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El Amasijo - Un Transplante Cardiaco, Por John Argerich
 

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El Amasijo - Un Transplante Cardiaco, Por John Argerich


 



Un Transplante Cardiaco

(Donde se habla de cirugía y revolución)

Por: John Argerich

Los que no son demasiado pibes, seguramente recuerden al doctor Barnard. Un africano rubio, valga lo conflictivo de ambos términos. Pues que los hay, los hay. Quien se mandó la milonga de hacer el primer transplante de corazón humano, nada menos que en Sudáfrica, en pleno imperio del “apartheid”. Donde darle la mano a un negro era suficiente para que te juzgaran por alta traición. No debe sorprendernos entonces que, al conocerse la noticia, los periodistas lo acosaran con las dudas que al mundo entero le manyaban la de pensar. Y la Universidad de Pretoria convocó a una conferencia informativa en su aula magna. Entonces dio comienzo el peloteo.

-Dígame, doctor ¿está permitido ponerle a un blanco el corazón de un negro? -preguntó el corresponsal del New York Times, con una sonrisita como para dejar orsái al conferenciante.

Ese asunto y otros parecidos que le siguieron, fueron creando tensión en la atmósfera del recinto. Entonces una funcionaria de relaciones públicas que estaba buenísima, y tenían paradita junto al estrado, largó la respuesta oficial. Como le habían enseñado en un curso de dos semanas, pero con tal salero que desarmaba al crítico más púa. Por si las moscas, como decimos en mi país.
-Vea, señor periodista...-repuso la diva- El problema que Vd. plantea es de naturaleza abstracta, porque los corazones no son blancos ni negros. Son más bien tirando a marroncito, y el tema resulta más complejo de lo que parece. Además, vienen en cajas plásticas recién salidas de la heladera, siendo imposible imaginarse la pigmentación del cuerpo, con lo escaso de la muestra. Pero nuestros científicos deciden lo que es mejor para el paciente, sin entrar en especulaciones políticas. Aquí rige una amplia libertad de trabajo, empresa e investigación.

La sala fue invadida por muchas sonrisitas. Y los visitantes afinaban la puntería con preguntas cada vez más arriesgadas.

-Tengo otra duda -dijo un francés- Con tanta liberalidad como hay en este país ¿se podría conseguir un permiso de criar negros, para sacarles los órganos de mayor demanda, y venderlos en Europa?

-Nadie presentó jamás ese proyecto -repuso ella.
Hubo gestos escépticos, y señalando al periodista que había hecho la pregunta del millón, un militar cargado de galones ordenó:
-A ése me lo anota.

Pocas horas más tarde, el reportaje había dado la vuelta al mundo, y como todas las grandes primicias, dejó más dudas que respuestas. Pero el transplante cardíaco resultó un éxito científico de primera magnitud. El comienzo de otra época. Y dado su impacto social, fue preciso coordinar los detalles, porque en Sudáfrica había un escenario muy peculiar. Antes de abrir la boca, debía demostrarse una adhesión ciega al sistema que dividía el país en dos compartimentos estancos. Blancos y negros, como en el juego de damas. Lo que en la doctrina oficial convenía a los más diversos fines. Por ejemplo, que los morochos supieran dónde podían alquilar una pieza sin contaminar el medio ambiente, en qué playas su mota no causaría escándalo, y cuál de ambas filas era la suya, esperando el autobús. Pero eso no es todo, así que iremos al centro neurálgico de la cuestión. Preocupados por la supremacía de la raza elegida, el mayor empeño de los gobernantes siempre fue la salud pública. Como suele decirse, apartar los chivos de las cabras. Así que si el enfermo era blanco, no fueran a meterle sangre de negro, o la vicevérsica, que es peor. Mucho menos, algún órgano de tal origen. Recaudos destinados a evitar que al dársele el alta, terminara encanado por violar las normas del “apartheid”.
-Esas motas doraditas no me gustan nada... -dijo un cabo de policía- ¿Vd. qué cuernos es, blanco o negro?

-Travesti, señor agente...
-¡Marche preso por sospechoso, entonces!

Las autoridades eran rigurosas para aplicar la ley, por cuya causa el nacimiento de la nueva tecnología se presentó lleno de dificultades. Pues, como dijimos, las vísceras a trasplantar son de un color indefinido. Así es como en la primera operación, al famoso tordo le pusieron varios fiambres en una camilla, sin decirle de qué color sería el receptor. Pero detalles de tan modesta entidad no iban a frenar su marcha hacia la gloria. Entonces eligió con los ojos cerrados, repitiendo una frasecita cabalística de gran poder:
“Cesta ballesta, Martín de la cuesta,
me dijo mi madre que estaba en ésta...”

A ojo de buen cubero, un decir, rebosando ganas de hacer las cosas bien, pero sin más armas que el puro pálpito.

-Seamos prácticos -dijo por fin, luego de analizar pensativo la situación, mientras observaba los fiambres- Despatarren primero al más grandote, que si no estuviera muerto, tendría facha de hombre sano. Pero hay otros detalles que me interesan. Señorita, llame al jefe de guardia, y averigüe si nuestro difunto llegó a la morgue con camisa.

-¿Qué importan las pilchas, si después de que lo vaciemos, todo va a quedarle grande? -preguntó la secretaria.

Pero el galeno, machazo viejo, no daba puntada sin nudo.
-Es para juntar antecedentes estadísticos. Vd. quizás conozca el viejo refrán. Si el cadáver no tiene camisa, en vida pudo haber sido un hombre feliz. Y con este trasplante en ciernes, los sentimientos son valiosos, pues harán que, después de la operación, el enfermo hable bien de nosotros.
-¡Qué tacto profesional! -dijeron dos ayudantes.

Momento oportuno para que el gran cardiólogo continuara su clase magistral, dando otras precisiones.

-Señoras y señores -dijo- además de conservar el buen color, cuando se prepara un transplante hay otros asuntos que deben tenerse en cuenta. Igualito que al hacer empanadas. Si les cambian el relleno, una metida de pata puede ser fatal para las relaciones públicas. En nuestro caso, si con el apuro le ponen al paciente un corazón de fúlmine, de timbero o de amargueta. Primero parece que el tipo va en carroza, pero cuando lo das de alta y empieza a gambetearla en solitario, aparecen los pinchazos en la línea de flotación. A veces vamos viento en popa, pero si el destino la pone doblada, no se sorprendan. Todo es culpa del doctor.

-¡Bien dicho! -exclamó el rector de la Universidad, a pesar de que había estado cabeceando durante el discurso- Por eso nos esforzamos para conocer los antecedentes de la clientela. No es igual implantar un buen corazón que un corazón bueno. ¿Me explico?

-Si, claro... -dijo el churro de relaciones públicas.

-Un buen corazón es una bomba aspirante impelente que hace su tarea aunque esté llena de maldad. Un corazón bueno, en cambio, sería incapaz de dañar al receptor y su entorno por ganas de divertirse. Variedad que también la hay. Por eso nuestro gobierno está organizando un sistema informático para registrar detalladamente la vida, milagros, y pensamientos profundos de toda la población. Nada escapará al ojo público, así Vd. puede contraer matrimonio, formar familia, suscribir un boleto de compraventa o trasplantarse el órgano que más le convenga, sin correr riesgos.

Un aplauso cerrado premió las palabras del rector. Entonces se apagaron los reflectores que iluminaban el estrado, prendiéndose las grandes arañas de cristal que bañaron de luz el gran salón.

-Muchas gracias por sus palabras, doctor -dijo el presidente del claustro de profesores, haciendo una reverencia. Y cuando la gente empezaba a retirarse del recinto, se oyó una voz ronca, amplificada por un megáfono portátil.
-Al salir, van mostrando sus pasaportes y el certificado de pureza racial. Los negros quedan arrestados, por sospechosos.

-Esto es un atropello...¡Soy ciudadano francés!
-¡Adentro, y menos charla, monsieur!
-¡Vea que soy español!
-¡Cállate entonces, manolo!

Poco después, la prensa sacudía su mordaza con una noticia que cambió la historia sudafricana: “¡REVOLUCION!”

Así cayeron los blancos malos, y subieron al poder los negritos buenos. Vea Vd. cuánto le debemos a un transplante de corazón.

THE END

Copyright: John Argerich, 2009.
All rights reserved.
corrmalmo@hotmail.com

La serie quincenal “El amasijo” se publica regularmente en medios de diez países.



Gentileza:: luisbuero [ luisbuero@tutopia.com ]

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