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La creación de un "eurocaos"
por Paul
Krugman (*)
New York Times / El País
Últimamente, las noticias
financieras han estado dominadas
por crónicas de Grecia y de
otros países de la periferia
europea. Y con razón.
Pero me ha inquietado la
información que se centra casi
exclusivamente en las deudas y
en los déficit europeos, con lo
que da la impresión de que todo
se reduce al derroche
gubernamental (lo cual le da la
razón a nuestros halcones del
déficit, que quieren recortar
drásticamente el gasto a pesar
de enfrentarnos a un paro masivo
y ponen a Grecia como ejemplo de
lo que pasará si no lo hacemos).
Pero la verdad es que la falta
de disciplina fiscal no es la
única, ni la principal, fuente
de problemas de Europa, ni
siquiera en Grecia, cuyo
Gobierno, efectivamente, sí ha
sido irresponsable (y ocultó su
irresponsabilidad con
contabilidad creativa).
No, la verdadera historia que
está detrás del eurocaos no se
basa en el despilfarro de los
políticos, sino en la arrogancia
de las élites; concretamente,
las élites políticas que
instaron a Europa a adoptar una
moneda única mucho antes de que
el continente estuviera
preparado para un experimento de
este tipo.
Fijémonos en el caso de España,
que en vísperas de la crisis
parecía ser un ciudadano fiscal
modelo. Sus deudas eran bajas:
un 43% del PIB en 2007, en
comparación con el 66% de
Alemania. Tenía superávit
presupuestario. Y su regulación
bancaria era ejemplar.
Pero con su clima cálido y sus
playas, España era también la
Florida de Europa y, al igual
que Florida, experimentó un
enorme auge inmobiliario. La
financiación de este boom
provenía principalmente del
extranjero: hubo entradas
gigantescas de capital
procedentes del resto de Europa,
en especial de Alemania.
La consecuencia fue un
crecimiento rápido combinado con
una inflación significativa:
entre 2000 y 2008, los precios
de bienes y servicios producidos
en España aumentaron un 35%, en
comparación con un incremento de
sólo un 10% en Alemania. Debido
a la subida de los costes, las
exportaciones españolas fueron
perdiendo competitividad, pero
la creación de empleo siguió
siendo fuerte gracias al boom
inmobiliario.
Y entonces estalló la burbuja.
El paro en España experimentó un
drástico repunte, y el
presupuesto incurrió en un
profundo déficit. Pero la
avalancha de números rojos –que
estuvo provocada en parte por la
forma en que la depresión redujo
los ingresos y en parte por el
gasto de emergencia para limitar
los costes humanos de la
depresión– fue una consecuencia,
no la causa, de los problemas de
España.
Y no hay mucho que el Gobierno
español pueda hacer para mejorar
las cosas. El principal problema
económico del país es que los
costes y los precios se han
desmarcado de los del resto de
Europa. Si España siguiera
teniendo su antigua moneda, la
peseta, podría remediar
rápidamente el problema con una
devaluación (por ejemplo,
reduciendo el valor de la peseta
un 20% con respecto a otras
divisas europeas). Pero España
ya no tiene su propio dinero, lo
que implica que sólo puede
recuperar su competitividad
mediante un lento y doloroso
proceso de deflación.
Ahora bien, si España fuera un
estado de Estados Unidos y no un
país europeo, la situación no
sería tan mala. En primer lugar,
los costes y los precios no se
habrían desmadrado tanto:
Florida, que, entre otras cosas,
podía atraer libremente a
trabajadores de otros estados y
mantener bajos los costes de la
mano de obra, nunca experimentó
nada remotamente parecido a la
inflación relativa de España. Y
en segundo lugar, España
recibiría una gran cantidad de
apoyo automático en la crisis:
el sector inmobiliario de
Florida ha pasado de la
expansión a la recesión, pero
Washington sigue enviando los
cheques de la Seguridad Social y
del Medicare.
Pero España no es un estado de
Estados Unidos y, por tanto,
está metida en un buen lío.
Grecia, naturalmente, está en un
lío aún peor, porque los
griegos, a diferencia de los
españoles, fueron realmente
irresponsables desde el punto de
vista fiscal. No obstante,
Grecia tiene una economía
pequeña, cuyos problemas
importan principalmente porque
se están extendiendo a otras
economías mucho más grandes,
como la de España. Así que el
origen de la crisis es la
inflexibilidad del euro, y no el
gasto financiado con el déficit.
Nada de esto debería extrañarnos
demasiado. Mucho antes de que
naciera el euro, los economistas
advertían de que Europa no
estaba preparada para una moneda
única. Pero se hizo caso omiso
de estas advertencias y se
produjo la crisis .
¿Y ahora qué? La disolución del
euro es prácticamente
impensable, por meros motivos
prácticos. Como dice Barry
Eichengreen de Berkeley, un
intento de reintroducir una
moneda nacional desencadenaría
"la madre de todas las crisis
financieras". Así que no hay
marcha atrás: para hacer que el
euro funcione, Europa tiene que
avanzar mucho más en la unión
política, para que los países
europeos empiecen a funcionar
más como estados de Estados
Unidos.
Pero eso no va a suceder de hoy
para mañana. Lo que veremos
probablemente a lo largo de los
próximos años es un doloroso
proceso de remiendos: rescates
acompañados de exigencias de una
austeridad despiadada, y todo
con un trasfondo de desempleo
muy elevado, perpetuado por la
dolorosa deflación que ya he
mencionado.
Es un panorama feo. Pero es
importante entender la
naturaleza del fatal fallo de
Europa. Sí, algunos Gobiernos
han sido irresponsables; pero el
problema básico ha sido el
orgullo desmedido, la arrogante
idea de que Europa podía hacer
que funcionara una moneda única
a pesar de los fuertes motivos
que había para creer que no
estaba preparada.
(*) Paul Krugman es profesor de
Economía en la Universidad de
Princeton (EEUU) y premio Nobel
de Economía 2008.
http://www.socialismo-o-barbarie.org
http://www.socialismo-o-barbarie.org/europa/100221_unioneuropea_d_primeracrisis.htm
Gentileza:: Nueva_Edicion_SoB
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