|
Madrid: la universidad que
necesitamos
Paco
Marcellán
La elección a Rector en la
Universidad Carlos III de Madrid
se está convirtiendo en un
debate sobre el modelo de
universidad necesario para
nuestras sociedades en este
parteaguas civilizatorio. Como
en el cuento de Italo Calvino,
los modelos se dividen entre
aquellos que aceptan,
resignadamente, que vivimos en
el infierno y tratan de
maximizar sus opciones y entre,
los que me encuentro, que sin
desconocer la condición crítica
de nuestras sociedades
consideramos que nuestro papel
es muy diferente del de la
resignación cómplice o
entusiasta, tanto da.
Debería preocuparnos, y no solo,
a los que vivimos por y para la
universidad, que esta venerable
institución esté jugando un
papel tan secundario en un
momento cardinal para la vida de
nuestras poblaciones. Agobiados
por una crisis económica que no
parece tener fin, reconozcamos
que hemos participado poco en
esclarecer las causas de la
situación actual y menos aún en
la visibilización de las
alternativas. Digo esto
reconociendo el trabajo ímprobo
que centenares de académicos y
académicas han venido haciendo
para narrar, de manera
comprensible, lo que nos ocurre
y sus posibles evoluciones.
Pero, dicho esto, parece obvio,
también, que la universidad como
institución no es referenciada
por el conjunto de la población
como actor imprescindible cuyas
opiniones deban ser tenidas en
consideración para abordar las
salidas al marasmo que nos
agota. Obsérvese que nada digo
sobre lo sustantivo, las
opiniones mismas, pero el hecho
obvio de que la universidad es
percibida ya como una
institución que va a lo suyo
debería mover a la reflexión,
cuando menos. Este punto de la
responsabilidad social de la
universidad es uno de los
aspectos más significados de
nuestra apuesta por una
universidad de calidad.
Un segundo aspecto hace
referencia a nuestra exigencia
para que la universidad del
futuro esté firmemente anclada
en su comunidad universitaria.
Esto es, una institución que fíe
su presente y su futuro a la
calidad de sus recursos humanos,
de su personal docente e
investigador y del personal de
administración y servicios. Esto
significa condiciones dignas de
trabajo; limitación de la
precariedad; carreras
profesionales con perspectivas
escalonadas y previsibles;
salarios decentes; capacidad de
la universidad para reciclar,
formar y promocionar y
preocupación y cuidado por la
conformación de equipos. La
legítima crítica a las prácticas
endogámicas oculta, a veces, una
enfermiza obsesión por los
"fichajes estrella" más cerca
del mercado futbolístico, con
perdón, que del funcionamiento
propio de una institución
docente e investigadora.
La comunidad universitaria
incluye, también, al alumnado. Y
considerar a los y las alumnas
como un activo de la
universidad, cuidar la docencia
y favorecer una enseñanza
exigente y de calidad que,
además de formar los mejores
profesionales, contribuya a
formar ciudadanía debería ser un
compromiso de cualquiera que
aspirara ejercer el máximo
liderazgo en una universidad.
Pero aquí, nuevamente, los
modelos divergen y, en
ocasiones, admirados por la
visión cómplice del "esto es lo
que hay", se desprecia al
alumnado y se le considera una
carga (no se si saben que en el
argot universitario se habla de
"carga docente"), que, en fin,
hay que soportar.
La aplicación práctica del
famoso Plan Bolonia exige un
debate en profundidad. No ya
sobre las bondades del modelo
sino sobre su aplicación
práctica. Hay diferentes
enfoques y posibilidades y no
nos gusta aquel que ha usado las
potencialidades de Bolonia como
una excusa para primar la
investigación deteriorando la
docencia.
El punto de encuentro de esta
compleja red de experiencias,
intereses y expectativas debe
ser la participación en la vida
de la universidad. La elección
directa del Rector, un logro
democrático sin duda, ha
propiciado también una cierta
personalización de las
propuestas que favorece una
cierta indiferencia respecto a
las prácticas democráticas, a la
búsqueda de consensos y a la
consideración de la universidad
como un espacio de deliberación
y de acuerdo. Se puede y debe
hacer un esfuerzo para
convencernos de que las
prácticas democráticas y
participativas son nuestra
garantía de cohesión y acuerdo.
En una institución tan plural,
compleja, donde conviven
culturas científicas tan
diferentes, esta idea de
democracia densa debería ser el
abc de todas las propuestas.
Nos parece plenamente defendible
y posible, la propuesta de una
universidad pensada para
cooperar, compartir y colaborar.
La lógica del "sálvese quien
pueda" tan cara al mantra de la
excelencia empresarial de origen
anglosajón, es una reliquia del
pasado que, tristemente,
pretende ser presentada como una
moderna novedad. Nada más
moderno y productivo para una
institución que generar
sinergias, acuerdos y
compromisos forjados a través de
prácticas participativas,
basadas en la deliberación y la
argumentación. Y objetivos que
trasciendan los muros de la
universidad y tengan los
problemas sociales como
referencia inexcusable.
Nuestras sociedades necesitan
universidades con capacidad para
formar profesionales, claro
está, pero también con vocación
de intervenir sobre los
problemas que nos apremian. Ese
es nuestro papel. En estos
puntos los caminos de los
diferentes modelos divergen. El
nuestro, ya lo hemos dicho,
pretende hacer hueco para otras
perspectivas. Si queremos otros
resultados, necesitamos hacer
las cosas de otra manera.
Paco
Marcellán es catedrático de
matemáticas de la Universidad
Carlos III y candidato a rector
en las elecciones académicas en
curso en esa universidad pública
madrileña.
Gentileza::
www.sinpermiso.info
paginadigital |