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Socialdemocracia, fin de
ciclo
Ignacio
Ramonet *
Adital
Las ideas también mueren. El
cementerio de los partidos
políticos rebosa de tumbas en
donde yacen los restos de
organizaciones que otrora
desataron pasiones, movieron a
multitudes y hoy son pasto del
olvido. ¿Quién se acuerda en
Europa, por ejemplo, del
Radicalismo? Una de las fuerzas
políticas (de centro-izquierda)
más importantes de la segunda
mitad del siglo XIX, que los
vientos de la historia se
llevaron... ¿Qué fue del
Anarquismo? ¿O del Comunismo
estaliniano? ¿Qué se hicieron
aquellos formidables movimientos
populares capaces de movilizar a
millones de campesinos y
obreros? ¿Qué fueron sino
devaneos? (1) Por sus propios
abandonos, abjuraciones y
renuncias, a la socialdemocracia
europea le toca hoy verse
arrastrada hacia el sepulcro...
Su ciclo de vida parece
acabarse. Y lo más
incomprensible es que semejante
perspectiva se produce en el
momento en que el capitalismo
ultraliberal atraviesa uno de
sus peores momentos.
¿Por qué la socialdemocracia se
muere, cuando el
ultraliberalismo se halla en
plena crisis? Sin duda porque,
frente a tantas urgencias
sociales, no ha sabido generar
entusiasmo popular. Navega a
tientas, sin brújula y sin
teoría; da la impresión de estar
averiada, con un aparato
dirigente enclenque, sin
organización ni ideario, sin
doctrina ni orientación... Y
sobre todo sin identidad: era
una organización que debía hacer
la revolución, y ha renegado de
ese empeño; era un partido
obrero, y hoy lo es de las
clases medias urbanas
acomodadas.
Las recientes elecciones han
demostrado que la
socialdemocracia europea ya no
sabe dirigirse a los millones de
electores víctimas de las
brutalidades del mundo
postindustrial engendrado por la
globalización. Esas multitudes
de obreros desechables, de
neo-pobres de los suburbios, de
mileuristas, de excluidos, de
jubilados en plena edad activa,
de jóvenes precarizados, de
familias de clase media
amenazadas por la miseria. Capas
populares damnificadas por el
shock neoliberal... Y para las
cuales, la socialdemocracia no
parece disponer de discurso ni
de remedios.
Los resultados de las elecciones
europeas de junio de 2009
demostraron su descalabro
actual. La mayoría de los
partidos de esa familia en el
poder retrocedieron. Y los
partidos en la oposición también
recularon, particularmente en
Francia y en Finlandia.
No supieron convencer de su
capacidad para responder a los
desafíos económicos y sociales
planteados por el desastre del
capitalismo financiero. Si
faltaba un indicio para
demostrar que los socialistas
europeos son incapaces de
proponer una política diferente
de la que domina en el seno de
la Unión Europea, esa prueba la
dieron Gordon Brown y José Luis
Rodríguez Zapatero cuando
apoyaron la bochornosa elección
a la Presidencia de la Comisión
Europea del ultraliberal José
Manuel Duraõ Barroso, el cuarto
hombre de la Cumbre de las
Azores...
En 2002, los socialdemócratas
gobernaban en quince países de
la Unión Europea. Hoy, a pesar
de que la crisis financiera ha
demostrado el impasse moral,
social y ecológico del
ultraliberalismo, ya sólo
gobiernan en cinco Estados
(España, Grecia, Hungría,
Portugal y Reino Unido). No han
sabido sacar provecho del
descalabro neoliberal. Y los
Gobiernos de tres de esos países
-España, Grecia y Portugal,
atacados por los mercados
financieros y afectados por la
"crisis de la deuda"- se
hundirán en un descrédito e
impopularidad aún mayores cuando
empiecen a aplicar, con mano de
hierro, los programas de
austeridad y las políticas
antipopulares exigidas por la
lógica de la Unión Europea y sus
principales cancerberos.
Repudiar sus propios fundamentos
se ha vuelto habitual. Hace
tiempo que la socialdemocracia
europea decidió alentar las
privatizaciones, estimular la
reducción de los presupuestos
del Estado a costa de los
ciudadanos, tolerar las
desigualdades, promover la
prolongación de la edad de
jubilación, practicar el
desmantelamiento del sector
público, a la vez que espoleaba
las concentraciones y las
fusiones de mega-empresas y que
mimaba a los bancos. Lleva años
aceptando, sin gran
remordimiento, convertirse al
social-liberalismo. Ha dejado de
considerar como prioritarios
algunos de los objetivos que
formaban parte de su ADN
ideológico. Por ejemplo: el
pleno empleo, la defensa de las
ventajas sociales adquiridas, el
desarrollo de los servicios
públicos o la erradicación de la
miseria.
A finales del siglo XIX y hasta
los años 1930, cada vez que el
capitalismo dio un salto
transformador, los
socialdemócratas, casi siempre
apoyados por las izquierdas y
los sindicatos, aportaron
respuestas originales y
progresistas: sufragio
universal, enseñanza gratuita
para todos, derecho a un empleo,
seguridad social,
nacionalizaciones, Estado
social, Estado de Bienestar...
Esa imaginación política parece
hoy agotada.
La socialdemocracia europea
carece de nueva utopía social.
En la mente de muchos de sus
electores, hasta en los más
modestos, el consumismo triunfa,
así como el deseo de
enriquecerse, de divertirse, de
zambullirse en las abundancias,
de ser feliz sin mala
conciencia... Frente a ese
hedonismo dominante, machacado
en permanencia por la publicidad
y los medios masivos de
manipulación, los dirigentes
socialdemócratas ya no se
atreven a ir a contracorriente.
Llegan incluso a convencerse de
que no son los capitalistas los
que se enriquecen con el
esfuerzo de los proletarios,
sino los pobres quienes se
aprovechan de los impuestos
pagados por los ricos...
Piensan, como lo afirma el
filósofo italiano Raffaele
Simone, que "el socialismo sólo
es posible cuando la desgracia
sobrepasa en exceso a la dicha,
cuando el sufrimiento rebasa con
mucho el placer, y cuando el
caos triunfa sobre las
estructuras" (2).
Por eso quizá, y en contraste,
está renaciendo hoy con tanta
pujanza y tanta creatividad, un
nuevo socialismo del siglo XXI
en algunos países de América del
Sur (Bolivia, Ecuador,
Venezuela). Mientras en Europa,
a la socialdemocracia le llega
su fin de ciclo.
Notas:
(1) Jorge Manrique, "Coplas a la
muerte de su padre" (1477).
(2) Raffaele Simone, "Les
socialistes proposent toujours
le sacrifice", en Philosophie
Magazine , n° 36, febrero de
2010, París.
[Le Monde Diplomatique Marzo
2010. Numero 173]
* Le
Monde Diplomatique
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