EL HORNERO

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MATERIAL DE DIFUSIÓN DE LA EMISORA EDUCATIVA "El HORNERO"
REVISTA Nº XXIII- 2001

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Este Adjunto está confeccionado con las informaciones recibidas en la Emisora Educativa El Hornero. En éste, la Redacción de El Hornero no tiene participación alguna, excepto a la limitación de extensiones de algunos artículos.

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UN PASEO POR LA HISTORIA

Autor: Federico Martín Maglio    mamaglio@intercom.com.ar

 

LA PREHISTORIA:
La prehistoria estudia la vida del ser humano desde su aparición en el planeta tierra hasta que inventó la escritura. Cuando comienza a escribir, cuenta lo que le pasa y, de esta manera, es posible saber más cosas que cuando no escribía.

Si no hay documentos escritos es más difícil saber cómo vivían nuestros antepasados. Debemos descubrir los objetos que utilizaron en los lugares donde vivieron para tratar de reconstruir su forma de vida y poder estudiarla.

Pero la pregunta es: ¿Cuándo aparece el ser humano en la tierra?. Para tratar de encontrar una explicación veremos que no hay contradicciones sobre su aparición entre la religión y la ciencia. Las interpretaciones pueden variar pero veremos que se parecen mucho. Como ejemplo compararemos un mensaje prehistórico, "La Biblia" y la interpretación científica más aceptada en la actualidad.

DE NAZCA

LA BIBLIA

INVESTIGACIONES CIENTIFICAS

Dios creó el universo dentro de un círculo en expansión hacia el infinito. Primero formó la célula vegetal que dio origen a las plantas. Después un ser orgánico acuático (pez), del cual, tras una larga cadena de transformaciones, se generaron los animales y los seres humanos. 

Dios, antes que otra cosa, creó la luz. Luego creó el firmamento con sus cuerpos celestes (estrellas, tierra...).Creó Dios la vida: aparecen las plantas, los animales en el agua, más tarde en la tierra y, por último, el ser humano. 

Al principio se produjo una "Gran Explosión" conocida con el nombre de "Big Bang". De ella surgen estrellas, planetas, etc..En éste planeta la vida comenzó en el agua. Se desarrollan los vegetales y peces. Luego vida se desarrolla en la tierra, aves y animales de todo tipo que van evolucionando hasta que aparece el ser humano. 
 

El ser humano no apareció en éste planeta porque sí. Hoy está aceptado que fue evolucionando desde hace muchísimos años. También debemos aclarar que no descendemos del mono; el mono y el ser humano descienden de un antepasado común a los dos, un primate llamado RAMAPITHECUS (un animal parecido al mono y a nosotros).¿Cuándo comenzó la división?. Se supone que hace unos 15 millones de años. Se sabe con seguridad que hace 6 millones de años nuestros antepasados caminaban en dos patas permitiendo dejar libres las "patas" delanteras con las cuales le fue posible agarrar y manipular objetos con los que logró fabricar cosas.¿Dónde comenzó la división?. En el continente africano y, desde allí, se expandió por todo el planeta.

En el presente planisferio podemos ver algunas rutas que siguieron los antiguos seres humanos en su expansión por todo el planeta. Nuestros antepasados no eran físicamente iguales a nosotros, fueron cambiando a medida que evolucionaban. Un ejemplo que podemos dar es el del pelo en el cuerpo: El pelo sirve para abrigar y proteger de los golpes; el ser humano al ir evolucionando y ser cada vez más inteligente sufrió menos frío y se golpeó menos. De esta manera el pelo fue cada vez menos necesario... ¿cuál fue el resultado?... ¡hoy tenemos menos pelo que unos miles de años atrás!. El ser humano fue evolucionando materialmente, creando, descubriendo e inventando cosas que le permitieron vivir cada vez mejor. Desde el hacha de piedra hasta las computadoras actuales hubo muchos cambios. El ser humano no vivió siempre igual, aún hoy se ven grandes diferencias en la forma de vivir de muchas personas y pueblos.

 

LA VIDA EN LA EDAD DE LOS METALES:
Unos 6000 años a. de C. algunos pueblos comenzaron a utilizar los metales para fabricar diversos objetos de uso diario. Al principio trabajaron los metales más blandos. Descubrieron que los metales se pueden fundir iniciando así la metalurgia que les permitió unir el cobre con el estaño (los metales más utilizados) y producir el bronce, metal mucho más duro. Al ir perfeccionando sus técnicas les fue posible hacer objetos de mejor calidad y utilizar metales más duros como el hierro, el cuál les permitió fabricar mejores armas con las que pudieron vencer fácilmente a los pueblos que no las tenían.

En este período comienzan a formarse reinos (varias ciudades de una misma cultura unidos bajo una autoridad máxima, el Rey) e imperios (varios pueblos, con sus ciudades, de diversas culturas unidos bajo una autoridad máxima, el Emperador).

 

PUEBLOS PREHISTÓRICOS AMERICANOS

Los seres humanos que llegaron a América se expandieron desde Alaska hasta Tierra del Fuego. Estos pueblos tuvieron una característica común: todos respetaron la naturaleza y se consideraban parte de ella; por ello, para vivir bien, debían tener una relación de respeto y cuidado hacia ella. Vivían de la caza, pesca, recolección de frutos e insectos y horticultura.

Sus dioses eran espíritus superiores y hasta veneraron algunos animales. Por lo general fueron monogámicos (parejas de un hombre y una mujer) y patriarcales (los hombres eran los que mandaban).Desarrollaron herramientas con los elementos que la naturaleza les proporcionaba (madera, piedra, hueso, metales, barro, paja). También desarrollaron el tejido y la alfarería y algunos la cerámica.

Aún hoy encontramos pueblos que están en la prehistoria como los indígenas del Amazonas, pero en América se desarrollaron grandes civilizaciones... 

 

LA VIDA EN LA EDAD DE PIEDRA:

El ser humano comenzó a utilizar la piedra, la madera, el barro y todo lo que encontró en la naturaleza para sobrevivir. Cazaba, pescaba, recolectaba frutas e insectos. Siempre estaba con otros de su especie formando grupos ya que así le era más fácil defenderse de los otros animales y cazarlos para obtener alimento y abrigo. Todo era compartido por todos; por ejemplo, 10 cazan y comen 40. Al principio no formaron una comunidad organizada como ahora. Tampoco vivían en un lugar fijo, iban de aquí para allá buscando lo que necesitaban para vivir ya que, por los cambios del clima en las diferentes estaciones, no siempre había comida en el mismo lugar (a esto se llama forma de vida NÓMADE). Con el tiempo aprendió a comunicarse mediante el lenguaje hablado (con palabras) y a dominar el fuego.

Al pasar el tiempo fue mejorando todo lo que hacía; por ejemplo, la construcción de utensilios de todo tipo como las armas y herramientas; comenzó a pintar en diversos lugares (arte rupestre), a fabricar estatuillas, adornos, etc.

Con el tiempo comenzó la práctica de la magia y la hechicería vinculadas a las primeras creencias religiosas; creían que los fenómenos de la naturaleza y la vida se debían a causas sobrenaturales (crecimiento de una planta, el agua, el sol, el viento, etc.). Aparecen las primeras tumbas y la necesidad de preservar los cadáveres. Esto ya era posible debido a que muchos grupos comenzaron a vivir en cavernas, lugares que ofrecen cierta seguridad y ya no estaban peregrinando todo el tiempo.  

Fueron aprendiendo a vivir en comunidad ayudándose unos a otros. Tenían un jefe que repartía las responsabilidades de cada uno. En las tribus pacíficas el jefe era el más sabio, un anciano que, por haber vivido más tiempo, era el que más sabía acerca de las cosas de la vida. En otros grupos que eran más guerreros o vivían casi exclusivamente de la caza, el jefe era el más fuerte.

Unos 8000 años a. de C. (antes de Cristo) se produce un gran cambio en la forma de vida de algunos pueblos. Este "gran cambio" o REVOLUCIÓN se produjo a partir del comienzo de la agricultura (producto de la relación simbiótica o asociativa entre el ser humano y las plantas). A partir de ese momento vivieron siempre en el mismo lugar (a esto se llama forma de vida SEDENTARIA) porque ahora después de la cosecha tendrían comida todo el año y debían permanecer en el mismo lugar para cuidar el cultivo. Como vivirían siempre en el mismo lugar, construyeron viviendas fijas. Además, para tener animales a su disposición todo el año sin tener que viajar para encontrarlos, aprendieron a domesticarlos y así aparece la ganadería.

Al tener más comida durante todo el año podían alimentar a más personas y éstas, al ser más fuertes, se enfermaron menos. De esta forma se produjo un aumento de la población. Cada año que pasaba había más gente, más casas y más trabajo para organizar. Para evitar problemas entre las personas se desarrollan organizaciones sociales nuevas como la familia y la división del trabajo (agricultores, artesanos, alfareros, ganaderos, guerreros, encargados del gobierno, etc.). Cada persona se adueña de lo que produce y ya no es todo de todos; aparece la propiedad privada. Lo que uno hace lo cambia por otra cosa que no produce a través del comercio. Cuando hubo mucha gente y muchas casas juntas se formaron las primeras ciudades.

Se desarrolló la religión con la aparición de los dioses, fuerzas superiores que controlaban a los fenómenos naturales (dios de la lluvia, dios del trueno, diosa de la fertilidad, etc.). Para honrarlos se hicieron grandes ceremonias, monumentos e infinidad de representaciones artísticas. 

 

POBLAMIENTO DE AMÉRICA

Según se sabe hasta hoy, a América comenzaron a entrar seres humanos hace unos 100.000 años por el Estrecho de Bearing (unión de los continentes de Asia y América).Existen diversas teorías con respecto al poblamiento del continente americano y las más difundidas son las siguientes: 

 

A. TEORÍA DE ALES HRDLICKA: Este investigador norteamericano afirmó que América se pobló con seres humanos llegados desde Asia pasando por el Estrecho de Bearing y, desde allí, hacia todo el continente (en el mapa de abajo la ruta está marcada con la línea negra).

B. TEORÍA DE PABLO RIVET: Este antropólogo francés afirmó que al continente americano llegaron seres humanos no sólo por el Estrecho de Bearing, sino también navegando por el Océano Pacífico (en el mapa de abajo las rutas están marcadas con líneas grises).

C. ORIGEN AUTÓCTONO: La teoría que afirma el origen autóctono (que los habitantes de América se desarrollaron en el continente americano y no vinieron de otros lugares) tiene dos referentes...

C.1. Florentino Ameghino: Este investigador argentino afirmó que la región pampeana fue el lugar en que se desarrolló el ser humano y, desde allí, se expandió por todo el planeta.

C.2. Samuel Morton: Este norteamericano afirmaba que el ser humano evolucionó paralelamente en América, Asia, Africa y Europa. La teoría del origen autóctono ya fue descartada hace mucho tiempo. Por el estado actual de las investigaciones científicas podemos afirmar lo apuntado anteriormente... el ser humano apareció en África y desde allí se expandió por todo el planeta entrando a América, ya con seguridad, por el Estrecho de Bearing.

 

 

 Cenizas que aún humean

Charles F. Walker   cfwalker@ucdavis.edu
Tercer capítulo del libro De Túpac Amaru a Gamarra. 

Para los indígenas de los Andes del sur, particularmente para aquéllos que presenciaron la ejecución de Túpac Amaru y sus seguidores y la exposición de las partes de su cuerpo desmembrado, la brutal derrota de la rebelión presagiaba tiempos terribles. Un ánimo lúgubre inundó la ciudad el día de la espantosa ejecución, cuidadosamente planificada. Un súbito aguacero fue interpretado por algunos como un signo de dolor del cielo y los elementos. El levantamiento había demostrado la vulnerabilidad del Estado colonial, obligándolo a grandes esfuerzos para detener a los rebeldes. En combinación con el incesante deseo de los Borbones de aumentar la cantidad extraída de sus colonias americanas, esta furia impulsaría la represión física y cultural, y aumentaría las exigencias fiscales y de mano de obra. Los caciques enfrentaron no sólo duros castigos sino también esfuerzos por eliminar el propio cargo de cacique. La rebelión también intimidó a quienes no eran indígenas, particularmente a la elite española y criolla, alentándolos a suavizar sus quejas sobre el colonialismo de los Borbones y a pensar dos veces en alianzas con las clases más bajas. En este período conocido como el de «el Gran Temor», se endurecieron las líneas divisorias entre los indios y quienes no lo eran, y entre los Andes y la costa.
Sin embargo, a consecuencia de la rebelión no se produjo un asalto indiscriminado a los recursos económicos de los indios, ni la multiplicación de los tributos o de carga de trabajo, ni la pérdida de su cultura. Si bien se escribieron feroces folletos anti-indígenas, y se discutían planes para castigar, vigilar o incorporar a los indios, no hubo una segunda conquista de los Andes. La derrota de los rebeldes en el campo de batalla fue más fácil que la implementación de los cambios concebidos por el Estado Borbónico. El intento del Estado por imponer nuevas autoridades, aumentar sus demandas y, en general, racionalizar la burocracia al costo de la autonomía y el bienestar económico de los indios, enfrentó desafíos persistentes y —con frecuencia— exitosos. Este capítulo analiza la forma cómo se reelaboraron las relaciones entre el campesinado y el Estado a raíz de la rebelión.

Fueron diversos los factores que intervinieron en el fracaso de los Borbones en sus intentos de reordenar las relaciones entre el pueblo andino y el Estado y de debilitar la cultura andina. En primer lugar, es necesario analizar las contradicciones y deficiencias de las propias reformas y su implementación. Si bien el Estado colonial logró su objetivo principal que era aumentar la cantidad de ganancias extraídas de los virreinatos en América, no creó una burocracia notablemente más eficiente que pudiera haber debilitado a los grupos de poder local y estrechado la conexión entre el Estado y la sociedad. Las divisiones al interior del Estado colonial, y la resistencia mostrada por los Borbones a gastar dinero en sus colonias, impidió que estas reformas se llevaran a cabo. Los problemas económicos enfrentados por la región son el segundo factor analizado. Si bien eran tiempos difíciles para los campesinos indígenas —productores, comerciantes, consumidores, y contribuyentes— el estancamiento económico también debilitó las presiones externas sobre los recursos de los indígenas, particularmente la tierra. Finalmente, las actividades de los propios indígenas constituyeron el obstáculo más importante para que los Borbones reconquisten el sur de los Andes. Los indígenas saturaban las cortes pugnando por impedir la imposición de forasteros en el cargo del cacique, y también para cuestionar la conducta abusiva de las autoridades.

La revisión de más de mil juicios criminales arroja luces sobre una serie de problemas: la relación entre rebelión, resistencia y hegemonía; las contradicciones del propio proyecto borbónico; y la complejidad social de la sociedad andina de fines de la Colonia. Este capítulo analiza la cuestión de si el uso del sistema legal afianzó el colonialismo o sirvió para cuestionarlo e incluso debilitarlo. Los procesos judiciales indican que la rebelión armada y el uso de los tribunales no son estrategias contradictorias u opuestas —resistencia por un lado, sumisión por el otro— sino que constituyen más bien un continuum; de hecho, el estudio de Cusco en este período demuestra la íntima relación entre ellos. En los expedientes, los campesinos ponían de relieve las contradicciones y fisuras del Estado colonial. Si bien el temor a otra rebelión originaba que el Estado intensifique el castigo a insurgentes sospechosos así como la represión a la cultura andina, también lo hizo sensible ante los cargos de inconducta oficial que podrían hacer estallar otra rebelión. Las comunidades campesinas podían usar este interés en ventaja propia: sin embargo, éste también podría ser usado contra ellas.

El gran temor

Como se ha descrito anteriormente, en abril de 1781 los verdugos torturaron, humillaron y ejecutaron a José Gabriel [Condorcanqui, Túpac Amaru], Micaela [Bastidas, su esposa] y docenas de sus seguidores, en actos públicos. Las partes de su cuerpo fueron esparcidas en toda la región del Cusco para confirmar su derrota y para advertir a la población sobre los peligros de la sedición. El Visitador General Areche creyó conveniente que las noticias de la ejecución fueran ampliamente propagadas, «ebitando con ello las varias ideas que se han extendido entre quasi toda la nación de los yndios llenos de supersticiones que los inclinan a creer en la imposibilidad de que se le imponga pena capital». La represión no se detuvo en este punto, pues la propia rebelión no había terminado, ya que Diego Cristóbal había tomado las riendas de la insurrección, centrada en la zona del Lago Titicaca hacia el sur. Después de meses de negociaciones, a fines de 1782, cuando la hostilidad entre Túpacamaristas y kataristas ya había impedido una amplia alianza y socavado a ambos movimientos, aceptó un perdón; sin embargo, en marzo de 1783 Diego Cristóbal y cientos de sus seguidores, incluyendo a sesentitrés miembros de su familia, fueron arrestados. Si bien la mayor parte de los prisioneros fueron desterrados, Diego Cristóbal fue arrastrado por un caballo, torturado con tenazas ardientes y ahorcado. A su madre le cortaron la lengua. Según un autor, el Virrey Jáuregui buscaba «exterminar a toda la familia Inca».

El Estado no limitó su castigo a los líderes del movimiento. Los acontecimientos de Santa Rosa, ubicada en el lado puneño de la pradera altina de La Raya, que separa a la región del Lago Titicaca del Cusco, ejemplifica la brutal represión que siguió al levantamiento. El 22 de junio de 1781, las fuerzas realistas que llegaron al poblado fueron recibidas por indígenas que «pedían perdón». Los soldados les ordenaron retornar al pueblo y entonces mandaron que todos los adultos se reúnan en medio de la plaza. Algunos indios corrieron atemorizados y muchos de ellos se refugiaron en la iglesia. Sin embargo, toda la población del pueblo, incluso un «anciano español», indios que habían luchado por la Corona, y los portadores del anda con la efigie de Santa Rosa que había sido sacada para solicitar la protección divina, fueron obligados a ir a la plaza. Ejecutaron a uno de cada cinco hombres, el infame quintado, «en cosa de hora y diez minutos». En toda la región tuvieron lugar acontecimientos similares.

Las medidas punitivas fueron más allá de la exterminación ritual del liderazgo y la ejecución de aquéllos que fueran sospechosos de simpatizar con los rebeldes. El Estado Borbónico buscaba socavar la solidaridad panandina destituyendo a las autoridades indígenas consideradas leales a Túpac Amaru y debilitando el cargo de cacique en general, prohibiendo los Comentarios Reales del Inca Garcilaso, y proscribiendo danzas, vestido y artesanía asociados con la cultura indígena. Las autoridades llamaron a la «extirpación» del quechua y a la castellanización de los Andes. Se pusieron en práctica muchas de las propuestas del Obispo Moscoso de poner coto a la invocación de los Incas y de eliminar otros elementos de la cultura andina, que eran parte de las acusaciones histéricas e interesadas que este personaje había lanzado durante la sublevación. En una región recientemente devastada por lo que las autoridades consideraban una guerra de castas, los esfuerzos de los Borbones por fortalecer el Estado y homogeneizar a la población asumían un carácter particularmente urgente y etnocéntrico.

Entre 1780 y 1786, el abogado madrileño Benito de la Mata Linares era el funcionario más importante en Cusco; había sido asesor del Visitador Areche durante la sublevación, presidió el tribunal para el juicio y ejecución de Túpac Amaru y la subsecuente represión, y fue el primer Intendente de Cusco entre 1783 y 1786. Mata Linares advertía incesantemente sobre la amenaza de otro levantamiento, y en 1781 consideraba que Cusco estaba poblado sólo por «traidores y cobardes», lo que para él implicaba que si bien toda la población había apoyado a los rebeldes, algunos eran demasiado pusilánimes como para convertir su apoyo en acción. En 1783, prevenía que la «fidelidad [de la ciudad], no está bien asegurada» y dos años más tarde ordenaba a las autoridades «[E]vitar que salte alguna chispa de calor a estas cenizas que aún humean» en Cusco. El Virrey Croix prestó oído a la preocupación de Mata Linares y su metáfora cuando en 1786 escribió que, con el recuerdo de Túpac Amaru aún fresco, «se debe temer a qualquiera que no haya dado prueba de su zelo, fidelidad, y amor al Rey, especialmte. Si es hombre de alguna distinción entre ellos; pues le sería muy fácil encender la llama de la rebelión, que aunque apagada al parecer enteramente, no deja de dar de quando en quando algunos indicios de que aún vive».

No se trataba de advertencias vacuas, o de meras expresiones de una dilatada paranoia post-rebelión, pues continuaban apareciendo signos de profunda indignación y de posible subversión. En 1783, una breve rebelión en la provincia de Quispicanchi, noticias del levantamiento katarista en el Alto Perú, y una rebelión en el poblado andino de Huarochirí, en las afueras de Lima, perturbaron a los realistas de Cusco. En diciembre de 1784, las autoridades informaban sobre una conspiración de los indios que vivían en la ciudad. Clemente Barrientos, un carpintero, afirmaba que se había hecho planes —una vez más en las chicherías— para matar a todos los españoles de la ciudad. Supuestamente un indio había arrojado a una mujer española, muerta, en una calle central, «con la cara morateada y una pierna hinchada»: fue la primera víctima de la violencia. Si bien la guardia patrullaba estrechamente las calles y arrestaba a algunos sospechosos, no podía confirmarse la conspiración. En mayo de 1786, sin embargo, pasquines colocados en las iglesias y en otras plazas públicas confirmaban la presencia de disidentes en Cusco. El primero censuraba al Rey, reivindicaba a Túpac Amaru, y describía un levantamiento que involucraba a Huamanga y Arequipa. Semanas más tarde, colocaron otro que se preguntaba: «Hermanos, hasta cuando aveis de estar dormidos... —armas no faltan— y millares de hombres suspiran por la libertad.» Se referían a un «tipo de república» a crearse, y a la prometida ayuda de «dos potencias poderosas», presumiblemente Inglaterra y Estados Unidos. Sobre todo, se quejaban del favoritismo hacia los españoles por sobre los criollos. 

De esta manera, los carteles suscitaban el principal temor de las autoridades coloniales: un levantamiento masivo bajo la inspiración de Túpac Amaru y contando con el apoyo de los enemigos de España. Mata Linares culpaba a un pequeño grupo de renegados que estaban subvirtiendo a la plebe. Si bien los pasquines dejaron de aparecer, se enviaron cartas anónimas al Virrey, con quejas sobre los abusos de las autoridades. Los rumores y carteles mostraban el resentimiento en relación a la política de mano dura del Estado colonial y —como nerviosamente señalaban Mata Linares y otros funcionarios— la posibilidad de una nueva insurgencia. Las autoridades españoles se preocupaban de que otro levantamiento en el Cusco —una clara posibilidad— debilitaría en forma fatal a las defensas de las colonias, particularmente contra los ingleses. En 1786 Mata Linares escribía: «perdido Cuzco, todo el reyno se perdía, pues la sierra es el escudo de toda esta América». Esta preocupación en relación a las consecuencias militares de otro levantamiento en Cusco continuó hasta la Independencia, con un desenlace irónico: los españoles tuvieron su última base en Cusco, durante el gobierno del Virrey La Serna, entre 1821 y 1824.

Reformas borbónicas con venganza

Después del levantamiento de Túpac Amaru, el Estado Borbónico continuó haciendo esfuerzos tanto por centralizar la administración colonial como por aumentar sus ingresos. En 1784, se introdujo en el Perú el sistema francés de Intendentes. Se creó ocho Intendencias, y la de Puno fue transferida al Virreinato de Río de la Plata. Se creía que los Intendentes serían capaces de mantener en sus regiones una vigilancia más estrecha que aquella de las autoridades de Lima. Conscientes del hecho de que los abusos de los corregidores habían sido la causa principal de las revueltas indígenas en los Andes a lo largo del siglo XVIII, y que las actividades económicas de tales autoridades habían sido un obstáculo para la recaudación de tributos, la Corona los reemplazó con subdelegados que serían estrechamente supervisados por los Intendentes, que en este caso tendrían su sede en Cusco y ya no en la distante Lima. Con el fin de desalentar embrollos financieros entre los subdelegados y los grupos de poder local, se prometió a las autoridades salarios adecuados. Los Borbones intentaban que un fuerte vínculo entre la sociedad local y el Estado virreinal reemplazara el poder de los curas, los caciques, los ricos, y las autoridades. En el Perú, los Borbones tuvieron éxito en lo que consideraban su principal objetivo: aumentar los ingresos que extraían de las propiedades en América. Sin embargo, fracasaron en sus esfuerzos por colocar autoridades autónomas en todo el virreinato para, de esa manera, reformular las relaciones políticas y económicas, pues la política local continuó siendo similar a aquélla de tiempos de los Habsburgo. De esta manera, la introducción del sistema de Intendencias no quebró las redes locales de poder económico y político ni desarraigó la autonomía política de los indios; si bien hicieron frente a tendencias centrífugas, los Borbones no pudieron modernizar el Estado en la forma como lo hubieran deseado.

Diversos factores explican la incapacidad de los Borbones por transformar las relaciones entre la sociedad local y el Estado colonial de los Andes. Las propias reformas no eran un conjunto de políticas coherentes y unificadas, ya que constituyeron una reacción más bien tardía a la decadencia de la Península Ibérica en Europa, en la cual los gastos necesarios por modernizar la administración eran abandonados una y otra vez a causa de necesidades inmediatas que, por lo general, eran gastos militares. Un fuerte cisma separaba el contenido de las reformas y su aplicación. Esto es más evidente por el hecho de que a pesar de la insistencia en la necesidad de impedir una recurrencia de los abusos de los viejos corregidores, el sistema de Intendencia no tuvo como resultado el establecimiento de funcionarios controlados centralmente ni con pagas aceptables. Más aún, los conflictos entre los funcionarios del gobierno a diferentes niveles (la Corona, el Virrey, el Intendente y los subdelegados) obstaculizaban una administración eficiente. En el Cusco post-Túpac Amaru, las incongruencias e inconsistencias de las reformas eran particularmente flagrantes y, por otro lado, el temor a provocar otro levantamiento campesino y la preocupación sobre los obstáculos para la recaudación de tributos atemperaron los impulsos más draconianos y represivos. Las autoridades abandonaban las políticas diseñadas para renovar el Estado (y sobre todo, para recaudar mayores tributos) por sus costos económicos y políticos de corto plazo. Más aún, el Estado colonial no sabía en quién confiar. No sólo no disfrutaba del favor de los campesinos y la Iglesia, sino que la elite de Cusco estaba dividida y también era considerada como potencialmente rebelde.

La incapacidad de la Corona por crear una administración política más eficiente reflejaba las ambigüedades de la política borbónica, pues a pesar de que los corregidores habían sido reemplazados por subdelegados, en la práctica su estilo continuaba. A causa de la falta de recursos económicos y de su bajo status, se consideraba que los subdelegados eran subordinados débiles ante los intendentes; por tanto, con el fin de acumular recursos y respeto para así establecer su poder, a menudo ellos forjaron alianzas deshonestas y explotadoras con caciques, curas y otros. Con frecuencia los subdelegados estaban involucrados en prácticas económicas locales por lo general monopólicas y abiertamente explotadoras. El aumento de los salarios no hubiera detenido de un golpe la corrupción y explotación. El control de los funcionarios locales constituía un inmenso desafío en los amplios distritos del sur andino, donde una alta proporción de la economía se basaba en la explotación de los pobladores indígenas en tanto consumidores, tributarios, productores y trabajadores. La ineficiencia de las reformas borbónicas se tradujo en la prolongación de las prácticas y autoridades tradicionales de Cusco, particularmente los caciques de sangre.

Los caciques y la autonomía local

Las ambigüedades de la política de los Borbones son particularmente evidentes en el destino de los caciques quienes, desde el siglo XVI, constituyeron la figura central en la relación entre el Estado y la sociedad indígena. Estos jefes recolectaban el tributo —directamente o a través de representantes—, organizaban el cumplimiento de otras obligaciones fiscales y de trabajo y, en general, hacían cumplir el orden social. Pero, llegado el siglo XVIII, estos funcionarios enfrentaban tres presiones interrelacionadas que los amenazaban individualmente y se combinaban para comprometer el propio cargo. En primer lugar, enfrentaban la competencia creciente por el cargo, que provenía tanto de otros indios nobles de la localidad como de forasteros, competencia que terminaba en largas batallas legales. En segundo lugar, cada vez les resultaba más difícil cumplir las demandas —continuamente crecientes— del Estado español sin poner en peligro las relaciones con la sociedad indígena local. En tercer lugar, había propuestas para abolir el propio cargo, particularmente después de la rebelión de Túpac Amaru. A causa de estas presiones, a fines del siglo XVIII no predominaba un determinado tipo de cacique ni de relación cacique-sociedad. Había caciques ricos y pobres, caciques respetados y repudiados, y caciques españoles, criollos mestizos e indios. Su situación económica y su legitimidad ante los ojos de los campesinos indígenas, ante las personas que no eran indígenas y ante el Estado, eran muy diversas. Pero es necesario observar que, en general, los indios preferían a los caciques de sangre tradicionales en lugar de forasteros nombrados por el Intendente, y luchaban por la existencia de este cargo, que ellos consideraban era central para la autonomía política relativa de que disfrutaban; en muchos casos, tuvieron éxito en la defensa de sus caciques de sangre.

El Estado español cuestionaba la posición del cacique por una serie de razones conflictivas. Algunos criticaban la existencia de los caciques pues para ellos constituían un vestigio obsoleto que estorbaba una administración eficiente; muchos se preocupaban pues los veían como políticos subversivos en potencia; y otros llamaban a limitar el poder de los caciques para poner coto a los abusos que éstos cometían contra los indios. Pero, por otro lado, algunos defendían al funcionario por ser legítimo y a la vez expeditivo. Estas opiniones opuestas sobre los caciques salieron a la superficie con la rebelión de Túpac Amaru. Después de la sublevación, el Visitador Areche llamó a abolir todos los cacicazgos que no estuvieran manejados por personas que hubieran demostrado su lealtad a la Corona, lo que supuestamente incluía a los caciques que habían permanecido neutrales durante la rebelión a quienes, intentó reemplazar con gobernadores y alcaldes elegidos. Su plan no se llevó a cabo, y en su lugar se entablaron duras batallas legales y locales por el control del cargo. De esta manera, una vez más se pusieron al descubierto las contradicciones entre el castigo y el apaciguamiento, y entre la modernidad y la tradición administrativa que caracterizó la ideología y la política de los Borbones.

Las medidas de Areche se disolvieron lentamente en batallas legales que se retroalimentaban y que involucraron a las principales autoridades e instituciones. Un decreto real del Consejo de Indias, emitido en 1790, enmendó normas anteriores, y puso límites a la prohibición de convertirse en caciques a aquéllos que habían apoyado a Túpac Amaru: desde esos momentos, los caciques que habían permanecido neutrales por decisión propia o porque la rebelión no había llegado a sus jurisdicciones, ya no estarían sujetos a remoción. En 1798 la Real Audiencia de Cusco prohibió a los subdelegados el nombramiento de caciques gobernadores en «pueblos indios», defendiendo de ese modo a los caciques de sangre. Muchos caciques temporales fueron reemplazados mientras otras autoridades locales que no eran indígenas simplemente dejaron de utilizar el título de cacique. No obstante, los cambios originados por la introducción del sistema de Intendencia en 1784 incluyeron la eliminación del rol de los caciques como recaudadores de tributos y, por tanto, limitaron severamente su importancia en el sistema colonial. La información proveniente de los juicios en los tribunales, que se analiza líneas abajo, indica que los alcaldes varayocs fueron reemplazando lentamente a los caciques en esta función. Por otro lado, los caciques de sangre enfrentaban la competencia de autoridades no sólo indígenas sino también de autoridades que no eran indígenas que, por lo general, mantenían alianzas con altos funcionarios. Lo que ocurrió con los caciques a nivel local varió en gran medida, lo que demuestra la distancia entre la política de la Corona y los acontecimientos en las colonias americanas. Resulta claro que muchos caciques de sangre pudieron mantener su posición a pesar de la hostilidad del Estado colonial. 

Un documento de 1806 describe la coexistencia de nociones y políticas contradictorias respecto a los caciques. En una relación de treintaynueve casos sobre cacicazgos, que se presentaron ante la Real Audiencia, los candidatos al cargo empleaban razones divergentes. Muchos, como Juan Huacoto del pueblo de Cupi en la provincia de Lampa, ponían énfasis en su «derecho de sangre». Otros, como don Simón Callo de Sicuani, solicitaban ser restituidos, pues muchos caciques habían sido suspendidos del cargo después del levantamiento de Túpac Amaru. Otros no eran claramente herederos de caciques. Don Gregorio Roldán, candidato a cacique de Asillo, donde continuaba un conflicto de siglos por el cargo, señalaba francamente que, durante su breve permanencia, hubo un aumento «para Su Majestad, de dinero y tributarios». Los funcionarios y aspirantes comprendían —y manipulaban— las nociones contradictorias que en ese período se manejaban en relación al cargo de cacique, en lo que se refiere a sus calificaciones y deberes. En los juicios relativos al cargo, que se revisan líneas abajo, con frecuencia un lado argumentaba derechos y tradición heredados, en tanto que el otro ensalzaba la conveniencia de tener a un español y no a un indio a cargo del gobierno local.

Numerosas grietas dividían Cusco: ningún grupo en particular asumía el poder local pues en la realidad, el cargo de cacique no había sido abolido en forma definitiva. Algunos caciques de sangre solían asumir el cargo mientras otros, por lo general forasteros, se tornaban poderosos. Curas, líderes de la milicia, subdelegados e indios que rivalizaban por el cargo de alcalde, se aliaban y luchaban por el poder con o contra los caciques. La rebelión de Túpac Amaru y la posterior política de los Borbones había complicado la ya compleja división del poder. La ambigüedad de la política oficial tendía, inadvertidamente, a apoyar las prácticas tradicionales y a dejar un gran espacio para las maniobras políticas. En el contexto de guerras internacionales intermitentes, de conflictos entre diferentes niveles del Estado en España, Lima, y al interior del Cusco, entre la Real Audiencia, el Intendente y los subdelegados, así como de las contradicciones generales del pensamiento y la política de los Borbones, los miembros de la elite económica y política no eran los únicos con motivos y capacidad para cuestionar o desobedecer las órdenes del Virrey, la Real Audiencia o el Intendente. En tal sentido, antes de analizar las gestiones del campesinado, se revisará la economía del Cusco a fines del período colonial.

La economía

La situación económica del campesinado indígena del sur andino también parecía haber quedado desolada a causa del levantamiento de Túpac Amaru. Un Estado vengativo buscaba aumentar la ya pesada carga tributaria y estaba deseoso de quebrar la práctica colonial tradicional, permitiendo que forasteros usurpen tierras de los ayllus. Más aún, los infortunios económicos de la región afectaron adversamente a los campesinos, que eran productores y consumidores importantes. Pese a todo ello, en las décadas finales del dominio español, el Estado no impuso sus exigencias a voluntad ni los forasteros asumieron el control de grandes áreas de terreno. Al igual que sus primeros sucesores republicanos, el Estado Borbónico fue incapaz —y en gran medida no lo deseaba— de poner en práctica las exigencias de la elite regional, principalmente porque tenía fondos escasos, desconfiaba de sus seguidores que estaban divididos, enfrentaba una guerra interna y hacía malabares con nociones divergentes sobre cuál era la relación, entre el Estado y las masas indígenas, que convenía fortalecer. Asimismo, el estancamiento de la economía de la región había disminuido el interés de los forasteros por usurpar tierras de las comunidades. Con el fin de entender la economía regional, revisaremos tres factores: los efectos del levantamiento de Túpac Amaru, los cambios jurisdiccionales impuestos por los Borbones, y la situación económica general de la región.

En el levantamiento de Túpac Amaru, las haciendas y los obrajes fueron dañados y destruidos, un gran número de personas fue asesinada, herida o desarraigada, y las fuentes de crédito desaparecieron. La rebelión dejó suficientes evidencias de la enorme devastación física causada por ambos lados. Las fuentes de archivo indican las fatales consecuencias de la rebelión en términos de desplazamiento de población. En 1786 un recaudador de impuestos en Cotabambas señalaba que la producción agrícola se hundió en 1781 y 1782 porque «muchos estaban ausentes por temor de la rebelión, unos y otros por haberlos hecho ir a las expediciones». También en 1786 un cacique acusado de recaudar tributos a quienes estaban exentos afirmaba que él estaba compensando a aquéllos que habían muerto a causa de la rebelión de Túpac Amaru. Un reciente estudio del diezmo en la región ha hallado que entre 1780 y 1783 ocurrió una aguda caída en la producción agrícola y en la capacidad de recolectar este tributo; a partir de allí hubo un retorno a niveles anteriores. Existen pocas dudas de que el daño fue extenso. Sin embargo, la rebelión por sí misma no explica las dificultades económicas. Otras áreas se recuperaron relativamente rápido a pesar del daño físico masivo y los trastornos socioeconómicos. La rebelión de Túpac Amaru no hizo sino exacerbar una situación que ya era seria.

En la década de 1780, el Estado colonial continuó implementando políticas que amenguaban el virtual monopolio de Lima como almacén para el comercio transatlántico, así como el rol central de Cusco en la comercialización y producción para el Alto Perú. En 1784, la Intendencia de Puno fue transferida al Virreinato de Río de la Plata. Más aún, la política de «libre comercio» abrió los Virreinatos de Río de la Plata y Perú a las importaciones europeas; sin embargo, estas políticas no indujeron a un diluvio de importaciones ni crearon barreras económicas que estropearan la producción del sur peruano, pues los productos de Cusco continuaron hallando un mercado en Potosí. Según un estudio, «la división entre el Virreinato del Río de la Plata, en cuyo territorio se encontraba Potosí, y el Virreinato del Perú, efectuada en 1776, no significaba en modo alguno la constitución de fronteras sobre el comercio. Las intendencias bajo peruanas de Arequipa, Cuzco y Lima efectuaban en 1793 más del 50 por ciento del tráfico de efectos de la tierra que tenía como punto de destino a Potosí». Las reformas borbónicas prefiguraron dos procesos relacionados que atravesaron el siglo: la creciente importancia del transporte marítimo por sobre el transporte terrestre y la caída de los circuitos comerciales andinos que vinculaban el Alto y el Bajo Perú. Ambas tendencias amenazaban la importancia económica y política de Cusco.

Como se ha estudiado en el capítulo anterior, el levantamiento y las reformas administrativas y económicas de los Borbones no fueron las únicas causas de la crisis económica. La debilidad interna de la economía de la región y la consecuente incapacidad de competir con productos foráneos también jugaron un rol importante. El caso de la producción textil de Cusco, que era central para su economía, echa luces sobre el predicamento en que se hallaba la economía de Cusco. En ese período, luego de la rebelión de Túpac Amaru, mientras los obrajes languidecían, prosperaron unidades de producción más pequeñas denominadas «chorrillos». Las calamitosas condiciones de trabajo en los obrajes, así como la tecnología atrasada, limitaban su capacidad de competir. Los obrajes dependían del trabajo de los convictos, lo que por un lado permitía a estos pagar deudas e indemnizaciones y, por otro, proporcionaba al Estado una alternativa para mantener a los prisioneros en lugares diferentes a las cárceles inadecuadas y en permanente saturación. No obstante, y a pesar del pago, los prisioneros temían este destino. En 1792, un abogado de los indios alegaba contra «la pena cruel de los obrajes». Aun cuando una revisión de los talleres europeos de este período también develaría prácticas explotadoras y condiciones de trabajo miserables, los obrajes de Cusco no sólo eran tecnológicamente atrasados, sino que sus trabajadores eran albergados bajo vigilancia y en condiciones aterradoras que se combinaban con alimentos inadecuados o por lo menos inapetecibles. En el contexto de la inestabilidad política de fines de la Colonia e inicios de la República, estas condiciones hicieron que los obrajes fueran vulnerables ante el sabotaje interno e externo, e incluso ante la destrucción. Los propietarios vivían en constante temor de una repetición de lo que había sucedido al propietario del obraje Guaro durante la rebelión de Túpac Amaru, donde «los primeros que me saquearon mi obraje de Quero fueron los mismos dependientes de él». Esta inseguridad cundió entre los obrajeros hasta la primera mitad del siglo XIX.

Los productores de otros bienes principales de Cusco, tales como azúcar y coca, enfrentaban dificultades similares a las de aquéllos de la industria textil. Esta dependencia de mercados distantes y de una fuerza de trabajo inestable y a menudo coercitiva, los hizo vulnerables a desórdenes en los lugares de trabajo, mientras la ausencia de una autoridad política estable creaba óptimas condiciones para protestas o fugas. Escasos de capital, enfrentaban la competencia creciente de otras regiones; así, cada vez en mayor medida, Arequipa proporcionaba azúcar al Alto Perú, mientras los cultivos de coca se ampliaban hacia la región del Lago Titicaca. Desde mediados del siglo XVIII, los precios de los productos agrícolas se habían estancado en niveles muy bajos. Las series de precios de maíz entre 1720 y 1795 demuestra una declinación estable de precios. El mercado de granos, por ejemplo, se vio saturado en el período post-Túpac Amaru. De esta manera, estando ya deprimida durante las décadas finales de la Colonia, durante la primera mitad del siglo XIX la producción de azúcar y coca en Cusco se estancó.

No se puede avizorar la economía a nivel local, particularmente en las comunidades indígenas, simplemente a partir de este panorama general de la decadencia económica, ya que las condiciones variaban entre una y otra región, e incluso al interior de una determinada comunidad, surgían diferencias importantes. Sin embargo, a partir de una variedad de fuentes, se puede distinguir dos tendencias generales. Por un lado, las obligaciones tributarias de los indios se elevaron enormemente debido, sobre todo, al mejoramiento de los mecanismos de recaudación de tributos que, como se ha analizado en el capítulo anterior, entre las décadas de 1750 y 1820 en Cusco se multiplicó por dieciséis. Esto constituía la causa principal de la zozobra económica de los indios, y el primer logro de las reformas borbónicas ante los ojos del Estado. Por el otro lado, esta penuria económica se vio mitigada por el control local —en algunos casos recuperación— de la tierra y de otros recursos por parte de las comunidades rurales, principalmente indígenas.

Con el fin de evaluar el verdadero impacto de los crecientes ingresos provenientes de los tributos, se debe considerar tres factores. El primero es el crecimiento de la población: Magnus Mörner calcula una tasa de crecimiento de 0.4% anual para el Cusco en el período 1689-1786, lo que significaría una tasa promedio de crecimiento anual de 1.3% en un período de setentidós años. Otro especialista encontró un rango de tasas anuales de crecimiento que oscilaban entre 0.6 y 1.3% para el período 1791-1850. Aunque la falta de cifras —incluso aproximadas— sobre el número de muertos en el levantamiento de Túpac Amaru hace que cualquier estimación sea azarosa, incluso tales cálculos gruesos como aquéllos indican que es posible que una parte del aumento en la recaudación provenga del crecimiento demográfico.

En segundo lugar, gran parte de este incremento se originó en el mejoramiento de los procedimientos de recaudación. De esta manera, algo del aumento en ingresos provenía del bolsillo de recaudadores corruptos más que de los indios tributarios, ya que las revisiones más frecuentes y efectivas de los tributos luego de la década de 1780, denominadas «revisitas», pudieron reducir el fraude y la evasión. Un tercer factor fue la prohibición del reparto; por ejemplo, en 1754, cuando en los distritos de Cusco se permitió a los corregidores la venta de mercancías —vía el reparto—, el total de las transacciones llegó a un valor de 961,900 pesos. Con frecuencia, los ingresos reales de las ventas forzadas eran más elevados, con márgenes de ganancia que llegaban al 300 por ciento. En 1754, en Cusco se recaudó sólo 15,898 pesos de tributo. Como insistían aquéllos que proponían la abolición del reparto, la venta de mercancías con sobreprecio disminuía la capacidad de los indios para cumplir otras obligaciones, particularmente el tributo. Aunque ciertos funcionarios continuaron con esta práctica incluso después de su abolición en 1780, se redujo la carga que significaba la venta de mercancías con sobreprecio, liberando así el dinero para el pago de tributos.

No sólo ocurría que los indios recibían bajos precios por sus productos, sino que el estancamiento económico de Cusco en este período significó la escasez de fuentes alternativas de ingresos. La creciente población de vagabundos sin tierra era el reflejo de las dificultades económicas que los campesinos enfrentaban, y de los efectos devastadores de la rebelión de Túpac Amaru. En 1790, Pablo José Oricaín denunciaba el alto número de indios que vagaban «por las más escarpadas y áridas cerranías, comboiando sus familias y ganados, con el pretesto de mudar de pastos. Estos van cargando unos cortos palos, y en donde encuentran aguada, y rasonable pasto forman su media chosa, hasta que los naturales del lugar medio los obliguen á qualquier cervicio ó pención;... assí, se trasponen de un lugar, á otro». Oricaín calculaba que un tercio de la población de la diócesis de Cusco era pobre, y que de estas 80,000 almas, dos tercios eran pobrísimos. Una fracción de ellos eran pordioseros, incluyendo «muchísimos españoles». La ominosa vulnerabilidad de los campesinos ante las crisis de corto plazo, sean ellas atribuibles al hombre o al clima, también da testimonio de los tiempos de dificultades económicas. En los Andes, con su topografía difícil y sus caprichosos patrones climáticos, las desgracias podían convertirse rápidamente en catástrofes que amenazaban la propia vida. En las postrimerías del Cusco colonial, las mayores obligaciones fiscales se unían al estancamiento económico general de la región, exponiendo a gran parte de la población indígena a un enfrentamiento con tiempos muy difíciles.

La crisis económica también tuvo consecuencias positivas para la población indígena del campo. Como numerosos historiadores lo han señalado en relación a los primeros tiempos de la República, en medio de una caída económica los foráneos tenían pocos incentivos para usurpar las tierras y otros recursos. El argumento de Nils Jacobsen de que en Azángaro, en el período entre Túpac Amaru y la Independencia, las comunidades ganaron batallas seculares en relación al control efectivo de la tierra, se aplica a Cusco. En contraste con lo que ocurrió con los indios mayas, en las décadas finales de la Colonia las elites terratenientes no usurparon grandes extensiones de propiedad de los indios en el sur andino. El potencial de violencia renovada, la ambigüedad de la política y la acción del Estado, y la situación de estancamiento económico desalentaban a los foráneos a invertir tiempo, capital, o potencialmente sus vidas para usurpaciones de tierra, ventas obligadas, o trabajo forzado. Como lo muestra el análisis de los juicios en tribunales, que mostramos a continuación, estas prácticas continuaban, pero en menor medida e intensidad como hubiera sido el caso si la economía transandina hubiera ofrecido mayores posibilidades de ganancia. Por supuesto, la incertidumbre política, las disputas de las clases altas, y el malestar económico no son las únicas explicaciones sobre la vacilación del Estado y de los no-indígenas para asaltar la autonomía relativa y los recursos económicos de los ayllus. Los indios de la región de Cusco defendieron agresivamente estos derechos, sobre todo a través del sistema legal. Aprovechando la zozobra de los Borbones frente a la posibilidad de otra rebelión de masas, así como de los esfuerzos conjuntos del gobierno por reconstruir su relación con las masas tributarias, a través del uso generalizado del sistema legal, el campesinado puso trabas a los abusos de los viejos y nuevos caciques y de otras autoridades.
CONTINUARÁ

 

 

 

Segovia y su imponente acueducto romano. 

En las faldas de la sierra de Guadarrama, a la vera de la llanura castellana, Segovia aparece como un inmenso barco con la proa de su Alcázar varada en el espolón de los ríos Eresma y Clamores y el acueducto como un largo mástil caído sobre la cubierta ciudadana.

La urbe, cuyos orígenes célticos se remontan al siglo VII a.C., fue destruida y reconstruida por el romano Tito Didio, quien la convirtió, hacia el 80 a.C., en una importante plaza militar. Para proveerla de agua fue dotada de un acueducto, que constituyó una de las obras maestras de la ingeniería hidráulica romana.

Las obras del impresionante acueducto tuvieron lugar en los tiempos del emperador Augusto con el fin de recoger el agua del río Acebeda, en las montañas de Fuenfría, y llevarla a lo largo de 18 kilómetros hasta la ciudad. Para salvar la hondonada del Clamores, los ingenieros romanos construyeron en cuatro segmentos una obra de albañilería de más de 800 metros de longitud valiéndose de bloques de granito unidos sin argamasa, lo que hizo que en la edad media se atribuyera al diablo la autoría.

La estructura es una doble arquería superpuesta, que alcanza una altura máxima de 28.90 metros y una anchura de 5.20 metros, que penetra hasta el mismo centro de Segovia, pasando sobre la plaza del Azoguejo, antiguo lugar de reunión de pícaros.


Durante la ocupación musulmana de Segovia, muchos de los 165 arcos del acueducto fueron destruidos, y reconstruidos en el siglo XV, por encomienda de los Reyes Católicos.

 

 

 

TRES ARROYOS
La horqueta geográfica del arroyo Claromecó comenzó siendo, en 1865, uno de los 27 partidos resultantes de la campaña del Río Salado. Esta campaña, donde indígenas y conquistadores se disputaban territorios bonaerenses, culminó con puntaje ganador para la gente del coronel Machado, que formó el -en principio- pueblo de Tres Arroyos. Debieron pasar casi 20 años para que el entonces gobernador de la provincia de Buenos Aires, Dardo Rocha, dispusiera por decreto que el pueblo de Tres Arroyos quedara definitivamente fundado como cabecera de partido, en 1884. Más de 100 años después la finalmente ciudad de Tres Arroyos tiene para compartir mucho más que la particular geografía que le dió nombre. 

La magia de un lugar donde la naturaleza cuenta con 11.000 años a favor: aceptar el desafío de encontrarnos, en un silencio aparte de la civilización, con las voces del pasado.
El planeta se expresa y en Arroyo Seco encuentra el lugar para hacerlo: rezagos arqueológicos, de flora, fauna y restos humanos, para percibir y sentir... 
En el Partido de Tres Arroyos, ubicado en el sudeste de la provincia de Buenos Aires, presenta tres centros de atracción turística que invitan al descanso, la tranquilidad, la vida en Familia y sobre todo al contacto con la naturaleza. Tres Arroyos es la ciudad cabecera del partido. Se encuentra ubicada en el cruce de las rutas 228 y 3. Su vida económica se encuentra ligada al campo y a la creciente industria.

Sus edificios históricos - de gran valor arquitectónico -, parques, plazas museos y monumentos ofrecen a los turistas su encanto y distinguido estilo.

Playas:
Claromecó: Se caracteriza por la tranquilidad y la seguridad de sus playas. 
Reta: Es una villa balnearia agreste y tranquila. 
Balneario Orense: Es un paraíso para disfrutar del sol y el aire puro. 

La historia avanza, y tiene como templo al Museo Municipal "José A. Mulazzi": patrimonio cultural, catálogo de la historia. A los restos arqueológicos se le suman los aportes de la tradición de la ciudad, relato material de la vida de principios de siglo. 
Variedad de estilos arquitectónicos circundan la plaza principal: desde el gótico bizantino de la Iglesia Nuestra Señora del Carmen al clásico italiano del Palacio Municipal.
Todos los años, Tres Arroyos le da gracias a la tierra: festeja el trigo. La Fiesta Provincial del Trigo reúne, después de la cosecha anual, a chacareros y pobladores en la misma celebración. 

 

 

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