|
Muerte
por Lilia
Cisneros Luján.
Un tema recurrente y casi
obsesivo en la vida huma, lo es
la muerte. De la muerte se sabe
que es ineludible, segura,
democrática –todos ricos y
pobres se igualan en el final de
la vida- parte de un proceso
biológico –naces, creces, te
reproduces y mueres- generadora
de temor; vista por algunos como
castigo –de los pecados
incluidos en el decálogo judeo-cristiano-
por la hechicería, idolatría,
blasfemia, homicidio –aun cuando
las leyes de la guerra
justifiquen la muerte del otro-
y tantas otras como culturas han
sido, son y serán.
La fatalidad y el miedo son
tales, que a lo largo de la
historia, el ser humano se ha
inventado muchas formas de
aminorar los efectos del hecho y
las emociones que de ella
resultan. Una buena parte de las
religiones y/o creencias del
mundo se acogen a la
reencarnación y, con las
diferencias propias de cada
cual, se habla de una energía
común, que no desaparece sino
simplemente muta. Desde la
sofisticación que supone una
flotación espiritual esperando
encontrar un mejor cuerpo que el
habitado en una vida anterior,
hasta la banalidad de respetar a
las ratas en algunos monasterios
budistas porque pueden tener el
espíritu de tu tatarabuelo, esta
creencia en la reencarnación,
anima –casi siempre de forma
inconsciente- a familiares
entusiasmados con la donación de
órganos y procedimientos para la
congelación de cadáveres entre
otras muchas vertientes
“científicas”.
Perdiendo adeptos, la
cristiandad cree en la
resurrección. Cada persona es
única e irrepetible. Su creador
le ama a tal punto que dio en
propiciación a su hijo para
vencer la muerte. Quien crea
esto, puede despreocuparse por
el balance en rojo de sus actos,
pues al final, luego que su
envoltura material fallezca, su
espíritu estará con una nueva
esencia viviendo eternamente con
su creador. Al igual que ocurre
con budistas –en todas sus
variables: tibetanos,
chintoístas, corrientes Zen,
etc.- en el cristianismo el tema
de la muerte ha resultado en una
diversidad de “iglesias” y
variables cuyas profundas
diferencias tienen que ver
primordialmente con; la
salvación de la muerte por obras
o por gracia y también por el
tema de la predestinación y el
libre albedrío. Dependiendo de
la cultura, y de estos matices,
a los muertos se les despide:
sin pena ni gloria porque la
alabanza es para el creador
quien seguramente ya se ocupó de
salvar y garantizar la
resurrección al difunto -según
costumbres evangélicas o
protestantes- o se les reza por
mucho tiempo –católicos,
ortodoxos- dependiendo de la
relación más o menos culpígena
con el fallecido o de éste con
sus congéneres, su entorno o su
religiosidad.
No podemos soslayar la postura
del ateo –por necesidad,
exacerbación de ciertas
justificaciones “científicas”
casi siempre cargadas de orgullo
o por ignorancia- que existe
negando cualquier otra vida en
el más allá y aun cuando al
llegar el fin de alguien muy
cercano, se angustie al igual o
más que aquellos creyentes en
una realidad metafísica. Sea
cual fuera su postura, el hecho
es que vikingos, griegos,
mesoamericanos y prácticamente
todos los grupos humanos tienen
en su haber un dios o diosa
vinculada con la muerte, para
rogarle -que reciba con buena
vibra o conduzca por buen camino
al difunto- o para invocar su
fuerza cuando se trata de mandar
al sitio sin retorno al otro,
como serían los enemigos en una
guerra o los opuestos en
contiendas políticas y hasta
pseudo-deportivas.
Al poner como meta máxima el
dinero producto del comercio, el
mundo neoliberal no podía dejar
de lado a la muerte. En México,
donde el sincretismo le ha dado
un perfil muy peculiar a este
evento ineludible, convirtió
estos días en “negocio” El altar
familiar, ya sea en casa o sobre
la lápida donde se depositaron
los restos de quien ya partió,
dejó de ser una ceremonia
íntima. La desinformación –pocos
saben a ciencia cierta porqué en
términos de costumbres
indígenas, el muerto regresa,
para que o en cual lapso de su
peregrinar se encuentra y, en
que abona las bebidas, comida y
flores que se le ponen- y la
manipulación mercadotécnica de
los “valores” que el libre
mercado ha exacerbado, difundió
en todo el mundo figuras de
brujas, momias, zombis,
fantasmas, espíritus chocarreros
o del mal y toda una suerte de
“mercancías” que hacen del
llamado Halloween, la segunda
fecha más importante y
redituable del año, después de
la Navidad, de los mercaderes.
A todos quienes a pesar de la
crisis laboral y alimentaria que
azota la humanidad, no pueden
resistir la tentación de comprar
adornos, con los cuales
distinguen sus bardas, puertas y
ventanas, les convendría darle
una repasada a literatura
histórica como ejemplo el
Apocalipsis; incluido en La
Biblia y atribuido al apóstol
Juan, quien por ahí del año 96
después de Cristo, según el
mismo dejó testimonio, en la
isla de Patmos tuvo una visión.
En los capítulos 17 y 18 de
dicha obra y luego de dar pelos
y señales, de la bestia con
siete cabezas –que en el
contexto se supone son siete
reyes, más un profeta, lo cual
da algo así como un grupo de los
ocho- cuyo propósito entre otros
muchos es entregar la autoridad,
a los “muy, muy malos”, nos
habla de la caída de
Babilonia[1] simbólica nación
cuyo perfil era el comercio y
donde después de la gloria por
dicha actividad la crisis le
alcanzó propiciando “……
lamentación sobre ella porque
ninguno compra más sus… oro,
plata, lino, seda, madera,
objetos de marfil, cobre, hierro
y mármol, canela, especies
aromáticas, incienso, mirra,
vino aceite,
trigo….bestias….esclavos y almas
de hombres”. Las calaveritas –de
azúcar, chocolate o yeso- las
catrinas, el pan con símbolos de
“huesitos”, todo ha perdido su
esencia cultural para sumirse en
el negro y naranja de otras
culturas que matan lo nuestro,
con el pago por uso de suelo en
parques vecinales que también
mueren por la avaricia de
delegados obligados a cumplir
con cuotas de precampaña. Lo que
fue el parque de la Bombilla, el
Frida Kahlo y la mayoría de los
espacios verdes del Distrito
Federal en México, se han
convertido en pequeñas
babilonias, donde abundan las
ratas –respetadas porque a lo
mejor son la reencarnación de
los ancestros de los actuales
gobernantes- convirtiéndose las
calles aledañas en extensiones
de basureros. Los vasitos de
unicel, servilletas, resto de
comida, pañales de plástico y
todo aquello que quienes
mantienen el comercio de estos
desechos, no recogen; abonan a
la muerte de la ciudad pues su
líder se encuentra ocupado en
lograr la franquicia de un
partido político, cuyos
estertores se han anunciado
insistentemente; pero que se
niega a morir. Ojala quienes
permitan su resurrección
rescaten toda la cultura,
honestidad y civilidad que han
muerto.
----------
[1] …habitación de demonios,
guarida de todo espíritus
inmundos….y los reyes de la
tierra han fornicado con ella y
los mercaderes se han
enriquecido de la potencia de
sus deleites …
Gentileza:: lilia ana Cisneros
[lcisnerosescritora@gmail.com]
paginadigital |