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Adiós a Irak
Robert
Fisk
Cuando se invade un país,
tiene que haber ahí un primer
soldado, y de la misma forma,
tiene que haber un último.
El primer hombre al frente de la
primera unidad de la primera
columna del ejército
estadunidense invasor que llegó
a la plaza Fardous del centro de
Bagdad, en 2003, fue el cabo
David Breeze, del tercer
batallón del cuarto regimiento
de los marines. Por esa razón,
cuando platiqué con él, hizo
énfasis en que él no era un
soldado porque los marines no
son soldados. Son marines.
Comentó que no había hablado con
su mamá en dos meses y por ello,
previsiblemente, le ofrecí mi
teléfono satelital para que
llamara a su hogar en Michigan.
Todos los periodistas sabemos
que tendremos una buena historia
si le prestamos nuestro teléfono
a un soldado durante la guerra.
"Hey, hola", vociferó el cabo
Breeze. "Estoy en Bagdad. ¡Llamé
para saludarlos! Estoy bien.
¡Los quiero! La guerra terminará
en unos cuantos días. Los veré
pronto". Sí, todos pensaban que
la guerra terminaría pronto y
nadie consultó a los iraquíes
sobre esta reconfortante noción.
Los primeros ataques suicidas
–un policía en un auto y después
dos mujeres, también a bordo de
un vehículo– ya habían dejado
víctimas estadunidenses a lo
largo de la carretera con
destino a Bagdad. Iba a haber
100 más en los años siguientes.
Irak, en el futuro, vivirá otros
100.
No debemos tragarnos la tontería
que ocurre en las últimas horas
a lo largo de la frontera con
Kuwait: el retiro de las últimas
tropas de "combate" dos semanas
antes de lo anticipado, ni
tampoco las proclamas infantiles
de que "ganamos" lanzadas por
soldados adolescentes que deben
haber tenido 12 años cuando
George W. Bush envió a su
ejército a esta catastrófica
aventura iraquí.
Se quedarán en el territorio de
Irak más de 50 mil hombres y
mujeres; una tercera parte del
total de la fuerza de ocupación
que seguirá siendo atacada y que
tendrá que continuar la lucha
contra la insurgencia.
Sí. Oficialmente los que se
quedan deberán entrenar y
convertir en tiradores y
milicianos a los más pobres de
entre los pobres que ahora
forman el nuevo ejército iraquí,
cuyo comandante no cree que esté
listo para defender el país
antes de 2020.
La ocupación, no obstante,
continuará, pues uno de los
"intereses estadunidenses" será
proteger su presencia misma.
Además se quedan miles de
mercenarios armados e
indisciplinados, tanto de
Oriente como de Occidente, que
andan disparando por todo Irak
para salvaguardar a nuestros
preciados diplomáticos y
empresarios. Así que digámoslo
abiertamente: No nos vamos.
En cambio, los millones de
soldados estadunidenses que han
pasado por Irak trajeron al país
una plaga; una infección que se
llama Al Qaeda. Esta provenía de
Afganistán, país por el que
tanto interés mostró Washington
en 2001 y por el que volverá a
interesarse a medida que se
"retiren" de ahí también el año
próximo. En Irak quedó la
enfermedad de la guerra civil.
Se inyectó en el país la
corrupción a gran escala. Se
dejó el sello de la tortura en
Abu Ghraib, prisión en que se
retomó el honroso pasado de
abusos que se aplicaba durante
el mandato vil de Saddam Hussein.
Claro, antes dicho sello de
tortura quedó en Bagram y
prisiones secretas en
Afganistán. Irak, tras la
invasión, queda convertido en un
país sectario. El gobierno de
Hussein, con todo y su
brutalidad y corrupción, supo
conservar unidos a sunitas y
chiítas.
Dado que los chiítas serán
quienes gobiernen esta nueva
"democracia", los soldados
estadunidenses dieron a Irán la
victoria que en vano buscaron
durante la terrible guerra
contra Hussein, de 1980 a 1988.
Ciertamente, hombres que
atacaron la embajada de Estados
Unidos en Kuwait en los malos
tiempos pasados –hombres que
fueron aliados de los atacantes
suicidas que hicieron estallar
la base de los marines en Beirut
en 1983— ahora gobiernan Irak.
Entonces el movimiento Dawa era
de "terroristas", pero ahora son
"demócratas". Qué gracioso que
ahora olvidamos a los 241
soldados estadunidenses muertos
en esa aventura en Líbano. En
ese entonces, el cabo Breeze
debió tener dos o tres años de
edad.
La enfermedad se extendió. El
desastre estadunidense infectó a
Jordania con Al Qaeda, lo que se
manifestó con los ataques con
bomba contra un hotel en Ammán,
y luego enfermó a Líbano
nuevamente. El arribo de hombres
armados del movimiento palestino
Fatah al campamento palestino de
Nahr al Bared, en el norte de
Líbano, la guerra de 34 días con
el ejército libanés y las
numerosas muertes de civiles
fueron resultado directo del
levantamiento sunita en Irak.
Después, el Irak invadido por
Estados Unidos volvió a
contagiar a Afganistán con
atacantes suicidas; el
combatiente que se autoinmola
convirtió a los soldados
estadunidenses, que eran hombres
que peleaban, en hombres que se
esconden.
De cualquier modo, ahora están
muy ocupados rescribiendo la
narración. Murió al menos un
millón de iraquíes. Al ex primer
ministro británico Tony Blair no
le importan, pues nunca los ha
mencionado entre sus
agradecimientos ni comparten las
regalías de sus escritos, lo
mismo que la mayoría de los
soldados estadunidenses.
Vinieron, vieron y fracasaron. Y
ahora dicen que triunfaron. Los
árabes que sobreviven con sólo
seis horas diarias de suministro
eléctrico en su desolado país
deben esperar que victorias como
ésta no se repitan.
© The Independent
Traducción: Gabriela Fonseca
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Gentileza:: Salvador Tio
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