EL HORNERO

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MATERIAL DE DIFUSIÓN DE LA EMISORA EDUCATIVA "El HORNERO"
REVISTA Nº XX- 2001

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PRESENTACIÓN DE TEMAS

* INDEX

* EDUCACIÓN

* COMUNICACIONES
* CULTURA
* HISTORIA
* SALUD
* NATURALEZA Y MEDIOAMBIENTE
* CIENCIA Y TECNOLOGIA
* EDITORIALES

 

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TEMARIO EDITORIALES

* INSTITUCIONES Y DESARROLLO

* SIN LIMITES

* LA GLOBALIZACIÓN VISTA POR UN TEÓLOGO

* FAMILIAS-DESARROLLO Y PROGRESO SOCIAL

* EL MISTERIO DE LA PIEDRA FILOSOFAL

INSTITUCIONES Y DESARROLLO

 

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3. El Desarrollo descubre las Instituciones: del cambio de los supuestos al cambio de las prácticas de desarrollo

"Doctor yo le entendí: si tomamos uno de aquí y lo comparamos con un japonés, el nuestro no es peor; pero si tomamos dos de aquí y los comparamos con dos japoneses, pues ya sabemos por qué cada país está donde está"

(conversación con un dirigente indígena tras discursear de instituciones y desarrollo) It's the Polity, stupid! (The Economist, 29 de junio de 1996)

Nuestro indígena había captado que lo que hace la diferencia en el desarrollo de los pueblos no es la capacidad de sus individuos sino su capacidad de acción colectiva. Si tomados uno a uno no somos menos que nadie, vistos como colectividad se evidencian nuestras carencias. Sin embargo, el caudillismo, el corporativismo, el patrimonialismo, la clientelización o hasta el populismo político no tienen nada de congénitamente latinoamericano; son simplemente la expresión de profundas debilidades de nuestra organización y acción colectiva, es decir, de nuestra institucionalidad. Nuestra propensión a desconfiar de lo colectivo y a refugiarnos en y a proyectarnos desde la esfera familiar, clientelar o corporativa refleja la debilidad de nuestro capital social o institucionalidad informal. Todo ello tiene profundas consecuencias sobre el desarrollo, pero sólo recientemente hemos comenzado a comprender cómo y por qué.

A lo largo de los 90 la comunidad del desarrollo ha descubierto el huevo de Colón de las instituciones, su relevancia política, económica y social, y hasta hay quien pretende saber cómo rediseñarlas o cambiarlas. Ya no hay discurso ni documento que no contenga lo que peligra ser la "nueva panacea": "put your institutions right" parecería ser el nuevo eslogan y hasta el fundamento de las nuevas "condicionalidades". Pero existe una gran confusión pues en la práctica cada uno se refiere a cosas diferentes al hablar de instituciones, cuando sabe de lo que habla. Esto se debe en parte a que las ciencias sociales manejan diferentes conceptos de institución y a que el concepto en sí no es sencillo.

En el lenguaje corriente las instituciones se confunden con aquellas organizaciones a las que atribuimos alguna función o relevancia social. Pero este concepto de institución sería perfectamente innecesario para la teoría del desarrollo. En realidad las instituciones sólo tienen relevancia para el desarrollo cuando se las distingue nítidamente de las organizaciones. Las instituciones son las reglas del juego formales e informales que pautan la interacción entre los individuos y las organizaciones. Las instituciones no son cosas, su existencia es meramente abstracta, no tienen objetivos, aunque cumplen importantes funciones sociales. Son el marco de constricciones e incentivos en el que se produce la interacción social. Se corresponden con determinadas correlaciones o equilibrios de poder y viven y se apoyan en nuestros modelos mentales, valorativos y actitudinales. Por ello mismo no tienen nada de social o políticamente neutral. Son formales e informales: las formales se confunden con las reglas del juego legal o socialmente proclamadas; las informales con las reglas efectivamente interiorizadas y vividas. En América Latina casi nada es lo que parece ser porque, en muchos ámbitos, prevalece claramente la informalidad institucional en contradicción a veces con la formal a la que anula y substituye en los hechos. Por eso casi todo lo importante que en la región acontece toma siempre por sorpresa a los observadores precipitados. Nuestros actores individuales y organizados saben desde luego muy bien de qué va el juego y qué lenguaje hay que utilizar en cada ocasión, saben en definitiva qué corresponde hacer para sobrevivir y, si es posible, prosperar. Pretender cambiar la institucionalidad sin considerar la informalidad -que otros llaman ahora el capital social- no sólo es un despropósito teórico en nuestras latitudes sino sencillamente locura o cinismo.

Tanto el sentido común como la evidencia empírica y los desarrollos teóricos más recientes abonan la relevancia de las instituciones para el desarrollo. El pueblo y los juristas clásicos captaron desde siempre la importancia de las instituciones: es obvio que según sea la calidad del juego, según sean más o menos los admitidos al mismo, según sea el financimiento de sus costes, según se repartan los premios y castigos en función del mérito o del rendimiento, según se permita mayor o menor movilidad en las posiciones de los jugadores y de los equipos, según las reglas del juego permanezcan o se respeten más o menos en el tiempo, es obvio que según sea todo esto se incentivarán o desincentivarán comportamientos individuales y colectivos más o menos productivos, innovadores, correctos, y desempeños sociales más o menos inclusivos, eficientes y equitativos. Los jurisconsultos romanos sabían esto muy bien, como lo sabía también nuestro indígena. Todos convendrían fácilmente que la fortaleza de los pueblos depende de la calidad de sus instituciones y que la verdadera tarea de los ciudadanos como tales son la preservación y el mejoramiento permanente del orden institucional. El legado de Roma a la civilización occidental ha sido el Derecho entendido como sistema institucional formal y en él han bebido hasta hoy todos los pueblos que han querido forjar un destino colectivo consistente y durable.

Desde el plano teórico la mejor fundamentación que nos consta de las relaciones entre instituciones y desarrollo sigue siendo la aportada por el neoinstitucionalismo histórico de Douglas C. North, que ha sido construido desde una teoría del comportamiento humano, combinada con una teoría de los costes de transacción y una teoría de la producción. Se parte de la consideración tradicional de las instituciones como una creación humana para resolver las incertidumbres que surgen en la interacción como consecuencia de la complejidad de los problemas a resolver y de las limitaciones de nuestras mentes para procesar la información existente. Pero se descubre que económicamente las instituciones son importantes en la medida en que determinan lo costoso que en una determinada sociedad resulta hacer transacciones. También porque afectan los costes de transformación y determinan en gran medida la estructura productiva de un país. Finalmente, las instituciones determinan igualmente la cantidad, el tipo y la forma de los conocimientos y habilidades efectivamente disponibles en una determinada sociedad (North: 1991).

Hoy disponemos, además, de evidencias empíricas que abonan una correlación positiva entre desarrollo institucional y crecimiento económico. El Banco Mundial ha recogido diversos estudios que se han ocupado del tema mediante largas series comparativas de evolución del crecimiento entre un gran número de países. Tomando como indicadores de desarrollo institucional la garantía y asignación de los derechos de propiedad, la garantía de cumplimiento de los contratos, la existencia y fiabilidad de mecanismos de solución de disputas incluido el poder judicial, la vigencia efectiva del sistema de mérito y el grado de corrupción existente, se evidencia una correlación positiva entre estos indicadores y las mayores tasas de crecimiento de los países. Esta correlación positiva se sigue manteniendo cuando los indicadores de desarrollo institucional se aíslan de otros factores económicos tales como la inflación, el comercio, el tamaño del sector público, los términos de intercambio y su volatilidad.

Existen estudios que muestran correlaciones también positivas entre desarrollo institucional y mantenimiento de la estabilidad macroeconómica y financiera, y entre desarrollo institucional y tendencia a la reducción de la pobreza. Más importante todavía existen estudios que examinan los efectos de las reglas informales, principalmente de la confianza, sobre el desempeño económico y encuentran que la confianza (más que las instituciones formales) tiende a promover el crecimiento (Banco Mundial: 1998, 15-17).

¿Dónde se encuentra América Latina en términos de desarrollo institucional en relación a otras regiones y a su pasado reciente? El propio Banco Mundial indica que considerando el índice compuesto de desarrollo institucional expuesto en el párrafo anterior América Latina luce detrás de todas las regiones con la sola excepción del África Subsahariana y a pesar de los avances registrados desde 1990. Lo mismo sucede al considerar aisladamente algunos indicadores como el riesgo de expropiación y de incumplimiento de los contratos. También es significativo que los indicadores de corrupción y de calidad del servicio civil no hayan experimentado avances significativos. Encuestas realizadas al sector privado a nivel internacional muestran una percepción que sitúa a América Latina detrás de otros países en desarrollo, especialmente en lo que se refiere a la inseguridad de la propiedad y de las personas y a la confiabilidad del poder judicial. Desde luego las diferencias entre países y entre subregiones -que no procede exponer aquí- son muy marcadas. Pero ello no impide que pueda y deba hablarse de una "brecha institucional" en relación a otras regiones, a pesar de los progresos recientemente realizados. Mejorar la calidad de las instituciones parece, pues, un desafío inesquivable para las políticas de desarrollo en América Latina (Banco Mundial: 1998, 18-24).

El desarrollo ya no puede ser pensado sólo como un proceso de acumulación de capital físico y humano y de adopción de nuevas tecnologías, por más importantes que estos fenómenos resulten. Dicha acumulación y adopción depende críticamente del entorno institucional del país y de los incentivos que el mismo procura. En otras palabras, el problema crucial reside no en la escasez de capital sino en la falta de incentivos para invertir en activos socialmente productivos (pero vulnerables) y en la falta de incentivos de las empresas extranjeras para transferir tecnología y habilidades gerenciales. Los defectos del sistema financiero no proceden de que los bancos no dispongan de sistemas computarizados sino de que la gente no confía lo suficiente en los bancos para depositar en ellos su dinero. El problema no es tanto la falta de recursos para la educación y la salud como la falta de estructuras organizadoras y políticas de precios para proveer estos servicios.

Muchos países que han seguido las recomendaciones del Consenso de Washington se encuentran con graves problemas económicos y sociales. El problema no está en las recomendaciones realizadas, sino en que se requieren cambios más profundos en dos sentidos. Primero, el paquete estabilización-liberalización- privatización necesita encontrar apoyo político dentro del país, ex ante o ex post, pero la sociedad tiene que llegar a aceptar las nuevas políticas, que no pueden funcionar sólo con un cambio en la cumbre. Segundo, las reformas necesitan ir más allá de los equilibrios macroeconómicos y del sistema de precios. El marco institucional de una economía de mercado tiene que ponerse en pie, incluyendo la provisión confiable de los servicios públicos, el mantenimiento de las infraestructuras físicas, la garantía de libertad frente a los excesos del intervencionismo y las regulaciones estatales así como el establecimiento de arenas para la solución de los conflictos. Estas reformas requieren cambios drásticos en las burocracias gubernamentales, en las expectativas de los empresarios y de los funcionarios sobre cómo se comportarán los demás actores, en las actitudes sociales hacia los mercados. El hecho de que este proceso de desarrollo institucional no sea bien comprendido no hace más fácil la tarea de los políticos y de los donantes. Pero es obligado que la comunidad de desarrollo gane una mejor comprensión de todos estos importantes procesos.

Clague et al. 1997

Clague et al. (1999) han elaborado un índice compuesto de desarrollo institucional partiendo de los indicadores contenidos en la Guía Internacional de Riesgo País y en la unidad de Inteligencia de Riesgo Ambiental para las Empresas26. Las variables consideradas han sido el riesgo de expropiación, el nivel de estado de derecho, el grado de repudio por el gobierno de sus contratos. La corrupción gubernamental y la calidad de la burocracia, las expectativas de cumplimiento de los contratos en general, la calidad de las infraestructuras, el potencial de nacionalización y las demoras burocráticas. El índice compuesto así elaborado resulta fuertemente correlacionado con:

* la frecuencia de revoluciones y golpes de estado

* el índice de libertades civiles y políticas subjetivas

* el índice de constricciones sobre el ejecutivo

* con el desarrollo financiero

* negativamente con la inflación

* con la tasa de crecimiento económico

* con el crecimiento del PIB per cápita

* con la acumulación de capital humano

* con las tasas de ahorro e inversión

* con las tasas de reducción de la pobreza.

Clague et al encuentran que un país no tiene ventajas para crecer más rápidamente por ser más pobre, pues esto sólo se da a igualdad de situación institucional. Los países pobres han crecido en promedio relativamente menos que los ricos principalmente porque la mayoría de ellos no han sido capaces de establecer los mecanismos institucionales garantizadores de los derechos de propiedad, del cumplimiento de los contratos y del funcionamiento de una burocracia de calidad. La tabla siguiente (Clague et al.: 1997, 75) sugiere que las diferencias en desarrollo institucional contribuyen relevantemente a explicar las diferencias entre los países relativamente exitosos del Sudeste asiático y los menos de América Latina y África Subsahariana. El contraste es más marcado cuando se tiene en cuenta que 6 países de la OCDE -Grecia, Irlanda, Portugal, Japón, España y Turquía- en el momento de crearse esta organización tenían menor renta per cápita que Argentina, Chile, Trinidad, Uruguay y Venezuela.

 

Estas y otras evidencias disponibles sugieren, pues, que la calidad del sistema institucional de un país puede ser el determinante fundamental de la calidad de sus políticas públicas y del desarrollo no sólo económico sino finalmente humano que es capaz de generar. Si esto es así, la reforma institucional se erige en tema prioritario de la agenda de desarrollo humano, pero para poder producirla efectivamente necesitamos una comprensión razonable de cómo cambian las instituciones, que no son mecanos que podamos modelar a golpe de talento y voluntad.

"Las instituciones y las normas que las expresan pueden ser hechas y alteradas por el hombre, pero no arbitrariamente. El hombre las hace y las altera por una decisión o convención de observarlas o modificarlas. Por eso el hombre es el único responsable moral de las mismas. No quizá de las normas institucionales cuya vigencia en la sociedad descubre cuando comienza a reflexionar por primera vez sobre las mismas, sino de las normas que se siente dispuesto a tolerar después de haber descubierto que se halla en condiciones de hacer algo para modificarlas. Decimos que las normas son hechas por el hombre en el sentido de que no debemos culpar por ellas a nadie, ni a la naturaleza ni a Dios, sino a nosotros mismos. Nuestra tarea consiste en mejorarlas al máximo posible, si descubrimos que son defectuosas. Esta última observación no significa que al definir las normas como convencionales queramos expresar que son arbitrarias o que un sistema de leyes normativas puede reemplazar a cualquier otro con iguales resultados, sino, más bien, que es posible comparar las instituciones sociales existentes con algunas otro modelo que, según hemos decidido, son dignas de llevar a la práctica. Pero aun estos modelos nos pertenecen en el sentido de que nuestra decisión en su favor no es de nadie sino nuestra y de que somos nosotros los únicos sobre quienes debe pesar la responsabilidad por su adopción. La naturaza no nos suministra ningún modelo, sino que se compone de una suma de hechos y uniformidades carentes de cualidades morales o inmorales. Somos nosotros quienes imponemos nuestros patrones a la naturaleza y quienes introducimos, de este modo, la moral en el mundo natural, no obstante el hecho de que formamos parte del mundo. Si bien somos producto de la naturaleza, junto con la vida la naturaleza nos ha dado la facultad de alterar el mundo, de prever y planear el futuro y de tomar decisiones de largo alcance, de las cuales somos moralmente responsables." (Popper, 1985, 70-71).

La referencia a Popper pretende situar el desarrollo humano como formando parte de la responsabilidad moral por la construcción positiva de nuestra historia, la cual pasa en gran medida por el desarrollo de nuestras instituciones, que quiere decir tanto como la mejora de nuestras capacidades de acción colectiva. Pero la cita sirve también para recordar que la reforma institucional no puede producirse sólo desde la inteligencia y la voluntad. Nunca es una creación exclusiva de nuestro arbitrio. Por ello los modelos de racionalidad instrumental y las ideas universalistas de progreso no valen para producir la reforma institucional, salvo cuando las instituciones se metaforizan impropiamente como organizaciones maquinales. La reforma institucional y el desarrollo humano pueden ser estimulados y apoyados exógenamente, pero no pueden producirse sosteniblemente sin su endogeneización. En un momento en que un Neo-Washington Consensus parece emerger, de acuerdo con el cual todo el mundo habla ya de "ownership", participación, equidad de género, sostenibilidad medioambiental, focalización en la pobreza, y hasta de superación de desigualdades, desarrollo humano y reforma institucional, no está claro que las mentes, los corazones, las organizaciones y las capacidades de la ayuda internacional se desarrollen coherentemente. ¿Qué significa, por ejemplo, evaluar el desempeño de un proyecto de reforma institucional? Si la respuesta se hace, como de hecho se pretende tantas veces, desde la lógica del racionalismo instrumentalista inspirador que ha inspirado la nueva gestión pública, la frustración está garantizada. Alguna mayor reflexión sobre el cambio institucional se hace indispensable.

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Editor de "Contexto Educativo y Nueva Alejandría Internet

Sin Límites

Como nunca antes, la modernidad nos pone de cara a las más profundas contradicciones del espíritu humano. Bien es sabido que la naturaleza de nuestra especie no escapa a las reglas de simetría que permean al universo entero -esa especie de maniqueísmo cósmico que determina que coexistan la izquierda y la derecha, la materia y la antimateria, la luz y la oscuridad, el bien y el mal- de tal modo que en la raíz de todos nuestros comportamientos podemos encontrar, inevitablemente, formas diversas de altruísmo y egoísmo sin que nos sea posible determinar en ellas un valor positivo absoluto. Un individuo generoso que da la vida para que otro viva hace un bien al prójimo pero se daña a sí mismo; el egoísta que roba algo vital, como ser el alimento, perjudica a sus prójimos, pero se hace un bien a sí mismo y, eventualmente, a su descendencia.

El dilema del relativismo moral es inexistente para la evolución darwiniana, porque allí los conceptos de "bueno" o "malo" son sustituidos por la lógica ternaria del favorable-irrelevante-desfavorable para la supervivencia de los propios genes. Es sólo nuestra permanente tendencia a humanizar el universo de nuestros comportamientos lo que hace que pensemos que el cucú es un pájaro "malo" porque mata a las crías de otra especie para parasitar su nido, o que el tero es un ave "buena" porque grita y se expone para atraer a los enemigos que amenazan a su progenie.

Sin embargo, transportados a la cultura humana, los conceptos de altruísmo y egoísmo definen -para la mayoría de las personas- una moral con muy poco de relativo. Todos construimos para nosotros mismos una ideología personal basada en la noción de que hay acciones verdaderamente buenas o malas, reflejo de aquella platónica suposición que dice que todas las cosas tienen una esencia superior -real- que es inmutable y determinista. Los actos buenos se nos aparecen entonces como instancias menores de "la bondad" o de "lo positivo", en eterno conflicto con "la maldad" y "lo negativo". Apreciamos la libertad, despreciamos la opresión; valoramos a quien permite, abominamos de quien prohíbe; respetamos a quien tolera, denigramos a quien censura.

La sociedad humana, sabiéndose dominada por los atávicos mandatos de una indiferente etología evolutiva, necesita con urgencia rescatar para sí reglas claras de juego que le permitan tanto la supervivencia como el desarrollo de su potencial cultural, y entonces surgen formas institucionalizadas de moral -las religiones, los gobiernos- que con justificaciones varias dan carácter oficial a los comportamientos tenidos por deseables, y estigmatizan al resto.

No obstante, la sensación profunda que todos tenemos sobre la inmutabilidad y permanencia de nuestras concepciones éticas -y nuestro ferviente deseo de que así sea- el relativismo moral existe y goza de buena salud. Es harto evidente que siempre hay un punto de vista desde donde la moralidad canónica de cualquier acto puede ser puesta en duda y, de hecho, hasta las instituciones que hacen las reglas las violan a sabiendas y repetidamente, convencidas de que en esos casos están haciendo un bien al hacer mal. Un país en guerra, por ejemplo, está virtualmente obligado a engañar a su rival y a mentir sobre su situación bélica porque, de otro modo, sería fácil presa de los ejércitos enemigos. No se trata aquí de que "el fin justifique los medios", sino de que los medios no guardan proporción con el fin, de tal forma que siempre nos parecerá justificable una pequeña inmoralidad si a la larga o a la corta produce un enorme beneficio, en especial cuando éste es objetivamente bueno.

A pesar de toda la evidencia que indica que lo que llamamos "moral" es demasiado difuso y muy a menudo inaplicable, hay personas y grupos que esgrimen una ética de lo absoluto ciertamente dañina.

Del cajón de los recortes periodísticos notables surge este artículo, muy apto para razonar un poco sobre el relativismo moral y los límites de la libertad en nuestros tiempos.

¿Es inmoral el pedido de la Capitol News Service? No si nos atenemos a la Historia, donde la exhibición de los condenados a muerte y sus ejecuciones públicas son casi una constante. Pensemos en el Circo Romano, en las hogueras de la Inquisición, en los cadalsos donde perdían la cabeza los reyes o sus concubinas, en la guillotina de Robespierre, en los fusilamientos de espías y traidores, en los linchamientos del Lejano Oeste, en el garrote vil de la España moderna o en las lapidaciones de los talibanes, y veremos todas esas formas de bárbara venganza rodeadas de una nutrida concurrencia, entusiasta, satisfecha y hasta agradecida por el espectáculo. ¿A qué asombrarse, entonces, de que alguien desee hoy aprovechar los medios masivos de comunicación para llevar el último suspiro de los reos floridenses a los cuatro puntos cardinales, en color y en estéreo?

Sin embargo, esta solicitud de los medios no se autoinscribe en una continuidad histórica, y allí es donde pone de manifiesto su debilidad. Venimos de un siglo en el que las ejecuciones públicas han sido progresivamente eliminadas de las carteleras de los países civilizados como "eventos sociales", y donde se construyó una conciencia bastante extendida en su contra, llegándose incluso a negar derechos a la mismísima pena de muerte.

Por un lado, es natural que así sea. En otros tiempos era común asistir al final de la vida -de la ajena, claro está- por culpa de enfermedades, guerras y accidentes. Los antibióticos y el pacifismo -fenómenos inéditos de la Historia Moderna- hicieron que la muerte se escondiese en un rincón, y para olvidarla del todo los humanos la hicimos tan privada e íntima como nos resultó posible. La muerte hoy es como las ratas: antiguamente, todas las mujeres citadinas hacían una cuestión de género su aversión visceral hacia ellas; hoy dicen temerles... pero es dudoso que hayan visto una, aunque haya sido de lejos.

Algo similar sucedió con el sexo hasta los años setenta. Por décadas de cine y televisión lo único que se permitía era un beso -sugestivo de avances mayores- al principio invisible detrás de un paraguas o del ala de un sombrero. Y, al fin y al cabo, si superamos este prurito del erotismo; si hoy mostramos a diestra y siniestra el acto sexual sin velos ni discretos esfumados; si el realismo nos autoriza a divulgar lo más íntimo de la sexualidad... ¿por qué no aplicar idéntico criterio con la muerte?

No, señores, no es así. La Capitol News Service no argumenta en base a ningún antecedente histórico ni hace suyo el "progreso" hacia el realismo de las costumbres y de su representación artística. Dice, en cambio, que "los actos de gobierno no pueden ser secretos" y que, por lo tanto, las ejecuciones deben hacerse a la luz del día, con cámaras tomando en primer plano todo lo que sucede (curioso postulado en un país que todavía no sabe quién mató a su cuadragésimo primer presidente porque los documentos más sensibles de la investigación permanecen bajo cuatro sellos hasta dentro de varias décadas; hogar del FBI y la CIA, reyes indiscutidos del recontraespionaje y cunas de los más reservados proyectos bélicos). ¡Qué más quisiéramos que los EEUU no tuvieran secretos! Pero... ¿es el último estertor de un condenado el primero que debemos develar?

Por supuesto, la lectura correcta es otra y no son suficientes las ironías para explicarla. Se trata, nada más ni nada menos, que de una escalada disolutoria que apela a la moral para difundir y lucrar con lo in-moral. Tenemos derecho a saberlo todo, ergo debemos verlo todo: esta parece ser la regla para los medios, y entonces pugnan por convencernos de que nos están haciendo un favor al luchar contra el sistema en defensa de nuestras libertades. Triste como suena, muchos les creen.

Clínicamente estamos volviéndonos víctimas de un fenómeno de acostumbramiento. Los hacedores de espectáculos se han sumergido hace rato en una carrera por proveernos de emociones cada vez más fuertes -el realismo de que hablábamos- sólo para acercarnos a la butaca del cinematógrafo o para atarnos a la pantalla del televisor con crudas motivaciones, esto es para que consumamos sus productos y la publicidad asociada. En el proceso nos hemos insensibilizado paulatinamente, y es razonable que busquen ahora entusiasmarnos con nuevos y más grandiosos efectos especiales y estimulantes sensaciones, a medida que las viejas pierden "la gracia". La muerte real, en vivo y en directo, es el próximo objetivo de Hollywood y de los medios.

No es novedad que la televisión está tanteando el ambiente para ver cómo le va en la aventura. Los noticieros, por ejemplo, en su afán por llegar siempre primeros llegan muchas veces antes, y se aseguran la primera fila en los tiroteos, los atentados y los accidentes más espantosos. Cada día que pasa las cámaras se detienen un segundo más en la sangre, los teleobjetivos nos aproximan un centímetro más hacia el miembro mutilado, y el "replay" nos muestra una vez más de lo necesario esa escena que, narrada, nos habría quitado el apetito, pero que vista en colores y repetida hasta el hartazgo acaba por parecernos tan insípida como una mermelada "light".

La ley no es insensible a estos escarceos mediáticos con la muerte o la tragedia; después de todo, existen regulaciones más o menos universales que limitan lo que puede exhibirse en público en base a la "moral y las buenas costumbres", y es aceptado que demasiada sordidez llega a atentar contra ellas. Pero la ley puede tener un espíritu y los jueces otro, o ninguno. En nuestro país son muchos los casos de productores y artistas multados por cruzar alguna de las invisibles barreras del buen gusto, pero jamás se les ha quitado una parte sustancial de las ganancias que los programas sometidos a condena les generaron o se los ha encarcelado por ellos. En otras palabras, es absolutamente rentable pagar la multa y seguir haciendo lo que sea, antes que llamarse a recato por temor a un inocuo castigo simbólico.

No obstante, este mercantilismo abyecto es todavía poco potable para servir como explicación general frente a la audiencia. Entonces, ¿a qué se apela? A los Derechos, a la Libertad, interpretándolos como valores absolutos cuya fragmentación o limitación es imposible sin destruir su esencia; esto es, a una moral dogmática e intransigente donde "todo" es sinónimo de "bueno". No es buena una libertad restringida; hace falta tenerla entera; no parece un buen derecho aquel que tiene un límite; debe ser irrestricto y sin condiciones para ser un derecho que valga la pena. Esta es la base del argumento de la Capitol News Service, que exige que una regla general aplicable al Estado -difundir apropiadamente sus obras- sea respetada en todas las circunstancias, sin menoscabo alguno, a rajatabla.

Es curiosa esta postura, porque pareciera ser que lo que es obligación del Estado en forma absoluta no alcanza a los medios que lo reclaman. En efecto: ¿difunden los canales de televisión las reuniones de directorio donde se diseñan las programaciones, donde se sientan las bases ideológicas de lo que se va a producir, donde se concretan millonarios negocios publicitarios a contrapelo del Arte o del buen gusto, y donde se contratan equipos de psicólogos y sociólogos para dirigir la voluntad del público hacia las áreas más lucrativas del espectáculo? ¿Nos permiten conocer, acaso, los tejes y manejes de los noticieros, el por qué se difunde una noticia y no otra, los mil y un intereses creados que tiran de los hilos informativos?¿Nos dan alguna oportunidad de enterarnos de los pormenores de las campañas de prensa que destronan políticos y coronan a sus sucesores a espaldas de la opinión pública, cuando no del voto popular? ¿Acaso no tiene el pueblo derecho a un programa "especial" de fin de año, donde se revele la intimidad de los popes mediáticos y se los vea reírse y brindar con champaña por haber burlado la inocencia de los espectadores durante trescientos sesenta y cinco días ininterrumpidos sin que nadie se haya dado cuenta o les reclame? ¡Caramba! Si no hay secretos de Estado, menos debería haberlos corporativos; si la Verdad es un valor absoluto, también debería alcanzar a la televisión y a quienes la hacen, ¿o será que sus responsables se consideran más allá del bien y del mal?

Sí, es curiosa la contradicción, pero hay una todavía mayor. Cuando a los productores o periodistas se les pregunta qué es lo que los mueve a defender estos derechos absolutos -a informarlo todo, a mostrarlo todo, a no someterse a restricción alguna- suelen responder con una muletilla sorprendente, y dicen: "porque el público lo pide". Es entonces cuando toda la lógica se derrumba. No buscan los medios mostrar la muerte de un condenado o cualquier otra barbaridad por ejercer un Derecho, sino como reacción a un (supuesto) deseo popular. Antes no lo hacían porque nadie lo pedía; no era esa la costumbre. Ahora lo exigen porque la gente ha cambiado en sus gustos, porque los antiguos códigos ya no la satisfacen y se han adoptado unos nuevos, y ellos -respetuosos de la audiencia- se lanzan contra el Sistema para darle satisfacción. No indagan sobre quién demonios cambió las preferencias populares; no preguntan si es bueno lo que el pueblo quiere ahora: si lo quiere, entonces debe serlo.

Y así, entre las apelaciones a los valores absolutos y la pendularidad, llegamos al final de la historia. Los medios -aunque la abstracción no es conveniente y preferiríamos decir "las personas que trabajan en ellos"- son una clara muestra de decadencia ética y un factor más de la alarmante disolución social de nuestros días, porque, al fin y al cabo, de tanto ir y venir entre los extremos, terminan ejerciendo casi como una profesión una ideología intermedia, ambigua, cínica y destructiva, que no es el relativismo, sino la hipocresía moral.

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La globalización, vista por un teólogo

Autor: Leonardo Boff fuente: IPS/Comunica

EL nuevo desafío que enfrenta la Teología de la Liberación es el de contrarrestar el poder y la influencia de la galopante e intransigente globalización.

El viraje hacia la globalización comenzó en 1519-22, cuando la expedición de Fernando de Magallanes circunnavegó el planeta. Desde entonces, el mundo sufrió un gradual proceso de occidentalización.

La cultura occidental logró imponer su enfoque de la naturaleza a través de la ciencia y la tecnología, su manera de organizar la sociedad (democracia representativa), su concepto sobre la persona (los derechos inalienables del ciudadano) y su modo de entender a Dios (cristianismo).

Este proceso no se llevó a cabo pacíficamente. El mayor genocidio de la historia tuvo lugar durante la invasión española de México y Perú, mientras que Africa fue colonizada y destruida. Asimismo, el Lejano Oriente fue masivamente afectado por la potencia militar y económica de Occidente.

Esta fue la Edad de Hierro de la globalización, en la que se sentaron las bases de la que sufrimos actualmente y que se manifiesta en las esferas económica, política y espiritual.

Los procesos económico y político van de la mano. Occidente prácticamente ha forzado a los pueblos de la Tierra a organizarse en naciones Estado. La democracia se ha introducido en la psique de casi todos los países, ya sea como valor universal para las relaciones humanas o como una forma de organización del poder estatal.

Pero la democracia puede trabajar sólo en una atmósfera de respeto por los derechos humanos colectivos y de fomento de los mismos. Los derechos humanos, a su vez, presuponen entender lo humano como un fin en sí mismo y nunca como un medio para alcanzar un fin. A la luz de la validez de los derechos humanos, todo el poder debe ser limitado por una Constitución y controlado por el pueblo o sus representantes.

Las grandes guerras mundiales, y en particular la Guerra del Golfo de 1991, son un ejemplo del efecto negativo de la globalización.

Tres factores han hecho de la globalización una realidad evidente: el desarrollo de las comunicaciones, la amenaza de la destrucción nuclear y la inquietud por la situación del ambiente en nuestro planeta.

La alarma ecológica fue hecha sonar por el Club de Roma en 1972, cuando se aseveró que el tipo de desarrollo industrial adoptado por la Humanidad supone un ataque sistemático contra la naturaleza, el agotamiento de los recursos no renovables y un enorme deterioro de la calidad de la vida de todos los seres vivos del planeta.

Ahora tenemos ya pruebas concretas del ecocidio (destrucción del ecosistema), del biocidio (extinción de las especies vivientes) y del geocidio (muerte de la Tierra) en curso.

Pero la globalización se puede también manifestar dentro del reino de la espiritualidad. Factores económicos, políticos y sociológicos dan lugar a otra determinante de la globalización: se despierta una nueva conciencia planetaria de que todos somos corresponsables de nuestro destino común, del destino de los seres humanos y de la Tierra.

La Teología de la Liberación pregunta: ¿dónde encajan los pobres en el proceso de globalización? Económicamente, la globalización obedece a las exigencias del capital, que favorece la apropiación privada de los beneficios y la potenciación de las ganancias. Como resultado de ello, la globalización económica conduce a la exclusión de las masas.

Entre 1965 y 1990, cuando el proceso de globalización comenzó a acelerarse, la riqueza del planeta aumentó 10 veces, mientras que su población sólo se duplicó. También en ese periodo, la porción de riqueza mundial de la que se apropiaron los países ricos se incrementó del 68% al 78%, en tanto que la participación de su propia población se redujo del 30% al 23%.

Tal distorsión pone en claro que este tipo de mercado es profundamente antisocial pues no produce según las necesidades humanas sino para satisfacer sus propias exigencias. Los teólogos de la liberación no nos oponemos al mercado, que podría ser una institución central de la sociedad moderna, pero no podemos aceptar un tipo de mercado que resulta letal para la gran mayoría de la humanidad.

Ante el aumento del hambre en el mundo será preciso cambiar la naturaleza de la economía mundial para poder sobrevivir. También tendremos que aprender a considerar la economía no sólo en términos de crecimiento económico sino también como un medio para satisfacer las necesidades de todos los humanos y de otros seres de la creación.

Políticamente, la Teología de la Liberación tiene serias reservas con respecto a la homogeneización de la Humanidad a través de la generalización de los valores occidentales.

Nuestra tarea consiste en apoyar a las sociedades multiculturales y multirreligiosas, respetando sus variadas formas de organización social y política, basadas en sus respectivas culturas. El principal desafío es el de conseguir alimentar formas de coexistencia que no excluyan a nadie.

No sólo deben ser liberados los oprimidos, sino también todos los seres humanos. Todos vivimos esclavizados por un sistema que nos hace enemigos de la naturaleza. No sólo están gritando los pobres; también la Tierra está gritando contra nuestros sistemáticos ataques.

La Teología de la Liberación insta a la recuperación del carácter sagrado de la Tierra y al respeto de las tradiciones espirituales de las culturas oprimidas, quienes, en general, honran a la Tierra como a la Gran Madre.

Esta actitud puede ayudar a crear límites a la codicia moderna y a hacer posible una noción de Dios que podría superar el dualismo del cristianismo occidental entre Dios y el mundo, alma y cuerpo, lo femenino y lo masculino.

Unicamente un cristianismo que rompa su alianza con el poder de este mundo, relativice su identificación con la cultura occidental y defienda la causa de los desdichados de la Tierra -que son dos tercios de la Humanidad-- estará en condiciones de reivindicar la herencia de Jesús.

Hace falta un cristianismo de liberación que ayude a crear una forma de globalización que busque la armonía dentro de la diversidad, no sólo en los aspectos económico, político y cultural sino también en lo religioso.

Leonardo Boff es profesor de Etica y Filosofía de la Religión en la Universidad Estatal de Río de Janeiro y autor de numerosos libros sobre la Teología de la Liberación.

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"Familias: agentes y beneficiarias del desarrollo y el progreso social"

Publicado en : "El Comercio" de Perú

La erradicación de la pobreza es una prioridad central para el desarrollo. La pobreza pasa por todos los aspectos de la vida social y amenaza la capacidad de las familias de satisfacer las necesidades de sus miembros. Además la pobreza es la causa de la marginación social. Hay, por lo tanto, una necesidad de que los esfuerzos intersectoriales apoyen y ofrezcan programas de protección a la familia.

Así lo revela un mensaje de la Organización de las Naciones Unidas con motivo del Día Internacional de la Familia, que se celebró el 15 de mayo y que en todo el mundo ha merecido una serie de homenajes y reflexiones a propósito del papel fundamental que juega en el desarrollo de las sociedades.

Enfatiza que es necesario reforzar las instituciones de bienestar social para asegurar que se adopten las políticas de familia y las medidas en su apoyo (como subsidios a los cuidados de los niños, seguridad social, beneficios por incapacidad y asistencia a las familias que tienen dependientes).

Kofi Annan, Secretario General de las Naciones Unidas señaló que la observancia tradicional del 15 de Mayo como Día Internacional de la Familia se centra en esa unidad fundamental de cohesión y coexistencia social.

El tema de este año "Familias: agentes y beneficiarios del desarrollo y el progreso social" afirmó, pone énfasis en el rol crucial de las familias en la sociedad.

Subrayó que una estructura familiar sólida conduce al bienestar de sus miembros y, en general, de la sociedad. Es dentro de la familia donde los niños pueden aprender valores positivos que los guiarán por el resto de sus vidas, y es dentro de la familia que las personas pueden aprender lecciones claves sobre igualdad, tolerancia y responsabilidad compartida.

Así como las familias son motores del desarrollo, son también beneficiarias del mismo. Donde el desarrollo es lento o no existe, la capacidad de la familia para satisfacer las necesidades de sus miembros estará restringida. Y donde el conflicto socava el desarrollo y la inestabilidad prevalece, las familias se ven también socavadas, quitando a la sociedad el pilar esencial para la paz y la prosperidad.

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El misterio de la piedra filosofal

Una crítica a El misterio del capital de Hernando De Soto * Autor: Jorge Gascón

En el ámbito peruano, y desde hace más de una década, han surgido estudios centrados en la población emigrante urbano-marginal de origen rural y andino que evidencian cómo la denominada economía informal no es necesariamente sinónimo de pobreza o marginalidad. Y es que como informal designamos a un heterogéneo sector en el que participa tanto la vendedora de golosinas que establece su puesto en una esquina de la calle, como el propietario de un taller que emplea cinco, diez o más trabajadores. Estos últimos son una minoría, pero significativa por cuanto que son emigrantes que han logrado con éxito superar las limitaciones económicas en las que parecían trabados. Omar de León (1996) calcula que, si bien la mayoría de las empresas informales urbanas del Perú se mueven en el umbral de la subsistencia, un 29% son competitivas y eficaces, generan excedentes y están compuestas por varios trabajadores.

Para los distintos investigadores que han trabajado el tema1 dos son los elementos que explican el éxito empresarial de este sector de la población. Por un lado, que sabe aprovechar los recursos socioeconómicos que su cultura le ofrece para competir en la economía de mercado. El empresario emigrante e informal utiliza unas reglas de comportamiento transmitidas de generación en generación. Activa sus redes de parentesco, paisanaje e incluso religiosas, que le permiten acceder a mano de obra cuando lo requiere, una mano de obra con la que no sólo establece una relación de patrón y trabajador, sino de "algo más". Mantiene también una ética del trabajo peculiar, que también lo convierte en "algo más" que una mera actividad económica. Ambos elementos se traducen en largas horas de jornada y en flexibilidad laboral.

El otro elemento que destacan es el carácter del mercado peruano: se trata de un mercado postergado, con restricciones importantes, y del que el capital se fugó a causa de la situación de violencia política vivida en el Perú durante década y media. Este contexto permitió que el empresario informal no encontrase competidores en muchos sectores de la economía, sino una amplia demanda desatendida que él era capaz de cubrir.

Desde la década de los 80, Hernando De Soto ha visto en este empresario urbano-marginal exitoso la vía que podía permitir salir de la pobreza al Perú y, últimamente, al Tercer Mundo. Ése es el principio de su trabajo y del Instituto Libertad y Democracia que él creó y dirige, principio ya planteado en su libro El otro sendero (1986), que en su día se convirtió en un bestseller.

En El misterio del capital, el autor descubre cómo estos emigrantes han roto la frontera de la pobreza a la que parecían abocados. Pero también observa que, por un lado, no todos los pobres del Tercer Mundo son capaces de dar ese salto y que, por otro, este nuevo empresariado tampoco es capaz de convertirse en el motor económico de sus países. ¿Por qué? Esa es la pregunta a la que el libro intenta dar respuesta. Más concretamente, la pregunta, como se explicita en su subtítulo, es: ¿por qué el capitalismo prospera en una parte del mundo y en el resto, no?

El discurso de De Soto se inicia a partir de una primera respuesta a esta pregunta: "la gran valla que impide al resto del mundo beneficiarse del capitalismo es la incapacidad de producir capital" (pp. 31). Hasta ahí, nada nuevo.

Ahora bien, la originalidad del libro es que asegura que los "pobres", en contra de la apariencia, sí tienen los elementos necesarios para su capitalización. Un estudio comparativo realizado en cinco grandes urbes de cinco países distintos del Tercer Mundo (El Cairo, Lima, Manila, Ciudad de México y Puerto Príncipe) descubre al autor que los "pobres" tienen patrimonios nada desdeñables. Sobre la base de su investigación, por ejemplo, De Soto afirma que el metro cuadrado en la avenida que une Lima con su aeropuerto, y que atraviesa barriadas urbano-marginales, es tan o más caro que en los selectos distritos de San Isidro o Miraflores.

El problema, por tanto, no es la escasez de recursos. El problema es que los "pobres" no son capaces de convertir estos recursos en activos reales.

En las sociedades occidentales, y de ahí su éxito, la propiedad es un activo. Es decir, que más allá de su valor de uso, la propiedad sirve para adquirir un capital inicial; permite al propietario, por ejemplo, solicitar un empréstito. En el Tercer Mundo, en cambio, esto no es así. La razón es que la propiedad es precaria. Dejemos que lo explique el mismo De Soto:

"Las casas de los pobres están construidas sobre lotes con derechos de propiedad inadecuadamente definidos, sus empresas no están constituidas con obligaciones claras y sus industrias se ocultan donde los financistas e inversionistas no pueden verlas" (pp. 32)

En estas circunstancias:

"La mayoría de ellos no cuenta con los medios de representar su propiedad y crear capital. Tienen casas pero no títulos, cosechas pero no certificados de propiedad, negocios pero no escrituras de constitución ni acciones que permitan a sus activos llevar una vida paralela en el mundo del capital" (pp.33)

En resumidas cuentas: los "pobres" del Tercer Mundo tienen propiedades (casas, terrenos, empresas), pero no las pueden convertir en activos reales ya que carecen de títulos de propiedad, y sin ellos no pueden dirigirse a una entidad financiera a solicitar un préstamo que les sirva de primer capital para posibles inversiones productivas.

De Soto solicita a los gobiernos que comprendan que sus legislaciones están anquilosadas y que las armonicen con las circunstancias reales de su sociedad. No es que en los países del Tercer Mundo no haya leyes, sino que no son las oportunas para permitir el desarrollo de las capacidades de la población urbano-marginal. Por una parte, estas legislaciones consideran a la emigración como un fenómeno problemático que genera conflictos, colapsa los servicios urbanos, etc., por lo que establece medidas dirigidas a controlarlo y reducirlo. Por otra, caen en el error de adoptar disposiciones características de sociedades ya desarrolladas como, por ejemplo, excesivas normas impositivas. La perspectiva debe ser distinta: ver a esta población como agentes de desarrollo y concederles todas las facilidades para alentarlos. Y esto pasa, como elemento esencial, por concederles los derechos de propiedad de sus bienes.

Además, en un contexto de discrepancia entre norma y realidad social surge de forma natural la ilegalidad y las mafias. Cuando la propiedad no está institucionalizada, nadie es responsable de ninguna obligación, nadie responde ante fraudes y pérdidas.

El problema de la pobreza es, por tanto, institucional. Y su solución está en institucionalizar las propiedades de los pobres. La diferencia entre países ricos y países pobres consiste en que la propiedad legal está difundida en los primeros, mientras que sólo una parte de la sociedad tiene estos derechos en los segundos.

Es, por tanto, factible el desarrollo de los países pobres. Lo único que deben hacer es seguir los pasos de los países ricos, que en su día también fueron "Tercer Mundo". La Europa de la revolución industrial o los Estados Unidos recién independizados también se encontraron con migraciones incontrolables, crecimiento de los sectores extralegales, pobreza urbana y tensiones sociales. Pero en su momento supieron reconocer los derechos de propiedad extralegales, y ese fue el elemento que permitió su prosperidad económica.

Terminado de leer el libro, al lector le queda la sensación de que la respuesta es insuficiente. ¿Un fenómeno tan complejo y extendido como la pobreza es resultado de un sólo factor? ¿Y este factor es simplemente institucional? ¿La solución es tan sencilla como cambiar el marco legal de los países del Tercer Mundo? Uno no puede dejar de creer que De Soto está introduciendo en la economía ciertos principios del pensamiento postmoderno: los relacionados con la escuela del Pensamiento Débil. O de la alquimia del Medievo, en su empeño por encontrar la piedra filosofal.

A la hora de estudiar el texto habría que empezar por observar su ámbito epistemológico.

Es difícil no estar de acuerdo con la proposición inicial a partir de la cual el autor empieza a construir su discurso: lo que impide a la mayor parte de la población de los denominados países pobres, del Tercer Mundo o del Sur un desarrollo capitalista semejante a la de los países occidentales es su incapacidad de producir capital. Lo que ya parece más criticable es la explicación que ofrece de este fenómeno.

De Soto forma parte de aquellos investigadores que no valoran cómo se acumuló el capital inicial en los países occidentales; parecería que el factor colonial europeo fue una contingencia que nada tuvo que ver con su desarrollo económico. También obvia que, actualmente, buena parte de la economía de los países del Tercer Mundo se establece según las necesidades de los países del Primero.

¿Hasta qué punto entrar en esta discusión no sería repetir una controversia que lleva décadas produciéndose? La consideración liberal de que el problema de los países pobres es que no están desarrollados, y que lo único que deben hacer para salir de su postergación es imitar los pasos de los países ricos, ha sido sobradamente contestada desde diversos ámbitos: inicialmente, por las teorías del Subdesarrollo, y posteriormente por diversidad de otros autores y escuelas.

Reseñar todas las críticas que se han planteado a este posicionamiento sería largo, y hay bibliografía que lo expone con suficiente claridad. No obstante, por su novedad, puede valer la pena replicar con un planteamiento procedente del ámbito de la ecología política: el de la "pisada ecológica". El objetivo de este planteamiento es descubrir cuál tendría que ser el territorio de un país para que su población pudiera vivir de forma sostenible y con los niveles de vida a los que está acostumbrada. Estos cálculos comprenden categorías como la cantidad de tierras agropecuarias necesarias para mantener la dieta existente o las plantaciones de bosques destinadas a la producción de madera y papel que se consume. Sorprendentemente, los resultados muestran situaciones tan desequilibradas como la de que los países europeos necesitan y "usan" espacios diez veces más grandes que sus propios territorios (Wackernagel & Rees 1995).

Si De Soto asegura que el camino a seguir por los países pobres es el de los países ricos, que el proceso ha de ser el mismo, es porque no acepta que existan relaciones económicas desiguales entre ambos mundos. Pero si los países occidentales viven tan por encima de sus posibilidades ecológicas, debe ser porque extraen riqueza de algún otro lado. ¿De dónde?

Dejemos el ámbito epistemológico del que surge el libro y entremos en sus tesis.

El autor explica que un sector urbano-marginal es propietario y tiene empresas exitosas y/o con posibilidades de crecimiento. Tras esta constatación, lo lógico sería pensar que se hubiese interesado en investigar las razones de este fenómeno. Sin embargo, De Soto lo resuelve achacándolo a la capacidad de iniciativa del emigrante y a que, en contra de lo que pudiera parecer, tiene capital, aunque de forma extralegal.

Como ya hemos dicho al principio de este texto, es cierto que un sector importante de las poblaciones urbano-marginales del Tercer Mundo ha roto con las limitaciones económicas en las que podía parecer atrapado. No obstante, este sector no deja de ser minoritario. Junto con el exitoso empresario que tiene ocho o nueve trabajadores a su servicio, nos encontramos con estos ocho o nueve trabajadores, o con otros "empresarios" menos afortunados, que viven al límite de la subsistencia, con bajos ingresos e inseguridad laboral, sin acceso a ningún sistema de seguridad social, y que deben realizar largas jornadas de trabajo. Ante esta situación, la explicación de que "todos" tienen capital o de que "todos" son emprendedores no es suficiente.

De Soto toma el todo por la parte: generaliza a partir de lo que sólo le sucede a una minoría. Además, desconoce que el éxito de este sector se basa en la explotación de otros, mayoritarios, y cuyas posibilidades de éxito son más limitadas.

¿Por qué unos emigrantes tienen éxito y otros no? Tal vez este debería haber sido la primera cuestión a la que el autor se debería haber enfrentado. Posiblemente, entonces, habría descubierto que no todos los emigrantes emigran en las mismas condiciones, porque las sociedades rurales de origen tampoco son igualitarias. Y es que el emigrante no nace al llegar a la ciudad; por el contrario, aparece con un patrimonio de relaciones sociales y de posibilidades económicas que incide decisivamente en su porvenir, y que no son las mismas para todos.

En todo caso, dejando a lado la situación de origen al emigrar, el éxito de un sector de la población emigrante, junto con el fracaso de la mayoría, sería indicador de que aquellos momentos en los que se dan procesos de cambio importantes y surgen nuevos recursos favorecen una mayor movilidad socio-económica; son contextos en los que aumentan las posibilidades de promoción o de declive (Pérez Berenguer & Gascón 1997).

Centrémonos en el caso peruano: durante la década de los 80, un sector de la clase media urbana se empobreció a la par que otro, inmigrante y de origen rural, mejoraba su situación económica. Se dio un proceso de movilidad social, pero en ningún momento una disminución de los índices de pobreza.

Este es otro elemento que De Soto no tiene en cuenta: los inmigrantes urbano-marginales no forman un sector aislado del resto de la sociedad. Siguiendo con el caso peruano, ¿por qué no se plantea la posible existencia de una relación entre la crisis habida durante la década de los 80 y el surgimiento de ese sector informal exitoso?

Como también hemos señalado al principio de este texto, uno de los factores que permitieron el éxito de los sectores urbano-marginales fue las dificultades a las que se tuvo que enfrentar el mercado formal a causa de factores tanto nacionales (violencia, inestabilidad política, políticas económicas arriesgadas) como regionales (la crisis latinoamericana de los 80). Muchas empresas fracasaron, mucho capital peruano "emigró", y mucho capital extranjero buscó otros mercados más seguros. En este contexto, el sector informal se encontró con una amplia demanda desatendida y sin competidores.

Pero las medidas liberalizadoras que De Soto propone, en una situación de estabilidad política y con lineamientos económicos favorables a la inversión de capital extranjero, puede hacer resurgir el sector formal. ¿Sería capaz este empresario urbano-marginal, entonces, de competir? No se trata de un caso hipotético. La agricultura peruana, sin ir más lejos, ya ha sufrido en numerosas ocasiones la competencia de alimentos de importación de bajo precio ante las que no le ha sido posible rivalizar. En ningún momento De Soto se plantea esta cuestión.

Y llegamos a la tesis central del libro: la institucionalización de la propiedad como mecanismo de capitalización de los sectores pobres del Tercer Mundo; la piedra filosofal.

De Soto sobrevalúa la "formalidad" de la propiedad en los países ricos. En España, por ejemplo, los precios nominales de las viviendas son muy inferiores a los que realmente tienen en el mercado, con el objetivo de reducir los impuestos. No obstante, eso no impide a las instituciones financieras hacer préstamos tomando como garantía esas viviendas y por su precio real. El problema no parecería, entonces, que fuera tanto la regularización de la propiedad como la existencia de un sistema bancario interesado en otorgar empréstitos al sector urbano-marginal. La verdad es que se hace difícil pensar que los bancos dejen de participar o incentivar un negocio factible sólo por una cuestión de legalismos. En última instancia, ellos mismos podrían haber presionado a los gobiernos para que se instituyeran los títulos de propiedad. Habría sido interesante que la investigación del autor hubiese comprendido algún tipo de entrevista o encuesta a instituciones financieras. Si lo hizo en algún momento, no se refleja en el libro.

La relación de causalidad que De Soto establece entre informalidad de la propiedad, aparición de mafias y subdesarrollo económico, tampoco cuadra con determinadas realidades de los países ricos. El caso italiano es paradigmático. En Italia, las titulaciones de la propiedad son similares a la del resto de Europa. No obstante, diversos escándalos han evidenciado que, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, la Mafia invadió todos los ámbitos sociales, económicos y políticos de ese país, al punto que dos de sus más carismáticos presidentes de gobierno han acabado ante los tribunales por asociación con esa organización. Y sin embargo, esto no impidió que un país asolado por la guerra acabase formando parte del grupo de estados más ricos del mundo.

Finalmente, De Soto no habla de los resultados negativos que podría conllevar la institucionalización del patrimonio. En el caso de las tierras agrícolas en el Perú, la inexistencia de un catastro y de un servicio ágil de registro de la propiedad ha impedido, por el momento, que el libre mercado de tierras decretado por la Constitución de 1993 haya prosperado. Posiblemente el autor considere esto como una traba al desarrollo, pero ¿es alocado pensar que ese libre mercado puede poner en peligro la propiedad del pequeño campesino? Mientras la propiedad siga siendo "extralegal", por seguir utilizando un término usado por De Soto, el campesino se verá salvaguardado de perderla en caso, por ejemplo, de morosidad, si la utiliza para acceder a créditos (Gonzales de Olarte 1996, Montoya 1996).

Y aquí volvemos otra vez al tema de la competencia a la que antes nos hemos referido. De Soto aboga porque los empresarios informales legalicen sus propiedades como un mecanismo para acceder a créditos. Pero ¿cuál es la viabilidad de sus posibles negocios, establecidos con esos créditos, ante la posible aparición de competidores con mayores ventajas tecnológicas? En el Tercer Mundo y en una situación de libremercado, el acceso a créditos para la inversión se convierte en un juego de riesgo: mientras el sector del mercado en el que el pequeño empresario quiere invertir no esté cubierto por capital extranjero, el negocio puede marchar bien, pero en el momento en que ese sector sea "descubierto" por ese capital, las posibilidades de éxito del negocio se reducirán drásticamente. La solución sería establecer medidas económicas proteccionistas, pero curiosamente, De Soto y su Instituto Libertad y Democracia no parecen dispuestos a apoyar este tipo de políticas.

El autor cree en la bondad del capitalismo y en que los problemas que conlleva son resultado de una excesiva intromisión del estado. Porque, para él, la informalidad de la propiedad no es resultado de la ausencia de las instituciones, sino todo lo contrario: si la titulación de la propiedad es tan escasa es porque los trámites burocráticos son complicados y onerosos. La excesiva presencia del estado, en forma de leyes, dificulta el libre albedrío y la ambición del pequeño empresario. El posicionamiento de De Soto, por tanto, es neoliberal.

Pero no hacía falta tanta disquisición para llegar a este descubrimiento. Se podría haber adivinado sólo viendo de quiénes proceden los halagadores comentarios con el que inicia el libro y se forra su contraportada: economistas como Milton Friedman o Ronald Coase, políticos como Margaret Thatcher o periodistas como Andrés Oppenheimer.

Lo que estos apologistas designan, en forma encomiosa, como "teoría asombrosamente simple" (Sarah Brealey dixit), uno no puede dejar de considerarlo un discurso simplón. Y es que cuesta creer que problemas complejos, como es la desigualdad de la riqueza a nivel mundial, puedan tener soluciones sencillas y únicas como la que pretende De Soto.

(*) De Soto, Hernando de (2000) El misterio del capital: Por qué el capitalismo triunfa en occidente y fracasa en el resto del mundo. Lima: El Comercio. Pp.: 287. Original: The Mystery of Capital, Bantam Press & Random House, 2000. Traducción de Mirko Lauer y Jessica Mc Lauchlan.

1 Entre otros, cabe destacar a Adams & Valdivia (1991), Golte (1995) y Huber (1997).

Bibliografía

* Adams, N. & Valdivia, N. (1991) Los otros empresarios: Ética de migrantes y formación de empresas en Lima. Lima: IEP.

* Golte, J. (1995) "Nuevos actores y culturas antiguas" enJ. Cotler (ed.) Perú, 1964-1994: Economía, Sociedad y Política. Lima: IEP. Pp: 135-148.

* Gonzales De Olarte, E. (1996) El Ajuste Estructural y los Campesinos. Lima. IEP.

* Huber, L. (1997) Etnicidad y Economía en el Perú. Lima: IEP.

* León, O. de (1996) Economía informal y desarrollo: Teorías y análisis del caso peruano. Madrid: IUDC & Los libros de la Catarata.

* Montoya, R. (1996) "Las comunidades peruanas y la constitución de 1993", en M. N. Chamoux & J. Contreras (ed.) La gestión comunal de recursos. Barcelona: Icaria & ICA. Pp: 337-349.

* Pérez Berenguer, E. & Gascón, J. (1997) "El impacto del turismo y de los proyectos de desarrollo de ONG's en la estructura social y económica de dos comunidades andinas", Agricultura y Sociedad,nº84: 225-252.

* De Soto, H. de (1986) El otro sendero. Lima: El barranco.

* Wackernagel, M. & Rees, W. (1995) Our ecological footprint. Philadelphia: New Society Publishers.

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