|
El puente de los asesinos:
extracto
Estandarte
Primeros párrafos y
extractos de la nueva novela de
Alatriste.
Aunque aún habrá que esperar
hasta el 27 de octubre para
disfrutar en El puente de los
asesinos, la nueva novela de
Arturo Pérez-Reverte sobre el
capitán Alatriste, a
continuación te ofrecemos el
principio de la misma, que
aumentará aún más tus ganas de
leer esta aventura veneciana… Si
hace unos días te mostrábamos la
portada de El puente de los
asesinos, ahora toca empezar a
leer…
Dos hombres se batían a la luz
indecisa del amanecer,
silueteados en la claridad gris
que llegaba despacio por
levante. La isla -poco más que
un islote, en realidad- era
pequeña y chata. Sus orillas,
desnudas por la marea baja, se
deshilaban en la bruma que la
noche había dejado atrás. Eso
daba una impresión de paisaje
irreal, como si aquella porción
de tierra neblinosa fuese parte
misma del cielo y del agua. Las
nubes eran pesadas y oscuras y
lloviznaban nieve casi líquida
sobre la laguna veneciana. Hacía
mucho frío aquel veinticinco de
diciembre de mil seicientos
veintisiete.
-Están locos -dijo el moro
Gurriato. Seguía tirado en la
escarcha del suelo, envuelto en
mi capa mojada, y se incorporaba
débilmente sobre un codo para
observar a los contendientes.
Yo, que acababa de vendarle la
herida del costado, permanecía
de pie junto a Sebastián Copons,
tiritando bajo mi jubón de poco
abrigo. Miraba a los dos hombres
que, a veinte pasos de nosotros,
destocados, a cuerpo gentil pese
a lo destemplado del paraje, se
acometían espada y daga en mano.
-Dios ciega a quien desea perder
-masculló el moro, entre los
dientes apretados por el dolor.
No respondí. Estaba de acuerdo
en que aquello era un disparate
que remataba el otro, el más
vasto y sangriento que nos había
llevado hasta allí; pero nada
podía hacer yo. Ni ruegos ni
razones, ni tampoco la evidencia
notoria del peligro mortal que
corríamos todos, habían logrado
evitar lo que estaba ocurriendo
en la isla. Una porción de
tierra, ésta, cuyo nombre iba
que ni pintado a nuestro
presente incierto: isla de los
Esqueletos, lugar elegido como
osario por los habitantes de
Venecia para despejar, de unos
años acá, sus atestados
cementerios. Las huellas estaban
por todas partes. Entre la
hierba húmeda, el barro y la
tierra removida, a poco que se
fijara uno, veía asomar restos
de huesos y calaveras.
No sonaba otra cosa que el
tintineo de los aceros: cling-clang.
Mis ojos sólo se apartaban de la
escena para mirar lejos, hacia
el sur, donde la laguna se abría
al Adriático. Pese a que a
medida que se asentaba la luz
diurna disminuían nuestras
posibilidades, me animaba la
esperanza de divisar, antes de
que fuera demasiado tarde, una
manchita blanca en el horizonte:
la vela de la embarcación que
debía sacarnos de allí,
llevándonos a un lugar seguro
antes de que nuestros
perseguidores, que escudriñaban
airados las islas cercanas,
diesen con nosotros y nos
cayeran encima como perros
rabiosos. Y por Dios que no les
faltaba motivo. En cualquier
caso, ya era sobrado milagro que
estuviésemos allí, temblando de
frío en aquel islote, con su
cuchillada el moro Gurriato pero
todavía vivo, mientras el
capitán Alatriste ajustaba
viejas cuentas pendientes. Los
cinco que aguardábamos en la
isla -tres de nosotros mirando y
los otros dos en lanza de
toledanas, como dije- éramos de
los pocos que aún podían
contarlo. En ese mismo instante,
no lejos de allí, otros
compañeros de aventura estaban
siendo torturados y
estrangulados en los calabozos
de la Serenísima, colgaban de
una soga frente a San Marcos o
flotaban en el agua de los
canales, tiñéndola de rojo con
un lindo tajo en la garganta.
¿No te mueres de ganas de
hincarle el diente? Por si fuera
poco, aquí te ofrecemos algunas
“perlas” extraídas de El puente
de los asesinos:
Diego Alatriste (...) tenía por
sana costumbre, antes de entrar
en un sitio incierto, establecer
por dónde iba a irse, o
intentarlo, si las cosas
terminaban complicándose...
La vida le había ensen~ado que
el interés propio, la necesidad,
incluso la devoción misma,
pueden cegar a los más leales.
Casi todos los hombres, aun de
buena fe, acaban viendo las
cosas como las desean ver.
Es continua maravilla comprobar
cómo el hombre, tomado en su
conjunto, olvida pronto los
grandes estragos causados por
las guerras y procura
desterrarlos de su memoria.
(...) se trata más bien de la
inclinación del ser humano a
congraciarse con lo que hay. De
natural instinto de
supervivencia.
Nada define mejor la España de
mi siglo, y la de todos, que la
imagen del hidalgo pobre y
miserable, muerto de hambre, que
no trabaja porque es rebaje de
su condición; y aunque ayuna a
diario sale a la calle con
espada, dándose aires, y se echa
migas de pan en la barba para
que sus vecinos piensen que ha
comido.
El oro con que se edificaban
palacios, iglesias y catedrales
lo pagaban él [Alatriste] y los
que eran como él con su sudor y
su sangre, desde que la
Humanidad tenía memoria.
Era más que probable que ambos [Alatriste
y Malatesta] se estuvieran
haciendo viejos.
Sabía por experiencia que en
lances apretados se calientan
algunos la cabeza para errarlo
todo después, mientras otros
aciertan sin mucho pensarlo
antes.
Nunca olvides las reglas. Las
propias... En gente como
nosotros, es lo único a lo que
acogerse cuando todo se va al
carajo.
¡Nos vemos el 27 de octubre en
la librería!
http://www.estandarte.com
Gentileza:: estandarte.com
[envios@estandarte.com]
paginadigital |