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FAO: transgénicos y
afectaciones
Editorial
de LA JORNADA,
México
La conferencia denominada
Biotecnologías agrícolas para
países en desarrollo, convocada
por la Organización de las
Naciones Unidas para la
Agricultura y la Alimentación
(FAO, por sus siglas en inglés),
se iniciará mañana en
Guadalajara, Jalisco, enmedio de
críticas por lo que se percibe
como una decidida promoción, por
parte de ese organismo
internacional y bajo la
mascarada del impulso a los
modernos sistemas de cultivo, de
la producción y el consumo de
alimentos transgénicos en los
países pobres.
Por lo que hace a México, la
celebración de esta conferencia
en la capital jalisciense cobra
especial relevancia por cuanto
empata con un momento en que el
gobierno federal ha aceptado,
luego de una década de moratoria
a la siembra de maíz transgénico
en el territorio nacional, dar
luz verde a las plantaciones
experimentales de ese producto.
Aunque la propia FAO ha
insistido en que el empleo de
biotecnologías –incluido el uso
de organismos genéticamente
modificados y transgénicos–
podría ser una herramienta
eficaz para el combate al hambre
a escala planetaria, es claro
que tal apuesta encierra riesgos
indeseables en materia de
soberanía alimentaria, salud
humana y biodiversidad. Como
señaló en entrevista con La
Jornada el director ejecutivo
del Grupo ETC, Pat Mooney, "la
industria biotecnológica está
controlada por trasnacionales,
las cuales jamás se han
interesado por alimentar a los
pobres, porque ellos no pueden
pagar". Significativamente, la
mayoría de las patentes de los
transgénicos se encuentran en
manos de un puñado de compañías,
y tres de ellas, Monsanto,
Syngenta y DuPont-Pioneer,
controlan más de 90 por ciento
del mercado de esos alimentos.
Ante tal grado de concentración
corporativa, la aceptación de la
política alimentaria promovida
por la FAO implicaría colocar a
países pobres y dependientes
como el nuestro en manos de unas
cuantas trasnacionales y
renunciar, en consecuencia, a la
soberanía en el campo de la
alimentación.
A los riesgos que encierra el
uso de transgénicos en materia
de seguridad económica y
alimentaria se suman las
afectaciones provocadas por
éstos a la salud y a la
biodiversidad. Respecto del
primer punto, es relevante un
estudio publicado en diciembre
pasado en el International
Journal of Biological Sciences,
en el que se prueba que tres
variedades de maíz genéticamente
modificado, producidas por
Monsanto, pueden ocasionar daños
a los riñones y el hígado; una
de ellas, por cierto –la
variedad NK603–, fue autorizada
por la Secretaría de
Agricultura, Ganadería,
Desarrollo Rural, Pesca y
Alimentación para cultivarse
experimentalmente en Chihuahua,
Tamaulipas y Sinaloa. En lo que
toca al segundo de estos
aspectos, debe traerse a cuento
el medio centenar de casos
documentados de contaminación
transgénica en diversos centros
de origen del mundo –y
detectados en la última década–,
entre los que se cuentan
cultivos de maíz contaminado en
Chihuahua, Morelos, Durango,
estado de México, Puebla,
Oaxaca, San Luis Potosí,
Tlaxcala y Veracruz.
En suma, la apuesta alimentaria
de la FAO encierra, según puede
verse, diversos riesgos
indeseables para el medio
ambiente, el bienestar humano y
la economía de los países en
desarrollo, y detrás de ella
pareciera hallarse un espíritu
de defensa de los intereses
corporativos antes que una
preocupación genuina por
garantizar el derecho a la
alimentación: para lograr esto
último, lo procedente sería
impulsar un viraje en el actual
modelo de producción alimentaria,
y promover apoyos
gubernamentales al desarrollo
rural y los pequeños productores
agrícolas, en tanto que son
éstos, y no las grandes
trasnacionales, los que pueden
resolver los problemas de
desabasto de comida en países
como el nuestro.
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Gentileza: Guillermo C. Cohen-DeGovia
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