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EL
HORNERO
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MATERIAL
DE DIFUSIÓN DE LA EMISORA EDUCATIVA "El HORNERO"
REVISTA Nº XX- 2001
www.interdia.org/hornero
ó www.paginadigital.com.ar/articulos
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PRESENTACIÓN
DE TEMAS
* INDEX
*
EDUCACIÓN
*
COMUNICACIONES
*
CULTURA
*
HISTORIA
*
SALUD
*
NATURALEZA Y MEDIOAMBIENTE
*
CIENCIA Y TECNOLOGIA
*
EDITORIALES
>>>>>>-CULTURA-<<<<<
INDICE
DE TEMAS CULTURALES
*
CULTURAS
DE LAS SIERRAS CENTRALES Y CUYO
*
ESTEBAN
ECHEVERRÍA
*
LA DIENTONA
*
HISTORIA DEL FARO
*
PROTOCOLO
& ETIQUETA
*
BREVE
HISTORIA DEL TANGO
*
ENRIQUE S.
DISCÉPOLO
CULTURAS
DE LAS SIERRAS CENTRALES Y CUYO
Puenches,
Puelches, Huarpes, Comechingones, Sanavirones,
etc., muestran pueblos con economías
especializadas en la caza de guanacos y ciervos y
en la recolección de semillas. Se calcula su
existencia hasta el siglo XVIII..
*
Pehuenches y
Puelches
*
Huarpes
*
Olongastas
*
Comechingones
*
Sanavirones
Pehuenches
y Puelches
*
Datos generales: habitaron el sur de Mendoza y la
región cordillerana de Neuquén... Peuhén
significa pino y che: gente en lengua araucana, o
sea "gente de los pinares". Algunas
tribus que componían el grupo de los Araucanos
fueron: Jorjones, Sequelquianes, Saquirgueres y
Colcoyanes.
Una
de las primeras crónicas de este pueblo data de
1563 y corresponde al chileno Mariño de Lovera
quien acompañaba al conquistador Pedro de Leiva.
El cronista escribió: "Todos sin excepción
son delgados y sueltos, aunque no menos dispuestos
y hermosos por tener grandes rasgados ojos, y los
cuerpos muy bien hechos y altos".
|
*
Puelches de Cuyo: se encontraban al norte de
la zona pehuenche y se denominaban Puelches
Algarroberos o de Cuyo (hoy Mendoza).
Vivían
en la zona de pedemonte cordillerano. Fueron
bautizados con ese nombre por los Araucanos
y su nombre significa "gente del
este".
Tanto
los Pehuenches como los Puelches
pertenecían al grupo Huárpido. La primera
referencia de los Puelches Algarroberos la
hizo en 1594 Miguel de Olavarría.
*
Forma de vida: Puelches y Pehuenches eran
cazadores y recolectores. Se alimentaron de
guanacos y ñandúes, más tarde, con la
llegada de los españoles, comieron
caballos.
Las
armas utilizadas fueron el arco, las flechas
y las boleadoras, más tarde, por influencia
de los araucanos, usaron lanzas. Entre las
semillas que recolectaron encontramos la
algarroba, el molle y los piñones de la
araucaria. |
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Los
Pehuenches hicieron del piñón su alimento
principal: de ellos extraían una harina para
hacer pan y también, fermentados, obtenían una
bebida alcohólica similar a la chicha.
Los Puelches tenían la
algarroba como dieta principal; de allí lo de
"algarroberos".
*
Vivienda y vestimenta: vivieron en toldos de
cueros sostenidos por ramas. Estos toldos se
situaban cerca de los bosques para tener a mano
los frutos. Su vestimenta era de cuero combinado
con plumas, aros de cobre o plata (imitado a los
araucanos) y pintura en la cara, brazos y piernas:
para indicar duelo, guerra, etc.
HUARPES
*
Etnias huarpes: Se dividieron en tres grandes
grupos, según la ubicación geográfica: Norte
(San Juan): Huarpes Allentiac, Sur (Mendoza)
Huarpes Milcayac y Este (San Luis) los Huarpes
Puntanos.
Los
huarpes se extinguieron hace mucho tiempo, pero
los relatos de los conquistadores y hallazgos
arqueológicos permitieron acercarnos un poco a su
cultura. El padre Lizárraga, quien atravesó el
territorio huarpe en el siglo XVI, nos cuenta que
eran muy altos y delgados; otro cura, el padre
Ovalle agrega diciendo que eran muy atléticos.
*
Levirato y Sororato: fueron 2 aspectos muy
curiosos en la estructura social huarpe: levirato:
al morirse el marido, la viuda y los hijos pasan a
depender del hermano menor del fallecido. Sororato:
al casarse el varón adquiere el derecho de
casarse con las demás hermanas menores de la
novia.
*
Costumbres generales: el imperio incaico con el
Inca Pachacutec a la cabeza logró su máxima
expansión en el siglo XV. En su conquista
sometieron a los huarpes, quienes adoptaron muchas
de sus costumbres, tales la vestimenta y los
cultivos de maíz y quinoa; estas influencias no
hicieron abandonar prácticas muy arraigadas como
la caza y la pesca. Con respecto a la pesca,
utilizaron una balsa hecha con junco o totora
fuertemente atados que impulsaban con una larga
vara que manejaban parados en su parte posterior.
Pescaban con una lanza. La laguna era la de
Guanacache y allí también cazaban patos: ponían
una calabaza en su cabeza y se introducían al
agua, al acercarse un pato, lo tomaban y sumergían
velozmente sin hacer ruido (evitando así el
alboroto).
El
padre Alonso de Ovalle observó el método huarpe
para cazar: seguían al animal trotando
constantemente durante 2 ó 3 días (casi sin
poder beber ni comer) al cabo de los cuales el
animal, agotado, nada podía hacer para evitar su
captura.
*
Vivienda, arte y religión: la vivienda variaba de
acuerdo al microclima donde se encontraba: en los
cerros eran de piedra y en el pedemonte de barro y
paja. Emplearon figuras antropomorfas para alfarería
o tallados de piedra; hicieron pictografías
(Antofagasta de la Sierra) pero sobresalieron en
la cestería. El padre Ovalle nos cuenta que hacían
"las cestas y canastitas de distintos modelos
y figuras. Todo en paja, pero tan fuerte y
apretado que aunque la llenen de agua, ésta no
sale. De esta manera hacen sus vasos y tazas de
los que beben. Aunque se caigan al suelo, no se
rompen y duran mucho".
Creían
en una divinidad central llamada Hunuc Huar, también
adoraron al sol, la luna, los ríos y los luceros.
Cuando morían eran colocados decúbito dorsal y
con la cabeza dirigida hacia la Cordillera, lugar
donde moraba Hunuc Huar.
Olongastas
*
Ubicación y datos generales: habitaron la zona
comprendida entre los llanos riojanos y la región
contigua, de las actuales provincias de San Juan,
San Luis y Córdoba. Fueron un pueblo sedentario,
agrupado en pequeños poblados y formando
comunidades. Recolectaron la algarroba para
fabricar la chicha y el patay. En 1591, con la
llegada de los conquistadores, fueron distribuidos
en poblados vecinos. En 1782 ya habían sucumbido.
Hicieron sus viviendas con barro y paja. Sus armas
fueron el arco, las flechas y la bola perdida (una
sola bola atada con una correa).
*
Utensilios: hicieron morteros para moler los
granos. La piedra les fue útil para confeccionar
puntas de flecha, hachas y bolas, con surco
ecuatorial y sin él.
Comechingones
*
Hombres barbudos: su nombre significa
"morador de cuevas" .Hacia 1543 Diego
Fernández, cronista de Diego de Rojas, describe a
los Comechingones de las sierras cordobesas.
Lo
que más le llamo la atención a Fernández, fue
que estos indígenas usaban barba. La pilosidad es
una característica de la raza huárpida y no es
común en otros grupos de América. Los describió
"de alta estatura y de mayor pilosidad y
pigmentación que otros indios...".
*
Economía: tenía una base mixta. Por un lado el
cultivo y por el otro la caza y recolección.
Trabajaron
la tierra y criaron llamas. Sembraron maíz,
poroto, zapallo y quinoa. Los granos eran molidos
en morteros fijos excavados en plena roca. Se
pueden hallar fácilmente hoy en día.
La
base del menú eran los guanacos, ciervos y
liebres, los frutos de la algarroba y el chañar.
*
Costumbres: vivieron en casas semisubterráneas...
se trata de grutas y abrigos naturales que
hallamos en la región serrana. Otro cronista de
Diego de Rojas: Pedro Cieza de León nos describe
las viviendas de los comechingones que tomaron
contacto con los europeos: "cavaban las casas
en tierra hasta que ahondando en ella quedaban dos
paredes naturales, las armaban luego con madera y
las cubrían con paja".
La
vestimenta comechingona tenía gran influencia
andina: su camiseta y manta elaboradas con lana de
llama, adornados con varillas o vinchas. Las
distintas partes de una comunidad estaban
comandadas por un cacique.
*
Otras características: trabajaron la cerámica
con figuras geométricas simples. Moldearon la
piedra para confeccionar hachas, puntas de flecha
y raspadores para curtir las pieles. Sobresalieron
en las pinturas rupestres. Con el tiempo y luego
de la fundación de Córdoba, los españoles
impusieron el quechua para entenderlos más fácilmente,
y los comechingones, ya abatidos, fueron perdiendo
sus costumbres hasta dejarlas en el olvido. Se
hallaron grandes piezas arqueológicas de esta
cultura en las zonas de Candonga, Ongamira y
Observatorio. Una gran cantidad de pinturas
rupestres hay en Cerro Colorado.
Sanavirones
*
Ubicación: podemos ubicar a esta cultura en la
depresión de la laguna de Mar Chiquita, en Córdoba.
Por el norte llegaban hasta el río Salado, donde
comenzaban los Tonocotés. Al sur se extendían
por el río Suquía o Primero. Al oeste limitaban
con la sierra de Sumampa y el limite oriental
coincidía con los actuales límites entre las
provincias de Santiago del Estero y Santa Fe.
Étnicamente
pertenecían al grupo Amazónido, y al llegar al
territorio debieron dominar, rápidamente, a los
huárpidos originales.
*
Economía: adoptaron sistemas andinos de cultivos,
a los que complementaron con caza, pesca y
recolección. Entre las armas utilizadas por los
Sanavirones encontramos la macana, que era una
especie de garrote triangular con protuberancia en
un extremo, también usado como elemento de
defensa personal en las guerras indígenas.
*
Costumbres: las numerosas excavaciones realizadas
sacaron a la luz numerosos trabajos de alfarería
que ponían de manifiesto dos tipos de cerámica:
una negra grisácea y otra grabada. Los
Sanavirones vivieron en casas muy grandes donde
cabían hasta quince soldados con sus respectivos
caballos. Se construían con vegetales y cada una
albergaba a varias familias.
Las
viviendas se reunían en pequeños grupos que se
rodeaban de cardones y otras arboledas espinosas
que servían de protección. Su extinción tuvo
lugar hacia el siglo XVII.
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ESTEBAN
ECHEVERRIA
Quería
Sócrates que los hombres pusieran los ojos en la
vida y hechos de varones señalados, a quienes él
y San Basilio llaman espejos de la República:
para que viéndolos se viesen, o bien como
semejantes en las virtudes, o bien como
desemejantes en los vicios.
Martín de Roa
No
sienta bien el oficio de crítico a quien ofrece
al público la obra completa de un escritor
contemporáneo. Lo único que le corresponde es
ayudar al lector, para que juzgue con
independencia y acierto, informándole de aquellas
circunstancias que son del resorte de la biografía.
Dentro
de estos límites nos ceñimos en las presentes páginas,
con tanta mayor razón, cuanto que, como puede
verse en el presente volumen, nos hemos atrevido
varias veces y en diferentes épocas, en vida y
después de los días de Echeverría, a expresar
nuestra opinión sobre el valor literario de sus
escritos y sobre la importancia del papel que
desempeñó, como obrero de la mejora social en
ambas orillas del Río de la Plata.
Esos
nuestros juicios, lo confesamos francamente, son
imperfectos e incompletos, más que por falta de
voluntad, por una razón que no queremos ocultar.
Aun cuando al comenzar a escribirlos, llevábamos
la intención de detenernos en ellos y de tratar
la materia bajo todos sus aspectos, muy pronto se
nos desprendía la pluma de la mano, porque nada
es tan doloroso como clavar el escalpelo del análisis
en las entrañas, que aún sentimos palpitar, de
una memoria querida.
Entre
este sentimiento y el deber de no defraudar a
nuestro país de una de sus glorias más puras, ha
vacilado por mucho tiempo nuestro espíritu, hasta
lograr dominarle y sacar de nuestro culto por una
amistad que nos honra, las fuerzas necesarias para
poner en estado de ver la luz pública el fruto
entero de la cabeza sazonada y del delicado corazón
del autor de los Consuelos y del Dogma de Mayo .
Mezclados
a los nuestros se encontrarán en este último
volumen de las obras completas de Echeverría, una
serie de juicios críticos escritos en América y
en Europa por jueces distinguidos e imparciales,
los cuales llenan airosamente el vacío que señalamos
arriba, y justifican la importancia intelectual
del amigo cuya vida, lacónicamente, pasamos a
relatar.
Esta
vida no es propiamente de acción, si por acción
se entiende la parte que toma un ciudadano en las
funciones públicas de su país. Los tiempos
alejaban naturalmente de ellas a un hombre del carácter
y principios de Echeverría. Pero en el teatro de
las teorías, pocos argentinos han sido tan
activos, laboriosos y persistentes, como este
pensador siempre en la brecha, luchando contra el
error día y noche, y manejando en esta lucha
todas las armas de la palabra con que la idea
ataca y se defiende.
Esta
gloriosa batalla, sin ruido, sin sangre,
emprendida casi con la certeza de la derrota o de
lo infructuoso del triunfo, que consumió la
existencia de Echeverría y le devoró de sed de
verdad y justicia, está consignada en sus
escritos, que son como los anales de ella, jornada
por jornada. Hoy que estas producciones, se
entregan al público, casi en su totalidad, queda
su biógrafo descargado de la difícil tarea de
historiar los medios y fines del pensamiento de
Echeverría dentro de las esferas de la política
y del arte.
Esta
es labor ajena y venidera. Ponemos en manos de
quienes hayan de desempeñarla los antecedentes
indispensables para proceder con entero
conocimiento de causa.
Don
José Esteban Antonio Echeverría, nació en
Buenos Aires, el día 2 de septiembre de 1805, en
el barrio llamado vulgarmente del alto , y fue
bautizado en la misma pila en que lo había sido
cerca de medio siglo antes, el ilustre patriota
don Feliciano Antonio Chiclana. Tuvo por padres a
don José Domingo Echeverría, natural de Vizcaya,
y a doña Martina Espinosa, hija de esta ciudad.
Según hemos podido averiguar, don Esteban tuvo la
desgracia de perder a su padre en la primera niñez
y tomó los caminos un tanto anchos que las señoras
viudas abren comúnmente a sus hijos predilectos.
El mismo, en una carta escrita a un íntimo amigo
suyo en julio de 1836, delineaba con rasgos
generales, pero francos, sus extravíos desde los
15 a los 18 años de edad; y según esta confesión
espontánea, era por entonces un héroe de novela
en miniatura, y uno de esos inocentes libertinos
que lisonjean su amor propio haciéndose blanco de
las murmuraciones de su barrio.
Estos
deslices, complicados con "ciertos amoríos
de la sangre un tanto escandalosos",
empleando sus propias expresiones, no obstaban
para que se entregara con suficiente ardor al
cultivo de su inteligencia, sujetándose
estrictamente al régimen de los estudios
establecido en el Colegio de "ciencias
morales", el más serio y disciplinado de los
establecimientos de enseñanza preparatoria,
durante la administración que logró tomar
asiento en el terreno conmovido por los
sacudimientos políticos del año 1820. Tuvo por
inmediatos maestros de latinidad y de filosofía,
a dos inolvidables varones, cuya voz, apacible y
mansa, en uno; ardiente, y despreocupada en boca
del otro, nos parece escuchar todavía, después
de largos años, con gratitud y amor. Estos mismos
eran los sentimientos que guardó siempre en su
corazón don Esteban para con sus buenos
profesores don Mariano Guerra y don Juan Manuel
Fernández Agüero. Tenemos autógrafos a la
vista, los certificados de aplicación y excelente
conducta en el aula, que dieron ambos señores a
su discípulo; y consta de esos documentos que había
cursado dos años de latinidad, "distinguiéndose
entre sus condiscípulos", y la ideología,
la lógica y la metafísica, en el de 1822,
"dando pruebas repetidas de talento, juicio y
aplicación".
"Continué
mi vida de estudiante -dice el mismo Echeverría
en la carta mencionada-, hasta fines de 1823, en
cuya época me separé de las aulas, por causas
independientes de mi voluntad para dedicarme al
comercio." En efecto, entre los apuntes
personales contenidos en una cartera de su uso,
hallamos, que entró en calidad de dependiente de
aduana al servicio de la afamada casa de los señores
Sebastián Lezica y hermanos, en donde permaneció
hasta el 20 de septiembre de 1825.
Las
ocupaciones humildes y prosaicas del empleo que
desempeñaba contra su inclinación, no pudieron
sofocar las que predominaban en él, y el
dependiente de la casa Lezica no dejó de ser el
mismo estudiante y el mismo joven ardiente y fantástico
que fue antes de ocuparse de pólizas y de
facturas. En los momentos desocupados, y sobre los
fardos de mercaderías de los almacenes por mayor
de la casa de sus patrones, tomaba sus lecciones
de lengua francesa y se entregaba, en libros
escritos en ésta, que pronto logró poseer con
perfección, a la lectura reflexiva de materias de
"historia y de poesía". Así nos consta
de una página casi indescifrable, en que Echeverría
comenzó con conocida pereza y desaliño a
escribir una especie de autobiografía que abandonó
a los pocos renglones. En otro escrito del mismo
carácter, pero más detenido, comenzado al
cumplir la edad crítica de los treinta años,
pinta la situación de su corazón y de su espíritu
en la época en que se dedicaba al comercio y
abandona los estudios escolares. "Hasta la
edad de 18 años, dice allí, fue mi vida casi
toda externa: absorbiéronla sensaciones, amoríos,
devaneos, pasiones de la sangre, y alguna vez la
reflexión... Entonces, como caballo desbocado, yo
pasaba sobre las horas, ignorando dónde iba, quién
era, cómo vivía. Devorábame la saciedad, y yo
devoraba al tiempo..."
Por
mucho que los hábitos literarios y la experiencia
de la vida, interpuestos entre los años 1825 y
1834, hayan adulterado las impresiones en la pluma
del pensador ya maduro, no obstante, las
anteriores palabras son veraces en sí mismas y
producen el convencimiento de que el viaje a
Europa emprendido por Echeverría en 1825, fue
resultado de una lucha moral en que triunfaron la
razón y las grandes aspiraciones a perfeccionarse
que constituyen su carácter. Fue entonces que se
levantó definitivamente en su alma, como un
gigante cuya estatura se esforzó durante toda su
vida por alcanzar, ese tipo ideal, pintado en
varios de sus poemas, del individuo perfecto, del
patriota, del indagador curioso de la verdad, que
todo lo pospone por enriquecer la mente, acrisolar
los sentimientos y acaudalar experiencia, con el
fin de levantar sólida fama sobre tan nobles
cualidades. Esta ambición noble y laudable
explica el martirio moral de la existencia de
quien la concibió y fomentó en su alma. Una
aspiración tan difícil de realizar, que casi al
alcanzarla huye como una ilusión óptica,
convierte al viajero por los caminos positivos y
vulgares del mundo, en una víctima que se devora
a sí misma, que sólo ama lo imposible y subleva
contra sí el egoísmo de los intereses prácticos
con arreglo al cual juzgan los hombres contemporáneos
a sus semejantes. A este precio doloroso vivirá
perdurablemente el nombre de Echeverría. Su
martirio se ha convertido en gloria, porque si en
la posteridad no se hallara el premio por
semejantes sacrificios, la humanidad no tendría
derecho para ostentarse tan orgullosa como la
retrata la historia.
Las
causas que produjeron la crisis moral por que pasa
Echeverría en el año 1825, al contar los 20 de
su edad, y se decide a emprender su viaje a Europa
"a continuar sus estudios
interrumpidos", se hallan de manifiesto, bajo
formas literarias y un tanto idealizadas, en casi
todas sus obras poéticas, y muy especialmente en
el bosquejo de su poema Gualpo y en las Cartas a
un amigo que aparecen por primera vez en el
presente volumen de sus obras completas. Allí,
como en El ángel caído , se desprende sobre el
fondo obscuro de un pasado nebuloso, la figura de
un joven que, hastiado de goces sensuales y de
liviandades pueriles, busca en la cultura de la
inteligencia y en las indagaciones científicas, pábulo
a la actividad de la mente y del corazón, y un
empleo digno de las facultades del hombre cuya
noble misión en la vida acaban de revelarle la
razón y el infortunio con la claridad súbita de
un relámpago. Nacido en un país que ama con
delirio; pero en donde ni la historia suministra
experiencias, ni el arte ostenta sus prodigios; en
donde son pobres las escuelas y carecen los
maestros del prestigio de la fama, toma el camino
del viejo mundo, creyendo hallar allí los
elementos de saber de que carece en su patria, y
una fuente abundante y pura en que saciar la sed
de ciencia que le devora.
En
la tarde del 17 de octubre de 1825, se embarcó
Echeverría con destino a Burdeos a bordo del
bergantín francés "Joven Matilde", el
cual se puso a la vela en la madrugada del día
siguiente. Este viaje no fue feliz. El 27 de
noviembre se hallaba el Matilde en la latitud Sur
de 27º47', tan malparado a consecuencia de los
temporales que había sufrido, que su capitán
Donolf, determinó recalar en el puerto de Bahía
para reparar las averías de la nave que hacía
agua por todas las costuras. El 1º de diciembre a
las 2 de la tarde, dio fondo el bergantín en el
indicado puerto brasilero.
Seguimos
a la letra unos apuntes sumamente lacónicos
contenidos en una cartera de viaje, y en ellos se
limita Echeverría a consignar que el 21 de
diciembre a las 10 de la mañana se embarcó en
Bahía a bordo de la "Aquiles", fragata
francesa con destino a Havre de Gracia y con
escala en Pernambuco, habiendo ajustado y pagado
su pasaje a razón de 160.000 reis. Los veinte días
que permaneció en Bahía, Echeverría debió
vivir como un anacoreta a juzgar por su cuenta de
gastos reducida a 11.186 reis, a pesar de que en
ella figuran 4.466 por el pasaporte, 3.200
"por dos días en la posada", y 520 por
valor de un sombrero, probablemente de paja
ordinaria.
La
fragata Aquiles llegó a Pernambuco el sábado 31
de diciembre, y como era mercante y debía
embarcar carga, permaneció en este puerto veintidós
días, habiendo continuado viaje en la tarde del
22 de enero de 1826. Aquí no fue menos parco que
en Bahía nuestro viajero, pues sólo anota en su
cuenta de gastos el valor del lavado de su ropa y
de unos "cocos" para refrigerarse en
aquel clima y en el rigor del verano, importando
todo 586 reis. La fragata Aquiles salió de
Pernambuco el 22 de enero, a las 2 de la tarde, y
fondeó en Havre de Gracia el 27 de febrero de
1826. De manera que la travesía de nuestro
viajero desde Buenos Aires hasta este puerto de
Francia, a bordo de embarcaciones mercantes, a
vela, duró cuatro meses y diez días. Su
permanencia en Havre debió ser muy corta pues sus
gastos allí se reducen a cinco francos.
Echeverría
viajaba y vivía como un verdadero estudiante y
como hombre sensato que economiza gastos
superfluos para emplear sus recursos pecuniarios
en el objeto que le preocupaba, que era el
estudio; y para estudiar con aprovechamiento, en
las condiciones en que él se encontraba, era
indispensable pagar maestros especiales sin
perjuicio de las lecciones públicas y gratuitas.
Echeverría
llevó consigo al salir de Buenos Aires algunos
libros cuyos títulos anuncian cuáles eran sus
inclinaciones, y cuáles las lecturas que se
proponía hacer durante el viaje. Antes de todo,
como que iba a vivir entre franceses, le era
indispensable perfeccionarse en la lengua en que
había de hablarles, y cargó con su gramática y
diccionario del idioma francés, que ya conocía
bastante. Llevaba también un ejemplar de las
lecciones de aritmética y álgebra de don Avelino
Díaz, para comenzar por medio de ellas a
iniciarse en las matemáticas puras, que no había
cursado seriamente en Buenos Aires; la Retórica
de Blair, que sin duda le habría recomendado como
libro a la moda entonces, su catedrático Agüero,
y la Lira Argentina , en la cual, al mismo tiempo
que encontraba los halagos del patriotismo, tomaba
las primeras lecciones de versificación
castellana, a que desde entonces le llevaba una de
sus más persistentes inclinaciones. Una carta
geográfica de la República Argentina completaba
el bagaje de su limitada biblioteca de viaje.
Don
Esteban tuvo la fortuna de acompañarse, por
casualidad, en su viaje a Europa, de dos hombres
notables por su ciencia y por su honradez,
conocidos por la obra que publicaron asociados,
con el título de Ensayo histórico sobre la
revolución del Paraguay . [1] Los doctores y
naturalistas suizos, Longchamp y Rengger eran los
pasajeros a que nos referimos, y tanto el uno como
el otro concibieron una idea ventajosa del carácter
y talento del joven americano que la intimidad de
a bordo les proporcionaba ocasión para estudiar
íntimamente. Echeverría, por su parte, les
conservó una amistad sincera y mantuvo
correspondencia con ambos hasta el año 1841; época
en que Longchamp le pedía noticias desde Friburgo,
acerca del estado en que se encontraba la sociedad
y la política de estos países. "Estoy -le
decía en un párrafo de carta datada a 18 de
julio del año mencionado-, siempre como antes de
su salida de París, establecido en la ciudad de
Friburgo, con más quehacer que el que pueden
sobrellevar mis fuerzas. Sin embargo, sea por los
recuerdos que me empujan hacia el continente
americano, sea por el estado de mi salud, que no
es muy buena en este clima, pienso encaminarme a
Buenos Aires, y al Paraguay tal vez, en el año próximo
venidero." En esta misma ocasión le
anunciaba su corresponsal a Echeverría la muerte
de "nuestro común amigo Rengger",
acaecida a fines de septiembre de 1832.
Echeverría
no se complacía en referir historias de sus
viajes, ni las anécdotas de su permanencia en París,
y según hemos podido comprender, pasó allí años
enteros tan absorbido en el estudio, que poca razón
habría podido dar de las cosas que en la capital
de la Francia llaman de preferencia la atención
de los viajeros comunes. No hemos podido averiguar
tampoco quiénes fueron allí sus mentores y guías
para concertar el plan de estudios que se propuso
seguir. Este plan fue acertado, y lo llevó a cabo
con una laboriosidad y en una extensión que
admira, y sólo puede creerse teniendo a la vista,
como tenemos nosotros, las pruebas y testimonios
autógrafos de las variadas materias a que se
aplicó, tanto en las ciencias morales como en las
positivas.
Su
sistema para aprender con aprovechamiento fue
redactar él mismo, de su propia mano, en libros o
cuadernos a propósito, el resultado de lo que había
oído y le habían hecho comprender sus profesores
durante la lección de cada día. No tomó jamás
en su mano un libro elemental escrito expresamente
para servir de texto en las escuelas. Estos libros
son de fácil adquisición y manejo; pero hacen
perezoso el espíritu y reservan en sus páginas
la ciencia del autor sin que se transmita viva a
la inteligencia del discípulo. Pero como Echeverría
deseaba saber de veras y no habilitarse únicamente
para responder ante un programa de exámenes el
estado de su aprovechamiento, adoptó naturalmente
el método más eficaz aconsejado por los hombres
de experiencia y amigos de la verdad y de lo
positivo en materia de educación.
En
este momento abrimos y hojeamos por la centésima
vez aquellos cuadernos a que nos hemos referido, y
de su examen podemos deducir cuáles fueron las
materias que abrazó en sus estudios y cuáles las
de su preferencia. En las ciencias físico-matemáticas
consagró mayor atención a la química que a
ninguna otra, a juzgar por la prolijidad con que
consigna las fórmulas y los análisis en sus
cuadernos, dibujando atentamente la forma de los
aparatos para la elaboración, por ejemplo, de los
ácidos y de los cloruros. En la geometría se
dedicó al conocimiento de aquella parte más
aplicable, como es la resolución de los triángulos,
no sólo gráficamente sino por medio de fórmulas
algebraicas y de las tablas logarítmicas.
Encontramos un cuaderno de pocas páginas dedicado
exclusivamente al estudio de los poliedros y de la
esfera.
Echeverría
tenía predilección por el estudio de la
historia; pero al llegar a Francia conoció cuán
superficiales y faltos de base eran los
conocimientos que en este ramo había podido
adquirir en sus lecturas. Tuvo la humildad, para
corregir esta insuficiencia, de resignarse como un
discípulo principiante a trazar cuadros cronológicos
de diferentes períodos de la historia antigua y
moderna, llamándonos entre éstos la atención
uno muy prolijo referente a la historia del bajo
Imperio de Oriente, historia, a la verdad, llena
de enseñanzas saludables.
En
cuanto a las ciencias políticas y a la filosofía,
materias a que consagró gran parte de su
residencia en Francia, no hallamos rastro de las
lecciones que debió escuchar a los notables
profesores de estos ramos que se distinguían en
su tiempo en París. Lo que sí hallamos es una
porción de volúmenes, escritos todos de puño y
letra de Echeverría, en los cuales ha consignado
el fruto de sus lecturas en filosofía y política,
extractando aquello que le ha parecido más
vigoroso o más notable de los escritos franceses
desde Pascal y Montesquieu hasta Leroux y Guizot.
[2] En todos y cada uno de estos extractos, puede
advertir el más distraído, que Echeverría no
perdía ni por un momento la memoria de su patria,
y que atesoraba para ella, sabiéndola necesitada
de doctrina y de una base de organización política
en armonía con los fines de la revolución de la
independencia. Cuanto podía dar el pensamiento
francés a este respecto hasta aquellos días está
recogido en esos laboriosos extractos que suponen
una lectura constante y variada. En el menor de
estos volúmenes manuscritos, hemos contado trece
autores, cuyos nombres son los siguientes,
colocados en el orden en que aparecen en las páginas
del volumen: Montesquieu, Sismondi, Wattel,
Lerminier, Lammenais, Guizot ( Hist. de la civ. en
Europa ), Lando, Vico, Saint Marc Girardin, Vinet
( Lib. des cultes ), Chateaubriand ( Los Estuardos
), Pascal( Pensamientos ).
En
medio de estos estudios arduos que ocupaban a
Echeverría en Europa, emprendió otro que no lo
es menos cuando se toma con seriedad. Las
cuestiones suscitadas por el romanticismo eran
entonces tan ruidosas y apasionadas que no era
dado permanecer indiferente a ellas a nadie que
tuviese inclinación a cultivar la imaginación y
el arte de expresar lo que es bello. Echeverría
se hallaba en este caso, y se dedicó a formarse
una idea clara de lo que significa la literatura
dentro de la humanidad y en cada una de las
civilizaciones separadas por sus respectivas
lenguas; qué partido puede sacarse de ella en
favor del progreso y la libertad de los pueblos, y
cuál sería la más adecuada para aquellos que,
como los americanos, habían entrado en la senda
de nuevos destinos al emanciparse de una metrópoli
que, en su concepto, era la personificación de
cuanto existía de vetusto y atrasado en el año
diez del presente siglo. Esta idea se convirtió
en su espíritu en una especie de misión
religiosa, y aplicó toda su voluntad y todas sus
facultades, no sólo a resolver acertadamente
estos problemas que su penetración planteaba en
presencia del debate, sino a adquirir los medios e
instrumentos para que sus soluciones teóricas se
convirtieran en realidades en esta parte de América
cuando llegara a saludarla como hijo que regresa
al hogar. Sus poesías dicen de qué modo influyó
con el ejemplo; y en el volumen V de sus obras
completas se insertan los fragmentos de trabajos más
extensos que ha debido escribir sobre teorías
literarias y no han llegado íntegros a nuestro
conocimiento.
Con
respecto a la vocación literaria de Echeverría,
podemos referirnos a su propio testimonio:
"Durante mi residencia en París -dice en uno
de sus rasgos autobiográficos-, y como desahogo a
estudios más serios, me dediqué a leer algunos
libros de literatura. Shakespeare, Schiller,
Goethe, y especialmente Byron, me conmovieron
profundamente y me revelaron un nuevo mundo.
Entonces me sentí inclinado a poetizar; pero no
conocía ni el idioma ni el mecanismo de la
metrificación española. Era necesario leer los
clásicos de esta nación. Empecé: me dormía con
el libro en la mano; pero haciendo esfuerzos sobre
mí mismo, al cabo manejaba medianamente la lengua
castellana y el verso." De esta penosa tarea
de aprender de adulto lo que debe mamarse con la
leche materna, ha dejado Echeverría un testimonio
más de su constancia y fuerza de voluntad. Esos
mismos libros que el tedio le hacía tan pesados
llegaron a ser sus buenos amigos y bien venidos a
sus manos, y poco a poco fue comprendiendo que de
entre las frases vacías y las aspiraciones místicas
de los ascéticos antiguos, podían extraerse
expresiones y giros de lenguaje que dieran color y
energía al pensamiento moderno expresado en
nuestro idioma. Y como estas adquisiciones suelen
ser fugaces porque sólo en la memoria que es frágil
se depositan por lo común, emprendió la tarea de
formar una especie de diccionario de modismos
castellanos, señalando el autor de quien los
tomaba. Por esta razón se observa que mientras
todos los estudios serios de Echeverría fueron
hechos en Francia, y por medio de la lengua
francesa, es sin embargo uno de los escritores
sudamericanos a quienes no puede tachárseles de
galicismo, ni en las palabras ni en las
construcciones gramaticales. Antes por el
contrario, en aquellos de sus escritos que pueden
llamarse didácticos, y en los humorísticos, abre
el arca de sus tesoros adquiridos en el trato con
los autores del Siglo de Oro, y salpica sus
producciones con oportunos arcaísmos que les dan
sal y relieve. La introducción de las Rimas ,
algunas notas de La Cautiva , y casi todos sus
escritos doctrinarios, son ejemplos de cómo sabía
él demoler las fábricas del clasicismo plagiario
e infecundo, valiéndose de instrumentos que se
rejuvenecen bajo la inspiración de su pensamiento
innovador.
Aquella
especie de estudio retrospectivo de la lengua, era
un síntoma de la constitución literaria de la
Europa que influía sobre Echeverría. A toda
revolución en las ideas, corresponde en la
historia una revolución en la manera de
expresarla, porque las cosas nuevas o renovadas,
exigen vestidos a la moda intelectual que entra en
uso. El romanticismo traía en sí, a pesar de sus
pretensiones innovadoras, mucho de pasado y
vetusto, y así como puso en valimiento los
castillos feudales, las catedrales góticas, los
trajes pintorescos y las costumbres rudas de la
Edad Media, entró en la tarea de buscar en la índole
arcaica de los idiomas vivos, palabras y formas de
dicción que imprimieran al estilo la fisonomía
de las edades remotas enterradas bajo las capas
vivas de la civilización moderna. Para que una página
escrita según la disciplina romántica tuviera el
sabor de la escuela, debía forzosamente remedar
con la palabra la tosca simplicidad del cincel de
los decoradores de los monumentos religiosos
anteriores al Renacimiento.
Esta
tendencia que no nos toca apreciar, ni en Francia
ni en el resto del continente europeo, indujo
naturalmente a Echeverría a transportarse a los días
de León y de Malón de Chaide, y a entregarse a
la lectura de estos soñadores con las cosas del
otro mundo. Aun cuando saboreó los peligrosos
filtros del misticismo, hay que agradecerle el que
no nos haya infiltrado su veneno, ni cedido a las
tentaciones devotas y teocráticas del autor de
los Mártires . Fue romántico de buena ley, y no
aceptando del Mediodía sino los instrumentos del
arte, se inspiró en el fondo en las escuelas
serias filosóficas del norte, afiliándose bajo
las inmediatas banderas de Goethe, de Schiller y
de Byron, grandes hablistas a su vez y artífices
cuidadosísimos de la forma.
En
este punto no pretendemos otra cosa más que señalar
y explicar, tal cual lo entendemos, un rasgo
característico de Echeverría como escritor,
rasgo que no podíamos pasar en silencio en la
exposición de su vida literaria. Por lo demás,
las lenguas, como tantas veces se ha observado ya,
se modifican con el curso del tiempo, así como se
modifican las creencias, las ideas y las
necesidades de que son la representación, y
aquellas formas de lenguaje deben ser preferidas
en un momento dado, que mejor respondan a la
expresión del pensamiento y al genio de cada
pensador.
Así
que Echeverría logró adiestrarse en el arte de
elaborar las rimas y enriquecer su vocabulario,
herramientas indispensables de que tiene que
proveerse todo principiante en el oficio, comenzó
a escribir versos y a someterlos, en estado de
borradores y con calidad de ensayos, al juicio de
sus amigos íntimos. Residían entonces en París
varios hijos de Buenos Aires completando sus
estudios científicos a expensas del gobierno de
la provincia. Portela, Rodríguez, Rivera, Fonseca
y otros varios, eran de este número, y el primero
y el último fueron los primeros confidentes de
las inspiraciones de nuestro poeta, así como
fueron los predilectos en su cariño, entre sus
condiscípulos americanos en París. Los ensayos
de Echeverría debieron consistir en algunas
composiciones que, corregidas y mejoradas, hacen
probablemente parte de los Consuelos ; pero si
esto es dudoso, consta de su correspondencia con
el doctor Fonseca que dichos ensayos llegaron a
manos de éste con el título de Ilusiones , y que
el objeto del autor era pintar los sueños y
aspiraciones ideales de la juventud en general,
encerrando en un cuadro pequeño, pero variado en
situaciones y accidentes, un período completo de
la existencia del hombre. El tipo de su héroe lo
había sacado de lo hondo de su propio corazón,
delineándole con el recuerdo de las luchas
morales que él mismo había experimentado, según
lo declara en su correspondencia privada con
aquellos amigos.
El
resultado de estas exploraciones de la opinión
ajena, acerca del efecto que podían producir sus
ensayos en la sensibilidad de un hombre selecto,
nacido y destinado a vivir como él a las orillas
del Plata, no pudo ser más satisfactorio ni más
lisonjero para sus aspiraciones concentradas
exclusivamente en este pedazo de mundo americano.
Las Ilusiones no sólo fueron bien recibidas y
atentamente leídas por su distinguido
compatriota, sino aplaudidas y elogiadas con
verdadero entusiasmo, no con voces vagas ni
palabras comedidas, sino con detenidas
demostraciones razonadas, porque aquellas poesías,
como ningunas otras, le habían afectado
hondamente, conmovido sus entrañas, y transportándole
penosamente a los recuerdos de una juventud análoga
a la del héroe de las Ilusiones . "Yo he
pasado por las mismas vicisitudes y he sido joven
y amado del mismo modo y con las mismas
consecuencias", decía el doctor Fonseca al
autor. El triunfo de éste al comenzar su carrera
de poeta no podía ser mayor, puesto que había
conseguido la aprobación de juez tan competente.
Aun consiguió más: los versos de Echeverría
produjeron el efecto de una corriente galvánica
sobre la persona moral del doctor Fonseca.
El
hombre interior se reveló espontáneamente. Bajo
la influencia de los choques de aquella lectura,
el médico tomó la pluma y en una página
detenida y esmeradamente escrita dejó consignadas
revelaciones preciosas para la historia de su vida
y para el estudio del corazón humano. La primera
juventud de ambos amigos, nacidos en una misma
parroquia, que sólo se conocieron en el
extranjero, fueron casi idénticas.
Llevaban
ambos en el corazón las mismas heridas que les
inclinaron a la melancolía y al desaliento,
mezclados a la energía que inspiran el deber y
los anhelos de la perfección. Ambos eran poetas
románticos en el alma, ambos habían estudiado lo
bello bajo sus aspectos humanos y sociales, y
tanto el uno como el otro dan pruebas de que en la
atmósfera general de aquella época, las formas
literarias no fueron en su novedad otra cosa más
que la expresión adecuada y natural de un
movimiento en la raíz de los espíritus,
producido por la influencia de la libertad que
comenzaban a disfrutar más ampliamente.
La
influencia de Lafinur y de Fernández Agüero, en
filosofía; el liberalismo seglar bajo cuyas
influencias se reformaron los planes de estudios,
despertaban nuevas curiosidades intelectuales y
preparaban para las letras el terreno en que con
tanta fortuna sembró más tarde Echeverría la
doctrina y el ejemplo. A la penetración de éste,
si no nos equivocamos, escapan estas observaciones
y desdeña demasiado en sus escritos el proceso
ascendente que habían seguido las ideas en su país,
formando una cadena progresiva de la cual nuestro
distinguido pensador era un eslabón mejor
forjado, si se quiere, y de mejores quilates, pero
de igual materia, vaciado en el molde fatal del
progreso de que nunca estuvimos desheredados los
argentinos.
Echeverría
no se redujo a tratar exclusivamente a los hombres
de su misma habla y nacionalidad residentes en París.
A más de cultivar relaciones con estos señores,
frecuentaba la tertulia de varios literatos de
nota, y en especial la de aquellos que por adhesión
a las ideas liberales, como entonces se decía,
simpatizaban con la América independiente y
estudiaban con pasión el problema de la
estabilidad y del progreso de las instituciones
democráticas en el nuevo mundo. En esas reuniones
era, como es de presumir, el mimado de los
concurrentes, por su calidad de extranjero, que es
una recomendación en aquella capital cosmopolita,
por lo remoto de su origen y por la novedad que
allí despierta un hombre de tierra lejana, que
habiendo nacido en países bárbaros , se presenta
con todas las dotes y los adornos de la civilización.
A
estas circunstancias se juntaba para favorecerle
en aquellas serias y cultas sociedades su
competencia como juez en las cosas de América, y
la exactitud de sus informes acerca del carácter
e importancia de nuestros prohombres, de la marcha
y desenlace posible de los acontecimientos políticos
y militares, y de los elementos que tanto la
naturaleza como el desarrollo de la civilización
americana ofrecían para la prosperidad de las
nacientes repúblicas. En todas estas materias se
mostraba Echeverría juicioso, entendido, y capaz
de dar solución a las dudas y preguntas que se le
dirigían y de apoyar sus opiniones con hechos y
cifras estadísticas, de las cuales encontramos
muchas en sus libros de memorias, tomadas de su
propia mano en las mejores fuentes. Tenemos
testimonios ante los ojos que prueban el vivísimo
interés que excitaba en algunos espíritus
selectos del círculo parisiense de Echeverría la
causa americana, y fácilmente se comprende la
influencia en él de la palabra del joven porteño,
cuando con orgullo y firmeza, les tranquilizaba en
sus perplejidades e inquietudes.
"Tiempo
hace -decía en uno de éstos en junio de 1827-
que el destino de la América ha dejado de ser un
problema, y no hay poder en el mundo que pueda
trastornarle. Sería necesario extirpar la raza
americana, y desnaturalizar totalmente las cosas
para embarazar el progreso de la civilización en
aquellas favorecidas regiones: progreso a que
contribuyen a torrentes todos los hombres libres
del globo."
En
estos círculos parisienses encontró Echeverría
un amigo, joven como él, que tuvo notable
influencia en sus predilecciones literarias.
Pertenecía a una distinguida familia que
suponemos oriunda de uno de los cantones alemanes
de la Suiza, ardiente partidario de la libertad
política y dado a las letras con competencia poco
vulgar en ellas. La inteligencia y la imaginación
vinculaban esta amistad.
París
es un medio social en donde respiran a su sabor y
albedrío todas las inclinaciones. Si es la
Babilonia de los placeres y de los vanos espectáculos,
es también la Tebaida del estudioso y una de las
ciudades del mundo en donde pueden admirarse con
todo su atractivo las virtudes que brotan
alrededor del trabajo asiduo e inteligente. Allí
hay tentaciones por demás para los sentidos y
seducciones irresistibles para los estudiosos: allí
halla, generosamente a su disposición, cuanto
puede ambicionar el espíritu para aplicarse y
desenvolverse.
En
este mundo de la vida mental vivían en París el
suizo y el porteño; y cavilosos ambos y de alma
de poetas, se alejaban frecuentemente de los
Bulevares, y se perdían conversando en los risueños
alrededores de aquella capital.
Fue
en esos paseos y en esas conversaciones que
Echeverría comenzó a conocer la literatura
alemana. El mismo recordaba en una carta a aquel
amigo, la profunda e indeleble impresión que le
había causado un drama de Schiller, que hemos
visto representar en Buenos Aires, en nuestra
juventud, con lágrimas en los ojos, interpretado
por la Trinidad y por Velarde, titulado en alemán,
"La hija del músico", y en la traducción
española "El amor y la intriga". Esa
lectura despertó en Echeverría, son sus propias
palabras, el más ardiente deseo por conocer las
obras de aquel gran escritor, así como las de
Goethe. Tan pronto como pudo proporcionarse
traducciones francesas de ambos, las devoró,
encontrando en ellas tesoros que sentía no
apreciar más en su justo valor por desconocer las
lenguas en que fueron originalmente escritas.
Tal
era la atmósfera pura y vivificante para la vida
moral que respiraba Echeverría en Francia. Había
poblado su modesto rincón de estudiante de todas
las realidades y visiones del espíritu, y como se
hallaba engolfado en la asidua lectura, en el
estudio y la contemplación, oía con indiferencia
los ruidos seductores de las plazas y las calles públicas.
Como suele cambiarse de clima para recobrar las
fuerzas físicas, él había atravesado el océano
para robustecer su razón, y a manera de aquellos
romanos antiguos que visitaban las escuelas de
Atenas para prepararse a las luchas de la tribuna
y de la libertad en la gran república, Echeverría
no fue más que un transeúnte por la Europa en el
camino del ansiado regreso a su patria, cuya
imagen no se apartaba ni por un momento de su
memoria. CONTINUARÁ
Noticias
biográficas sobre Don Esteban Echeverría / 1874
de Juan María Gutiérrez (1809-1878)
Fuente:
Obras Completas de D. Esteban Echeverría , Buenos
Aires, Carlos Casavalle Editor, 1870-1874. extraído
de diario Clarín
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+ LA
DIENTONA
Mito
venezolano
La
Dientona es un espíritu burlón y ocioso que
suele aparecérsele a los confiados transeúntes
de poblaciones pequeñas. Esta leyenda originaria
de El Tocuyo, estado Lara posee varias semejanzas
con la de La Sayona, proveniente de Los Llanos
venezolanos.
Un
hombre que dice haber tenido un encuentro con La
Dientona, aseguró que una noche en la que se
encontraba paseando, se topó con una dama muy
sugestiva. Lo curioso, era que ésta no se dejaba
ver.
El
hombre extrañado le preguntó:
-
¿Por qué ocultas tu cara?
La
mujer no respondió.
Seguro
de no haberla visto nunca antes, esta vez se
interesó por conocer el lugar de origen de esta
misteriosa mujer.
-
¿En dónde vives?
Ella
respondió con una voz cálida y suave:
-
Muy pronto lo sabrás.
Caminaron
varias cuadras, hasta llegar al Cementerio. De
repente la mujer gritó:
-
Esta es mi casa.
En
ese momento volteó el rostro hacia su acompañante,
dejando ver una dentadura tan feroz, que parecía
un estuche de puñales.
El
hombre huyó, y mientras corría tropezó con un
caballero que estaba recostado a una pared. No lo
conocía, pero procedió a contarle todo lo que le
había sucedido, pues la pena comunicada alivia.
Al
hacer referencia a los enormes dientes de la
aparición, el hombre preguntó con una expresión
por demás sarcástica:
-
¿Y serían como estos?
Nuevamente
aparecieron ante el hombre, unos filosos dientes
que no desmerecían en lo absoluto a los de la
mujer. El hombre corrió despavorido hasta llegar
a su casa y reflexionó preso del insomnio.
La
Dientona le había jugado una mala pasada, pero
además, lo había convencido de los peligros que
acechan a los que les gusta trasnocharse.
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