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¿Tiene futuro la poesía?
José M.
Vallejo
La colonización española y
portuguesa en América impuso los
idiomas de uso corriente en
nuestros días. El proceso
colonizador cercano a
cuatrocientos años dejó un
amplio escenario de mestizaje
lingüístico, étnico y cultural,
donde el barroquismo es casi un
signo de identidad producto del
llamado criollismo. De ahí que
los poetas y escritores, sobre
todo después de las batallas de
emancipación, se hayan visto
enmarañados en dos mundos
contrastados, el de la tradición
continuista e imitadora de la
península ibérica e inclusive de
Europa y el de la ruptura en la
búsqueda de un universo propio,
singular y autónomo. La historia
literaria contemporánea de fines
del siglo XIX y hasta pasada la
mitad del siglo XX (1970) trata
de afirmar en Iberoamérica una
personalidad autónoma, una
identidad propia matizada por la
inventiva como rasgo dominante.
En la novela destacan clásicos
del genero como Rómulo Gallegos,
Eustaquio Rivera, Mariano
Azuela, Ciro Alegría, hasta
arribar a la poderosa concepción
novelística de Miguel Ángel
Asturias (El Señor Presidente,
Hombres de Maíz) donde el
barroquismo iberoamericano se
conjuga con el realismo poderoso
de las costumbres, mitos y
fantasías. Luego vino el "boom"
donde el maestro de maestros
Alejo Carpentier (lo
real-maravilloso) inicia la gran
polémica, no generacional de
jóvenes y viejos sino de
corrientes, estilos y temática:
Ernesto Sábato, Julio Cortazar,
Juan Carlos Onetti; y por
supuesto, Juan Rulfo y Gabriel
García Márquez mediante la
consagración del "mágico
realismo."
Sin embargo, donde mejor se
observa la ruptura con los
moldes ibéricos y europeos es,
sin duda, en la poesía expresada
en palabras vivas debido a la
estrecha vinculación con las
ideas, las reflexiones y el
pensamiento. Allí es donde nace
la necesidad histórica de la
transgresión, el quebrantamiento
respecto a cualquier modelo.
Además, porque la novelística
actual, salvo raras excepciones,
constituye un producto del
mercado, es la hechura comercial
de las grandes casas editoras
obedientes a la globalización
neoliberal que alcanza también,
de forma nociva, a los medios de
comunicación. De esta mala
suerte destaca en la narrativa
la temática frívola, divorciada
del ámbito social, presentándose
los pasajes históricos no como
principales sino como
aleatorios. A la poesía de hoy
le va peor porque tiende a
desaparecer como si fuera un
género literario pasado de moda.
No obstante, en el pasado el
lenguaje poético salvó la
distancia y tiene todavía la
misión de salvar el cuerpo
literario iberoamericano, ahora
con un retorno y una nueva
ruptura. Después de todo la
poesía ha sido siempre la
llamada a enriquecer el idioma y
como señaló en su oportunidad
Carpentier, la lengua de un país
determina la cultura y la
sociedad: "un idioma es... el
medio de expresión que ha sido
perfeccionado, matizado durante
siglos, por el alma de un
pueblo. Traduce su carácter, sus
recónditas aspiraciones, su
idiosincrasia. Se afianza en la
historia, en la literatura, en
el patrimonio espiritual de una
raza o conglomerado humano". Y,
también, agregaríamos, porque la
poesía marca el derrotero del
ser humano en el transcurrir de
su existencia y de no ser así no
estamos hablando de poesía, pues
si el arte no responde a los
signos vitales de la vida en el
planeta, si no es una
manifestación del movimiento, un
efluvio del pensamiento
innovador o un camino que
conduzca a la acción,
simplemente no es arte.
La poesía iberoamericana
comienza a distinguirse de la
matriz española-portuguesa a
partir de 1880. Hay poetas muy
distintos de esa época, aunque
el común denominador entre todos
ellos se ve signado por la
animosidad contra la vida social
existente y el aire presumido de
ser los primeros en cultivar el
lenguaje poético. De este
irritado conglomerado de
tradicionalistas, humanistas,
románticos, realistas,
parnasianos, salió Rubén Darío
con un movimiento inconfundible,
el modernismo; y en la historia
literaria aparecen formando
parte de este primer grupo
"modernista" José Martí,
Gutiérrez Najera, Julián del
Casal y José A. Silva. Darío es
el iniciador de la ruptura, es
el poeta líder de la revolución
artística en la lengua
castellana impuesta en
Latinoamérica, es el inspirador
del verso libre o versos
amétricos provenientes de las
tendencias francesas que luego
se alentarían con vigor desde
1920. Y si bien el poeta
nicaragüense destina el esfuerzo
fundamental a romper los cánones
del lenguaje poético a través de
innovaciones y restauraciones,
cambios de acentuación,
combinaciones métricas, rimas
inesperadas, choques de sonido,
esquemas libres, asimetría de
estrofas, asonancias,
consonancias y disonancias en
juego pertinaz, no renuncia por
completo al esteticismo
(Abrojos, Rimas y Canto Épico,
Azul); es con Prosas Profanas y
Cantos de Vida y Esperanza
(libro fundamental) donde Darío
se abre a la poesía de tono
reflexivo acercándose a la vida
misma y su problemática de
opulentos y desposeídos. En esta
etapa de final de sus años, de
regreso a la preocupación social
e histórica, lo siguen Amado
Nervo, Leopoldo Lugones, Valle
Inclán, Juan Ramón Jiménez.
Encuentra así la famosa
generación del 98 el campo
abonado; el camino a las
vanguardias estaba abierto, pues
Darío estableció una poesía
diferente a la que había
encontrado.
En pocos años la irrupción de
las vanguardias poéticas
iberoamericanas se torna
cosmopolita. Fue un fenómeno
rápido e impensado. De 1920 en
adelante se entremezclaron
estilos y tendencias, las
innovaciones en el lenguaje
poético son propias,
características dentro de los
marcos referenciales del
romanticismo no abandonado del
todo, realismo, modernismo,
humanismo, indigenismo,
simbolismo, surrealismo,
ultraísmo, creacionismo. En este
torbellino creativo,
artístico-literario, surgen
poetas de la talla de Gabriela
Mistral, César Vallejo, Vicente
Huidobro, Pablo Neruda, Octavio
paz, Jorge Luis Borges, Nicolás
Guillén, Mario Benedetti,
Nicanor Parra. Y debido a este
acontecimiento emergente, las
vanguardias iberoamericanas
constituyen un espacio y más que
escuelas o istmos definidos por
el estilo son nombres de poetas
notables, donde el aspecto
fundamental como señalara
Huidobro, el único que intentó
un programa, es pensar, crear,
crear, crear, de ninguna manera
copiar o imitar. Implícitas en
este enfoque yacían: la crítica
social, las raíces indígenas, la
problemática producto del
sistema de dominación en América
Latina y los rastros dejados por
el coloniaje.
Después de este período de buena
poesía latinoamericana son pocos
quienes intentan continuar la
brecha abierta. La modernidad
mal entendida encuentra en la
poesía pura el escape ante el
compromiso, el escape ante la
problemática social,
existencial, democrática,
política e histórica; no existen
más "Poemas Humanos" ni
"Residencia en la Tierra" ni
"Canto General." En esa
dirección la poesía no sólo se
aleja de lo vanguardista sino se
pierde en una especie de
neocolonización europeizante, de
copia e imitación, a los
franceses, anglosajones,
italianos y peninsulares. La
falta de inventiva es fatal y la
comodidad trata de instalarse
por encima del caos dominante en
la época o fin de la historia
según Francis Fukuyama.
Despolitización y negación de
las ideologías hasta querer
convertirlas en innecesarias o
desaparecerlas. Terminada la
"guerra fría" no hay necesidad
de enfrentarse sino de
asimilarse a la victoria de
Occidente, de Estados Unidos,
por ende rendirse frente a la
alta tecnología, el mercado y la
deshumanización. Los poetas
actuales, salvo raras
excepciones, aceptan de manera
pasiva este resultado,
ingresando a la dispersión
diletante del lenguaje poético
transformado en purista,
esteticista y vacuo; por
consiguiente elitista, lugar
donde el espíritu de vanguardia
se ha perdido irremediablemente.
En el mercado globalizado la
poesía no tiene posibilidades,
no ingresa a ese lugar
prominente porque posee la
categoría de "artículo en
desuso" u "obsoleto" siendo la
proliferación de poetas sueltos
un mal de nuestro tiempo, muy
grave porque ellos se han
refugiado en la academia, en las
universidades o sobreviven en
condiciones precarias en
trabajos marginales y
burocráticos. A esta situación
se suma la ausencia de lectores,
la falta de interés por una
poesía que no llega a los
sectores populares, de allí la
nula atención o poca
receptividad a la expresión oral
de los poetas. No obstante, la
poesía tiene un espacio, sigue
teniendo la misión legítima del
pensamiento en el presente, en
la instancia de reivindicar su
sitial, pues de ninguna manera
puede considerarse liquidado el
futuro, ni abandonarse la lucha
por el cambio social porque esa
renuncia significaría cavar la
tumba de la literatura. Así las
cosas nos encontramos en el
umbral de un factible movimiento
de retorno, de una confrontación
con el pasado fundador de la
autonomía iberoamericana del
lenguaje poético iniciada con el
modernismo de Rubén Darío. La
poesía de cenáculo, de círculo
de amigos, de poetas ávidos de
escucharse a sí mismos, está
condenada a desaparecer y con
ella sus cultores encerrados en
el cuadrilátero hedonista
trazado por ellos mismos. Poetas
quienes desean vivir reconocidos
al margen de la realidad y eso
es imposible.
Desde el punto de vista de la
globalización la historia
presente significa el
desmoronamiento de la ideología,
significa la negación del
pensamiento; de ahí parte la
necesidad de volver a buscar
temáticas vinculadas a la
realidad, a lo existencial del
ser humano. Este movimiento de
retorno al lenguaje poético
representativo de lo nuestro, lo
iberoamericano, no debe tener
temor a las vanguardias ni
rechazar la proyección hacia el
futuro. Sin embargo, no se trata
de recuperar un cuerpo insepulto
ni de buscar herederos en las
vertientes del pasado sino de
engendrar una nueva criatura no
sólo de estilos, ritmos,
contenidos, sino de mensaje; se
trata, además, de corregir la
afectación a la función del
género traída, como intento
posmoderno, por la prosa poética
o la narrativa poética, quehacer
propio de las canciones épicas
del lenguaje en detrimento de la
tradicional poesía lírica. En
conclusión, necesitamos retornar
a los poetas pensadores como
exigían Vallejo, Neruda, Eluard
y Valéry. No apostemos por la
extinción de la poesía.
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