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EL
COBRADOR
pedro bernatallada"
<pedroberna@infovia.com.ar>
Los hechos que relataré me ocurrieron hace ya cierto
tiempo, unos cinco años atrás, por lo que deberá
disculpárseme si olvido algún detalle verista. No le
hace, sin embargo, pues mi propósito está más allá
de transmitir una simple crónica: es develar y prevenir
peligros que están fuera de nuestro entendimiento
normal.
Para esa época era yo depositario de una pequeña
fortuna que mi tía Soledad Menéndez de Almeyra, viuda
experimentada, había tenido a bien otorgarme a través
del simple trámite de morirse y legármela. Por el
mismo motivo contaba también con una fracción no
despreciable de la firma de mayoreo de materiales de
construcción que a su vez ella había heredado de su
marido, y en la cual me desempeñaba, con sueldo y
participación, como Director y Jefe de Contaduría,
pues soy Contador UBA.
Atraído por el esplendor de la firma aparecía de tanto
en tanto algún amigo o pariente postulando operaciones
de veloz retorno y, dado que algunas no carecían de lógica,
era mi deber tamizar la tontería del grano. Para ser
exactos, diré que de las treinta y dos propuestas
recibidas en ocho años sólo cuatro valieron algo por sí
mismas, por lo que recomendé - y fue aceptado -
participar en ellas.
Esos éxitos no superaron la operación de la firma
madre, pero ayudaron a su consolidación en nuevos
mercados y, lo mejor de todo, a mi propia consolidación.
Por lo que pasé a ser un Director con opinión válida...
y con mucho dinero.
Ambos hechos fueron aparentemente los vectores que me
llevaron a esta increíble aventura (¿dije aventura? ¡Pesadilla,
más bien!) que estoy viviendo.
Un día cualquiera mi secretaria me avisó que un señor
Geraldo Coelho Filho me había dejado un mensaje.
- ¿Cuál es, Mary?
- Que desea una entrevista con usted para una posible
operación.
- ¿Dejó número para llamarlo?
- Sí, señor. Un teléfono de Porto Alegre.
Me sorprendí. Los proponentes eran habitualmente
rioplatenses, pero éste...
- ¿Lo llamo, señor?
- ¿Dejó algún otro dato?
- Sí, señor. El señor Coelho Filho me pidió que le
adelantara que su firma opera en casi todo el litoral de
Río Grande y Santa Catalina construyendo edificios
grandes y barrios, "bairros" dijo él.
- Bueno, quizá llegue a ser interesante. Llámelo, por
favor. A lo sumo, no costará más que perder una
llamada.
Mientras ella conseguía la conexión revisé algunos
papeles y concerté un par de entrevistas locales.
- Su llamada a Porto Alegre, señor.
- Gracias, Mary. ¡Aló!
- ¡Alóa! ¡Aquí fala o senhor Geraldo!
Contuve el viejo chiste de contestar "aquí
no", y respondí.
- Aquí fala Juan Alberto Unditube, de Buenos Aires.
- Prazer, senhor Juan Alberto. Eu quere ter uma conversa
com o senhor, para tratar uma muito boa operacao.
- ¿De qué se trata, señor Geraldo?
- Eu gostaría que a sua empresa seja a única
fornecedora de materiais pra mim.
- ¿Proveedor exclusivo suyo? Así como lo dice parece
buena idea, pero ¿de qué volumen hablaríamos? - La
evualuación primero, el entusiasmo después.
- Alrededor de cinco milhoes de dólares per ano. Acho
que nao é mal.
No, mal no estaba, yo pensaba en algo de menor magnitud
a pesar de ser brasilero, pero, ¿con qué garantías iría
a operar? Evidentemente, se imponía un contacto
personal para establecer su entorno y credibilidad.
- Muy bien, señor Geraldo. No está mal. Creo que nos
convendrá conversar más, pero por teléfono es algo
incómodo. ¿Qué le parece una reunión aquí?
- Acho que a idea e muito boa, pero vai ser melhor aquí,
em Porto Alegre, así eu tendréi a oportunidade de
amostrar a o senhor nossas realizacoes. O senhor
conhescerá a firma, e aproveitará em pesquisar os
avales. Eu le invito, em mais uma semana. ¿Ta bom?
Tenía razón: él me conocía a mí, pero yo no a él.
Y por supuesto sabía que yo pensaría en las garantías.
Además, tendría oportunidad para ver la firma y obras
y etcétera. Y otro además: tendría un pequeño
pretexto para castigarme con un par de días de playa,
aunque ya fuera marzo.
Luego de asentir y saludar dejé los detalles a Mary,
que con su habitual eficiencia no sólo me arregló la
estadía en Porto Alegre, sino que me alquiló un auto y
preparó una estadía de una semana en Torres, el mejor
balneario cercano, distante unos doscientos kilómetros
de Porto Alegre.
No les abrumaré con las minucias intrascendentes.
Estuvimos tres días en Porto Alegre observando obras,
viendo la historia de la firma de don Geraldo,
conversando con los garantes, bancos y clientes, y
bosquejando un primer borrador de contrato para una obra
ya en vista, que fue faxeado a Buenos Aires para que
nuestros abogados lo inspeccionaran y criticaran.
Don Geraldo resultó ser un cincuentón muy sagaz,
bastante deportista y de cutis atezado, casado con una aún
atractiva bahiana, y me atendió ampliamente todo el
tiempo dejándome poco para decidir por mí mismo en los
aspectos sociales.
El cuarto día le indiqué que me tomaría unos días de
playa, y que volvería para cuando me avisaran de Buenos
Aires que la revisión estaba lista. Decliné
amablemente su ofrecimiento de acompañarme, y él me
guiñó un ojo cómplice. Realmente, más que la
aventura que él suponía, precisaba un par de días
para terminar de meditar el negocio, que parecía bueno,
extrañamente demasiado bueno.
El jueves me despedí y recorrí el sinuoso y agradable
camino costero hasta llegar al hotel con mi reserva, que
estaba en una barranca casi frente a un laguito (se
llamaba Caipirinha, o Batidinha, o Furninha, el tiempo
me hizo olvidar el dato).
Había poca gente y era mediodía, por lo que ataviado
convenientemente fui a tomar sol en una playa hacia el
norte, de donde se divisaban los morros o
"torres" que daban el nombre al lugar. Me
prometí mentalmente visitarlos al día siguiente.
A eso de las dos y algo de la tarde mi reloj biológico
sonó la alarma en mi estómago, y subiendo nuevamente
al auto pasé revista a los hermosos chalets de la
avenida costanera hasta topar con un borde desguarnecido
que daba a un río que, menos de quinientos metros hacia
mi derecha, desembocaba en el mar. Allí mismo un local
de comidas, El Reposo del Pescador o algo así, no
importa, tenía mozos de pie lo que interpreté como
ansias de clientes, que inmediatamente satisfice.
Transcurrí a través de un almuerzo típico con frutos
de mar, ananá, cangrejos, camarones, y otras cosillas
acompañado por la floja cerveza brasilera, rematando
con un fuerte "cafeizinho", y luego fui a
caminar por el malecón hacia la desembocadura, tanto
como para perder un poco de tiempo y reposar la comida
de pie.
Pasó un barco pesquero de cierto porte,
"trainera" recordaba era su nombre, con los
tripulantes afanados en disponer los trebejos de pesca.
Los saludé con la mano y el timonel me respondió.
Bastante más allá dos o tres hombres parados sobre las
piedras del malecón arrojaban rutinariamente redes
circulares, que luego supe se llamaban "tarrafas",
con un gracioso movimiento ondulante aunque al parecer
sin resultado. Poco después una barca pequeña, con
apariencia de ser también pescadora pero con sólo dos
personas, provino del mar hacia su puerto río arriba.
El pequeño paisaje, esos movimientos elementales, me
relajaban y lavaban mi mente de todo lo que no fuera
estar allí.
Nada más notable ocurrió en los siguiente minutos, por
lo que finalmente decidí volver. En ese momento vi unas
figuras grises que, saltando sobre el agua, remontaban
el río. Intrigado, resolví esperarlas para saber de qué
se trataba, y cuál no sería mi sorpresa al ver tres
delfines que venían retozando. Es sabido que estos simpáticos
mamíferos no suelen cursar aguas dulces, y me dispuse a
ver un espectáculo gratis de saltos y zambullidas. Pero
otra cosa vi.
Los delfines navegaban por el centro del curso de agua,
y al llegar a mi altura torcieron su rumbo bruscamente
como si algo les interesara. Cuando estuvieron cerca de
la costa, unos siete u ocho metros, se pusieron a saltar
apoyándose en la cola de esa forma tan peculiar en
ellos, que siempre había creído resultado de los
entrenamientos. Me entusiasmé tanto que espontáneamente
aplaudí, y entonces mi sorpresa no tuvo límites.
Uno de los delfines se adelantó y con voz chillona me
gritó:
- ¡Juancho, andá a Praia Guarita!
Quedé duro, como es lógico, pero confieso que lo que
encontré absurdo no fue tanto que el bicho hablara (por
Dios, todos los días un delfín te da los buenos días)
sino que me llamara "Juancho", apodo que
solamente lo utilizaban en casa. ¿De dónde habría
sacado el bicho la información?
Mi estupefacción impidió que contestara o preguntara.
El delfín, quizás interpretando mi demora por sordera,
volvió a gritar.
- ¡Juancho, andá a Praia Guarita!
Reaccioné, y le grité que quién era y dónde quedaba
esa playa. Sólo recibí como respuesta otro recitado
igual, ahora acompañado por los gritos de los otros,
que parecían risas, tras lo cual me dieron las espaldas
(¿o los lomos?) y se alejaron hacia el mar retozando
sobre la superficie como cuando vinieron.
Miré a mi alrededor. Afortunadamente los pescadores
estaban a respetable distancia y no parecían haber
percibido el incidente, que yo consideraba ridículo.
Dudé de mis sentidos: quizá la cerveza o alguna parte
de la comida me había caído mal, pensé. No, no podía
ser real que un maloliente delfín, así de maleducado y
sin presentarse, me gritara "Juancho, andá
a..." con una confianza que yo no le había dado,
caramba. Y en castellano.
Finalmente pude pensar otra vez. Averiguar dónde
quedaba esa playa, cuyo nombre nunca antes había oído,
me llevó tres minutos. Qué tenía que hacer yo allí
lo sabría - quizás - al llegar. Y si era una alucinación,
probabilidad harto cierta, al menos conocería otra
playa.
Media hora y algunas vueltas después descubrí que mi
promesa interior de visitar las "torres" se
había adelantado, pues la bendita playa se encontraba
entre dos de los morros, en un parque estatal, y su
nombre provenía de un promontorio en punta ubicado al
medio, la "Guarita", que completaba una
hermosa vista.
Dejé mi auto en un área de estacionamiento y comencé
a caminar hacia el borde del agua, donde no alcancé a
llegar. Una voz masculina, bien templada, lanzó mi
nombre completo, y en castellano.
- Señor Juan Alberto Unditube.
No llamó: afirmó. Me detuve y busqué quién hablaba.
Sentado en una piedra al pie del pico Guarita esperaba,
mirándome, un hombre de barba rojiza, vestido de sport
con un sombrerito tipo tirolés y con una pipa apagada
en su mano.
Me acerqué, algo confundido. Mi secretaria sabía que
venía a Torres, pero no que vendría a esta playa. Don
Geraldo ni siquiera sabía donde iba. ¿Quién podría
ser este individuo? ¿Y con qué intenciones me llamaba?
- Buenas tardes, señor Unditube. Por favor, acérquese,
que deseo conversar con usted un momento.
- ¿Quién es usted, y cómo me conoce? - pregunté
inquieto.
- No se ofusque, caballero. Mi nombre importa poco, pero
se lo diré de todos modos: Lucio Fernández. Y no soy
el único que lo conoce a usted. Don Geraldo ya lo conocía
de antes también.
Explicaba todo calmadamente, como si fueran hechos
evidentes, sólo arcanos para mi obtusa mente. Antes que
yo reaccionara, continuó.
- Lo mandé llamar, señor Unditube, porque usted está
en vías de concretar una importante operación con don
Geraldo y me ofrezco a hacer que dicha operación sea
mucho más beneficiosa para usted que lo originalmente
planeado. No, espere, no le voy a hacer una
contraoferta, sino precisamente lo que dije: mejorar
sensiblemente esa operación para usted. Claro que,
desgraciadamente, don Geraldo no se beneficiará tanto,
pero así es el mundo.
- Escúcheme, señor Fernández, no tengo ningún interés
en dañar a don Geraldo, a quien prácticamente acabo de
conocer, y no veo qué puede hacer usted en esto. Por
otra parte, quisiera saber de dónde sacó toda esa
información, que se supone es privada.
- Bien, bien - cambió de posición.- Veo que tendré
que darle más datos de mi propuesta. Y en cuando a mi
fuente de información, luego se lo diré, pero le
aseguro que es muy buena y confiable.
- Más le vale que se explique, amigo, y sino déjeme
tranquilo.
- Por favor, no se ofusque. Ustedes los hombres de
negocios, y más los argentinos, saltan como leche
hervida si viene otro con una idea buena que a ustedes
no se les ocurrió antes. Simplemente admita que no es
perfecto, y escuche.
- Está bien - contesté, y sentándome en otra piedra
encendí un cigarrillo, tanto como para ocupar la mano.
- Usted está por concretar un negocio, cuyo contrato
está siendo revisado en Buenos Aires, según el cual
usted aporta materiales de construcción que don Geraldo
usará para construir obras que contrata la compañía
de él. ¿Correcto?
- Correcto.
- Bien. Su participación es, a la hora de repartir las
ganancias, de un cincuenta por ciento, lo cual parece óptimo
y razonable.
- También es cierto.
- Pero si la distribución se hace distinta, como le
explicaré, usted llegaría a tomar en un momento dado
un virtual setenta por ciento. Escuche: proponga que se
dividan las ganancias en cinco porciones del veinte por
ciento cada una, de las cuales dos, o sea cuarenta por
ciento, sería para cada uno de ustedes. La mitad de la
otra parte la llevaría yo, que aparezco por ahí como
un inversionista conocido suyo y con buenas conexiones
(esto es muy cierto), aunque no tenga tanto capital como
ustedes. Aún en el caso que su socio no me viera bien,
y que aliándonos quisiéramos fundirlo, no llegamos más
que a un cincuenta, y una cláusula que ustedes ya
pusieron dice que ante serias discrepancias se debe
arbitrar en una tercera compañía multinacional a
designar.
- ¿Cómo sabe usted todo eso, si lo terminamos ayer? -
salté alarmado.
- Calma, por favor, ya le dije que luego le aclaro eso.
Sigo. La otra media parte quedaría como paquete
accionario en poder del Directorio de la Compañía de
Don Geraldo, con lo cual él vendría a tener una garantía
de no intromisión mía, y la Compañía tendría una
entrada extra. A cambio de todo eso, usted solicita
tener un puesto en ese Directorio, del cual don Geraldo
es Presidente, tanto como para poder mantener un ojo
sobre las decisiones que pudieran tomarse. ¿Es
complicado? Para usted, ducho hombre de negocios, no
debiera...
- No, no lo es, pero aún no veo dónde me beneficio
tanto como dice.
- Usted agrega una cláusula que en caso de accidente
fatal a cualquiera de los tres miembros físicos la
mitad de la parte respectiva pasa al resto y la otra
mitad a la viuda para su sustento, o a sus parientes,
como es en su caso de soltería.
- Pero eso no es correcto, la parte de cada uno pasa
completa a sus deudos.
- Excepto que se disponga específicamente en contrario.
Conozco a don Geraldo, y la última disposición la
aceptará porque las primeras son muy importantes para
él.
Me quedé mirándolo. Era evidente que faltaba algo más.
Esperé mirándolo interrogativamente. Me miró, exhaló
un suspiro resignado y siguió.
- Usted no ve el final, aún. Bueno, se lo diré. Dentro
de unos meses, festejando un contrato para un complejo
de edificios, saldrán de pesca en un barco desde el río
Mampituba, donde usted charló con los delfines, y el
barco naufragará. Usted y uno o dos testigos
incontestables serán los únicos sobrevivientes, y
usted pasará a tener sus dos partes más una o sea el
sesenta por ciento, y yo, aliado con usted, otra media
parte o sea diez por ciento, lo que suma el setenta de
que hablé. Además, tendrá un puesto en un Directorio
(que usted puede más adelante copar) que tiene media
parte. La viuda podrá vivir bien con su veinte por
ciento. Y usted, ahora tan asombrado y escandalizado,
aceptará mi propuesta.
Me levanté airado mientras arrojaba el cigarrillo con
fuerza.
- ¡Pero usted está loco! ¿Cómo puede ofertarme el
homicidio de un hombre para que yo tenga más dinero? ¡Voy
a denunciarlo!
Chupó su pipa apagada.
- No grite tanto, que lo oigo bien. No es un homicidio:
es sólo que don Geraldo contrajo tiempo atrás ciertos
compromisos conmigo, y le aseguro que son muy
importantes, y ahora no quiere pagar. Como yo quiero
cobrar, usted será mi cobrador.
- Mire, don Fernández - me acerqué terriblemente
tenso, con un dedo rígido y tembloroso apuntándole a
la cara. - Mire, don Fernández, meta a otro en sus
planes de matón de Chicago, entonces. Yo no voy a
entrar en esas - y dándome vuelta comencé a retirarme.
Fernández habló con voz calma y pausada.
- Señor Unditube, deseo recordarle una noche de hace
dieciocho años, cuando hacía tres meses que usted se
había recibido y no encontraba trabajo.
Me paré en seco. Era cierto, por varios meses no
conseguí trabajo, y la autonomía económica de mis
padres agonizaba.
- Bien, bien. Advierto que la recuerda. Y por supuesto,
recordará una frase que dijo en esa oportunidad.
El recuerdo de esa noche, una entre tantas, volvió a mí
luego de tanto tiempo. En verdad, había sido una
chiquillada, nada serio, pero en esos instantes mis
palabras me habían sonado como pronunciadas dentro de
un templo en llamas.
- ¿Recuerda que sus palabras fueron "ya que Dios
no me ayuda a encontrar un buen trabajo digno del título
por el que me rompí todos estos años, entonces que me
ayude el Diablo"?
Me volví lentamente hacia él. No había abandonado su
posición, y ahora su boca se distendía en una sonrisa
no muy agradable. Dio otra chupada a su pipa, que ahora
humeó.
- Su pagaré fue levantado, señor Unditube, y usted
aplicó su título en trabajos que le reportaron mucho.
- Gracias a mi capacidad y profesionalismo, entiéndalo
bien.
- Claro, claro. Y gracias a la muerte de su tía, y su
legadito en la firma, y que el señor Hernández, que
iba a ser Jefe de Contaduría tuvo una hemiplejia, y que
un día le eligieron a usted Director... y que varios de
los negocios que usted analizó y recomendó resultaron
ser muy buenos, quién sabe por qué... Si, claro, todo
fue resultado exclusivo de su capacidad y
profesionalismo.
Y largó una carcajada, cuyo timbre me hizo sentir un
escalofrío. Lo que comenzaba a imaginar no podía ser.
Fausto fue una novela o drama, pero eso no ocurre en
estos tiempos modernos. Retrocedí lentamente, sin que
ese hombre hiciera ningún esfuerzo por detenerme.
- Amigo mío, usted ya tiene una deuda. Y para poder
pagar hoy parte de ella tiene que ayudarme a cobrar la
de otro señor que se rebeló. Por eso está aquí.
- ¿Cu... cu... cuál es su nombre verdadero?
- Ya se lo dije: Lucio Fernández.
- No, ese no es. Dígamelo - yo estaba aterrado.
- Bueno, bueno, veo que va entendiendo. Lucio Fernández
es la versión doméstica que uso para estas charlas.
Vamos, dígame cuál es mi nombre real. ¡Vamos, usted
lo sabe!
Abrí los ojos como faros. Balbuceé el nombre, sin
creer lo que decía.
- Lu... Luci... Lucifer.
- ¡Exacto, con seguridad! como decía un locutor de TV.
¡Yo sabía que usted es muy inteligente! Bien, bien.
Todo está claro. Dentro de dos días le enviarán por
la tarde el fax con las notas al contrato, que usted
recibirá al otro día por la mañana en el hotel, donde
estará sin duda alguna. Por esas cosas, que yo puedo
manejar, lo que se recibirá serán esas notas (ya sé
que están bien) más mi propuesta. Luego usted volverá
y se reunirá al otro día por la tarde con don Geraldo,
quien aceptará. Ahora siga paseando, y cuando vuelva al
hotel se encontrará con una persona en el hall que lo
quiere conocer. Hasta pronto, mi amigo.
Y conforme a las mejores tradiciones se evaporó
gradualmente, pero eso sí, sin olor a azufre, que me
cae mal. Después de todo, un poco de consideración tenía
el hombre - digo, el Diablo.
Volví tres horas más tarde al hotel, aún algo
aturdido. Una morocha de ojos verdes (son mi debilidad)
se levantó de los sillones al verme llegar, y luego de
presentarse me mostró un portafolio con papeles y
folletos de lotes y casas en venta, y se ofreció a
explicármelo en la habitación porque allí era incómodo.
Accedí y el portafolio quedó sobre la mesa de la
habitación, de donde lo sacamos para cenar. Al día
siguiente paseamos por varios lados solitarios donde no
admiramos el paisaje, y terminamos la noche nuevamente
en la habitación, mirando el portafolio desde lejos.
A los dos días, mientras tomábamos el desayuno en la
cama, llamaron a la puerta y el botones me entregó un
fax cuyo contenido sabía yo cuál era. Don Lucio sabía
bien que iba a estar en el hotel... y porqué.
La morocha se llevó luego el portafolio sin venderme
nada, dejándome un buen recuerdo de la confraternidad
argentino-brasilera.
Queda poco por relatar. Los hechos anunciados por Lucio
Fernández - prefiero llamarlo así - se cumplieron casi
al detalle, sin variar su esencia ni (peor) su
resultado. El paseo en el barco que tomamos en un muelle
del río Mampituba se cumplió casi al año. Éramos
cinco: tres de tripulación, don Geraldo y yo. Nos
aproximamos mar adentro a una zona pesquera del otro
lado de una isla rocosa, y estábamos sacando presas
grandes. Cuando don Geraldo estaba de turno y atado en
la silla de pesca, una fuerte correntada llevó al barco
cerca de las rocas. Una piedra oculta rompió el timón
y el barco, sin gobierno, arremetió contra una roca en
punta que destrozó el fondo. Don Geraldo, como dije,
estaba amarrado a la silla de pesca y había un
tripulante en la sala de máquinas. El barco comenzó a
irse a pique rápidamente, y sin posibilidad de salvar a
nadie los otros tres pudimos saltar a tiempo a la
precaria protección de las piedras de la isla viendo cómo
el barco desaparecía en un santiamén.
Varias horas más tarde nos divisaron desde la playa y
nos rescataron, soportando el olor a pescado y guano que
se nos había impregnado en ese lapso.
Las declaraciones de los tres fueron coincidentes, y la
del piloto decisiva en cuanto a la inevitabilidad del
accidente: era un navegante experimentado que estaba
radicado hacía más de diez años, bien reputado por su
pericia.
Todo el resto anduvo perfecto, y hoy soy
"capo" de dos empresas multinacionales. Es
decir, una vida material sin problemas. Pero.
Pero Lucio Fernández me visitó ayer. Me explicó en
pocas palabras lo que desea: una cobranza a otro que no
quiere colaborar como cobrador (tiene una empresa
naviera en el Perú), y como yo hice muy bien mi
trabajo, según él, decidió delegarme las cobranzas
del otro... y de paso cobrarle a él. Esto acrecentaría
notablemente mi poderío económico y algún otro
beneficio marginal. Pero.
Pero aumentaría mi débito. Y no sé cómo pagaré.
Pero lo que sí sé es lo que pasará si no
"cobro": no me matará ni me hará matar,
porque puedo servirle en el futuro, sino que en unos
meses una serie de malas suertes me despojarán de mis
riquezas y posición, y tendré que ir de mozo a los
restaurantes donde van mis actuales amigos y relaciones,
lustrar zapatos en las plazas donde ellos van a pasear,
tratar de venderles baratijas y relojes falsificados o dólares
en los lugares de veraneo donde van, y me va a vedar la
posibilidad de suicidio, solución simple para mí. Hará
igual que las arañas cuando guardan su víctima viva e
impotente hasta que la precisen nuevamente.
Y sé que no soy el único.
Y quiero avisar a los que aún no entraron en esto.
Y quiero que seamos los últimos.
Y quiero... ¡Quiero saber que hago, Dios mío, que no
me ayudaste!
LOS
TRES VIEJITOS
Una mujer salió de su casa y vio a tres viejos de largas
barbas sentados frente a su jardín.
Ella no los conocía y les dijo:
- No creo conocerlos, pero deben tener hambre.
Por favor entren a mi casa para que coman algo.
Ellos preguntaron:
- Esta el hombre de la casa?
- No - respondió ella -, no está.
- Entonces no podemos entrar - dijeron ellos.
Al atardecer, cuando el marido llego, ella le contó lo
sucedido.
- Entonces diles que ya llegue e invítalos a pasar!
La mujer salió a invitar a los hombres a pasar a su casa.
- No podemos entrar a una casa los tres juntos explicaron los
viejitos.
- Por que? - quiso saber ella.
Uno de los hombres apunto hacia otro de sus amigos y explico:
- Su nombre es Riqueza.
- Luego indico hacia el otro
- Su nombre es éxito y yo me llamo Amor.
Ahora ve adentro y decidan con tu marido a cual de nosotros
tres ustedes desean invitar a vuestra casa.
La mujer entro a su casa y le contó a su marido lo que ellos
le dijeron.
El hombre se puso feliz:
¡Que bueno! Y ya que así es el asunto, entonces invitemos a
Riqueza, dejemos que entre y llene nuestra casa de riqueza.
Su esposa no estuvo de acuerdo:
- Querido, ¿por que no invitamos a éxito?
La hija del matrimonio estaba escuchando desde la otra esquina
de la casa y vino corriendo con una idea:
- ¿No seria mejor invitar a Amor?
Nuestro hogar entonces estaría lleno de amor.
- Hagamos caso del consejo de nuestra hija
- dijo el esposo a su mujer
- Ve afuera e invita a Amor a que sea nuestro huésped.
La esposa salió afuera y les pregunto a los tres viejos:
- ¿Cual de ustedes es Amor?
Por favor que venga para que sea nuestro invitado.
Amor se puso de pie y comenzó a caminar hacia la casa.
Los otros dos también se levantaron y lo siguieron.
Sorprendida, la dama les pregunto a Riqueza y éxito:
- Yo solo invite a Amor, ¿por que ustedes también vienen?
Los viejos respondieron juntos:
- Si hubieras invitado a Riqueza o éxito, los otros dos habrían
permanecido afuera, pero ya que invitaste a Amor, donde sea
que el vaya, nosotros vamos con él.
Donde quiera que hay amor, hay también riqueza y éxito.
MI DESEO PARA TI...
Donde
haya dolor, te deseo paz y misericordia.
Donde hay falta de fe en ti mismo, te deseo una confianza
renovada en tu capacidad para superarla.
Donde haya cansancio o extenuación, te deseo comprensión,
paciencia y fuerzas renovadas.
Donde haya temor, te deseo amor y valor.
enviado
por Mabel Vergara whitepaper@giga.com.ar
LA
DIFERENCIA...
LA diferencia entre los países pobres y los ricos no es la
antigüedad del país. Lo demuestran casos de países como
India y Egipto, que tienen miles de años de antigüedad y son
pobres.
En cambio, Australia y Nueva Zelanda, que hace poco mas de 150
años eran casi desconocidos son, sin embargo, hoy países
desarrollados y ricos.
La diferencia entre países pobres y ricos tampoco son los
recursos naturales con que cuentan, como es el caso de Japón
que tiene un territorio muy pequeño y el 80% es montañoso y
no apto para la agricultura
y ganadería, sin embargo es la segunda potencia económica
mundial pues su territorio es como una inmensa fabrica
flotante que recibe materiales de todo el mundo y los exporta
transformados, también a todo el mundo logrando su riqueza.
Por otro lado, tenemos una Suiza sin océano, pero tiene una
de las flotas navieras mas grande del mundo. No tiene cacao
pero tiene el mejor chocolate del mundo; en sus pocos kilómetros
cuadrados, pastorea y cultiva solo cuatro meses al año ya que
el resto es invierno, pero tiene los productos lácteos de
mejor calidad de toda Europa.
Al igual que Japón no tiene recursos naturales, pero da y
exporta servicios, con calidad muy difícilmente superable, es
un país pequeño que ha vendido una imagen de seguridad,
orden y trabajo, que lo han
convertido en la caja fuerte del mundo.
Tampoco la inteligencia de las personas es la diferencia como
lo demuestran estudiantes de países pobres que emigran a los
países ricos y logran resultados excelentes en su educación,
otro ejemplo son los
ejecutivos de países ricos que visitan nuestras fabricas y al
hablar con ellos nos damos cuenta de que no hay diferencia
intelectual.
Y tampoco es la Raza la que marca la diferencia pues en los países
Centro Europeos o Nórdicos vemos como los llamados vagos del
Sur demuestran ser la fuerza productiva de estos países, no
así en sus propios países donde nunca supieron someterse a
las reglas básicas que hacen a un país Grande.
La ACTITUD de las personas es la diferencia. Al estudiar la
conducta de las personas en los países ricos se descubre que
la mayor parte de la población sigue las siguientes reglas:
1. La Moral como principio básico.
2. El Orden y la Limpieza.
3. La Honradez.
4. La Puntualidad.
5. La Responsabilidad.
6. El Deseo de superación.
7. EL Respeto a la ley y los reglamentos.
8. El Respeto por el derecho de los demás.
9. Su Amor al trabajo.
10. Su Afán por el ahorro y la inversión.
¿Necesitamos más Leyes? No, seria suficiente con cumplir y
hacer cumplir estas 10 simples Reglas.
No somos pobres porque a nuestro país le falten riquezas
naturales, o porque la naturaleza haya sido cruel con
nosotros, simplemente nos falta carácter para cumplir estas
premisas básicas de funcionamiento
de las sociedades.
Enviado
por Mabel Vergara whitepaper@giga.com.ar
Continúa
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