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Compasión, culpa y
solidaridad en Los heraldos
negros de César Vallejo
Rosa B.
Ibáñez
Peace College
Resumen: En este trabajo
analizo los sentimientos de
culpa, compasión y solidaridad
expresados en los versos del
primer poemario Los heraldos
negros de César Vallejo
publicado en Lima en 1922. Toda
una filosofía de vida se desvela
cuando nos acercamos a la
actitud del hablante poeta en
cuanto a las relaciones
amorosas, la increpación a un
Dios inmisericorde y la
compasión hacia sus compañeros
en la desdicha. Todas estas
relaciones y actitudes son
estudiadas en estas páginas para
concluir afirmando que es un ser
altamente sufriente el que se
nos expresa a través de los
poemas que configuran la
producción temprana del gran
poeta chileno.
Palabras clave: César Vallejo,
literatura peruana, compasión
En 1918 se publica en Lima el
primer poemario del que se dará
a conocer muy pronto como el
poeta peruano más universal del
siglo veinte. César Vallejo
había llegado a Lima desde
Trujillo a principios de ese
mismo año y, animado por un
grupo de amigos escritores como
Abraham Valdelomar y Manuel
González Prada, reúne el poeta
unos 69 poemas, que fueron
escritos en su mayoría entre
1917 y 1918, y los publica bajo
el título de Los heraldos
negros. Las emociones que
recorren los versos de este
poemario son un antecedente a
los sentimientos que emanan de
toda su poesía posterior aunque
los matices y el tono varíen
entre estas primeras poesías y
los poemas que contiene su
segundo libro Trilce (1922) o
los poemarios últimos publicados
póstumamente: España, aparta de
mí este cáliz (1939) y Poemas
humanos (1939). Numerosos
críticos coinciden en la
presencia de un sentimiento de
culpabilidad en Los heraldos
negros, así como también se
percibe en muchos de estos
poemas la latencia de un
sentimiento de solidaridad que
tan intenso va a ser en España,
aparta de mí este cáliz. Estos
sentimientos se acompañan en
este poemario de una constante
muestra de piedad y,
precisamente, me propongo en las
líneas que siguen, ahondar en la
presencia de todas estas
emociones y estudiar cómo se
combinan estos sentimientos a lo
largo de los poemas.
El poema primero que da título
al poemario lleva el mismo
título "Los heraldos negros" y
se nos antoja como un blasón que
simboliza muchas presencias
certeras en la obra poética
posterior de Vallejo; se aúnan
en el poema la desesperanza, la
incertidumbre constantemente
remarcada por el anafórico "yo
no sé", y un sentimiento piadoso
ante ese hermano "el
hombre…Pobre…pobre " (13) que no
sabe exactamente que hacer ante
las tragedias imprevistas que no
comprende y que le esperan a la
vuelta de cualquier esquina. Por
ello nos dice Luis Monguió que
el hombre "es objeto de la
piedad fraterna del poeta. Este
siente lástima y ternura por el
pobre ser humano sometido a
estos azares que caen sobre él
para castigarlo" (Monguió 1952:
94). El poeta hablante no puede
dejar de sentir una solidaridad
piadosa hacia todos los hombres,
expuestos por igual a los golpes
de la vida que causan
sufrimiento hasta "en el rostro
mas fiero y en el lomo más
fuerte".
Ante la falta de inmunidad
frente a la desgracia que afecta
al ser humano en abstracto sólo
cabe una compasión sentida por
el poeta al saberse unido
fraternalmente al resto de las
víctimas de este vivir
desgraciado. Unido a este
sentimiento de solidaridad, el
sentimiento de culpa no se hace
esperar: cuando el hombre se
siente escogido por las malas
pasadas del Destino, con
muyúsculas por su poder
omnipresente, no puede dejar de
sentirse culpable y "vuelve los
ojos locos, y todo lo vivido/ se
empoza, como charco de culpa, en
la mirada.". El hombre se ve
inmerso en una culpa universal y
primordial que viene como innata
y ante la que ese hombre es el
castigado sin culpa alguna.
Visión con remarcados tintes
existencialistas la que se
desprende de nuestro poema y que
lleva a Monguió a pensar que "la
vida, tal como la ve Vallejo en
mil novecientos dieciocho, es
irracional e irrazonable, que en
ella alguien que ni conocemos ni
nos conoce nos castiga, sin
embargo, por culpas de las que
realmente somos inocentes. […]
Esas culpas que inocentemente
cometemos no podemos menos de
cometerlas porque son el vivir
mismo" (94). Ricardo Herrera
afirma que esa supuesta
inocencia del hombre lleva
consigo el germen de la
ambigüedad al encontrarnos con
que los golpes de la vida no
sólo son esos castigos de un
dios desconocido, también son
"las crepitaciones/ de algún pan
que en la puerta del horno se
nos quema" y, nos dice Herrera,
"el poema 'El pan nuestro'
recoge esta misma imagen, la del
corazón como un horno de pan,
pero ya claramente teñida por la
culpabilidad de un deber de amor
no cumplido" (Herrera 1988:
487). Ese pan que, creo
entender, Herrera considera que
no ha sido compartido en "Los
heraldos negros" y por eso el
hombre es "inocente ante lo
desmesurado del castigo, pero
culpable en cuanto ccómplice de
una sociedad condenable"
(Herrera 1988: 487) es, al menos
en este poema, un pan que no
podemos compartir porque se nos
ha quemado antes de compartirlo.
Es decir, que los golpes de la
vida dejan el sinsabor de no
obtener ese pan tan esperado,
pan de los hambrientos, que ya
no podremos comer ni compartir.
Después de lo dicho, queda
confirmado que el pan es el
elemento clave que simboliza la
unión, el compartir
fraternalmente, en el universo
poético de Vallejo. Roland
Forgues afirma que "con esta
imagen del pan se vinculan de
hecho destino individual e
historia social que son los dos
polos dialécticos que determinan
el surgimiento, manifestación y
tratamiento poético de la culpa"
(Forgues 1999: 49-50) y por lo
tanto "el paso de lo individual
a lo colectivo se hace mediante
la recurrente imagen del pan" (Forgues
45). Este crítico nos pone
también el ejemplo del poema "El
pan nuestro" en el que la culpa
individual se equipara con la
miseria colectiva. El poeta
siente tanta compasión por sí
mismo y por sus semejantes que
la mera oportunidad de vivir le
hace sentir culpable ante la
noción de estar ocupando el
lugar de otro: "Todos mis huesos
son ajenos; / yo talvez los
robé!/ Yo vine a darme lo que
acaso estuvo/ asignado para
otro; / y pienso que, si no
hubiera nacido, otro pobre
tomara este café!" (78). De ahí
que el compartir solidariamente,
o aún más lejos, el ir a llamar
a las puertas del hermano y
"hacerle pedacitos de pan
fresco" es la única acción a la
que puede recurrir el poeta para
redimir su culpa. He aquí las
dos vertientes del sentimiento
de culpabilidad: por una parte,
en "Los heraldos negros"
percibimos un "culpable
colectivo", el ser humano, quien
en realidad es inocente y por
otra parte observamos ya en el
poema "El pan nuestro" una culpa
individual que atormenta al
poeta por sentir que está
usurpando el lugar de cualquier
otro, sentimiento que sólo puede
exorcizar en cierta manera
poniéndose al servicio de los
pobres y dando "pedacitos de pan
fresco a todos". Forgues explica
que en la poética vallejiana
"hay una estrecha correlación
entre vivir y sufrir, comer y no
poder compartir, amar y sentirse
culpable en un mundo que no
ofrece iguales posibilidades de
subsistencia para todos" (Forgues
1999: 50). Por esto es que el
poeta no alcanza a sentirse
satisfecho de su suerte ya que
siente que no la merece y
necesita compartir cualquiera de
sus pertenencias con los más
pobres del mundo entero ya que
según nos dice Mario Boero
"parece que la noción 'pobre'
adquiere en éstos y otros versos
de Vallejo un eco particular:
siente el poeta que son los
oprimidos. Los que en principio
él pudo observar en su tierra
natal peruana, extendiendo luego
esa mirada a todos los del
planeta" (Boero 1988: 720). A
todos estos seres desafortunados
siente el poeta que debe darse
él mismo, nos dice que hasta su
misma vida es la que le
correspondería a otro y se
considera un ladrón por el
simple hecho de vivir.
Por todo lo dicho podemos
afirmar la presencia de un
intenso sentimiento solidario
hacia los más necesitados que
existe en el poema en el cual
también aparece una emoción muy
pocas veces expresada en Los
heraldos negros. Se trata de la
rebelión y la consecuente
crítica ante el vivir egoísta de
los más privilegiados a los que
habría que despojar de sus
bienes con las manos de Cristo,
este despojo es percibido por el
poeta como genuinamente justo y
sin necesidad de castigo alguno,
pues está de acuerdo con las
enseñanzas de un cristianismo
genuino. El sentimiento de
desasosiego espiritual del poeta
en este poema es tan intenso que
lleva a Monguió a afirmar que
"esta tendencia a la igualdad en
la pena, este complejo de culpa
por la miseria de los demás,
están expresados en Los heraldos
negros como algo personal,
individualizado, que conduce a
un personal sentido de
frustración permanente y de
dolor constante" (Monguió 1999:
111). Debemos esperar algunos
años más para que el sentimiento
de frustración que se vislumbra
en muchos de los poemas de Los
heraldos negros vaya cediendo
paso a la conciencia clara de
que la organización y unión
colectiva podrían ser las únicas
opciones de lucha eficaz.
El concepto de culpa y la
actitud de entrega como
expiación aparecen también de
forma contundente en el poema "Agape".
El hablante del poema se extraña
de que no haya presenciado
ninguna desgracia en ese día; ha
pasado un día en el que,
misteriosamente, "no ha venido
nadie a preguntar/ ni me han
pedido en esta tarde nada" (74)
ante lo cual el poeta reacciona
pidiéndole perdón al Señor por
no haber sufrido. Observamos un
sentimiento intenso de culpa
encerrado en el "qué poco he
muerto", el hablante se
culpabiliza de no haber
escuchado las miserias ajenas
por un sólo día, de no saberse
necesitado. Pareciera que
estuviera el poeta tan
acostumbrado a la desdicha que
fuera ésta la única vía de unión
con los demás, la unión en la
desgracia, en palabras de
Monguió "le parece al poeta que
algo ajeno se le queda en las
manos por no haber sufrido ese
día tanto como los otros
desventurados, le parece que les
ha robado su gajo de dicha" (Monguió
1999: 111). Como reacción a toda
esta desesperación no es de
extrañar que el poeta salga de
sí mismo, salga a la puerta de
su casa y en un abrirse el
corazón fraternalmente le den
"ganas de gritar a todos: " Si
echan de menos algo, aquí se
queda!".
Todo lo dicho nos lleva a hablar
de la progresión evolutiva del
concepto de culpa en la poética
de Vallejo, en Los heraldos
negros observamos los primeros
atisbos de la actitud posterior
del poeta que percibe la
solidaridad humana como una
solución a la miseria terrena.
Sin embargo, la pena y la piedad
que esa miseria producen en el
poeta es todavía muy angustiosa
e individual en este primer
poemario como para permitir una
conciencia clara del quehacer
colectivo que se propone en
algunas de las poesías en
España, aparta de mí este cáliz.
Por otra parte, es interesante
observar que la compasión
vallejiana por los otros no se
limita al género humano; en el
poema titulado "La araña" el
poeta, al observar el cuerpo
impotente de una araña que no
puede moverse, nos expresa su
emoción: "…Y, al verla/ atónita
en tal trance,/ hoy me ha dado
qué pena esa viajera." (37). La
impotencia del animal para poder
sobrevivir es lo que causa un
sentimiento de ternura y pena en
el poeta, quien nos expresa así
la 'pena vital' que envuelve a
todo ser viviente: "Hay ficus
que meditan, melenudos/
trovadores incaicos en derrota"
y "Como viejos curacas van los
bueyes/ camino de Trujillo,
meditando…" nos dice en
"Nostalgias imperiales" (54).
También las cosas inanimadas,
como las piedras, son objeto de
lástima por parte del poeta. En
este caso, el hombre es asimismo
culpable de maltratar a estos
objetos indefensos: "Las piedras
no ofenden; nada/ codician. Tan
sólo piden/ amor aun a la Nada.
[…]/ Mas, no falta quien a
alguna por puro gusto golpee"
(90). Se trata de una melancolía
que envuelve como un halo a toda
la creación y que se relaciona
con el paso inexorable del
tiempo y los estragos que esto
ha causado en todo aquello que
el poeta ha conocido. Este
ineludible pasar de las horas
que afecta a todo lo viviente,
lo animado y también lo
inanimado, es otra de las causas
que provoca la piedad del poeta.
En "Hojas de ébano" (58) nos
dice el apesadumbrado hablante
que "Están todas las puertas muy
ancianas, / y se hastía en su
habano carcomido/ una insomne
piedad de mil ojeras. / Yo las
dejé lozanas; / y hoy ya las
telarañas han zurcido/ hasta en
el corazón de sus maderas, /
coágulos de sombra oliendo a
olvido." Observamos en los
bellos versos anteriores, la
lástima que siente el poeta por
el inexorable deterioro que el
paso del tiempo produce en las
personas y las cosas de aquel
pueblo peruano. Este pasar fugaz
y la decadencia vital que lleva
consigo envuelven también a los
objetos inanimados produciendo
una sensación negativa de
fatalidad, como observamos en
algunos versos de "Encaje de
fiebre": "Una mosca llorona en
los muebles cansados/ yo no sé
qué leyenda fatal quiere verter"
(108). Unos versos más abajo, el
hablante recuerda la imagen
vívida de sus padres y notamos
el sentimiento de pena que la
separación inevitable le
produce: "En un sillón antiguo
sentado está mi padre. / Como
una Dolorosa, entra y sale mi
madre. / Y al verlos siento un
algo que no quiere partir."
(108)
Observamos en "Idilio muerto" el
mismo sentimiento de piedad y
pena ante un pasado que no
volverá, el hablante recuerda
con nostalgia a una de sus
compañeras y compara los gratos
momentos que vivió junto a ella
frente a su presente carente de
ilusión: "Dónde estarán sus
manos que en actitud contrita/
planchaban en las tardes
blancuras por venir, / ahora, en
esta lluvia que me quita/ las
ganas de vivir" (72).
El sentimiento de lástima por el
paso del tiempo se entremezcla
con la nostalgia hacia el pasado
colectivo de su raza incaica. El
olvido y también el recuerdo del
pasado perdido para siempre se
aúnan en la mente del poeta
hablante cuando se encuentra con
la anciana aldeana que lo espera
en un pueblo perdido, la mujer
se nos describe como "trémula y
triste" mientras lo está mirando
llegar. Después el poeta
recordará a la anciana con
ternura lastimera: "Con no sé
qué memoria secretea/ mi corazón
ansioso. / Señora? Sí, señor;
murió en la aldea; / aún la veo
envueltita en su rebozo…"
("Hojas de ébano" 58). Es
también una alusión a los
recuerdos de una raza otrora
invencible y ahora estragada por
la victoria del olvido.
No podemos dejar de notar la
rebelión y protesta implícitas
en este poemario con respecto a
la situación del pueblo
indígena: el poeta siente una
compasión lógica hacia su gente
por las condiciones míseras de
sus vidas.
La caracterización del indio que
observamos en algunos poemas lo
define como un ser
abrumadoramente triste al verse
abocado a una miserable
existencia. En "Terceto
autóctono" se nos describe una
fiesta religiosa celebrada en un
pueblo serrano y alude al
significado que el
acontecimiento tiene para las
vidas de esos individuos: "Echa
una cana al aire el indio
triste. / […] La pastora de lana
y llanque viste, / con pliegues
de candor en su atavío; / y en
su humildad de lana heroica y
triste, / copo es su blanco
corazón bravío." (62). La fiesta
del apóstol, quien se ha
convertido en "el moderno
dios-sol para el labriego",
representa un motivo de alegría
en las oscuras vidas de los
indios peruanos. La vida de los
'modernos' indígenas,
descendientes incaicos, se nos
presenta bajo un halo de intensa
nostalgia por el pasado glorioso
de su raza. El presente del
pueblo indio se percibe en estos
poemas como inmerso en una
constante aura de tristeza que
volvemos a encontrar en
"Aldeana". En este poema se nos
presenta la imagen de melancolía
y desamparo que rodea una aldea
serrana donde, el indio, como
protagonista humano de la
escena, aparece una vez más
caracterizado por el desamparo:
"Lánguido se desgarra/ en la
vetusta aldea/ el dulce yaraví
de una guitarra, / en cuya
eternidad de hondo quebranto/ la
triste voz de un indio dondonea,
/ como un viejo esquilón de
camposanto." (70)
Ahora bien, este sentimiento de
desdicha ante el presente del
indio peruano muy pronto
desemboca en un estado de
tristeza universal ante la
desamparada existencia del ser
humano. En su poema "Oración del
camino" nos habla de la vida y
del vivir con claras alusiones
al sufrimiento y la agonía del
hombre: "El valle es de oro
amargo; / y el viaje es triste,
es largo. / […] y el trago es
largo… largo…" (66). La piedad
ante lo miserable de la vida
produce una solidaridad en el
dolor, el poeta se siente uno
más entre sus compañeros de
viaje como un ser sufriente. De
este modo, también el hablante
se compadece de sí mismo como
poeta y como hombre: "Fosforece
un mohín de sueños crueles. / Y
el ciego que murió lleno de
voces/ de nieve. Y madrugar,
poeta, nómada, / al crudísimo
día de ser hombre." ("Desnudo en
barro" 81).
Ante tanta desolación, el poeta
no puede dejar de buscar
culpables. La miseria humana y
el interminable sufrimiento en
la tierra son continua fuente de
rebelión en estos versos. Un
sentimiento de amarga protesta
subyace como corriente
subterránea que provoca la
expresión poética. El poeta
arremete contra sí mismo, contra
los otros, contra las mujeres y
contra Dios en un intento de
explicar, de justificar las
causas de tanto dolor.
Hemos hablado hasta ahora de una
culpa que podríamos llamar
inocente, en el sentido de que
es una culpa innata que viene
con el mismo nacimiento del
hombre y ante la que no queda
más que solidarizarse con toda
la humanidad como hace el
hablante en algunos momentos o
llegar a la frustración y el
hastío de vivir que encontramos
en muchos otros versos en este
primer poemario.
Otro tipo de culpabilidad
presente en algunos de los
poemas en Los heraldos negros es
el remordimiento individual que
se relaciona con las acciones
pasadas del poeta hablante. En
las poesías de asunto
amoroso/erótico es donde vemos
con más claridad este tipo de
culpa. En "Heces" el hablante
muestra su arrepentimiento y
nostalgia en una tarde lluviosa
y, embargado por sus recuerdos
bajo la lluvia limeña, desahoga
su alma: "Y yo recuerdo/ las
cavernas crueles de mi
ingratitud; / mi bloque de hielo
sobre su amapola" (46), la culpa
y la nostalgia se entremezclan
sutilmente y ésta sí es una
recriminación cuya
responsabilidad es plenamente
aceptada. El poeta amante se
comportó ingratamente con su
amada y sus pensamientos del
ahora vuelven de manera
compulsiva al recuerdo de ella
que llega a contagiar a todas
las mujeres que pasan por la
vida del hablante poético: "Y
otras pasan; y viéndome tan
triste, / toman un poquito de
ti/ en la abrupta arruga de mi
hondo dolor".
En otro de los poemas,
"Capitulación", también sentimos
una culpa implícita en las
palabras de compasión y ternura
con que el poeta recuerda a la
mujer amante: "Pobre trigueña
aquella; pobres sus armas;
pobres/ […] se quedó pensativa y
ojerosa y granate. / Yo me partí
de aurora. Y desde aquel
combate, / de noche entran dos
sierpes esclavas a mi vida"
(82). El autor siente lástima y
ternura ante la desolación en
que deja a la mujer, pues la
pasión de ella no se ve
correspondida por la del poeta
más allá del mero encuentro
sexual y "los marfiles
histéricos de su beso me
hallaron/ muerto; y en un
suspiro de amor los enjaulé".
Estos versos nos muestran una
aflicción por parte del yo
poético quien rememora su
despedida un amanecer. Sin
embargo, el recuerdo de la
amante, cuyos atributos no
bastaron para retener al hombre,
persistirá para siempre en la
vida de éste último. La culpa
implícita del poeta está
entrelazada con un sentimiento
de piedad, casi fraternal, hacia
la mujer "espiga extraña, dócil"
cuyo único pecado fue haberlo
amado.
Podemos confirmar a estas
alturas que es en los poemas de
tema amoroso donde se percibe
una culpa neta plenamente
asumida por el amante, ahora
bien, lo anterior no significa
que la mujer no sea la parte
condenada en otros poemas. El
tormento de la culpa amorosa y
el desencuentro de los amantes
están claramente recogidos en
"Para el alma imposible de mi
amada". El hablante increpa a la
mujer por el desengaño que él
mismo sufre al contraponer la
realidad del amor ofrecida por
ella con la visión idealizada
que el hombre tenía del amor
antes del encuentro: "Amada: no
has querido plasmarte jamás/
como lo ha pensado mi divino
amor./ Quédate en la hostia,
ciega e impalpable,/ como existe
Dios" (88) para acabar auto
inculpándose por la desilusión
sufrida: "Y si no has querido
plasmarte jamás/ en mi
metafísica emoción de amor,/
deja que me azote,/ como un
pecador". Esta actitud de
desilusión ante el amor terreno
contrapuesto a una idea
platónica del amor va a ser
recurrente en el hablante
poético de la poesía vallejiana.
La mujer como culpable del dolor
causado en el amante es un
elemento clave en el poema
"Ausente", el mismo título es
revelador pues lo que, a fin de
cuentas, se reprocha a la mujer
es su ausencia, ella no estaba
presente para apreciar y
corresponder el amor del hombre,
de ahí que el poeta-amante sólo
espere el remordimiento de ella
cuando él haya muerto: "Ausente"
La mañana en que a la playa/ del
mar de sombra y del callado
imperio,/ como un pájaro lúgubre
me vaya,/ será el blanco panteón
tu cautiverio.// Se habrá hecho
de noche en tus miradas;/ y
sufrirás, y tomarás entonces/
penitentes blancuras laceradas."
(32). En otros poemas se alude
en términos más tiernos al
sufrimiento que la actitud de la
mujer causa en el amante: "En
Lima… En Lima está lloviendo/ el
agua sucia de un dolor/ qué
mortífero. Está lloviendo/ de la
gotera de tu amor. // No te
hagas la que está durmiendo, /
recuerda de tu trovador; / que
yo ya comprendo… comprendo/ la
humana ecuación de tu amor."
("Lluvia" 100). Parece como si
el hablante se hubiera resignado
a un amor que sólo le produce
dolor pero no puede dejar de
presentarse lastimeramente como
la víctima de un desamor que le
atrae fatalmente: "Más, cae, cae
el aguacero/ al ataúd de mi
sendero, / donde me ahueso para
ti…" (100). La idea del amor
erótico y la mujer como
atracciones fatales que sólo
pueden llevar a la muerte se nos
vuelve a presentar en "Desnudo
en barro" donde se compara la
tumba con el sexo femenino:
"Amor! Y tú también. Pedradas
negras/ se engendran en tu
máscara y la rompen. / ¡La tumba
es todavía/ un sexo de mujer que
atrae al hombre!" (81).
De todo ello se desprende que el
mismo sentimiento amoroso se
conciba como un pecado que sólo
produce dolor en el hombre, el
amor puro se transforma en una
tentación satánica que tiraniza
al hombre como se percibe en
"Amor prohibido": "Amor, en el
mundo tú eres un pecado!/ Mi
beso es la punta chispeante del
cuerno/ del diablo; mi beso que
es credo sagrado!// ¿Algún
penitente silencio siniestro?/
Tú acaso lo escuchas?/ Inocente
flor!/ …Y saber que donde no hay
un Padrenuestro,/ el Amor es un
Cristo pecador!" (84).
De todo esto se deduce que la
posibilidad de un encuentro
pleno y enriquecedor entre los
amantes es imposible y ambos,
hombre y mujer, son percibidos a
la vez como víctimas y culpables
en una relación sin final feliz:
"Aquella noche de setiembre,
fuiste/ tan buena para mí… hasta
dolerme!/ Yo no sé lo demás; y
para eso,/ no debiste ser buena,
no debiste.// Aquella noche
sollozaste al verme/ hermético y
tirano, enfermo y triste./ Yo no
sé lo demás… y para eso,/ yo no
sé porqué fui triste… tan
triste…!" ("Setiembre" 45).
La decepción ante la misma idea
del amor sólo nos puede llevar a
la solución expresada en "El
tálamo eterno" donde la muerte
es imaginada como el final
esperado de tanta discordia
"…dulce es la tumba/ donde todos
al fin se compenetran/ en un
mismo fragor; / dulce es la
sombra, donde todos se unen/ en
una cita universal de amor"
(89).
Todo lo anterior lleva a Monguió
a resumir que "en Los heraldos
negros y en Trilce el dolor de
vivir, la miseria de vivir, la
piedad por el dolor de sus
hermanos en desdicha, fueron
motivaciones fundamentales de
una poesía de desesperación y
pesimismo" (Monguió 1952: 160).
El poeta termina intuyendo que
la muerte puede ser un reposo
ante tanta desolación y clama
porque llegue el final de un
sufrimiento personal que se
universaliza: "Y cuándo nos
veremos con los demás, al borde/
de una mañana eterna,
desayunados todos. / Hasta
cuándo este valle de lágrimas, a
donde/ yo nunca dije que me
trajeran. / De codos/ todo
bañado en llanto, repito
cabizbajo/ y vencido: hasta
cuándo la cena durará." ("La
cena miserable" 86).
La muerte es, en efecto, la
única salida cuando el mismo
Dios se percibe como el gran
culpable de la miseria humana.
Las alusiones y recriminaciones
a un Dios que se ha alejado del
hombre y permite cualquier
injusticia son numerosas en Los
heraldos negros. En "La de a
mil" se nos presenta la imagen
de un Dios burlón que juega con
las vidas de los hombres como si
fuera un suertero: "El suertero
que grita 'La de a mil'/
contiene no sé qué fondo de
Dios. // […] Yo le miro al
andrajo. Y él pudiera/ darnos el
corazón; / pero la suerte
aquella que en sus manos/
aporta, pregonando en alta voz,
/ como un pájaro cruel, irá a
parar/ adonde no lo sabe ni lo
quiere/ este bohemio dios."
(77). En todos estos poemas se
nos presenta la imagen de un
Dios indiferente hacia el
desconcierto trágico del hombre
quien observa aterrorizado cómo
la compasión de este Dios ha
desaparecido, si es que alguna
vez existió. Algunos críticos
han señalado la presencia de un
ateísmo importante en este
primer poemario pero sólo
debemos remitirnos a las
abundantes alusiones a un Dios
culpable para probar que no es
la existencia de Dios lo que se
cuestiona sino su proceder. Otra
cuestión es que de la
perversidad y desinterés de ese
Dios hacia los sufrimientos
humanos se infiera en la obra
más tardía de Vallejo que el
hombre puede prescindir de la
misma creencia en ese Dios. A
estas alturas todavía la
presencia de Dios es constante
aunque se nos presenta paralela
a la continua recriminación al
mismo por parte del poeta. En
repetidas ocasiones se dirige el
hablante a Dios, preguntándole,
cuestionándose sobre los límites
de su poder "Mas ¿no puedes,
Señor, contra la muerte, /
contra el límite, contra lo que
acaba?" ("Absoluta" 80). También
en la trágica queja que leemos
en los versos de "Desnudo en
barro" se sospecha la
inculpación de un Dios que
permite una existencia tan
mísera: "¡Quién tira tanto el
hilo: quién descuelga/ sin
piedad nuestros nervios, /
cordeles ya gastados, a la
tumba" (81).
Tiránica y titánica es la culpa
que el hablante poeta carga
sobre sus espaldas en estos
primeros poemarios del chileno.
La vida que se desprende de
estos versos se nos antoja como
un valle de amargura que el
poeta debe sufrir, compadeciendo
a sus hermanos y hermanas que lo
acompañan en esta congoja. De
ahí que la solidaridad del
hablante con esos compañeros de
penas se perciba como el único
resquicio de dignidad humana
ante tanta desolación. Habremos
de esperar a la producción más
tardía de Vallejo para que este
sentimiento de solidaridad
desemboque en un impulso a la
lucha activa plasmado claramente
en los poemas que se refieren a
la guerra civil española de
España, aparta de mí este cáliz.
Basten por ahora los sentidos
versos analizados que expresan
por sí mismos toda una filosofía
de la vida, caracterizada por
una trágica desesperación ante
tanto infortunio inevitable.
Obras citadas
Boero, Mario: "La solidaridad y
los pobres". Cuadernos
Hispanoamericanos, 1988,
456-457, 717-730.
Forgues, Roland (1999): Vallejo.
Dar forma a su destino.
Editorial Minerva, Lima.
Herrera, Ricardo: "El culpable",
Cuadernos Hispanoamericanos,
1988, 454-55, 487-96.
Monguió, Luis (1952): César
Vallejo, vida y obra. Editorial
Perú Nuevo, Lima.
Vallejo, César. Obra poética. Ed.
Américo Ferrari. ALLCA XX,
Nanterre, Francia, 1988.
Rosa B.
Ibáñez
Peace College
ribanez@peace.edu
© Rosa B. Ibáñez 2010
Espéculo. Revista de estudios
literarios.
Universidad Complutense de
Madrid
http://www.ucm.es/info/especulo/numero44/cevallejo.html
Gentileza:: Melina Alfaro
[alfaro_melina@yahoo.com.ar]
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