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Preparación para la vejez
Enrique
Rozitchner*
El Arca Digital
Aquellos viejos sabios
El autor rescata textos que
pensadores romanos de la escuela
estoica dedicaron al tema de la
vejez: encuentra una sabiduría
que, además de su valor para la
reflexión personal, contribuye a
cuestionar la actitud de esta
época respecto del
envejecimiento. Marco Tulio
Cicerón (106-43 a.C.) escribió,
ya en su madurez, el diálogo
Catón el mayor o sobre la vejez.
En él señala que todos los seres
humanos quieren llegar a viejos,
pero todos se quejan de haber
llegado.
Para Cicerón, los mayores
también tienen asuntos sociales
y políticos que atender y lo
hacen de manera diferente que
los jóvenes; acciones
importantes que no requieren
celeridad, sino prudencia y
reflexión. Cicerón dice que
muchos que han alcanzado la
vejez le hacen reproches a ésta,
se lamentan de haberla
alcanzado, y que esto no sería
más que una gran necedad. La
actitud de reproche a la vejez
se basaría en la imposibilidad
de comprender las
características propias de cada
etapa de la vida. Renegar de la
vejez significa renegar de la
naturaleza y de la vida misma.
Cicerón sugiere valorar cada
etapa en función de ella misma y
no con relación a otro momento
vital: cada una de ellas tendría
lo suyo y de nada sirve
reclamarle lo que no puede
ofrecer. Desde el punto de vista
psicológico, el pensamiento de
Cicerón respecto de la vejez es
totalmente compatible con los
ciclos vitales que propone Eric
Erickson (El ciclo vital
completado, ed. Paidós), si bien
se define más bien como una
ética o una subjetivación. En
definitiva, se trata de aceptar
el final de la vida, como acto
último.
El Catón formula una preparación
para la vejez, pero no en tanto
resignación ante las pérdidas,
sino como un estadio más bien
grávido de existencia. La
pérdida de placer que se le
achaca a la vejez no es
propiedad de ésta: si así fuera,
todos los mayores se
lamentarían, pero muchos no se
quejan, no pierden esa
capacidad. La responsabilidad no
es de la vejez, sino de una vida
mal vivida, o de ciertas
costumbres que no pueden
sostenerse en el envejecimiento.
Cicerón introduce en esto el
tema de las virtudes: quien ha
trabajado suficientemente
consigo mismo no cae en esa
posición de lamento inconsolable
al envejecer. Falsas creencias o
prejuicios disimulan una vida
vivida sin virtud.
Cicerón relativiza que la edad
pueda ser problema, en
comparación con el énfasis
puesto en la subjetivación ética
y el cultivo de las virtudes a
lo largo de los distintos
momentos de la vida: la
conciencia de una vida bien
vivida y el recuerdo de buenas
acciones realizadas son, para
él, elementos de máxima
importancia en la vejez. Se
desprende de esto que una vida
mal vivida posee más riegos de
finalizar de forma depresiva.
Cicerón valoriza la experiencia
anímica de los que han vivido
muchos años, y aquí se marca un
contraste entre la cultura del
Catón y el mundo actual. Para
Cicerón, los mayores también
tienen asuntos sociales y
políticos que atender y lo hacen
de manera diferente que los
jóvenes; acciones importantes
que no requieren celeridad, sino
prudencia y reflexión, funciones
que suelen desarrollarse con el
envejecimiento. El lugar común
de la vejez débil o dulce
contrasta con esos hombres
cargados de años y poderosos que
toman decisiones enérgicas y
temibles, como declarar una
guerra.
La capacidad intelectual de
muchos adultos mayores es
superior a la de muchos jóvenes.
Cicerón explica que la pérdida
de la memoria en el
envejecimiento se evita
ejercitándola, y el ejemplo al
que recurre parece una ironía:
conviene leer epitafios, lo
cual, además de ejercitar la
memoria, renueva el recuerdo de
los muertos. El epitafio
representa también la
rememoración de personalidades y
acontecimientos significativos,
una memoria social y cultural.
En realidad, ni el viejo ni
nadie recuerdan cosas que no
despierten algún interés. Quizás
el cuidado de la memoria
responde más a esa práctica
selectiva de la historia
afectiva de cada uno. Cicerón
remarca la diferencia entre
simple recuerdo y reminiscencia,
entendida ésta como recuerdo
cargado de afecto y
significación, que hace a la
integridad del sujeto. En los
adultos mayores la memoria tiene
características reminiscentes,
antes que la acumulación de
información que sería más propia
del joven.
Cicerón señala el riesgo que
conlleva considerar incapaz al
adulto mayor, un problema
antiguo y muy vigente. Cicerón
relata el caso de Sófocles,
quien en su ancianidad fue
acusado de incapaz por su hijos
porque, descuidando su fortuna,
se dedicaba a escribir
tragedias; llevado a juicio para
que se lo apartara de la
administración de sus bienes,
recitó ante los jueces Edipo en
Colona, preguntó si esa obra
parecía escrita por un
incompetente y los jueces le
dieron la razón. Cicerón dice
también que, en otros niveles
sociales y económicos, los
adultos mayores trabajan con
ahínco en cosas que
personalmente no los favorecen
como donación a las generaciones
venideras: el viejo agricultor
siembra para los descendientes
como un compromiso cultural y
social, un cuidado del mundo.
La desculpabilización y la
desmitificación de la vejez
organizan el Catón. Muchas veces
hacemos de la vejez el chivo
emisario de una serie
innumerable de reproches que, en
el fondo, están dirigidos a la
vida. La mayoría de los
problemas de la senectud, su
imagen caricaturesca como
indolente y adormecida, no
serían más que sus defectos, del
mismo modo que la soberbia y la
lujuria lo serían de la
juventud.
El Catón valoriza la reunión de
amigos y las charlas bajo la
modalidad romana del banquete,
que era la expresión máxima de
la voluptuosidad; Cicerón
destaca en él el convivium, la
comunidad de vida. Es posible
disfrutar de banquetes
prolongados, no sólo con los
coetáneos, sino con las
generaciones más jóvenes. El
placer está más puesto en la
conversación que en la bebida o
los manjares, sin que eso
signifique que la vejez carezca
de sensibilidad a estos placeres
u otros lujuriosos. La capacidad
sublimatoria de disfrute en el
convivium señala los placeres
del animus, de la psiquis, como
un modo de evitar el
aislamiento.
Pero es el prestigio, la
auctoritas, como dice Cicerón,
la corona de la vejez;
especialmente cuando recibe
honores, tiene más valor que
todos los placeres de la
juventud. El prestigio,
reconocido por todos, incluso
trasciende la muerte. La
auctoritas se parece a un
narcisismo sostenido a través
del reconocimiento comunitario,
pero se construye, según el
Catón, desde la adolescencia, a
lo largo de una trayectoria de
vida. No todas las ciudades de
la antigüedad honraban la
auctoritas de la vejez: Cicerón
consigna que Esparta era la
mejor residencia, mientras que
en Atenas sucedía que, si un
viejo entraba al teatro, nadie
le cedía el asiento, en un acto
adrede de injusticia. La
auctoritas se confirma desde la
cultura, desde el reconocimiento
grupal, desde el lugar que la
comunidad le hace a la vejez. En
rigor, la noción de este último
alimento narcisista revierte la
base naturalista del placer, ya
que está en el límite de la
dependencia del otro, del poder
que el otro otorga.
En la actualidad, la demanda de
ese placer máximo por parte de
los adultos mayores choca con
una sociedad que no se refleja
históricamente en ellos; se
transforman en desechos
culturales, dejados a la vera
del camino del incremento de la
velocidad tecnológica. Como
producto de los avances
tecnológicos, llegar a viejo se
ha convertido en una posibilidad
masiva, pero se ha disuelto el
sentido que tenía, en la
antigüedad, como último acto. La
longevidad ha reemplazado a la
vejez.
La cercanía de la muerte, por
otro lado, figura entre las
condiciones que hacen
desafortunado el proceso de
envejecimiento, pero Cicerón
(como todos los estoicos) piensa
que la muerte debe ser
despreciada o resultar
indiferente, tanto si se
extingue el animus o no, pues en
este último caso debería
desearse; para Cicerón, no hay
otra posición posible con
relación a la muerte aparte del
desprecio, la indiferencia o el
deseo de ella. En la muerte,
según Cicerón, no hay nada que
temer, ya que o bien en ella
finaliza el ser o bien mora la
felicidad. De todas maneras, la
inminencia de la muerte
comprende a todo ser humano vivo
y no sólo a los que han
envejecido; la muerte es común a
toda edad, con la diferencia de
que el joven espera vivir muchos
años, mientras que el anciano
no. Cicerón afirma que el adulto
mayor está en mejor situación
que el joven porque ha
conseguido lo que aquél espera.
En realidad, en tanto el fin
existe, nada puede tenerse como
demasiado duradero. Uno debe
contentarse con el tiempo que le
ha sido dado para vivir, pero no
como un a priori, sino como
aceptación de la finitud de la
vida. Este tiempo particular y
subjetivo (como el del
inconsciente) no tolera la
cuantificación cronológica que
finaliza con la muerte. El
desprecio estoico de ésta se
debe a que el valor máximo se
pone en la vida. De este modo,
la vejez no se transforma en la
espera de la muerte; Cicerón no
habla de una preparación para
morir. Estas posiciones con
relación a la muerte,
despreciarla o desearla, son
sacrílegas en una cultura
cristiana como la nuestra, pero
el estoicismo pagano convierte a
la muerte en una clave de la
vida; desear la muerte expresa
el máximo de la autonomía del
sujeto, la resolución deseada
del último acto, ya sin
mitología o narrativas
infantiles.
Enrique Rozitchner* / Médico
psiquiatra y psicoanalista
* Miembro titular en función
didáctica de la Asociación
Psicoanalítica Argentina (APA).
Textos extractados del libro
inédito Psicoanálisis y
envejecimiento. Esta nota fue
publicada en Página 12 el
25/8/2011.
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