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Juventud cubana al ritmo de
los tiempos
por Ivet
González Lemes y Dalia Acosta
Entrevista a María Isabel
Domínguez, directora del Centro
de Investigaciones Psicológicas
y Sociológicas de Cuba.
Conversar con María Isabel
Domínguez siempre es un placer;
más aún cuando, durante años y
sin conocerla, se ha seguido su
trabajo entre los papeles
amarillos acumulados en no pocos
centros de documentación
cubanos. Autora principal de
importantes investigaciones
sobre la juventud cubana y las
diferentes generaciones que han
habitado la isla en más de cinco
décadas de Revolución, Domínguez
se ha ido convirtiendo en una
fuente de información
imprescindible cuando se quiere
entender qué pasa y cómo es esa
juventud que habita la Cuba de
hoy.
Graduada de Sociología en 1980 y
doctora en Ciencias Sociológicas
de la Academia de Ciencias de
Cuba desde 1994, la actual
directora del Centro de
Investigaciones Psicológicas y
Sociológicas (CIPS) [i] acumula
entre sus más importantes
aportes a las ciencias sociales
una sistematización de más de
300 estudios que, a mediados de
la década de los ochenta, se
convirtió en significativo punto
de partida para la concepción y
diseño del programa nacional de
investigaciones sobre la
juventud.
Autora de “Las generaciones y la
juventud en la sociedad cubana:
una reflexión sobre la sociedad
cubana actual”, Domínguez
accedió a conversar con IPS
sobre esa juventud cubana que no
pocas personas dicen que “está
perdida”, mientras las más altas
instancias del gobierno colocan
en ella la esperanza del relevo
generacional necesario que
garantizará la continuidad del
modelo socialista.
Defensora de la tesis de que la
juventud se parece más a su
tiempo que a sus padres, la
directora del CIPS consideró que
en la Cuba de inicios del siglo
XXI ya no se puede hablar más de
una juventud, sino de
juventudes.
ENTRE GENERACIONES
¿Cuáles son las generaciones que
conviven hoy en Cuba? Y entre
ellas, ¿cuáles serían las
principales diferencias y
semejanzas?
A finales de los ochenta hicimos
un estudio de la estructuración
generacional de la población
cubana y encontramos la
coexistencia de cinco grupos
generacionales en aquella etapa.
Una generación mayor, que al
triunfo de la revolución ya era
adulta, pero formada fuertemente
por un grupo juvenil, que llevó
adelante el proceso
revolucionario.
Luego viene un grupo de
transición que, al triunfar la
Revolución, estaba en la etapa
final de la infancia e inicios
de la adolescencia, y que fue el
que pudo aprovechar más
intensamente el cambio en
términos de su incorporación a
la educación, de mayor
participación social y política,
pero incluso en su vida
cotidiana y en sus relaciones
interpersonales, familiares,
generacionales. Fue el grupo que
empezó a romper con un conjunto
de tabúes en las normas de
convivencia social y del que
salen los primeros grandes
contingentes de incorporación de
la mujer al estudio y al empleo,
las jóvenes que se fueron a
alfabetizar y se separaron de la
familia. Empieza a romperse el
mito de la virginidad, a haber
relaciones interraciales y una
independencia en relación con la
familia de origen. Es un grupo
que hace una ruptura muy
significativa con generaciones
anteriores.
Después, ya empieza a haber una
tercera generación y una cuarta
generación, que son aquellos
jóvenes que se socializan
fundamentalmente en la década de
los años setenta y ochenta. En
estas generaciones, todos
aquellos cambios comienzan a
consolidarse; muchos de aquellos
elementos comienzan a hacerse
más habituales. Son generaciones
que se caracterizan por una
fuerte elevación en sus niveles
educativos, de calificación,
donde continúa dándose un fuerte
proceso de inserción laboral, de
incorporación de la mujer a la
vida social, pero ya para estos
grupos empieza a reducirse el
ritmo de la movilidad social
ascendente.
Para los dos grupos iniciales se
produce una movilidad social muy
intensa: se forman profesionales
a partir de los hijos de
obreros, de campesinos, se da
todo el proceso de movimiento,
emigración rural-urbana y la
incorporación al empleo de
personas que nunca habían
trabajado. Todo ese proceso de
movilización e integración
social para estas tercera y
cuarta generación se mantiene,
pero los ritmos se van haciendo
más lentos e, incluso, algunos
de esos procesos empiezan a
tener cierta reversión o
estancamiento. Por ejemplo, se
empieza a producir una cierta
reproducción -autoreprodución-
de la intelectualidad, de los
profesionales y técnicos, en el
sentido de que ya los que
empiezan a formarse como
universitarios no son tanto los
hijos de obreros y campesinos
como los hijos de aquellos
primeros profesionales formados
por la Revolución. Ya empieza a
producirse una cierta
reproducción socio clasista y
los ritmos de la movilidad
social comienzan a hacerse más
lentos.
¿Qué pasa con el arribo de la
década de los noventa, el
impacto de la desintegración de
la URSS y de la desaparición del
campo socialista de Europa del
Este, junto al inicio de la peor
crisis económica de la segunda
mitad del siglo XX en Cuba?
Según los estudios que hemos
hecho posteriormente, esa década
generó un nuevo grupo
generacional. Esto es a manera
de hipótesis, pues una
generación es aquel grupo que se
socializa en un determinado
momento histórico y cuyas
características de contexto y su
participación, lo marcan como
generación. Ahora, hasta dónde
esa marca es realmente un
elemento sólido que va a
trascender y va a acompañar a
ese grupo, no como algo
coyuntural, sino típico de una
etapa de la vida, es algo que
solo se puede medir con el
tiempo.
En el caso de las generaciones
jóvenes, siempre tienes que
distinguir cuáles son los rasgos
propios de esa etapa de la vida
de aquellos propios de la
generación; que van a quedar
cuando se deje de ser joven.
Pero aún como hipótesis,
consideramos que esa década del
noventa ha dado lugar a un nuevo
grupo generacional de transición
porque la sociedad cubana
atravesó en esos momentos por
cambios muy significativos. Las
generaciones que se conformaron
entonces heredaron, mantienen y
conservan muchos de los rasgos
de las anteriores, pero vivieron
y han estado viviendo un
contexto que tiene una
naturaleza diferente y que, por
lo tanto, también le marca
características diferentes.
A partir de la década de los
noventa se perfila ese nuevo
grupo generacional y ahora
intentamos evaluar hasta donde
los jóvenes de hoy son aún ese
grupo generacional de transición
o son parte ya de otro grupo.
Esos son procesos de
investigación, pero lo cierto es
que las personas que vivieron
sus años juveniles en la etapa
más intensa del Período
Especial, y que ya hoy están
fuera de la juventud, tienen
características específicas en
el sentido estructural de sus
posibilidades para integrarse
socialmente, sus niveles
educativos y de calificación, su
vínculo con la vida social y
política del país y también en
elementos de su subjetividad,
como pueden ser las aspiraciones
y la escala de valores. Y se van
produciendo modificaciones en
relación con la juventud actual;
es decir, con los más jóvenes de
hoy.
¿Hasta dónde son todos ellos un
mismo grupo generacional o hasta
dónde también se están
produciendo diferencias y
estamos en presencia de la
conformación de una nueva
generación joven, que consolida
algunos de esos rasgos que ese
grupo de transición de los años
noventa ha ido dando lugar? Como
grupos de transición, estos
abarcan un período de tiempo muy
corto, como ocurrió con el grupo
de transición de la Revolución.
¿Qué diferenció a este grupo de
transición de los noventa del de
los sesenta?
El grupo de transición de los
sesenta fue la generación de la
Revolución, la de las noventa
fue la generación de la crisis y
el cambio en un conjunto de
direcciones del proyecto
revolucionario, pero con toda la
herencia acumulada por los más
de 40 años vividos por ese
proceso, que fue esa herencia de
sus padres, en muchos casi de
sus abuelos. Esa no fue la
experiencia de la generación de
los sesenta, que implicó un
cambio completamente radical con
sus antecesores.
¿Cuántas generaciones conviven
en la Cuba de hoy?
Concretamente en este momento,
pensamos, están conviviendo
nuevamente entre cinco y seis
grupos generacionales: los más
ancianos, ese grupo de
transición de los años sesenta;
dos generaciones posteriores,
que incluso ya se van fundiendo
y mezclando mucho y no hay
grandes diferencias entre ellas;
y luego estas generaciones
jóvenes, que están en estudio
para definir si se trata de una
única generación o si ya hay una
nueva transición hacia esta que
es la que actualmente está
funcionando como juventud.
Otro elemento importante es que
cada vez más es complicado
hablar de la juventud, porque
hay toda una diversidad social
muy intensa, lo que implicaría o
sería más riguroso hablar de las
juventudes. Por supuesto que hay
toda una serie de rasgos
comunes, que están dados
fundamentalmente por la
identidad nacional, la identidad
cultural cubana, que es una
identidad muy sólida y como que
sirve de gran sombrilla a todo
el conjunto de identidades.
Es muy interesante, porque el
otro día, durante un encuentro
con un grupo de colegas que me
pidieron una charla, hablábamos
sobre este tema y yo les decía
que muchas veces cuando le
preguntas a los jóvenes “¿qué tú
eres?”, te dicen “cubano” o
“cubana”, antes de decirte yo
soy joven o soy mujer,
estudiante o habanero. Antes de
darte otras identidades en ese
conjunto de identidades
múltiples que todos portamos, el
peso mayor de las respuestas va
en esa dirección nacional y
después viene todo lo demás. Y
esa identidad, por supuesto,
sirve de gran sombrilla y
unifica esa diversidad de
identidades.
Pero aún en esos elementos
comunes también hay grandes
diferencias que están dadas por
varias estructuras o criterios
diferenciadores. Está el tema
del género, que marca
diferencias entre ser joven
mujer o joven hombre, y también
el tema territorial marca con
mucha fuerza esa manera de ser
joven: urbano, rural, de la
capital, de otras provincias del
interior o, incluso, dentro de
la propia capital, jóvenes de
municipios céntricos o de la
periferia. Son condiciones que
marcan diferencias de
posibilidades y de integración
social, pero también de orden
subjetivo: gustos, preferencias,
aspiraciones.
También hay otros elementos
diferenciadores que tienen que
ver con la raza, con la
extracción social de la familia,
los niveles educativos
alcanzados por esos propios
jóvenes. Un elemento que está
causando grandes diferencias,
según el nivel educacional, es
todo el tema de las relaciones
de pareja, el inicio de esas
relaciones, la maternidad o
paternidad, las edades de esa
maternidad o paternidad. Se van
marcando todo un conjunto de
elementos que no es que sean
nuevos: esas diferencias siempre
han existido y han estado
marcadas, pero se va haciendo
muy patente esa diversidad al
interior de la juventud.
En algunas investigaciones hemos
indagado sobre qué creen que
predomina entre la juventud
cubana: ¿las similitudes o las
diferencias? Aunque hay un
cierto equilibrio en la
valoración de muchos en
considerar que predominan las
similitudes, los elementos que
lo fundamentan son como más
cliché: somos jóvenes, cubanos,
tenemos los mismos gustos.
Sin embargo, a la hora de
fundamentar las diferencias, hay
toda una elaboración mayor: no
tenemos las mismas condiciones
de vida, los mismos accesos, no
todos tenemos los mismos gustos,
depende de la extracción social,
del territorio donde vivimos.
Realmente hay una mayor
elaboración para las diferencias
y hay una conciencia mayor de
esas diferencias que en
generaciones anteriores. Al
mismo tiempo, se nota un
predominio del tema
socioeconómico en la definición
de las diferencias, un elemento
surgido fundamentalmente en la
década del noventa hacia acá.
Entre los recursos de los que
disponemos, las posibilidades de
acceso que tenemos en función de
esos recursos, la diferenciación
socioeconómica está siendo
vivenciada.
ASPIRACIONES Y COMPROMISOS
En todo este tiempo, ¿cómo se
han movido las aspiraciones de
las generaciones jóvenes?
En el grupo de estudio sobre
juventud del CIPS estamos
haciendo estas investigaciones
desde mediados de la década del
ochenta, y eso nos ha permitido
hacerle un seguimiento a lo
largo de más de tres décadas:
los ochenta, los noventa y los
2000. Cuando contrastamos la
visión de aspiraciones que nos
dan esos grupos, apreciamos
varias modificaciones o
movimientos en ella. En los años
ochenta, la principal aspiración
era la superación; era la número
uno para la absoluta mayoría de
las y los jóvenes de cualquier
grupo social y territorio del
país. Jóvenes campesinos, de
zonas rurales, algunos con nivel
de sexto grado y ya con varios
años sin estudiar, te decían que
su principal aspiración era
convertirse en un profesional,
que podía ser un médico o
abogado. Era como un imaginario
social al que había que acceder.
En segundo lugar, estaban las
aspiraciones referidas a la
familia, tanto la de origen como
la conformación de su nueva
familia. Encontrar pareja,
casarse, tener hijos, la salud
de los hijos. En tercer lugar,
se encontraban las aspiraciones
sociopolíticas, en dos
direcciones, tanto las que
tenían que ver con aspiraciones
individuales: ser militante de
la UJC, el Partido, formar parte
de una organización, cumplir una
misión internacionalista, ser
destacado, ser vanguardia; como
de naturaleza más social: que se
acabe la guerra, el futuro del
socialismo. En cuarto lugar,
venían las aspiraciones de
condiciones materiales de vida:
tener una vivienda,
equipamiento, ropa, calzado y,
en quinto lugar, las
aspiraciones referidas al
trabajo: encontrar un puesto en
lo que me gradué. Esos fueron
los años ochenta.
En los noventa, esa estructura
de aspiraciones tuvo
modificaciones. Pasaron a primer
lugar las aspiraciones referidas
a la familia, lo que se
justifica porque fue un momento
de mucha tensión, donde la
familia fue una fuente de apoyo,
refugio y mecanismo de solución
de dificultades. En segundo
lugar, se situaron las
condiciones materiales de vida,
también lógico en la situación
de carencias y escaseces que se
vivieron en esa época. Las
aspiraciones de superación se
colocaron en un tercer lugar,
incluso con una cierta
selectividad: ya no era estudiar
cualquier cosa, sino
determinados tipos de carrera
--idiomas, computación,
economía--, aquellas que
permitían en aquel contexto
algunas condiciones de inserción
social, laboral, económica, más
satisfactoria. En cuarto lugar,
aparecieron un conjunto de
aspiraciones que nosotros
llamamos de satisfacción
espiritual, como tener
tranquilidad, felicidad, paz,
bienestar, no estar estresada y
que también eran lógicas en un
contexto tan complejo y
tensionante como fue la década
de los noventa. En quinto lugar
se mantuvieron las aspiraciones
de trabajo y pasaron a sexto las
aspiraciones sociopolíticas, con
un peso fuerte las de naturaleza
más general. Por ejemplo, fue
muy típico que "la revolución
logre estabilidad", que volvamos
a una situación similar a la
anterior al Período Especial…era
un poco la añoranza de la
estabilidad política de los
ochenta.
Luego, en los años 2000, algunas
de estas tendencias se han ido
modificando y otras
consolidando. Encontramos que se
mantienen, en primer lugar, las
aspiraciones referidas a la
familia, recuperan un poco su
lugar las aspiraciones de
superación: no hay que olvidar
que la década de los 2000 trajo
una serie de programas sociales,
encaminados a potenciar la
inserción educativa de la
juventud, a potenciar de nuevo
la posibilidad de hacerse
universitario en todos los
sitios del país, y, por lo
tanto, se recupera no solo
cuantitativamente, y vuelve a
diversificarse ese panorama ya
no tan selectivo de determinadas
carreras, sino el deseo de ser
profesional, estudiar una
carrera universitaria, o sea, la
educación como valor.
En tercer lugar, condiciones
materiales de vida que cambian
su lugar en relación con los
noventa. Se mantienen en cuarto
lugar las aspiraciones de corte
espiritual y en quinto aquellas
relativas al trabajo, mientras
las aspiraciones sociopolíticas
no alcanzan un peso
suficientemente fuerte como
tendencia para ubicarlas en un
lugar. Aquí estamos hablando de
promedios, unificando grupos
sociales y territorios diversos.
Ese es uno de los elementos que
también fundamentan esa
diversidad de juventudes, porque
para determinados segmentos, las
aspiraciones políticas sí siguen
teniendo un peso importante,
pero luego, cuando vemos el
promedio, hay una cierta
desilusión.
¿Qué segmentos más o menos?
Por ejemplo, en los estudiantes
de todos los niveles de
educación --media y superior,
preuniversitario, politécnico,
universitario--, las
aspiraciones sociopolíticas
siguen teniendo un peso alto.
Pero se observa una mayor
diversidad tanto en las que
tienen que ver con su proyección
personal, como las de un corte
más nacional o internacional, en
relación con los sistemas
políticos internacionales, la
guerra, la paz…En otros
segmentos, ya de niveles
educativos más bajos y de
jóvenes insertados en el
trabajo, esas aspiraciones van
quedando relegadas, teniendo un
peso mayor aquellas de
naturaleza más individual, que
tienen que ver con la familia,
las condiciones de vida, su
tranquilidad, incluso su
superación personal, sin que esa
superación sea vista también en
una proyección social más
general
Aquí llaman la atención varias
cosas. Primero, el peso de la
familia que, en cualquier
circunstancia, está siempre en
los primeros lugares, algo que
marca la dinámica de las
relaciones sociales. Esto es
significativo también si se
tiene en cuenta que no es una
familia tradicional, sino una
familia que ha vivido una gran
cantidad de cambios en su
funcionamiento. Sin embargo,
tiene un peso muy fuerte como
referente para la juventud. El
tema de la superación se
mantiene en los primeros
lugares, aunque en la década de
los noventa hubo una cierta
pérdida, devaluación de su
importancia. Van ganando peso
aspiraciones como las
necesidades materiales de vida y
la sensación de tranquilidad, de
bienestar.
Algo que llama mucho la atención
en la inmutabilidad de las
aspiraciones laborales. Tiene
mucho que ver con lo que se está
hablando en el país de la
necesidad de rescatar el
significado del trabajo para las
personas y la vida de la
sociedad, porque estamos viendo
lo mismo en los años ochenta
--cuando el trabajo tenía un
significado material e implicaba
un salario que permitía
determinado nivel de vida, que
en la década de los 90 cuando el
trabajo formal perdió realmente
su significado ante la pérdida
del valor del salario. Y luego
en los años 2000, aunque hay un
proceso de recuperación del
trabajo y el salario en algunos
sectores y ramas, sigue
manteniéndose en el mismo nivel,
sin estar entre las aspiraciones
prioritarias. Siempre ha estado
presente, pero en ninguno de los
momentos estudiados, ni antes ni
durante ni después, ha habido un
peso importante del significado
del trabajo para las
aspiraciones y la vida de la
juventud, un síntoma que tiene
mucho que ver con el
funcionamiento de la sociedad.
Otro elemento es cómo ha ido
perdiendo peso y diversificado
el tema sociopolítico en la
escala de aspiraciones. Muchas
de estas personas luego tienen
una práctica política concreta:
pertenecen a organizaciones y
tienen incluso una vida
promedio, pero eso no está
teniendo un peso para ellas. Yo
creo que eso también tiene mucho
que ver con hasta dónde esa
inserción y prácticas políticas
implican un compromiso activo o
es una cierta práctica más
formal.
¿Cómo se ha movido el compromiso
con la Revolución si se miran
las diferentes generaciones
jóvenes que se han sucedido en
estas décadas?
Las generaciones se definen un
poco por la actividad social que
desarrollan en una etapa, que es
clave en su socialización, y esa
actividad social está
condicionada por el contexto en
que vive y se desarrolla. Hay un
conjunto de frases como "los
jóvenes se parecen más a su
tiempo que a sus padres". Está
dado por el hecho de hasta dónde
ese contexto marca la forma en
que cada generación joven se
inserta en esa vida social y la
construye y reconstruye. El
proceso de sucesión generacional
es dialéctico, de continuidades
y rupturas. Hay fórmulas que son
funcionales en determinado
contexto y dejan de serlo en
otro; por lo tanto, cada nueva
generación retoma de la herencia
y a la vez elabora, construye y
crea nuevas maneras de acercarse
a esa etapa de la vida en la que
le toca vivir. Eso es la
historia de la humanidad.
En Cuba, aunque estamos hablando
de un período de 50 años --que
es muy corto para la sucesión
generacional--, ya hablamos de
tres o cuatro generaciones: los
abuelos, los hijos, nietos y
bisnietos. Aunque hay un
contexto, valores y prácticas
comunes, también hay variaciones
y necesidad de reajustes,
reconstrucciones y recreaciones
de esas maneras de pensar,
hacer, acercarse. Yo creo que
sí: nuestra sociedad está
necesitada de esos ajustes
permanentes, pues muchas veces
estamos muy atados a maneras ya
aprendidas de hacer, a fórmulas
que dieron resultado en un
determinado momento, pero que
las entronizamos como
permanentes e inmutables.
También las prácticas de
nuestras organizaciones, y
particularmente las juveniles,
dan un tratamiento demasiado
homogéneo a grupos sociales que
son diversos y cada vez más
diversos. Justamente, esas
maneras de hacer tan iguales a
veces son válidas y bien
asumidas en unos determinados
contextos y grupos, y no lo son
en otros. Son organizaciones que
tienen maneras de funcionar, lo
mismo para los jóvenes
universitarios de la Universidad
de La Habana, que para los
jóvenes “anapistas”[ii] de
Mayarí[iii]. No quiere decir que
sean diferentes en su capacidad
para hacer y actuar, simplemente
que están en contextos
diferentes y lo que les
inquieta, necesitan, su
concepción de la vida, a lo que
aspiran, es diferente.
Eso se ha manifestado en muchos
espacios, incluso en congresos
de organizaciones, pero cuesta
llevarlo a la práctica y se
mantienen maneras muy
estandarizadas, homogéneas, para
todos los grupos juveniles y muy
poco innovadoras con respecto a
generaciones anteriores.
Evidentemente, eso desestimula
el interés por incorporarse a
muchas de esas actividades o ver
la manera en que pueden aportar
a la vida social. Aun cuando
todo eso es así, hay un cierto
desinterés de grupos juveniles
por la participación social, más
allá de aquellas cuestiones del
pequeño grupo, lo individual,
familiar.
Sí, evidentemente, hay que
buscar nuevas maneras de
motivar, estimular el compromiso
de la gente joven con su
entorno, incluso más allá de los
planteamientos políticos: con su
comunidad, el medio ambiente que
los rodea, con la convivencia,
sus espacios más cercanos. Creo
que hay que insistir en los
temas de compromiso y
responsabilidad social de la
joven generación con su medio,
con su entorno ambiental y
social.
Notas
[i] El CIPS es un centro de
investigación del Ministerio de
Ciencia, Tecnología y Medio
Ambiente de Cuba.
[ii] Integrante de la ANAP
(Asociación Nacional de
Agricultores Pequeños).
[iii] Localidad montañosa de la
provincia de Holguín, a más de
700 kilómetros de La Habana.
Fuente: IPS
Gentileza:: Pica
[pica@cubarte.cult.cu]
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