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Guantánamo y los derechos
humanos
Xavier
Caño Tamayo
Un pastor afgano es detenido
por estar cerca de una
explosión; el pastor niega
relación con ese hecho y sus
interrogadores comprueban que sí
sabe de pastoreo, pero ignora
todo sobre armas o política. Y
le creen. Pero lo mantienen
encerrado cinco años. En
Guantánamo.
Un anciano afgano con artritis y
demencia senil es detenido
porque encuentran en su casa un
teléfono móvil, que no sabe
utilizar. El afgano Kudai Dat,
esquizofrénico, es hospitalizado
con síntomas agudos de psicosis
tras ser interrogado, y pasa
cuatro años encarcelado. Un
padre, que busca a su hijo en el
frente de guerra afgano, es
detenido. También arrestan a un
mercader que viaja habiendo
olvidado la documentación. Un
hombre que hace autostop para ir
a comprar medicinas es detenido
y encarcelado...
Decenas de enfermos mentales,
ancianos, adolescentes, enfermos
psiquiátricos graves, maestros
de escuela y granjeros sufrieron
años de cárcel. Ninguno tenía
vínculos con terrorismo alguno.
Estos y otros muchos, hasta casi
ochocientos, estuvieron
encerrados durante años en la
prisión de Guantánamo.
Wikileaks ha desvelado la
absoluta arbitrariedad de los
encarcelamientos sin base en
Guantánamo, así como los
terribles abusos cometidos por
el gobierno de Estados Unidos en
esa cárcel. Los informes revelan
que las autoridades
estadounidenses no necesitan
pruebas para encarcelar. La
nueva filtración, publicada por
The Guardian, The Washington
Post, The New York Times y El
País, son fichas e informes de
mandos militares sobre 759 de
los 779 presos que han llegado a
estar encerrados en Guantánamo.
Esos documentos prueban que el
gobierno de Estados Unidos
encarceló en terribles
condiciones a centenares de
presos que nunca supusieron
peligro alguno. Encerrados sin
pruebas ni indicios de haber
cometido delito alguno. Sin
formular cargos y sin defensa
durante mucho tiempo. Hoy, 170
aún siguen en Guantánamo. De lo
que contra todo derecho es y era
Guantánamo, lo prueban las
docenas de intentos de suicidio
entre los encarcelados.
Un editorial de El País, bajo el
título “Infamia consentida”,
indica que “los papeles de
Guantánamo alumbran una
apabullante radiografía de los
abusos y violaciones de los
derechos más elementales
cometidos en la prisión creada
por George W. Bush en 2002, tras
los atentados del 11S (...). Los
informes muestran un sistema
carcelario propio de regímenes
totalitarios, basado en
sospechas, conjeturas y
delación”.
Pero vayamos más allá al
analizar esa vergüenza
universal. Guantánamo es
sencillamente incompatible con
el menor respeto por los
derechos humanos. La Declaración
Universal de Derechos Humanos
empieza afirmando que todos los
seres humanos nacen libres e
iguales en dignidad y derechos.
Y continúa declarando que, por
esa dignidad, todo individuo
tiene derecho a la vida, a la
libertad y a la seguridad de su
persona. Nadie será sometido a
torturas ni a penas o tratos
crueles, inhumanos o
degradantes. Nadie podrá ser
arbitrariamente detenido, preso
ni desterrado. Toda persona
acusada de delito tiene derecho
a que se presuma su inocencia
mientras no se pruebe su
culpabilidad, conforme a la ley
y en juicio público en el que se
le aseguren todas las garantías
necesarias para su defensa...
En Guantánamo se han violado una
y otra vez todos esos derechos
de cientos de personas. Como
denuncia el abogado Clive
Stafford, que defiende a presos
de esa prisión, “la verdad de
Guantánamo es cien veces peor de
lo sabido”.
A este escándalo hay que añadir
el de los vuelos clandestinos de
la CIA (con complicidad de
gobiernos europeos) para
trasladar secretamente a presos
sospechosos de terrorismo a
países donde ser torturados sin
escrúpulos legales, deja con las
vergüenzas al aire a Estados
Unidos y a Europa, presuntos
campeones de los derechos
humanos. Dicen sus dirigentes.
Pero en derechos humanos (como
en el amor), obras son amores y
no buenas razones.
Pero ¿de qué hablamos cuando
hablamos de derechos humanos?
Hablamos de vida, de dignidad,
de libertad y de justicia. De
libertad o barbarie, de vida o
muerte. Por eso no son una
opción que pueda elegirse o no.
El respeto de los derechos
humanos no se puede fraccionar o
cumplir por porciones ni con
excepciones por pretendida
seguridad o cualquier otra
falacia similar. Los derechos
humanos se respetan sí o sí. Sin
excepción. Y obligan a todos.
Ningún país tiene “patente de
corso” para saltárselos. Nunca.
Porque en verdad, los derechos
humanos no son la meta. Son el
camino de la democracia y de la
paz. Y de la dignidad.
Xavier Caño Tamayo
Periodista y escritor
Centro de Colaboraciones
Solidarias (CCS)
ccs@solidarios.org.es
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