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Entrevista al doctor Fernando
Nottebohm
Max Dasso
Agencia CyTA-Instituto Leloir.
El canto de los pájaros y
nuestra conectividad neuronal
Coautor de más de 100
publicaciones en las revistas
científicas más prestigiosas del
mundo, el doctor Fernando
Nottebohm fue pionero en romper
un viejo dogma de la biología:
que las neuronas son incapaces
de regenerarse en el cerebro de
los vertebrados adultos. Y llegó
a esta conclusión por medio de
un camino insospechado: la
capacidad que tienen los pájaros
de modificar su canto al
interactuar con otros, lo que se
conoce como “aprendizaje vocal”.
He aquí un resumen de la
entrevista mantenida en la
Universidad de Rockefeller,
donde Nottebohm dirige el
Laboratorio de Comportamiento
Animal.
Mi pasión hoy día es el Field
Research Center, donde se da la
confluencia de trabajos de campo
y el reduccionismo moderno y
donde, me parece, está el
futuro”, confesó, rematando con
una modestia llamativa: “Estoy
en la etapa final de mi carrera,
terminando algunas cositas. El
trabajo grande fue hecho hace
años. ¿Me pregunto si le valdrá
la pena hablar conmigo?”.
– ¿Cómo comenzó sus estudios?,
¿qué carrera siguió en la
Argentina?
– Yo no seguí ninguna carrera en
la Argentina. Salí del país a
los 18 años, luego de graduarme
en el Colegio Nacional de Buenos
Aires. Huí… en ese momento la
universidad estaba en muy mal
estado…
– ¿En qué año fue?
– Diciembre del ‘58… Para una
persona joven a la que realmente
le gustaba la ciencia era una
época muy desalentadora. De
todas maneras, no vine
inicialmente a Estados Unidos a
estudiar ciencia; vine a hacer
estudios de agronomía. Yo quería
ser científico y mi padre decía,
“Hombre, si sos científico te
vas a morir de hambre…así que,
¿por qué no estudiás agronomía?”
Nosotros teníamos campos en
Córdoba. Me decía: “Podemos
trabajar juntos y los fines de
semana te dedicás a pajarear.”
Mi padre sabía que yo tenía una
pasión por los pájaros.
– ¿En esa época ya le interesaba
su tema actual de estudio?
– No, el tema actual de estudio,
la posibilidad de generar
neuronas en el cerebro adulto,
ese fue algo que surgió mucho
más tarde, pero ya de muchacho
me apasionaba el canto de los
pájaros y me gustaba salir al
campo con mis largavistas a ver
qué podía descubrir. Cualquier
cosa que tuviera que ver con la
vida silvestre, me encantaba. Yo
creo que si hubiera podido hacer
lo que más me gustaba, hubiera
sido naturalista, al estilo de
Guillermo Enrique Hudson, el
autor de Allá Lejos y Hace
Tiempo; en esa época leía todos
sus libros. Me gustaba saber de
la Naturaleza, me maravillaba
que hubiera tantos temas
inesperados y bonitos,
fascinantes… Como a quien le
gusta la música, a mí me gustaba
la Naturaleza.
– ¿Y la decisión de venir aquí,
entonces?
– La decisión de venir acá era
sencillamente porque me parecía
que iba a perder el tiempo en la
Argentina. Además tenía un poco
de miedo que si me quedaba, tal
vez me iría por carriles que no
iban a rendir, como mucha gente
joven de esa época que estaba en
la política, estaban todos esos
apasionamientos y broncas… y yo
pensé que tal vez si me quedaba
en Buenos Aires iba a caer en
eso, como tantos otros… Yo
quería aprender, quería
estudiar, quería crecer
científicamente… y claro, estaba
la gran aventura de largarme al
mundo solo.
– ¿Vino directamente a Nueva
York?
– No, fui a la Universidad de
Nebraska, porque me habían dicho
que la facultad de agronomía
allí era buena. Un amigo mío ya
estaba estudiando agronomía allí
y pase con él un año, pero la
gente que estudiaba agronomía
era gente que quería ser
granjera, y eso no me
interesaba. Así que consulté con
mi padre y cambié de carrera. Me
fui a la Universidad de
California, en Berkeley, a
estudiar zoología. Y tuve la
suerte de encontrarme ahí con un
inglés, el profesor Peter Marler,
cuya pasión era justamente
estudiar el canto de los pájaros
como una manera de indagar sobre
los sistemas de comunicación:
cómo los animales se
comunicaban, qué cosas
comunicaban, cómo el medio en el
que se comunicaban afectaba las
señales que usaban. Es un tema
muy profundo y muy humano. Con
Marler encontré una enorme
cantidad de temas en común y,
aparte de eso, me interesaban
cuestiones filosóficas: la
evolución del hombre, la
evolución de las funciones
cerebrales, la consciencia… A mí
me parecía que algunos de esos
temas –incluyendo la relación
entre la conciencia y el
cerebro–, se estaban poniendo
maduros para la inspección
científica.
– ¿Por qué eligió los pájaros en
vez de estudiar la comunicación
entre delfines o ballenas?
– Porque hay que ser práctico…
imagínese usted estudiando
ballenas, delfines… por de
pronto no es material que se
pueda llevar al laboratorio, no
se pueden hacer muchos
experimentos, realmente… Se
pueden hacer observaciones, que
son muy valiosas y muy
interesantes, pero los pájaros
son un sistema más manejable,
porque usted los puede criar en
el laboratorio, puede grabar
todos los sonidos que hacen,
puede ver cómo responden a
diferentes sonidos que usted les
hace oír por grabaciones, así
que tiene un control total del
medio acústico en que se crían,
y eso con los cetáceos sería muy
difícil… Cuando usted quiere
estudiar cómo funcionan los
circuitos del cerebro y cómo se
modifican con el aprendizaje,
tiene que encontrar material que
se preste al trabajo de
laboratorio y el aprendizaje del
canto en las aves se presta a
todo eso.
– ¿Qué pregunta le parece que
vale la pena responder en esta
área?
- Diría que la pregunta: “¿qué
determina la capacidad de
aprendizaje?” no ha sido bien
encuadrada. Hay quienes dicen
que hay un límite a cuánto uno
puede aprender y otros que lo
niegan. Ciertamente, a la gente
grande a veces le cuesta
aprender cosas nuevas. Pero ¿eso
es porque el cerebro ha
envejecido y ya no funciona como
en la juventud, o es porque hay
un límite de espacio, como en
una biblioteca que se va
quedando sin estantes para
libros nuevos? Son temas
diferentes y no sabemos si uno,
o ambos, afectan lo que una
persona de 70 años puede o no
puede aprender. Lo único que
sabemos es que como el resto del
cuerpo, el cerebro envejece. Si
lo que uno busca es mantener la
habilidad de aprender cosas
nuevas, hay que saber cuáles son
los factores limitantes y no
sabemos cuál es la respuesta
correcta. Y creo que las aves de
canto se prestan
maravillosamente a esa
indagación.
– ¿Qué problemáticas entran
dentro de esa indagación?
– Podemos ver cómo el
aprendizaje modifica el canto y
los circuitos que lo controlan y
cómo la memoria del canto
aprendido persiste… Es muy
intrigante que en un sistema en
donde la gran mayoría de las
proteínas están,
presumiblemente, renovándose
constantemente, el canto
aprendido persiste con poco
cambio por años…Mientras que la
vida media de la mayoría de las
proteínas es corta, se mide en
días. Así que, ¿cómo es que
memorias permanentes pueden
persistir en un sistema que está
compuesto de elementos que se
están reemplazando
constantemente? Es un tema
fascinante… Y claro, hay toda
una cantidad de patologías que,
de una u otra forma, se
relacionan con ese tema: cuando
la gente no puede aprender más,
o tiene problemas de memoria,
¿Qué pasa? Es en ese tipo de
problemática que yo creo que la
producción y reemplazo de
neuronas en el cerebro adulto ha
abierto un grande y nuevo
horizonte. ¿Por qué se agregan
neuronas nuevas al cerebro
adulto y por qué otras son
reemplazadas? ¿Será posible que
el reemplazo de neuronas nos
permita rejuvenecer cerebros y
reparar circuitos dañados?
– Con respecto al recambio
neuronal, ¿por qué le parece que
en una época era un concepto al
que otros científicos oponían
resistencia?
– Creo que esto empezó hace
muchos años con Ramón y Cajal,
que, claro, no veía muchas
células dividiéndose, no veía
actividad mitótica en el cerebro
adulto… y yo no se si él se fijó
mucho en la zonas donde ahora
sabemos que esto ocurre, en las
paredes de los ventrículos del
cerebro.
– ¿Era una postura dogmática, de
alguna manera?
– Claro que era un dogma, un
dogma enorme y un dogma que
parecía razonable porque parecía
basado sobre observaciones
reales. Además, la gente decía:
cuando vamos envejeciendo el
cerebro parece funcionar cada
vez peor y menos. Y después de
accidentes o daños no parecer
tener, en los adultos, mucha
capacidad para recuperarse. Así,
al fin del desarrollo, tal vez
se acabó la plasticidad de los
circuitos para modificar el
comportamiento. Este tema me
interesaba y sospechaba que la
plasticidad para corregir
circuitos dañados sería la misma
que se usaba en el aprendizaje.
Es decir que ambas funciones
requerirían la formación de
nuevos procesos y sinapsis. Era,
claro, una idea conservadora que
no consideraba para nada la
posibilidad de que el cerebro
adulto pudiera agregar nuevas
neuronas. Cuando, basado en mis
observaciones en canarios, se me
ocurrió por primera vez la idea
y decidí explorarla, recuerdo
que otros miembros de mi
laboratorio me aconsejaban: “¡No
digas nada a la otra gente en la
Universidad, que si se enteran
van a creer que somos una manga
de inconscientes!”
Dr. Nottebohm: "“A la gente
grande le cuesta aprender cosas
nuevas ¿es
porque el cerebro ha envejecido
o porque hay un límite de
espacio, como en
una biblioteca que se va
quedando sin estantes para
libros nuevos?”
– Y usted, frente a este dilema
de hacer o no hacer olas…
– A mí no me molestaba: yo
quería hacer olas. La ciencia me
interesa en la medida que trae
sorpresas y este era un tema que
se daba para eso. Cuando se me
ocurrió, no lo pude largar, era
algo tan novedoso… Es un poco
como la inversión que hace un
hombre de negocios: si uno
acepta un riesgo grande, también
por ahí la ganancia será enorme.
Quien no arriesga, no gana. Por
ese entonces yo tenía 42 años y
el momento para el gran riesgo
había llegado. No sabía que otro
científico, Joseph Altman, que
estudiaba mamíferos, ya había
sugerido que se producían nuevas
neuronas aun en el cerebro
adulto. Su evidencia no era
concluyente, pero ya había
plantado esa idea.
– Siempre en investigación entra
el factor de la personalidad…
– A mí me gustaba la idea de
traer todo un concepto nuevo que
forzara a mirar muchas cosas que
creíamos saber de forma
diferente. Siempre he sido
sospechoso de lo “razonable”. La
razón es la confabulación que se
arma una vez que uno conoce los
hechos concretos. Entonces hay
que explicarlos con una
interpretación razonable y se
arma la historia de que todo
parece tener sentido y encajar
bien. Pero basta con que una
observación nueva no encaje con
el esquema ¡y el cuento se va al
tacho! (risas). Ese tipo de
observación revela la fragilidad
de lo que nosotros consideramos
una certeza… En el caso de mi
trabajo, a principios de los
años ’80, los sabios de la
neurobiología consideraban que
la modificación de las sinapsis
[n. de r.: sinapsis es la unión
funcional entre dos neuronas]
bastaba para explicar todos los
fenómenos del aprendizaje. Y
ahora, de repente, en 1983,
aparecía la sugerencia de que el
cerebro adulto –al menos en
pájaros– también podía
reemplazar neuronas y, como
demostramos más tarde, lo hacía
en forma cotidiana. Esta
observación abrió un
interrogante: ¿Cuál era el
sentido de reemplazar neuronas
en el cerebro adulto? ¿Para qué?
– … Además de la limitación de
los sentidos, ¿no?
– Es verdad, no sólo hay que
sospechar lo “razonable”, sino
que también hay que sospechar
nuestras fuentes de información,
tanto las que tenemos –como la
vista y el olfato– como las que
nos faltan, y como nos faltan no
las conocemos. Cuando los
científicos tratan de comprender
los temas del tiempo, el
espacio, la energía y sus
orígenes, lo que están tratando
de hacer es pretender que hay
verdades absolutas que son
accesibles a nuestro cerebro,
cuando en realidad tal vez
deberían empezar por entender
cómo funciona la maquinita que
piensa. Esa maquinita está muy
influenciada por sus ingresos
sensoriales… Tal vez no exista
el cerebro que pueda entender el
Universo, porque el hombre,
desde sus orígenes, no necesitó
abarcar tanto. Lo que necesitaba
era encontrar comida, un
compañero, entre otras cosas, de
manera que cuando nos largamos a
interpretar el Universo…en
realidad, ¡vale la pena
sospechar que estamos un poco
limitados para ello! (risas)…y
que todo lo que uno cree saber,
puede ser ilusorio, puede
desarmarse mañana con un nuevo
dato… y tal vez ello no debiera
preocuparnos.
– ¿Y la certeza?
– La certeza es en realidad algo
aburrido. Al fin, cuando uno
sabe cómo funciona algo, ¿qué
hace?, ¿mide cómo anda? ¡Es
mucho más interesante estar en
esa búsqueda infernal que no
termina nunca! Y que
probablemente nunca va a
terminar. La ciencia, como todo,
es cuestión de personalidad. Hay
gente con diferentes estilos. A
algunos les interesa más medir
todo con gran detalle, con gran
certeza, tener esquemas que
parecen ser muy sólidos, muy
verificables, muy defendibles,
mientras que otros prefieren
toda una mezcla de ideas y
probabilidades, poca certeza, y
riesgo, y es una cuestión de
estilo. Diferentes pintores
pintan la misma obra de manera
distinta, y no es que uno sea
mejor que el otro…
– ¿Tiene contacto con
investigadores que esté
trabajando en la Argentina?
– No tengo contactos personales
con científicos argentinos ni he
tenido colaboraciones con ellos.
Pero conocí gente cuando era más
joven, muchachos de mi edad que
se quedaron ahí. Por ejemplo
José Núñez que trabajaba con
abejas, Héctor Maldonado, que
trabajaba con pulpos, ambos muy
capaces. También lo conocí a
Andrés Stoppani, que estaba
casado con una prima mía, y esa
gente me contaba sobre la vida y
el trabajo en la Universidad de
Buenos Aires, y también tenía la
experiencia de mi hermano, que
había estudiado medicina allí… Y
una vez cené con De Robertis,
pero era porque me habían
invitado a una Feria del Libro
en Buenos Aires, hace muchos
años, cuando Alfonsín era
presidente.
–¿Y con estudiantes argentinos
que hayan venido a los Estados
Unidos?
–Sí, he encontrado argentinos…
pero no tuve ninguno que haya
hecho el doctorado conmigo. He
visto que los que vienen de la
Argentina tienen una formación
muy buena, muy amplia, muy
firme, son muy capaces. ¡Pero no
he encontrado ningún naturalista
que se interesara por los
bichos! (risas)… En la Argentina
la ciencia se basa mucho sobre
en el sistema de que hay que
tener un padrino. A mí esa etapa
me faltó porque vine a los 18
años y todos los contactos los
hice acá; creo que en ese
sentido estuve aislado de lo que
ocurría en la Argentina. Cuando
iba a la Argentina, iba a
visitar mi familia.
– ¿Qué diferencia podría señalar
entre los estudiantes argentinos
y estadounidenses?
– Veo que los chicos que vienen
de la UBA tienen buena
formación, tienen buenas
cabezas… pero en algunas épocas,
al menos, se veían distraídos
por la política en la
universidad argentina, que viene
de larga data… A mí lo que me
gustaba de la Universidad de
California en Berkeley, donde
hice mi doctorado, era que había
una variedad de gente inmensa:
cultural, racial, de origen
geográfico. Pero había dos
ambientes; estaba el ambiente
dentro de la universidad, donde
usted aprendía y se hacía amigo
de una cantidad de personas, y
luego el ambiente
extrauniversitario donde, si uno
quería, podía dedicarse a
cuestiones de política, entre
otras. No se trataba de que la
gente joven no se interesara en
los temas políticos. Pero la
universidad era un oasis,
quedaba al margen en ese punto.
Claro, siempre había quien
dijera que el concepto de la
torre de marfil requería que uno
ignorara los tiempos en que
vivíamos… Pero, ¡tiene que haber
una torre de marfil! Tiene que
haber una etapa en la vida en
que uno pueda ahondar en temas
básicos y serios sin estar
sometido a la turbulencia del
momento político. Es una
oportunidad que, más tarde, no
se vuelve a presentar.
– ¿Cómo ve hoy la enseñanza de
la biología?
– Lamento que el estudio de la
biología se haya fragmentado. De
hecho, hay una continuidad
natural entre moléculas,
células, tejidos, circuitos,
sistemas, órganos, organismos,
poblaciones y estilos de vida.
Esa es la realidad. Pero los
estudiantes hoy en día tienen
que elegir qué parte de esa
continuidad estudiarán, y ese
fragmento está determinado por
los instrumentos y técnicas que
usan, y con ello se pierde la
continuidad e integridad de los
fenómenos naturales, de manera
que cada vez el científico
especialista sabe más acerca de
menos. Tal vez debiéramos
contemplar agregar un año más a
la carrera de biología, y
durante ese año reconstituir la
integridad del fenómeno de la
vida. La Naturaleza no conoce
las barreras artificiales que
aparecen en los programas de
estudio. Esas barreras son una
zoncera…
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