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El atroz suplicio del inca
Atahualpa
Vidal
Mario
En 1492 (lo señalaba el papa
Juan Pablo II en 1992) los
pueblos originarios de América
comenzaron a experimentar "la
humillación a manos del mal".
Como seguramente se recordará el
martes, Día del Indio Americano,
murieron millones de aborígenes,
víctimas de una extraordinaria
mezcla de fuerza, crueldad,
estupidez y avaricia.
La muerte del indio peruano
Atahualpa, suplicio que no debe
ser olvidado, es una síntesis
perfecta de la extremada
crueldad del genocidio aborigen.
Esta es la historia del penoso
final del último emperador del
Perú.
Atahualpa enfrenta su destino
El principio del fin de
Atahualpa, rey de los incas,
comienza el 15 de noviembre de
1532 cuando los españoles
comandados por Francisco Pizarro
llegan al hermoso valle de
Cajamarca, donde se levanta la
ciudad del mismo nombre. A sólo
cinco kilómetros de allí, en una
casa de recreo, está Atahualpa,
en guerra civil con su hermano
Huáscar, y su ejército. Los
castellanos ocupan la abandonada
ciudad y establecen sus
cuarteles en los edificios que
rodean la plaza.
Pizarro comprende la peligrosa
situación en que se encuentran
en caso de ser atacados y no
quiere correr riesgos. Concibe,
entonces, un audaz proyecto que
a Hernán Cortéz ya le había dado
buen resultado en México:
tenderle una trampa al inca y
capturarlo.
Comisiona al capitán Hernando de
Soto y a su propio hermano
Hernando Pizarro con treinta y
cinco hombres de caballería para
que se presenten en el
campamento imperial, saluden al
monarca y le digan que han
venido del otro lado de los
mares mandados por un rey muy
importante para forjar vínculos
de amistad con el emperador del
Perú.
Luego de agasajar a los
mensajeros, Atahualpa les
encarga que le digan a Pizarro
que al día siguiente irá a
visitarlo.
Las noticias que los emisarios
traen respecto de los miles de
hombres que rodean al inca
desatan el miedo entre los
soldados españoles. Se pasan la
noche en vela y al amanecer,
durante la misa, entonan salmos
alusivos a su comprometida
situación. Pizarro, presente en
la misa, les dice: "Debéis hacer
fortaleza de vuestros corazones,
pues en ellos y en el socorro de
Dios está vuestra defensa".
Seguidamente, prepara la trampa.
Los caballos, desconocidos
monstruos para los incas, son
cubiertos de collares con
cascabeles y distribuidos en
tres lugares estratégicos de la
ciudad. Los dos cañones del
ejército son colocados dentro de
los edificios y la tropa se
distribuye en las entradas de la
plaza. Pizarro se queda con
veinte hombres. Él dará la señal
para comenzar el ataque.
Atahualpa, mientras tanto,
también prepara su ejército de
unos treinta y cinco mil hombres
para entrar a la ciudad. Al
mediodía del sábado 16 de
noviembre de 1532 se ponen en
movimiento. Las tropas se
colocan a ambos lados del camino
para dar paso a la servidumbre
del inca y a los dignatarios de
la corte. En el centro de todos,
en una esplendorosa litera
llevada a hombros por sus más
distinguidos vasallos se alza,
majestuoso, Atahualpa.
Ya caen los últimos rayos del
sol cuando se deja ver en la
plaza del pueblo. Sale a su
encuentro el capellán de la
expedición española, fray
Vicente Valverde, con un
breviario en una mano y un
crucifijo en la otra. Se acerca
al inca y le dice que está ahí
por orden de su jefe para
explicarle las doctrinas de la
verdadera fe. Tras exponer los
principales misterios de la
religión cristiana le habla de
la autoridad divina del sumo
pontífice. Le dice que uno de
los pontífices había dado al rey
de España el dominio del nuevo
mundo y, acto seguido, le
reclama un acto de sumisión a
Carlos V. El discurso, que el
inca no entiende un comino, es
torpemente traducido por un
intérprete indio llamado
Felipillo, que Pizarro había
llevado de Túmbez en su primer
viaje.
Gracias al discurso del cura
Atahualpa se entera que había un
sacerdote en un país remoto en
cuyo nombre se pretendía
arrebatarle su imperio para
dárselo a un rey extraño.
"¡No quiero ser tributario de
ningún rey. Soy más poderoso que
todos los príncipes de la
tierra!", grita Atahualpa,
ofendido, arrojando al suelo el
breviario que el cura le ha
entregado.
Se desata el infierno
"Los evangelios en tierra!.
Venganza, cristianos!, salid que
yo os absuelvo" grita Valverde.
Pizarro alza una bandera blanca
e inmediatamente se escucha un
tiro de cañón. Al grito de
"¡Santiago y a ellos!"
impetuosamente cargan los
españoles, penetrando en la
plaza en columna cerrada. Las
descargas de artillería, el
fuego de los arcabuces, el
sonido de las trompetas, el humo
y el olor de la pólvora aturden
a los indios. La caballería
aumenta el espantoso estruendo
con las herraduras y los
cascabeles. Con la lanza de los
jinetes y con el impetuoso
empuje de los caballos cunde el
terror y la muerte en las filas
indias. Las espadas españolas
también siembran la muerte por
todos lados. Llega un momento en
que ya nadie tiene valor para
pensar en resistir. Los peruanos
sólo tratan de escapar de la
matanza.
Pero las salidas de la plaza son
demasiado estrechas para huir
con la necesaria rapidez. Los
indios, en su desesperación,
abren un boquete en el muro de
piedra y barro y por ese agujero
se precipitan al campo abierto,
perseguidos por la caballería.
Los nobles que rodean al inca
están tan aterrorizados como los
demás, pero la lealtad hace que
tengan el valor de los mártires
para dejarse matar alrededor de
su rey. Sólo después de
sacrificar a muchos de ellos los
españoles pueden llegar hasta el
inca. "Nadie hiera al indio so
pena de su vida", exclama
Pizarro, precipitándose él mismo
sobre Atahualpa, tomándolo por
el vestido y recibiendo en la
mano una cuchillada que alguien
dirige contra el inca en el
fragor del combate.
La matanza dura apenas media
hora. La oscuridad de la noche
impide prolongarla y, además, la
captura del inca ha dispersado a
los indios. La caballería que
había salido en persecución de
los fugitivos regresa
conduciendo rebaños de
prisioneros. Algunos
historiadores hablan de dos mil
muertos, otros quintuplican esta
cantidad. La única certeza es
que entre los castellanos no hay
ningún muerto y que el único
herido es Pizarro.
Ya entrada la noche, el vencedor
visita a su prisionero y le
obsequia una cena. Atahualpa
muestra una extraña serenidad.
"Son usos de la guerra vencer y
ser vencidos", le dice a Pizarro
cuando hablan de su derrota. Más
aún, manifiesta su admiración
por la habilidad con que los
españoles lo capturaron en medio
de sus tropas.
El engaño del rescate
La tranquilidad de Atahualpa es
aparente. En el fondo le tiene
miedo no sólo a los castellanos
sino también a su hermano
Huáscar, su vencido en la guerra
por el trono inca. Pizarro es
muy capaz de elevar a éste a lo
más alto del imperio y
mantenerlo allí como gobierno
títere para consolidar su
dominación. Con el transcurrir
de los días el prisionero
advierte que los españoles
tienen un punto débil: la
codicia. Decide, entonces,
explotar ese flanco débil para
recuperar su libertad.
"Si me soltáis -dice a Pizarro-
yo cubriré de oro todo este
aposento. No sólo cubriré de oro
el suelo sino que llenaré el
aposento hasta donde llega mi
mano y también llenaré de plata
los dos cuartos inmediatos".
Pizarro, cuya misión es "buscar
oro para España y conversos para
Roma", obviamente acepta. El
salón tiene veintidós pies de
largo y diecisiete de ancho. A
la altura de nueve pies a que
había alcanzado la mano del inca
cuando extendió la mano hacia
arriba se marca con una línea
roja. Hasta se firma un
contrato, ante escribano, con
las formalidades usadas entre
los europeos.
Acto seguido, el inca envía
mensajeros por todo el imperio
con instrucciones de traer a
Cajamarca el oro necesario para
pagar su rescate. Imparte además
órdenes para que los españoles
sean respetados en todas partes.
Algunos castellanos,
aprovechando esa orden de no ser
molestados, hacen excursiones
hacia el interior del imperio.
Son llevados en hamacas cargados
por los indios, y bien
alimentados a lo largo del
camino.
Para junio de 1533 ya está
amontonado en Cajamarca una
inmensa cantidad de oro, pero
aún no se completa el rescate
del inca. La impaciencia de los
castellanos es tan descontrolada
que Pizarro no puede demorar más
tiempo el reparto del botín.
Apartan algunas joyas de oro,
notables por su calidad
artística, y el resto del tesoro
es convertido en barras.
Calculan en 51.610 marcos el
peso de la plata y en 1.325.539
pesos oro el valor de las
alhajas de dicho metal. Luego de
deducir lo que le corresponde al
rey y apartar una gruesa suma
para distribuir entre los
soldados y los habitantes de San
Miguel de Piura y construir una
iglesia, todavía queda oro en
abundancia para repartir entre
los castellanos, por rango y
servicio.
El soldado de caballería recibe
8.800 pesos de oro y 362 marcos
de plata en tanto que el soldado
de infantería recibe la mitad de
dichas sumas. Lo que reciben los
hermanos Francisco y Hernando
Pizarro, Hernando de Soto y
otros capitanes es
verdaderamente maravilloso.
Algunos soldados quieren
regresar a su país para
disfrutar de su fortuna y el
general no opone reparos porque
sabe que la vista de tan
fabulosa riqueza traerá a Perú
oleadas de codiciosos
inmigrantes. Uno de los que
regresarán a España es Hernando
Pizarro. Su hermano Francisco le
encarga que describa
detalladamente a Carlos V la
forma en que se produjo el
descubrimiento y conquista del
Perú y le entregue los tesoros
que han sido separados para la
corona.
El atroz final de Atahualpa
A todo esto, el emperador inca
sigue gobernando el imperio
desde su prisión. Sus órdenes se
cumplen en todo y su persona
sigue rodeada de todo el boato
imperial. Tanto poder, sin
embargo, infunde recelos a sus
guardianes, quienes empiezan a
humillarlo de todas las formas
posibles. El infeliz Atahualpa
ve que los soldados se reparten
sus mujeres y, lo que es más
humillante para él, hasta el
indio Felipillo abusa a su vista
de una de ellas. Los españoles
temen que el monarca prepare
desde su prisión una
contraofensiva, por lo que en
toda conversación con sus
vasallos siempre está Felipillo
escuchando todo.
Un día éste indio nefasto le
dice a Pizarro que el inca
fragua una vasta conspiración.
El general español manda un
destacamento a las órdenes de
Hernando Soto para que verifique
la veracidad de los dichos de su
intérprete. Según le dijo
Felipillo, miles de guerreros
peruanos se están acuartelando
para caer sobre los españoles.
Sin esperar respuestas, Pizarro
dispone el juicio de Atahualpa.
Organiza un tribunal integrado
por él mismo y Almagro,
asistidos por sus respectivos
consejeros. Un fiscal acusará al
cautivo en nombre del rey de
España. Nombran un defensor para
el acusado.
Acusan a Atahualpa de que siendo
hijo bastardo ha usurpado el
trono de los incas y ordenado la
muerte de su hermano Huáscar; de
practicar la idolatría; de tener
muchas concubinas; de gastar los
tesoros del imperio que por
derecho de conquista pertenecen
al rey de España y de levantar
gente contra los españoles.
Siete indios llamados a declarar
acumulan aún más cargos contra
el prisionero. Prestan
declaración a través del
intérprete Felipillo, uno de los
más interesados en la
condenación del inca. Aunque
algunos de ellos se niegan a
responder y otros dicen no a
todas las preguntas, el tribunal
condena a Atahualpa a ser
quemado vivo.
Algunos soldados que se atreven
a proponer que se apele la
sentencia ante Carlos V son
acusados de traidores por sus
propios compañeros. Para
tranquilizar las conciencias por
lo que se estaba por hacer,
consultan la opinión del
teólogo. El voto de Valverde es
terminante: "Hay causa para
matar a Atahualpa, y si lo creen
necesario, yo firmaré la
sentencia".
La historia americana no
recuerda crimen más
injustificable que el proceso y
muerte de Atahualpa.
La hora final
El desgraciado inca no soporta
el golpe de semejante sentencia,
y se quiebra. Suplica a Pizarro,
con lágrimas en los ojos, que le
perdone la vida y se compromete
a pagar un rescate aún mayor que
el anterior. Pizarro le niega el
perdón. Perdida toda esperanza,
Atahualpa parece recobrar su
tranquilidad y se dispone a
morir.
En la noche del 29 de agosto de
1533 sale al patíbulo rodeado de
una fuerte escolta y cargado de
grillos. Cerca de la hoguera,
que ilumina la oscuridad con su
lengua de fuego, el padre
Valverde trata de convertirlo,
prometiéndole cambiar el fuego
por la pena del garrote. El
miedo a una muerte cruel en la
hoguera hace que el infortunado
inca acepte y reciba el bautismo
con el nombre de Juan. Pide que
su cadáver sea llevado a Quito
para ser sepultado en la tumba
de sus abuelos y a Pizarro le
ruega que tome a sus hijos bajo
su protección.
Lo amarran al palo fatal y
mientras los españoles entonan
el Credo el verdugo estrangula
al último soberano del Perú.
Seguidamente le cortan la
cabeza.
Al día siguiente se celebra en
la nueva iglesia los funerales
del inca sacrificado. Pizarro
asiste en traje de duelo y
observa la inmensa muestra de
dolor de las hermanas y esposas
de Atahualpa. Según la costumbre
del imperio, ellas quieren
matarse sobre su cadáver y el
esfuerzo de algunos castellanos
no puede impedir el voluntario
sacrificio de algunas de esas
mujeres.
Días después regresa Hernando de
Soto de su expedición, trayendo
la noticia de que las
acusaciones de conspiración
hechas a Atahualpa no son
ciertas. Y cuando se entera de
que el inca ha sido condenado y
ejecutado, exclama: "Muy mal lo
ha hecho su señoría, y fuera
justo aguardarnos". Pizarro no
contesta aquel reproche.
Cuentan que su conciencia cargó,
hasta la muerte, con aquella
muerte absurda e incalificable.
(Publicado en "Norte" de
Resistencia
de fecha 17/4/2011)
Gentileza:: vidal mario
[entrevistasvm@hotmail.com]
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