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Concepto de vanguardia y escritura testimonial en los programas estético-políticos de Rodolfo Walsh y Francisco Urondo (i/ii), Fabiana Grasselli. -
 

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Concepto de vanguardia y escritura testimonial en los programas estético-políticos de Rodolfo Walsh y Francisco Urondo (i/ii), Fabiana Grasselli. -


 


Concepto de vanguardia y escritura testimonial en los programas estético-políticos de Rodolfo Walsh y Francisco Urondo (i/ii)

Fabiana Grasselli
INCIHUSA (Instituto de Ciencias Humanas, Sociales y Ambientales)
CONICET (Mendoza, Argentina)


Resumen: Los programas estético-ideológicos de Rodolfo Walsh y Francisco Urondo plantean posicionamientos específicos respecto de su filiación política sobre los tópicos recurrentes del campo intelectual del período sesentas/setentas. De este modo, presentan la particularidad de proponer una vinculación fuerte entre palabra y acción, es decir que, a diferencia de las alternativas seguidas por otros intelectuales, Walsh y Urondo optaron por el camino de las armas sin por ello abandonar el quehacer artístico. De allí la importancia de dar cuenta exhaustivamente de ciertos elementos y modulaciones de estos programas en tanto constituyen una importantísima operación hacia el interior de la literatura, en un particular momento histórico, que intenta subvertir sus lógicas y formas institucionalizadas.
En este marco, nuestro trabajo analiza los hitos principales de las reflexiones de Walsh y Urondo, su opción por los géneros testimoniales y la vinculación con ciertos problemas relativos a la concepción del arte y de las vanguardias político-culturales como portadores de una "peligrosidad" anclada en su enorme potencialidad para constituir una intervención sobre la realidad histórica. En este sentido nos interesa comprender su concepción de la vanguardia en relación con los alcances de los formatos testimoniales en lo relativo al cuestionamiento sobre los límites de la literatura y al reconocimiento de las posibilidades del discurso literario en tanto producción cultural socialmente legítima.


1. Introducción.

El presente trabajo explora algunos de los alcances que el concepto de vanguardia, uno de los tópicos fundamentales de la relación entre arte y política durante el bloque temporal sesentas/setentas, tuvo dentro de campo específico de la literatura a través de intervenciones paradigmáticas de Rodolfo Walsh y Francisco Urondo. Estos escritores-intelectuales [1] se encuadran en la fracción crítica [2] del campo literario argentino que más radicalizó sus posicionamientos en el desarrollo de los debates y de las prácticas de la intelectualidad de la época.

A través de dicha exploración nos interesa analizar las implicancias que tienen sus ideas sobre la vanguardia en relación con sus colocaciones sobre la renovación e innovación de los modos de escritura y de los géneros literarios y su concepción de la institución literaria. Así, se busca comprender la forma en que atraviesan la real y no poco virulenta discusión que ponía en debate el rol de los escritores e intelectuales en los procesos de compromiso revolucionario, y el modo en que se proponen aportar, aún enfrentando las propias contradicciones, a la construcción de una vanguardia cultural capaz de radicalizar la práctica artística. Entendemos que esta búsqueda de revolucionar los modos del discurso literario visualizada en las trayectorias de Walsh y Urondo se sustenta en una dialéctica cada vez más significativa y conciente entre prácticas artísticas y prácticas políticas en la que las decisiones en el campo artístico, en muchos sentidos, se articulan como parte de las experiencias históricas de agudización del conflicto social y radicalización política de la sociedad argentina. Por ello, esta investigación va en la línea de reconstruir los programas estético-políticos de Walsh y Urondo en relación a su valoración de los géneros testimoniales como formas capaces de constituir una respuesta a los desafíos que la situación socio-política presentaba a los escritores-intelectuales y a la literatura de la época.



2. Políticas de escritura en Rodolfo Walsh y Francisco Urondo: sus reflexiones acerca de la vanguardia, los géneros y la institución literaria.

Aproximarse a las consideraciones acerca del concepto de vanguardia en Walsh y Urondo implica abordar una serie de tópicos que aparecen como preocupaciones constantes en los escritores-intelectuales de la época: el valor estético-ideológico de las prácticas literarias, la función social del escritor, la transformación del discurso literario. Por esto, conviene describir brevemente los significados con los cuales circuló el concepto de vanguardia en el campo literario latinoamericano, más específicamente dentro de la fracción entendida como el frente de intelectuales que se organiza en torno a la Revolución Cubana, y las modulaciones que adquirió en el desarrollo de ciertos debates fundamentales [3].

La discusión acerca de la apreciación del arte moderno en Latinoamérica estuvo vinculada principalmente a la tensión que se fundaba sobre dos valores supremos de la intelectualidad de la época: la aspiración revolucionaria y la aspiración experimental. El fenómeno del realismo mágico y el boom generan, a partir de la renovación que aportó el discurso novelístico, una copiosa y profunda reflexión de los autores y de la crítica que se deslizó entre los términos realismo y vanguardia. La cultura de izquierda exploró y teorizó sobre las posibilidades del realismo y de las innovaciones de la vanguardia teniendo como nudo temático insoslayable la experiencia de relativo fracaso de las aspiraciones vanguardistas de acompañar el proceso de la revolución rusa y el malestar frente a los dictados del realismo socialista. En este marco, se reflexiona sobre la práctica y la interpretación de los géneros literarios, colocando como ejes del debate el valor estético e ideológico de la novela, la cuestión del vanguardismo y realismo en la novela, y la necesidad de articular formas de escritura superadoras de la tradición literaria burguesa vinculadas al desarrollo de los procesos históricos (Gilman 2003: 310).

En el desarrollo de dicha discusión se fue consolidando una corriente que argumentaba a favor de que el concepto de vanguardia debía pensarse desde una fuerte vinculación de lo estético y lo político. En palabras más precisas, que en el arte como en la política, "la calificación de 'vanguardia' debería reservarse, no para toda innovación formal, sino para la obra de aquellos creadores que más profundizan en la realidad y para ello, más avanzan en la formulación de nuevos lenguajes" (Bignami 1969:103). Algunos años antes, en 1965, en el único número de la revista Literatura y Sociedad, Ricardo Piglia daba cuenta de un posicionamiento similar respecto del arte dentro de la cultura de izquierda. De este modo, planteaba que los intelectuales debían dejar de afirmar la necesidad de no alienar "a la literatura en la inmediatez de lo político" para proponer un arte que naciese de la "toma de conciencia de la realidad actual" y que fuese una expresión de "aquellos contenidos políticos que luchan por destruir los caducos esquemas culturales y estéticos de la sociedad burguesa" (Piglia 1965: 11). En esta línea, Roberto Fernández Retamar en 1974 retoma al pensador peruano José Carlos Mariátegui [4] para plantear en un artículo publicado en Casa de las Américas en 1974 que la vanguardia como gesto artístico debe comprenderse en términos de un "arte nuevo", impregnado de un "sentido revolucionario" que se constituye en el antagonismo con la cultura burguesa. Además agrega que en la medida que las vanguardias en Latinoamérica propiciaban "el reencuentro con las auténticas realidades de nuestro mundo (…) es decir, en la medida, que no eran ejemplos jactanciosos del espíritu decadente y repudiaban el absoluto burgués; anunciaban o incluso asumían actitudes revolucionarias" (Fernández Retamar 1974: 119-121). La innovación estética es comprendida y defendida como la constante búsqueda por superar los límites del discurso literario mismo, en tanto "decir" fuertemente comprometido con la denuncia y los procesos sociales y políticos emancipatorios.

En esta atmósfera y en estrecha vinculación con la problemática del concepto "vanguardia" se discute el carácter renovador e incluso revolucionario del género testimonio como una forma de relato que vendría a sustituir a la novela, un género considerado agotado como instrumento de conocimiento. Esta búsqueda y legitimación de nuevos registros escriturales responde al concepto de vanguardia reivindicado por los intelectuales inscriptos en la línea estético-ideológica que se describió más arriba. Se valoraba como "lo nuevo" a aquellos gestos discursivos que reunían la presencia de dispositivos literarios novedosos, en tanto orientados a la superación de las formas artísticas consolidadas como productos del sistema burgués, y una práctica de denuncia de la violencia ejercida por el estado y las clases dominantes y de reivindicación de procesos populares revolucionarios. De manera que, estos nuevos procedimientos literarios comienzan a ser legitimados por la intelectualidad de izquierda por su potencialidad para "mostrar la lucha de América Latina" [5], como establece Ángel Rama en 1969. De este modo, lo testimonial adquirió durante los años sesenta y setenta en Latinoamérica gran importancia como medio de expresión y representación de las clases populares. Por una parte, esto se debe a la importancia que adquirió para la intelectualidad el texto de Miguel Barnet, Biografía de un cimarrón (1966), y al hecho de que surge en este período un extenso corpus de relatos en los que se denuncia el terrorismo de Estado y la violencia represiva de los regímenes dictatoriales en América Latina. Por otra parte, en los años setenta, desde Casa de las Américas se impulsa el cultivo del testimonio al publicar en la Revista Casa de las Américas una caracterización específica del género y al establecer el Premio Anual a esta modalidad literaria. De esta manera, se comienza a postular desde esta institución la necesidad de hallar nuevos registros discursivos capaces de oponer al deterioro de los canales tradicionalmente destinados a la difusión de la cultura, nuevas vías y procedimientos innovadores para transmitir conocimiento y para la expresión artística. Se proponía contribuir a lo que se denominaba novela-testimonio o testimonio a secas, ya que en estas formas primaba la experiencia de la realidad social a la cual se imprimía un sentido fundamentalmente histórico.

2.1. Rodolfo Walsh: los alcances y los límites del concepto de vanguardia en el arte para la revolución.

En Rodolfo Walsh encontramos referencias muy claras a la correlación temática que se pretende abordar: concepto de vanguardia, valoración de los géneros literarios y posición frente a la institución literaria.

En la entrevista que le realizara Ricardo Piglia en marzo de 1970 ambos coinciden que dentro del campo de los literatos y de los intelectuales, los escritores de ficción han ocupado una posición de retaguardia porque ese momento de la lucha de clases en Argentina, a un año del Cordobazo, presenta una movilización de masas que plantea constantemente a los intelectuales el problema de sus prácticas y de su participación en la lucha del pueblo. En este sentido Walsh manifiesta que es muy probable que el arte de ficción esté alcanzando su agotamiento por ser un arte correspondiente a una determinada clase social en un determinado período histórico y que en sociedades no capitalistas o que están en proceso de revolución, nuevas formas de producción exijan un nuevo tipo de arte vinculado a la denuncia, a lo documental y al testimonio. Finalmente arriesga que la ficción puede ser considerada como un arte literario característico de la burguesía de los siglos XIX y XX y por lo tanto no constituye una forma eterna e indeleble, sino una forma que puede ser transitoria, propia de una situación histórica. En este sentido afirma que en el particular escenario socio-político de la Argentina de principios de los setenta, hacer un arte desvinculado de la política no podría ser considerado arte, ya que el desarrollo general de la conciencia y las condiciones de los procesos sociales y políticos hacen "imposible" que el arte o la literatura sean producidos al margen de las necesidades que plantea la política [6].

En 1968 -un período importantísimo y singular en la trayectoria de Rodolfo Walsh durante el cual acompañó la experiencia político-sindical de la denominada CGT de los Argentinos (CGTA) [7]- encontramos en dos notas publicadas en el Semanario CGT, órgano de prensa oficial de la central obrera opositora, ciertas consideraciones que reflejan una mirada sobre las prácticas del "arte de vanguardia" en la cual el énfasis está puesto en los efectos políticos de las acciones y dispositivos artísticos de la vanguardia plástica porteña y rosarina. Hablamos de una suerte de conceptualización de ciertas intervenciones de dicha vanguardia que no sólo implica una toma de posición en relación a estas manifestaciones creativas sino que está enmarcada en un escenario social y político signado por el carácter anti-popular y represivo de la dictadura de Onganía. Se trata de una referencia concreta por parte de Walsh al proyecto estético-político de los artistas vinculados a la muestra Tucumán Arde [8], experiencia artística que forma parte de un itinerario en el que, de modo análogo a la biografía intelectual del autor de Operación Masacre, la discusión estética marcha bajo la impronta de la búsqueda de alternativas al arte burgués y en una constante tensión (muchas veces constituye más bien una contradicción) que emerge de la encrucijada-encuentro entre los caminos de las producciones y los discursos artísticos, y los caminos de la política.

Para realizar una explicación acabada de este posicionamiento de Walsh respecto de la muestra Tucumán Arde y de algunas de las prácticas de los artistas que recorrieron lo que Longoni y Mestman llaman "el itinerario del 68" [9] conviene señalar algunos elementos fundamentales que configuraron estos momentos de la vanguardia plástica en Argentina.

La situación nacional e internacional actuarían como parámetros decisivos para una paulatina toma de decisiones que condujo a estos artistas e intelectuales a agudizar los debates sobre los nexos entre vanguardia artística y vanguardia política hacia el final de la década del sesenta. La Revolución Cubana, la invasión norteamericana a Santo Domingo, la guerra de Vietnam, el asesinato del "Che" Guevara, las luchas de liberación en Latinoamérica, el mayo francés, etc. funcionan como sucesivos y coyunturales horizontes de identificación de los sectores de la izquierda argentina. Sin embargo, fue el golpe militar de 1966 que colocó en el gobierno a Juan Carlos Onganía con su sistemática política de censura lanzada contra la esfera cultural, el acontecimiento que "actuará como fuerte catalizador y definidor de posiciones políticas en el espacio artístico" (Giunta 1998). Las respuestas ante la censura se dieron en dos etapas: la reacción más inmediata fue la no participación y rechazo a las instituciones artísticas. Luego algunos artistas tomaron una vía también propositiva: 1) tratar de llegar a un público amplio con una obra capaz de incidir, con una obra peligrosa [10]; 2) producir un arte transformador, social, colectivo en el cual la denuncia y la transformación serían ahora las fuentes de legitimidad; 3) desarticular las tramas de la información oficial y optar por espacios ajenos a las instituciones de la cultura burguesa. En otras palabras, participar con su práctica artística de la creación de una sociedad nueva" (Giunta 1998).

Dentro de la trayectoria descripta, Tucumán Arde constituye la expresión de mayor radicalidad. Los artistas que la animan se habían distanciado del Instituto Di Tella en mayo de 1968 (institución que los había albergado y facilitado los mecanismos para la experimentación artística) luego de sufrir la censura del gobierno de Onganía hacia la muestra anual Experiencias 68. A raíz de este episodio los artistas retiraron y destruyeron las obras que habían presentado y emitieron una declaración contra la censura seguida de 64 firmas, entre las que se encontraba la de Rodolfo Walsh, quien se había solidarizado con ellos adhiriendo a los planteos que allí se hacían: denunciaban la estrategia represiva gubernamental que no sólo se dirigía a los artistas e intelectuales sino que perseguía principalmente al movimiento obrero y estudiantil [11]. Dos meses después, en julio de 1968, artistas de la vanguardia porteña y rosarina responden colectivamente con un boicot a la participación en el Premio Braque 1968, convocado por la embajada francesa con modificaciones en el reglamento que estaban destinadas a impedir gestos antiinstitucionalistas en las obras. Varios artistas que habían repudiado esta convocatoria intervinieron en la ceremonia de entrega de los premios, la cual se realizó en el Museo Nacional de Bellas Artes, gritando consignas, tirando volantes y huevos podridos. También participaron de este hecho artistas que formaban parte de la vanguardia porteña y que se habían incorporado al FATRAC (Frente antiimperialista de trabajadores de la cultura), un nucleamiento de intelectuales vinculado al Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). El episodio culminó con una fuerte represión en la que el saldo fue la detención de un grupo de personas quienes fueron defendidos por los abogados de la CGT de los Argentinos [12]. Una de las notas mencionadas fue publicada en el número 13 del Semanario CGT, el 25 de julio de 1968 y en ella se afirmaba lo siguiente:

Al gobierno de Onganía no le gusta la rebeldía ni la protesta aunque esté colgada en las paredes de un museo. Tal vez por eso, la policía intervino con su habitual velocidad -la que le falta para perseguir a los asaltantes- y se llevó presos (…)

El Frente Antiimperialista de Trabajadores de la Cultura (FATRAC) dio un comunicado "comprometiendo su resistencia combatiente ante las fuerzas que orientan la perspectiva imperialista, profacista y antipopular en el plano cultural". La CGT sabe que muchos de esos artistas comparten su lucha por el programa popular y sabe también que participaron de las jornadas contra el régimen y su policía en las fechas del 1º de mayo y el 28 de junio.

Por eso, y porque tiene conciencia del ideal común de una patria liberada tanto en lo económico y político como en lo cultural, reclama la inmediata libertad de los artistas presos, repudia la grotesca acción policial y se solidariza con la lucha de los trabajadores de la cultura, que se suman al gran ejército del pueblo.

Luego de estos incidentes que tuvieron como consecuencia la consumación del quiebre con las instituciones, estos artistas reconocen en el espacio callejero el ámbito donde instalar su producción, sin embargo, las limitaciones para materializar y sostener la obra en la calle los impulsa hacia un nuevo tipo de institución, la CGT de los Argentinos, que en su "Mensaje del primero de Mayo" convoca a sectores extrasindicales entre los que menciona explícitamente a los intelectuales, profesionales, artistas y estudiantes, a sumarse a la organización de la lucha contra la dictadura. En este marco propiciado por la central sindical opositora se lleva a cabo la muestra Tucumán Arde en las sedes de la CGTA de Rosario y Buenos Aires en noviembre de 1968, sin embargo es levantada de modo forzado en Buenos Aires debido a las continuas amenazas de las fuerzas represivas del Onganiato. La declaración que acompañaba la muestra Tucumán Arde de Rosario, firmada por María Teresa Gramuglio y Nicolás Rosa, buscaba establecer una distinción entre "las falsas experiencias vanguardistas que se producían en las instituciones de la cultura oficial" y la verdadera vanguardia: "Esta actitud apuntaba a manifestar los contenidos políticos implícitos en toda obra de arte, y proponerlos como una carga activa y violenta, para que la producción del artista se incorporara a la realidad con una intención verdaderamente vanguardista y por ende revolucionaria" [13]

Nuevamente el Semanario CGT se hace eco de este hecho artístico-político que es objeto de la censura del gobierno y publica en el número 33, el 12 de diciembre de 1968 una nota titulada "Por qué arde Tucumán". Allí se hace referencia a la naturaleza de la exposición artística en su carácter de denuncia hacia los monopolios azucareros y hacia el gobierno como garante de las ganancias de los empresarios y de la miseria del pueblo tucumano; y finalmente se repudia la violencia estatal ejercida sistemáticamente contra los sectores populares y contra todas las acciones de protesta, inclusive las que provienen de la esfera del arte.

El lunes 25 de noviembre se inauguró en el local de la CGT una exposición titulada "Tucumán Arde". La muestra era de carácter documental y había sido preparada por un grupo de artistas plásticos de la Comisión de Acción Artística de la CGT, en base a fotografías, películas, gráficos, cintas grabadas, material estadístico, etc. En la exposición se denunciaba de manera concreta la miseria en que el gobierno de los monopolios intenta sumergir a Tucumán, la burla cruel de los planes "de transformación" y la lucha del pueblo tucumano por su derecho al trabajo y a una vida digna.

La exposición, que ya se había presentado con gran éxito en la CGT de Rosario, fue inaugurada por el compañero Raimundo Ongaro con la presencia de miembros del Secretariado y del Consejo Directivo, de integrantes de la Comisión de Acción Artística y numeroso público.

Al día siguiente, empezaron las presiones del gobierno: llamaditas de origen policial para protestar por una foto o un cuadrito, visitas de "amigos influyentes" con graves noticias sobre clausuras, cierres y otras desgracias. Al final, los agentes de la represión se sacaron la careta: o la exposición se levantaba o clausuraban el local de la Federación Gráfica Bonaerense.

Esta no es más que una muestra de la violencia cotidiana que se ejerce contra los sindicatos y contra la oposición al régimen; al gobierno no le gustan las protestas, ni siquiera las que tienen forma artística y por eso clausura, cierra e intimida.

Son múltiples los elementos que entran en juego en la valoración que hace Walsh de la experiencia artístico-política llevada adelante por el grupo de plásticos protagonistas del "itinerario del 68". Del mismo modo que son complejas y de gran densidad las significaciones teóricas, estéticas, sociales y políticas de las prácticas intelectuales y artísticas que se vincularon en el espacio de la CGT de los Argentinos. Esta institución político-sindical surgida en el marco de la lucha de los sectores más combativos y democráticos del movimiento obrero propició un momento de generación y fortalecimiento de vínculos y de confluencias entre la esfera de los trabajadores y el campo artístico e intelectual que provenía de diversas corrientes de izquierda, en un período histórico de fuerte represión, de agudización de los conflictos sociales y de profunda y acelerada radicalización política [14].

Es justamente este escenario el que explica la reivindicación que hace Rodolfo Walsh del arte de vanguardia en el Semanario CGT y las resignificaciones que en esta reivindicación el concepto de vanguardia adquiere. En primer lugar, hay que señalar que los discursos de naturaleza programática y buena parte de las opciones y acciones estético-políticas promovidas y materializadas tanto por esta fracción de artistas de vanguardia como por Rodolfo Walsh en su lugar de intelectual orgánico de la CGTA y de escritor de textos testimoniales, poseen un sustento ideológico común. Se evidencia un núcleo de contenidos compartidos que circulan en sus enunciados situándolos claramente como aliados en el tablero del enfrentamiento con el gobierno de Onganía. Los alcances de esta alianza tienen una doble pertenencia, al campo político y al campo artístico, la cual lejos de ser vivida como contradictoria es indicada como imprescindible. Dicho núcleo de contenidos comprende, por un lado, el gesto de empuñar la obra de arte como una herramienta de resistencia y de lucha contra la censura y la violencia ejercida por el régimen contra los trabajadores, los estudiantes, los sectores populares y la oposición. Por otro lado, incluye una meta política, "el ideal común de una patria liberada tanto en lo económico y político como en lo cultural", que exige para su cumplimiento que "la lucha de los trabajadores de la cultura" se sume "al gran ejército del pueblo". Este objetivo político implica en el plano cultural un desafío para estos intelectuales, que es formulado tanto por Walsh como por los artistas a los que nos hemos referido como la necesidad de producir un arte "peligroso", "subversivo" [15]. La peligrosidad del arte, la capacidad del arte para subvertir y movilizar aparece asociada a dos tareas centrales: desplazar la práctica específica al terreno de la militancia inscribiéndola en la dinámica de las luchas populares, y hacer del arte un instrumento de denuncia y contrainformación para enfrentar las operaciones de silenciamiento y tergiversación de los hechos realizadas por el poder oficial y la clase burguesa.

Es interesante observar la preocupación por explicitar los alcances y los límites de aquello que se considera vanguardia. La puesta en tensión de los modos de la relación entre cultura y política, y más aún, entre vanguardia artística y vanguardia política coloca en el centro de la escena una distinción entre la vanguardia ligada a las instituciones burguesas. El gesto de vanguardia es resignificado, legitimado, es decir, como aquel que tiene la capacidad de producir textos literarios, intervenciones, obras plásticas que puedan considerarse vehículos suvbersivos, revolucionarios [16].

En declaraciones posteriores de Rodolfo Walsh, citadas por Bignami en 1973, aparece nuevamente el término vanguardia para designar el impulso hacia lo nuevo en el arte. En esta oportunidad su reflexión se circunscribe al tópico de la incursión en nuevos planteos escriturales para la literatura en América Latina y elabora una respuesta en la que confirma su posición estético-política según la cual la exploración de nuevos modos discursivos debe tener como horizonte el hecho de comunicar cierta experiencia de la realidad histórica, no desde la sacralización del arte burgués, sino desde la peligrosidad de un arte revolucionario.

Realismo no se opone a vanguardismo. Cuando el agotamiento de temas o de formas debilitan (sic) la pintura de la realidad y su interpretación, el autor realista se vuelve por fuerza vanguardista. La vanguardia es entonces el modo que asume el realismo en una coyuntura histórica de agotamiento (...) En América Latina el escritor realista está en la vanguardia cuando hace patente lo que está invisible: el imperio, la lucha de clases, el sentido de las relaciones humanas y de los sentimientos de los hombres (citado por Bignami 1973:58-59).

Del análisis de estas consideraciones surge claramente que Rodolfo Walsh piensa la posición de vanguardia de los escritores y artistas en relación a su capacidad para explorar modos novedosos de manifestación estética, nuevos lenguajes, nuevas formas de escritura literaria que posibiliten dar cuenta de los procesos sociales y políticos por los que atraviesa una sociedad en un momento histórico determinado. En este sentido, explicita que esas búsquedas de nuevos modos de decir la experiencia histórica deben tener un desenvolvimiento estrechamente ligado al pulso de la dinámica de la lucha de clases y deben colocarse en un lugar ofensivo, peligroso, subversivo. Es decir, un escritor se mantiene en la retaguardia en tanto rehúsa la búsqueda de dispositivos verbales y géneros discursivos adecuados al nivel de conciencia correspondiente al grado de radicalización social y política en los procesos de lucha populares. Su impugnación al sistema económico, social, político y cultural a través de las prácticas escriturales y políticas, constituye un anhelo de totalidad expresado desde una conciencia transformadora. En cierta medida considera que la estética de vanguardia es una ruptura con respecto a la estética hegemónica pero al mismo tiempo es una propuesta, o bien una respuesta a la crisis del arte de una época, entendida como expresión de la crisis de un todo un sistema social [17].

En Walsh, el intento de superar la ficción, más precisamente el cuento y la novela, no tiene que ver únicamente con la idea de que estos géneros se identifican con la cultura burguesa, también responde a la necesidad de que el discurso literario se articule desde poéticas combatientes, es decir; sea capaz de provocar, movilizar, interpelar al público con un propósito político. Se trata de que las prácticas artísticas incorporen formas de escritura como la denuncia, el documento, el testimonio en respuesta a las necesidades que surgen de un campo intelectual radicalizado a partir de los cambios que se producen en el devenir de los acontecimientos sociales y políticos. Esto no implica necesariamente que se abandonen los géneros consagrados sino que los escritores se reapropien de las categorías artísticas institucionalizadas produciendo innovaciones en su modo de comunicar y en las estrategias para narrar los procesos socio-políticos. En otras palabras, Walsh busca configurar una poética de la presentación de los hechos que supone el uso de mecanismos y técnicas narrativas como "el montaje, la compaginación, la selección, el trabajo de investigación" [18]. Esta poética del documento y el testimonio se enfrenta a la sacralización del texto como arte y lo concibe como portador de una peligrosidad anclada en su enorme potencialidad para constituir una intervención sobre la realidad histórica [19].

2.2. Francisco Urondo: una vanguardia y una literatura capaces de "correr la suerte del agredido".

Por su parte, Francisco Urondo, al igual que Rodolfo Walsh plantea que arte y política constituyen dos esferas indiferenciadas y que la íntima relación que existe entre los problemas culturales y los problemas político-sociales e históricos posibilita extrapolar el concepto de vanguardia desde la teoría revolucionaria al campo específicamente cultural. En un artículo publicado en la revista Crisis en septiembre de 1974, Urondo elabora una propuesta sobre el perfil de los artistas e intelectuales que podrían construir una vanguardia en el ámbito del arte y la cultura. En primer lugar, considera que deberán hacerse cargo de las problemáticas de la clase productiva e identificarse con su realidad, lo cual implica conocerla para reconocer sus intereses y hacerlos propios. Al mismo, tiempo, como parte de toda vanguardia, tendrán que analizar el marco histórico y diferenciar aliados, amigos y enemigos. Lo interesante de esta afirmación es que Urondo coloca dentro de los enemigos de una vanguardia cultural que aporte con su tarea a la causa del pueblo, a los mismos intelectuales. Sin embargo ésta no es una impugnación a los intelectuales en su condición de tales, sino que constituye una seria reflexión sobre la función de los intelectuales en la sociedad, dado que confía en que los trabajadores de las ideologías serán capaces de enfrentar un nuevo modo de trabajo superador de la ideología burguesa. En estos términos plantea que el problema está en la naturaleza de las prácticas artísticas y culturales, es decir, es el tipo de prácticas estético-políticas que asuma esta vanguardia cultural lo que determinará su contribución a los procesos históricos protagonizados por el pueblo, y no su origen de clase:

Los intelectuales y artistas que se aboquen a la construcción de una vanguardia cultural (…) sabiendo para quiénes y cómo han producido, podrán salir adelante (…) El problema entonces, está en las prácticas y en cómo están destinadas esas prácticas. Para quién se trabaja. No en la clase originaria. (…) No se ha producido todavía una inmersión de estos grupos en la realidad cabal que se vive en el campo del pueblo. Hay trabas, dificultades objetivas, para esta identificación, y sólo la práctica, la imaginación y la capacidad creativa de estos artistas e intelectuales irán encontrando los caminos, superando las dificultades, hasta que sean suyas las alegrías y las preocupaciones del pueblo. (Urondo, 1974)

Unos años antes, en 1968, Urondo publica un libro de ensayos llamado Veinte años de poesía argentina, en el cual analiza, desde una perspectiva histórica, los movimientos vanguardistas (invencionismo y surrealismo) de las décadas del cuarenta y cincuenta en Argentina basándose en las revistas publicadas durante la mencionada etapa.

...

Fabiana Grasselli
Becaria de Posgrado (CONICET), Doctoranda de la Universidad de Buenos Aires en Ciencias Sociales.
INCIHUSA (Instituto de Ciencias Humanas, Sociales y Ambientales)/CONICET (Mendoza, Argentina) fhebeg@hotmail.com
© Fabiana Grasselli 2010

Espéculo. Revista de estudios literarios.
Universidad Complutense de Madrid
http://www.ucm.es/info/especulo/numero45/walsuron.html



 

Gentileza:: Melina Alfaro [cybermelinaalfaro@bandalibre.com]

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