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Un fraternal y liberador ágape
Miguel
Delibes
El Arca Digital
La comida como tema
Dos películas, “Dublineses” de
John Huston y "El Festín de
Babette", le permitieron a
Miguel Delibes, consagrado y
recordado escritor español,
hacer una verdadera crónica
literaria de lo que significó
esa reunión gustativa. Delibes
encontró en ambos films una
oportunidad de comunicación
entre seres habitualmente
encerrados en sí mismos,
aislados y solitarios. La comida
serviría de “válvula de escape,
un recurso lícito para hacer
aflorar los sentimientos y
rencores que anidan en los
corazones de los hombres”.
Con pocos días de diferencia, he
visto dos películas, ambas
excelentes en las que
curiosamente la comida juega el
papel principal. No me refiero a
la lucha contra el hambre como
motor de la acción, sino al
simple acto de comer, a la
degustación sensual de
exquisitos manjares en grupo. La
primera, de John Huston,
recientemente fallecido, está
basada en el relato ‘Los
muertos”, de James Joyce,
recogido en su libro “Dublineses”,
cuya publicación provocó en su
día una reacción violenta de sus
conciudadanos al considerarse
ridiculizados por el autor. La
película, titulada asimismo “Dublineses”,
me confirma en la impresión que
ya me sugirió el libro de que
James Joyce pone más ternura y
comprensión que acritud en el
juicio de sus paisanos. En este
relato que sirve de base al
filme, las hermanas Morkan, dos
viejas profesoras de música, y
Mary Jane, su sobrina, obsequian
con una cena de fin de curso,
como es tradicional costumbre, a
los alumnos de su academia.
Salvo la recepción y la
despedida de invitados, los
personajes de la película se
pasan ésta comiendo. La comida
es el eje del filme.
La comida como rito, las
relaciones con los vecinos de
mesa, las evocaciones, los
comentarios generales, el
discurso final, prevalecen sobre
la plasticidad de los manjares.
Y como es habitual en Huston, el
estudio profundo de los tipos,
la admirable diferenciación de
los comensales (las viejecitas
pusilánimes, el fracasado, el
borrachín perturbador, la alumna
predilecta) infunden vida e
interés a una larguísima
secuencia que, sin la
sensibilidad de su autor,
hubiera resultado tediosa e
insoportable. Aún permanecía
viva en mí la sorpresa de este
filme, el hecho anómalo de que
una comida sirviera de base a
una película y con semejante
futilidad un director pudiera
deleitar durante hora y media a
su auditorio, cuando asisto a la
proyección de otra, “El festín
de Babette”, del director danés
G. Axel, cuyo argumento,
sutilísimo, acaba desembocando
en otra cena, la que Babette, la
criada de dos ancianas, también
hermanas, brinda a la pequeña
congregación parroquial de que
forman parte, con motivo del
centenario del nacimiento del
pastor.
También aquí existe cierta
ceremonia social, comunicación,
protocolo, preparativos y
despedida, hasta el punto de
que, sin ser lícito hablar de
plagio, uno se ve forzado a
pensar que Axel conocía la obra
de Huston o a la inversa. En
cualquier caso, la originalidad
de Axel estriba en el hecho de
haber cargado el acento, antes
que en el ágape, en el aspecto
puramente visual de las viandas.
La disposición de los platos
(con el previo regodeo en las
materias primas), su aliño,
condimento y adorno, son
referencias sustanciales, de una
plasticidad sensual, que a veces
prevalecen sobre la de los
comensales y hacen la boca agua
del espectador de buen diente.
En “El festín de Babette” existe
una exaltación culinaria, una
primacía del artículo comestible
que en “Dublineses” queda un
poco relegada, aunque en ambas
películas, repito, la comida, la
preparación, ingestión y
degustación de manjares
constituya el elemento
primordial.
Anoto la peculiaridad de estas
obras que, aun siguiendo la
corriente hedonista del momento,
han tenido la originalidad de
cambiar la cama por el mantel o,
como cierta pintura europea
influida por el puritanismo, el
desnudo por el bodegón. En
“Dublineses” y “El festín de
Babette” se exalta la
gastronomía por encima del
erotismo. Hay una sustitución en
el uso de los pecados capitales
como tema: la lujuria por la
gula. El instinto placentero
sigue moviendo a los
protagonistas, mas en este caso
el placer es gustativo. Pero, se
preguntará el lector, ¿todo
queda en eso? ¿No hay más que un
cambio en el estímulo hedonista
de los personajes? ¿Se limitan
Huston y G.Axel a ofrecernos dos
admirables ejercicios
cinematográficos o se trasluce
de sus películas una segunda
intención? Yo, siguiendo con el
paralelo entre ambos filmes,
quiero ver en ellos, en los dos,
una utilización de la comida —y,
por extensión, de la bebida—
como elemento liberador; los dos
ven, en el mero hecho de
compartir la mesa, una
oportunidad de comunicación
entre seres habitualmente
encerrados en sí mismos,
aislados y solitarios. Bajo la
euforia creciente, aunque
siempre controlada, de los
comensales, hay, en ambos casos,
una aspiración de sociabilidad,
un anhelo de diálogo que les
induce a soltar las lenguas y
provoca confidencias
insospechadas, celosamente
guardadas durante décadas.
Así, “Dublineses”, en su
espléndida escena final, Gretta,
confiesa a su marido que su
amor, el único amor de su vida
—sí que platónico—, fue un
adolescente muerto en Galway a
los diecisiete años. De la misma
manera abren sus almas los
vecinos de la aldea danesa,
desvelan, por vez primera, las
razones de sus viejas
rivalidades, y hasta el general
—invitado de honor—, que visitó
el pueblecito en sus tiempos de
cadete, declara a una de las
viejecitas anfitrionas su amor
vitalicio. En suma, sin excesos
de glotonería ni borracheras
estentóreas, sin hacer derivar a
orgía un ágape fraternal, Huston
y Axel coinciden en considerar
la comida como una válvula de
escape, un recurso lícito para
hacer aflorar los sentimientos y
rencores que anidan en los
corazones de los hombres.
*Nació en Valladolid, España en
1920. Falleció el 12 de marzo de
2010. En 1947 publicó su primera
novela: La sombra del ciprés es
alargada, por la que ganó el
Premio Nadal en 1948. Empezó así
su prolífica carrera literaria,
con títulos tan importantes como
El camino, La hoja roja, Las
ratas o Cinco horas con Mario.
En 1974 entró en la Real
Academia Española. Algunas de
sus obras han sido trasladadas
al cine y al teatro con calidad
y éxito notables. Destacan en
este sentido la adaptación
teatral de Cinco horas con Mario
y la adaptación cinematográfica
de Los Santos inocentes.
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Gentileza:: ead / El Arca
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