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El movimiento indígena en
Ecuador
Luis Macas
Ojarasca
En la realidad diversa del
Ecuador, el reconocimiento entre
nosotros fue un proceso, sin
duda, complejo y sembrado de
nuevos sentidos. Parecería
incluso anecdótica la
reconstrucción de tantos
momentos de encuentro entre
kichwas de la Sierra con
compañeros y compañeras de las
nacionalidades de la Costa, por
ejemplo. Reconocer al otro desde
nuestra propia alteridad, en el
camino de estructurar una
coordinación nacional de todos
los indígenas, fue de las
recompensas que encontramos.
Los hermanos shuar y kichwa de
la Amazonía se hallaban ya en
proceso de fortalecer sus
organizaciones. En la región
andina, décadas de lucha por la
tierra habían amasado
organizaciones fuertes, con una
noción sólida de sí como
campesinos. Del Sur veníamos con
un reconocimiento de indígenas,
cargando una forma propia de
percibir la organización, aún
nuestras comunas se sostenían en
los mayorazgos y el sistema
decenal. Ir encontrándonos en
los años 70, todos más jóvenes,
fue una experiencia
intercultural o quizás
intracultural e intercultural.
Desde la apariencia exterior de
nuestra vestimenta, la
posibilidad de encontrar
parecidos y diferencias entre
nuestros pueblos, ir contándonos
las múltiples luchas y batallas
que diariamente librábamos
contra la mentalidad colonial
que no nos reconocía y no nos
reconoce.
De esta manera, se fue caminando
varios años. Sin duda, una minga
de conocer nuestras identidades
e ir encontrando los sentidos
más profundos hacia la
constitución de nuestra Conaie
(Confederación de Nacionalidades
Indígenas del Ecuador).
Un hecho que marcó fue la
constante presencia de la
primera organización indígena,
la “mamá FEI” como la llaman
hasta hoy los mayores del norte
de la serranía. Quisimos hacer
justicia, partir de las luchas
heroicas de nuestros líderes,
surgir a la sombra protectora de
la mamá Dolores Cacuango, aliada
en innumerables luchas con una
izquierda ecuatoriana que se
esforzaba por entender la
realidad indígena.
En los años 80 la conjunción de
esfuerzos y voces estaba por
prender en una sola organización
nacional. En 1984, nuestro
primer gran Congreso fue
impedido con una violencia
irracional desde el ejército
enviado por el gobierno. Sin
embargo, la hermandad de los
shuar, en Sucúa, nos volvió a
abrir las puertas, sin temores
al sistema abusador. En 1986,
fueron varios días de convivir
entre distintos a los que nos
hermanaba un desconocimiento
colonial, entre pueblos que como
única razón habíamos hallado la
de la violencia a nuestra propia
identidad. Sin duda como pueblos
los más desposeídos, pues
durante siglos nos han tratado,
y aún tratan de desconocernos en
lo que somos.
En ese Congreso se formalizó la
alianza que hoy en día es la
Conaie. Allí desde un espacio
común de conducción integramos
la Coordinadora de
Nacionalidades Indígenas del
Ecuador (Conacnie).
Desde el inicio la insurgencia
de un pensamiento se fue
rebelando. Encuentro que las
voces sobre una identificación
como nacionalidades, la demanda
de romper el Estado liberal,
constituyendo en gran minga la
opción plurinacional, fue parte
del parto de la unidad de
nuestras voces.
Somos pueblos con idioma,
territorio, una espiritualidad
propia. Tenemos miles de años y,
por lo tanto, somos
nacionalidades. Nosotros
pensamos, actuamos bajo el
concepto de la dualidad. No es
sólo lo material, sino también
lo espiritual. Pero nadie ha
entendido la espiritualidad de
los indígenas; nos decían
paganos, aunque decían que ellos
eran ateos. Hablaban en contra
de la brujería. Esos mitos hay
que ir rompiendo.
No vamos a poder
sobrevivir en el sistema si
no nos ayudamos,
colectivamente, indígenas
y no indígenas, a romper
con el sistema.
Es entonces un pedido
desde la misma tierra que
nos compone a todos,
construir la
plurinacionalidad
Por todo esto, el concepto que
defendemos no es el de
ciudadanía. Pensar que no somos
indígenas, sino ciudadanos, es
individualizar a las
comunidades, a los pueblos,
pasando por alto los conceptos
de reciprocidad, solidaridad y
complementariedad, haciendo caso
omiso a los derechos internos de
cada pueblo. En nuestras
comunidades resolvemos cosas
colectivamente y es lo que
debemos continuar haciendo. La
ciudadanía es la relación del
Estado con el individuo, pero no
considera a las nacionalidades
ni a los pueblos, ni a las
futuras generaciones. Esta
relación viene profundizando el
individualismo.
¿Cuál puede ser el punto de
encuentro con la sociedad no
indígena? Mal que bien tenemos
nuestra organización, tenemos
puntos de encuentro entre
nosotros pero, ¿dónde debe estar
el encuentro con la sociedad
nacional?, ¿cómo nos
entendemos?, ¿qué puentes
debemos utilizar?, ¿quién debe
tener esos puentes?
No podemos tener un proyecto
político sólo para los indios.
Para cambiar el país se requiere
tener relación con la otra
sociedad, es necesario tener un
mecanismo de encuentro, una
identidad política con la otra
sociedad. Ese punto puede ser la
interculturalidad, pero es
también la lucha social, como
decía la lucha de clases, el
reconocimiento entre explotados
de esa tierra, el reconstruir la
solidaridad entre los distintos,
los pobres, los empobrecidos,
los negados.
Esa pobreza no es sólo un
problema de los indígenas,
aunque nos afecta
mayoritariamente, podemos
construir alianzas contra la
pobreza. Estamos dentro de una
clase pobre, la lucha política
existe, nunca podríamos aliarnos
con la oligarquía. Es muy
difícil que salgamos solos de
este marasmo. El país no puede
liberarse si no establecemos
este tipo de alianzas.
Recordemos que estas alianzas
entre los pueblos, estos
diálogos entre distintos, este
recorrer hermanándonos para
proseguir es parte, también, de
una herencia milenaria.
Cuando salimos a otro país,
Canadá o España, nos damos
cuenta de que allí no ven la
distinción. Todos somos iguales
para ellos. Los mestizos son
iguales, recién entonces muchos
se ven en el espejo. Estamos
condenados a vivir juntos. No es
que unos tienen que irse y otros
que quedarse. Aquí vivimos los
indios, los mestizos, los
negros. No podemos vivir todo el
tiempo torciendo los ojos sin
llegar a un entendimiento.
Las alianzas deben ir en el
sentido de ir construyendo
juntos, con otros. No es una
reflexión sólo de los pueblos
indígenas. Hay otros que también
piensan como nosotros: los
campesinos, los obreros, las
mujeres, los ecologistas.
También debemos tener en cuenta
que no hay fronteras, que cuando
hablamos de pueblos indígenas no
nos encerramos en fronteras
geográficas nacionales. La
nación Quechua va desde Colombia
hasta el norte de Argentina. Los
hermanos Surra están en Perú, lo
mismo los Agua están en el norte
del Ecuador y sur de Colombia.
Somos una América de Indios.
No vamos a poder sobrevivir en
el sistema si no nos ayudamos,
colectivamente, indígenas y no
indígenas, a romper con el
sistema. Es entonces un pedido
desde la misma tierra que nos
compone a todos, construir la
plurinacionalidad, hacer de la
diferencia la suma de un inmenso
colectivo, dialogar respetando y
reconociendo al otro y a uno
mismo.
Luis Macas, líder
histórico del movimiento
indígena en su país, ha sido
presidente de la Conaie,
ministro de gobierno y candidato
presidencial. Dirige el
Instituto Científico de Culturas
Indígenas. Este texto forma
parte del ensayo que, con el
mismo título, aparece en el
volumen Plurinacionalidad.
Democracia en la diversidad,
compilado por Alberto Acosta y
Esperanza Martínez, Ediciones
Abya-Yala, Quito, 2009.
Gentileza:: volar
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