EL HORNERO

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MATERIAL DE DIFUSIÓN DE LA EMISORA EDUCATIVA "El HORNERO"
REVISTA Nº XXIII- 2001

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Este Adjunto está confeccionado con las informaciones recibidas en la Emisora Educativa El Hornero. En éste, la Redacción de El Hornero no tiene participación alguna, excepto a la limitación de extensiones de algunos artículos.

La revista El Hornero puede obtenerla en las siguientes páginas web:

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EL COBRADOR


pedro bernatallada" <pedroberna@infovia.com.ar
Los hechos que relataré me ocurrieron hace ya cierto tiempo, unos cinco años atrás, por lo que deberá disculpárseme si olvido algún detalle verista. No le hace, sin embargo, pues mi propósito está más allá de transmitir una simple crónica: es develar y prevenir peligros que están fuera de nuestro entendimiento normal.
Para esa época era yo depositario de una pequeña fortuna que mi tía Soledad Menéndez de Almeyra, viuda experimentada, había tenido a bien otorgarme a través del simple trámite de morirse y legármela. Por el mismo motivo contaba también con una fracción no despreciable de la firma de mayoreo de materiales de construcción que a su vez ella había heredado de su marido, y en la cual me desempeñaba, con sueldo y participación, como Director y Jefe de Contaduría, pues soy Contador UBA.
Atraído por el esplendor de la firma aparecía de tanto en tanto algún amigo o pariente postulando operaciones de veloz retorno y, dado que algunas no carecían de lógica, era mi deber tamizar la tontería del grano. Para ser exactos, diré que de las treinta y dos propuestas recibidas en ocho años sólo cuatro valieron algo por sí mismas, por lo que recomendé - y fue aceptado - participar en ellas.
Esos éxitos no superaron la operación de la firma madre, pero ayudaron a su consolidación en nuevos mercados y, lo mejor de todo, a mi propia consolidación. Por lo que pasé a ser un Director con opinión válida... y con mucho dinero.
Ambos hechos fueron aparentemente los vectores que me llevaron a esta increíble aventura (¿dije aventura? ¡Pesadilla, más bien!) que estoy viviendo.
Un día cualquiera mi secretaria me avisó que un señor Geraldo Coelho Filho me había dejado un mensaje.
- ¿Cuál es, Mary?
- Que desea una entrevista con usted para una posible operación.
- ¿Dejó número para llamarlo?
- Sí, señor. Un teléfono de Porto Alegre.
Me sorprendí. Los proponentes eran habitualmente rioplatenses, pero éste...
- ¿Lo llamo, señor?
- ¿Dejó algún otro dato?
- Sí, señor. El señor Coelho Filho me pidió que le adelantara que su firma opera en casi todo el litoral de Río Grande y Santa Catalina construyendo edificios grandes y barrios, "bairros" dijo él.
- Bueno, quizá llegue a ser interesante. Llámelo, por favor. A lo sumo, no costará más que perder una llamada.
Mientras ella conseguía la conexión revisé algunos papeles y concerté un par de entrevistas locales.
- Su llamada a Porto Alegre, señor.
- Gracias, Mary. ¡Aló!
- ¡Alóa! ¡Aquí fala o senhor Geraldo!
Contuve el viejo chiste de contestar "aquí no", y respondí.
- Aquí fala Juan Alberto Unditube, de Buenos Aires.
- Prazer, senhor Juan Alberto. Eu quere ter uma conversa com o senhor, para tratar uma muito boa operacao.
- ¿De qué se trata, señor Geraldo?
- Eu gostaría que a sua empresa seja a única fornecedora de materiais pra mim.
- ¿Proveedor exclusivo suyo? Así como lo dice parece buena idea, pero ¿de qué volumen hablaríamos? - La evualuación primero, el entusiasmo después.
- Alrededor de cinco milhoes de dólares per ano. Acho que nao é mal.
No, mal no estaba, yo pensaba en algo de menor magnitud a pesar de ser brasilero, pero, ¿con qué garantías iría a operar? Evidentemente, se imponía un contacto personal para establecer su entorno y credibilidad.
- Muy bien, señor Geraldo. No está mal. Creo que nos convendrá conversar más, pero por teléfono es algo incómodo. ¿Qué le parece una reunión aquí?
- Acho que a idea e muito boa, pero vai ser melhor aquí, em Porto Alegre, así eu tendréi a oportunidade de amostrar a o senhor nossas realizacoes. O senhor conhescerá a firma, e aproveitará em pesquisar os avales. Eu le invito, em mais uma semana. ¿Ta bom?
Tenía razón: él me conocía a mí, pero yo no a él. Y por supuesto sabía que yo pensaría en las garantías. Además, tendría oportunidad para ver la firma y obras y etcétera. Y otro además: tendría un pequeño pretexto para castigarme con un par de días de playa, aunque ya fuera marzo.
Luego de asentir y saludar dejé los detalles a Mary, que con su habitual eficiencia no sólo me arregló la estadía en Porto Alegre, sino que me alquiló un auto y preparó una estadía de una semana en Torres, el mejor balneario cercano, distante unos doscientos kilómetros de Porto Alegre.
No les abrumaré con las minucias intrascendentes. Estuvimos tres días en Porto Alegre observando obras, viendo la historia de la firma de don Geraldo, conversando con los garantes, bancos y clientes, y bosquejando un primer borrador de contrato para una obra ya en vista, que fue faxeado a Buenos Aires para que nuestros abogados lo inspeccionaran y criticaran.
Don Geraldo resultó ser un cincuentón muy sagaz, bastante deportista y de cutis atezado, casado con una aún atractiva bahiana, y me atendió ampliamente todo el tiempo dejándome poco para decidir por mí mismo en los aspectos sociales.
El cuarto día le indiqué que me tomaría unos días de playa, y que volvería para cuando me avisaran de Buenos Aires que la revisión estaba lista. Decliné amablemente su ofrecimiento de acompañarme, y él me guiñó un ojo cómplice. Realmente, más que la aventura que él suponía, precisaba un par de días para terminar de meditar el negocio, que parecía bueno, extrañamente demasiado bueno.
El jueves me despedí y recorrí el sinuoso y agradable camino costero hasta llegar al hotel con mi reserva, que estaba en una barranca casi frente a un laguito (se llamaba Caipirinha, o Batidinha, o Furninha, el tiempo me hizo olvidar el dato).
Había poca gente y era mediodía, por lo que ataviado convenientemente fui a tomar sol en una playa hacia el norte, de donde se divisaban los morros o "torres" que daban el nombre al lugar. Me prometí mentalmente visitarlos al día siguiente.
A eso de las dos y algo de la tarde mi reloj biológico sonó la alarma en mi estómago, y subiendo nuevamente al auto pasé revista a los hermosos chalets de la avenida costanera hasta topar con un borde desguarnecido que daba a un río que, menos de quinientos metros hacia mi derecha, desembocaba en el mar. Allí mismo un local de comidas, El Reposo del Pescador o algo así, no importa, tenía mozos de pie lo que interpreté como ansias de clientes, que inmediatamente satisfice. Transcurrí a través de un almuerzo típico con frutos de mar, ananá, cangrejos, camarones, y otras cosillas acompañado por la floja cerveza brasilera, rematando con un fuerte "cafeizinho", y luego fui a caminar por el malecón hacia la desembocadura, tanto como para perder un poco de tiempo y reposar la comida de pie.
Pasó un barco pesquero de cierto porte, "trainera" recordaba era su nombre, con los tripulantes afanados en disponer los trebejos de pesca. Los saludé con la mano y el timonel me respondió. 
Bastante más allá dos o tres hombres parados sobre las piedras del malecón arrojaban rutinariamente redes circulares, que luego supe se llamaban "tarrafas", con un gracioso movimiento ondulante aunque al parecer sin resultado. Poco después una barca pequeña, con apariencia de ser también pescadora pero con sólo dos personas, provino del mar hacia su puerto río arriba. El pequeño paisaje, esos movimientos elementales, me relajaban y lavaban mi mente de todo lo que no fuera estar allí.
Nada más notable ocurrió en los siguiente minutos, por lo que finalmente decidí volver. En ese momento vi unas figuras grises que, saltando sobre el agua, remontaban el río. Intrigado, resolví esperarlas para saber de qué se trataba, y cuál no sería mi sorpresa al ver tres delfines que venían retozando. Es sabido que estos simpáticos mamíferos no suelen cursar aguas dulces, y me dispuse a ver un espectáculo gratis de saltos y zambullidas. Pero otra cosa vi.
Los delfines navegaban por el centro del curso de agua, y al llegar a mi altura torcieron su rumbo bruscamente como si algo les interesara. Cuando estuvieron cerca de la costa, unos siete u ocho metros, se pusieron a saltar apoyándose en la cola de esa forma tan peculiar en ellos, que siempre había creído resultado de los entrenamientos. Me entusiasmé tanto que espontáneamente aplaudí, y entonces mi sorpresa no tuvo límites.
Uno de los delfines se adelantó y con voz chillona me gritó:
- ¡Juancho, andá a Praia Guarita!
Quedé duro, como es lógico, pero confieso que lo que encontré absurdo no fue tanto que el bicho hablara (por Dios, todos los días un delfín te da los buenos días) sino que me llamara "Juancho", apodo que solamente lo utilizaban en casa. ¿De dónde habría sacado el bicho la información?
Mi estupefacción impidió que contestara o preguntara. El delfín, quizás interpretando mi demora por sordera, volvió a gritar.
- ¡Juancho, andá a Praia Guarita!
Reaccioné, y le grité que quién era y dónde quedaba esa playa. Sólo recibí como respuesta otro recitado igual, ahora acompañado por los gritos de los otros, que parecían risas, tras lo cual me dieron las espaldas (¿o los lomos?) y se alejaron hacia el mar retozando sobre la superficie como cuando vinieron.
Miré a mi alrededor. Afortunadamente los pescadores estaban a respetable distancia y no parecían haber percibido el incidente, que yo consideraba ridículo. Dudé de mis sentidos: quizá la cerveza o alguna parte de la comida me había caído mal, pensé. No, no podía ser real que un maloliente delfín, así de maleducado y sin presentarse, me gritara "Juancho, andá a..." con una confianza que yo no le había dado, caramba. Y en castellano.
Finalmente pude pensar otra vez. Averiguar dónde quedaba esa playa, cuyo nombre nunca antes había oído, me llevó tres minutos. Qué tenía que hacer yo allí lo sabría - quizás - al llegar. Y si era una alucinación, probabilidad harto cierta, al menos conocería otra playa.
Media hora y algunas vueltas después descubrí que mi promesa interior de visitar las "torres" se había adelantado, pues la bendita playa se encontraba entre dos de los morros, en un parque estatal, y su nombre provenía de un promontorio en punta ubicado al medio, la "Guarita", que completaba una hermosa vista.
Dejé mi auto en un área de estacionamiento y comencé a caminar hacia el borde del agua, donde no alcancé a llegar. Una voz masculina, bien templada, lanzó mi nombre completo, y en castellano.
- Señor Juan Alberto Unditube.
No llamó: afirmó. Me detuve y busqué quién hablaba. Sentado en una piedra al pie del pico Guarita esperaba, mirándome, un hombre de barba rojiza, vestido de sport con un sombrerito tipo tirolés y con una pipa apagada en su mano.
Me acerqué, algo confundido. Mi secretaria sabía que venía a Torres, pero no que vendría a esta playa. Don Geraldo ni siquiera sabía donde iba. ¿Quién podría ser este individuo? ¿Y con qué intenciones me llamaba?
- Buenas tardes, señor Unditube. Por favor, acérquese, que deseo conversar con usted un momento.
- ¿Quién es usted, y cómo me conoce? - pregunté inquieto.
- No se ofusque, caballero. Mi nombre importa poco, pero se lo diré de todos modos: Lucio Fernández. Y no soy el único que lo conoce a usted. Don Geraldo ya lo conocía de antes también.
Explicaba todo calmadamente, como si fueran hechos evidentes, sólo arcanos para mi obtusa mente. Antes que yo reaccionara, continuó.
- Lo mandé llamar, señor Unditube, porque usted está en vías de concretar una importante operación con don Geraldo y me ofrezco a hacer que dicha operación sea mucho más beneficiosa para usted que lo originalmente planeado. No, espere, no le voy a hacer una contraoferta, sino precisamente lo que dije: mejorar sensiblemente esa operación para usted. Claro que, desgraciadamente, don Geraldo no se beneficiará tanto, pero así es el mundo.
- Escúcheme, señor Fernández, no tengo ningún interés en dañar a don Geraldo, a quien prácticamente acabo de conocer, y no veo qué puede hacer usted en esto. Por otra parte, quisiera saber de dónde sacó toda esa información, que se supone es privada.
- Bien, bien - cambió de posición.- Veo que tendré que darle más datos de mi propuesta. Y en cuando a mi fuente de información, luego se lo diré, pero le aseguro que es muy buena y confiable.
- Más le vale que se explique, amigo, y sino déjeme tranquilo.
- Por favor, no se ofusque. Ustedes los hombres de negocios, y más los argentinos, saltan como leche hervida si viene otro con una idea buena que a ustedes no se les ocurrió antes. Simplemente admita que no es perfecto, y escuche.
- Está bien - contesté, y sentándome en otra piedra encendí un cigarrillo, tanto como para ocupar la mano.
- Usted está por concretar un negocio, cuyo contrato está siendo revisado en Buenos Aires, según el cual usted aporta materiales de construcción que don Geraldo usará para construir obras que contrata la compañía de él. ¿Correcto?
- Correcto.
- Bien. Su participación es, a la hora de repartir las ganancias, de un cincuenta por ciento, lo cual parece óptimo y razonable.
- También es cierto.
- Pero si la distribución se hace distinta, como le explicaré, usted llegaría a tomar en un momento dado un virtual setenta por ciento. Escuche: proponga que se dividan las ganancias en cinco porciones del veinte por ciento cada una, de las cuales dos, o sea cuarenta por ciento, sería para cada uno de ustedes. La mitad de la otra parte la llevaría yo, que aparezco por ahí como un inversionista conocido suyo y con buenas conexiones (esto es muy cierto), aunque no tenga tanto capital como ustedes. Aún en el caso que su socio no me viera bien, y que aliándonos quisiéramos fundirlo, no llegamos más que a un cincuenta, y una cláusula que ustedes ya pusieron dice que ante serias discrepancias se debe arbitrar en una tercera compañía multinacional a designar.
- ¿Cómo sabe usted todo eso, si lo terminamos ayer? - salté alarmado.
- Calma, por favor, ya le dije que luego le aclaro eso. Sigo. La otra media parte quedaría como paquete accionario en poder del Directorio de la Compañía de Don Geraldo, con lo cual él vendría a tener una garantía de no intromisión mía, y la Compañía tendría una entrada extra. A cambio de todo eso, usted solicita tener un puesto en ese Directorio, del cual don Geraldo es Presidente, tanto como para poder mantener un ojo sobre las decisiones que pudieran tomarse. ¿Es complicado? Para usted, ducho hombre de negocios, no debiera...
- No, no lo es, pero aún no veo dónde me beneficio tanto como dice.
- Usted agrega una cláusula que en caso de accidente fatal a cualquiera de los tres miembros físicos la mitad de la parte respectiva pasa al resto y la otra mitad a la viuda para su sustento, o a sus parientes, como es en su caso de soltería.
- Pero eso no es correcto, la parte de cada uno pasa completa a sus deudos.
- Excepto que se disponga específicamente en contrario. Conozco a don Geraldo, y la última disposición la aceptará porque las primeras son muy importantes para él.
Me quedé mirándolo. Era evidente que faltaba algo más. Esperé mirándolo interrogativamente. Me miró, exhaló un suspiro resignado y siguió.
- Usted no ve el final, aún. Bueno, se lo diré. Dentro de unos meses, festejando un contrato para un complejo de edificios, saldrán de pesca en un barco desde el río Mampituba, donde usted charló con los delfines, y el barco naufragará. Usted y uno o dos testigos incontestables serán los únicos sobrevivientes, y usted pasará a tener sus dos partes más una o sea el sesenta por ciento, y yo, aliado con usted, otra media parte o sea diez por ciento, lo que suma el setenta de que hablé. Además, tendrá un puesto en un Directorio (que usted puede más adelante copar) que tiene media parte. La viuda podrá vivir bien con su veinte por ciento. Y usted, ahora tan asombrado y escandalizado, aceptará mi propuesta.
Me levanté airado mientras arrojaba el cigarrillo con fuerza.
- ¡Pero usted está loco! ¿Cómo puede ofertarme el homicidio de un hombre para que yo tenga más dinero? ¡Voy a denunciarlo!
Chupó su pipa apagada.
- No grite tanto, que lo oigo bien. No es un homicidio: es sólo que don Geraldo contrajo tiempo atrás ciertos compromisos conmigo, y le aseguro que son muy importantes, y ahora no quiere pagar. Como yo quiero cobrar, usted será mi cobrador.
- Mire, don Fernández - me acerqué terriblemente tenso, con un dedo rígido y tembloroso apuntándole a la cara. - Mire, don Fernández, meta a otro en sus planes de matón de Chicago, entonces. Yo no voy a entrar en esas - y dándome vuelta comencé a retirarme.
Fernández habló con voz calma y pausada.
- Señor Unditube, deseo recordarle una noche de hace dieciocho años, cuando hacía tres meses que usted se había recibido y no encontraba trabajo.
Me paré en seco. Era cierto, por varios meses no conseguí trabajo, y la autonomía económica de mis padres agonizaba.
- Bien, bien. Advierto que la recuerda. Y por supuesto, recordará una frase que dijo en esa oportunidad.
El recuerdo de esa noche, una entre tantas, volvió a mí luego de tanto tiempo. En verdad, había sido una chiquillada, nada serio, pero en esos instantes mis palabras me habían sonado como pronunciadas dentro de un templo en llamas.
- ¿Recuerda que sus palabras fueron "ya que Dios no me ayuda a encontrar un buen trabajo digno del título por el que me rompí todos estos años, entonces que me ayude el Diablo"?
Me volví lentamente hacia él. No había abandonado su posición, y ahora su boca se distendía en una sonrisa no muy agradable. Dio otra chupada a su pipa, que ahora humeó.
- Su pagaré fue levantado, señor Unditube, y usted aplicó su título en trabajos que le reportaron mucho.
- Gracias a mi capacidad y profesionalismo, entiéndalo bien.
- Claro, claro. Y gracias a la muerte de su tía, y su legadito en la firma, y que el señor Hernández, que iba a ser Jefe de Contaduría tuvo una hemiplejia, y que un día le eligieron a usted Director... y que varios de los negocios que usted analizó y recomendó resultaron ser muy buenos, quién sabe por qué... Si, claro, todo fue resultado exclusivo de su capacidad y profesionalismo.
Y largó una carcajada, cuyo timbre me hizo sentir un escalofrío. Lo que comenzaba a imaginar no podía ser. Fausto fue una novela o drama, pero eso no ocurre en estos tiempos modernos. Retrocedí lentamente, sin que ese hombre hiciera ningún esfuerzo por detenerme.
- Amigo mío, usted ya tiene una deuda. Y para poder pagar hoy parte de ella tiene que ayudarme a cobrar la de otro señor que se rebeló. Por eso está aquí.
- ¿Cu... cu... cuál es su nombre verdadero?
- Ya se lo dije: Lucio Fernández.
- No, ese no es. Dígamelo - yo estaba aterrado.
- Bueno, bueno, veo que va entendiendo. Lucio Fernández es la versión doméstica que uso para estas charlas. Vamos, dígame cuál es mi nombre real. ¡Vamos, usted lo sabe!
Abrí los ojos como faros. Balbuceé el nombre, sin creer lo que decía.
- Lu... Luci... Lucifer.
- ¡Exacto, con seguridad! como decía un locutor de TV. ¡Yo sabía que usted es muy inteligente! Bien, bien. Todo está claro. Dentro de dos días le enviarán por la tarde el fax con las notas al contrato, que usted recibirá al otro día por la mañana en el hotel, donde estará sin duda alguna. Por esas cosas, que yo puedo manejar, lo que se recibirá serán esas notas (ya sé que están bien) más mi propuesta. Luego usted volverá y se reunirá al otro día por la tarde con don Geraldo, quien aceptará. Ahora siga paseando, y cuando vuelva al hotel se encontrará con una persona en el hall que lo quiere conocer. Hasta pronto, mi amigo.
Y conforme a las mejores tradiciones se evaporó gradualmente, pero eso sí, sin olor a azufre, que me cae mal. Después de todo, un poco de consideración tenía el hombre - digo, el Diablo.
Volví tres horas más tarde al hotel, aún algo aturdido. Una morocha de ojos verdes (son mi debilidad) se levantó de los sillones al verme llegar, y luego de presentarse me mostró un portafolio con papeles y folletos de lotes y casas en venta, y se ofreció a explicármelo en la habitación porque allí era incómodo. Accedí y el portafolio quedó sobre la mesa de la habitación, de donde lo sacamos para cenar. Al día siguiente paseamos por varios lados solitarios donde no admiramos el paisaje, y terminamos la noche nuevamente en la habitación, mirando el portafolio desde lejos.
A los dos días, mientras tomábamos el desayuno en la cama, llamaron a la puerta y el botones me entregó un fax cuyo contenido sabía yo cuál era. Don Lucio sabía bien que iba a estar en el hotel... y porqué.
La morocha se llevó luego el portafolio sin venderme nada, dejándome un buen recuerdo de la confraternidad argentino-brasilera.
Queda poco por relatar. Los hechos anunciados por Lucio Fernández - prefiero llamarlo así - se cumplieron casi al detalle, sin variar su esencia ni (peor) su resultado. El paseo en el barco que tomamos en un muelle del río Mampituba se cumplió casi al año. Éramos cinco: tres de tripulación, don Geraldo y yo. Nos aproximamos mar adentro a una zona pesquera del otro lado de una isla rocosa, y estábamos sacando presas grandes. Cuando don Geraldo estaba de turno y atado en la silla de pesca, una fuerte correntada llevó al barco cerca de las rocas. Una piedra oculta rompió el timón y el barco, sin gobierno, arremetió contra una roca en punta que destrozó el fondo. Don Geraldo, como dije, estaba amarrado a la silla de pesca y había un tripulante en la sala de máquinas. El barco comenzó a irse a pique rápidamente, y sin posibilidad de salvar a nadie los otros tres pudimos saltar a tiempo a la precaria protección de las piedras de la isla viendo cómo el barco desaparecía en un santiamén.
Varias horas más tarde nos divisaron desde la playa y nos rescataron, soportando el olor a pescado y guano que se nos había impregnado en ese lapso.
Las declaraciones de los tres fueron coincidentes, y la del piloto decisiva en cuanto a la inevitabilidad del accidente: era un navegante experimentado que estaba radicado hacía más de diez años, bien reputado por su pericia.
Todo el resto anduvo perfecto, y hoy soy "capo" de dos empresas multinacionales. Es decir, una vida material sin problemas. Pero.
Pero Lucio Fernández me visitó ayer. Me explicó en pocas palabras lo que desea: una cobranza a otro que no quiere colaborar como cobrador (tiene una empresa naviera en el Perú), y como yo hice muy bien mi trabajo, según él, decidió delegarme las cobranzas del otro... y de paso cobrarle a él. Esto acrecentaría notablemente mi poderío económico y algún otro beneficio marginal. Pero.
Pero aumentaría mi débito. Y no sé cómo pagaré.
Pero lo que sí sé es lo que pasará si no "cobro": no me matará ni me hará matar, porque puedo servirle en el futuro, sino que en unos meses una serie de malas suertes me despojarán de mis riquezas y posición, y tendré que ir de mozo a los restaurantes donde van mis actuales amigos y relaciones, lustrar zapatos en las plazas donde ellos van a pasear, tratar de venderles baratijas y relojes falsificados o dólares en los lugares de veraneo donde van, y me va a vedar la posibilidad de suicidio, solución simple para mí. Hará igual que las arañas cuando guardan su víctima viva e impotente hasta que la precisen nuevamente.

Y sé que no soy el único.
Y quiero avisar a los que aún no entraron en esto.
Y quiero que seamos los últimos.
Y quiero... ¡Quiero saber que hago, Dios mío, que no me ayudaste!

 

LOS TRES VIEJITOS 


Una mujer salió de su casa y vio a tres viejos de largas barbas sentados frente a su jardín. 
Ella no los conocía y les dijo: 
- No creo conocerlos, pero deben tener hambre. 
Por favor entren a mi casa para que coman algo. 
Ellos preguntaron: 
- Esta el hombre de la casa? 
- No - respondió ella -, no está. 
- Entonces no podemos entrar - dijeron ellos. 
Al atardecer, cuando el marido llego, ella le contó lo sucedido. 
- Entonces diles que ya llegue e invítalos a pasar! 
La mujer salió a invitar a los hombres a pasar a su casa. 
- No podemos entrar a una casa los tres juntos explicaron los viejitos. 
- Por que? - quiso saber ella. 
Uno de los hombres apunto hacia otro de sus amigos y explico: 
- Su nombre es Riqueza. 
- Luego indico hacia el otro 
- Su nombre es éxito y yo me llamo Amor. 
Ahora ve adentro y decidan con tu marido a cual de nosotros tres ustedes desean invitar a vuestra casa. 
La mujer entro a su casa y le contó a su marido lo que ellos le dijeron. 
El hombre se puso feliz: 
¡Que bueno! Y ya que así es el asunto, entonces invitemos a Riqueza, dejemos que entre y llene nuestra casa de riqueza. 
Su esposa no estuvo de acuerdo: 
- Querido, ¿por que no invitamos a éxito? 
La hija del matrimonio estaba escuchando desde la otra esquina de la casa y vino corriendo con una idea: 
- ¿No seria mejor invitar a Amor? 
Nuestro hogar entonces estaría lleno de amor. 
- Hagamos caso del consejo de nuestra hija 
- dijo el esposo a su mujer 
- Ve afuera e invita a Amor a que sea nuestro huésped. 
La esposa salió afuera y les pregunto a los tres viejos: 
- ¿Cual de ustedes es Amor? 
Por favor que venga para que sea nuestro invitado. 
Amor se puso de pie y comenzó a caminar hacia la casa. 
Los otros dos también se levantaron y lo siguieron. 
Sorprendida, la dama les pregunto a Riqueza y éxito: 
- Yo solo invite a Amor, ¿por que ustedes también vienen? 
Los viejos respondieron juntos: 
- Si hubieras invitado a Riqueza o éxito, los otros dos habrían permanecido afuera, pero ya que invitaste a Amor, donde sea que el vaya, nosotros vamos con él. 
Donde quiera que hay amor, hay también riqueza y éxito. 


MI DESEO PARA TI... 

Donde haya dolor, te deseo paz y misericordia. 
Donde hay falta de fe en ti mismo, te deseo una confianza renovada en tu capacidad para superarla. 
Donde haya cansancio o extenuación, te deseo comprensión, paciencia y fuerzas renovadas. 
Donde haya temor, te deseo amor y valor. 

 

enviado por Mabel Vergara  whitepaper@giga.com.ar  

 

 

LA DIFERENCIA...
LA diferencia entre los países pobres y los ricos no es la antigüedad del país. Lo demuestran casos de países como India y Egipto, que tienen miles de años de antigüedad y son pobres.

En cambio, Australia y Nueva Zelanda, que hace poco mas de 150 años eran casi desconocidos son, sin embargo, hoy países desarrollados y ricos.

La diferencia entre países pobres y ricos tampoco son los recursos naturales con que cuentan, como es el caso de Japón que tiene un territorio muy pequeño y el 80% es montañoso y no apto para la agricultura
y ganadería, sin embargo es la segunda potencia económica mundial pues su territorio es como una inmensa fabrica flotante que recibe materiales de todo el mundo y los exporta transformados, también a todo el mundo logrando su riqueza.

Por otro lado, tenemos una Suiza sin océano, pero tiene una de las flotas navieras mas grande del mundo. No tiene cacao pero tiene el mejor chocolate del mundo; en sus pocos kilómetros cuadrados, pastorea y cultiva solo cuatro meses al año ya que el resto es invierno, pero tiene los productos lácteos de mejor calidad de toda Europa.

Al igual que Japón no tiene recursos naturales, pero da y exporta servicios, con calidad muy difícilmente superable, es un país pequeño que ha vendido una imagen de seguridad, orden y trabajo, que lo han
convertido en la caja fuerte del mundo.

Tampoco la inteligencia de las personas es la diferencia como lo demuestran estudiantes de países pobres que emigran a los países ricos y logran resultados excelentes en su educación, otro ejemplo son los
ejecutivos de países ricos que visitan nuestras fabricas y al hablar con ellos nos damos cuenta de que no hay diferencia intelectual.

Y tampoco es la Raza la que marca la diferencia pues en los países Centro Europeos o Nórdicos vemos como los llamados vagos del Sur demuestran ser la fuerza productiva de estos países, no así en sus propios países donde nunca supieron someterse a las reglas básicas que hacen a un país Grande.

La ACTITUD de las personas es la diferencia. Al estudiar la conducta de las personas en los países ricos se descubre que la mayor parte de la población sigue las siguientes reglas:

1. La Moral como principio básico.
2. El Orden y la Limpieza.
3. La Honradez.
4. La Puntualidad.
5. La Responsabilidad.
6. El Deseo de superación.
7. EL Respeto a la ley y los reglamentos.
8. El Respeto por el derecho de los demás.
9. Su Amor al trabajo.
10. Su Afán por el ahorro y la inversión.

¿Necesitamos más Leyes? No, seria suficiente con cumplir y hacer cumplir estas 10 simples Reglas.

No somos pobres porque a nuestro país le falten riquezas naturales, o porque la naturaleza haya sido cruel con nosotros, simplemente nos falta carácter para cumplir estas premisas básicas de funcionamiento
de las sociedades.
Enviado por Mabel Vergara whitepaper@giga.com.ar 

 

Continúa ====>

 

 

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