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Apuntes sobre los orígenes
del Japón moderno: La senda del
Samurai
José Luis
Muñoz Azpiri* (h)
El Arca Digital
A la memoria de Moisés
Mauricio Prelooker
Es mejor prender una vela
que maldecir las tinieblas.
Confucio
“Desde hace ya muchos años
constituye un lugar común entre
los 'analistas de café' el
célebre apotegma de un premio
Nobel de economía que sentenció:
Existen cuatro clases de países
en el mundo: Desarrollados,
subdesarrollados, Japón y la
Argentina, dando a entender que
un país pródigo en recursos
materiales y humanos no tiene
nada y que otro, sometido a las
adversidades del medio
geográfico y a las trágicas
vicisitudes de su historia lo
tiene todo”. Sobre el citado
apotegma, el historiador José L.
Muñoz Aspiri (h) traza una ágil
e interesante recorrida por
varios siglos de historia
japonesa.
Samurái del período Edo con
armadura y "kanabó". La frase
citada (en la introducción) ha
pasado a integrar la larga lista
de sentencias auto denigratorias
con las cuales la
“intelligentzia” y sus voceros
pontifican respecto a la
“nociva” experiencia histórica
de los protagonismos populares y
nos estigmatizan como
representantes del pensamiento
arcaico o resabios de ideologías
perimidas y arrasadas por los
vientos de una discutible
globalización.
Omiten destacar que el Japón
pudo convertirse en un país
moderno porque fue atípico,
porque se aferró a sus
instituciones tradicionales,
porque mantuvo en forma
inquebrantable su propia
personalidad nacional.
El desarrollo japonés se
caracterizó por un elevadísimo
ritmo de acumulación, sobre todo
de capital productivo. La
reinversión llegó a la tercera
parte del producto en el largo
período de prosperidad que
siguió a la Segunda Guerra
Mundial.
El capitalismo japonés fue
fundamentalmente austero, no
solo en los estratos superiores,
sino en toda la población. Los
gastos militares, que antes
constituían el 7 por ciento del
producto, se redujeron a niveles
insignificantes a partir del
gobierno del general Mc Arthur.
Por otra parte, el mismo
gobierno japonés impuso una
reforma agraria más avanzada que
la que habían deseado algunos
reformadores. El
desmantelamiento de las fuerzas
armadas liberó a muchos
técnicos, que iniciaron modestas
empresas que después alcanzaron
dimensiones gigantescas.
El gobierno y la iniciativa
privada incorporaron masivamente
la tecnología de Occidente,
sobre todo por el envío
sistemático de gente a formarse
en el exterior. Pero no renegó
de sus propios valores ni abjuró
de su historia y su tradición.
Solo se admitieron las
trasnacionales cuando el Japón
pudo tenerlas y competir con
ellas.
Ahora bien, ¿A qué se debe la
austeridad del capitalismo
japonés? ¿Algunos pueblos están
predestinados a la acumulación
previsora y otros al derroche
por su carácter nacional o por
un determinismo genético?
¿Existe algún fatalismo
histórico que lleva a algunas
naciones a la prosperidad y a
otras a la pobreza y a la
dependencia?
Indagando el pasado
En 1543, un barco comercial
portugués que iba rumbo a China
naufragó en alta mar y después
de varias semanas de estar a la
deriva encalló en la isla
Tanegashima en el extremo sur de
Kyushu.
Los tripulantes fueron
rescatados por los isleños,
quienes repararon el buque
portugués para que pudieran
volver a su patria. Los
portugueses, muy agradecidos,
hicieron una demostración de
“tubos negros que lanzaban fuego
estruendosos y simultáneamente
dan al blanco con una distancia
de más de setenta metros”.
El señor feudal de Tanegashima
se asombró por la precisión con
que alcanzaron el blanco las
balas y compró dos ejemplares a
cambio de una cuantiosa cantidad
de plata. Fueron los primeros
fusiles que se conocieron en
Japón.
Unos años después, los
portugueses volvieron a Japón
trayendo muchos fusiles tratando
de venderlos bien; pero el
precio que lograron no llegaba
al nivel esperado. Después de
varios días de frustración, los
portugueses descubrieron que ya
en el mercado japonés estaban en
venta gran cantidad de fusiles
fabricados por los japoneses.
Resultó que el señor de
Tanegashima (Tokitaka, 1528 –
1579) al comprar los dos
fusiles, ordenó a su súbdito,
Kinbei Yaita, encontrar la
manera efectiva de
reproducirlos. Kinbei desarmó
los fusiles y con la ayuda
profesional de los herreros de
espadas logró dominar la
metodología para fabricarlos.
La técnica de manufactura de
fusiles fue transmitida a Sakai
(en aquella época era el centro
comercial “industrial” de Japón.
Se ubica al lado de Osaka).
Los herreros especializados en
producir las famosas espadas
japonesas dominaban los secretos
de cómo forjar el acero y dar
tratamiento térmico más adecuado
para aumentar la resistencia del
metal. Tenían sus talleres
alrededor de Sakai y empezaron a
manufacturar los fusiles con
mejores resultados que los
originales en cuanto a la
calidad de la puntería y
resistencia al calor.
Al principio, los tradicionales
señores feudales no reconocieron
el verdadero valor de los
fusiles. Los consideraban armas
cobardes e indignas de un
samurai y rechazaron darles un
lugar merecido en la estrategia
militar.
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¿Algunos pueblos están
predestinados a la acumulación
previsora y otros al derroche
por su carácter nacional o por
un determinismo genético?
¿Existe algún fatalismo
histórico que lleva a algunas
naciones a la prosperidad y a
otras a la pobreza y a la
dependencia?
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Pero la historia de Japón
fue drásticamente modificada a
partir de la batalla de
Nagashino en 1575, cuyos
protagonistas no fueron famosos
caballeros con armaduras, lanzas
y espadas, sino desconocidos
fusileros.
Este episodio y posteriores, se
encuentran en el encantador e
imprescindible libro de Kanji
Kikuchi: El origen del poder.
Historia de una nación llamada
Japón (Sudamericana, 1993) de
obligatoria lectura para quien
quiera aproximarse al espíritu
nipón. Con este incidente, se
inicia una lucha de cuatro
siglos contra las tentativas de
los “bárbaros del este”, es
decir, los occidentales.
Una sociedad jerárquica
Hasta 1867 existía en Japón una
estructura de poder dual. El
emperador, con residencia en
Kyoto, resumía la autoridad
religiosa y la santificación de
la jerarquía social, pues
otorgaba títulos y poderes
nobiliarios, pero carecía de
funciones políticas reales. El
verdadero poder estaba en manos
de los grandes señores feudales,
los daimios, entre los cuales
descolló Tokugawa, quien dio su
nombre a todo este período.
El emperador era un personaje
sin poder real, relegado a un
papel simbólico, de carácter
esencialmente religioso. El
verdadero jefe de gobierno era
el shogun, equivalente al
chambelán de palacio de los
francos, que ejercía un cargo
igualmente hereditario.
Al servicio de los daimyos
estaba la casta militar de los
samurai y, en la base, los
labradores (no) , los artesanos
(ko ), los comerciantes (sho ) y
los desclasados (hinin , “no
humanos”); todos despreciados y
oprimidos al no ejercer la
actividad guerrera, y sujetos a
disposiciones rigurosas sobre
vestimenta, prohibición de
montar a caballo, etc.
Los daimyos y sus guerreros
profesionales, los samurai ,
combinaban una difusa lealtad al
emperador y a las antiguas
instituciones con una despiadada
explotación de los campesinos,
cuya situación era tan
desesperante que los inducía con
frecuencia al mabiki
(infanticidio) con el objeto de
los niños sobrevivientes
pudieran seguir alimentándose.
Los occidentales intentaron
repetidas veces poner el pie en
el Japón, aunque los shogun –en
un intento desesperado de cortar
todo lazo con Occidente–
llegaron a prohibir la
construcción de barcos oceánicos
y a castigar con la pena de
muerte el arribo de extranjeros.
Pero todo cambió con la
penetración imperialista: en
1853, cuatro barcos pintados de
negro dirigidos por el Comodoro
norteamericano M.C.Perry
(1794-1858) aparecieron el la
bahía de Tokio (Edo de entonces)
y exigieron la apertura del
Japón.
¿La razón?, aunque parezca
increíble: las ballenas. En
aquel entonces, los puertos
japoneses se necesitaban como
bases de reabastecimiento para
los buques balleneros
norteamericanos.
Los estadounidenses,
conquistando la frontera oeste,
llegaron a California.
La población norteamericana
estaba en franca expansión y la
demanda de la grasa de ballena,
una suerte de petróleo de la
época, como aceite para las
lámparas y la materia prima para
fabricar alimentos y jabones,
crecía cada vez más.
Al principio, los
norteamericanos cazaban ballenas
en el Océano Atlántico, pero al
exterminarlas (los cachalotes
del Atlántico), se trasladaron
al Pacifico y pronto se
convirtieron en los dueños del
Océano Pacífico del Norte. Los
buques balleneros salían de su
base en California y tomaban a
las islas Hawai como base de
reabastecimiento.
Según la estadística del año
1846, los buques balleneros
norteamericanos en el Océano
Pacífico sumaban 736 y la
producción anual de aceite de
ballena llegó a 27 mil
toneladas. Estos buques
persiguiendo cachalotes
navegaron desde el mar de
Behring hasta la costa norte del
Japón.
Entrando al siglo XIX, los
buques balleneros
norteamericanos aparecieron
varias veces en la costa
japonesa, pidiendo suministros
de agua y comida, además de
combustible, porque la autonomía
de esos balleneros que navegaban
a vapor no era suficiente para
un viaje que demandara más de
cinco meses. Conseguir la base
de reabastecimiento en Japón, o
no, era de vital importancia
para mejorar la productividad de
estos buques factorías.
Sin embargo, las autoridades
locales de las pequeñas aldeas
de pescadores del Japón
automáticamente rechazaron a los
buques balleneros y ni siquiera
les permitieron desembarcar.
Para ellos no hubo ningún motivo
de discusión al cumplir la orden
de la Carta Magna celosamente
respetada durante siglos por sus
antepasados. A nadie le
importaba el por qué del
aislamiento. No tratar con los
extranjeros era simplemente una
regla de juego que había que
cumplir so pena de muerte, y
punto.
La ley de aislamiento ya formaba
parte del ser japonés [1]
El Comodoro Perry volvió a la
bahía de Edo en el año siguiente
(1854), esta vez con siete
negros buques de guerra, y llegó
hasta la distancia adecuada para
el alcance de sus modernos
cañones que apuntaban al
castillo y a la ciudad de Edo y
exigió de nuevo la apertura.
El Shogunato de Tokugawa,
completamente asustado, firmó el
acuerdo de amistad con
Norteamérica, concediendo dos
puertos como base de
reabastecimiento para sus
barcos: Shimeda y Hakodate.
De esta manera, el aislamiento
en que el Japón vivía desde el
comienzo del siglo XVII fue
levantado a la fuerza por la
escuadra de Perry. Ese año
arribó al Japón el primer Cónsul
General de Norteamérica, Mr.
Harris (1804-78).
La misión del señor Harris era
lograr la firma del Tratado de
Libre Comercio bilateral con el
Gobierno del Japón.
Inmediatamente lograron
concesiones similares
Inglaterra, Holanda, Francia y
Rusia.
Esto contribuyó a desprestigiar
al Shogun y el Emperador,
apoyado por una parte de la
nobleza, de los samurai que
controlaban la flota y el
ejército y de algunas poderosas
familias de banqueros, depuso al
Shogun, destruyó el poder
territorial de la nobleza feudal
e impuso un régimen
centralizado: un ministerio de
quince miembros, fuerzas armadas
unificadas, impuestos,
administración y justicia
nacionales.
El grito que surgió en Japón,
sin embargo, fue Isshin :
volvamos al pasado, recobremos
lo perdido. Era lo opuesto a una
actitud revolucionaria. Ni
siquiera era progresiva. Unida
al grito de “Restauremos al
Emperador”, surgió el de
“Arrojemos a los bárbaros”,
igualmente popular.
La nación apoyaba el programa de
volver a la edad dorada del
aislamiento, y los pocos
dirigentes que vieron cuán
imposible era seguir semejante
camino fueron asesinados por sus
esfuerzos de renovación.
Con la misma terca determinación
con que se habían negado durante
cuatro siglos a todo contacto
con los extranjeros (salvo la
curiosa excepción de los
holandeses, que eran tolerados,
pero confinados en una isla
artificial) los japoneses se
lanzaron a la aventura de vencer
a los occidentales con sus
propias armas.
Se acusó al shogun –uno de cuyos
títulos era el de “generalísimo
dominador de los bárbaros”– de
ser incapaz de impedir la
humillación nacional, se le
obligó a renunciar y se
desencadenó un tsunami bautizado
como “Restauración Meiji”.
La Restauración Meiji
Desde 1867 ocupaba el trono
imperial un muchacho de quince
años, Mutsuhito, quien adoptó en
1868 para designar su reinado el
nombre del año en curso, Meiji
(gobierno ilustrado).
Los eruditos del culto nacional
(Shinto) habían ganado mucho
apoyo para su concepción de que
el Japón “era un país superior”,
por contar con una casa imperial
fundada por la Diosa del Sol.
Estas enseñanzas –que
constituían en realidad la
doctrina nacional japonesa–
fueron rescatadas por los
grandes señores feudales del
sudoeste del Japón, que querían
debilitar la institución del
Shogunato para imponer su propia
autoridad.
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Izq.Emperador Mutsuhito (1852
-1912). Emprendió la
modernización del Japón y su
reinado se conoce como
«revolución Meiji». Der.Saigo
Takamori (1828-1877), uno de los
samurai más influyentes de la
historia japonesa a fines del
período Edo y comienzos de la
era Meiji.
Cuando el Estado se configura
como tal, a partir de la
acumulación mercantil, elementos
como la religión (transformación
cultural del animismo, según
algunos antropólogos), queda
incorporado al orden estatal
como regulador del consenso. Se
levantó así la bandera del
“retorno a lo antiguo” (fukkó )
y los jóvenes samurai ,
violentamente antiextranjeros
–que se habían vinculado
extensamente entre si a través
de años de entrenamiento en las
academias de la espada, y que a
menudo eran pobres– se plegaron
al bando de los daimyos del sur,
y derrocaron al último shogun ,
entregando el poder al emperador
adolescente, en cuyo nombre se
había realizado todo el
movimiento.
En 1868 los principales señores
feudales fueron convocados al
palacio imperial de Kyoto, donde
se proclamó la restauración del
poder imperial.
Al año siguiente la capital fue
trasladada a Tokio, y se inició
la construcción del Japón
moderno.
Para 1889 se había creado una
monarquía constitucional
fuertemente oligárquica, con dos
cámaras: la de los pares,
vitalicios, designados por el
emperador y elegidos por los
grandes propietarios, y la de
diputados, elegida por los
habitantes que pagan censo (500
mil sobre 50 millones que
componían la población total).
El apoyo directo del régimen lo
constituía la casta militar.
Tales cambios no modificaron la
situación del jornalero
agrícola, ferozmente explotado y
fueron acompañados por el
empobrecimiento brutal de los
pequeños campesinos
propietarios, que debieron
vender e hipotecar sus tierras.
Tampoco se evitaron totalmente
las tensiones entre la casta
militar y la nueva burguesía.
Pero la estructura samurai,
actuando sobre el capitalismo
existente y el poder fuertemente
centralizado, dio origen a un
desarrollo aceleradísimo, que se
benefició del éxodo de los
campesinos arruinados y de los
obreros agrícolas, empujados por
la miseria hacia las ciudades,
donde formaron un enorme
ejército de mano de obra barata.
La centralización del poder
permitió que, en lugar del
tradicional laissez-faire de los
capitalismos occidentales, se
instituyera un fuerte
capitalismo de Estado, que
mediante la asociación con la
nueva oligarquía, dio origen a
una rápida trustificación, tanto
en la banca como en la
industria.
El Estado creó y modernizó la
industria del hierro, del acero
y las empresas textiles,
cediéndolas luego a los
particulares. Se crearon
instituciones bancarias a
imitación de las de Estados
Unidos y los comerciantes
japoneses, apoyados por el
Estado, desplazaron a los
extranjeros.
El período llamado Meiji
significó así la estructuración
en pocos años de una sociedad
capitalista centralizada,
monopólica, militarista, que
producía a muy bajos costos
debido a lo económico de la mano
de obra. Estaban dadas todas las
condiciones para que Japón se
lanzara a la expansión
imperialista y territorial, en
conflicto con las otras
potencias y en primer término
con Rusia, con la que debía
dirimir la hegemonía sobre la
costa asiática del Pacífico. [2]
Pilares de la transformación
Los líderes
revolucionario-tradicionalistas
estaban convencidos que la
fuerza de los países
occidentales provenía de tres
factores:
1) el constitucionalismo, que
originaba la unidad nacional.
2) La industrialización, que
proporcionaba fuerza material
3) Un ejército bien preparado.
La nueva consigna fue: “país
rico,
armas fuertes” (fukoku-kyohei) .
Basados en estas premisas
pusieron en marcha drásticas
reformas que significaron en
poco tiempo la liquidación de
toda la estructura de la
sociedad feudal.
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Al principio, los tradicionales
señores feudales no reconocieron
el verdadero valor de los
fusiles. Los consideraban armas
cobardes e indignas de un
samurai y rechazaron darles un
lugar merecido en la estrategia
militar. Pero la historia de
Japón fue drásticamente
modificada a partir de la
batalla de Nagashino en 1575,
cuyos protagonistas no fueron
famosos caballeros con
armaduras, lanzas y espadas,
sino desconocidos fusileros.
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En primer término se obligó a
los grandes daimyos a revertir
sus propiedades al trono, que
era considerado titular de toda
la tierra japonesa. Los señores
feudales, en una primera etapa,
fueron nombrados gobernadores de
sus antiguos feudos. Pero eso
duró poco.
En 1871 los gobernadores-daimyos
fueron convocados a Tokio, se
les entregó un título de
nobleza, a la usanza occidental
y se les quitaron sus cargos, al
mismo tiempo que se declaraba
abolido oficialmente el
feudalismo.
Los 300 feudos fueron
convertidos en 72 prefecturas y
tres distritos metropolitanos.
No menos decidida fue la campaña
contra la estratificación social
que había predominado durante la
época feudal.
Era fácil otorgar títulos y
generosas pensiones a los
grandes señores feudales, pero
resultaba mucho más difícil
reubicar a más de dos millones
de samurai y demás dependientes,
sin dinero y sin tierras.
A éstos se les concedió una
pensión igual a una parte de su
antiguo estipendio, y cuando la
erogación resultó una carga
demasiado pesada para el erario,
se los sustituyó por bonos del
tesoro, inconvertibles y de bajo
interés. Se les prohibió también
portar espada y seguir
exhibiendo su característica
coleta.
Pronto las pensiones y bonos se
esfumaron, pues la inflación
devoró gran parte de su valor.
Por otra parte, los samurai
carecían de capacidad para
adaptarse a las nuevas
condiciones imperantes.
En 1873, el mazazo final: se
instituyó la conscripción
obligatoria, con lo cual los
samurai perdieron su tradicional
monopolio del servicio militar.
Hubo motines, por supuesto, pero
fueron sofocados. El más célebre
fue el de Saigo.
Caballos desbocados
Después de la Restauración Meiji,
los samurai que pelearon para
derrocar el régimen feudal,
advirtieron que habían sido
utilizados y que su premio había
sido la desocupación y la
pérdida de todos sus
privilegios.
Al hecho de no poder portar
katana ni la indumentaria que
los había caracterizado durante
siglos se sumaba la obligación
de tener que trasladarse a Tokio
(ex Edo) con el consiguiente
abandono de sus castillos
tradicionales y la separación de
sus súbditos.
Era el precio a pagar por la
modernización a la que
consideraban una traición a los
valores tradicionales y
nacionales y una imitación
servil de todo lo extranjero.
Takamori Saigo, quien fuera
Comandante Supremo de las
Fuerzas Unidas Reales que
derrotaron al Shogunato, surgió
por propia gravitación como
líder de los descontentos.
Por esa época, al igual que la
actual, Rusia porfiaba en lograr
puertos cálidos en el sur, que
no se congelaran en el invierno
(tal fue una de las principales
causas, sino la principal, de la
invasión a Afganistán), en algún
lugar en la Bahía del Mar
Amarillo o en la costa coreana.
Por ello el Imperio Ruso se
interesaba tanto en Manchuria o
en la Península Coreana a las
que Japón consideraba vitales
para su defensa.
Saigo intentó resolver
militarmente los dos frentes
aprovechando la energía latente
de los samurai ora desempleados
y planeó la invasión de Corea.
El rechazo a sus planes detonó
la rebelión de Satsuma de 1877.
Fue la última de las grandes
protestas armadas contra las
reformas del nuevo gobierno
Meiji, y sobre todo contra
aquellas que representaban una
amenaza para la clase samurai al
acabar con sus privilegios
sociales, reducir sus ingresos y
obstaculizar su tradicional
estilo de vida.
Son muchos los samurai de
Satsuma que en 1873 abandonaron
el gobierno junto a Saigo,
resentidos por el rechazo a la
propuesta de éste de invadir
Corea y por el proceso de
reforma, que parecía hacer caso
omiso a sus intereses.
La rebelión surgirá por fin en
enero de 1877, acabando con el
suicidio de Saigo.
Cuenta la tradición que se quitó
la vida cometiendo el
tradicional seppuku (harakiri)
junto con trescientos de sus
últimos seguidores. Junto con
Saigo, murieron los samurai como
fuerza política vigente. Pero la
imagen que dejaron, idealizada y
embellecida, renació
inmediatamente después de la
muerte como símbolo de la ética
del pueblo.
El espíritu honorable de los
samurai y sus almas nobles
empezaron a buscar un lugar en
el corazón de los ciudadanos
comunes de Japón.
Hoy se venera su memoria junto a
las leyendas de los Marinos de
Tsushima, el general Kuribayashi
de Iwo Jima o los más de 300
pilotos Kamikaze de la Segunda
Guerra Mundial. Con ligeras
variantes, este episodio fue
narrado en las novelas de Yukio
Mishima, las películas de
Kurosawa o en la versión
hollywoodense de El último
samurai.
Como generar capital sin
endeudarse
La abolición de los señores
feudales y la expropiación de
sus feudos hizo posible desechar
el viejo sistema de tenencia de
la tierra e instituir un sistema
impositivo regular y confiable.
Los líderes del Japón moderno
estaban convencidos de que *sólo
podían y debían depender de sus
propios recursos*.
Para obtenerlos no vacilaron en
decretar un impuesto en dinero
del 3 por ciento sobre los
valores inmobiliarios, para lo
cual se realizó previamente, en
1873, un censo agrario,
determinando sus tasaciones
sobre la base de los
rendimientos medios en los años
anteriores. Este censo permitió
también otorgar títulos de
propiedad a los campesinos, a
quienes se liberó de todas las
tabas feudales, dándoles entera
libertad para escoger sus
propias siembras.
Todas estas medidas requirieron
cierto tiempo y como implicaban
cambios fundamentales, hubo
momentos de gran confusión y
frecuentes desajustes, que
provocaron levantamientos y
manifestaciones de campesinos.
Sin embargo, la entrega en
propiedad a los campesinos,
junto con las enérgicas medidas
adoptadas por el nuevo régimen
para promover los adelantos
tecnológicos y adoptar nuevos
fertilizantes y semillas
seleccionadas, produjeron
finalmente un enorme incremento
en la producción agraria.
Sobre esas bases se construyó el
Japón moderno, que en tres
décadas pasó de sus inofensivos
barcos de guerra de madera a una
poderosa flota, con la cual el
almirante Togo hundió en el
estrecho de Tsushima (1905) a
toda la flota rusa del Báltico,
que acudía a Extremo Oriente
para tratar de levantar el
bloqueo japonés. El impuesto a
la tierra y la emisión de papel
moneda avalado por los valores
inmobiliarios se convirtieron
durante varias décadas en la
principal fuente de recursos del
Estado japonés.
En toda su historia, el Japón
sólo ha hecho uso de un préstamo
inglés de un millón y medio de
libras esterlinas.
Así, en el plazo de una
generación y contando solamente
con sus propias fuerzas, el
Japón se convirtió en una gran
potencia. Téngase en cuenta para
valorar lo realizado, la extrema
pobreza del territorio japonés,
que obliga a depender tanto del
mar como de la tierra para
alimentarse.
La alternativa consistía en
convertirse en una colonia
europea o norteamericana, a lo
cual Japón parecía predestinado
por su carencia de recursos
materiales y su falta de
tradición tecnológica.
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El emperador era un personaje
sin poder real, relegado a un
papel simbólico, de carácter
esencialmente religioso. El
verdadero jefe de gobierno era
el shogun, equivalente al
chambelán de palacio de los
francos, que ejercía un cargo
igualmente hereditario.
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Elección de otro camino
Japón probó que un pueblo
asiático era capaz de
desarrollar los adelantos
técnico-industriales ostentados
por los occidentales, y luego
enfrentar militarmente a estos,
aún derrotándolos, como sucedió
con Rusia.
El Japón, como ejemplo que
demostraba la mentira occidental
de una superioridad basada en la
raza o en recónditas cualidades
espirituales, contó con la
simpatía del naciente movimiento
nacionalista, tanto chino como
indio, indonesio, vietnamita,
birmano, malayo o filipino.
¿Imitación o creatividad
endógena? La autogestión y la
imitación ¿Son en realidad dos
polos opuestos?
Un país que desee acelerar su
industrialización debe ser capaz
de reconciliar ambos aspectos,
como lo demuestra la experiencia
japonesa.
En 1875 el gobierno Meiji inició
la primera fábrica moderna de
manufactura de hierro, en
Kamaishi, bajo la supervisión de
un ingeniero británico.
Durante veinte años habían
operado allí pequeños hornos,
construidos también conforme a
un diseño extranjero, pero sin
ingenieros extranjeros.
Los hornos habían tenido
dificultades financieras, pero
técnicamente habían tenido
éxito. Con todo, el gobierno
ignoró esta tecnología
tradicional y prefirió los
métodos británicos. Los
resultados fueron desastrosos.
Al cabo de cien días se acabó en
carbón. Después de un tiempo se
reanudó la producción utilizando
coque.
Pero esto dio por resultado la
congelación del hierro y el
coque en el horno y, así, hubo
de clausurarse toda la planta.
La investigación tecnológica e
histórica señala las tres causas
siguientes del fracaso: había
una amplia brecha entre la
modernidad de la tecnología en
que se basaba el nuevo horno y
la forma anticuada de producir
carbón; la ubicación de los
hornos y el sistema total de
transporte no eran adecuados
para proporcionar rápidamente
materia prima y el diseño del
horno mismo era fundamentalmente
defectuoso.
Además, la operación era
dirigida por extranjeros,
quienes no tomaron en
consideración las
características del mineral de
hierro y el carbón japoneses.
Debe añadirse una cuarta causa,
a saber, la veneración por
Occidente que sentía el
gobierno.
Este fracaso inicial de
establecer la industria moderna
del hierro en Japón demuestra
claramente los peligros de
importar tecnología sin prestar
atención a las condiciones
locales, y también demuestra la
ventaja de la tecnología
doméstica, es decir, su
integración prioritaria con las
condiciones locales.
Si deseamos examinar intentos
anteriores de crear un moderno
sector de la manufactura de
hierro, podemos volvernos a la
historia de la fundición de
cañones.
Aquí encontramos lo que se puede
designar como el modelo de la
autogestión / imitación, que
podría demostrar ser un ejemplo
valiosos para los países
actualmente en desarrollo.
Los hornos de reverbero en Saga,
Kagoshima, Nirayama, Tottori y
Hagi se basaban todos en un
libro en idioma holandés.
Hubo un prolongado proceso de
prueba y error: tan solo la
mitad del hierro se fundía, los
cañones estallaban al primer
disparo, etc...
Pero no debe pasarse por alto el
hecho de que, en medio de
innumerables fracasos tuvieron
un progreso constante.
En efecto, en solo unos cuantos
años todos los problemas
iniciales habían sido superados
y para fines del período Edo
(1600–1868) habían construido
alrededor de doscientos cañones,
incluyendo tres con rayado en
espiral, que eran el último
avance en la Europa
contemporánea. Pese a
innumerables fracasos, la
velocidad con que asimilaban la
nueva técnica exógena nos parece
sorprendente. Ha habido muchos
debates acerca de las razones de
esta velocidad, pero aquí es de
interés especial la posición
adoptada por el profesor Shuji
Ohashi: Usando sus estudios
detallados sobre la metalurgia
del hierro en las postrimerías
del período Edo, el profesor
Ohashi ha mostrado tres etapas
diferentes en el proceso de
formación de la tecnología del
fundido de cañones en Saga. Cada
una de estas etapas tuvo su
propia contraparte en el
desarrollo europeo.
----------
Pero todo cambió con la
penetración imperialista: en
1853, cuatro barcos pintados de
negro dirigidos por el Comodoro
norteamericano M.C.Perry
(1794-1858) aparecieron el la
bahía de Tokio (Edo de entonces)
y exigieron la apertura del
Japón. ¿La razón?, aunque
parezca increíble: las ballenas.
En aquel entonces, los puertos
japoneses se necesitaban como
bases de reabastecimiento para
los buques balleneros
norteamericanos.
La primera etapa fue el fundido
de cañones de bronce.
En Japón, este período duró de
1842 a 1859, mientras que la
misma tecnología en Europa había
permanecido en la etapa del
bronce hasta mediados del siglo
XVII.
En ambos lugares, constituyó la
base histórica para el fundido
de cañones posterior.
En Japón, esta segunda etapa de
fundir cañones de hierro tuvo
lugar entre 1851 y 1859 y
correspondió a un avance que
tuvo lugar en Europa desde
mediados del siglo XVII a la
década de 1850.
La tercera etapa, que data de
1863, se centró en la capacidad
de hacer cañones rayados de
acero fundido.
Esta etapa correspondió al
desarrollo europeo desde la
década de 1840.
Debe observarse que, aunque cada
etapa cubrió solo un breve
período de tiempo, Saga había
pasado exactamente por las
mismas etapas y en el mismo
orden que Europa.
En este desarrollo, confiaron no
sólo en su propia experiencia en
el fundido de cañones de bronce,
sino también en muchos otros
logros de la ciencia y la
tecnología locales, tales como
la elaboración de ladrillos
refractarios, la utilización de
la energía hidráulica, la
aritmética japonesa local y,
sobre todo, la totalidad de la
tecnología doméstica de
manufactura de hierro.
Los artesanos desde hacía tiempo
habían hecho armas, tales como
espadas y pistolas, e
implementos agrícolas tales como
rastrillos y hoces de hierro en
bruto y acero. Las temperaturas
de sus hornos eran comparables a
la de los altos hornos.
Así, los artesanos tenían un
nivel notablemente alto en el
arte del forjado y la fundición,
y estaban bien informados acerca
del comportamiento del hierro
fundido y otros materiales
diversos en altas temperaturas.
Sin el apoyo sólido de la
tecnología local y de sus
propias experiencias en las
tecnologías precedentes, no
puede esperarse que tenga éxito
cualquier intento de imitación.
Esto está fuera de toda duda.
Pero ¿podrían haber alcanzado
los mismos resultados sin
imitación alguna? Sin duda, pero
posiblemente con mucha lentitud.
El intento de imitar un modelo
occidental sin duda los alentó.
Exactamente debido a que sus
intentos de fundir cañones
fueron una imitación de
tecnología exógena, estos
intentos fueron acompañados por
problemas nuevos, previamente
desconocidos.
La resolución de éstos requería
de un nivel de destreza
tecnológica más alto que el que
realmente habían logrado los
ingenieros. Afortunadamente, las
brechas que se encontraban cada
vez eran lo suficientemente
pequeñas como para superarlas.
Pero, debido a la presencia de
estas brechas, el incremento de
sus habilidades puede
describirse mejor como una serie
de “saltos” en vez de cómo un
simple progreso.
El desarrollo tecnológico
japonés ha conocido muchos
saltos así, uno de los cuales,
se considera como la fecha de
nacimiento de la moderna
industria del hierro de Japón:
el primero de diciembre de 1857
vio encenderse el primer fuego
en el alto horno de Kamaishi, un
horno de carbón que una vez más
se basó en el libro único
mencionado arriba.
Claro está que, fuera de estos
saltos, hubo fracasos, pero
también éstos fueron
importantes, ya que prepararon a
los ingenieros japoneses para su
siguiente salto.
Esta característica (es decir,
una serie de saltos pequeños)
del desarrollo tecnológico
japonés es extremadamente
importante para los países
actualmente en desarrollo. En la
medida que los países emergentes
pretenden alcanzar el mismo
nivel tecnológico que los países
desarrollados en un período de
tiempo más corto, sus planes de
desarrollo necesariamente deben
diseñarse como una serie de
saltos.
Los problemas sociales
relacionados con los saltos
tecnológicos también deben ser
interesantes para los países que
inician su propio desarrollo.
Los saltos técnicos deben ser
vistos en sus contextos sociales
e históricos.
Pues, aunque en sí es un logro
tecnológico, cada salto siempre
fue parte inseparable de algún
movimiento social histórico.
El primer salto surgió de la
agitación que comenzó con el
choque social ocasionado por la
Guerra del Opio y la aparición
de buques de guerra occidentales
y que terminó con la caída del
gobierno Edo. Muchos cañones
fundidos durante esa época
fueron disparados contra el
gobierno de Tokuwaga así como
contra escuadrones occidentales.
El segundo salto, claro está,
estuvo asociado con el gran
cambio social después de la
Revolución Meiji, y el tercero
con la tensión internacional
entre la guerra ruso-japonesa.
Mas tarde, también, los
acontecimientos históricos
siguieron siendo el incentivo de
los saltos. Hablando de manera
general, en siempre que Japón
tuvo siempre éxito en utilizar
la pasión nacionalista creada
por los períodos de agitación, y
emplearla como fuerza motriz
para un salto tecnológico.
Esto sigue siendo verdad.
Por ejemplo, los dirigentes
japoneses hicieron uso pleno de
la crisis del petróleo en 1973 a
fin de crear un sentimiento de
urgencia que pudieron aprovechar
para el desarrollo integral de
tecnología economizadora de
energía.
Respecto a los sentimientos
nacionalistas como ayuda para
crear un salto tecnológico, un
período especialmente
interesante de la ciencia y
tecnología japonesas es el
período entre las dos guerras
mundiales.
La Primera Guerra mundial
impresionó mucho a los japoneses
con las virtudes de la ciencia.
Más concretamente, habían
sufrido varios tipos de
carencias porque hubo que
detener ciertas importaciones y
admiraban a los alemanes por
haber inventado materiales
sustitutos, bajo circunstancias
similares, gracias a su ingenio
científico.
La tendencia que comenzó con
esta guerra fue la “ciencia de
los recursos”, que significaba
la ciencia para asegurarse los
recursos y para la invención de
sustitutos, así como la ciencia
de los “materiales de los
recursos”.
El problema que Japón había
afrontado durante la guerra fue
una especie de dependencia
tecnológica parecida a la que
puede verse ahora en los países
periféricos. En consecuencia,
más tarde se recalcó la
independencia respecto de la
tecnología occidental. [3]
El respeto a la propia cultura,
clave del éxito japonés
¿Cómo puede una sociedad
reaccionar a las influencias
exógenas y desarrollar
capacidades potenciales
endógenas? El hecho de que ambas
van de la mano se ha demostrado
repetidamente a lo largo de la
historia.
Como hemos visto, la experiencia
japonesa misma lo comprueba:
Japón fracasó cuando trató
sencillamente de importar el
conocimiento, sin tener en
cuenta las condiciones propias.
E incluso Europa lo había tomado
en préstamo y lo había
integrado, ya que en la temprana
edad de este milenio Europa
aprendió mucho de la ciencia y
técnica altamente avanzadas de
las zonas culturales árabe,
hindú y china.
Este proceso incluyó abundantes
ejemplos de imitación y
préstamo.
Pero, una vez arraigados en la
cultura europea, estos elementos
exógenos permitieron que
surgiera la energía latente en
las condiciones domésticas
europeas. Y Europa comenzó a
desarrollarse rápidamente.
Sobre la industrialización del
Japón existen los excelentes
estudios del profesor Kazuko
Tsurumi, que rechaza la opinión
que considera la ciencia y la
tecnología como entidades
independientes de la cultura de
cualquier sociedad en
particular. “Cada cultura tiene
sus propias formas tradicionales
de conocer y hacer”.
Esto significa que habrá un
conflicto entre toda la
tecnología prestada y la cultura
local del país que la pide en
préstamo, conflicto que no puede
resolverse sino en el momento en
que la tecnología se haya
integrado a la cultura.
El profesor Tsurumi investigó
los conflictos en la tecnología
local de la manufactura del
hierro en el período Meiji en
Japón.
Este enfoque se recomienda a sí
mismo como un método tecno
sociológico.
Si comparamos los diversos
conflictos ocasionados por la
importación de tecnología en
algunos países, podemos
encontrar muchas claves para la
comprensión de la relación entre
tecnología y cultura social.
No obstante, al comparar China y
Japón, el profesor Tsurumi
siempre parece considerar la
autogestión de manera favorable
y positiva, refiriéndose a la
imitación en términos negativos.
Pero sería imposible para los
países en desarrollo alcanzar la
industrialización sin imitar o
tomar a préstamo tecnología. Tal
el caso de nuestra industria
metal metalúrgica de aplicación
agrícola.
De esta manera, el aislamiento
en que el Japón vivía desde el
comienzo del siglo XVII fue
levantado a la fuerza por la
escuadra de Perry. Ese año
arribó al Japón el primer Cónsul
General de Norteamérica, Mr.
Harris (1804-78). La misión del
señor Harris era lograr la firma
del Tratado de Libre Comercio
bilateral con el Gobierno del
Japón.
Un país capitalista atípico
Como Rusia, el Japón llegó tarde
al desarrollo capitalista. Pero
a diferencia de aquella, a
partir de la Revolución Meiji de
1867, el sistema feudal fue
superado en forma muy acelerada,
por un lado; por el otro,
también a diferencia de la
burguesía rusa, la japonesa,
apoyada en un fuerte capitalismo
de Estado, logró controlar
férreamente el proceso
excluyendo del mismo la
presencia y penetración del
capital extranjero.
La modernización del Japón,
ocurrida de este modo,
prácticamente se salteó el
período del capitalismo de libre
competencia, pasando en forma
casi directa del feudalismo al
capitalismo monopolista. La
Restauración Meiji (1868)
convirtió al Japón en un país
moderno, aunque atípico. En
realidad, tendríamos que señalar
que pudo convertirse en un país
moderno porque fue atípico,
“porque se aferró a sus
instituciones tradicionales,
porque mantuvo en forma
inquebrantable su propia
personalidad nacional”.
Ese espíritu independiente se
puso de manifiesto en todos los
terrenos. En lo referente al
desarrollo industrial japonés,
este fue totalmente
autofinanciado, y los nipones no
pidieron el más mínimo crédito a
Occidente.
Los bancos controlados por el
Estado y “ampliamente provistos
de fondos provenientes de la
recaudación del impuesto a la
tierra”, suministraron todos los
capitales necesarios para crear
la industria pesada y la
liviana.
Una vez que se consolidaron las
grandes familias zaibatzu ,
dotadas de enorme poder
económico y político, e
integradas en algunos casos por
parientes y amigos de los
líderes Meiji, se les fueron
entregando las plantas
industriales.
El desarrollo tuvo un ritmo
impresionante, pero gracias al
bajísimo nivel de vida de la
población.
Al mismo tiempo, se producía una
profunda revolución
político-religiosa.
Un decreto imperial de 1890, que
amalgamaba elementos confucianos
y shintoístas, estableció la
política educacional del nuevo
régimen. Las lealtades feudales
fueron reemplazadas por la
lealtad a la Nación, encarnada
en la figura mítica del
Emperador, como un deber
patriótico ineludible.
Se inculcó en todos los estratos
sociales el ideal samurái del
honor y la lealtad, que de este
modo se convirtió en la herencia
legada por los antiguos clanes
dominantes.
También quedó claramente en
vigencia la veneración por los
ancianos –rasgo típico de toda
cultura arcaica– y los
estadistas de mayor edad,
después de abandonar la función
pública, integraban una especie
de gerontocracia, formando un
consejo asesor que mantuvo en
forma inflexible la continuidad
y la coherencia de la política
japonesa.
No se podría comprender nada de
lo que ocurrió en Japón en estos
cien largos años sin tener
presente esta mezcla
inextricable de lo “antiguo” y
lo “moderno”. Y digámoslo con
claridad: para que un país se
realice debe asumir plenamente
su destino y su tradición
nacional, es decir, debe de
tener como punto de referencia
su futuro y su pasado.
En estos términos es posible
comprender lo que ocurrió en
Japón. En ese país se mantenía
totalmente viva, apenas
recubierta por un débil estrato
feudal, la cultura arcaica, que
liga al hombre con su tierra y
consigo mismo, esa sociedad que
el mundo occidental niega,
porque lo toca demasiado de
cerca, o que lo relega a los
pueblos que llama “primitivos”
(Véase al respecto las obras de
Pierre Clastres).
La Restauración Meiji rescató y
permitió el afloramiento de dos
aspectos básicos de esta
sociedad, en las condiciones
históricas muy especiales de ese
aislado país insular:
1) la lealtad a la institución
imperial, en la cual habían
quedado
sintetizados y simbolizados
todos los valores espirituales
de la aldea
arcaica, y
2) el odio a los bárbaros es
decir, hacia la civilización
occidental, en lo cual no se
equivocaban en absoluto, porque
esa civilización representaba
una amenaza clara de destrucción
de todos sus valores
esenciales.[4]
Civilización y Barbarie
¿Por qué pudieron los japoneses
afianzar su existencia como
nación ante las presiones de
todas las potenciales
coloniales? Disentimos en un
todo con las explicaciones
reduccionistas de ciertos
“analistas” que atribuyen el
desarrollo nipón a su espíritu
imitativo y pragmático.
Esta, explicación, elemental por
cierto, que atribuye a una
civilización milenaria un
supuesto deslumbramiento por la
técnica y la cultura de
Occidente, se da, como hemos
visto, de bruces con la
realidad, con la historia del
Japón.
No es otra cosa, que una de las
tantas manifestaciones de
etnocentrismo occidental.
El Japón evitó ser aplastado e
impuso su presencia como nación
porque se replegó sobre sus
propias tradiciones, que se
apoyan en el basamento
inconmovible de la cultura
arcaica, cimiento insustituible
de una comunidad bien
organizada.
De este modo se constituyó, como
hemos dicho, en el heraldo de
las reivindicaciones nacionales
de otras naciones asiáticas.
Lo logró porque a partir de sus
propios valores, plenamente
vigentes, antepuso ante todo lo
demás su reconstrucción
nacional, tras ser el único
pueblo del planeta en sufrir una
agresión atómica, aceptó una
total austeridad, desechó todo
lo superfluo y contando
solamente con sus propias
fuerzas se colocó en dos décadas
a la vanguardia de las potencias
industriales.
Comprendieron que en el dilema
“civilización o barbarie” tan
caro al pensamiento de nuestros
liberales; que llegaron a
importar maestras
norteamericanas que ni siquiera
sabían el castellano y
esgrimieron la consigna para
realizar una salvaje campaña de
“limpieza étnica” con las
montoneras del interior,
civilización es lo “propio” y
barbarie
lo “extraño”.
Y los países que lo advierten
tienen defensas más eficaces
ante el intento la imposición
del pensamiento único, mediante
el bombardeo masivo de los
medios de comunicación donde se
ofrece un supuesto mundo
racionalista y eficiente.
Un infierno climatizado que nos
quieren vender como felicidad
decía Julio Cortázar.
Un racionalismo que ha realizado
un asalto despiadado e
irracional contra
el hombre y la naturaleza y una
eficacia que se traduce en
crisis y guerras eternas.
Al igual que el Japón
Debemos afirmar que nuestros
propios valores y nuestras
propias esencias son más
trascendentes, porque hacemos
propio el certero axioma de Le
Corbusier: “Lo que permanece, en
las empresas humanas, no es lo
que sirve, sino lo que
conmueve”.
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Samuráis: ¿quienes eran y por
qué?
Los Samuráis eran una especie de
élite militar que gobernó el
país durante cientos de años
bajo las órdenes del Shogun. Su
periodo de mayor esplendor fue
durante el Sengoku (Periodo de
Guerras con mucha inestabilidad
en todos los planos). Entonces
el País del Sol Naciente era
dirigido por el Shogun Ieyasu
Tokigawa y concluyó con la
vuelta al poder de los
Emperadores en la Época Meiji
(Restauración Post-Guerra). La
figura del samurai la tenemos
muy idealizada hoy en día y
algunas veces no los vemos como
eran. Nosotros los imaginamos
como los relataban en mangas o
libros (Samurai Deeper Kyo o
Peace Maker), los personajes que
vemos en animes y películas
(como Kenshin o El Último
Samurai), guerreros con mucho
honor que enfrentaban a sus
enemigos o a aquellos que les
ordenaban sus señores con una
espada. Realmente en un
principio no eran así, los
Samuráis eran Arqueros o
Guerreros a caballo, fue un
tiempo después cuando
aparecieron tal y como pensamos
ahora.
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Notas
[1] Kikuchi, Kenji. “El origen
del Poder. Historia de una
nación
llamada Japón” Bs.As.
Sudamericana.1993
[2] Benedict, Ruth “El
Crisantemo y la Espada” .
Madrid. Alianza Editorial. 1974
[3] Hemos tomado algunos datos
del Dr. Tetsuro Nakaoka de la
Universidad Metropolitana de
Osaka
[4] Prelooker, Moisés Mauricio
“Historia de un capitalismo
austero”.
En “Aletheia” Nº 2 Bs.As. Julio
de 1984
José Luis Muñoz Azpiri* (h) /
Periodista e historiador
* Conferencista, publicista y
docente, ha ejercido el
periodismo en diversos medios
nacionales y del exterior.
Investigador en el Proyecto de
Antropología Rural de la
Facultad de Filosofía y Letras
de la UBA y ayudante del
seminario de grado de la
materia.
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