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Sociedad de los intérpretes
Daniel
Innerarity
El desencuentro entre
ciencias y letras se podría
traducir en la oposición de la
ciencia económica de los datos y
el arte político de la
interpretación. El verdadero
desafío de nuestro tiempo
consiste en interpretar para
obtener experiencias a partir de
los datos y sentido a partir de
los discursos. Y es aquí donde
las ciencias humanas y sociales
se hacen valer como
especialistas de sentido, como
saberes que producen y evalúan
significación.
La mayor parte de nuestros
actuales debates no giran en
torno a datos e informaciones
sino sobre su sentido y
pertinencia, es decir, acerca de
cómo debemos interpretarlos,
sobre lo que es deseable, justo,
legítimo o conveniente. Contra
la reducción de la inteligencia
a una lectura de datos o a la
aceptación de formas
predefinidas, es necesario
subrayar que el saber requiere
libre acceso a la información,
pero también capacidad de
eliminar el "ruido" de lo
insignificante. Más que
almacenar, lo decisivo es
interpretar la información.
Desde el imperialismo de las
ciencias de la universalidad, la
intuición interpretativa ha sido
presentada como una forma menor
de conocimiento, cuando no algo
completamente irracional. Pero
la experiencia nos muestra que
no es sensato prescindir de
estos modos de conocimiento,
especialmente en contextos de
gran complejidad. Si pensamos en
casos como la crisis provocada
en buena medida por la
matematización de la economía o
en los desequilibrios ecológicos
que implican ciertas
tecnologías, lo que tenemos es
un cuadro muy contrario: las
pretensiones de exactitud han
dado lugar a decisiones
irracionales y solo las culturas
de interpretación han conseguido
corregir su inexactitud social.
La intuición interpretativa que
practican las humanidades tiene
un enorme valor en espacios de
gran incertidumbre.
Cuando las certezas son escasas,
hacerse una idea general es más
importante que la acumulación de
datos o el examen pormenorizado
de un sector de la realidad. Las
interpretaciones generalistas
orientan mejor que el saber
especializado. Esta es la razón
por la cual lo más demandado es
adivinar el futuro. Las
preguntas más inquietantes que
nos planteamos tienen que ver
con el posible devenir de las
cosas (¿cuándo saldremos de la
crisis?, ¿cómo va a evolucionar
el terrorismo?, ¿de qué manera
se comportarán los electores?).
El saber de mayor utilidad no es
el que se refiere a una utilidad
inmediata o sectorial, sino el
que permite hacernos una idea
general de lo que va a suceder y
gracias a lo cual podemos
anticipar, prevenir, favorecer o
asegurar.
La interpretación tiene además
un especial valor en contextos
dominados por la rapidez y el
automatismo. Vivimos en unas
sociedades en las que los flujos
comunicativos nos atraviesan
permanentemente. Esa sociedad de
flujos requiere filtros para
evitar ser arrollado por la
información sin sentido o el
cliché banal. La verdadera
soberanía epistemológica
consiste en interrumpir, no
reaccionar mecánicamente, no
responder rápidamente al mail,
resistir contra la aceleración,
escapar del esquema
estímulo-respuesta, no
contribuir ni al pánico ni a la
euforia, establecer una
distancia, una dilación,
posponer la respuesta y
posibilitar incluso algo nuevo e
imprevisible.
Nuestro destino colectivo está
íntimamente ligado a la
capacidad de interpretar
nuestros hábitos cotidianos y
nuestras necesidades, depende
más del acierto a la hora de
interpretar qué es una vida
propiamente humana que de
manejar los datos observables.
Si concebimos nuestras
sociedades democráticas como
sociedades que se interpretan a
sí mismas, entonces tenemos
mayores posibilidades de escapar
del paradigma dominante que
entiende la sociedad del
conocimiento como el encuentro
vertical entre los expertos y
las masas. Puede entenderse la
democracia como aquel sistema
político que parte del
presupuesto de que todos somos
intérpretes. La sociedad es la
puesta en común, frágil y
conflictiva, de nuestras
interpretaciones, algo más
democratizador que la sumisión a
unos datos supuestamente
objetivos.
A una sociedad así entendida no
le corresponde una política
entendida a partir del modelo de
la mera gestión. Una política de
la interpretación supone siempre
abandonar los lugares comunes,
reconsiderar nuestras
prioridades, describir las cosas
de otra manera, formular otras
preguntas... Frente a esta
indeterminación democrática,
todos los sedicentes realistas
han apelado siempre a los datos
para impedir la exploración de
las posibilidades. Pero sabemos
que esto no es sino una forma
sutil de poder que consiste en
insistir en los datos sin
cuestionar las prácticas
hegemónicas a partir de las
cuales se obtienen precisamente
esos datos y no otros. Esa
dimensión crítica de la
interpretación la hemos
aprendido en el cultivo de eso
que llamamos humanidades, que
son, por cierto, la mejor
educación para la ciudadanía.
Daniel Innerarity
Profesor de Filosofía en la
Universidad de Zaragoza
Gentileza:: CCS
[ccs@solidarios.org.es]
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