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Sarkozy y la UMP en la mitad
de su mandato
por Lien
Alfonso Pérez y Ernesto
Domínguez López
Los algo más de dos años y
medio de mandato del presidente
Nicolás Sarkozy en Francia han
estado marcados por una serie de
turbulencias en modo alguno
despreciables, de
transformaciones políticas y de
planes trazados, seguidos o
abandonados. Las políticas
gubernamentales, la proyección
internacional y los impactos de
todo orden de las mismas, forman
parte de un panorama general
complejo y en la actualidad
sumamente difícil.
La primera mitad del período
presidencial iniciado en 2007
estuvo marcada, en gran medida,
por el estilo notablemente
personalista de Sarkozy, quien
se ha esforzado por concentrar
la mayor cuota posible de poder
en sus manos, asumiendo de
manera total o parcial diversas
funciones, tanto en materia de
exteriores, tradicional “feudo”
de los jefes de Estado de la
Quinta República, como en
problemas de política interna. A
la vez, la imagen ha sido una de
las preocupaciones del
mandatario en este tiempo, y no
estamos hablando de los
triviales aunque publicitados
dimes y diretes en torno a su
separación y posterior
matrimonio, sino incluso al
recurso a una figura legal muy
inusual, la “ofensa al
presidente”, de acuerdo con la
cual se han realizado arrestos,
algo que no sucedía desde los
tiempos de Pompidou.
En este sentido se puede
analizar el activismo
desarrollado en la arena
internacional, que ha puesto a
Francia y su jefe de Estado en
el centro de numerosos
acontecimientos. Si bien ello se
explica, desde la propia campaña
electoral de 2007, por el
propósito de relanzar al país
como gran potencia, algo en lo
que en apariencia se sigue la
tradición gaullista, lo cierto
es que ha llevado a Paris a
reinsertarse en las estructuras
militares de la OTAN, lo cual es
definido por una parte de los
especialistas como la aceptación
abierta de la dominación
estadounidense sobre Europa.
La popularidad de Sarkozy, uno
de los indicadores más
recurridos a la hora de analizar
la solidez de gobiernos y
políticos, ha experimentado
considerables fluctuaciones a lo
largo del período, con bruscos
ascensos y rápidas caídas, que
en ocasiones han sobrepasado los
10 puntos porcentuales. No
obstante, sus niveles mínimos se
han mantenido en la franja del
30-35%, lo cual, por un lado, lo
mantiene como uno de los
gobernantes más populares de la
Unión Europea; por otro,
demuestra que cuenta con el
apoyo estable de un sector
importante del electorado.
La posición del presidente está
apuntalada por la mayoría
absoluta con que cuenta su
partido, la Unión por un
Movimiento Popular (UMP) en la
Asamblea Nacional, lo cual le
evita las dificultades que
necesariamente origina una
cohabitación, como las que
experimentaron en su momento sus
antecesores François Mitterrand
y Jacques Chirac. Aunque la
organización conservadora no es
un bloque monolítico, y no pocos
conflictos se han desarrollado
en su interior, sin dudas la
relación entre el ejecutivo y el
legislativo es, al menos
potencialmente, más sólida que
en circunstancias diferentes.
En el caso francés, esta
situación, de por sí
fundamental, es más importante,
si atendemos a que su sistema
político, definido como semi
presidencialista, le confiere un
peso mucho mayor al poder
central frente a los gobiernos
departamentales, en comparación
con los sistemas federales
tradicionales, como por ejemplo
el alemán. Ello explica que los
resultados en las elecciones
regionales y locales, como los
efectuados en 2008, no tengan
entidad suficiente para imprimir
variaciones de importancia en el
curso general de la política
estatal.
Además, el predominio de la UMP
se hace más evidente si
observamos el panorama general
del escenario político galo. Su
principal rival, el Partido
Socialista (PS), se encuentra en
estos momentos desgarrado por
las disputas internas, sumamente
desacreditado y por tanto en
medio de una franca crisis de
legitimidad, expresada
claramente por la catastrófica
derrota sufrida en los comicios
al Parlamente Europeo en junio
de 2009. Los verdes, a pesar de
su espectacular avance en esas
mismas elecciones, no
representan una alternativa real
de poder, ni cuentan con un
programa de transformaciones
sociales coherente. El Frente
Nacional (FN), del veteranísimo
Jean-Marie Le Pen, ha
retrocedido considerablemente,
quedando prácticamente limitado
al departamento de Marsella, y
una reedición de su éxito de
2002 es, en este momento
improbable.
La izquierda, por su parte,
continúa experimentando su ya
larga crisis, signada por la
fragmentación y los conflictos.
El Partido Comunista Francés (PCF)
es una sombra de lo que fue,
tanto por su militancia y
resultados electorales, como por
los cambios en sus proyecciones
políticas y sociales; los
partidos llamados de extrema
izquierda carecen de importancia
real; las nuevas fuerzas
surgidas en el último año, el
Nuevo Partido Anticapitalista (NPA)
y Partido de Izquierda (PG), aún
no han logrado encontrar
plataformas que les permitan
conformar el frente común de
izquierda que han declarado
desear; los movimientos sociales
se mantienen en su situación de
desunión y heterogeneidad, con
fuertes influencias reformistas,
e incapacitados, en gran medida
por su propio accionar, de
influir sobre los procesos de
toma de decisiones políticas.
Sin dudas, el reto fundamental
que está enfrentando el gobierno
es la crisis global, con todos
sus impactos. La economía
francesa empezó a contraerse en
el segundo trimestre de 2008, y
las revisiones a la baja de los
resultados del tercer cuarto de
ese mismo año indicaron que la
caída se mantuvo
ininterrumpidamente hasta el
primer trimestre de 2009. Las
cifras anunciadas posteriormente
apuntan a un cambio en la curva
del PIB, con valores positivos
de 0,3% y 0,2% en el tercer y
cuarto trimestres de 2009,
mientras que los primeros
estimados indican que al cierre
del último cuartil se registró
un 0,6%. Tales números
representan la salida de la
recesión técnica. Sin embargo,
ello no quiere decir la salida
de la crisis, pues aún se
encuentran notablemente por
debajo de los valores pre-crisis.
Además, en otros aspectos, la
situación es mucho peor.
Un indicador de gran importancia
por sus múltiples implicaciones,
el desempleo, se mantiene en
niveles elevados. Los datos
referidos a diciembre de 2009
muestran un 10% de paro, la
cifra más alta desde el comienzo
de la crisis, y la tendencia
ascendente se mantiene, sin
previsiones de reversión, al
menos en los próximos meses.
Esto, por un lado, debilita las
potencialidades de recuperación
económica, pues reduce las
posibilidades de consumo
(conjuntamente con los factores
psicológicos, como la
desconfianza) y genera un
creciente descontento, que
necesariamente busca vías de
expresión.
A su vez, el déficit
presupuestario fue en 2009 de
141 000 millones de euros,
considerablemente mayor que el
previsto, 104 000 millones.
Aunque para 2010 se calcula un
déficit de 116 000 millones, es
decir, 25 000 millones de euros
menos que el real del año
anterior, se trata de un
continuo incremento de la deuda
pública, que ya al comenzar el
mandato de Sarkozy sobrepasaba
el billón de euros. En un
contexto marcado por la crisis
griega y las frágiles posiciones
de España y Portugal, los
márgenes de maniobra del
gobierno se ven notablemente
limitados por esta
circunstancia.
Ante esta realidad, el gobierno
ha implementado una serie de
políticas anticrisis que
incluyen los consabidos paquetes
de salvamento financiero,
especialmente en sus primeros
momentos, pero que poco a poco
han ido derivando hacia nuevos
rumbos, especialmente dos que
resultan de especial interés. En
primer lugar, se presentó en
2009 un importante plan de
inversiones en obras públicas,
particularmente en la ampliación
de la red del ferrocarril
rápido, el famoso TGV, que debe
absorber más de 70 000 millones
de euros en inversiones
directas, algo más de un quinto
de las cuales serán estatales,
que debe duplicar la longitud
total de las líneas hacia el
2020.
En segundo término, el
presidente y su equipo han
dotado a su discurso y sus
proyectos de un matiz
ecologista, a tono con la
iniciativa mostrada tanto
durante el semestre de la
presidencia francesa de la UE
como en la fracasada Cumbre de
Copenhague. Dentro de las
propuestas más recientes destaca
la reforma fiscal aprobada por
la Asamblea Nacional en
diciembre de 2009, que incluye,
además de la reforma al impuesto
profesional, un impuesto sobre
las emisiones de dióxido de
carbono y una reforma al
impuesto inmobiliario que
favorece a las llamadas
“viviendas verdes”.
La aplicación de las reformas
fue suspendida por decisión del
Consejo Constitucional, sin
embargo, su discusión no ha
terminado. Ciertamente, aquí hay
varios factores. Por un lado, el
ecologismo puede ser visto como
una vía para atraer a la opinión
pública sensible al tema, que ya
se ha revertido en votos, en
línea con el ya viejo
reverdecimiento del discurso de
muchos partidos tradicionales
europeos. Por otro, una gran
parte de las masas fiscales
dejarían de pasar por los
gobiernos departamentales para
fluir directamente hacia el
poder central, lo cual
contribuiría a reforzar el
carácter previamente citado del
Estado francés.
En otras esferas, el gobierno se
ha pronunciado a favor de
crecientes inversiones en la
investigación, el desarrollo y
la innovación (I+D+i),
particularmente en las ramas
productoras de tecnología de
punta. Ello está en perfecta
consonancia con las tendencias
generales de desarrollo de los
países más avanzados y con las
políticas ya implementadas, en
especial con la reforma
universitaria, que colocó a la
educación superior en la órbita
de las empresas y sus
necesidades de capital humano.
Conjuntamente con esto, Sarkozy
se ha mostrado muy activo, en el
escenario internacional, en la
defensa de una reforma amplia
del sistema financiero
internacional, acorde con las
circunstancias y que trate de
evitar caídas como la iniciada
en 2008. Sus propuestas incluyen
mayores niveles de control sobre
los funcionarios de las diversas
entidades, el recorte de las
primas, en gran parte
inmerecidas, que estos reciben;
regulación de los bancos y
transparencia en sus
operaciones. El presidente galo
ha ido aún más lejos, al decir
que el capitalismo en su
conjunto debe ser reformado,
para salvarlo, lo cual debe
pasar por mejorar los niveles de
bienestar social en los países
que mejor funcionen, mientras
que los endeudados tienen que
ser algo más austeros y pagar
sus obligaciones, para mantener
el balance internacional.
Incluso ha llamado a establecer
un nuevo Breton Woods.
La reacción popular ante estas
medidas y en general ante todo
el curso del mandato Sarkozy-UMP,
ha sido esencialmente
contradictoria. Francia ha sido
la sede de las más grandes
manifestaciones de rechazo ante
las políticas anticrisis y de
descontento en general, con
varios millones de
participantes. Sin embargo,
después de las primeras grandes
huelgas, se ha llegado a una
situación de relativa
convivencia entre manifestantes
y empresarios, que ha permitido
regularizar las protestas y
dotarlas de horarios y
calendarios que afecten lo menos
posible el funcionamiento de la
economía, lo cual habla
claramente de la
no-radicalización y real
disgregación del movimiento.
Las protestas por la reforma
universitaria fueron igualmente
amplias, sin que ello influyese
en la aprobación de la
propuesta, e igual sucede con la
elevación del número de años de
tributación para los regímenes
especiales de pensiones (de 37,5
años a 40 años). La primera
disposición en este sentido, que
elevó la cifra de 35 a 37,5
años, generó una oleada de
huelgas de los transportistas,
pero recibió muy escaso apoyo
del resto de los trabajadores,
que incluso criticaron la
protesta. La segunda etapa de la
reforma encontró mucha menos
resistencia.
Estos resultados se deben en
gran medida al debilitamiento
general del movimiento sindical
francés, dado, entre otros
factores, por la precarización
del trabajo, que limita su
importancia en la negociación
laboral, como por la reducción
de su capacidad movilizativa, la
fragmentación general del
movimiento obrero y los vínculos
entre las direcciones sindicales
y el empresariado y el gobierno.
Además, la falta de comunicación
entre los movimientos sociales
en general y las organizaciones
políticas hace que la influencia
de los primeros y de los
intereses que representan sobre
los procesos de toma de
decisiones sea prácticamente
nula.
En resumen, la segunda mitad del
mandato de Sarkozy ha comenzado
en medio de un contexto
complicado, pero que de momento
no parece anunciar riesgos
inminentes para el presidente y
su partido. El manejo del
discurso público, los planes de
recuperación económica y la
debilidad de la oposición real
(incluso de la “oposición leal”)
le han dotado de una notable
estabilidad. Todo no está dicho,
y el desarrollo posterior de la
crisis podría cambiar el
panorama, pero ello está todavía
en el campo de la especulación.
Los autores son investigadores
del Centro de Estudios Europeos
(CEE)
Fuente: Panorama Mundial
http://listas2.cult.cu/sympa/info/entorno
Cubarte, 2008.
Gentileza:: Pica
[pica@cubarte.cult.cu]
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