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El Amasijo - Charlas del Jockey Club, Por John Argerich
 

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El Amasijo - Charlas del Jockey Club, Por John Argerich


 


El amasijo

CHARLAS DEL JOCKEY CLUB
(Donde se habla de guarangos y gente bien)

Por: John Argerich

Yo siempre pensé que “Jockey Club” era solamente una marca de calzoncillos. Pero una vuelta que iba en taxi por lo más fino del Barrio Norte, caí en la cuenta de que me había equivocado fiero, porque es la capital de un mundo, adentro de mi ciudad. ¡Qué vecindario espectacular! Casas de estilo francés, plazoletas llenas de flores, monumentos a lo más granado de nuestro elenco histórico. La sede social es un palacio, y el barrio, de no creerlo.

 Ni un cabecita, che. Y allí se levantaba esa joya arquitectónica, en finas líneas de estilo francés. Rodeada de bacanes con las mejillas rosadas por morfar a diario. Un mundo de ciencia ficción, visto con la óptica que daba mi modesta residencia en el pasillo 56, de Villa El Poroto. Y ante esa agresión visual, la única forma de alentarme el ego era pensar en cómo cambiaría mi vida, pegando un premio consuelo de la Lotería Nacional. De ésos que no le no hacen sombra al gordo, pero lo acompañan como escolta de abanderado. Así pasás a rico sin que la D.G.I. te deje en bolas como ex millonario. Una victoria para celebrar, porque uno se saca doblemente el gusto. Tema con el que nos hemos cruzado varias veces en el largo camino de la vida.

“¡Hasta la victoria, siempre!”, decía ayer la muchachada, frente a tanta desigualdad. Y la veíamos clarita. Sin embargo, ahora que pasaron los pirulos y, lejos de ser un peligro, nos convertimos en abuelitos carcamanes, el dilema no es cómo vamos a convertir en realidad nuestro sueño dorado, sino de qué victoria estamos hablando. Porque victorias hay muchas. Primero, se me ocurren las victoria de Pirro, pero con el desastre que fueron las elecciones para renovar el congreso, evitaremos entrar en detalles capaces de amargarnos el feriado. Y también está la victoria de Samotracia, que cuando fui al Louvre miraba con desdén a los visitantes, desde lo alto de una escalera. Sin olvidar ese tango, que te bate la justa en buena lunfa, diciendo así: “Araca, Vitoria, que semo en la gloria, piantó mi mujer!” Ni olvidar tampoco a Victoria Ocampo, que no tiene nada que ver con nuestra historia, ni con los montos, ni con nada de nada, aunque por prestigio, bienvenida sea al corral. Y para poner fin a esta lista de victorias, hay otra que no me deja dormir. Se trata de Victoria Beckham, bruto representante del sexo opuesto, que de tan bien dotada, pasó a la inmortalidad como requsitoria al Altísimo. O sea, que al mirarla, dijéramos: “Animáte, Tatadios, y guardá la receta, en vez de hacer tanto lorenzo como se ve por la calle. Y el barba hubiera escuchado, porque todas las naifas, salen ahora de gran calidad”.


Pero cuando estaba en lo más profundo de mis pensamientos se prendió la luz roja, y el taxi tuvo que parar. A nuestro izquierda había un Mercedes super sport manejado por una morena con grandes tetas y el pelo hasta la cintura. A la derecha, una Ferrari roja con asientos tapizados en cuero. Y un vejete con facha de piola al volante, al que yo no le envidiaba la pinta, pero sí la compañía. Porque llevaba de copiloto a una rubia para el infarto de miocardio, tan pebeta que parecía su hija. Minas como en la tele. De polleras cortitas y uñas larguísimas. Como para matarte a arañazos si no respetabas sus caprichos de programación. El tachero era un urso que las miraba con la boca abierta, mientras en la comisura de sus labios bailaba un escarbadientes.

-Seré curioso -dijo con una sonrisa tipo Gardel, dirigiéndose a la morena- ¿Sabe dónde queda la Avenida Santa Fe?
-¿Vd. es estúpido, o qué le pasa? -contestó ella- ¡Cómo no va a saberlo, si es en la esquina!
-Disculpe, princesa. Era para entablar conversación, nomás, porque mesejante diosa no se ve desde la época de Isabel Sarli... -repuso él, medio abatatado.
Ella sonrió involuntariamente al escuchar el piropo, pero como era una niña bien, enseguida se compuso.

-No me moleste más -dijo, cortante.

Y como en verano los autos circulan con las ventanas abiertas, todos escucharon el diálogo.
-¡Más respeto por la gente como uno, negro de mierda! ¿Te creeés que esto es la quema? -gritó el galán que iba con la rubia, en la Ferrari.
Eso cubrió la cuota de paciencia del tachero.

-Me cago en vos, niño bien, pretencioso y engrupido, que tenés el berretín de figurar... -dijo mientras abría la puerta, con una llave inglesa en la mano- ¡Y bajáte de esa catanga, si sos hombre!

-¿Catanga, una Ferrari de 35.000 dólares?

Los ánimos ardían, y la cosa hubiera pasado a mayores de no aparecer un patrullero de la Policía Federal, haciendo sonar la sirena.

-¡Documentos! -dijo un sardo.
-Soy el doctor Pedro de la Cárcova Zubizarreta y Obes, y si quiere referencias mías, lo invito a pedirlas aquí mismo, en el Jockey Club.

El tachero le echó una mirada resentida.

-Yo soy Juan Pelotas, paro en el café Riobamba, y me limpio el culo con papel del Jockey Club. -dijo.

-¡Suba al celular!
Poco después, la justicia de faltas dictó sentencia.
-Son trescientos pesos, por alterar el orden público -dijo el juez de faltas.
-Hijo de puta... -susurró el tachero.
-Resentido social... –pensó el doctor de la Cárcova.
-Esto no habría ocurrido cuando los jueces eran todos gente bien. Debieron haberlo condenado a seis meses de cárcel -comentaron los consocios del Jockey, que miraban por la ventana. -A la chusma, hay que hacerla escarmentar.

-¡Qué vergüenza, Pedrito! -dijo la rubia, con voz entrecortada- Los modales de esta gente no se parecen al manual de urbanidades que aprendimos en el Sagrado Corazón.

Al otro día, la sala de lectura del Jockey se estremecía con espasmos de rabia.
-A la inseguridad pública es necesario ponerle límites, antes de que pase a mayores. Debemos echar a la calle al ministro del Interior y al jefe de gobierno de la Ciudad. -dijo un diputado de pelo gris, en la nube de tabaco de su habano.

-Al ministro de Transportes también -contestó otro.. Y si es necesario, que caiga el gobierno.

Después, una caravana de automóviles negros puso rumbo hacia el Congreso. Y uno de los recién llegados tomó la voz cantante.

-Señores representantes del pueblo -dijo- Ayer se violentó la convivencia en nuestra ciudad, por obra de un guarango, gritando en plena calle que se iba a limpiar partes íntimas de su sucia anatomía, con el emblema del Jockey Club...
-¿Dónde vamos a parar, si no se respeta a la gente bien? -dijeron unas señoras gordas, que ocupaban el palco de honor.

Los más conservadores contenían su indignación mordiéndose los labios. Entonces se oyó una voz preclara.

-¡La estabilidad de la Nación está en peligro! -dijo el presidente de la Cámara- Es preciso hacer un paréntesis en el debate del tratado de límites que nos ocupa, para debatir este incidente como cuestión de privilegio...

Sometido el tema a votación, se lo aprobó por una cómoda mayoría. Es que antes se había repartido gaseosas con unos sobres marrones junto al vaso. Atención de varias firmas internacionales que acudían en auxilio de sus aliados. Pero no todo era consenso, porque unos morochos que estaban en la popular, empezaron a los gritos.

-¡Oligarcas! -decían, con idealismo de pueblo- ¡Basta de privilegios para la clase chupasangre!

Sin embargo, poco duró la protesta, porque apareció la policía, y los reventaron a palos.

-¡Yo te viá dar, comunista!

Como epílogo del incidente, el gabinete ministerial ofreció su renuncia, y el Poder Ejecutivo la aceptó.

-Se ha zanjado una crisis capaz de sacudir las instituciones -exclamó don José Alcorta, presidente del Senado- ¡Viva la patria!

-¡Que monada es Pepito, che! -dijo una señora gorda.

Y como ya eran las cinco de la tarde, los protagonistas de este drama se fueron a tomar el té.

THE END

Copyright: John Argerich, 2009
All rights reserved
corrmalmo@hotmail.com

La serie quincenal “El amasijo” se publica regularmente en medios de diez países.
 



Gentileza:: luisbuero [ luisbuero@tutopia.com ]

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