así sucesivamente. 

Siempre se ha tratado de encontrar en las diferencias ­que son, en la mayoría de los casos, dialécticamente sustentadas en el propio pensamiento marxista y, por lo tanto, no son contradictorias con su esencia­ un elemento para excluir a determinados pensadores que han hecho aportes al pensamiento marxista-leninista. Creo que esto forma parte de una guerra ideológica que está presente todavía hoy, y que va a seguir en el futuro. 

Cc: ¿Cómo evaluaría usted la salud de la Economía Política, en particular, de la Economía Política marxista en el momento actual, y la medida en que ella está efectivamente presente en los análisis que se hacen del mundo contemporáneo? 

J.L.R.: El desarrollo de la Economía Política después de la muerte de Lenin ha tenido momentos de avance, momentos de estancamiento e, incluso, momentos de retroceso. No hay más que ver, por ejemplo, el análisis crítico que hace el Che de la obra que se trató de sistematizar en los manuales soviéticos para darse cuenta de dónde estaban las carencias y percatarse, en muchos casos, de la pérdida de la esencia marxista de esa Economía pretendidamente revolucionaria. 

Esos fenómenos estuvieron presentes a lo largo de muchos años, por un lado, en la lucha contra el dogmatismo, y por otro, también en la lucha contra el liberalismo dentro del pensamiento marxista. Nos acordamos siempre del dogmatismo de los manuales soviéticos, pero a veces se nos olvida que también hubo un revisionismo bastante fuerte. 

Ya después, a partir de la II Guerra Mundial, y sobre todo en determinados países de Europa del Este, por razones históricamente comprensibles, como son los casos de Hungría y Polonia, el pensamiento marxista que se desarrolló estuvo muy penetrado por ideas socialdemócratas, por ideas que denotaban una visión marxista cuanto menos incompleta, si no errada o abiertamente revisionista. 

El marxismo no es monopolio de un país. Hubo pensadores marxistas formados en Occidente que, a partir del manejo de una riqueza de ideas y de un conjunto de contradicciones, llegaron, en un momento de su evolución teórica, a determinadas conclusiones marxistas, y en otro momento dejaron de ser marxistas en sus análisis, porque dejaron de aplicar los métodos marxistas. 

Es decir, un mismo hombre de ciencias puede producir en una etapa de su vida una obra que se puede calificar efectivamente de marxista y, sin embargo, posteriormente, puede retroceder en sus concepciones; eso siempre ha existido. 

Pero el análisis de lo mejor que se ha producido durante muchos años evidencia que la Economía Política marxista ha avanzado, tanto en el análisis del capitalismo, como en el análisis ­más complejo, sin duda alguna­ del socialismo. 

En este caso, pienso que en los países socialistas, que eran los que tenían mejores condiciones para realizar estos análisis, se cometieron errores que tienen que ver con el propio devenir del pensamiento y las ciencias sociales. Si, por ejemplo, se examinan los debates sobre la reforma económica de los años sesenta y principios de los setenta en la Unión Soviética y Europa del Este, o esos mismos debates, digamos, en el seno de la escuela marxista norteamericana, con Sweezy, con Baran, con los pensadores marxistas europeos, es evidente que hay una serie de problemas no resueltos que se están viendo a la luz de experiencias concretas, a partir de la construcción del socialismo en determinados países europeos, con enfoques muy polémicos. 

Nosotros tuvimos también nuestro espacio de un enriquecedor debate en esos años, que encabeza precisamente el Che, en la conocida polémica que se produjo entre los partidarios del sistema de dirección conocido como cálculo económico y los partidarios del sistema presupuestario de financiamiento propugnado por el Che. 

Pienso que ése fue el reflejo del debate mayor que ya venía ocurriendo cuando triunfa la Revolución. Ello se expresa, sobre todo, en lo que se publica en las revistas cubanas Nuestra Industria Económica y Comercio Exterior, así como en las obras que se reproducen en esos años para el conocimiento de los que en aquel momento estudiábamos Economía en la Universidad. 

Evidentemente, había un conjunto de problemas no resueltos, incluidos algunos problemas medulares de la construcción económica en el socialismo. 

Así, la explicación de la presencia de relaciones monetario-mercantiles en el socialismo no había tenido una solución, ni la tiene, en mi opinión, hasta muy avanzada la década del sesenta. En aquel entonces todavía predominaba el criterio que aparece sustentado por Stalin en 1952, en Problemas económicos del socialismo en la URSS, según el cual se trata de un problema de la circulación. Es decir, las relaciones monetario-mercantiles subsistían con fines de cálculo, no como un problema de las relaciones de producción, sino de las relaciones en la esfera de la circulación. 

En mi opinión, esto retardó la comprensión de las relaciones monetario-mercantiles, de la presencia de las relaciones de mercado en el socialismo, hasta que a finales de los años sesenta, se llega a otras conclusiones, mucho más coherentes, que vinculan la existencia de esas relaciones con el insuficiente nivel de desarrollo de la socialización del trabajo en el socialismo, que lleva a la necesidad de medir indirectamente ese gasto de trabajo y, por lo tanto, a la necesidad de utilizar los mecanismos de mercado, sin que ello necesariamente conlleve la existencia de la propiedad privada. 

Porque una cosa es el aislamiento económico relativo, tan conocido y tan citado desde aquel entonces, que se da y que a veces no es tan relativo, y otra cosa es la explicación clásica de la existencia de relaciones monetario-mercantiles sólo a partir de la existencia de la propiedad privada, desconociendo que antes de que esta propiedad existiera, existían relaciones monetario-mercantiles y que, por consiguiente, si desaparece la propiedad privada, pueden permanecer circunstancias que reproduzcan las relaciones monetario-mercantiles. 

La explicación de por qué en el socialismo persisten condiciones para la permanencia de categorías mercantiles tales como el dinero, los precios y los costos, que puede parecer hoy tan obvia, no se formula de forma coherente hasta finales de los años sesenta. Sin temor a exagerar, puede decirse que la construcción del socialismo funciona desde 1917 hasta 1960, basada pragmáticamente en el manejo de una serie de elementos de la economía socialista, sin que haya un despeje conceptual lo suficientemente diáfano para entender qué hay detrás de todo eso. Desde luego, no dejaron de existir esfuerzos en esa dirección. 

El propio Lenin comenzó a esbozar una nueva concepción acerca de por qué existían las relaciones monetario-mercantiles en el socialismo en las condiciones concretas que le tocó enfrentar, en la época de la Nueva Política Económica (NEP) en 1921. La NEP es un fenómeno que hay que estudiar mucho todavía. 

Yo siempre recuerdo la forma en que se manipuló el pensamiento de Lenin en interés de determinadas consideraciones políticas, en particular, el conocido discurso que pronunciara en 1921, en ocasión del cuarto aniversario de la Revolución, en el que Lenin dice, en esencia, que no basta con el entusiasmo para hacer la revolución, que es necesario acudir a los estímulos materiales. 

Pero hay un párrafo que nunca se cita, donde Lenin explica por qué ello es necesario en las condiciones en las que él está haciendo el análisis, que es, en mi opinión, lo que le da valor, muchos años después, a la observación del Che referida a que no se le debe atribuir una validez universal a la NEP, en tanto política económica aplicada en un momento histórico preciso y bajo determinadas condiciones, a que no se le debe considerar una regularidad del socialismo, ni se le debe calcar en otras condiciones, cosa que después se intentó hacer en la etapa de la dogmatización, de la manualización de la Economía Política. 

Esta forma de enfocar un problema medular nos explica los avatares de la Economía Política del socialismo, que se vio mucho más afectada, en tanto ciencia más nueva, más virgen, más compleja, que la Economía Política del capitalismo, donde el marxismo avanzó mucho más, y hay trabajos que pueden considerarse de un gran valor teórico marxista. Incluso existen analogías no reconocidas por la historia. 

Si se toma, por ejemplo, la teoría keynesiana del ciclo económico, se va a encontrar, no sin asombro para mucha gente, sobre todo para quien se asoma por primera vez al tema, que empíricamente Keynes llega a una serie de consideraciones sobre los factores de compensación que pueden evitar la crisis (factores de compensación que en la obra de Marx fueron tratados en relación con la tendencia decreciente de la cuota de ganancia, en los capítulos 13, 14 y 15 de El Capital), que poseen determinados puntos de contacto con la correspondiente teoría marxista, con la teoría marxista del ciclo y las crisis. 

Puede sonar bastante discordante la idea de que esos aspectos de la obra de Keynes tengan puntos de contacto con la obra de Marx, pero creo que es así. 

Y, en mi opinión, es lo que le da validez a las tesis anticíclicas keynesianas en un momento determinado del desarrollo del capitalismo, en los años treinta y hasta la II Guerra Mundial, sobre todo a la tesis de la guerra como factor anticíclico. 

Esta misma explicación se repetiría después desde el punto de vista marxista, y es preciso retomarla para explicar el papel que desempeñó, por ejemplo, la guerra de Viet Nam en el ciclo económico de Estados Unidos, o el papel que desempeñó la carrera armamentista en el ciclo económico de este país, ya en los años setenta y ochenta, el por qué de esa carrera, que no sólo tenía un significado político, sino también económico. 

Pudiéramos decir que en el ámbito de la Economía Política del capitalismo existió un avance mucho más visible, tanto en los países socialistas como fuera de ellos, en los círculos marxistas de Occidente. 

Lamentablemente, esta es una obra no siempre valorizada, opacada tal vez por la interpretación manualesca que tuvo mucho más difusión que estos enfoques, que fueron, pudiéramos decir, más abiertos, más dirigidos a la raíz de los problemas que los manuales. 

Sin dudas, el estudio de la Economía Política del socialismo sufre un golpe durísimo con la desaparición de los países europeos y de la URSS. Se produce así un fenómeno de ruptura, es decir, existía una serie de concepciones que se habían asumido como válidas a partir de un conjunto de criterios que se tomaban como verdades totalmente demostradas. 

Sin embargo, muchas de ellas, o una parte importante de ellas, sobre todo en los estudios más recientes de la Economía Política del socialismo contenían elementos erróneos, no porque veamos ahora lo que ocurrió con la perestroika en los años ochenta, sino porque se veía en la propia práctica revolucionaria -desde los criterios medulares del Che en los años sesenta, hasta las tesis de Fidel en la conceptualización del proceso de Rectificación a partir de 1985- que esas ideas no podían conducir a un desarrollo del socialismo, sino más bien lo ponían en peligro. 

Por ejemplo, el Che tenía toda la razón cuando decía que existen contradicciones esenciales entre el cálculo económico y el sistema de conceptos y principios que intervienen en la formación del hombre nuevo en el socialismo. Nosotros lo hemos estado viviendo en estos años de período especial. 

¿Existe o no existe contradicción entre la formación socialista a que aspiramos y el hecho de que tengamos que admitir ­porque objetivamente las condiciones nos han llevado a ello, no porque se haya creado artificialmente­ un determinado nivel de desarrollo de las relaciones monetario-mercantiles para dar un ordenamiento social, por ejemplo, al trabajo por cuenta propia? 

La contradicción se ha hecho transparente. ¿Existe contradicción entre una fórmula de desarrollo menos avanzada, como puede ser la propiedad cooperativa, y una forma plenamente social de propiedad? Hemos visto que efectivamente existe, que se van creando determinados intereses que pueden, en un momento dado, generar nuevas contradicciones en el desarrollo. 

El problema no está en que existan esas contradicciones, sino en saber que existen y en lograr que no se conciba como una virtud lo que en realidad es una necesidad táctica, como las que tuvo que enfrentar Lenin al adoptar medidas que ponían en riesgo la Revolución. La NEP es el mejor ejemplo en ese sentido. 

Precisamente uno de los aspectos menos estudiados de la NEP es su componente político. 

Lenin siempre dejó muy claro en sus trabajos ­que deben leerse completos, no sólo a través de las citas más conocidas­ que había un componente político muy importante en las medidas tomadas, las cuales preveían la reversión de los elementos de capitalismo que necesariamente había que introducir para sobrevivir en aquel momento, al inicio de los años veinte, y los métodos que había que emplear para ello. 

Basta revisar el magnífico ensayo «Acerca de la significación del oro ahora y después de la victoria completa del socialismo» para comprobar cuán presente estaban en las concepciones de Lenin lo táctico y lo estratégico en las relaciones entre economía y política en aquellas críticas circunstancias. 

Sabemos lo que ocurrió después: no se tuvieron en cuenta esas recomendaciones y se implantó, entre otras medidas erróneas, la colectivización forzosa, que fue una solución no leninista de esas contradicciones, y eso lógicamente marcó la historia del socialismo. 

Esas contradicciones ­por ejemplo, entre las relaciones monetario-mercantiles y el plan, como se le llamó en aquel entonces­ llegaron a racionalizarse hasta tal punto que autores tan respetados como Leonid Abalkin plantearía en 1970 que las relaciones económicas del socialismo tenían su esencia en la planificación y su forma de expresión en las relaciones monetario-mercantiles, ignorando su carácter esencialmente contradictorio. Se trató de convertir la necesidad en virtud, y muy caras serían las consecuencias de este error. 

También en Cuba se utilizaron manuales en los cuales las relaciones monetario-mercantiles se concebían como no contradictorias con las relaciones socialistas de producción. Ante la aparente insolubilidad de ese problema, estas relaciones se incorporaron a la dinámica del sistema como si no tuvieran ningún elemento esencialmente contradictorio con él. 

De ahí la lucha del Che en los años sesenta por demostrar que sí existía esa contradicción. 

Nosotros después, en nuestra experiencia histórica, tuvimos que enfrentarnos a las consecuencias del mal manejo de esa contradicción en los años previos al período especial. Recordemos los defectos del Sistema de Dirección y Planificación del la Economía, que llevaron a una reducción del papel asignado a los factores políticos en la construcción del socialismo, al tiempo que se absolutizaba la capacidad de los mecanismos económicos para resolver todos los problemas. Luego vendría un proceso de Rectificación. Pero ya desde 1983 se empiezan a analizar los defectos del Sistema de Dirección y Planificación de la Economía. 

En efecto, en una reunión de la dirección de la Asamblea Nacional de diciembre de 1984, se comienzan a delinear los elementos de la nueva política económica a aplicar, creándose lo que se denominó entonces el Grupo Central para esos fines. 

Al no quedar resueltos adecuadamente, muchos problemas de la Economía Política del socialismo condujeron también a interpretaciones erradas de las políticas económicas que había que diseñar en una economía socialista consecuente con los principios del marxismo-leninismo. 

Hubo errores y errores. 

Por ejemplo, la incorporación de las relaciones monetario-mercantiles como elementos no contradictorios con la esencia del socialismo fue un error, tal vez el más grave desde el punto de vista conceptual, en los países socialistas europeos, que está en la base misma de los razonamientos de la perestroika, tal y como se esbozaba en 1986.

La idea de que era posible llevar a cabo la introducción del mercado de una forma no contradictoria con el socialismo, sin que ello tuviera ninguna consecuencia para la sociedad, se pagó bien caro. 

Existen ejemplos que permiten comprobarlo. Incluso en algunos países socialistas de Europa del Este, la transición hacia el capitalismo no fue más que la consecuencia de esa interpretación, como es el caso, por ejemplo, de Hungría, donde, a partir de la reforma de 1968, por una serie de razones que sería muy largo explicar, prácticamente desaparece la planificación; sobre todo en los años ochenta, los mecanismos de mercado se incorporan crecientemente, y se van abandonando de manera consciente los principios de una economía socialista centralmente planificada. 

En mi opinión, este es uno de los errores conceptuales básicos que condujo a la desaparición del campo socialista, es un problema al cual debemos buscar solución quienes seguimos pensando que el socialismo es factible aún después que desapareció el campo socialista. 

Es un desafío para el desarrollo de la Economía Política del socialismo, y pienso que empiezan a aparecer ideas muy incipientes que apuntan hacia el rumbo adecuado. 

Lo anterior no nos debe llevar a pensar ni por un instante, como algunos hicieron al principio, que estamos en presencia de una nueva NEP, y que lo que se hizo entonces en Rusia es exactamente lo que debe hacerse ahora en Cuba. 

No, de lo que se trata es de que hay que hacer una serie de concesiones tácticas para poder seguir adelante en este mundo tan complejo, tan unipolar, tan dominado por las relaciones de mercado, y hacer uso de éstas en función del objetivo estratégico de salvar el socialismo. 

Pero no como lo hizo la perestroika, que enarboló esta idea y, sin embargo, lejos de procurar la unificación de los elementos políticos y sociales con los elementos económicos en la construcción de una sociedad socialista perfeccionada, lo que hizo fue ahondar más la brecha entre lo uno y lo otro, al incorporar de forma incontrolada relaciones de mercado dentro de un sistema socialista que acabó por destruir. 

En resumen, no sólo pienso que existe un espacio, sino también la necesidad de desarrollar la Economía Política hoy. 

El marxismo-leninismo tiene posibilidades de dar respuesta a los problemas fundamentales que enfrenta la Economía Política del capitalismo y del socialismo. Se trata de una tarea que requiere empezar de nuevo a revalorizar, desde los propios planteamientos de los clásicos, todo lo positivo que se pensó y que se escribió durante estos años desde posiciones marxistas, dentro y fuera de los países socialistas, e incorporar esa experiencia a un acervo conceptual sistemáticamente estructurado. 

Ello permitiría explicar por qué lo que se está haciendo hoy día en Cuba no es una improvisación, no es una suerte de ensayo histórico irresponsable.   

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