|
La
evolución de la novela social en
España: Desde Blasco Ibáñez
hasta la generación del Nuevo
Romanticismo
Dr.
Mohamed Ben Slama
Universidad Complutense de
Madrid
...
Se acerca el tiempo en que
la sociedad, desde la política,
al arte, volverá a organizarse,
según es debido en dos órdenes o
rangos: él de los hombres
egregios y él de los hombres
vulgares. Todo el malestar de
Europa vendrá a desembocar y
curarse en esa nueva salvadora
escisión [6].
El concepto fundamental es el
intento deshumanizado que la
novela tiene que transmitir y
que implica, consecuentemente,
la purificación y la supresión
de todos los aspectos humanos.
En particular, el crítico
español quiere subrayar la idea
de estilización estética es
decir:
(…) estilizar es deformar lo
real, desrealizar. Estilización
implica deshumanización. Y
viceversa, no hay otra manera de
deshumanizar que estilizar. El
realismo, en cambio, invitando
al artista a seguir dócilmente
la forma de las cosas, le invita
a no tener estilo [7].
De acuerdo con el pensamiento de
Ortega, el recurso estilístico
más empleado para conseguir este
precepto es la metáfora, cuyas
cualidades más usadas por parte
de los vanguardistas son la
metamorfosis, la estilización y
la evasión de la realidad.
Siguiendo estas reglas
estilísticas, los novelistas
“deshumanizados” se dirigen
hacia la producción de novelas
elitistas donde la masa no
desempeña ningún papel
importante: su única finalidad
es la exaltación de la belleza y
el juego formal. Dentro de este
grupo, podemos destacar a
Antonio Espina, Benjamín Jarnés,
Francisco Ayala, Rosa Chacel,
Claudio de la Torre, Juan José
Domenchina, Pedro Salinas,
Ernesto Jiménez Caballero, etc.
Se trata de una fuerte
renovación de todos los
elementos narrativos tanto de
tipo formalístico como
antitradicional. En estas
novelas, un intelectual en la
sociedad moderna piensa, observa
lo que pasa a su alrededor pero
no intenta hacer nada para
mejorarla, demostrando la
pasividad de los intelectuales
en la sociedad contemporánea. El
universo desaparece detrás de la
metáfora que representa el
emblema de las novelas
“deshumanizadas” y que connota
también el papel del
protagonista obligado sólo a
proclamar metáforas. Los
“deshumanizados” no creen en la
historia y en el porvenir,
rechazan la acción y los
sentimientos. Este tipo de
postura en la novela recuerda,
una vez más, la actitud de los
ultraístas que proponen la
introducción de nuevos temas y
la utilización de un estilo
metafórico.
Los “deshumanizados” recibieron
también la influencia de Ramón
Gómez de la Serna, por sus
innovaciones formales e
ideológicas; de Juan Ramón
Jiménez, por su manera de situar
el arte por encima de la vida;
de Unamuno, por sus paradojas
religiosas reflejadas
principalmente en las obras de
Benjamín Jarnés y Rosa Chacel, y
de escritores extranjeros como
Nietzsche, Giraudoux, S. Lewis,
Hemingway, Apollinaire, Jean
Cocteau, Kafka o Paul Morand.
Estos jóvenes intelectuales
españoles se reunían en la
Revista de Occidente, fundada en
1923, que tenía como director a
José Ortega y Gasset, esta
revista no limitaba sus
intereses a temas literarios
sino que se interesaba también
por temas culturales. Otra
revista, que es expresión de
esta nueva tendencia, es La
Gaceta Literaria, fundada en
1927 por Ernesto Jiménez
Caballero y por Guillermo de la
Torre. Esta revista acoge y
potencia todo el espíritu de
modernidad germinado en los años
inmediatamente anteriores y
abarca los más variados campos
de la vida intelectual,
profundizando diferentes
aspectos del contenido.
El origen de la corriente
vanguardista o “deshumanizada”
en España es fruto de los
numerosos movimientos
vanguardistas literarios y
artísticos de principio de siglo
en toda Europa. Entre los más
conocidos se destacan el
cubismo, el expresionismo, el
dadaísmo, el surrealismo y el
futurismo, que fundamentalmente
se proponen romper con las
formas del pasado, sobre todo
ligados a la literatura del
siglo XIX, demasiado vinculada a
la realidad y a los vehículos
normales de expresión, buscando
nuevas técnicas formales y
nuevos temas. Dice Vilches de
Frutos en este aspecto:
Se transforma el lenguaje, la
métrica, las disposiciones
tipográficas de los textos, las
leyes gramaticales más
afianzadas. En este intento de
ruptura, los dadaístas, por
ejemplo, llegan a exigir la
completa destrucción de los
medios de expresión y
comunicación usuales y los
surrealistas se adentran en el
mundo del subconsciente en busca
de técnicas de expresión nuevas
e inusitadas, como la del
autonomismo en la escritura [8].
Los intelectuales
“deshumanizados” españoles obran
dentro de un cuadro histórico
bastante complejo. En 1923,
Primo de Rivera proclama la
dictadura como consecuencia del
descontento de la derrota de
Marruecos en 1921. En los
artículos periodísticos de la
época, se cree que este nuevo
tipo de régimen político es un
régimen que tendrá que vivir de
la benevolencia de la nación del
prestigio que le den sus
aciertos. Un exhaustivo balance
de la dictadura de Primo de
Rivera sólo se puede hacer
después de su caída que llega el
13 de septiembre de 1930. José
Cuartero expone en un
interesante artículo aparecido
en ABC sus consideraciones sobre
el gobierno de Primo de Rivera:
Bajo la dictadura el orden fue
perfecto; se liquidó sin
consecuencias el grave conflicto
de la artillería; no salieron
del conato las tentativas de
Aguilera y Sánchez Guerra; los
profesionales de la revolución y
los habituales del motín se
mantuvieron en mansa quietud; no
hubo huelgas en seis años, y a
qué costa bien lo saben los
patrones; los mineros de
Asturias bendecían el encanto de
aquel régimen despótico, y desde
las esferas oficiales -Consejo
de Estado y ministerio de
trabajo- la plana del socialismo
presenciaba plácidamente la
derrota de los otros partidos y
el eclipse de la libertad. La
agitación revolucionaria vino
después, con el respiro y la
facilidad hubo la huelga escolar
con sus incidentes: medidas de
represión, clausura de
universidades, destrucción de
autoridades académicas [9].
En los primeros momentos, muchos
intelectuales saludan con cierto
optimismo la dictadura pero con
la tentativa de golpe en 1926-la
Sanjuanada,- empieza cierto
descontento y agitación también
entre los que esperan que la
república les haga cumplir sus
aspiraciones y, por lo tanto,
pasar a sostener el nuevo
gobierno republicano.
Durante los últimos años veinte
y los primeros de los treinta,
empieza a desarrollarse en
España un nuevo tipo de
tendencia en la novela, que
presenta características
diametralmente opuestas a la
corriente “deshumanizada” o
vanguardista: es la novela del
“nuevo romanticismo” o novela
social de la preguerra.
Cronológicamente, se puede
aceptar la delimitación que
propone Eugenio. G de Nora que
indica como fecha de comienzo el
año 1928 y como fecha de fin el
año 1936. Víctor Fuentes
comparte estas fechas y
justifica la elección del año
1928 como fecha inicial de esta
corriente, porque en este año,
la editorial “Historia Nueva”
comienza a publicar su colección
“La Novela Social”, que incluye
también varias obras del “nuevo
romanticismo”, pero nuestro
crítico va más allá de esta
división, porque, según su
parecer, se puede subdividir
este lapso de nueve años en dos
partes, es decir de 1928 a 1931
y de 1931 a 1936. Esta datación
es consecuencia de una diferente
interpretación de los asuntos:
en los años 1928-1931, el tema
fundamental de las novelas se
limita a denunciar el orden
establecido y exaltar las
aspiraciones del pueblo, de sus
reivindicaciones de clase;
mientras que en el período
1931-1936, en correspondencia
con la II República, es muy
fuerte la ascensión de
proletariado. Dice Víctor
Fuentes:
La novela revolucionaria no
puede ser otra que la proletaria
(…) En cuanto a su contenido
histórico y humano, aquellas
novelas son memoria, en carne
viva, de la lucha de los obreros
y campesinos españoles por
romper las cadenas de la
explotación, que les inmoviliza
en la opresión y miseria, y
avanzar por el camino de la
historia hace la igualdad [10].
Es importante considerar que
este criterio cronológico no
implica que todas las novelas
con características
neorrománticas hayan sido
publicadas en este período de
tiempo, por ejemplo, la novela
La duquesa de Nit de Arderíus
apareció precedentemente, en el
año 1926. La denominación que
los críticos dan a estas nuevas
novelas es diferente, aunque se
refiere a los mismos asuntos que
en ellas se desarrollan. El
crítico Eugenio G. de Nora
dedica un capítulo a “La novela
española contemporánea” y
engloba esta producción de obras
bajo la denominación: “La novela
social de la preguerra”, que
comparte también con Víctor
Fuentes, Julio Marcos y M.
Santiago. Gil Casado, en su
libro, La novela social
1920-1971, propone la fórmula
“nuevo romanticismo”; Fulgencio
Castañar, en El compromiso en la
novela de la II República, habla
de novelas comprometidas, idea
de literatura que también
Francisco Ayala sostiene; José
Carlos Mainer, en La Edad de
Plata (1902-1939), se limita a
considerar esta novelística de
tipo social [11].
La utilización del término
“nuevo romanticismo” procede del
título del ensayo crítico de
José Díaz Fernández, El nuevo
romanticismo, subtitulado:
Polémica de arte, política y
literatura, publicado en 1930 y
donde se postulan los preceptos
estéticos de la nueva generación
de escritores. Antes de la
publicación en 1930, ya aparecen
en las páginas de la revista,
Nueva España, unos capítulos de
este ensayo que dan relieve al
sólido prestigio que el autor
adquirió precedentemente gracias
a la publicación de El blocao
(1928) y la colaboración semanal
con El Sol [12] . A través de
este ensayo crítico, José Díaz
Fernández postula la urgente
vuelta al humanismo por parte de
los novelistas de los años 30
que, por lo tanto, tienen que
abandonar las efímeras
trincheras de la pureza
perteneciente a la novelística
vanguardista: es una nueva forma
de romanticismo como el mismo
Díaz Fernández expresa de forma
muy clara:
Pienso que los nuevos románticos
han de parecerse muy poco a los
románticos del siglo XIX.
Carecían afortunadamente de
aquel gesto excesivo, de aquella
petulancia, espectacular, de
aquel empirismo rehogado en un
mar de retórica. Pero volverán
al hombre y escucharán el rumor
de su conciencia. Fuera de eso,
lo demás no tiene importancia.
Esperemos, además, que este
nuevo romanticismo no descargue
su eléctrico impulso solamente
sobre el amor. Es posible que
las generaciones nuevas
encuentren el amor más franco y
accesible de lo que está ahora,
menos rodeado de prohibiciones y
de estímulos (…) Otro amor más
dilatado y complejo, fruto del
progreso humano y de la
depuración de las relaciones
sociales moverá a los hombres
del futuro, será el eje de la
gran comunidad universal (…)
[13].
La vuelta a lo humano y la
producción de un tipo de arte
implican una mayor atención por
los problemas de la existencia
humana colectiva e intelectual.
Por lo tanto, lo que tienen que
hacer los escritores es asumir
un compromiso que permita hacer
una renovación de las ideas
sociales a través de los asuntos
y personajes a través de una
labor de incitación y no de
proselitismo. Dice al respecto:
hallándonos como es notorio en
una época que persigue por
encima de todo los valores
tangibles de la vida humana, el
órgano más eficaz que poseemos
para alcanzarlos dentro de la
equidad y de la justicia será la
política [14].
Esta vinculación del arte al
hecho político no interesa sólo
a Díaz Fernández, sino a otros
escritores y críticos de la
época como Ortega y Ramón y
Ramón J. Sender que colaboran
asiduamente para sostener este
asunto. En particular, estos
últimos intelectuales tuvieron
en 1929 un significativo
encuentro; de éste salió un
manifiesto en abril, en el que
se sugiere que los hombres
“salgan de ese apoliticismo, de
ese apartamento-no pocas veces
reprochable- que les ha llevado
a desentenderse de los más
hondos problemas de la vida
española. La política no es un
ejercicio que se pueda
desprender de los demás de la
inteligencia, ni una reducida
especialidad de profesionales,
es un objeto esencial del
pensamiento y parcela
importantísima en el área de la
cultura” [15].
La significativa presencia de
Ortega y Gasset y la acogida del
manifiesto en sus obras,
demuestra, de todos modos, que
se están planteando unos cambios
también en la corriente opuesta
al “nuevo romanticismo”.
Las novelas rusas
revolucionarias y
norteamericanas presentan otros
rasgos interesantes que sirven
al desarrollo de la novela
comprometida en España: se
subraya sobre todo la
importancia del contenido sobre
la forma, la inserción del
intelectual en los movimientos
obreros y la incitación al
lector a cambiar la sociedad.
Son muchos los narradores que
constituyen el grupo de los
neorrománticos presentando obras
como El blocao y la Venus
mecánica, de José Díaz
Fernández; Imán y Siete domingos
rojos, de Ramón J. Sender; Los
Topos, de Isidoro Acevedo; La
Tribuna, de César M. Arconada;
La vida difícil, de Andrés
Carranque de Ríos; El comedor de
la pensión, Venecia y Campesino,
de Joaquín Arderíus, entre
otras. Estas obras presentan
unas constantes temáticas y
estilísticas: tratan los
problemas de la masa
trabajadora, los ambientes son
de las fábricas, de las minas,
del campo, de las aldeas y de
los bajos fondos de las
ciudades, en particular, se
describen las pensiones de
ínfima calidad, las academias
cinematográficas de mínimos
recursos, las cafeterías, etc.
Por ejemplo, cuando los
escritores describen el campo,
no lo hacen como si fuera un
reino de paz, incontaminado,
sino como un lugar donde los
pobres campesinos viven en
difíciles condiciones.
Las estructuras políticas que
quieren denunciar son las que
pertenecen a la monarquía de
Alfonso XIII, a la dictadura de
Primo de Rivera e incluso a la
Segunda República. A menudo, en
las novelas, están citados
hechos y personajes históricos
que pueden ser reconducidos a
los tres momentos
precedentemente indicados. La
denuncia de la situación
histórico-política no se limita
a la situación de España sino
que se refiere también, por
ejemplo, a acontecimientos de la
guerra de Marruecos. El intento
de estos escritores es el de
infundir la idea de que el arte
tenga que politizarse para que
facilite el ingreso de la masa
en su recinto, a través de un
estilo realista para presentar
al lector la realidad novelesca
para que elabore una praxis
personal comprometida que la
hacen posible, con objeto de
mover el interés del lector.
Dentro de la pluralidad y
variedad de estilos y
tendencias, que caracterizan a
la novela social de preguerra,
así en conjunto, los narradores
emplean muchos recursos
retóricos, por lo tanto,
prevalecen las imágenes
retóricas junto con las
metáforas, los símbolos, las
símiles o las comparaciones, la
animalización de los hombres y
la personificación de seres
inanimados, anáforas o
reiteraciones, que permiten la
expresión de opiniones por parte
de los personajes. Se hace un
uso muy atento de los adjetivos
que acompañan un sustantivo
destacando una calidad una
propia del objeto descrito.
Se expresan a través de un ritmo
de prosa bastante sintético que
recuerda el estilo periodístico
que ellos conocen muy bien
porque colaboran con la
reproducción de los sonidos
fónicos de las palabras que les
sirven para que los lectores
menos cultos entiendan su
mensaje y para que la prosa
refleje de manera más fidedigna
la situación que están
describiendo.
Las revistas no son importantes
sólo para la evolución de la
vanguardia, ellas desempeñan un
papel relevante también para los
novelistas del “nuevo
romanticismo”. La revista Nueva
España es quizá una de las más
autorizadas y donde está
presente el mayor número de
escritores de la nueva tendencia
novelística de los años 30.
También son importantes otras
revistas como Post-guerra, la
Revista popular y La Gaceta
Literaria que, aunque se
contrapone a la revista Nueva
España, acoge publicaciones de
novelistas comprometidos y
reseña la mayor parte de sus
obras.
Las colaboraciones de los
novelistas en los periódicos
representa una forma de
compromiso de extrema
importancia porque, de esta
manera, pueden alcanzar un
elevado grado de difusión entre
la población. Al margen de estos
libros y colaboraciones
periodísticas, es importante
subrayar el nacimiento de
editoriales que acogen y apoyan
las novelas de estos escritores:
la editorial Ulises formada a
partir de Ediciones Oriente, la
editorial Zeus surgida de Cenit,
Historia Nueva que edita una
colección de novelas con el
título de “La novela social”. En
1932, los editores hablan
también de la posibilidad de
constituirse en cooperativa para
salvar la CIAP (compañía
Ibero-Americana de
Publicaciones), en evidente
dificultad por el momento de
crisis del mundo literario: los
escritores deciden presentarse
delante de los directivos de la
editorial citada para solicitar
la solución del problema.
A nivel histórico, a finales de
la tercera década, cayó el poder
de Primo de Rivera y se
instauró, por un año, un
gobierno de transición regido
por Dámaso Berenguer, conocido
con el nombre de “la dictablanda”,
que acabó con las dimisiones del
14 de febrero de 1931.
Políticamente, hay dos grandes
acontecimientos favorables a la
expansión del compromiso social.
La caída de la dictadura de
Primo de Rivera, en 1930, y la
proclamación de la República, el
14 de abril de 1931, creerán un
ambiente propicio para el
desarrollo de una literatura
social en todos los géneros:
novela, poseía y teatro.
Notas
[1] ROMERO, Leonardo: La novela
regeneracionista en la última
década del siglo, en Mercedes
Etreros y otros. Estudios sobre
la novela española del siglo XIX,
Madrid, CSIC, 1977, p. 194.
[2] FUENTES, Víctor: “La
literatura comprometida de Ciges
Aparicio”, Ínsula, núm. 305,
1972, p. 13.
[3] NORA, Eugenio. G. de: La
novela española contemporánea,
Tomo I, Madrid, Gredos, 1970, p.
262.
[4] Ibíd. p. 275.
[5] CANSINOS-ASSÉNS, Rafael: La
nueva literatura, II, Madrid,
Páez, 1925, p. 109.
[6] ORTEGA Y GASSET, José: La
deshumanización del arte, Obras
Completas. Madrid: Revista de
Occidente, 1947, p. 356.
[7] Ibíd. p. 368.
[8] VILCHES DE FRUTOS, Mª
Francisca: La generación del
nuevo romanticismo (1926-1939),
Facultad de Filología,
Universidad Complutense, Madrid,
1984, p. IX.
[9] CUARTERO, José: “Útil
balance de la dictadura”, ABC, 2
de junio de 1935, pp. 63-67.
[10] FUENTES, Víctor: “La novela
social española (1931-1936):
temas y significación
ideológica”, Ínsula, núm. 288,
noviembre de 1970, pp. 1,4.
[11] MAINER, José Carlos: La
Edad de Plata (1902-1939),
Madrid, Cátedra, 1987, p 271.
[12] CASTAÑAR, Fulgencio: “El
nuevo romanticismo de José Díaz
Fernández; un alegato en pro del
arte contemporáneo”, Ínsula,
núm. 482, enero de 1987, p. 8.
[13] MAINER, José Carlos: La
Edad de Plata, op. cit,
pp.231-232.
[14] VILCHES DE FRUTOS: Mª
Francisca: La generación del
nuevo romanticismo (1926-1939),
op. cit, pp. 62-63.
[15] Ibíd. p. 22.
Notas bibliográficas
CANSINOS-ASSÉNS, Rafael: La
nueva literatura, II, Madrid,
Páez, 1925.
CASTAÑAR, Fulgencio: “El nuevo
romanticismo de José Díaz
Fernández; un alegato en pro del
arte contemporáneo”, Ínsula,
núm. 482, enero de 1987.
CUARTERO, José: “Útil balance de
la dictadura”, ABC, 2 de junio
de 1935.
ESTEBAN José y Gonzalo Santonja:
Los novelistas sociales
españoles (1928-1936) Antología,
Barcelona, Anthropos, 1998.
FUENTES, Víctor: “La literatura
comprometida de Ciges Aparicio”,
Ínsula, núm. 305.
FUENTES, Víctor: “La novela
social española (1931-1936):
temas y significación
ideológica”, Ínsula, núm. 288,
noviembre de 1970.
ORTEGA Y GASSET, José: La
deshumanización del arte, Obras
Completas. Madrid: Revista de
Occidente, 1947.
MAINER, José Carlos: La Edad de
Plata (1902-1939), Madrid,
Cátedra, 1987.
NORA, Eugenio. G. de: La novela
española contemporánea, Tomo I,
Madrid, Gredos, 1970, p. 262.
ROMERO, Leonardo: La novela
regeneracionista en la última
década del siglo, en Mercedes
Etreros y otros. Estudios sobre
la novela española del siglo XIX,
Madrid, CSIC, 1977.
VILCHES DE FRUTOS, Mª Francisca:
La generación del nuevo
romanticismo (1926-1939),
Facultad de Filología,
Universidad Complutense, Madrid,
1984.
Dr. Mohamed Ben Slama
Doctor por la Universidad
Complutense de Madrid
Hammesp2007@yahoo.es
© Mohamed Ben Slama 2010
Espéculo. Revista de estudios
literarios.
Universidad Complutense de
Madrid
http://www.ucm.es/info/especulo/numero45/evonove.html
Gentileza:: Melina Alfaro
[cybermelinaalfaro@bandalibre.com]
paginadigital |