|
|
EL
HORNERO
Inprimir
MATERIAL
DE DIFUSIÓN DE LA EMISORA EDUCATIVA "El HORNERO"
REVISTA Nº XXIII- 2001
www.interdia.org/hornero
ó www.paginadigital.com.ar/articulos
ó www.RADIOHORNERO.itgo.com
Este Adjunto está confeccionado con las
informaciones recibidas en la Emisora Educativa El Hornero. En
éste, la Redacción de El Hornero no tiene participación
alguna, excepto a la limitación de extensiones de algunos artículos.
La
revista El Hornero puede obtenerla en las siguientes páginas
web:
www.interdia.org/hornero
ó www.paginadigital.com.ar/articulos
ó http://www.radiohornero.itgo.com/
Anterior
< ======
5.1.3.
Spinoza
El
filósofo holandés Baruch Spinoza elaboró un sistema filosófico
monista claro y riguroso que aportaba nuevas soluciones al
problema mente-cuerpo, al conflicto entre ciencia y religión,
y a la eliminación mecanicista de los valores éticos del
mundo natural. Como Descartes, afirmó que toda la estructura
de la naturaleza puede deducirse de unas cuantas definiciones
básicas y axiomáticas, conforme al modelo de la geometría
de Euclides. Advirtió que la teoría cartesiana de las dos
sustancias creaba un problema insoluble sobre cómo interactúan
la mente y el cuerpo; llegó a la conclusión que el único
sujeto último de conocimiento ha de ser la sustancia en sí.
Al intentar demostrar que Dios, la sustancia y la naturaleza
son idénticos, llegó a la conclusión panteísta de que
todas las cosas son aspectos (o modos) de Dios.
Su
respuesta al problema mente-cuerpo (conocida como la teoría
del paralelismo psicológico) explicaba la aparente interacción
de mente y cuerpo al considerarlos como dos atributos de la
misma sustancia, paralelas entre sí, que parecen afectar la
una a la otra pero que en realidad no lo hacen. La ética de
Spinoza (patente en una de sus principales obras, Ética), al
igual que la de Hobbes, se basaba en una psicología
materialista según la cual los individuos sólo están
motivados por el interés propio; pero al contrario que Hobbes,
Spinoza llegó a la conclusión que el interés propio
racional coincide con el interés de los demás y que la vida
más satisfactoria es la que se dedica al estudio científico
y que culmina en el amor intelectual y racional hacia Dios
(amor Dei intelectuallis).
5.1.4.
Locke
John
Locke, una de las figuras más influyentes del pensamiento
británico, enriqueció la tradición empirista iniciada por
Bacon. Dotó al empirismo de un marco sistemático gracias a
la publicación de su Ensayo sobre el entendimiento humano
(1690). Locke atacó la creencia racionalista predominante de
que el conocimiento era independiente de la experiencia.
Aunque aceptó la división cartesiana entre mente y cuerpo y
la descripción mecanicista de la naturaleza, reorientó la
filosofía desde el conocimiento del mundo físico hacia el
estudio de la mente. Con esto hizo de la epistemología el
principal objeto de interés de la filosofía moderna. Locke
intentó reducir todas las ideas a simples elementos de la
experiencia, pero al distinguir entre sensación y reflexión
como fuentes de la experiencia, determinó que la sensación
provee el material para el conocimiento del mundo externo y la
reflexión aporta el material para el conocimiento de la
mente.
Aunque
no fue un escéptico, Locke gozó de gran influencia en el
escepticismo del pensamiento británico posterior al reconocer
la vaguedad de los conceptos de la metafísica y señalar que
las deducciones sobre el mundo al margen de la mente no pueden
ser probadas con certeza. Sus escritos éticos y políticos
(principalmente Tratados sobre el gobierno civil) tuvieron
también mucha influencia en el pensamiento subsiguiente; los
fundadores de la moderna escuela del utilitarismo, que en síntesis
hicieron de la felicidad para el mayor número de personas la
medida del bien y del mal, se inspiraron en sus escritos. Su
defensa del gobierno constitucional, de la tolerancia
religiosa y de los derechos naturales de los individuos marcó
el desarrollo del pensamiento liberal en Francia, Gran Bretaña
y Estados Unidos.
5.2.
Idealismo y escepticismo El filósofo y matemático alemán
Gottfried Wilhelm Leibniz concibió un sutil y original
sistema de filosofía. Combinó los descubrimientos matemáticos
y físicos de su tiempo con las concepciones orgánicas y
religiosas de la naturaleza heredadas del pensamiento clásico
y medieval. Leibniz consideraba el mundo como un número
infinito de unidades de fuerza infinitamente pequeñas,
llamadas mónadas, cada una de las cuales es un mundo cerrado
pero que refleja a su vez a todas las demás en su propio
sistema de percepciones. Todas las mónadas son entidades
espirituales, pero aquellas con las percepciones más confusas
forman los objetos inanimados y aquellas con las percepciones
más claras (incluido el autoconocimiento y la razón)
constituyen las almas y las mentes de la humanidad. Dios es
concebido como la Mónada de las mónadas, la que crea todas
las demás y predestina su desarrollo de acuerdo con una armonía
preestablecida que acaba en la apariencia de interacción
entre las mismas. La idea de Leibniz de que todas las cosas
son orgánicas y espirituales marca el inicio de la tradición
filosófica del idealismo.
5.2.1.
Berkeley El filósofo y obispo anglicano George Berkeley
convirtió el idealismo en una poderosa escuela de pensamiento
al unirlo con el escepticismo y el empirismo, y por ello ha
sido muy influyente en la filosofía británica. Al
radicalizar las dudas ya expuestas por Locke sobre el
conocimiento del mundo fuera de la mente, Berkeley declaró
que no existe ninguna evidencia de la realidad material de ese
mundo, porque lo único que uno puede observar son las
sensaciones propias y éstas se encuentran en la mente.
Afirmaba que existir significa ser percibido ("esse est
percipi") y que para existir, cuando uno no las observa,
las cosas han de ser percibidas por Dios. Sus principales
escritos, Tratado sobre los principios del conocimiento humano
(1710) y Tres diálogos entre Hilas y Filonus (1713), fueron
desestimados por sus contemporáneos. Sin embargo, al afirmar
que los fenómenos sensoriales son los únicos objetos del
conocimiento, Berkeley estableció la visión epistemológica
del fenomenalismo (teoría de la percepción que indica que la
materia puede ser analizada en términos de sensaciones) y
orientó el camino que adoptaría el movimiento positivista en
el pensamiento moderno.
5.2.2.
Hume
El
filósofo e historiador escocés David Hume aplicó la crítica
de Berkeley sobre la sustancia material a la propia creencia
de este filósofo en la sustancia espiritual, afirmando que no
existe ninguna evidencia observable de la existencia de una
sustancia suprema, espíritu o Dios. Pese a que su obra filosófica
más importante fue Tratado sobre la naturaleza humana (3
vols., 1739-1740) su pensamiento es más conocido por una
versión más breve y accesible de aquélla, Investigación
sobre el entendimiento humano (1751). Según Hume, todas las
afirmaciones metafísicas sobre cosas que no se pueden
percibir de una forma directa carecen asimismo de sentido y
tendrían que "ser entregadas a las llamas". En sus
análisis de la causalidad y de la inducción, Hume mantuvo
que no existe ninguna justificación lógica existe para creer
que dos hechos están conectados por azar o para establecer
ninguna inferencia desde el pasado hacia el futuro, dando
lugar así a problemas que todavía no han sido resueltos. La
obra de Hume ha tenido un profundo efecto en la ciencia
moderna al estimular el uso de los procedimientos estadísticos
en lugar de los sistemas deductivos y alentar la redefinición
de los conceptos básicos.
5.2.3.
Kant y la Ilustración
En
respuesta al escepticismo de Hume, que según sus palabras
"lo despertó de su sueño dogmático", el filósofo
alemán Immanuel Kant construyó un amplio sistema de filosofía
que se sitúa entre los mayores logros intelectuales de la
cultura occidental. Kant combinó el principio empirista de
que todo conocimiento tiene su fuente en la experiencia con la
creencia racionalista en el conocimiento conseguido por la
deducción. Sugirió que, aunque el contenido de la
experiencia ha de ser descubierto a través de la propia
experiencia, la mente impone forma y orden en todas sus
experiencias y esta forma y orden pueden ser descubiertos a
priori, es decir, mediante la reflexión. Su afirmación de
que causalidad, sustancia, espacio y tiempo, formas de la
intuición pura, son modelos impuestos por la mente en función
de su experiencia dio soporte al idealismo heredado de Leibniz
y Berkeley, pero su filosofía también constituyó una crítica
al idealismo al estar de acuerdo con la afirmación empirista
de que las cosas en sí mismas -es decir, las cosas tal y como
existen fuera de la experiencia humana- constituyen la
"cosa en sí" (noumeno incognoscible). Por lo tanto
Kant limitó el conocimiento al "mundo de los fenómenos"
de la experiencia, manteniendo que las creencias sobre el
alma, el cosmos y Dios (el "mundo de los nombres"
que transcienden la experiencia humana) son asuntos de fe
antes que resultar propios del conocimiento científico. En
sus escritos sobre ética, mantuvo que los principios morales
son imperativos categóricos, que para él significaban
mandatos absolutos de la razón que no admiten excepciones y
nada tienen que ver con el placer o el beneficio práctico. En
sus ideas religiosas, que tuvieron un efecto profundo en la
teología protestante, hizo hincapié en la conciencia
individual y describió a Dios sobre todo como un ideal ético.
En el pensamiento político y social, Kant fue una figura de
primer orden del movimiento en favor de la razón y la
libertad contra la tradición y la autoridad. Sus principales
obras corresponden a la denominada fase crítica de su
pensamiento, especialmente Crítica de la razón pura (1781),
Crítica de la razón práctica (1788) y Crítica del juicio
(1790).
En
Francia la actividad intelectual culminó en el periodo
conocido con el nombre de Ilustración que impulsó los
cambios sociales que produjeron la Revolución Francesa. Entre
los mayores pensadores de esa época se encuentran Voltaire,
quien (al ampliar la tradición de deísmo iniciada por Locke
y otros pensadores liberales) redujo las creencias religiosas
a aquello que puede ser justificado mediante la inferencia
racional a partir del estudio de la naturaleza; Jean-Jacques
Rousseau, que criticó la civilización como una corrupción
de la naturaleza humana en un hombre bueno en su origen y que
desarrolló la doctrina de Hobbes de que el Estado se basa en
un contrato social con sus ciudadanos y representa la voluntad
popular; y Denis Diderot, quien con Jean le Rond d'Alembert
elaboró la famosa Enciclopedia, a la que contribuyeron
numerosos científicos y filósofos.
5.3.
Idealismo absoluto
En
Alemania, a través de la influencia de Kant, el idealismo y
el voluntarismo (es decir, la importancia dada a la voluntad)
se convirtieron en las tendencias dominantes. Johann Gottlieb
Fichte transformó el idealismo crítico de Kant en un
idealismo absoluto al eliminar las "cosas en sí
mismas" kantianas y hacer de la voluntad la realidad última.
Fichte mantuvo que el mundo es creado por un activo Yo, del
que la voluntad humana es una manifestación parcial y que
tiende hacia Dios como un ideal irrealizable. Sus ideas fueron
consideradas como ateas y se vio obligado a abandonar su cátedra
de Filosofía en la Universidad de Jena en 1799. Friedrich
Wilhelm Joseph von Schelling fue aún más lejos al reducir
todas las cosas a la actividad de autorrealización de un
absoluto, al que identificó con el impulso creativo en la
naturaleza. El énfasis que puso el romanticismo en los
sentimientos y en la divinidad de la naturaleza encontró
expresión filosófica en el pensamiento de Schelling, quien
ejerció una destacada influencia en el movimiento
transcendentalista estadounidense que encabezaba el poeta y
ensayista Ralph Waldo Emerson.
5.3.1.
Hegel
El
espíritu filosófico más poderoso del siglo XIX fue el del
filósofo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel, cuyo sistema
de idealismo absoluto -aunque con muchas influencias de Kant y
Schelling- se basó en una nueva concepción de la lógica en
la que conflicto y contradicción son considerados como
elementos necesarios de la verdad, y ésta es contemplada como
un proceso antes que como un estado fijo e inmutable de las
cosas. La fuente de toda realidad, para Hegel, es un espíritu
absoluto (o razón cósmica) que evoluciona desde una
existencia abstracta e indiferenciada hacia una realidad más
concreta a través de un proceso dialéctico que consiste en
etapas triádicas; cada tríada se compone en primer lugar de
un punto inicial (o tesis), en segundo lugar, de su opuesto (o
antítesis), y en tercer lugar, de un punto superior o síntesis,
donde se funden los dos opuestos. De acuerdo con esta idea, la
historia se halla regida por leyes lógicas, de tal forma que
"todo lo que es real es racional, y todo lo que es
racional es real". Las ideas históricas posteriores son
cumplimientos más completos del espíritu absoluto cuyo punto
más alto de autorrealización se encuentra en el Estado
nacional de la monarquía de Federico Guillermo IV y en la
filosofía. Hegel impulsó un mayor interés por la historia
al representarla como una penetración en la realidad más
profunda que las ciencias naturales. Su concepción del Estado
nacional como la encarnación más alta del espíritu absoluto
se interpretó durante un tiempo como la fuente principal de
las modernas ideologías autoritarias, aunque él mismo se
declaró partidario de la existencia de un amplio grado de
libertad individual reconocido por el poder político. Hegel
expuso lo fundamental de su sistema filosófico en Fenomenología
del espíritu (1807).
5.3.2.
Otros filósofos influyentes
El
filósofo alemán Arthur Schopenhauer rechazó la optimista fe
de Hegel en la razón y el progreso. En 1819 publicó El mundo
como voluntad y representación, obra en la que presenta su
filosofía ateísta y pesimista. Schopenhauer mantenía que
tanto la naturaleza como la humanidad son productos de una
voluntad irracional, de la que la gente puede escapar tan sólo
a través del arte y la renuncia filosófica al deseo de
felicidad. El filósofo y sociólogo francés Auguste Comte,
autor de Curso de filosofía positiva (6 vols., 1830-1842),
formuló la filosofía del positivismo, que rechaza la
especulación metafísica y sitúa todo el conocimiento
verdadero en las llamadas ciencias positivas o factuales.
Comte situó la ciencia de la sociología (que él mismo fundó)
en el nivel más alto de la clasificación de las ciencias. El
influjo del positivismo fue muy importante en el pensamiento
europeo, pero especialmente en la formación del pensamiento
nacional de muchos países latinoamericanos. El economista
británico John Stuart Mill desarrolló y puntualizó las
tradiciones empiristas y utilitaristas, con la publicación de
Utilitarismo en 1836 y la aplicación de sus principios a
todos los campos del pensamiento. Mill y otros utilitaristas
ejercieron una gran influencia en las reformas liberales
sociales y económicas que tuvieron lugar en el Reino Unido.
El filósofo danés Sören Kierkegaard (autor, entre otras
obras, de El concepto de la angustia) criticó el énfasis
hegeliano en la razón; su defensa elocuente del sentimiento y
la aproximación subjetiva a los problemas de la vida fueron
una de las fuentes más importantes del existencialismo del
siglo XX.
5.4.
Filosofía evolucionista La idea mecanicista del mundo propia
del siglo XVII y la fe en la razón y el sentido común del
siglo XVIII, aunque todavía influyentes, fueron modificados
en el siglo XIX por una serie de ideas más complejas y dinámicas,
basadas más en la biología y en la historia que en las matemáticas
y la física. Entre otras, muy importante fue la teoría de la
evolución a través de los principios de la selección
natural, formulada en 1858 por Charles Darwin, cuyo trabajo
inspiró concepciones de la naturaleza y de la humanidad que
ponían el énfasis en el conflicto y en el cambio como
factores que estimulaban la evolución, y se definían contra
la unidad y la permanencia sustancial. Por su parte, los
alemanes Karl Marx y Friedrich Engels, que se conocieron en
París en 1844, elaboraron la filosofía del materialismo dialéctico,
basado en la lógica dialéctica de Hegel, pero hicieron de la
materia (en vez de la mente) la realidad última. De Hegel
adoptaron la idea según la cual la historia avanza de acuerdo
con leyes dialécticas y que las instituciones sociales son más
reales en el plano material que una naturaleza física o la
mente individual. Su aplicación de estos principios a los
problemas sociales fue llamada materialismo histórico, teoría
según la cual todas las formas de cultura están determinadas
por las relaciones económicas y en la que la evolución
social acontece a través de la lucha de clases y revoluciones
periódicas. Esta teoría se convirtió en la base ideológica
del comunismo. El filósofo británico Herbert Spencer elaboró
una filosofía evolucionista basada en el principio de la
selección natural, que explica todos los elementos de la
naturaleza y de la sociedad como adaptaciones en la lucha cósmica
por la supervivencia. Al igual que Comte, sustentó la filosofía
en la sociología y en la historia por considerarlas las
ciencias más avanzadas.
5.4.1.
Nietzsche
El
filósofo alemán Friedrich Nietzsche recobró la concepción
de Schopenhauer de la existencia como la expresión de una
voluntad cósmica, pero hizo de la llamada "voluntad de
poder" la fuente de todo valor, como se subraya en uno de
sus más discutidos tratados, La voluntad de poder, publicado
en 1901, un año después de su muerte, un estudio incompleto
en el que reivindica el retorno desde la ética a las
primigenias y naturales virtudes de valor y fuerza. Siguiendo
la revuelta romántica contra la razón y la organización
social, resaltó los valores de la firmeza individual, el
instinto biológico y la pasión en un superhombre utópico.
Otras importantes obras suyas fueron La gaya ciencia (1882),
Así habló Zaratustra (1883-1891) y La genealogía de la
moral (1887).
5.4.2.
Pragmatismo
Hacia
finales del siglo XIX, el pragmatismo se convirtió en una de
las más importantes escuelas de pensamiento, en particular en
Estados Unidos. Continuó la tradición empírica de arraigar
el conocimiento en la experiencia y acentuar los
procedimientos deductivos de la ciencia experimental. Charles
Sanders Peirce, que dio nombre a esta corriente, formuló una
teoría práctica del conocimiento que definía el
entendimiento de un concepto como el conjunto de las
predicciones que pueden ser hechas por el uso de ese mismo
concepto y verificadas por la experiencia futura. William
James, cuyo destacado trabajo en el campo de la psicología
facilitó un marco para delimitar sus ideas filosóficas,
desarrolló una teoría pragmática de la verdad. Definió ésta
como la capacidad de una idea para guiar al individuo hacia
una acción de éxito, y propuso que todas las ideas fueran
evaluadas en la medida de su utilidad para resolver los
problemas. James justificó la religión sobre este
razonamiento pragmático, pero al insistir en la infinitud de
Dios, lo identificó con la inconsciente energía de la
naturaleza.
El
idealismo fue una poderosa escuela de pensamiento en el Reino
Unido gracias a la obra de Francis Bradley, que mantuvo, al
igual que Hegel, que todas las cosas han de ser entendidas
como aspectos de una totalidad absoluta. Bradley negó que las
relaciones existan, porque no existen dos cosas idénticas y sólo
se puede dar por sentado un único sujeto real de pensamiento,
lo Absoluto. Mantenía que cada vez que se dice que una cosa
tiene cierta característica, entonces esa cosa (como el
propio sujeto) tiene que ser en sí misma el mundo total y la
realidad. Cualquier otra afirmación sería contradictoria,
porque todo -excepto la realidad misma- tiene predicados
contradictorios: una estufa, por ejemplo, está a veces
caliente y otras veces fría. El filósofo británico John
MacTaggart también recurrió al idealismo hegeliano,
manteniendo que el espacio y el tiempo son irreales porque su
concepción es contradictoria. Afirmaba que la única realidad
es la mente. Otro filósofo británico, Bernard Bosanquet, que
al igual que MacTaggart reavivó el idealismo, resaltó el carácter
estético y dramático del proceso universal.
5.4.3.
Idealismo pragmático
Josiah
Royce, incluido en el movimiento idealista estadounidense, unió
el idealismo a ciertas corrientes de pragmatismo. Royce
interpretó la vida humana como el esfuerzo del yo finito por
expandirse en el yo absoluto a través de la ciencia, la
religión y la lealtad a comunidades más amplias. Sus
numerosos trabajos fueron publicados a finales del siglo XIX y
principios del XX.
El
filósofo, educador y psicólogo estadounidense John Dewey
desarrolló más tarde los principios pragmáticos de Peirce y
James en un amplio sistema de pensamiento al que llamó
naturalismo experimental o instrumentalismo. Dewey puso el énfasis
en las bases biológicas y sociales del conocimiento y el carácter
instrumental de las ideas como planes de acción. Insistió en
un acercamiento experimental a la ética (es decir, en
relacionar los valores con las necesidades individuales y
sociales). La teoría pedagógica de Dewey, que insistió en
la preparación del individuo para desarrollar una actividad
creativa en una sociedad democrática, adquirió una profunda
influencia en los métodos educacionales de Estados Unidos
hasta mucho tiempo después de su muerte.
En
Francia la idea más influyente de principios del siglo XX fue
el vitalismo evolucionista de Henri Bergson, autor, entre
otras obras, de Materia y memoria (1896). Bergson planteó el
élan vital, la energía espontánea del proceso evolutivo, y
defendió los sentimientos y la intuición frente a la
aproximación abstracta y analítica a la naturaleza de la
ciencia y la filosofía de la ciencia y el espíritu. En
Alemania, Edmund Husserl fundó la escuela de la fenomenología,
elaborando una filosofía que recogió y analizó las
estructuras de la conciencia que permiten a ésta situar a los
objetos fuera de sí misma.
5.4.4.
Whitehead
El
matemático y filósofo británico Alfred North Whitehead
reavivó el interés por la metafísica especulativa al
desarrollar un gran sistema técnico de conceptos que
combinaba la teoría platónica de las ideas con el
organicismo de Leibniz y Bergson. Whitehead (que también fue
un físico notable) aplicó los avances revolucionarios de la
ciencia del siglo XX para mostrar el fracaso de la ciencia
mecanicista como un medio para interpretar la realidad de una
forma global y absoluta. Según Whitehead, las cosas no son
sustancias inmutables con límites espaciales definidos, sino
procesos vivos de experiencia que personifican objetos eternos
o universales, fusionados por Dios. En colaboración con
Bertrand Russell escribió Principia Mathematica (3 vols.
1910-1913), monumental obra que pretendió definir la
interrelación entre la lógica y las matemáticas.
5.4.5.
Santayana y otros autores El poeta y filósofo estadounidense
de origen español Jorge Ruiz de Santayana compaginó el
pragmatismo, el platonismo y el materialismo en una gran
filosofía que subrayó los valores intelectuales y estéticos.
Expuso sus ideas más relevantes y sistematizó su filosofía
ética en uno de sus primeros trabajos, La vida de la razón
(5 vols., 1905-1906). Benedetto Croce hizo del idealismo la
tradición dominante en la filosofía italiana, recuperando la
concepción hegeliana de la realidad como un proceso de
desarrollo histórico a través del conflicto de opuestos,
pero incidió en los sentimientos y la intuición (en lugar de
la razón abstracta) como la fuente de la verdad última.
Bertrand Russell prosiguió fiel a las tradiciones empíricas
y utilitaristas en el pensamiento británico. La aplicación
por Russell de los avances en lógica, matemáticas y física
a los problemas de la filosofía alcanzaron gran eco en la
escuela del empirismo lógico. El filósofo británico George
Edward Moore (la figura más importante de la llamada revuelta
realista contra el idealismo) abogó por la realidad de los
objetos apoyándola en la creencia del sentido común. El
estilo sencillo de Moore y su preciso uso del lenguaje
cotidiano incidieron en el desarrollo de la escuela de filosofía
analítica.
5.5.
Filosofía analítica
La
escuela del empirismo o positivismo lógico, fundada en torno
al denominado Círculo de Viena, se convirtió en un
movimiento importante del pensamiento estadounidense. El
empirismo lógico (que combina el positivismo de Hume y Comte
con el rigor y la precisión lógicas de Descartes y Kant)
rechaza la metafísica como un juego terminológico sin
sentido, insiste en la definición de todos los conceptos en términos
de hechos observables, y asigna a la filosofía la tarea de
clarificar los conceptos y la sintaxis lógica de la ciencia.
Una
vía de filosofía analítica, también llamada análisis lingüístico,
que se inspiró en el trabajo de Moore, y fue desarrollada en
concreto por Ludwig Wittgenstein en su Tractatus logicus-philosophicus
(1921), se ha convertido en la corriente dominante de la
filosofía británica actual. Esta escuela de pensamiento
también rechaza la metafísica especulativa y centra la
filosofía en la tarea de ordenar el rompecabezas intelectual
causado por la ambigüedad del lenguaje merced al análisis de
las palabras propias del discurso ordinario. Identifica el
significado de una palabra con el sentido con que de forma
corriente esa palabra es utilizada.
5.6.
Filosofía existencial
La
filosofía existencial, que surgió como heredera de la
revuelta romántica del siglo XIX contra la razón y la
ciencia en favor de la implicación apasionada en la vida, fue
muy importante en el pensamiento a través del trabajo de
Martin Heidegger (autor de El ser y el tiempo, 1927) y en
menor escala de Karl Jaspers. Heidegger combinó el
planteamiento fenomenológico de Husserl con el énfasis que
Kierkegaard ponía en la intensa experiencia emocional y la
concepción de Hegel de la negación como una fuerza real. La
filosofía de Heidegger sustituye la nada por Dios como la
fuente de los valores humanos; Jaspers encontró a Dios (al
que llamó Transcendencia) en la intensa experiencia emocional
de los seres humanos. El español Miguel de Unamuno desarrolló
un original pensamiento que destacaba el valor de la
existencia individual, el sentimiento trágico de la
inmortalidad humana y el valor de la literatura como fuente de
expresión filosófica. José Ortega y Gasset, principal
representante de la filosofía en España, defendió la
intuición frente a la lógica y criticó la cultura de masas
(La rebelión de las masas, 1930) y la sociedad mecanizada de
los tiempos modernos. El erudito y autor sionista de origen
austriaco Martin Buber, compaginando el misticismo judío con
las tendencias del pensamiento existencial, interpretó la
experiencia humana como un diálogo entre el individuo y Dios.
Varias
síntesis de la teología tradicional con la idea existencial
de que el conocimiento es más emocional que científico han
sido realizadas en Suiza por Karl Barth y en Estados Unidos
por Reinhold Niebuhr y Paul Tillich. En Francia, Jean-Paul
Sartre fue uno de los que más contribuyó a la popularización
del existencialismo. Sus escritos filosóficos (especialmente
El ser y la nada, 1943, y Crítica de la razón dialéctica,
1960), novelas y obras de teatro fusionaron las ideas de
Descartes, Marx, Kierkegaard, Husserl y Heidegger en una
concepción de los seres humanos que se proyectan a sí mismos
fuera de la nada mediante la afirmación de sus propios
valores y, por tanto, asumiendo la responsabilidad ética de
sus actos.
Durante
la década de 1960 los escritos de Martin Luther King señalaron
que la filosofía había estado demasiado alejada de los
importantes acontecimientos sociales y políticos que estaban
produciéndose en todo el mundo. Siguiendo los principios del
líder nacionalista indio Mohandas Karamchand Gandhi, King
abogó por una actitud de resistencia cívica y no violenta
ante la injusticia.
5.7.
Últimos sistemas filosóficos del siglo XX
Tras
la década de 1960, el desarrollo de la llamada "filosofía
técnica" ha sido muy importante. La actividad filosófica
se encuentra, fundamentalmente, confinada en los departamentos
de filosofía de las universidades y en las revistas
especializadas, y ha alcanzado un notable nivel de complejidad
que exige una preparación adecuada. Durante las últimas décadas
del siglo XX se ha seguido manteniendo la fuerza de la filosofía
analítica, que ha dominado la producción filosófica
anglosajona. En la llamada "tradición continental",
la influencia analítica ha aumentado su presencia. Sin
embargo, distintas escuelas filosóficas que plantean
problemas nuevos han desarrollado sus teorías. Entre ellas,
merecen ser citadas las tres siguientes orientaciones. En
primer lugar, el desarrollo de la filosofía hermenéutica,
representada fundamentalmente en la obra de Hans-Georg Gadamer.
En segundo lugar, las aportaciones de una crítica de la
sociedad, representadas por los herederos de la Escuela de
Frankfurt y, en especial, por Jürgen Habermas. En tercer
lugar, las filosofías postestructuralistas, que recogen la
herencia del estructuralismo y realizan una crítica a la
llamada sociedad posmoderna, y que cuentan entre sus
representantes más relevantes, a los filósofos franceses
Michel Foucault, Gilles Deleuze y Jacques Derrida, entre
otros.
*
Conclusiones: La filosofía comienza en la Grecia antigua, en
el Asia Menor, alrededor del siglo VII a.C. Allí se
establecieron los jonios, uno de los primeros pueblos de habla
griega. La situación económica en los siglos VII y VI era
muy próspera agrícola y comercialmente. Esta circunstancia,
sumada al fluido contacto con la floreciente babilónica y con
Egipto, permitió a estas colonias un gran desarrollo
cultural.
COMENTARIO
FINAL:
La
filosofía comienza en la Grecia antigua, en el Asia Menor,
alrededor del siglo VII a.C. Allí se establecieron los
jonios, uno de los primeros pueblos de habla griega. La
situación económica en los siglos VII y VI era muy próspera
agrícola y comercialmente. Esta circunstancia, sumada al
fluido contacto con la floreciente babilónica y con Egipto,
permitió a estas colonias un gran desarrollo cultural. La
metafísica ha recibido en el siglo XX severas críticas. Las
principales son las que provienen del positivismo lógico,
para quien la metafísica es un discurso sin significado
porque sus enunciados son afirmaciones acerca de los cuales
nunca se podrá tener una experiencia. No obstante, debemos
decir que los temas concernientes a la metafísica no fueron
dejados a un lado en el siglo XX, sino, por el contrario, las
distintas corrientes de pensamiento se ven remitidas a ellos
con la necesidad de formular maneras alternativas en su
tratamiento. Los Padres, los amigos, los maestros, la gente de
la calle, nos van mostrando el mundo desde que nacemos. La
madre pone el pecho en la boca del recién nacido, y éste
chupa, se alimenta, y recibe al mismo tiempo una caricia. Lo
viste, lo arropa, y el niño vive esas prendas como abrigo.
Agitan ante él el juguete. Le impiden acercar la mano a una
llama, o se quema con ella, y entran en el horizonte de su
vida la prohibición, el dolor, el peligro. Intenta el niño
levantar una mesa, y descubre el peso -y la impotencia-. Se da
un golpe contra la pared y cuenta con la resistencia de las
cosas. Lo amenazan jovialmente y aprende a distinguir entre lo
serio y la broma. Le cuentan cosas, y descubre que antes que
él había otros, y sucesos que no eran suyos. Le prometen
algo, y se pone a esperar en el futuro. Lo elogian o le regañan,
y el niño empieza a darse cuenta de que hay lo bueno y lo
malo, la aprobación y la desaprobación. Le reprochan haber
hecho algo que no ha hecho, y tropieza con la injusticia. Lo
engañan, y ve que junto a la verdad, en la cual vivía sin
saberlo, hay la falsedad o la mentira. Empieza a explorar la
casa, el jardín, las calles del pueblo o de la ciudad, el
campo, y ve que hay "más allá", que el mundo es
abierto, dilatado, desconocido, atractivo, peligroso, hermoso
o feo. Distingue muy pronto dos formas de los
"otros": hombres, mujeres; y muy poco después una
tercera forma: los "semejantes", los niños, a
diferencia de los "mayores".
Le
hablan y oye hablar. Distingue voces, y los tonos, y sabe cuándo
se dirigen a él o no. Le gustan más o menos: se siente
atendido, acariciado, mimado, reprendido, olvidado. Va
entendiendo "de qué se trata"; luego, lo que se
dice. Conoce algunas palabras, y otras que no; adivina su
significado unas veces, otras quedan oscuras. Empiezan a
"enseñarle" cosas: a andar, a comer, a vestirse, a
pronunciar, a mover las manos, a jugar, a hacer las cosas
"bien", a saludar, a contar, luego a leer, a
escribir, a rezar, a callarse, a esperar, a obedecer, a
resignarse. Y luego, noticias, informaciones, ritos, ciencias.
Casi
toda la vida va regida por esas formas que nos han sido
"inyectadas" por los demás, conocidos o
desconocidos, sobre todo al verlos vivir ante nosotros.
Estamos en la creencia de que las cosas son "así",
de que hay que hacer tales o cuales cosas, de que podemos
contar con ellas de cierta manera. Nuestros deseos, nuestros
proyectos, nos llevan a hacer algo de acuerdo con esas líneas
de conducta. Solamente cuando tropezamos con algo imprevisto,
cuando las cosas no se comportan como esperábamos, cuando
alguien se enfrenta con nosotros, no podemos seguir viviendo
espontáneamente. Nos paramos. ¿A qué? A pensar.
Lo
primero que hacemos es ver si alguien sabe qué hay que hacer.
Si no lo encontramos, recordamos lo que sabemos, lo que hemos
aprendido, los conocimientos adquiridos, para ver si nos
sirven, si nos permiten salir del apuro. Un tercer paso es
tratar de conseguir más conocimientos, preguntar a otros
maestros, otros libros, otras ciencias.
Pero
puede ocurrir que, entre tantos saberes, nos encontremos
perdidos, en la duda. No sabemos qué hacer, no sabemos qué
pensar. Ha aparecido ante nosotros algo nuevo, con lo cual no
contábamos. O lo que creíamos o pensábamos choca con lo que
vemos; ¿cómo decidir? O, finalmente, sabemos muchas cosas,
estamos rodeados de objetos, recursos, aparatos, pero nos
preguntamos ¿qué es todo esto? ¿Qué sentido tiene? ¿Qué
es esto que llamamos vivir, y para qué, y hasta cuándo? ¿Y
después, que podemos esperar?
El
nacimiento de la filosofía
Cuando
el hombre primitivo estaba agobiado por las dificultades,
cuando le era difícil seguir viviendo, comer, beber,
abrigarse, calentarse, defenderse de las intemperies, de las
fieras, del miedo a lo desconocido, no tenía respiro para
hacerse preguntas. No solo cada día, cada hora tenía su afán.
Y no sabía casi nada. Pero cuando, al cabo de los siglos, el
hombre consiguió alguna riqueza, cierta seguridad,
instrumentos que le permitieron desarrollar una técnica,
noticias y conocimientos, cuando su memoria no fue sólo suya
y la de sus padres, sino la de la tribu o la ciudad o el país
-una memoria histórica-, cuando hubo autoridades y mando y
alguna forma de derecho y estabilidad, consiguió el hombre
holgura, tiempo libre, se pudo divertir, cantar, tocar algún
instrumento, bailar, componer versos, dibujar o esculpir,
levantar edificios que no eran sólo cobijo, sino que debían
ser hermosos, inventar historias, y a veces representarlas. Y
entonces, en esa vida más compleja, mas atareada y a la vez
con más calma, sintió sorpresa, la admiración, el asombro,
la extrañeza: ante lo bello, lo magnífico, lo misterioso, lo
horrible. Y empezó a lanzar sobre el mundo una mirada
abarcadora, que en lugar de fijarse en tal cosa particular
contemplaba el conjunto: y al entrar en sí mismo, al
ensimismarse como decimos con una maravillosa palabra en español,
empezó a atender al conjunto de su vida y a preguntarse por
ella. Así nació, seis o siete siglos antes de Cristo, en
Grecia, una nueva ocupación humana, una manera de preguntar,
que vino a llamarse filosofía.
Hay
un paralelismo entre lo que ocurrió a la humanidad entonces y
lo que ocurre al hombre y a la mujer cuando llega a cierta
altura de su vida. Todavía es mayor el paralelismo si se
piensa que no todos los pueblos han cultivado la filosofía, y
que sólo algunos hombres se hacen esas preguntas. Los demás
siguen viviendo sin claridad, o se contentan con la
certidumbre que da la acción, o aquella otra en que se está
por una creencia, o con otra distinta que dan los
conocimientos, las ciencias particulares, que nos enseñan
tantas cosas. Hoy, tantas que nadie las sabe, que, por tanto,
funcionan para cada hombre como otra forma de creencia:
creemos que se saben todas esas cosas, que las sabe la
ciencia. Pero ¿quién es la ciencia?
Para
que alguien se haga las preguntas de la filosofía hace falta
que se den varias condiciones. 1) Que se sienta perdido, que
no sepa qué hacer o qué pensar, que no sepa a qué atenerse.
2) Que los conocimiento particulares no lo saquen de su duda,
no le den una certeza suficiente, porque lo que necesita saber
es qué es todo esto, quién soy yo, qué será de mí 3) Que
tenga la esperanza de poder encontrar respuesta a esas
preguntas, de poder salir él mismo de la duda. Lo cual quiere
decir: 4) Que suponga que esas preguntas pueden tener
respuesta, que tienen sentido. Y finalmente: 5) Que el hombre
perdido y lleno de dudas tiene algún medio de interrogar a la
realidad y obligarla a manifestarse y responder, a ponerse en
claro, a manifestar la verdad. Ese medio es lo que se suele
llamar pensamiento o razón.
La
vida humana
"
Ya se han escrito todas las buenas máximas, solo falta
ponerlas en práctica.", lo decía Pascal.
Siempre
mi vida ha girado en un constante aprendizaje de aplicación
de la filosofía en la vida. Pero resulta que eso es tan extraño,
complejo y misterioso que llamamos filosofía se parece mucho
a lo que todos los hombres hacen todos los días desde el
principio del mundo. Por lo cuál, tal vez no sea tan extraño,
y desde luego es algo muy propio del hombre.
Yo
me encuentro en el mundo, rodeado de cosas, haciendo algo con
ellas, "viviendo". Cuándo caigo en la cuenta de
eso, llevo ya mucho tiempo viviendo, es decir, que mi vida ha
empezado ya, no he asistido a su comienzo. Entre las cosas que
encuentro está mi propio cuerpo, que se presenta como una
cosa más, que me gusta más o menos, que funciona bien o mal,
que no he elegido. Es cierto que me acompaña siempre, que lo
llevo siempre "puesto", que lo que le pasa me
interesa y me afecta, que por medio de él veo, toco, me
relaciono con todas las cosas; que por él esta aquí estoy yo
aquí, y que gracias a él cambio de lugar.
Y
también encuentro eso que llaman las "Facultades psíquicas":
la inteligencia, la memoria, la voluntad, el carácter. A lo
mejor mi inteligencia es buena para algo, pero mala para otras
cosas; o recuerdo bien los versos y mal los números de teléfono;
o tengo voluntad débil, o mal genio. Nada de eso he elegido,
nada de eso soy yo, sino que es mío, como el país o la época
en que he nacido, la familia a la que pertenezco, mi condición
social, etc.
Con
todo eso que encuentro a mi disposición, bueno o malo, tengo
que hacer mi vida, tengo que elegir en cada momento lo que voy
a hacer, quién voy a ser. Lo más grave es que la parte más
interesante del mundo no está presente, no dispongo de ella,
porque lo que elijo es quién voy a ser mañana, y el mañana
no existe; existirá... mañana; es el futuro. Y el futuro es
inseguro, incierto, está oculto.
¿Qué
hacer?, ¿Que elegir?, ¿Que camino tomar?, no tengo más
remedio que tratar de ver juntas todas mis posibilidades, para
poder elegir entre ellas. Y, ¿Cómo elegiré? depende de quién
quiero ser, de mi proyecto. Es decir, que tengo que imaginarme
primero como tal persona, como tal hombre o mujer, y ese
proyecto imaginario es el que, ante las posibilidades que
tengo ante mí, decide. Dicho con otras palabras, para vivir
tengo que ponerme ante todo a pensar, a imaginarme a mi mismo
y ver en su conjunto el mundo. Por eso, el gran filósofo español
José Ortega y Gasset hablaba de la razón vital, sin la cuál
no puedo vivir porque solo puedo vivir pensando, razonando.
Vemos
ahora que la filosofía no es más que hacer a fondo, con
rigor, con un método adecuado eso que todos hacemos a diario
para poder vivir humanamente. Los individuos y los pueblos y
las épocas que filosofan viven con mayor claridad, no se
dejan arrastrar, saben lo que hacen, tienen una iluminación
superior a los demás. Y tienen también la audacia de creer
que ellos mismos pueden intentar buscar la verdad, orientarse
por si mismos cumpliendo las reglas de método, del camino que
puede conducir a ese descubrimiento. La consecuencia es que el
que filosofa pretende ser más el mismo, más de verdad, ser
lo que se llama más auténtico.
La
historia de la filosofía
Es
larga y compleja la historia de la filosofía. Iniciada en
Grecia a fines del siglo 7 o a comienzos del 6ª. De C. (Tales
de Mileto, Anaximandro, Anaxímenes, Parménides, Heráclito,
Empédocles, Anaxágoras, Demócrito, Sócrates), llevada a su
perfección por Platón y Aristóteles, desarrollada luego, en
Grecia y en Roma (Séneca, Marco Aurelio, Plotino),
cristianizada luego, sobre todo en San Agustín, y en la Edad
Media (San Anselmo, San Buenaventura, Santo Tomás de Aquino,
Escoto, Ockam), sin olvidar a los judíos (Maimónides) o
musulmanes (Avicena, Averroes, Ebenjaldún), continuada en el
Renacimiento por Nicolás de Cusa, Luis Vives, Erasmo,
Giordano Bruno, llevada a nuevo esplendor por Descartes,
Spinoza, Leibniz, Bacon, Locke, Hume; Zubiri, Wittgenstein y
tantos otros, esa historia ha sido vista a veces como una
historia de errores de la mente humana; pero no es así.
Hay
una continuidad y coherencia en la historia de la filosofía,
que hace que los verdaderos filósofos se entiendan, aunque
cada uno tenga que formular el problema a su manera propia,
desde su punto de vista personal, que no excluye forzosamente
los otros, porque las perspectivas reales son muchas y
complementarias. Un gran filósofo dijo: "Todo lo que un
hombre ha visto es verdad". Quería decir que la falsedad
viene sólo de lo que cada uno añade a lo que verdaderamente
ha visto; y ahí es donde puede producirse la contradicción y
la discordia. La historia entera de la filosofía es el camino
de la mente humana para conocer la realidad, para aproximarse
a ella y descubrirla, rectificar los errores e integrar la
visión personal con las de los demás.
La
visión responsable
Ante
una cosa, el filósofo no se pregunta, como el científico,
por sus propiedades particulares -mineral, vegetal, animal,
cuerpo celeste, echo psíquico o histórico, forma social o
política, ley, enfermedad, obra literaria o artística, etcétera-;
se pregunta por lo que tiene de realidad, es decir, por el
tipo de realidad que le corresponde. No es lo mismo una piedra
o un pino o un caballo, o bien el número 7, o el triángulo
isósceles, o la raíz cuadrada de 2; o una sirena o un
centauro; o un soneto; o Don Quijote; o Cervantes; o Dios.
El
filósofo se pregunta cuál es el puesto que en la realidad
tiene cada uno de esos objetos, dónde hay que ponerlo, cuáles
son sus atributos y su manera de comportarse y cómo se lo
puede conocer. Y tiene que preguntarse igualmente por la
realidad en su conjunto, por su estructura, las jerarquías o
grados de realidad que hay dentro de ella, las relaciones o
conexiones entre todas las cosas que son en un sentido o en
otro, reales.
Se
puede pensar que la filosofía es muy difícil, que no se
puede comprender, que sólo muy pocas personas la entienden.
No es así; hemos visto que en el fondo es lo que todos los
hombres hacemos todo el tiempo; si es así, ¿cómo no vamos a
comprender eso que sin darnos cuenta hacemos?
Cuando
se es muy joven, no se comprende la filosofía, pero no porque
sus razonamientos sean muy complicados -los de las matemáticas
suelen ser más difíciles- sino porque el niño no ve el
problema, no ve en que consiste la pregunta. Cuando se llega a
la primera juventud se puede entender, y el joven que
"ve" la filosofía suele entusiasmarse. Los discípulos
de Sócrates y Platón eran muchachos muy jóvenes. Y es mejor
acercarse a la filosofía con frescura, con inocencia, sin
saber nada, dispuesto a abrir los ojos y mirar.
La
única dificultad que tiene la filosofía es que tiene una
estructura, un orden, distinto del que tienen otras ciencias,
por ejemplo la matemática. Ésta tiene una estructura lineal:
si un libro de matemáticas tiene veinte teoremas, necesito
entender los tres primeros para entender el cuarto, pero no
necesito saber el quinto; cada uno se apoya en los anteriores,
pero no en los posteriores, y se estudian y aprenden
linealmente. En la filosofía, las verdades se apoyan unas en
otras, mutuamente. Si se lee la primera página de un escrito
filosófico, no se la comprende íntegramente; al leer la
segunda la primera empieza a aclararse, y así sucesivamente;
la comprensión total de la primera página no se logra hasta
que se ha llegado a la última. Ésta estructura circular (o
espiral) es lo que se llama sistema: un conjunto de verdades,
cada una de las cuáles esta sostenida y probada por todos los
demás.
Por
esto es un error, cuando se lee un libro filosófico, no pasar
del principio hasta haberlo entendido perfectamente: no se
entenderá nunca. Hay que seguir, recibiendo nuevas
aclaraciones a medida que se avanza, hasta el final. Las
iluminaciones se van sucediendo, se van viendo nuevas
conexiones, se descubren relaciones inesperadas, y por eso la
lectura de un libro filosófico es apasionante, como la de una
buena novela.
Esta
comparación no es justificada: la filosofía es una teoría
dramática, una aventura humana, del hombre que filosofa
creadoramente o del lector que revive esa teoría. No se
entiende nada humano más que contando una historia, y la
filosofía tiene ese elemento dramático o novelesco, que la
hace plenamente inteligible. La dificultad de la filosofía
reside en esa estructura: una vez reconocida y aceptada,
resulta ser lo verdaderamente inteligible; lo que de verdad se
comprende; a su lado, todas las demás formas de intelección
carecen de última claridad.
A
la filosofía le corresponde la evidencia. Nada es filosóficamente
entendido sino se ve que es así, que tiene que ser así. Y ésta
evidencia tiene que renovarse en cada momento, si se trata de
una comprensión filosófica. Supongamos que un profesor
demuestra perfectamente en la pizarra que los tres ángulos de
un triangulo valen dos rectos, o el teorema de Pitágoras, o
la regla de la división. Si se nos pregunta porque es así,
porque aquello es válido, contestaremos que "está
demostrado", que un profesor nos lo demostró de manera
concluyente cuando estudiábamos en el colegio o el instituto.
No nos acordamos de la demostración, pero recordamos
perfectamente que el profesor la dio de manera convincente. ¿Vale
esto en filosofía? No. Esta evidencia debe estar renovándose
en cada instante, tiene que estar presentando sus títulos de
justificación; no se puede aceptar nada por autoridad -ni
siquiera por el recuerdo de la evidencia, por la evidencia
pasada-, sino por la evidencia actual.
Por
eso la filosofía puede definirse como la visión responsable:
es una visión, algo que en cada momento se esta viendo; pero
no basta; es una visión que se justifica, que muestra sus
razones, que "responde" de lo que ve y responde a
las preguntas.
Las
preguntas radicales
La
filosofía se hace las preguntas radicales, aquellas que
necesitamos responder para estar en claro, para saber a qué
atenernos, para orientarnos sobre el sentido del mundo y de
nuestra vida, para saber quiénes somos y qué tenemos que
hacer y qué podemos esperar, qué será de nosotros. Entre
muchas certezas y conocimientos, necesitamos una certidumbre
radical, tenemos que buscarla, si queremos vivir como hombres
lúcidamente, y no a ciegas o como sonámbulos.
Se
dirá: ¿Es que podemos alcanzar esa certidumbre? ¿Es posible
ese saber superior y más profundo, ese núcleo del
pensamiento filosófico que se llama metafísica? No sabemos
si es posible: sabemos que es necesario, que lo necesitamos
para vivir.
Las
ciencias son diferentes. Un problema científico que no tiene
solución no es un problema. En filosofía, no. En primer
lugar, porque no se sabe si acaso pueda tener solución con
otro método, planteado de otra manera mejor; en segundo
lugar, porque la filosofía no necesita tener éxito: tiene
que enfrentarse con sus problemas, no puede contenerse con
eliminarlos. Es la condición de la vida humana; el hombre no
necesita tener éxito, le basta con intentar hacer, lo mejor
posible, lo que debe hacer. La filosofía no puede renunciar a
sus problemas fundamentales, porque entonces renuncia a si
misma, deja de ser filosofía (es lo que le pasa a gran parte
de lo que hoy se llama filosofía).
No
hace falta ser un filosofo creador, original, para tener
acceso a la filosofía.
El
que lee filosóficamente a un filósofo, o lo escucha,
repiensa su filosofía, se la apropia, la hace suya. Repite
dentro de sí mismo el movimiento mental que llevó al filósofo
a preguntarse algunas cosas, que lo condujo con un método
riguroso de evidencia en evidencia, a ciertas visiones:
soluciones o un nuevo planteamiento más adecuado del
problema.
El
filósofo es un hombre audaz, que se atreve a enfrentarse con
la realidad, interrogarla, levantar el velo que la cubre y
tratar de ponerla de manifiesto, hacerla patente. Por eso, la
tentación del filósofo es soberbia. Pero si es verdadero filósofo,
tendrá que llegar a una profunda humildad: primero, porque
tendrá conciencia de que la realidad es problemática, que
ninguna verdad la agota que cuando dice "A es B", no
quiere decir "A es B y nada más", sino que su
propia visión se podrá y deberá integrar con otras, que no
se excluyen forzosamente; segundo, porque lo que hace no es
dictar a la realidad cómo es o debe ser, sino al contrario.
Ver cómo es, reconocer que es así, aceptarlo. La filosofía
requiere el valor de enfrentarse con la realidad -toda
realidad, sin amputaciones ni exclusiones, en todo su
problematismo-, pero significa la aceptación de la realidad,
el sometimiento a una verdad que el filósofo no produce ni
impone, sino descubre.
Los
otros conocimientos, las otras ciencias, la experiencia de la
vida, las crisis históricas, todo eso lleva al hombre a
algunas preguntas esenciales que van más allá, que no tienen
respuestas prácticas ni dentro de cada una de las ciencias
positivas. Hay problemas que no tienen su lugar en la física,
la psicología o la historia; pero son problemas para el físico,
el psicólogo o el historiador, para el hombre que cada uno de
ellos es (como para el hombre de la calle). Esas mismas
ciencias plantean un problema que excede de ellas mismas: ¿cuál
es su puesto en el conjunto del saber? Y ¿cuál es la
realidad de su objeto? El físico estudia la naturaleza, la
mide, descubre sus leyes; pero no se pregunta qué es la
naturaleza o por qué hay naturaleza. La pregunta por la
realidad histórica no es tema de la historia. Las ciencias
particulares dan por supuesto su objeto (por eso se llaman
ciencias positivas), pero el hombre no puede dar nada por
supuesto si quiere tener una ultima claridad. Esa es la función,
la exigencia de la filosofía.
Por
otra parte, la filosofía no empieza nunca en cero. No solo
parte de innumerables noticias, experiencias, conocimientos,
sino que descansa sobre un subsuelo de creencias, se inicia en
una situación social, histórica, personal que condiciona el
horizonte de los intereses, las curiosidades, las inquietudes;
que hace que un filosofo mire en una u otra dirección, que
eche de menos, claridad sobre unas cosa y no sobre otras. La
filosofía tiene siempre, para emplear una expresión de
Ortega, una "prefilosofía" que normalmente olvida y
deja a su espalda.
Hay
que aclarar este importante cuestión. La idea de una filosofía
sin supuestos, que no parta de otros saberes, que empiecen en
cero, como antes dije, es completamente ilusoria. Pero si la
filosofía olvida todo eso, no tiene plena realidad, no se
aclara sobre si misma, no es estrictamente filosófica. Tiene
que contar con todo eso que es su punto de partida que la
condiciona, pero tiene que dar razón de ello, es decir,
justificar filosóficamente. Nada de eso será filosofía
hasta que la filosofía lo absorba, lo ilumine, justifique, y
así lo eleve hasta el nivel de la filosofía misma.
En
este sentido, toda filosofía es histórica, esta "a la
altura del tiempo", es la propia de cada época. Y no
puede olvidar que lleva dentro toda las demás del pasado, que
a llegado a ese nivel, es un proceso sin el cual se la podría
entender. La filosofía no es separable de su historia, pero
esta remite al presente: nos obliga a hacer filosofía, por
que todas las demás, de pretérito, no nos sirve, no son
suficientes, porque están pensadas en situaciones distintas
de la nuestra, porque no se enfrentan, al menos de manera
adecuada, con nuestros problemas, aquellos que nos obligan a
filosofar. La filosofía del pasado no queda arrumbada o
rechazada: queda absorbida, incorporada en la actual; el filósofo
filosofa con todos los demás que lo han precedido, y no puede
reducirse a ninguno.
Continúa
====>
|