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Rajarse sin Garpar, Por John Argerich


 



Rajarse sin Garpar

(Donde se habla del tocino y la velocidad)

Por: John Argerich

Cuando ese domingo Eduardo Palunga salió a la calle, tuvo un negro pantallazo del porvenir. Rejas, más que nada, y no precisamente las de tipo ornamental. Pero de puro macho no les llevó el apunte, y además andaba en otra. Meta sufrir por Buenos Aires, una ciudad que te va dejando atrás, con lo vertiginoso del cambio. La casita de los viejos hecha escombros tras el paso de unas topadoras que echaban humo negro con olor a gasoil. El Club Social y Deportivo “Las quince letrtras”, de Peña y Ayacucho, convertido en una torre de veinticinco pisos. Esa era la onda de hoy, nada que ver con el sueño de los artesanos del ladrillo, que habían hecho la Reina del Plata silbando una tarantela. El receptor del quiosco atronaba música escandalosa, que de Gardel, ni el recuerdo. Como para tapar con un manto de corcheas la charla del vecindario. Un conscripto en día libre afilaba con la sirvienta del farmacéutico. El sol de enero cayendo a plomo, hasta derretir el pavimento. En eso paró el interno 62 de la línea 59, una que viste de marrón a los barrios más cambas de la ciudad.

-¿Y qué me cuenta del partido Boca-River, don Felipe?-dijo un cliente que acababa de bajar.
-Que les llenamos la canastra de pepinos, les llenamos.
-¿Vos también sos de Boca?
-Claro, como todo el mundo. ¡Mirá si iba a ser hincha de Juventud Coruñense, que solamente transmiten los encuentros por onda corta y te enterás del resultado cuando ya nadie se acuerda del partido!

Si, claro. Mi pésame, entonces, por lo que pasó en la Bombonera. Suerte que era solamente un amistoso.

La charla se ponía linda, pero en ese momento, el quiosquero advirtió que otro cliente se estaba metiendo al bolsillo del saco una revista para hombres.

-Si querés llevarte “Noches de Shangai” tenés que levantar el muerto, negro. Rajarse sin garpar está prohibido, ¿capisci? -y frunció la jeta, en una mueca.

Mas el tipo era un amigo de lo ajeno, y por toda respuesta, dio media vuelta, para salir corriendo. Pero don Felipe, a pesar de sus cuarenta y tantos pirulos, era corredor de maratón, y salió atrás del chorro sin pensarlo dos veces. E iban gambeteando entre peatones, como almas que lleva Lucifer.

-¡Atajen al ladrón! -gritaba el comerciante.
Así llegaron a la esquina de Corrientes y Azcuénaga, donde dos moishes de largas patillas mantenían una trifulca comercial.

-Rebájame la saco, y te compro dos.
-¡Mira que pierdo plata!
-No mientas, paisano, que la precio es boino!
Y mientras el pleito escalaba decibeles, llegó el ladrón, dándoles a ambos comerciantes un topetazo tan a lo bestia, que casi los tira al suelo. En ese momento apareció también el cabo Saravia, de la Policía Federal.

-¡Marche preso! -dijo secamente, mientras agarraba de la camisa al chorro.
Dos segundos más tarde, llegó el quiosquero.

-¡Devolvéme lo que afanaste! -dijo, mientras le metía la mano al ladrón en el bolsillo del saco, agarraba la revista, y tiraba para afuera.
Luego vinieron los trámites de rigor.

-¡Documentos! -dijo secamente el cabo.

El ladrón juraba no tenerlos, pero ser buena persona. Mientras tanto, el quiosquero empezó a revolverse los bolsillos del saco, en busca de su cédula de identidad. Por fin, se la entregó al policía, y mientras éste tomaba nota en trabajosa letra inglesa, el caco empezó a forcejear.

-¡Soy un hombre decente, y atropellan mis derechos humanos! -gritaba, gesticulando con grandes ademanes.

Según dicen los que siguen la crónica policial, la cana está en todos los detalles de la vida ciudadana. O sea, que se las saben todas. Y debe ser cierto, nomás, porque en el acto apareció un patrullero. Bajaron dos agentes y agarraron al ladrón, metiéndolo a empujones dentro del auto. Algunos barbudos habían empezado a hacer un círculo alrededor del caco, y entonaban consignas de denuncia, que invariablemente terminaban diciendo “¡Abajo la represión!”.

-Vd. pase por la seccional cuando le resulte cómodo. -le dijeron a don Felipe, que estaba con la boca abierta, sin saber qué decir, por la velocidad del procedimiento. ¡Aquello de “la mejor del mundo” no era un chiste!

Y visto que el show llegaba a su fin, puso rumbo al quiosco, a patacón por cuadra, como suele decirse. Aunque enseguida apuró el paso, al caer en cuenta de su imprudencia. Porque a pesar de haberle gritado al carnicero que se lo vigilara, el negocio estuvo sin el ojo del amo durante casi quince minutos. Y si en los tiempos que corren no les podés tener confianza a los amigos, menos vas a tenerle confianza a la manga de desconocidos que integran el respetable público. Sabias reflexiones, porque cuando llegó, se encontró con sus peores pesadillas hechas realidad. Todo revuelto, todo roto, y manos anónimas se habían robado hasta el florero.

-¡San Cayetano, ayudáme! -atinó a decir el propietario.

Había ocurrido una catástrofe de marca mayor. El tabaco, el whisky bueno, la colección completa de “Noches de Shangai”, que ahora se vende por capítulos, los relojes de acero inoxidable, todo había desaparecido. Y si el gato se salvó de terminar hecho liebre en escabeche, fue por desconfiado. No dejaba que lo tocara nadie más que el dueño, y erizaba el lomo cuando cualquiera le empezaba a hablar.

-¡Vení, gatito!
Ni “miau”, siquiera, su léxico con los extraños se limitaba a una sola palabra:
-¡GRFFFF!

Todo el barrio habló del asalto al quiosco de don Felipe, a plena luz del día y con testigos para llenar cualquier crónica de la mala vida. Novedades que, como después se supo, también eran del conocimiento policial.

-Los muchachos ya terminaron -dijo el cabo que iba al volante del patrullero, cuando ya estaban a diez cuadras del asalto- Bajesén en la esquina, y esta noche nos vemos a la hora de siempre, para hacer la repartija. Vos, Palunga, no te podés acercar más a Corrientes y Azcuénaga por cinco años, parte baja. ¿Entendieron la que les estoy batiendo?

-Por supuesto, jefe. En este negocio lo importante es ser discreto.
Pero quedaba una duda flotando en el aire.

-¿Y si el quiosquero se aparece en la guardia, para meter una denuncia?
-La gente está preparada para recibirlo correctamente. Lo hacemos ir todos los días durante tres meses a las seis de la mattina, y después se le informa que ya no hay pistas, porque el expediente se traspapeló.

-Tenés coco, para el servicio, Manuel.

-Es una tradición de familia. Mi viejo y mi abuelito también fueron botones, y gracias a un correcto ejercicio de la profesión, siempre tuvimos casa propia y veraneo en Mar del Plata.

-¿Qué consejos te daban, che?
-De todo un poco. Especialmente que lo más importante en este mundo es no confundir el tocino y la velocidad.

-¿Podés aclarar concetos?

-Algunos dicen que llegado un momento de la vida, a todos se nos presenta la misma opción: Chorro o cana. Pero eso es simplificar la realidad. Los dos oficios tienen muchos puntos en común, y siendo piola podés laburar tranqui a cara y cruz. La onda no está en levantarse a las cinco ce la mattina todos los días, como los inmigirantes que hicieron la patria, sino en saber cuándo está de guardia un juez amigo.

-¡La pucha, que se aprende con un buen profesor!

THE END

Copyright: John Argerich, 2009
All rights reserved.
corrmalmo@hotmail.com

La serie quincenal “El amasijo” se publica regularmente en una treintena de medios, de diez países

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Copyright: John Argerich, 2009.
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La serie quincenal “El amasijo” se publica regularmente en medios de diez países.



Gentileza:: luisbuero [ luisbuero@tutopia.com ]

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