TEMARIO
EDITORIALES
*
INSTITUCIONES
Y DESARROLLO
*
SIN LIMITES
*
LA GLOBALIZACIÓN
VISTA POR UN TEÓLOGO
*
FAMILIAS-DESARROLLO
Y PROGRESO SOCIAL
*
EL MISTERIO DE LA
PIEDRA FILOSOFAL
INSTITUCIONES
Y DESARROLLO
Fuente
Instituto Internacional de Gobernabilidad, el PNUD y la
Generalitat de Catalunya. iig@iigov.org
SEGUNDA PARTE
LA
DIMENSION INSTITUCIONAL DEL DESARROLLO HUMANO
Autor:
Joan Prats - fuente: Instituto Internacional de Gobernabilidad
- Barcelona
"Los
individuos viven y operan en un mundo de instituciones, muchas
de las cuales trascienden las fronteras estatales. Nuestras
oportunidades y perspectivas dependen crucialmente de las
instituciones que existen y de cómo funcionan. Las
instituciones no sólo contribuyen a nuestras libertades, sino
que deben ser evaluadas en función de su contribución a
nuestras libertades. Así lo exige el contemplar el desarrollo
como libertad..."
Amartya
Sen: 1999, 123
SUMARIO:
1. La génesis histórica de la idea de desarrollo: supuestos
culturales e intelectuales subyacentes a su teoría y práctica.
2. La pertinaz influencia de los supuestos racionalistas,
universalistas, tecnocráticos y utilitaristas en la evolución
de las ideas sobre desarrollo. 3. La teoría del desarrollo
descubre las instituciones: del cambio de los supuestos al
cambio de las prácticas del desarrollo. 4. Fundamentos del
cambio institucional: 4.1. Por una concepción estratégica;
4.2. Los factores del cambio institucional; 4.3. Los agentes
del cambio institucional; 4.4. La naturaleza incremental del
cambio institucional; 4.5.
1.
La génesis histórica de la idea de desarrollo: supuestos
culturales e intelectuales subyacentes a su teoría y su práctica
"Tenemos
que embarcarnos en un programa nuevo y audaz para 1que
nuestros avances científicos y nuestro progreso industrial
estén a disposición de la mejora y el crecimiento de las áreas
subdesarrolladas. Más de la mitad de la población mundial
vive en condiciones próximas a la miseria. Su alimentación
es inadecuada y resulta víctima fácil de las enfermedades.
Su vida económica es primitiva y estancada. Su pobreza es un
handicap y una amenaza tanto para ellos como para las áreas más
prósperas. Por primera vez en su historia la humanidad posee
el conocimiento y la capacidad suficientes para aliviar el
sufrimiento de esta gente... nuestros imponderables recursos
de conocimiento técnico crecen constantemente y son
inextinguibles... El viejo imperialismo -la explotación en
provecho del extranjero- no cabe en nuestros planes... Una
mayor producción es la clave para la prosperidad y la paz. Y
la clave para una mayor producción es una aplicación más
amplia y vigorosa del conocimiento técnico y científico
moderno"
Presidente Harry Truman, Discurso Inaugural, 1949
La
idea de desarrollo fue una de las claves para la reconstrucción
del orden internacional tras la segunda guerra mundial. Su
filiación intelectual es clara. El "desarrollo"
entendido como progresión natural hacia un mismo estado final
tiene su raíz en el concepto cristiano de providencia, es
decir, en el continuo movimiento superador hacia la perfección
universal que es el don ofertado por Dios al mundo. En el
siglo XVIII los filósofos de la Ilustración europea
secularizaron la idea de providencia transformándola en
"progreso". Cien años más tarde el progreso se
transformaría en "modernidad" (entendiendo por tal
una combinación de liberalismo, capitalismo, industrialismo,
cultura basada en la ciencia y estado-nación), presentada
como formula de progreso de valor universal. El marco
intelectual en el que se apoyaría la idea y la práctica del
desarrollo ya estaba listo, pues, a comienzos del siglo XX1.
La
matriz intelectual del desarrollo se encuentra en el conjunto
de ideas y creencias articuladas en torno al llamado
"racionalismo constructivista" (basado no sólo en
la Ilustración sino también en las concepciones de autores
como Bacon, Descartes, Hobbes y Newton), el cual se opone a
otra tradición intelectual también occidental representada
por el llamado "racionalismo evolutivo o crítico".
La contraposición entre ambos tipos de racionalismo es
fundamental para iluminar el debate actual sobre el desarrollo
y se encuentra espléndidamente formulada en las obras de
Hayek y de Popper2.
El
racionalismo constructivista considerara que las
construcciones sociales sólo son racionales en la medida en
que responden a un diseño intelectual previo asimismo
racional. De este modo se considerará desvinculado de la
historia, como pudiendo "hacer tabla rasa del
pasado". Se considerará desvinculado de la naturaleza,
negando cualesquiera límites puestos por la misma a las
realizaciones humanas. Se afirmará en una fe ciega en el
conocimiento científico y técnico como racionalidad suprema,
libre de constricciones éticas y morales, unido al
desconocimiento y hasta menosprecio de la tradición, la
diversidad cultural, los sentimientos y las emociones. El
racionalismo constructivista desde el que se metaforiza el
desarrollo visionaba las sociedades como "organizaciones
maquinales" cuyo comportamiento podía ser previsto y
calculado mediante el diseño, la planificación y la ordenación
y gestión científica. Las técnicas de la construcción, la
planificación y la administración o gestión de las
organizaciones se concebían como racionales y universales. El
"tool kit" de los expertos en desarrollo podía
adquirirse en las mejores Universidades occidentales y
aplicarse sin apenas consideración a las diversidades
culturales e institucionales históricamente producidas de las
que los planificadores del primer o del segundo mundo podían
hacer "tabla rasa".
"Nosotros
los pueblos de las Naciones Unidas, determinados a salvar a
las generaciones sucesivas de las desgracias de la guerra...
reafirmamos nuestra fe en los derechos humanos
fundamentales... y para estos fines acordamos utilizar la
maquinaria internacional para la promoción del avance económico
y social de todos los pueblos"
Carta
de las Naciones Unidas
Roosevelt,
Churchill y los demás constructores del nuevo orden
internacional eran bien conscientes de que la primera
globalización registrada en el siglo XIX se saldó en un gran
fracaso (representado por la primera guerra mundial, la crisis
de los treinta, el fascismo y la segunda guerra mundial) y que
este fracaso se produjo principalmente por falta de
sensibilidad e ideas ante las enormes desigualdades generadas
por la propia globalización. Eran conscientes de que el nuevo
orden internacional sólo era viable bajo formas de cooperación
internacional mucho más articuladas y capaces de tomar en
cuenta el factor social. En la Carta Atlántica por ellos
firmada en 1941 ya se comprometían a luchar por asegurar
"para todos los países y personas estándares laborales
mejorados, adelanto económico y seguridad social", así
como "libertad frente al temor y la necesidad"3. La
cooperación económica internacional del inmediato futuro ya
no podría figurarse sólo por el juego del libre comercio
entre naciones desiguales que mirarían sólo por sus
exclusivos intereses.
Se
recuperó parte del viejo idealismo wilsoniano y se dio nuevo
ímpetu a un movimiento de cooperación internacional de una
extensión e intensidad sin precedente. Nunca había sido tan
fuerte y generalizada la idea de que los pueblos pueden
beneficiarse mutuamente de una cooperación internacional bien
institucionalizada. En 1943 se creó la FAO. En este mismo año
un grupo de economistas norteamericanos con algunos exiliados
de Europa del Este formalizaron las primeras teorías sobre
las economías "subdesarrolladas". Sus
planteamientos estaban muy influidos por la práctica del
planeamiento en tiempo de guerra y por la defensa del
intervencionismo estatal de Keynes y de la Fabian Society
entonces muy influyente. La base de racionalismo
constructivista de las nuevas teorías era evidente y el
potencial por ellas reconocido al cambio planificado era
ferviente. Algunos incluso propusieron la creación de un
"banco internacional de inversiones" para financiar
los servicios de utilidades públicas globales y la
transferencia de industrias y conocimientos. Todas estas
corrientes confluyeron en la Conferencia de Bretton Woods de
1944 y en la de San Francisco de un año más tarde. Había
nacido la nueva cooperación internacional en cuyo contexto se
generaría la idea de desarrollo4.
El
racionalismo universalista e instrumental preevalente, tan
valorado para tiempos de guerra impulsó la aceptación acrítica
del valor universal de la planificación y en general de la
intervención del Estado (casi concebido como ente universal
de razón) a la que se consideraba capaz de superar las
imperfecciones e incompletudes del mercado. El éxito del Plan
Marshall reforzó todavía más estas creencias, a pesar de
tratarse de una experiencia única, en absoluto
universalizable y que tampoco se intentó de hecho replicar
después en ninguna otra parte5.
A
fines de los cuarenta "la planificación para el
desarrollo" ya era la disciplina que fundamentaba
"científicamente" el nuevo emprendimiento universal
del "desarrollo". La disciplina, que llenó de
Facultades y Escuelas a todos los países del tercer mundo y a
América Latina más que a ninguna otra región, contenía la
quintaesencia del racionalismo constructivista: una combinación
de política económica keynesiana, dirigismo soviético y
management o administración científica norteamericana. El
desarrollo se convertía así en un tema principalmente técnico
que podía y debía abstraerse del contexto político,
institucional y cultural. Se daba por supuesto que con la
aplicación a la economía de las ciencias y las técnicas
disponibles se aceleraría el crecimiento sin tener que pasar
por los largos tiempos de construcción institucional y sin
necesidad de lograr el equilibrio entre mercado y poderes públicos
sobre los que se había basado el desarrollo del mundo
industrializado6.
La
hegemonía intelectual del racionalismo constructivista era
tal que pocos se atrevían a desafiarla. No es extraño que
fueran precisamente académicos centroeuropeos los que
alertaran de que sobre esos mismos pilares intelectuales se
había edificado el fascismo y el comunismo soviético.
Tampoco se reparó en que había sido la idea de racionalidad
instrumental vinculada a la creencia en un patrón de progreso
universal la que había justificado la colonización contemporánea,
es decir, la cara obscura del ideario de la Ilustración. Sólo
desde un modelo universal e instrumental de progreso podían
despreciarse y desconocerse las instituciones y culturas
"indígenas" o "nativas" como incapaces de
desarrollo endógeno y necesitadas de nuestro aporte
"civilizador". Igual que sucedería después con el
fascismo y el comunismo, la alegación de unas leyes históricas
conducentes de la barbarie a la civilización había servido
antes para justificar las atrocidades morales del
colonialismo. Con él no había hecho sino comenzar la larga
historia de colusión entre las potencias imperiales y las élites
indígenas que algunos ven perpetuadas en la poscolonización
a través, entre otras formas, de la práctica vigente de la
ayuda al desarrollo que, por lo mismo, no les merece otra
calificación que la de neocolonialismo7.
Hay
que diferenciar nítidamente la idea de desarrollo de la idea
de la ayuda al desarrollo. La segunda no es sino uno de los
aspectos de la primera. En efecto, nunca se ha pretendido que
el desarrollo sea un efecto exclusivamente de la ayuda al
desarrollo, a veces mal llamada cooperación para el
desarrollo. Siempre se ha sabido que el desarrollo depende
fundamentalmente de un esfuerzo endógeno acompañado de un
entorno externo favorable y que a ambas cosas puede contribuir
enormemente la cooperación internacional comercial,
industrial, tecnológica, financiera, educativa, cultural,
militar y otra. Desde luego no siempre es fácil distinguir lo
que es estricta cooperación en interés mutuo de lo que
constituye estrictamente ayuda al desarrollo. Para muchos países
la ayuda continúa siendo un instrumento más de la defensa
exterior de los intereses nacionales. Al Comité de Ayuda al
Desarrollo (CAD) de la OCDE le ha llevado muchos años
delimitar conceptualmente la "Ayuda Oficial al
Desarrollo" y separarla de otras formas de cooperación
no fundadas necesariamente en la idea de liberalidad.
Los
arquitectos del orden internacional de la posguerra optaron
por una solución mucho más institucionalizada que la
experimentada para la internacionalización del siglo XIX. La
nueva institucionalidad tenía que asegurar estabilidad política,
crecimiento económico y justicia social, consideradas como
metas inseparables. La estabilidad política tenía que
asegurarla el Consejo de Seguridad, que pronto se vio impedido
para ello ante la dinámica de la guerra fría y el uso
permanente del derecho de veto por parte de las
superpotencias. El crecimiento se promovería a través del
multilateralismo libre y la división internacional del
trabajo facilitada por organizaciones como el GATT, el Banco
Mundial y el FMI. Finalmente, la justicia social sería la
responsabilidad del estado del bienestar que procuraría
empleo, estándares salariales y de trabajo dignos, educación,
salud y oportunidades para todos además de una red de
seguridad social capaz de aliviar los malos tiempos. La idea
de desarrollo cubría en realidad todo este conjunto de
objetivos políticos, económicos y sociales.
Para
los estados "subdesarrollados" todas las políticas
eran de políticas "desarrollo", pues todas se
concebían como aportes al objetivo del "catch up" o
de cerrar la brecha que los separaba de los países
desarrollados o, como entonces se les llamaba,
"industrializados". El plan de desarrollo era el
instrumento técnico y político integrador de todas ellas.
Los planificadores parecían los héroes del momento. Pero
para los estados "industrializados" las políticas
de desarrollo tenían otra significación.
El
libre comercio seguía siendo visto -como lo vieron en su
momento Smith y Kant- el gran motor impulsor de la paz (al
generar mayor interdependencia y conocimiento mutuo)- y de la
prosperidad general (por la eficiencia proveniente de la
división internacional del trabajo). Pero ahora, tras el
fracaso de la primera internacionalización bajo hegemonía
británica, se sabía ya que el libre comercio, por sí solo,
producía perdedores y ganadores tanto entre los estados como
dentro de cada uno de los mismos. Por ello se consideró que
sin mecanismos estatales e internacionales de compensación y
distribución quedarían nuevamente amenazados tanto la cohesión
social interna como el orden internacional. De ahí la
insistencia en las funciones sociales que deberían asumir los
estados de la posguerra. De ahí también el reconocimiento de
que los países desarrollados tenían que poner en práctica
políticas de ayuda exterior, fomento de inversiones,
transferencia tecnológica, concesión de tarifas
preferenciales y otras para ayudar a los países en desarrollo
a devenir miembros plenos de la economía global (Kapstein:
1999, 93). Al conjunto de estas políticas se las llamó también
políticas de desarrollo o de cooperación al desarrollo.
A
la falta de especificidad conceptual de la ayuda al desarrollo
contribuyó también la guerra fría. Para las superpotencias
en conflicto las políticas de cooperación o ayuda al
desarrollo eran un medio más para ganar la guerra fría. Pero
todas coincidían en la posibilidad y la importancia del
desarrollo rápido y competían presentándose como el mejor
modelo para el "catch up" del tercer mundo. Los años
50 vieron así la formación tanto de las políticas y
agencias de ayuda bilateral norteamericana y soviética como
del Fondo Especial para el Desarrollo Económico (después
rebautizado como PNUD), la Asociación de Desarrollo
Internacional (el brazo para préstamos blandos del Banco
Mundial) y el CAD de la OCDE para coordinar la política de
ayuda al desarrollo de los países ricos. Fueron también años
de gran agitación intelectual en el ámbito del desarrollo.
Fueron los años de la construcción de un pensamiento de
desarrollo genuinamente latinoamericano liderado
intelectualmente por Prebisch y expandido institucionalmente
por la CEPAL8.
Una
última característica de la idea de desarrollo forjada en
este tiempo es su filiación "utilitarista". La
economía del desarrollo aceptó los supuestos de la economía
del bienestar para la que se trataba de adoptar aquellas políticas
e instituciones que maximizaran el bienestar entendido en
forma utilitarista. La finalidad y el criterio de evaluación
último tanto de las políticas como de las instituciones de
desarrollo era la producción de la mayor utilidad global
posible. De ahí que, sin llegar nunca a confundirse
intelectualmente, el crecimiento y el PIB per cápita pasaran
a ser el componente y el indicador fundamental del desarrollo.
El "catch up" reeditaba la visión de los países
industrializados como modelo universal de desarrollo; el
racionalismo instrumental ponía ciencia, técnica y metodologías
al servicio de las políticas de desarrollo; la concepción
utilitarista del bienestar acotaba la visión del desarrollo
como maximización de la producción de bienes, como
crecimiento cuya medición per capita se elevaba a indicador
casi único. Las ideas de justicia social se limitaban a la
exigencia de una mejor distribución de los bienes o frutos
del crecimiento9.
Desde
su inicio en los cuarenta, la economía del desarrollo moderna
se ha ocupado del enriquecimiento material, de cómo expandir
el volumen de los bienes y servicios producidos. Se asumía,
explícita o implícitamente, que todo incremento del producto
agregado, es decir, el incremento del producto nacional bruto
per cápita, reduciría la pobreza y elevaría el nivel
general de bienestar de la población. Esta suposición se
enraizaba en la concepción utilitaria que presumía que el
incremento de la producción implicaba incremento de rentas y
éste mayor utilidad y bienestar económico individual y
social. En realidad la conexión entre incremento del producto
y reducción de la pobreza se creía tan fuerte que se llegó
a pensar que bastaba concentrarse en el crecimiento para
conseguir el objetivo económico y social del desarrollo. El
crecimiento de ser un medio para conseguir el desarrollo pasó
a ser considerado como su finalidad prevalente. Existió,
desde luego debate, pero éste giró en torno a cómo acelerar
el crecimiento y, más minoritariamente, en cómo distribuir más
equitativamente los bienes o frutos del crecimiento10.
La
aproximación del desarrollo humano que emergió a finales de
los ochenta representó un cambio radical en dos sentidos. En
primer lugar, el proceso de desarrollo abandona los supuestos
utilitaristas para ser visto, siguiendo la orientación de
Sen, como un proceso de expansión de las
"capacidades" de la gente para elegir el modo de
vida que cada cual valora... En segundo lugar, también se
desafía el supuesto de que el desarrollo depende
fundamentalmente de la expansión del capital físico, es
decir, de la inversión en plantas y equipamiento. Inspirándose
en los trabajos de Schultz, se enfatiza ahora la importancia
de la acumulación de capital humano que implica
fundamentalmente invertir en educación, salud, investigación
y desarrollo, nutrición y planificación familiar... Una visión
del desarrollo centrada en l producción de bienes es
substituida por otra centrada en la ampliación de las
capacidades de la gente...
Keith
Griffin (1999)
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A EDITORIALES
2.
La pertinaz influencia de los supuestos racionalistas,
universalistas y tecnocráticos en la evolución de las ideas
sobre desarrollo.
Los
hombres son impotentes para asegurar el futuro; sólo las
instituciones fijan el destino de las naciones
Napoleón
I, Sesión Imperial, 7 de junio de 1813
Prácticamente
todo el debate sobre el mix de políticas que resultaba más
adecuado para producir desarrollo se ha dado sin cuestionar el
racionalismo instrumental y universalista implícitamente
asumido11. Tanto el primer debate entre los neoclásicos y los
estructuralistas defensores del manejo estratégico de la
industrialización por sustitución de importaciones como la
hegemonía ganada posteriormente por los neoclásicos a través
del llamado Consenso de Washington1, prevalente en los
enfoques de los 80, compartían este mismo supuesto
intelectual. Stiglitz (1998, 2, 19) lo ha descrito muy gráficamente:
"El
desarrollo representa una transformación de la sociedad, un
movimiento desde las relaciones tradicionales, los modos
tradicionales de pensar, los modos tradicionales de tratar la
educación y la salud, los métodos tradicionales de producción...,
hacia formas y vías más modernas... El Consenso Washington
vio el desarrollo como poco más que la solución de una serie
de problemas técnicos difíciles acompañada de la remoción
de ciertas barreras (por lo general impuestas por los
estados). Hecho esto, el desarrollo vendría por sí mismo.
Esta aproximación -que enfatiza la retirada de los gobiernos
para permitir el funcionamiento de los mercados) comparte en
realidad muchas de las premisas de la planificación
indicativa de los 60. Ambos modelos vieron el desarrollo como
la solución de un problema de programación dinámica,
focalizado en el nivel de capital (cuya principal variable de
control era la asistencia y los préstamos externos) y en su
asignación entre los diferentes sectores. La falta de capital
y la asignación sectorial ineficiente eran consideradas las
causas principales de las diferencias entre la India y los
Estados Unidos. Unos argumentaban que para resolver el
problema era necesaria la planificación; otros que la economía
de mercado descentralizada era la mejor manera de encontrar la
solución" (Stiglitz: 1998, 2).
Cumplido
ya medio siglo de desarrollo, es preciso reconocer que la
humanidad, a pesar de las incertidumbres y amenazas que la
acechan, vive hoy mayores oportunidades que 20, 50 ó 100 años
antes. Los progresos realizados son espectaculares, como también
lo son los grandes retos pendientes13. Lo sorprendente es que
aunque a lo largo de estos años han sido bastantes los países
que partiendo de bajos niveles de desarrollo han conseguido
atrapar e integrarse en el grupo de países con alto
desarrollo humano, son muchos más los que han quedado fuera y
hasta ven ampliada su brecha relativa, como sucede con buena
parte de los países latinoamericanos. Los estudiosos del
desarrollo no han podido dejar de preguntarse por los factores
que pudieran explicar estas diferencias. Las hipótesis que
han formulado al respecto han servido para casi todo: desde
para reorientar las políticas y prácticas del desarrollo
hasta para legitimar con ideas nuevas las viejas prácticas.
La
hipótesis explicativa actualmente prevalente para explicar el
desarrollo firme y duradero está basada en las instituciones
y capacidades institucionales de cada país, es decir, en su
"governance". ¿Simple moda pasajera a la espera de
otra coartada intelectual para seguir con lo mismo? o ¿estaremos
realmente ante un nuevo paradigma del desarrollo que
deslegitimará las prácticas vigentes y obligará a su
reformulación?. En parte es inevitable que las burocracias
tradicionales, en sus estrategias de supervivencia, usen los
nuevos lenguajes y metáforas sin alterar sustancialmente sus
prácticas. Pero cuando los paradigmas son robustos y
consiguen irse instalando en la conciencia social, la
contradicción se hace insostenible, las viejas prácticas
devienen ilegítimas y las nuevas ideas, soportadas por
actores y coaliciones potentes, acaban obligando al cambio.
Creemos que la aportación del nuevo institucionalismo a la
teoría y la práctica del desarrollo podría ser un
catalizador intelectual que ayude a remontar la innegable
crisis en que están instaladas las políticas de ayuda y sus
organizaciones responsables. La pequeña historia de cómo la
comunidad epistémica y la comunidad profesional del
desarrollo está descubriendo las instituciones puede resultar
relevante a estos efectos14.
Durante
los últimos 50 años, traicionando en parte sus versiones
académicas más complejas, los modelos simplificados
tendieron a subrayar un factor como la clave del desarrollo.
Los modelos más populares durante los 50 y los 60 enfatizaron
las constricciones derivadas de la acumulación insuficiente
de capital y de la asignación ineficiente de recursos. Las
políticas de desarrollo tendieron a centrarse
consiguientemente en el aumento y la planificación de las
inversiones. Con el tiempo se evidenciaron las insuficiencias
de la planificación y de la intervención pública en
general, formulándose teorías sobre los "fallos del
estado" que hoy nos ayudan a replantear las relaciones y
roles específicos del estado y del mercado en cada situación
nacional e institucional. Por lo que a la inversión se
refiere, aunque es el factor probablemente más directamente
correlacionado con el crecimiento económico experimentado en
las cuatro últimas décadas, no puede en absoluto ser
considerado como único y suficiente. Tenemos evidencias de
que algunos países han crecido rápida y sostenidamente con
baja inversión mientras que otros han registrado bajas tasas
de crecimiento con altos niveles de inversión (Banco Mundial:
1999, 15).
Durante
los años 50 y 60 y hasta fechas muy recientes para algunos,
también fue común la creencia de que el desarrollo, al menos
en sus fases iniciales, generaría casi inevitablemente
desigualdad. Tal creencia solía asociarse a la de que, en
estas mismas fases iniciales, el desarrollo resultaba difícilmente
compatible con el reconocimiento y respeto de los derechos
civiles y políticos. Prevalecía un concepto "duro"
del desarrollo, del tipo "sangre, sudor y lágrimas",
que concedía una importancia casi exclusiva a la acumulación
de capital y se inspiraba principalmente en la experiencia de
la expansión capitalista clásica y en las experiencias
supuestamente exitosas de la industrialización -identificada
con desarrollo- en el entonces llamado "segundo
mundo" o países del socialismo real. Este desarrollo
justificaba así tanto la represión, al menos temporal, de
los derechos civiles y políticos como el sacrificio del
bienestar de toda una generación, incluidos el mantenimiento
o el incremento transitorios de la desigualdad.
Afortunadamente
hoy sabemos que aunque algunas experiencias de desarrollo han
respondido efectivamente a este patrón, existen muchas más
que lo invocaron y practicaron fracasando estrepitosamente. De
hecho no hay correlación causal necesaria, ni a nivel teórico
ni empírico o estadístico, entre acumulación de capital,
autoritarismo y desigualdad. Es más, la inclusión del
capital humano y del capital social como factores
determinantes del desarrollo sostenido, así como el
descubrimiento de la relevancia de la "eficiencia
adaptativa" frente a la mera "eficiencia asignativa",
han producido una revalorización de la equidad y de la
democracia como metas e instrumentos del desarrollo a la vez15
La
lucha entre concepciones y estrategias de desarrollo continuará,
sin embargo, porque trasciende el debate meramente
intelectual. Quienes visualizan el modelo "duro"
como el camino a seguir tenderán obviamente a conceder
prioridad a los intereses empresariales para poder ampliar
radicalmente la potencia productiva de la nación y advertirán
contra todo intento de los "corazones blandos" que
conduzca al "error" (especialmente por la vía de
incrementar la presión fiscal) de prestar demasiada atención
a las preocupaciones distributivas y de equidad en las etapas
tempranas del desarrollo. Como señala Amartya Sen (1998),
"el hecho de que el desarrollo social, por sí solo, no
necesariamente puede generar crecimiento económico es
totalmente coherente con la posibilidad, actualmente
comprobada a través de muchos ejemplos, de que facilita
considerablemente un crecimiento económico rápido y
participativo, cuando está combinado con políticas amigables
a efectos de mercado que fomentan la expansión económica. El
papel de la equidad económica también ha sido objeto de
atención en este contexto, en relación con los efectos
adversos tanto de la desigualdad del ingreso como de la
distribución desigual de la tierra".
Del
mismo modo está cayendo por su base la creencia fuertemente
enraizada y generalizada de que los derechos civiles y políticos
obstaculizan el crecimiento económico. Esta creencia se basa
en el manejo de experiencias históricas muy limitadas y de
información muy selectiva. Cuando se manejan estudios estadísticos
sistemáticos que abarcan largas series temporales y un amplio
espectro de países, la conclusión es mucho más matizada: no
se corrobora la hipótesis de que existe un conflicto general
entre derechos políticos y rendimiento económico (Barro y
Lee, 1993; Dasgupta, 1993; Bhalla, 1994; Helliwell, 1994;
Przeworski y Limongi, 1994; Lasagna, 1999)16.
El
enfoque del desarrollo humano, que critica ciertas
formulaciones aún muy arraigadas de las "etapas del
crecimiento" -con la inevitable subordinación a éste de
las metas democráticas y de equidad- y que se traduce en la
exigencia de políticas y estrategias que aborden sistémicamente
las dimensiones económica, política y social del desarrollo,
cualesquiera que sean las razones morales que puedan
inspirarlo, en absoluto carece de fundamento teórico ni empírico.
Desde dicho enfoque, la democracia, aunque continúa siendo un
valor en sí misma, resulta una meta cuya realización es
inseparable de la de conseguir un crecimiento firme y
sostenido y de la de avanzar en cohesión y equidad social. En
las condiciones particularmente inquietantes de América
Latina, la consolidación y avance de la democracia sólo
puede plantearse y lograrse desde una teoría y una estrategia
integral de desarrollo.
Hacia
finales de los 60 comenzó a darse importancia clave al
desarrollo del capital humano, medido principalmente a través
de la tasa de escolarización y la expectativa de vida. Pero
hoy sabemos que el considerar los niveles de capital humano
como la clave del desarrollo ignora serias y turbadoras anomalías.
En África Subsahariana, por ejemplo, la escolarización y la
expectativa de vida se han incrementado considerablemente en
las últimas décadas, pero las economías de la región en su
conjunto han experimentado un crecimiento lento y en algunos
casos negativos (Banco Mundial: 1999,16). La escolarización
secundaria en Chile era virtualmente idéntica a la Hong Kong
en 1960, 1970 y 1985. La escolarización secundaria en
Argentina y Uruguay en 1960 se igualaba a las de Singapur e
Italia y excedía a las de España, Portugal, Corea, Malasia,
Tailandia y Hong Kong. Los estudios de comparaciones estadísticas
relativos al promedio de años de educación de la fuerza de
trabajo o de la población en general arrojan iguales
resultados. Las tasas de escolarización de la mayoría del
Sudeste Asiático no excedieron las de Sudamérica hasta los
80. La fuerza de trabajo argentina estaba mejor educada en
1965 de lo que lo estaba la de la mayoría del Sudeste Asiático
veinte años más tarde (Clague et al.: 1997, 82)17.
Durante
los años 80 el clima intelectual dominante cambió de nuevo.
Ya a finales de los 70, las estrategias de desarrollo estadocéntricas
(tanto las fundadas en el estructuralismo de Prebisch-Singer
como en la teoría de la modernización de Rostow, en la teoría
de la dependencia o, simplemente, en el marxismo) habían
perdido gran parte de su anterior crédito intelectual y político.
Todavía se mantendrían unos años en base a las poderosas
coaliciones de intereses creados. Pero intelectualmente
estaban derrotadas. Especialmente tras su demostrada
incapacidad para entender y adaptarse a las crisis y los
cambios iniciados globalmente desde mediados de los 70. Era la
oportunidad para la derecha liberal neoclásica, más comúnmente
conocida por neoliberalismo.
Tomando
pié en la Escuela de Chicago, ya en los 60, una nómina
importante de economistas (Jagdish Bhagwati, V.K. Ramaswami,
H.G. Johnson, Bela Balassa, W.M. Corden y Ann Krueger),
atacaron frontalmente los supuestos teóricos del
estructuralismo y la teoría de la dependencia, entonces
claramente hegemónicos. Sin embargo, su influencia sólo
comenzó a ser notoria en los 70. Ya en los 80, el
neoliberalismo había ganado la hegemonía intelectual y práctica18.
La teoría y la política económica neoclásicas proveyeron
el fundamento intelectual y los contenidos de políticas
incorporadas a los programas de ajuste estructural.
Por
lo general los programas de ajuste estructural han incluido
elementos tales como la austeridad fiscal, la política
antiinflacionaria, la privatización de las empresas
estatales, la liberalización comercial, la devaluación
monetaria y la desregulación general de la economía,
principalmente de los mercados financiero y laboral. Estos
programas han pretendido también atraer inversiones
extranjeras, incrementar la libertad de los empresarios y de
los inversores, mejorar los incentivos pecuniarios y la
competencia, reducir los costes, procurar la estabilidad
macroeconómica, reducir cuantitativamente al estado y reducir
también su intervención en la economía. En el modelo de
desarrollo vislumbrado el papel del Estado es a veces
importante pero complementario y de acompañamiento: los
nuevos héroes del desarrollo económico ya no son los políticos
ni los funcionarios, sino los empresarios y managers del
sector privado; el estado es sospechoso incluso como actor
principal del desarrollo social: las organizaciones no
gubernamentales (a veces autoproclamándose como los únicos
verdaderos representantes de la sociedad civil, si no confundiéndose
explícitamente con ella) se afirmarán como los nuevos héroes
de la acción social antiburocrática.
En
noviembre de 1989 el Instituto de Economía Internacional
convocó en Washington una conferencia sobre "El Ajuste
en América Latina: ¿Cuánto ha sucedido?" en el que se
pretendía establecer el estado del arte tanto de las políticas
de ajuste como de las actitudes nacionales en relación a las
reformas implicadas. John Williamson (1990) intentó un
sumario de las coincidencias entre los presentes en la reunión
que pronto devino, contra la intención del autor, un auténtico
manifiesto para la reforma económica conocido como "el
Consenso de Washington".
Sumario
del Consenso de Washington de 1989
*
Disciplina fiscal. Los déficits presupuestarios deben ser
suficientemente pequeños para poder financiarse sin recurrir
a la inflación.
*
Prioridades del gasto público. El gasto público debería
redireccionarse desde las áreas políticamente sensibles -que
reciben más recursos de lo que su retorno puede justificar,
tales como administración, defensa, subsidios
indiscriminados, y elefantes blancos- hacia campos
desconsiderados y con gran retorno económico y potencial de
mejora de la distribución de la renta tales como salud y
educación primaria e infraestructuras.
*
Reforma fiscal. La reforma fiscal exige ampliar la base fiscal
y acortar las tasas impositivas marginales con la intención
de mejorar los incentivos y la equidad horizontal sin
disminuir la progresividad real. Mejorar la administración
tributaria (incluida la tributación de los intereses de los
activos situados en el extranjero) es un aspecto importante
para ampliar la base tributaria en el contexto
latinoamericano.
*
Liberalización financiera. Aunque el objetivo último es que
el mercado determine la tasa de interés, como en condiciones
de extrema y crónica falta de confianza, estas tasas pueden
ser tan altas que produzcan la insolvencia de las empresas y
los gobiernos, el objetivo intermedio sensato es la abolición
de las tasas de interés preferencial para los prestatarios
privilegiados y el logro de una tasa de interés real
moderadamente positiva.
*
Tasas de cambio. Los países necesitan una tasa de cambio (al
menos para las transacciones comerciales) fijada a un nivel
suficientemente competitivo para inducir un crecimiento rápido
de las exportaciones no tradicionales y gestionado de forma
tal que se asegure a los exportadores que su competitividad se
mantendrá en el tiempo.
*
Liberalización comercial. Las restricciones comerciales
cuantitativas deberían ser rápidamente reemplazadas por
tarifas arancelarias que deberían irse progresivamente
reduciendo hasta situarse en torno al 10 por ciento (o al 20
como máximo).
*
Inversión extranjera directa. Deben abolirse las barreras a
la entrada de las empresas extranjeras; debe permitirse que éstas
compitan con las nacionales en iguales términos.
*
Privatización. Las empresas del estado deben privatizarse.
*
Desregulación. Los gobiernos deben abolir las regulaciones
que impiden la entrada de nuevas empresas o restringen la
competencia, así como asegurar que las regulaciones
existentes están justificadas por criterios tales como la
salud, seguridad, protección ambiental o la supervisión
prudencial de las instituciones financieras.
*
Derechos de propiedad. El sistema legal debería proveer
derechos de propiedad seguros y sin costes excesivos y debería
hacer accesibles tales derechos al sector informal.
John
Williamson, 1990.
El
Consenso de Washington ha sido criticado desde muchos puntos
de vista: la crítica usual se ha centrado en sus contenidos o
propuestas de reforma económica; esta crítica ha sólido
confundirse, además, con la constatación de que su aplicación
práctica no ha producido los efectos económicos y sociales
pretendidos. Pero la clave de la frustración se halla en otro
registro. Tendrá que reconocerse que algunas de las políticas
de reforma propuesta son sencillamente sensatas. La cuestión
es ¿por qué se implementaron unas y otras no? o ¿por qué
se implementaron contraviniendo el diseño de política
establecido? Si estas preguntas no se responden se corre el
riesgo de que nuevos formuladores con otras políticas económicas
se encuentren con los mismos problemas de implementación. No
podemos seguir suponiendo que las políticas económicas son
realizadas por un dictador benevolente, omnisciente y
omnipotente como sucede cuando adoptamos una visión normativa
de la política económica y achacamos sus problemas de
implementación a la famosa "falta de capacidad técnica
o de voluntad política".
Cuando
reconocemos que toda propuesta de reforma es sólo el comienzo
de un proceso que es político en todos sus estadios
(legislación e implementación, incluido la opción por un
tipo y otro de agencia administrativa y de su forma de operación)
podemos aproximarnos más fecundamente a la realidad. Desde
una perspectiva positiva, la política económica aparece como
un juego dinámico, cuyas condiciones son inciertas y
cambiantes y cuyas reglas son construidas al menos
parcialmente por los participantes a medida que el juego
avanza. Cada participante tratará de manipular la operación
subsiguiente del juego para obtener el resultado que mejor se
ajuste a sus intereses19. Si se adopta esta sencilla
perspectiva las instituciones pasan a cobrar un rol
determinante para el entendimiento de la formulación y
aplicación de las políticas.
Los
supuestos intelectuales del Consenso de Washington habían
seguido fieles al racionalismo instrumental que acompañó la
teoría y práctica del desarrollo desde sus inicios. Se
trataba de empaquetar conforme a la mejor teoría económica
prevalente en el momento un mix de políticas de pretendido
valor universal implantables urbi et orbe por autoridades
dotadas de la suficiente voluntad política, gracias a la
represión si fuera necesario, y de la suficiente ciencia,
gracias a los consultores internacionales
"golondrinos" aportados por las agencias
internacionales. Nuevamente la fe ciega en la ciencia, unida a
la idea de progreso a la occidental como valor universal y a
la falta de conciencia de los propios límites intelectuales y
de acción colectivo iban a producir resultados calamitosos20.
Algunos
estudiosos observan irónicamente que de haberse seguido el
catecismo Washington ni Alemania ni los propios Estados Unidos
hubieran podido industrializarse jamás (Edwards: 1999, 38).
Lo más llamativo con todo es la fuerza y convicción con que
tales políticas trataron de imponerse por las instituciones
financieras internacionales sobre todo cuando se la contrasta
con la tolerancia y permisividad con que vieron su perversión
práctica en el proceso político especialmente
latinoamericano. La ayuda al desarrollo recibió -no sin válidas
razones- más críticas que nunca21 y disminuyó en conjunto
dramáticamente, aunque se hizo más selectiva y centrada en
los países más necesitados (OCDE/DAC: 1997). La opinión pública
de los países donantes registraba claros sentimientos
contradictorios que exigían una replanteamiento radical de
las políticas de ayuda22. Ésta se hizo también mucho más
condicionadora de los gobiernos y países beneficiarios. De
nuevo se creyó que si los gobiernos no hacían lo que debían
era por falta de voluntad política y que ésta podía ser
suplida por la condicionalidad de las instituciones
financieras internacionales23. Ha sido un juego en el que
probablemente nadie creyó y que cada uno aprovechó para sus
intereses estratégicos, pero que ha producido dramáticas
consecuencias para quienes quedaron institucionalmente
excluidos del mismo. A la vieja cuestión social, dramática
desde siempre en América Latina, se añadió lo que Louis
Emmerij (1999: ponencia Santa Cruz de la Sierra) ha llamado
"la nueva cuestión social". Toda una región ha
sido puesta en riesgo de fragmentación. Las evidencias del
documento de trabajo 2 preparado para este mismo Taller lo
corroboran sobradamente. Como casi siempre sucede, entre los más
victimados se encuentran quienes siguieron más fervientemente
la doctrina, es decir, pensaron menos por su propia cuenta. El
caso de los países de la ex Unión Soviética resulta tan
lacerante como grotesco24. El PIB de la Federación Rusa se ha
reducido en un tercio y su fragmentación, conflictividad y
desigualdades sociales ya emulan las peores de las nuestras.
Los
mediocres resultados económicos obtenidos y los estropicios
sociales causados por esta aproximación contrastan dramáticamente
con los resultados más positivos de los países que creyeron
que no existía solución preestablecida e iniciaron su propio
camino de aprendizaje. En primer lugar, merecen destacarse los
países del Sudeste Asiático, donde el factor institucional
resulta sólidamente explicativo tanto de su desarrollo como
de la crisis financiera vivida y de las salidas a la misma. La
clave del éxito de estos países no se encuentra tanto en la
combinación de políticas que aplicaron sino en la capacidad
institucional de sus estados para formular e implementar
coherente y sostenidamente en el tiempo tales políticas, zafándose
de las presiones capturadoras y patrimonializadoras de
potentes grupos de interés. La autonomía del estado
-asegurada por una burocracia legal de tipo weberiano- fue una
de las claves del éxito no sólo económico sino también
social de estos países. La crisis financiera recientemente
vivida por los mismos y que tantos retrocesos ha producido
tampoco puede leerse sino en clave de "governance".
Lanyi y Lee (1999) aportan sólidos fundamentos a la hipótesis
de que las dificultades encontradas en estos países
principalmente en el manejo de los mercados de capitales se
debe a la insuficiencia del sistema de gobernación legal y
burocrático vigente que sirvió no obstante para su despegue
inicial25.
El
caso que muestra mayor desviación de los supuestos del
consenso de Washington ha sido precisamente el más exitoso
hasta hoy: la transición de China -aún en proceso- desde una
economía estatista a una economía de mercado, bajo la
conducción de un partido comunista que ha inscrito en la última
reforma constitucional de abril de 1999 la economía de
mercado y el estado de derecho para la economía como pilares
y valores fundamentales orientadores del nuevo orden
institucional. El éxito innegable de China que, de mantener
las tasas actuales de crecimiento, podría convertirse en
veinte años en la primera economía del mundo, contrasta con
el fracaso de la reforma rusa que arrastra graves riesgos para
la gobernabilidad mundial, y plantea cuestiones interesantísimas
sobre el rol del estado en la construcción de los mercados.
La clave explicativa del éxito parece estar en que los
reformistas chinos siempre acompañaron las reformas económicas
con reformas institucionales capaces de generar un sistema de
derechos de propiedad no muy sofisticado pero eficaz,
claramente reductor de costes de transacción y evolutivo
hacia formas institucionales crecientemente sofisticadas.
La
transición a una economía de mercado requiere de una
intervención estatal continua para establecer el marco
constitucional, en el sentido de las reglas de juego
subyacentes, y demostrar un compromiso y una capacidad para
cumplirlas y hacerlas cumplir. Argumentaba Karl Polany que en
Occidente "el camino hacia los mercados libres fue
abierto y mantenido abierto por un incremento continuo del
intervencionismo controlado y organizado centralmente... Los
administradores tienen que estar vigilando constantemente para
asegurar el libre funcionamiento del sistema". Para
Polanyi los mercados sin regulación amenazaban con la
destrucción de la sociedad, y los esfuerzos para proteger la
sociedad requerían la intervención reguladora constante del
estado liberal, siendo en este proceso como el estado fue
construyendo incrementalmente las instituciones del libre
mercado. Douglass North enfatizó la reducción de los costes
de transacción que resulta de las regulaciones
interventoras... En China, desde 1978 una nueva aproximación
reguladora permitió a las empresas y a los emprendedores una
considerable autonomía. Se trató de regular indirectamente
mediante la manipulación de precios y beneficios, pero se
abandonó todo intervencionismo estatal establecer de cursos
específicos de acción.
Aquí
analizamos los procesos interrelacionados implicados en la
construcción de una burocracia racional y legal respetuosa de
altos niveles de autonomía social y en el establecimiento por
el estado de las instituciones formales coherentes con una
economía mixta, entre las que se cuentan la legislación
mercantil que especifica una nueva estructura de derechos de
propiedad, mecanismos para garantizar el cumplimiento de los
contratos, y nuevas estructuras de mercado. Argumento que la
emergencia de una burocracia racional-legal y una economía de
mercado se hallan causalmente interrelacionadas. Ello proviene
del interés del estado en promocionar el crecimiento económico
a través de las reformas de mercado y de su interés en
reducir los altos costos de transacción implicados en la
integración de una economía de mercado emergente con una
economía dominada estatalmente. Más aún que en las economías
capitalistas, en las economías socialistas el estado tiene
que asumir un fuerte rol en la regulación económico para
equilibrar la dinámica contradictoria del mercado y de la
coordinación burocrática de la economía. Paralelamente a
los esfuerzos estatales por establecer las instituciones del
mercado libre el estado tiene que esforzarse en la defensa de
las instituciones económicas del sector aún dominante. Para
cumplir estas tareas, lo dinámico de la reforma del mercado
ha impulsado al Estado central hacia una creciente
racionalización burocrática y una creciente autonomía
social. China todavía está en los primeros estadios de esta
transición.
Víctor
Nee: 1999.
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