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A TEMARIO REVISTA 23
UN
PASEO POR LA HISTORIA
Autor:
Federico Martín Maglio mamaglio@intercom.com.ar
LA
PREHISTORIA:
La prehistoria estudia la vida del ser humano desde su aparición
en el planeta tierra hasta que inventó la escritura. Cuando
comienza a escribir, cuenta lo que le pasa y, de esta manera,
es posible saber más cosas que cuando no escribía.
Si
no hay documentos escritos es más difícil saber cómo vivían
nuestros antepasados. Debemos descubrir los objetos que
utilizaron en los lugares donde vivieron para tratar de
reconstruir su forma de vida y poder estudiarla.
Pero
la pregunta es: ¿Cuándo aparece el ser humano en la tierra?.
Para tratar de encontrar una explicación veremos que no hay
contradicciones sobre su aparición entre la religión y la
ciencia. Las interpretaciones pueden variar pero veremos que
se parecen mucho. Como ejemplo compararemos un mensaje prehistórico,
"La Biblia" y la interpretación científica más
aceptada en la actualidad.
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DE
NAZCA
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LA
BIBLIA
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INVESTIGACIONES
CIENTIFICAS
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Dios
creó el universo dentro de un círculo en expansión
hacia el infinito. Primero formó la célula vegetal
que dio origen a las plantas. Después un ser orgánico
acuático (pez), del cual, tras una larga cadena de
transformaciones, se generaron los animales y los
seres humanos.
|
Dios,
antes que otra cosa, creó la luz. Luego creó el
firmamento con sus cuerpos celestes (estrellas,
tierra...).Creó Dios la vida: aparecen las plantas,
los animales en el agua, más tarde en la tierra y,
por último, el ser humano.
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Al
principio se produjo una "Gran Explosión"
conocida con el nombre de "Big Bang". De
ella surgen estrellas, planetas, etc..En éste
planeta la vida comenzó en el agua. Se desarrollan
los vegetales y peces. Luego vida se desarrolla en
la tierra, aves y animales de todo tipo que van
evolucionando hasta que aparece el ser humano.
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El
ser humano no apareció en éste planeta porque sí. Hoy está
aceptado que fue evolucionando desde hace muchísimos años.
También debemos aclarar que no descendemos del mono; el mono
y el ser humano descienden de un antepasado común a los dos,
un primate llamado RAMAPITHECUS (un animal parecido al mono y
a nosotros).¿Cuándo comenzó la división?. Se supone que
hace unos 15 millones de años. Se sabe con seguridad que hace
6 millones de años nuestros antepasados caminaban en dos
patas permitiendo dejar libres las "patas"
delanteras con las cuales le fue posible agarrar y manipular
objetos con los que logró fabricar cosas.¿Dónde comenzó la
división?. En el continente africano y, desde allí, se
expandió por todo el planeta.
En
el presente planisferio podemos ver algunas rutas que
siguieron los antiguos seres humanos en su expansión por todo
el planeta. Nuestros antepasados no eran físicamente
iguales a nosotros, fueron cambiando a medida que
evolucionaban. Un ejemplo que podemos dar es el del pelo en el
cuerpo: El pelo sirve para abrigar y proteger de los golpes;
el ser humano al ir evolucionando y ser cada vez más
inteligente sufrió menos frío y se golpeó menos. De esta
manera el pelo fue cada vez menos necesario... ¿cuál fue el
resultado?... ¡hoy tenemos menos pelo que unos miles de años
atrás!. El ser humano fue evolucionando materialmente,
creando, descubriendo e inventando cosas que le permitieron
vivir cada vez mejor. Desde el hacha de piedra hasta las
computadoras actuales hubo muchos cambios. El ser humano no
vivió siempre igual, aún hoy se ven grandes diferencias en
la forma de vivir de muchas personas y pueblos.
LA
VIDA EN LA EDAD DE LOS METALES:
Unos 6000 años a. de C. algunos pueblos comenzaron a utilizar
los metales para fabricar diversos objetos de uso diario. Al
principio trabajaron los metales más blandos. Descubrieron
que los metales se pueden fundir iniciando así la metalurgia
que les permitió unir el cobre con el estaño (los metales más
utilizados) y producir el bronce, metal mucho más duro. Al ir
perfeccionando sus técnicas les fue posible hacer objetos de
mejor calidad y utilizar metales más duros como el hierro, el
cuál les permitió fabricar mejores armas con las que
pudieron vencer fácilmente a los pueblos que no las tenían.
En
este período comienzan a formarse reinos (varias ciudades de
una misma cultura unidos bajo una autoridad máxima, el Rey) e
imperios (varios pueblos, con sus ciudades, de diversas
culturas unidos bajo una autoridad máxima, el Emperador).
PUEBLOS
PREHISTÓRICOS AMERICANOS
Los
seres humanos que llegaron a América se expandieron desde
Alaska hasta Tierra del Fuego. Estos pueblos tuvieron una
característica común: todos respetaron la naturaleza y se
consideraban parte de ella; por ello, para vivir bien, debían
tener una relación de respeto y cuidado hacia ella. Vivían
de la caza, pesca, recolección de frutos e insectos y
horticultura.
Sus
dioses eran espíritus superiores y hasta veneraron algunos
animales. Por lo general fueron monogámicos (parejas de un
hombre y una mujer) y patriarcales (los hombres eran los que
mandaban).Desarrollaron herramientas con los elementos que la
naturaleza les proporcionaba (madera, piedra, hueso, metales,
barro, paja). También desarrollaron el tejido y la alfarería
y algunos la cerámica.
Aún
hoy encontramos pueblos que están en la prehistoria como los
indígenas del Amazonas, pero en América se desarrollaron
grandes civilizaciones...
LA
VIDA EN LA EDAD DE PIEDRA:
El
ser humano comenzó a utilizar la piedra, la madera, el barro
y todo lo que encontró en la naturaleza para sobrevivir.
Cazaba, pescaba, recolectaba frutas e insectos. Siempre estaba
con otros de su especie formando grupos ya que así le era más
fácil defenderse de los otros animales y cazarlos para
obtener alimento y abrigo. Todo era compartido por todos; por
ejemplo, 10 cazan y comen 40. Al principio no formaron una
comunidad organizada como ahora. Tampoco vivían en un lugar
fijo, iban de aquí para allá buscando lo que necesitaban
para vivir ya que, por los cambios del clima en las diferentes
estaciones, no siempre había comida en el mismo lugar (a esto
se llama forma de vida NÓMADE). Con el tiempo aprendió a
comunicarse mediante el lenguaje hablado (con palabras) y a
dominar el fuego.
Al
pasar el tiempo fue mejorando todo lo que hacía; por ejemplo,
la construcción de utensilios de todo tipo como las armas y
herramientas; comenzó a pintar en diversos lugares (arte
rupestre), a fabricar estatuillas, adornos, etc.
Con
el tiempo comenzó la práctica de la magia y la hechicería
vinculadas a las primeras creencias religiosas; creían que
los fenómenos de la naturaleza y la vida se debían a causas
sobrenaturales (crecimiento de una planta, el agua, el sol, el
viento, etc.). Aparecen las primeras tumbas y la necesidad de
preservar los cadáveres. Esto ya era posible debido a que
muchos grupos comenzaron a vivir en cavernas, lugares que
ofrecen cierta seguridad y ya no estaban peregrinando todo el
tiempo.
Fueron
aprendiendo a vivir en comunidad ayudándose unos a otros. Tenían
un jefe que repartía las responsabilidades de cada uno. En
las tribus pacíficas el jefe era el más sabio, un anciano
que, por haber vivido más tiempo, era el que más sabía
acerca de las cosas de la vida. En otros grupos que eran más
guerreros o vivían casi exclusivamente de la caza, el jefe
era el más fuerte.
Unos
8000 años a. de C. (antes de Cristo) se produce un gran
cambio en la forma de vida de algunos pueblos. Este "gran
cambio" o REVOLUCIÓN se produjo a partir del comienzo de
la agricultura (producto de la relación simbiótica o
asociativa entre el ser humano y las plantas). A partir de ese
momento vivieron siempre en el mismo lugar (a esto se llama
forma de vida SEDENTARIA) porque ahora después de la cosecha
tendrían comida todo el año y debían permanecer en el mismo
lugar para cuidar el cultivo. Como vivirían siempre en el
mismo lugar, construyeron viviendas fijas. Además, para tener
animales a su disposición todo el año sin tener que viajar
para encontrarlos, aprendieron a domesticarlos y así aparece
la ganadería.
Al
tener más comida durante todo el año podían alimentar a más
personas y éstas, al ser más fuertes, se enfermaron menos.
De esta forma se produjo un aumento de la población. Cada año
que pasaba había más gente, más casas y más trabajo para
organizar. Para evitar problemas entre las personas se
desarrollan organizaciones sociales nuevas como la familia y
la división del trabajo (agricultores, artesanos, alfareros,
ganaderos, guerreros, encargados del gobierno, etc.). Cada
persona se adueña de lo que produce y ya no es todo de todos;
aparece la propiedad privada. Lo que uno hace lo cambia por
otra cosa que no produce a través del comercio. Cuando hubo
mucha gente y muchas casas juntas se formaron las primeras
ciudades.
Se
desarrolló la religión con la aparición de los dioses,
fuerzas superiores que controlaban a los fenómenos naturales
(dios de la lluvia, dios del trueno, diosa de la fertilidad,
etc.). Para honrarlos se hicieron grandes ceremonias,
monumentos e infinidad de representaciones artísticas.
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POBLAMIENTO
DE AMÉRICA
Según
se sabe hasta hoy, a América comenzaron a entrar
seres humanos hace unos 100.000 años por el
Estrecho de Bearing (unión de los continentes de
Asia y América).Existen diversas teorías con
respecto al poblamiento del continente americano y
las más difundidas son las siguientes: |
A.
TEORÍA DE ALES HRDLICKA: Este investigador norteamericano
afirmó que América se pobló con seres humanos llegados
desde Asia pasando por el Estrecho de Bearing y, desde allí,
hacia todo el continente (en el mapa de abajo la ruta está
marcada con la línea negra).
B.
TEORÍA DE PABLO RIVET: Este antropólogo francés afirmó que
al continente americano llegaron seres humanos no sólo por el
Estrecho de Bearing, sino también navegando por el Océano
Pacífico (en el mapa de abajo las rutas están marcadas con líneas
grises).
C.
ORIGEN AUTÓCTONO: La teoría que afirma el origen autóctono
(que los habitantes de América se desarrollaron en el
continente americano y no vinieron de otros lugares) tiene dos
referentes...
C.1.
Florentino Ameghino: Este investigador argentino afirmó que
la región pampeana fue el lugar en que se desarrolló el ser
humano y, desde allí, se expandió por todo el planeta.
C.2.
Samuel Morton: Este norteamericano afirmaba que el ser humano
evolucionó paralelamente en América, Asia, Africa y Europa.
La teoría del origen autóctono ya fue descartada hace mucho
tiempo. Por el estado actual de las investigaciones científicas
podemos afirmar lo apuntado anteriormente... el ser humano
apareció en África y desde allí se expandió por todo el
planeta entrando a América, ya con seguridad, por el Estrecho
de Bearing.
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Cenizas
que aún humean
Charles
F. Walker cfwalker@ucdavis.edu
Tercer capítulo del libro De Túpac Amaru a
Gamarra.
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Para
los indígenas de los Andes del sur, particularmente para aquéllos
que presenciaron la ejecución de Túpac Amaru y sus
seguidores y la exposición de las partes de su cuerpo
desmembrado, la brutal derrota de la rebelión presagiaba
tiempos terribles. Un ánimo lúgubre inundó la ciudad el día
de la espantosa ejecución, cuidadosamente planificada. Un súbito
aguacero fue interpretado por algunos como un signo de dolor
del cielo y los elementos. El levantamiento había demostrado
la vulnerabilidad del Estado colonial, obligándolo a grandes
esfuerzos para detener a los rebeldes. En combinación con el
incesante deseo de los Borbones de aumentar la cantidad extraída
de sus colonias americanas, esta furia impulsaría la represión
física y cultural, y aumentaría las exigencias fiscales y de
mano de obra. Los caciques enfrentaron no sólo duros castigos
sino también esfuerzos por eliminar el propio cargo de
cacique. La rebelión también intimidó a quienes no eran indígenas,
particularmente a la elite española y criolla, alentándolos
a suavizar sus quejas sobre el colonialismo de los Borbones y
a pensar dos veces en alianzas con las clases más bajas. En
este período conocido como el de «el Gran Temor», se
endurecieron las líneas divisorias entre los indios y quienes
no lo eran, y entre los Andes y la costa.
Sin embargo, a consecuencia de la rebelión no se produjo un
asalto indiscriminado a los recursos económicos de los
indios, ni la multiplicación de los tributos o de carga de
trabajo, ni la pérdida de su cultura. Si bien se escribieron
feroces folletos anti-indígenas, y se discutían planes para
castigar, vigilar o incorporar a los indios, no hubo una
segunda conquista de los Andes. La derrota de los rebeldes en
el campo de batalla fue más fácil que la implementación de
los cambios concebidos por el Estado Borbónico. El intento
del Estado por imponer nuevas autoridades, aumentar sus
demandas y, en general, racionalizar la burocracia al costo de
la autonomía y el bienestar económico de los indios, enfrentó
desafíos persistentes y con frecuencia exitosos. Este
capítulo analiza la forma cómo se reelaboraron las
relaciones entre el campesinado y el Estado a raíz de la
rebelión.
Fueron diversos los factores que intervinieron en el fracaso
de los Borbones en sus intentos de reordenar las relaciones
entre el pueblo andino y el Estado y de debilitar la cultura
andina. En primer lugar, es necesario analizar las
contradicciones y deficiencias de las propias reformas y su
implementación. Si bien el Estado colonial logró su objetivo
principal que era aumentar la cantidad de ganancias extraídas
de los virreinatos en América, no creó una burocracia
notablemente más eficiente que pudiera haber debilitado a los
grupos de poder local y estrechado la conexión entre el
Estado y la sociedad. Las divisiones al interior del Estado
colonial, y la resistencia mostrada por los Borbones a gastar
dinero en sus colonias, impidió que estas reformas se
llevaran a cabo. Los problemas económicos enfrentados por la
región son el segundo factor analizado. Si bien eran tiempos
difíciles para los campesinos indígenas productores,
comerciantes, consumidores, y contribuyentes el
estancamiento económico también debilitó las presiones
externas sobre los recursos de los indígenas, particularmente
la tierra. Finalmente, las actividades de los propios indígenas
constituyeron el obstáculo más importante para que los
Borbones reconquisten el sur de los Andes. Los indígenas
saturaban las cortes pugnando por impedir la imposición de
forasteros en el cargo del cacique, y también para cuestionar
la conducta abusiva de las autoridades.
La revisión de más de mil juicios criminales arroja luces
sobre una serie de problemas: la relación entre rebelión,
resistencia y hegemonía; las contradicciones del propio
proyecto borbónico; y la complejidad social de la sociedad
andina de fines de la Colonia. Este capítulo analiza la
cuestión de si el uso del sistema legal afianzó el
colonialismo o sirvió para cuestionarlo e incluso
debilitarlo. Los procesos judiciales indican que la rebelión
armada y el uso de los tribunales no son estrategias
contradictorias u opuestas resistencia por un lado, sumisión
por el otro sino que constituyen más bien un continuum; de
hecho, el estudio de Cusco en este período demuestra la íntima
relación entre ellos. En los expedientes, los campesinos ponían
de relieve las contradicciones y fisuras del Estado colonial.
Si bien el temor a otra rebelión originaba que el Estado
intensifique el castigo a insurgentes sospechosos así como la
represión a la cultura andina, también lo hizo sensible ante
los cargos de inconducta oficial que podrían hacer estallar
otra rebelión. Las comunidades campesinas podían usar este
interés en ventaja propia: sin embargo, éste también podría
ser usado contra ellas.
El gran temor
Como se ha descrito anteriormente, en abril de 1781 los
verdugos torturaron, humillaron y ejecutaron a José Gabriel [Condorcanqui,
Túpac Amaru], Micaela [Bastidas, su esposa] y docenas de sus
seguidores, en actos públicos. Las partes de su cuerpo fueron
esparcidas en toda la región del Cusco para confirmar su
derrota y para advertir a la población sobre los peligros de
la sedición. El Visitador General Areche creyó conveniente
que las noticias de la ejecución fueran ampliamente
propagadas, «ebitando con ello las varias ideas que se han
extendido entre quasi toda la nación de los yndios llenos de
supersticiones que los inclinan a creer en la imposibilidad de
que se le imponga pena capital». La represión no se detuvo
en este punto, pues la propia rebelión no había terminado,
ya que Diego Cristóbal había tomado las riendas de la
insurrección, centrada en la zona del Lago Titicaca hacia el
sur. Después de meses de negociaciones, a fines de 1782,
cuando la hostilidad entre Túpacamaristas y kataristas ya había
impedido una amplia alianza y socavado a ambos movimientos,
aceptó un perdón; sin embargo, en marzo de 1783 Diego Cristóbal
y cientos de sus seguidores, incluyendo a sesentitrés
miembros de su familia, fueron arrestados. Si bien la mayor
parte de los prisioneros fueron desterrados, Diego Cristóbal
fue arrastrado por un caballo, torturado con tenazas ardientes
y ahorcado. A su madre le cortaron la lengua. Según un autor,
el Virrey Jáuregui buscaba «exterminar a toda la familia
Inca».
El Estado no limitó su castigo a los líderes del movimiento.
Los acontecimientos de Santa Rosa, ubicada en el lado puneño
de la pradera altina de La Raya, que separa a la región del
Lago Titicaca del Cusco, ejemplifica la brutal represión que
siguió al levantamiento. El 22 de junio de 1781, las fuerzas
realistas que llegaron al poblado fueron recibidas por indígenas
que «pedían perdón». Los soldados les ordenaron retornar
al pueblo y entonces mandaron que todos los adultos se reúnan
en medio de la plaza. Algunos indios corrieron atemorizados y
muchos de ellos se refugiaron en la iglesia. Sin embargo, toda
la población del pueblo, incluso un «anciano español»,
indios que habían luchado por la Corona, y los portadores del
anda con la efigie de Santa Rosa que había sido sacada para
solicitar la protección divina, fueron obligados a ir a la
plaza. Ejecutaron a uno de cada cinco hombres, el infame
quintado, «en cosa de hora y diez minutos». En toda la región
tuvieron lugar acontecimientos similares.
Las medidas punitivas fueron más allá de la exterminación
ritual del liderazgo y la ejecución de aquéllos que fueran
sospechosos de simpatizar con los rebeldes. El Estado Borbónico
buscaba socavar la solidaridad panandina destituyendo a las
autoridades indígenas consideradas leales a Túpac Amaru y
debilitando el cargo de cacique en general, prohibiendo los
Comentarios Reales del Inca Garcilaso, y proscribiendo danzas,
vestido y artesanía asociados con la cultura indígena. Las
autoridades llamaron a la «extirpación» del quechua y a la
castellanización de los Andes. Se pusieron en práctica
muchas de las propuestas del Obispo Moscoso de poner coto a la
invocación de los Incas y de eliminar otros elementos de la
cultura andina, que eran parte de las acusaciones histéricas
e interesadas que este personaje había lanzado durante la
sublevación. En una región recientemente devastada por lo
que las autoridades consideraban una guerra de castas, los
esfuerzos de los Borbones por fortalecer el Estado y
homogeneizar a la población asumían un carácter
particularmente urgente y etnocéntrico.
Entre 1780 y 1786, el abogado madrileño Benito de la Mata
Linares era el funcionario más importante en Cusco; había
sido asesor del Visitador Areche durante la sublevación,
presidió el tribunal para el juicio y ejecución de Túpac
Amaru y la subsecuente represión, y fue el primer Intendente
de Cusco entre 1783 y 1786. Mata Linares advertía
incesantemente sobre la amenaza de otro levantamiento, y en
1781 consideraba que Cusco estaba poblado sólo por «traidores
y cobardes», lo que para él implicaba que si bien toda la
población había apoyado a los rebeldes, algunos eran
demasiado pusilánimes como para convertir su apoyo en acción.
En 1783, prevenía que la «fidelidad [de la ciudad], no está
bien asegurada» y dos años más tarde ordenaba a las
autoridades «[E]vitar que salte alguna chispa de calor a
estas cenizas que aún humean» en Cusco. El Virrey Croix
prestó oído a la preocupación de Mata Linares y su metáfora
cuando en 1786 escribió que, con el recuerdo de Túpac Amaru
aún fresco, «se debe temer a qualquiera que no haya dado
prueba de su zelo, fidelidad, y amor al Rey, especialmte. Si
es hombre de alguna distinción entre ellos; pues le sería
muy fácil encender la llama de la rebelión, que aunque
apagada al parecer enteramente, no deja de dar de quando en
quando algunos indicios de que aún vive».
No se trataba de advertencias vacuas, o de meras expresiones
de una dilatada paranoia post-rebelión, pues continuaban
apareciendo signos de profunda indignación y de posible
subversión. En 1783, una breve rebelión en la provincia de
Quispicanchi, noticias del levantamiento katarista en el Alto
Perú, y una rebelión en el poblado andino de Huarochirí, en
las afueras de Lima, perturbaron a los realistas de Cusco. En
diciembre de 1784, las autoridades informaban sobre una
conspiración de los indios que vivían en la ciudad. Clemente
Barrientos, un carpintero, afirmaba que se había hecho planes
una vez más en las chicherías para matar a todos los
españoles de la ciudad. Supuestamente un indio había
arrojado a una mujer española, muerta, en una calle central,
«con la cara morateada y una pierna hinchada»: fue la
primera víctima de la violencia. Si bien la guardia
patrullaba estrechamente las calles y arrestaba a algunos
sospechosos, no podía confirmarse la conspiración. En mayo
de 1786, sin embargo, pasquines colocados en las iglesias y en
otras plazas públicas confirmaban la presencia de disidentes
en Cusco. El primero censuraba al Rey, reivindicaba a Túpac
Amaru, y describía un levantamiento que involucraba a
Huamanga y Arequipa. Semanas más tarde, colocaron otro que se
preguntaba: «Hermanos, hasta cuando aveis de estar
dormidos... armas no faltan y millares de hombres
suspiran por la libertad.» Se referían a un «tipo de república»
a crearse, y a la prometida ayuda de «dos potencias poderosas»,
presumiblemente Inglaterra y Estados Unidos. Sobre todo, se
quejaban del favoritismo hacia los españoles por sobre los
criollos.
De esta manera, los carteles suscitaban el principal temor de
las autoridades coloniales: un levantamiento masivo bajo la
inspiración de Túpac Amaru y contando con el apoyo de los
enemigos de España. Mata Linares culpaba a un pequeño grupo
de renegados que estaban subvirtiendo a la plebe. Si bien los
pasquines dejaron de aparecer, se enviaron cartas anónimas al
Virrey, con quejas sobre los abusos de las autoridades. Los
rumores y carteles mostraban el resentimiento en relación a
la política de mano dura del Estado colonial y como
nerviosamente señalaban Mata Linares y otros funcionarios
la posibilidad de una nueva insurgencia. Las autoridades españoles
se preocupaban de que otro levantamiento en el Cusco una
clara posibilidad debilitaría en forma fatal a las
defensas de las colonias, particularmente contra los ingleses.
En 1786 Mata Linares escribía: «perdido Cuzco, todo el reyno
se perdía, pues la sierra es el escudo de toda esta América».
Esta preocupación en relación a las consecuencias militares
de otro levantamiento en Cusco continuó hasta la
Independencia, con un desenlace irónico: los españoles
tuvieron su última base en Cusco, durante el gobierno del
Virrey La Serna, entre 1821 y 1824.
Reformas borbónicas con venganza
Después del levantamiento de Túpac Amaru, el Estado Borbónico
continuó haciendo esfuerzos tanto por centralizar la
administración colonial como por aumentar sus ingresos. En
1784, se introdujo en el Perú el sistema francés de
Intendentes. Se creó ocho Intendencias, y la de Puno fue
transferida al Virreinato de Río de la Plata. Se creía que
los Intendentes serían capaces de mantener en sus regiones
una vigilancia más estrecha que aquella de las autoridades de
Lima. Conscientes del hecho de que los abusos de los
corregidores habían sido la causa principal de las revueltas
indígenas en los Andes a lo largo del siglo XVIII, y que las
actividades económicas de tales autoridades habían sido un
obstáculo para la recaudación de tributos, la Corona los
reemplazó con subdelegados que serían estrechamente
supervisados por los Intendentes, que en este caso tendrían
su sede en Cusco y ya no en la distante Lima. Con el fin de
desalentar embrollos financieros entre los subdelegados y los
grupos de poder local, se prometió a las autoridades salarios
adecuados. Los Borbones intentaban que un fuerte vínculo
entre la sociedad local y el Estado virreinal reemplazara el
poder de los curas, los caciques, los ricos, y las
autoridades. En el Perú, los Borbones tuvieron éxito en lo
que consideraban su principal objetivo: aumentar los ingresos
que extraían de las propiedades en América. Sin embargo,
fracasaron en sus esfuerzos por colocar autoridades autónomas
en todo el virreinato para, de esa manera, reformular las
relaciones políticas y económicas, pues la política local
continuó siendo similar a aquélla de tiempos de los
Habsburgo. De esta manera, la introducción del sistema de
Intendencias no quebró las redes locales de poder económico
y político ni desarraigó la autonomía política de los
indios; si bien hicieron frente a tendencias centrífugas, los
Borbones no pudieron modernizar el Estado en la forma como lo
hubieran deseado.
Diversos factores explican la incapacidad de los Borbones por
transformar las relaciones entre la sociedad local y el Estado
colonial de los Andes. Las propias reformas no eran un
conjunto de políticas coherentes y unificadas, ya que
constituyeron una reacción más bien tardía a la decadencia
de la Península Ibérica en Europa, en la cual los gastos
necesarios por modernizar la administración eran abandonados
una y otra vez a causa de necesidades inmediatas que, por lo
general, eran gastos militares. Un fuerte cisma separaba el
contenido de las reformas y su aplicación. Esto es más
evidente por el hecho de que a pesar de la insistencia en la
necesidad de impedir una recurrencia de los abusos de los
viejos corregidores, el sistema de Intendencia no tuvo como
resultado el establecimiento de funcionarios controlados
centralmente ni con pagas aceptables. Más aún, los
conflictos entre los funcionarios del gobierno a diferentes
niveles (la Corona, el Virrey, el Intendente y los
subdelegados) obstaculizaban una administración eficiente. En
el Cusco post-Túpac Amaru, las incongruencias e
inconsistencias de las reformas eran particularmente
flagrantes y, por otro lado, el temor a provocar otro
levantamiento campesino y la preocupación sobre los obstáculos
para la recaudación de tributos atemperaron los impulsos más
draconianos y represivos. Las autoridades abandonaban las políticas
diseñadas para renovar el Estado (y sobre todo, para recaudar
mayores tributos) por sus costos económicos y políticos de
corto plazo. Más aún, el Estado colonial no sabía en quién
confiar. No sólo no disfrutaba del favor de los campesinos y
la Iglesia, sino que la elite de Cusco estaba dividida y también
era considerada como potencialmente rebelde.
La incapacidad de la Corona por crear una administración política
más eficiente reflejaba las ambigüedades de la política
borbónica, pues a pesar de que los corregidores habían sido
reemplazados por subdelegados, en la práctica su estilo
continuaba. A causa de la falta de recursos económicos y de
su bajo status, se consideraba que los subdelegados eran
subordinados débiles ante los intendentes; por tanto, con el
fin de acumular recursos y respeto para así establecer su
poder, a menudo ellos forjaron alianzas deshonestas y
explotadoras con caciques, curas y otros. Con frecuencia los
subdelegados estaban involucrados en prácticas económicas
locales por lo general monopólicas y abiertamente
explotadoras. El aumento de los salarios no hubiera detenido
de un golpe la corrupción y explotación. El control de los
funcionarios locales constituía un inmenso desafío en los
amplios distritos del sur andino, donde una alta proporción
de la economía se basaba en la explotación de los pobladores
indígenas en tanto consumidores, tributarios, productores y
trabajadores. La ineficiencia de las reformas borbónicas se
tradujo en la prolongación de las prácticas y autoridades
tradicionales de Cusco, particularmente los caciques de
sangre.
Los caciques y la autonomía
local
Las ambigüedades de la política de los Borbones son
particularmente evidentes en el destino de los caciques
quienes, desde el siglo XVI, constituyeron la figura central
en la relación entre el Estado y la sociedad indígena. Estos
jefes recolectaban el tributo directamente o a través de
representantes, organizaban el cumplimiento de otras
obligaciones fiscales y de trabajo y, en general, hacían
cumplir el orden social. Pero, llegado el siglo XVIII, estos
funcionarios enfrentaban tres presiones interrelacionadas que
los amenazaban individualmente y se combinaban para
comprometer el propio cargo. En primer lugar, enfrentaban la
competencia creciente por el cargo, que provenía tanto de
otros indios nobles de la localidad como de forasteros,
competencia que terminaba en largas batallas legales. En
segundo lugar, cada vez les resultaba más difícil cumplir
las demandas continuamente crecientes del Estado español
sin poner en peligro las relaciones con la sociedad indígena
local. En tercer lugar, había propuestas para abolir el
propio cargo, particularmente después de la rebelión de Túpac
Amaru. A causa de estas presiones, a fines del siglo XVIII no
predominaba un determinado tipo de cacique ni de relación
cacique-sociedad. Había caciques ricos y pobres, caciques
respetados y repudiados, y caciques españoles, criollos
mestizos e indios. Su situación económica y su legitimidad
ante los ojos de los campesinos indígenas, ante las personas
que no eran indígenas y ante el Estado, eran muy diversas.
Pero es necesario observar que, en general, los indios preferían
a los caciques de sangre tradicionales en lugar de forasteros
nombrados por el Intendente, y luchaban por la existencia de
este cargo, que ellos consideraban era central para la autonomía
política relativa de que disfrutaban; en muchos casos,
tuvieron éxito en la defensa de sus caciques de sangre.
El Estado español cuestionaba la posición del cacique por
una serie de razones conflictivas. Algunos criticaban la
existencia de los caciques pues para ellos constituían un
vestigio obsoleto que estorbaba una administración eficiente;
muchos se preocupaban pues los veían como políticos
subversivos en potencia; y otros llamaban a limitar el poder
de los caciques para poner coto a los abusos que éstos cometían
contra los indios. Pero, por otro lado, algunos defendían al
funcionario por ser legítimo y a la vez expeditivo. Estas
opiniones opuestas sobre los caciques salieron a la superficie
con la rebelión de Túpac Amaru. Después de la sublevación,
el Visitador Areche llamó a abolir todos los cacicazgos que
no estuvieran manejados por personas que hubieran demostrado
su lealtad a la Corona, lo que supuestamente incluía a los
caciques que habían permanecido neutrales durante la rebelión
a quienes, intentó reemplazar con gobernadores y alcaldes
elegidos. Su plan no se llevó a cabo, y en su lugar se
entablaron duras batallas legales y locales por el control del
cargo. De esta manera, una vez más se pusieron al descubierto
las contradicciones entre el castigo y el apaciguamiento, y
entre la modernidad y la tradición administrativa que
caracterizó la ideología y la política de los Borbones.
Las medidas de Areche se disolvieron lentamente en batallas
legales que se retroalimentaban y que involucraron a las
principales autoridades e instituciones. Un decreto real del
Consejo de Indias, emitido en 1790, enmendó normas
anteriores, y puso límites a la prohibición de convertirse
en caciques a aquéllos que habían apoyado a Túpac Amaru:
desde esos momentos, los caciques que habían permanecido
neutrales por decisión propia o porque la rebelión no había
llegado a sus jurisdicciones, ya no estarían sujetos a remoción.
En 1798 la Real Audiencia de Cusco prohibió a los
subdelegados el nombramiento de caciques gobernadores en «pueblos
indios», defendiendo de ese modo a los caciques de sangre.
Muchos caciques temporales fueron reemplazados mientras otras
autoridades locales que no eran indígenas simplemente dejaron
de utilizar el título de cacique. No obstante, los cambios
originados por la introducción del sistema de Intendencia en
1784 incluyeron la eliminación del rol de los caciques como
recaudadores de tributos y, por tanto, limitaron severamente
su importancia en el sistema colonial. La información
proveniente de los juicios en los tribunales, que se analiza líneas
abajo, indica que los alcaldes varayocs fueron reemplazando
lentamente a los caciques en esta función. Por otro lado, los
caciques de sangre enfrentaban la competencia de autoridades
no sólo indígenas sino también de autoridades que no eran
indígenas que, por lo general, mantenían alianzas con altos
funcionarios. Lo que ocurrió con los caciques a nivel local
varió en gran medida, lo que demuestra la distancia entre la
política de la Corona y los acontecimientos en las colonias
americanas. Resulta claro que muchos caciques de sangre
pudieron mantener su posición a pesar de la hostilidad del
Estado colonial.
Un documento de 1806 describe la coexistencia de nociones y
políticas contradictorias respecto a los caciques. En una
relación de treintaynueve casos sobre cacicazgos, que se
presentaron ante la Real Audiencia, los candidatos al cargo
empleaban razones divergentes. Muchos, como Juan Huacoto del
pueblo de Cupi en la provincia de Lampa, ponían énfasis en
su «derecho de sangre». Otros, como don Simón Callo de
Sicuani, solicitaban ser restituidos, pues muchos caciques habían
sido suspendidos del cargo después del levantamiento de Túpac
Amaru. Otros no eran claramente herederos de caciques. Don
Gregorio Roldán, candidato a cacique de Asillo, donde
continuaba un conflicto de siglos por el cargo, señalaba
francamente que, durante su breve permanencia, hubo un aumento
«para Su Majestad, de dinero y tributarios». Los
funcionarios y aspirantes comprendían y manipulaban las
nociones contradictorias que en ese período se manejaban en
relación al cargo de cacique, en lo que se refiere a sus
calificaciones y deberes. En los juicios relativos al cargo,
que se revisan líneas abajo, con frecuencia un lado
argumentaba derechos y tradición heredados, en tanto que el
otro ensalzaba la conveniencia de tener a un español y no a
un indio a cargo del gobierno local.
Numerosas grietas dividían Cusco: ningún grupo en particular
asumía el poder local pues en la realidad, el cargo de
cacique no había sido abolido en forma definitiva. Algunos
caciques de sangre solían asumir el cargo mientras otros, por
lo general forasteros, se tornaban poderosos. Curas, líderes
de la milicia, subdelegados e indios que rivalizaban por el
cargo de alcalde, se aliaban y luchaban por el poder con o
contra los caciques. La rebelión de Túpac Amaru y la
posterior política de los Borbones había complicado la ya
compleja división del poder. La ambigüedad de la política
oficial tendía, inadvertidamente, a apoyar las prácticas
tradicionales y a dejar un gran espacio para las maniobras políticas.
En el contexto de guerras internacionales intermitentes, de
conflictos entre diferentes niveles del Estado en España,
Lima, y al interior del Cusco, entre la Real Audiencia, el
Intendente y los subdelegados, así como de las
contradicciones generales del pensamiento y la política de
los Borbones, los miembros de la elite económica y política
no eran los únicos con motivos y capacidad para cuestionar o
desobedecer las órdenes del Virrey, la Real Audiencia o el
Intendente. En tal sentido, antes de analizar las gestiones
del campesinado, se revisará la economía del Cusco a fines
del período colonial.
La economía
La situación económica del campesinado indígena del sur
andino también parecía haber quedado desolada a causa del
levantamiento de Túpac Amaru. Un Estado vengativo buscaba
aumentar la ya pesada carga tributaria y estaba deseoso de
quebrar la práctica colonial tradicional, permitiendo que
forasteros usurpen tierras de los ayllus. Más aún, los
infortunios económicos de la región afectaron adversamente a
los campesinos, que eran productores y consumidores
importantes. Pese a todo ello, en las décadas finales del
dominio español, el Estado no impuso sus exigencias a
voluntad ni los forasteros asumieron el control de grandes áreas
de terreno. Al igual que sus primeros sucesores republicanos,
el Estado Borbónico fue incapaz y en gran medida no lo
deseaba de poner en práctica las exigencias de la elite
regional, principalmente porque tenía fondos escasos,
desconfiaba de sus seguidores que estaban divididos,
enfrentaba una guerra interna y hacía malabares con nociones
divergentes sobre cuál era la relación, entre el Estado y
las masas indígenas, que convenía fortalecer. Asimismo, el
estancamiento de la economía de la región había disminuido
el interés de los forasteros por usurpar tierras de las
comunidades. Con el fin de entender la economía regional,
revisaremos tres factores: los efectos del levantamiento de Túpac
Amaru, los cambios jurisdiccionales impuestos por los Borbones,
y la situación económica general de la región.
En el levantamiento de Túpac Amaru, las haciendas y los
obrajes fueron dañados y destruidos, un gran número de
personas fue asesinada, herida o desarraigada, y las fuentes
de crédito desaparecieron. La rebelión dejó suficientes
evidencias de la enorme devastación física causada por ambos
lados. Las fuentes de archivo indican las fatales
consecuencias de la rebelión en términos de desplazamiento
de población. En 1786 un recaudador de impuestos en
Cotabambas señalaba que la producción agrícola se hundió
en 1781 y 1782 porque «muchos estaban ausentes por temor de
la rebelión, unos y otros por haberlos hecho ir a las
expediciones». También en 1786 un cacique acusado de
recaudar tributos a quienes estaban exentos afirmaba que él
estaba compensando a aquéllos que habían muerto a causa de
la rebelión de Túpac Amaru. Un reciente estudio del diezmo
en la región ha hallado que entre 1780 y 1783 ocurrió una
aguda caída en la producción agrícola y en la capacidad de
recolectar este tributo; a partir de allí hubo un retorno a
niveles anteriores. Existen pocas dudas de que el daño fue
extenso. Sin embargo, la rebelión por sí misma no explica
las dificultades económicas. Otras áreas se recuperaron
relativamente rápido a pesar del daño físico masivo y los
trastornos socioeconómicos. La rebelión de Túpac Amaru no
hizo sino exacerbar una situación que ya era seria.
En la década de 1780, el Estado colonial continuó
implementando políticas que amenguaban el virtual monopolio
de Lima como almacén para el comercio transatlántico, así
como el rol central de Cusco en la comercialización y
producción para el Alto Perú. En 1784, la Intendencia de
Puno fue transferida al Virreinato de Río de la Plata. Más aún,
la política de «libre comercio» abrió los Virreinatos de Río
de la Plata y Perú a las importaciones europeas; sin embargo,
estas políticas no indujeron a un diluvio de importaciones ni
crearon barreras económicas que estropearan la producción
del sur peruano, pues los productos de Cusco continuaron
hallando un mercado en Potosí. Según un estudio, «la división
entre el Virreinato del Río de la Plata, en cuyo territorio
se encontraba Potosí, y el Virreinato del Perú, efectuada en
1776, no significaba en modo alguno la constitución de
fronteras sobre el comercio. Las intendencias bajo peruanas de
Arequipa, Cuzco y Lima efectuaban en 1793 más del 50 por
ciento del tráfico de efectos de la tierra que tenía como
punto de destino a Potosí». Las reformas borbónicas
prefiguraron dos procesos relacionados que atravesaron el
siglo: la creciente importancia del transporte marítimo por
sobre el transporte terrestre y la caída de los circuitos
comerciales andinos que vinculaban el Alto y el Bajo Perú.
Ambas tendencias amenazaban la importancia económica y política
de Cusco.
Como se ha estudiado en el capítulo anterior, el
levantamiento y las reformas administrativas y económicas de
los Borbones no fueron las únicas causas de la crisis económica.
La debilidad interna de la economía de la región y la
consecuente incapacidad de competir con productos foráneos
también jugaron un rol importante. El caso de la producción
textil de Cusco, que era central para su economía, echa luces
sobre el predicamento en que se hallaba la economía de Cusco.
En ese período, luego de la rebelión de Túpac Amaru,
mientras los obrajes languidecían, prosperaron unidades de
producción más pequeñas denominadas «chorrillos». Las
calamitosas condiciones de trabajo en los obrajes, así como
la tecnología atrasada, limitaban su capacidad de competir.
Los obrajes dependían del trabajo de los convictos, lo que
por un lado permitía a estos pagar deudas e indemnizaciones
y, por otro, proporcionaba al Estado una alternativa para
mantener a los prisioneros en lugares diferentes a las cárceles
inadecuadas y en permanente saturación. No obstante, y a
pesar del pago, los prisioneros temían este destino. En 1792,
un abogado de los indios alegaba contra «la pena cruel de los
obrajes». Aun cuando una revisión de los talleres europeos
de este período también develaría prácticas explotadoras y
condiciones de trabajo miserables, los obrajes de Cusco no sólo
eran tecnológicamente atrasados, sino que sus trabajadores
eran albergados bajo vigilancia y en condiciones aterradoras
que se combinaban con alimentos inadecuados o por lo menos
inapetecibles. En el contexto de la inestabilidad política de
fines de la Colonia e inicios de la República, estas
condiciones hicieron que los obrajes fueran vulnerables ante
el sabotaje interno e externo, e incluso ante la destrucción.
Los propietarios vivían en constante temor de una repetición
de lo que había sucedido al propietario del obraje Guaro
durante la rebelión de Túpac Amaru, donde «los primeros que
me saquearon mi obraje de Quero fueron los mismos dependientes
de él». Esta inseguridad cundió entre los obrajeros hasta
la primera mitad del siglo XIX.
Los productores de otros bienes principales de Cusco, tales
como azúcar y coca, enfrentaban dificultades similares a las
de aquéllos de la industria textil. Esta dependencia de
mercados distantes y de una fuerza de trabajo inestable y a
menudo coercitiva, los hizo vulnerables a desórdenes en los
lugares de trabajo, mientras la ausencia de una autoridad política
estable creaba óptimas condiciones para protestas o fugas.
Escasos de capital, enfrentaban la competencia creciente de
otras regiones; así, cada vez en mayor medida, Arequipa
proporcionaba azúcar al Alto Perú, mientras los cultivos de
coca se ampliaban hacia la región del Lago Titicaca. Desde
mediados del siglo XVIII, los precios de los productos agrícolas
se habían estancado en niveles muy bajos. Las series de
precios de maíz entre 1720 y 1795 demuestra una declinación
estable de precios. El mercado de granos, por ejemplo, se vio
saturado en el período post-Túpac Amaru. De esta manera,
estando ya deprimida durante las décadas finales de la
Colonia, durante la primera mitad del siglo XIX la producción
de azúcar y coca en Cusco se estancó.
No se puede avizorar la economía a nivel local,
particularmente en las comunidades indígenas, simplemente a
partir de este panorama general de la decadencia económica,
ya que las condiciones variaban entre una y otra región, e
incluso al interior de una determinada comunidad, surgían
diferencias importantes. Sin embargo, a partir de una variedad
de fuentes, se puede distinguir dos tendencias generales. Por
un lado, las obligaciones tributarias de los indios se
elevaron enormemente debido, sobre todo, al mejoramiento de
los mecanismos de recaudación de tributos que, como se ha
analizado en el capítulo anterior, entre las décadas de 1750
y 1820 en Cusco se multiplicó por dieciséis. Esto constituía
la causa principal de la zozobra económica de los indios, y
el primer logro de las reformas borbónicas ante los ojos del
Estado. Por el otro lado, esta penuria económica se vio
mitigada por el control local en algunos casos recuperación
de la tierra y de otros recursos por parte de las comunidades
rurales, principalmente indígenas.
Con el fin de evaluar el verdadero impacto de los crecientes
ingresos provenientes de los tributos, se debe considerar tres
factores. El primero es el crecimiento de la población:
Magnus Mörner calcula una tasa de crecimiento de 0.4% anual
para el Cusco en el período 1689-1786, lo que significaría
una tasa promedio de crecimiento anual de 1.3% en un período
de setentidós años. Otro especialista encontró un rango de
tasas anuales de crecimiento que oscilaban entre 0.6 y 1.3%
para el período 1791-1850. Aunque la falta de cifras
incluso aproximadas sobre el número de muertos en el
levantamiento de Túpac Amaru hace que cualquier estimación
sea azarosa, incluso tales cálculos gruesos como aquéllos
indican que es posible que una parte del aumento en la
recaudación provenga del crecimiento demográfico.
En segundo lugar, gran parte de este incremento se originó en
el mejoramiento de los procedimientos de recaudación. De esta
manera, algo del aumento en ingresos provenía del bolsillo de
recaudadores corruptos más que de los indios tributarios, ya
que las revisiones más frecuentes y efectivas de los tributos
luego de la década de 1780, denominadas «revisitas»,
pudieron reducir el fraude y la evasión. Un tercer factor fue
la prohibición del reparto; por ejemplo, en 1754, cuando en
los distritos de Cusco se permitió a los corregidores la
venta de mercancías vía el reparto, el total de las
transacciones llegó a un valor de 961,900 pesos. Con
frecuencia, los ingresos reales de las ventas forzadas eran más
elevados, con márgenes de ganancia que llegaban al 300 por
ciento. En 1754, en Cusco se recaudó sólo 15,898 pesos de
tributo. Como insistían aquéllos que proponían la abolición
del reparto, la venta de mercancías con sobreprecio disminuía
la capacidad de los indios para cumplir otras obligaciones,
particularmente el tributo. Aunque ciertos funcionarios
continuaron con esta práctica incluso después de su abolición
en 1780, se redujo la carga que significaba la venta de
mercancías con sobreprecio, liberando así el dinero para el
pago de tributos.
No sólo ocurría que los indios recibían bajos precios por
sus productos, sino que el estancamiento económico de Cusco
en este período significó la escasez de fuentes alternativas
de ingresos. La creciente población de vagabundos sin tierra
era el reflejo de las dificultades económicas que los
campesinos enfrentaban, y de los efectos devastadores de la
rebelión de Túpac Amaru. En 1790, Pablo José Oricaín
denunciaba el alto número de indios que vagaban «por las más
escarpadas y áridas cerranías, comboiando sus familias y
ganados, con el pretesto de mudar de pastos. Estos van
cargando unos cortos palos, y en donde encuentran aguada, y
rasonable pasto forman su media chosa, hasta que los naturales
del lugar medio los obliguen á qualquier cervicio ó pención;...
assí, se trasponen de un lugar, á otro». Oricaín calculaba
que un tercio de la población de la diócesis de Cusco era
pobre, y que de estas 80,000 almas, dos tercios eran pobrísimos.
Una fracción de ellos eran pordioseros, incluyendo «muchísimos
españoles». La ominosa vulnerabilidad de los campesinos ante
las crisis de corto plazo, sean ellas atribuibles al hombre o
al clima, también da testimonio de los tiempos de
dificultades económicas. En los Andes, con su topografía difícil
y sus caprichosos patrones climáticos, las desgracias podían
convertirse rápidamente en catástrofes que amenazaban la
propia vida. En las postrimerías del Cusco colonial, las
mayores obligaciones fiscales se unían al estancamiento económico
general de la región, exponiendo a gran parte de la población
indígena a un enfrentamiento con tiempos muy difíciles.
La crisis económica también tuvo consecuencias positivas
para la población indígena del campo. Como numerosos
historiadores lo han señalado en relación a los primeros
tiempos de la República, en medio de una caída económica
los foráneos tenían pocos incentivos para usurpar las
tierras y otros recursos. El argumento de Nils Jacobsen de que
en Azángaro, en el período entre Túpac Amaru y la
Independencia, las comunidades ganaron batallas seculares en
relación al control efectivo de la tierra, se aplica a Cusco.
En contraste con lo que ocurrió con los indios mayas, en las
décadas finales de la Colonia las elites terratenientes no
usurparon grandes extensiones de propiedad de los indios en el
sur andino. El potencial de violencia renovada, la ambigüedad
de la política y la acción del Estado, y la situación de
estancamiento económico desalentaban a los foráneos a
invertir tiempo, capital, o potencialmente sus vidas para
usurpaciones de tierra, ventas obligadas, o trabajo forzado.
Como lo muestra el análisis de los juicios en tribunales, que
mostramos a continuación, estas prácticas continuaban, pero
en menor medida e intensidad como hubiera sido el caso si la
economía transandina hubiera ofrecido mayores posibilidades
de ganancia. Por supuesto, la incertidumbre política, las
disputas de las clases altas, y el malestar económico no son
las únicas explicaciones sobre la vacilación del Estado y de
los no-indígenas para asaltar la autonomía relativa y los
recursos económicos de los ayllus. Los indios de la región
de Cusco defendieron agresivamente estos derechos, sobre todo
a través del sistema legal. Aprovechando la zozobra de los
Borbones frente a la posibilidad de otra rebelión de masas,
así como de los esfuerzos conjuntos del gobierno por
reconstruir su relación con las masas tributarias, a través
del uso generalizado del sistema legal, el campesinado puso
trabas a los abusos de los viejos y nuevos caciques y de otras
autoridades. CONTINUARÁ
Segovia
y su imponente acueducto romano.
En las faldas de la sierra de Guadarrama, a la vera de la
llanura castellana, Segovia aparece como un inmenso barco con
la proa de su Alcázar varada en el espolón de los ríos
Eresma y Clamores y el acueducto como un largo mástil caído
sobre la cubierta ciudadana.
| La urbe, cuyos orígenes
célticos se remontan al siglo VII a.C., fue
destruida y reconstruida por el romano Tito Didio,
quien la convirtió, hacia el 80 a.C., en una
importante plaza militar. Para proveerla de agua fue
dotada de un acueducto, que constituyó una de las
obras maestras de la ingeniería hidráulica romana. |

|
Las
obras del impresionante acueducto tuvieron lugar en los
tiempos del emperador Augusto con el fin de recoger el agua
del río Acebeda, en las montañas de Fuenfría, y llevarla a
lo largo de 18 kilómetros hasta la ciudad. Para salvar la
hondonada del Clamores, los ingenieros romanos construyeron en
cuatro segmentos una obra de albañilería de más de 800
metros de longitud valiéndose de bloques de granito unidos
sin argamasa, lo que hizo que en la edad media se atribuyera
al diablo la autoría.
La estructura es una doble arquería superpuesta, que alcanza
una altura máxima de 28.90 metros y una anchura de 5.20
metros, que penetra hasta el mismo centro de Segovia, pasando
sobre la plaza del Azoguejo, antiguo lugar de reunión de pícaros.
Durante la ocupación musulmana de Segovia, muchos de los 165
arcos del acueducto fueron destruidos, y reconstruidos en el
siglo XV, por encomienda de los Reyes Católicos.
TRES
ARROYOS
La horqueta geográfica del arroyo Claromecó comenzó siendo,
en 1865, uno de los 27 partidos resultantes de la campaña del
Río Salado. Esta campaña, donde indígenas y conquistadores
se disputaban territorios bonaerenses, culminó con puntaje
ganador para la gente del coronel Machado, que formó el -en
principio- pueblo de Tres Arroyos. Debieron pasar casi 20 años
para que el entonces gobernador de la provincia de Buenos
Aires, Dardo Rocha, dispusiera por decreto que el pueblo de
Tres Arroyos quedara definitivamente fundado como cabecera de
partido, en 1884. Más de 100 años después la finalmente
ciudad de Tres Arroyos tiene para compartir mucho más que la
particular geografía que le dió nombre.
La magia de un lugar
donde la naturaleza cuenta con 11.000 años a favor:
aceptar el desafío de encontrarnos, en un silencio
aparte de la civilización, con las voces del
pasado.
El planeta se expresa y en Arroyo Seco encuentra el
lugar para hacerlo: rezagos arqueológicos, de
flora, fauna y restos humanos, para percibir y
sentir...
En el Partido de Tres Arroyos, ubicado en el sudeste
de la provincia de Buenos Aires, presenta tres
centros de atracción turística que invitan al
descanso, la tranquilidad, la vida en Familia y
sobre todo al contacto con la naturaleza. Tres
Arroyos es la ciudad cabecera del partido. Se
encuentra ubicada en el cruce de las rutas 228 y 3.
Su vida económica se encuentra ligada al campo y a
la creciente industria. |
Sus
edificios históricos - de gran valor arquitectónico -,
parques, plazas museos y monumentos ofrecen a los turistas su
encanto y distinguido estilo.
Playas:
Claromecó: Se caracteriza por la tranquilidad y la seguridad
de sus playas.
Reta: Es una villa balnearia agreste y tranquila.
Balneario Orense: Es un paraíso para disfrutar del sol y el
aire puro.
La historia avanza, y
tiene como templo al Museo Municipal "José A.
Mulazzi": patrimonio cultural, catálogo de la
historia. A los restos arqueológicos se le suman
los aportes de la tradición de la ciudad, relato
material de la vida de principios de siglo.
Variedad de estilos arquitectónicos circundan la
plaza principal: desde el gótico bizantino de la
Iglesia Nuestra Señora del Carmen al clásico
italiano del Palacio Municipal.
Todos los años, Tres Arroyos le da gracias a la
tierra: festeja el trigo. La Fiesta Provincial del
Trigo reúne, después de la cosecha anual, a
chacareros y pobladores en la misma celebración. |

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