EL HORNERO

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MATERIAL DE DIFUSIÓN DE LA EMISORA EDUCATIVA "El HORNERO"
REVISTA Nº XX- 2001

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PRESENTACIÓN DE TEMAS

* INDEX

* EDUCACIÓN

* COMUNICACIONES
* CULTURA
* HISTORIA
* SALUD
* NATURALEZA Y MEDIOAMBIENTE
* CIENCIA Y TECNOLOGIA
* EDITORIALES

 

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INDICE DE TEMAS CULTURALES

* CULTURAS DE LAS SIERRAS CENTRALES Y CUYO

* ESTEBAN ECHEVERRÍA

* LA DIENTONA

* HISTORIA DEL FARO

* PROTOCOLO & ETIQUETA

* BREVE HISTORIA DEL TANGO

* ENRIQUE S. DISCÉPOLO

CULTURAS DE LAS SIERRAS CENTRALES Y CUYO

Puenches, Puelches, Huarpes, Comechingones, Sanavirones, etc., muestran pueblos con economías especializadas en la caza de guanacos y ciervos y en la recolección de semillas. Se calcula su existencia hasta el siglo XVIII..

* Pehuenches y Puelches

* Huarpes

* Olongastas

* Comechingones

* Sanavirones

Pehuenches y Puelches

* Datos generales: habitaron el sur de Mendoza y la región cordillerana de Neuquén... Peuhén significa pino y che: gente en lengua araucana, o sea "gente de los pinares". Algunas tribus que componían el grupo de los Araucanos fueron: Jorjones, Sequelquianes, Saquirgueres y Colcoyanes.

Una de las primeras crónicas de este pueblo data de 1563 y corresponde al chileno Mariño de Lovera quien acompañaba al conquistador Pedro de Leiva. El cronista escribió: "Todos sin excepción son delgados y sueltos, aunque no menos dispuestos y hermosos por tener grandes rasgados ojos, y los cuerpos muy bien hechos y altos".

* Puelches de Cuyo: se encontraban al norte de la zona pehuenche y se denominaban Puelches Algarroberos o de Cuyo (hoy Mendoza).

Vivían en la zona de pedemonte cordillerano. Fueron bautizados con ese nombre por los Araucanos y su nombre significa "gente del este".

Tanto los Pehuenches como los Puelches pertenecían al grupo Huárpido. La primera referencia de los Puelches Algarroberos la hizo en 1594 Miguel de Olavarría.

* Forma de vida: Puelches y Pehuenches eran cazadores y recolectores. Se alimentaron de guanacos y ñandúes, más tarde, con la llegada de los españoles, comieron caballos.

Las armas utilizadas fueron el arco, las flechas y las boleadoras, más tarde, por influencia de los araucanos, usaron lanzas. Entre las semillas que recolectaron encontramos la algarroba, el molle y los piñones de la araucaria. 

Los Pehuenches hicieron del piñón su alimento principal: de ellos extraían una harina para hacer pan y también, fermentados, obtenían una bebida alcohólica similar a la chicha.
Los Puelches tenían la algarroba como dieta principal; de allí lo de "algarroberos".

* Vivienda y vestimenta: vivieron en toldos de cueros sostenidos por ramas. Estos toldos se situaban cerca de los bosques para tener a mano los frutos. Su vestimenta era de cuero combinado con plumas, aros de cobre o plata (imitado a los araucanos) y pintura en la cara, brazos y piernas: para indicar duelo, guerra, etc.

HUARPES

* Etnias huarpes: Se dividieron en tres grandes grupos, según la ubicación geográfica: Norte (San Juan): Huarpes Allentiac, Sur (Mendoza) Huarpes Milcayac y Este (San Luis) los Huarpes Puntanos.

Los huarpes se extinguieron hace mucho tiempo, pero los relatos de los conquistadores y hallazgos arqueológicos permitieron acercarnos un poco a su cultura. El padre Lizárraga, quien atravesó el territorio huarpe en el siglo XVI, nos cuenta que eran muy altos y delgados; otro cura, el padre Ovalle agrega diciendo que eran muy atléticos.

* Levirato y Sororato: fueron 2 aspectos muy curiosos en la estructura social huarpe: levirato: al morirse el marido, la viuda y los hijos pasan a depender del hermano menor del fallecido. Sororato: al casarse el varón adquiere el derecho de casarse con las demás hermanas menores de la novia.

* Costumbres generales: el imperio incaico con el Inca Pachacutec a la cabeza logró su máxima expansión en el siglo XV. En su conquista sometieron a los huarpes, quienes adoptaron muchas de sus costumbres, tales la vestimenta y los cultivos de maíz y quinoa; estas influencias no hicieron abandonar prácticas muy arraigadas como la caza y la pesca. Con respecto a la pesca, utilizaron una balsa hecha con junco o totora fuertemente atados que impulsaban con una larga vara que manejaban parados en su parte posterior. Pescaban con una lanza. La laguna era la de Guanacache y allí también cazaban patos: ponían una calabaza en su cabeza y se introducían al agua, al acercarse un pato, lo tomaban y sumergían velozmente sin hacer ruido (evitando así el alboroto).

El padre Alonso de Ovalle observó el método huarpe para cazar: seguían al animal trotando constantemente durante 2 ó 3 días (casi sin poder beber ni comer) al cabo de los cuales el animal, agotado, nada podía hacer para evitar su captura.

* Vivienda, arte y religión: la vivienda variaba de acuerdo al microclima donde se encontraba: en los cerros eran de piedra y en el pedemonte de barro y paja. Emplearon figuras antropomorfas para alfarería o tallados de piedra; hicieron pictografías (Antofagasta de la Sierra) pero sobresalieron en la cestería. El padre Ovalle nos cuenta que hacían "las cestas y canastitas de distintos modelos y figuras. Todo en paja, pero tan fuerte y apretado que aunque la llenen de agua, ésta no sale. De esta manera hacen sus vasos y tazas de los que beben. Aunque se caigan al suelo, no se rompen y duran mucho".

Creían en una divinidad central llamada Hunuc Huar, también adoraron al sol, la luna, los ríos y los luceros. Cuando morían eran colocados decúbito dorsal y con la cabeza dirigida hacia la Cordillera, lugar donde moraba Hunuc Huar.

Olongastas

* Ubicación y datos generales: habitaron la zona comprendida entre los llanos riojanos y la región contigua, de las actuales provincias de San Juan, San Luis y Córdoba. Fueron un pueblo sedentario, agrupado en pequeños poblados y formando comunidades. Recolectaron la algarroba para fabricar la chicha y el patay. En 1591, con la llegada de los conquistadores, fueron distribuidos en poblados vecinos. En 1782 ya habían sucumbido. Hicieron sus viviendas con barro y paja. Sus armas fueron el arco, las flechas y la bola perdida (una sola bola atada con una correa).

* Utensilios: hicieron morteros para moler los granos. La piedra les fue útil para confeccionar puntas de flecha, hachas y bolas, con surco ecuatorial y sin él.

 

Comechingones

* Hombres barbudos: su nombre significa "morador de cuevas" .Hacia 1543 Diego Fernández, cronista de Diego de Rojas, describe a los Comechingones de las sierras cordobesas.

Lo que más le llamo la atención a Fernández, fue que estos indígenas usaban barba. La pilosidad es una característica de la raza huárpida y no es común en otros grupos de América. Los describió "de alta estatura y de mayor pilosidad y pigmentación que otros indios...".

* Economía: tenía una base mixta. Por un lado el cultivo y por el otro la caza y recolección.

Trabajaron la tierra y criaron llamas. Sembraron maíz, poroto, zapallo y quinoa. Los granos eran molidos en morteros fijos excavados en plena roca. Se pueden hallar fácilmente hoy en día.

La base del menú eran los guanacos, ciervos y liebres, los frutos de la algarroba y el chañar.

* Costumbres: vivieron en casas semisubterráneas... se trata de grutas y abrigos naturales que hallamos en la región serrana. Otro cronista de Diego de Rojas: Pedro Cieza de León nos describe las viviendas de los comechingones que tomaron contacto con los europeos: "cavaban las casas en tierra hasta que ahondando en ella quedaban dos paredes naturales, las armaban luego con madera y las cubrían con paja".

La vestimenta comechingona tenía gran influencia andina: su camiseta y manta elaboradas con lana de llama, adornados con varillas o vinchas. Las distintas partes de una comunidad estaban comandadas por un cacique.

* Otras características: trabajaron la cerámica con figuras geométricas simples. Moldearon la piedra para confeccionar hachas, puntas de flecha y raspadores para curtir las pieles. Sobresalieron en las pinturas rupestres. Con el tiempo y luego de la fundación de Córdoba, los españoles impusieron el quechua para entenderlos más fácilmente, y los comechingones, ya abatidos, fueron perdiendo sus costumbres hasta dejarlas en el olvido. Se hallaron grandes piezas arqueológicas de esta cultura en las zonas de Candonga, Ongamira y Observatorio. Una gran cantidad de pinturas rupestres hay en Cerro Colorado.

 

Sanavirones

* Ubicación: podemos ubicar a esta cultura en la depresión de la laguna de Mar Chiquita, en Córdoba. Por el norte llegaban hasta el río Salado, donde comenzaban los Tonocotés. Al sur se extendían por el río Suquía o Primero. Al oeste limitaban con la sierra de Sumampa y el limite oriental coincidía con los actuales límites entre las provincias de Santiago del Estero y Santa Fe.

Étnicamente pertenecían al grupo Amazónido, y al llegar al territorio debieron dominar, rápidamente, a los huárpidos originales.

* Economía: adoptaron sistemas andinos de cultivos, a los que complementaron con caza, pesca y recolección. Entre las armas utilizadas por los Sanavirones encontramos la macana, que era una especie de garrote triangular con protuberancia en un extremo, también usado como elemento de defensa personal en las guerras indígenas.

* Costumbres: las numerosas excavaciones realizadas sacaron a la luz numerosos trabajos de alfarería que ponían de manifiesto dos tipos de cerámica: una negra grisácea y otra grabada. Los Sanavirones vivieron en casas muy grandes donde cabían hasta quince soldados con sus respectivos caballos. Se construían con vegetales y cada una albergaba a varias familias.

Las viviendas se reunían en pequeños grupos que se rodeaban de cardones y otras arboledas espinosas que servían de protección. Su extinción tuvo lugar hacia el siglo XVII.

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ESTEBAN ECHEVERRIA

Quería Sócrates que los hombres pusieran los ojos en la vida y hechos de varones señalados, a quienes él y San Basilio llaman espejos de la República: para que viéndolos se viesen, o bien como semejantes en las virtudes, o bien como desemejantes en los vicios.     Martín de Roa

No sienta bien el oficio de crítico a quien ofrece al público la obra completa de un escritor contemporáneo. Lo único que le corresponde es ayudar al lector, para que juzgue con independencia y acierto, informándole de aquellas circunstancias que son del resorte de la biografía.

Dentro de estos límites nos ceñimos en las presentes páginas, con tanta mayor razón, cuanto que, como puede verse en el presente volumen, nos hemos atrevido varias veces y en diferentes épocas, en vida y después de los días de Echeverría, a expresar nuestra opinión sobre el valor literario de sus escritos y sobre la importancia del papel que desempeñó, como obrero de la mejora social en ambas orillas del Río de la Plata.

Esos nuestros juicios, lo confesamos francamente, son imperfectos e incompletos, más que por falta de voluntad, por una razón que no queremos ocultar. Aun cuando al comenzar a escribirlos, llevábamos la intención de detenernos en ellos y de tratar la materia bajo todos sus aspectos, muy pronto se nos desprendía la pluma de la mano, porque nada es tan doloroso como clavar el escalpelo del análisis en las entrañas, que aún sentimos palpitar, de una memoria querida.

Entre este sentimiento y el deber de no defraudar a nuestro país de una de sus glorias más puras, ha vacilado por mucho tiempo nuestro espíritu, hasta lograr dominarle y sacar de nuestro culto por una amistad que nos honra, las fuerzas necesarias para poner en estado de ver la luz pública el fruto entero de la cabeza sazonada y del delicado corazón del autor de los Consuelos y del Dogma de Mayo .

Mezclados a los nuestros se encontrarán en este último volumen de las obras completas de Echeverría, una serie de juicios críticos escritos en América y en Europa por jueces distinguidos e imparciales, los cuales llenan airosamente el vacío que señalamos arriba, y justifican la importancia intelectual del amigo cuya vida, lacónicamente, pasamos a relatar.

Esta vida no es propiamente de acción, si por acción se entiende la parte que toma un ciudadano en las funciones públicas de su país. Los tiempos alejaban naturalmente de ellas a un hombre del carácter y principios de Echeverría. Pero en el teatro de las teorías, pocos argentinos han sido tan activos, laboriosos y persistentes, como este pensador siempre en la brecha, luchando contra el error día y noche, y manejando en esta lucha todas las armas de la palabra con que la idea ataca y se defiende.

Esta gloriosa batalla, sin ruido, sin sangre, emprendida casi con la certeza de la derrota o de lo infructuoso del triunfo, que consumió la existencia de Echeverría y le devoró de sed de verdad y justicia, está consignada en sus escritos, que son como los anales de ella, jornada por jornada. Hoy que estas producciones, se entregan al público, casi en su totalidad, queda su biógrafo descargado de la difícil tarea de historiar los medios y fines del pensamiento de Echeverría dentro de las esferas de la política y del arte.

Esta es labor ajena y venidera. Ponemos en manos de quienes hayan de desempeñarla los antecedentes indispensables para proceder con entero conocimiento de causa.

Don José Esteban Antonio Echeverría, nació en Buenos Aires, el día 2 de septiembre de 1805, en el barrio llamado vulgarmente del alto , y fue bautizado en la misma pila en que lo había sido cerca de medio siglo antes, el ilustre patriota don Feliciano Antonio Chiclana. Tuvo por padres a don José Domingo Echeverría, natural de Vizcaya, y a doña Martina Espinosa, hija de esta ciudad. Según hemos podido averiguar, don Esteban tuvo la desgracia de perder a su padre en la primera niñez y tomó los caminos un tanto anchos que las señoras viudas abren comúnmente a sus hijos predilectos. El mismo, en una carta escrita a un íntimo amigo suyo en julio de 1836, delineaba con rasgos generales, pero francos, sus extravíos desde los 15 a los 18 años de edad; y según esta confesión espontánea, era por entonces un héroe de novela en miniatura, y uno de esos inocentes libertinos que lisonjean su amor propio haciéndose blanco de las murmuraciones de su barrio.

Estos deslices, complicados con "ciertos amoríos de la sangre un tanto escandalosos", empleando sus propias expresiones, no obstaban para que se entregara con suficiente ardor al cultivo de su inteligencia, sujetándose estrictamente al régimen de los estudios establecido en el Colegio de "ciencias morales", el más serio y disciplinado de los establecimientos de enseñanza preparatoria, durante la administración que logró tomar asiento en el terreno conmovido por los sacudimientos políticos del año 1820. Tuvo por inmediatos maestros de latinidad y de filosofía, a dos inolvidables varones, cuya voz, apacible y mansa, en uno; ardiente, y despreocupada en boca del otro, nos parece escuchar todavía, después de largos años, con gratitud y amor. Estos mismos eran los sentimientos que guardó siempre en su corazón don Esteban para con sus buenos profesores don Mariano Guerra y don Juan Manuel Fernández Agüero. Tenemos autógrafos a la vista, los certificados de aplicación y excelente conducta en el aula, que dieron ambos señores a su discípulo; y consta de esos documentos que había cursado dos años de latinidad, "distinguiéndose entre sus condiscípulos", y la ideología, la lógica y la metafísica, en el de 1822, "dando pruebas repetidas de talento, juicio y aplicación".

"Continué mi vida de estudiante -dice el mismo Echeverría en la carta mencionada-, hasta fines de 1823, en cuya época me separé de las aulas, por causas independientes de mi voluntad para dedicarme al comercio." En efecto, entre los apuntes personales contenidos en una cartera de su uso, hallamos, que entró en calidad de dependiente de aduana al servicio de la afamada casa de los señores Sebastián Lezica y hermanos, en donde permaneció hasta el 20 de septiembre de 1825.

Las ocupaciones humildes y prosaicas del empleo que desempeñaba contra su inclinación, no pudieron sofocar las que predominaban en él, y el dependiente de la casa Lezica no dejó de ser el mismo estudiante y el mismo joven ardiente y fantástico que fue antes de ocuparse de pólizas y de facturas. En los momentos desocupados, y sobre los fardos de mercaderías de los almacenes por mayor de la casa de sus patrones, tomaba sus lecciones de lengua francesa y se entregaba, en libros escritos en ésta, que pronto logró poseer con perfección, a la lectura reflexiva de materias de "historia y de poesía". Así nos consta de una página casi indescifrable, en que Echeverría comenzó con conocida pereza y desaliño a escribir una especie de autobiografía que abandonó a los pocos renglones. En otro escrito del mismo carácter, pero más detenido, comenzado al cumplir la edad crítica de los treinta años, pinta la situación de su corazón y de su espíritu en la época en que se dedicaba al comercio y abandona los estudios escolares. "Hasta la edad de 18 años, dice allí, fue mi vida casi toda externa: absorbiéronla sensaciones, amoríos, devaneos, pasiones de la sangre, y alguna vez la reflexión... Entonces, como caballo desbocado, yo pasaba sobre las horas, ignorando dónde iba, quién era, cómo vivía. Devorábame la saciedad, y yo devoraba al tiempo..."

Por mucho que los hábitos literarios y la experiencia de la vida, interpuestos entre los años 1825 y 1834, hayan adulterado las impresiones en la pluma del pensador ya maduro, no obstante, las anteriores palabras son veraces en sí mismas y producen el convencimiento de que el viaje a Europa emprendido por Echeverría en 1825, fue resultado de una lucha moral en que triunfaron la razón y las grandes aspiraciones a perfeccionarse que constituyen su carácter. Fue entonces que se levantó definitivamente en su alma, como un gigante cuya estatura se esforzó durante toda su vida por alcanzar, ese tipo ideal, pintado en varios de sus poemas, del individuo perfecto, del patriota, del indagador curioso de la verdad, que todo lo pospone por enriquecer la mente, acrisolar los sentimientos y acaudalar experiencia, con el fin de levantar sólida fama sobre tan nobles cualidades. Esta ambición noble y laudable explica el martirio moral de la existencia de quien la concibió y fomentó en su alma. Una aspiración tan difícil de realizar, que casi al alcanzarla huye como una ilusión óptica, convierte al viajero por los caminos positivos y vulgares del mundo, en una víctima que se devora a sí misma, que sólo ama lo imposible y subleva contra sí el egoísmo de los intereses prácticos con arreglo al cual juzgan los hombres contemporáneos a sus semejantes. A este precio doloroso vivirá perdurablemente el nombre de Echeverría. Su martirio se ha convertido en gloria, porque si en la posteridad no se hallara el premio por semejantes sacrificios, la humanidad no tendría derecho para ostentarse tan orgullosa como la retrata la historia.

Las causas que produjeron la crisis moral por que pasa Echeverría en el año 1825, al contar los 20 de su edad, y se decide a emprender su viaje a Europa "a continuar sus estudios interrumpidos", se hallan de manifiesto, bajo formas literarias y un tanto idealizadas, en casi todas sus obras poéticas, y muy especialmente en el bosquejo de su poema Gualpo y en las Cartas a un amigo que aparecen por primera vez en el presente volumen de sus obras completas. Allí, como en El ángel caído , se desprende sobre el fondo obscuro de un pasado nebuloso, la figura de un joven que, hastiado de goces sensuales y de liviandades pueriles, busca en la cultura de la inteligencia y en las indagaciones científicas, pábulo a la actividad de la mente y del corazón, y un empleo digno de las facultades del hombre cuya noble misión en la vida acaban de revelarle la razón y el infortunio con la claridad súbita de un relámpago. Nacido en un país que ama con delirio; pero en donde ni la historia suministra experiencias, ni el arte ostenta sus prodigios; en donde son pobres las escuelas y carecen los maestros del prestigio de la fama, toma el camino del viejo mundo, creyendo hallar allí los elementos de saber de que carece en su patria, y una fuente abundante y pura en que saciar la sed de ciencia que le devora.

En la tarde del 17 de octubre de 1825, se embarcó Echeverría con destino a Burdeos a bordo del bergantín francés "Joven Matilde", el cual se puso a la vela en la madrugada del día siguiente. Este viaje no fue feliz. El 27 de noviembre se hallaba el Matilde en la latitud Sur de 27º47', tan malparado a consecuencia de los temporales que había sufrido, que su capitán Donolf, determinó recalar en el puerto de Bahía para reparar las averías de la nave que hacía agua por todas las costuras. El 1º de diciembre a las 2 de la tarde, dio fondo el bergantín en el indicado puerto brasilero.

Seguimos a la letra unos apuntes sumamente lacónicos contenidos en una cartera de viaje, y en ellos se limita Echeverría a consignar que el 21 de diciembre a las 10 de la mañana se embarcó en Bahía a bordo de la "Aquiles", fragata francesa con destino a Havre de Gracia y con escala en Pernambuco, habiendo ajustado y pagado su pasaje a razón de 160.000 reis. Los veinte días que permaneció en Bahía, Echeverría debió vivir como un anacoreta a juzgar por su cuenta de gastos reducida a 11.186 reis, a pesar de que en ella figuran 4.466 por el pasaporte, 3.200 "por dos días en la posada", y 520 por valor de un sombrero, probablemente de paja ordinaria.

La fragata Aquiles llegó a Pernambuco el sábado 31 de diciembre, y como era mercante y debía embarcar carga, permaneció en este puerto veintidós días, habiendo continuado viaje en la tarde del 22 de enero de 1826. Aquí no fue menos parco que en Bahía nuestro viajero, pues sólo anota en su cuenta de gastos el valor del lavado de su ropa y de unos "cocos" para refrigerarse en aquel clima y en el rigor del verano, importando todo 586 reis. La fragata Aquiles salió de Pernambuco el 22 de enero, a las 2 de la tarde, y fondeó en Havre de Gracia el 27 de febrero de 1826. De manera que la travesía de nuestro viajero desde Buenos Aires hasta este puerto de Francia, a bordo de embarcaciones mercantes, a vela, duró cuatro meses y diez días. Su permanencia en Havre debió ser muy corta pues sus gastos allí se reducen a cinco francos.

Echeverría viajaba y vivía como un verdadero estudiante y como hombre sensato que economiza gastos superfluos para emplear sus recursos pecuniarios en el objeto que le preocupaba, que era el estudio; y para estudiar con aprovechamiento, en las condiciones en que él se encontraba, era indispensable pagar maestros especiales sin perjuicio de las lecciones públicas y gratuitas.

Echeverría llevó consigo al salir de Buenos Aires algunos libros cuyos títulos anuncian cuáles eran sus inclinaciones, y cuáles las lecturas que se proponía hacer durante el viaje. Antes de todo, como que iba a vivir entre franceses, le era indispensable perfeccionarse en la lengua en que había de hablarles, y cargó con su gramática y diccionario del idioma francés, que ya conocía bastante. Llevaba también un ejemplar de las lecciones de aritmética y álgebra de don Avelino Díaz, para comenzar por medio de ellas a iniciarse en las matemáticas puras, que no había cursado seriamente en Buenos Aires; la Retórica de Blair, que sin duda le habría recomendado como libro a la moda entonces, su catedrático Agüero, y la Lira Argentina , en la cual, al mismo tiempo que encontraba los halagos del patriotismo, tomaba las primeras lecciones de versificación castellana, a que desde entonces le llevaba una de sus más persistentes inclinaciones. Una carta geográfica de la República Argentina completaba el bagaje de su limitada biblioteca de viaje.

Don Esteban tuvo la fortuna de acompañarse, por casualidad, en su viaje a Europa, de dos hombres notables por su ciencia y por su honradez, conocidos por la obra que publicaron asociados, con el título de Ensayo histórico sobre la revolución del Paraguay . [1] Los doctores y naturalistas suizos, Longchamp y Rengger eran los pasajeros a que nos referimos, y tanto el uno como el otro concibieron una idea ventajosa del carácter y talento del joven americano que la intimidad de a bordo les proporcionaba ocasión para estudiar íntimamente. Echeverría, por su parte, les conservó una amistad sincera y mantuvo correspondencia con ambos hasta el año 1841; época en que Longchamp le pedía noticias desde Friburgo, acerca del estado en que se encontraba la sociedad y la política de estos países. "Estoy -le decía en un párrafo de carta datada a 18 de julio del año mencionado-, siempre como antes de su salida de París, establecido en la ciudad de Friburgo, con más quehacer que el que pueden sobrellevar mis fuerzas. Sin embargo, sea por los recuerdos que me empujan hacia el continente americano, sea por el estado de mi salud, que no es muy buena en este clima, pienso encaminarme a Buenos Aires, y al Paraguay tal vez, en el año próximo venidero." En esta misma ocasión le anunciaba su corresponsal a Echeverría la muerte de "nuestro común amigo Rengger", acaecida a fines de septiembre de 1832.

Echeverría no se complacía en referir historias de sus viajes, ni las anécdotas de su permanencia en París, y según hemos podido comprender, pasó allí años enteros tan absorbido en el estudio, que poca razón habría podido dar de las cosas que en la capital de la Francia llaman de preferencia la atención de los viajeros comunes. No hemos podido averiguar tampoco quiénes fueron allí sus mentores y guías para concertar el plan de estudios que se propuso seguir. Este plan fue acertado, y lo llevó a cabo con una laboriosidad y en una extensión que admira, y sólo puede creerse teniendo a la vista, como tenemos nosotros, las pruebas y testimonios autógrafos de las variadas materias a que se aplicó, tanto en las ciencias morales como en las positivas.

Su sistema para aprender con aprovechamiento fue redactar él mismo, de su propia mano, en libros o cuadernos a propósito, el resultado de lo que había oído y le habían hecho comprender sus profesores durante la lección de cada día. No tomó jamás en su mano un libro elemental escrito expresamente para servir de texto en las escuelas. Estos libros son de fácil adquisición y manejo; pero hacen perezoso el espíritu y reservan en sus páginas la ciencia del autor sin que se transmita viva a la inteligencia del discípulo. Pero como Echeverría deseaba saber de veras y no habilitarse únicamente para responder ante un programa de exámenes el estado de su aprovechamiento, adoptó naturalmente el método más eficaz aconsejado por los hombres de experiencia y amigos de la verdad y de lo positivo en materia de educación.

En este momento abrimos y hojeamos por la centésima vez aquellos cuadernos a que nos hemos referido, y de su examen podemos deducir cuáles fueron las materias que abrazó en sus estudios y cuáles las de su preferencia. En las ciencias físico-matemáticas consagró mayor atención a la química que a ninguna otra, a juzgar por la prolijidad con que consigna las fórmulas y los análisis en sus cuadernos, dibujando atentamente la forma de los aparatos para la elaboración, por ejemplo, de los ácidos y de los cloruros. En la geometría se dedicó al conocimiento de aquella parte más aplicable, como es la resolución de los triángulos, no sólo gráficamente sino por medio de fórmulas algebraicas y de las tablas logarítmicas. Encontramos un cuaderno de pocas páginas dedicado exclusivamente al estudio de los poliedros y de la esfera.

Echeverría tenía predilección por el estudio de la historia; pero al llegar a Francia conoció cuán superficiales y faltos de base eran los conocimientos que en este ramo había podido adquirir en sus lecturas. Tuvo la humildad, para corregir esta insuficiencia, de resignarse como un discípulo principiante a trazar cuadros cronológicos de diferentes períodos de la historia antigua y moderna, llamándonos entre éstos la atención uno muy prolijo referente a la historia del bajo Imperio de Oriente, historia, a la verdad, llena de enseñanzas saludables.

En cuanto a las ciencias políticas y a la filosofía, materias a que consagró gran parte de su residencia en Francia, no hallamos rastro de las lecciones que debió escuchar a los notables profesores de estos ramos que se distinguían en su tiempo en París. Lo que sí hallamos es una porción de volúmenes, escritos todos de puño y letra de Echeverría, en los cuales ha consignado el fruto de sus lecturas en filosofía y política, extractando aquello que le ha parecido más vigoroso o más notable de los escritos franceses desde Pascal y Montesquieu hasta Leroux y Guizot. [2] En todos y cada uno de estos extractos, puede advertir el más distraído, que Echeverría no perdía ni por un momento la memoria de su patria, y que atesoraba para ella, sabiéndola necesitada de doctrina y de una base de organización política en armonía con los fines de la revolución de la independencia. Cuanto podía dar el pensamiento francés a este respecto hasta aquellos días está recogido en esos laboriosos extractos que suponen una lectura constante y variada. En el menor de estos volúmenes manuscritos, hemos contado trece autores, cuyos nombres son los siguientes, colocados en el orden en que aparecen en las páginas del volumen: Montesquieu, Sismondi, Wattel, Lerminier, Lammenais, Guizot ( Hist. de la civ. en Europa ), Lando, Vico, Saint Marc Girardin, Vinet ( Lib. des cultes ), Chateaubriand ( Los Estuardos ), Pascal( Pensamientos ).

En medio de estos estudios arduos que ocupaban a Echeverría en Europa, emprendió otro que no lo es menos cuando se toma con seriedad. Las cuestiones suscitadas por el romanticismo eran entonces tan ruidosas y apasionadas que no era dado permanecer indiferente a ellas a nadie que tuviese inclinación a cultivar la imaginación y el arte de expresar lo que es bello. Echeverría se hallaba en este caso, y se dedicó a formarse una idea clara de lo que significa la literatura dentro de la humanidad y en cada una de las civilizaciones separadas por sus respectivas lenguas; qué partido puede sacarse de ella en favor del progreso y la libertad de los pueblos, y cuál sería la más adecuada para aquellos que, como los americanos, habían entrado en la senda de nuevos destinos al emanciparse de una metrópoli que, en su concepto, era la personificación de cuanto existía de vetusto y atrasado en el año diez del presente siglo. Esta idea se convirtió en su espíritu en una especie de misión religiosa, y aplicó toda su voluntad y todas sus facultades, no sólo a resolver acertadamente estos problemas que su penetración planteaba en presencia del debate, sino a adquirir los medios e instrumentos para que sus soluciones teóricas se convirtieran en realidades en esta parte de América cuando llegara a saludarla como hijo que regresa al hogar. Sus poesías dicen de qué modo influyó con el ejemplo; y en el volumen V de sus obras completas se insertan los fragmentos de trabajos más extensos que ha debido escribir sobre teorías literarias y no han llegado íntegros a nuestro conocimiento.

Con respecto a la vocación literaria de Echeverría, podemos referirnos a su propio testimonio: "Durante mi residencia en París -dice en uno de sus rasgos autobiográficos-, y como desahogo a estudios más serios, me dediqué a leer algunos libros de literatura. Shakespeare, Schiller, Goethe, y especialmente Byron, me conmovieron profundamente y me revelaron un nuevo mundo. Entonces me sentí inclinado a poetizar; pero no conocía ni el idioma ni el mecanismo de la metrificación española. Era necesario leer los clásicos de esta nación. Empecé: me dormía con el libro en la mano; pero haciendo esfuerzos sobre mí mismo, al cabo manejaba medianamente la lengua castellana y el verso." De esta penosa tarea de aprender de adulto lo que debe mamarse con la leche materna, ha dejado Echeverría un testimonio más de su constancia y fuerza de voluntad. Esos mismos libros que el tedio le hacía tan pesados llegaron a ser sus buenos amigos y bien venidos a sus manos, y poco a poco fue comprendiendo que de entre las frases vacías y las aspiraciones místicas de los ascéticos antiguos, podían extraerse expresiones y giros de lenguaje que dieran color y energía al pensamiento moderno expresado en nuestro idioma. Y como estas adquisiciones suelen ser fugaces porque sólo en la memoria que es frágil se depositan por lo común, emprendió la tarea de formar una especie de diccionario de modismos castellanos, señalando el autor de quien los tomaba. Por esta razón se observa que mientras todos los estudios serios de Echeverría fueron hechos en Francia, y por medio de la lengua francesa, es sin embargo uno de los escritores sudamericanos a quienes no puede tachárseles de galicismo, ni en las palabras ni en las construcciones gramaticales. Antes por el contrario, en aquellos de sus escritos que pueden llamarse didácticos, y en los humorísticos, abre el arca de sus tesoros adquiridos en el trato con los autores del Siglo de Oro, y salpica sus producciones con oportunos arcaísmos que les dan sal y relieve. La introducción de las Rimas , algunas notas de La Cautiva , y casi todos sus escritos doctrinarios, son ejemplos de cómo sabía él demoler las fábricas del clasicismo plagiario e infecundo, valiéndose de instrumentos que se rejuvenecen bajo la inspiración de su pensamiento innovador.

Aquella especie de estudio retrospectivo de la lengua, era un síntoma de la constitución literaria de la Europa que influía sobre Echeverría. A toda revolución en las ideas, corresponde en la historia una revolución en la manera de expresarla, porque las cosas nuevas o renovadas, exigen vestidos a la moda intelectual que entra en uso. El romanticismo traía en sí, a pesar de sus pretensiones innovadoras, mucho de pasado y vetusto, y así como puso en valimiento los castillos feudales, las catedrales góticas, los trajes pintorescos y las costumbres rudas de la Edad Media, entró en la tarea de buscar en la índole arcaica de los idiomas vivos, palabras y formas de dicción que imprimieran al estilo la fisonomía de las edades remotas enterradas bajo las capas vivas de la civilización moderna. Para que una página escrita según la disciplina romántica tuviera el sabor de la escuela, debía forzosamente remedar con la palabra la tosca simplicidad del cincel de los decoradores de los monumentos religiosos anteriores al Renacimiento.

Esta tendencia que no nos toca apreciar, ni en Francia ni en el resto del continente europeo, indujo naturalmente a Echeverría a transportarse a los días de León y de Malón de Chaide, y a entregarse a la lectura de estos soñadores con las cosas del otro mundo. Aun cuando saboreó los peligrosos filtros del misticismo, hay que agradecerle el que no nos haya infiltrado su veneno, ni cedido a las tentaciones devotas y teocráticas del autor de los Mártires . Fue romántico de buena ley, y no aceptando del Mediodía sino los instrumentos del arte, se inspiró en el fondo en las escuelas serias filosóficas del norte, afiliándose bajo las inmediatas banderas de Goethe, de Schiller y de Byron, grandes hablistas a su vez y artífices cuidadosísimos de la forma.

En este punto no pretendemos otra cosa más que señalar y explicar, tal cual lo entendemos, un rasgo característico de Echeverría como escritor, rasgo que no podíamos pasar en silencio en la exposición de su vida literaria. Por lo demás, las lenguas, como tantas veces se ha observado ya, se modifican con el curso del tiempo, así como se modifican las creencias, las ideas y las necesidades de que son la representación, y aquellas formas de lenguaje deben ser preferidas en un momento dado, que mejor respondan a la expresión del pensamiento y al genio de cada pensador.

Así que Echeverría logró adiestrarse en el arte de elaborar las rimas y enriquecer su vocabulario, herramientas indispensables de que tiene que proveerse todo principiante en el oficio, comenzó a escribir versos y a someterlos, en estado de borradores y con calidad de ensayos, al juicio de sus amigos íntimos. Residían entonces en París varios hijos de Buenos Aires completando sus estudios científicos a expensas del gobierno de la provincia. Portela, Rodríguez, Rivera, Fonseca y otros varios, eran de este número, y el primero y el último fueron los primeros confidentes de las inspiraciones de nuestro poeta, así como fueron los predilectos en su cariño, entre sus condiscípulos americanos en París. Los ensayos de Echeverría debieron consistir en algunas composiciones que, corregidas y mejoradas, hacen probablemente parte de los Consuelos ; pero si esto es dudoso, consta de su correspondencia con el doctor Fonseca que dichos ensayos llegaron a manos de éste con el título de Ilusiones , y que el objeto del autor era pintar los sueños y aspiraciones ideales de la juventud en general, encerrando en un cuadro pequeño, pero variado en situaciones y accidentes, un período completo de la existencia del hombre. El tipo de su héroe lo había sacado de lo hondo de su propio corazón, delineándole con el recuerdo de las luchas morales que él mismo había experimentado, según lo declara en su correspondencia privada con aquellos amigos.

El resultado de estas exploraciones de la opinión ajena, acerca del efecto que podían producir sus ensayos en la sensibilidad de un hombre selecto, nacido y destinado a vivir como él a las orillas del Plata, no pudo ser más satisfactorio ni más lisonjero para sus aspiraciones concentradas exclusivamente en este pedazo de mundo americano. Las Ilusiones no sólo fueron bien recibidas y atentamente leídas por su distinguido compatriota, sino aplaudidas y elogiadas con verdadero entusiasmo, no con voces vagas ni palabras comedidas, sino con detenidas demostraciones razonadas, porque aquellas poesías, como ningunas otras, le habían afectado hondamente, conmovido sus entrañas, y transportándole penosamente a los recuerdos de una juventud análoga a la del héroe de las Ilusiones . "Yo he pasado por las mismas vicisitudes y he sido joven y amado del mismo modo y con las mismas consecuencias", decía el doctor Fonseca al autor. El triunfo de éste al comenzar su carrera de poeta no podía ser mayor, puesto que había conseguido la aprobación de juez tan competente. Aun consiguió más: los versos de Echeverría produjeron el efecto de una corriente galvánica sobre la persona moral del doctor Fonseca.

El hombre interior se reveló espontáneamente. Bajo la influencia de los choques de aquella lectura, el médico tomó la pluma y en una página detenida y esmeradamente escrita dejó consignadas revelaciones preciosas para la historia de su vida y para el estudio del corazón humano. La primera juventud de ambos amigos, nacidos en una misma parroquia, que sólo se conocieron en el extranjero, fueron casi idénticas.

Llevaban ambos en el corazón las mismas heridas que les inclinaron a la melancolía y al desaliento, mezclados a la energía que inspiran el deber y los anhelos de la perfección. Ambos eran poetas románticos en el alma, ambos habían estudiado lo bello bajo sus aspectos humanos y sociales, y tanto el uno como el otro dan pruebas de que en la atmósfera general de aquella época, las formas literarias no fueron en su novedad otra cosa más que la expresión adecuada y natural de un movimiento en la raíz de los espíritus, producido por la influencia de la libertad que comenzaban a disfrutar más ampliamente.

La influencia de Lafinur y de Fernández Agüero, en filosofía; el liberalismo seglar bajo cuyas influencias se reformaron los planes de estudios, despertaban nuevas curiosidades intelectuales y preparaban para las letras el terreno en que con tanta fortuna sembró más tarde Echeverría la doctrina y el ejemplo. A la penetración de éste, si no nos equivocamos, escapan estas observaciones y desdeña demasiado en sus escritos el proceso ascendente que habían seguido las ideas en su país, formando una cadena progresiva de la cual nuestro distinguido pensador era un eslabón mejor forjado, si se quiere, y de mejores quilates, pero de igual materia, vaciado en el molde fatal del progreso de que nunca estuvimos desheredados los argentinos.

Echeverría no se redujo a tratar exclusivamente a los hombres de su misma habla y nacionalidad residentes en París. A más de cultivar relaciones con estos señores, frecuentaba la tertulia de varios literatos de nota, y en especial la de aquellos que por adhesión a las ideas liberales, como entonces se decía, simpatizaban con la América independiente y estudiaban con pasión el problema de la estabilidad y del progreso de las instituciones democráticas en el nuevo mundo. En esas reuniones era, como es de presumir, el mimado de los concurrentes, por su calidad de extranjero, que es una recomendación en aquella capital cosmopolita, por lo remoto de su origen y por la novedad que allí despierta un hombre de tierra lejana, que habiendo nacido en países bárbaros , se presenta con todas las dotes y los adornos de la civilización.

A estas circunstancias se juntaba para favorecerle en aquellas serias y cultas sociedades su competencia como juez en las cosas de América, y la exactitud de sus informes acerca del carácter e importancia de nuestros prohombres, de la marcha y desenlace posible de los acontecimientos políticos y militares, y de los elementos que tanto la naturaleza como el desarrollo de la civilización americana ofrecían para la prosperidad de las nacientes repúblicas. En todas estas materias se mostraba Echeverría juicioso, entendido, y capaz de dar solución a las dudas y preguntas que se le dirigían y de apoyar sus opiniones con hechos y cifras estadísticas, de las cuales encontramos muchas en sus libros de memorias, tomadas de su propia mano en las mejores fuentes. Tenemos testimonios ante los ojos que prueban el vivísimo interés que excitaba en algunos espíritus selectos del círculo parisiense de Echeverría la causa americana, y fácilmente se comprende la influencia en él de la palabra del joven porteño, cuando con orgullo y firmeza, les tranquilizaba en sus perplejidades e inquietudes.

"Tiempo hace -decía en uno de éstos en junio de 1827- que el destino de la América ha dejado de ser un problema, y no hay poder en el mundo que pueda trastornarle. Sería necesario extirpar la raza americana, y desnaturalizar totalmente las cosas para embarazar el progreso de la civilización en aquellas favorecidas regiones: progreso a que contribuyen a torrentes todos los hombres libres del globo."

En estos círculos parisienses encontró Echeverría un amigo, joven como él, que tuvo notable influencia en sus predilecciones literarias. Pertenecía a una distinguida familia que suponemos oriunda de uno de los cantones alemanes de la Suiza, ardiente partidario de la libertad política y dado a las letras con competencia poco vulgar en ellas. La inteligencia y la imaginación vinculaban esta amistad.

París es un medio social en donde respiran a su sabor y albedrío todas las inclinaciones. Si es la Babilonia de los placeres y de los vanos espectáculos, es también la Tebaida del estudioso y una de las ciudades del mundo en donde pueden admirarse con todo su atractivo las virtudes que brotan alrededor del trabajo asiduo e inteligente. Allí hay tentaciones por demás para los sentidos y seducciones irresistibles para los estudiosos: allí halla, generosamente a su disposición, cuanto puede ambicionar el espíritu para aplicarse y desenvolverse.

En este mundo de la vida mental vivían en París el suizo y el porteño; y cavilosos ambos y de alma de poetas, se alejaban frecuentemente de los Bulevares, y se perdían conversando en los risueños alrededores de aquella capital.

Fue en esos paseos y en esas conversaciones que Echeverría comenzó a conocer la literatura alemana. El mismo recordaba en una carta a aquel amigo, la profunda e indeleble impresión que le había causado un drama de Schiller, que hemos visto representar en Buenos Aires, en nuestra juventud, con lágrimas en los ojos, interpretado por la Trinidad y por Velarde, titulado en alemán, "La hija del músico", y en la traducción española "El amor y la intriga". Esa lectura despertó en Echeverría, son sus propias palabras, el más ardiente deseo por conocer las obras de aquel gran escritor, así como las de Goethe. Tan pronto como pudo proporcionarse traducciones francesas de ambos, las devoró, encontrando en ellas tesoros que sentía no apreciar más en su justo valor por desconocer las lenguas en que fueron originalmente escritas.

Tal era la atmósfera pura y vivificante para la vida moral que respiraba Echeverría en Francia. Había poblado su modesto rincón de estudiante de todas las realidades y visiones del espíritu, y como se hallaba engolfado en la asidua lectura, en el estudio y la contemplación, oía con indiferencia los ruidos seductores de las plazas y las calles públicas. Como suele cambiarse de clima para recobrar las fuerzas físicas, él había atravesado el océano para robustecer su razón, y a manera de aquellos romanos antiguos que visitaban las escuelas de Atenas para prepararse a las luchas de la tribuna y de la libertad en la gran república, Echeverría no fue más que un transeúnte por la Europa en el camino del ansiado regreso a su patria, cuya imagen no se apartaba ni por un momento de su memoria.  CONTINUARÁ

Noticias biográficas sobre Don Esteban Echeverría / 1874 de Juan María Gutiérrez (1809-1878)

Fuente: Obras Completas de D. Esteban Echeverría , Buenos Aires, Carlos Casavalle Editor, 1870-1874. extraído de diario Clarín

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LA DIENTONA

Mito venezolano

La Dientona es un espíritu burlón y ocioso que suele aparecérsele a los confiados transeúntes de poblaciones pequeñas. Esta leyenda originaria de El Tocuyo, estado Lara posee varias semejanzas con la de La Sayona, proveniente de Los Llanos venezolanos.

Un hombre que dice haber tenido un encuentro con La Dientona, aseguró que una noche en la que se encontraba paseando, se topó con una dama muy sugestiva. Lo curioso, era que ésta no se dejaba ver.

El hombre extrañado le preguntó:

- ¿Por qué ocultas tu cara?

La mujer no respondió.

Seguro de no haberla visto nunca antes, esta vez se interesó por conocer el lugar de origen de esta misteriosa mujer.

- ¿En dónde vives?

Ella respondió con una voz cálida y suave:

- Muy pronto lo sabrás.

Caminaron varias cuadras, hasta llegar al Cementerio. De repente la mujer gritó:

- Esta es mi casa.

En ese momento volteó el rostro hacia su acompañante, dejando ver una dentadura tan feroz, que parecía un estuche de puñales.

El hombre huyó, y mientras corría tropezó con un caballero que estaba recostado a una pared. No lo conocía, pero procedió a contarle todo lo que le había sucedido, pues la pena comunicada alivia.

Al hacer referencia a los enormes dientes de la aparición, el hombre preguntó con una expresión por demás sarcástica:

- ¿Y serían como estos?

Nuevamente aparecieron ante el hombre, unos filosos dientes que no desmerecían en lo absoluto a los de la mujer. El hombre corrió despavorido hasta llegar a su casa y reflexionó preso del insomnio.

La Dientona le había jugado una mala pasada, pero además, lo había convencido de los peligros que acechan a los que les gusta trasnocharse.

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